CAPITULO XIV


CAPITULO 24
De los ejercicios y ocupaciones santas de la Reina del cielo en el año y medio primero de su infancia.
378. El silencio forzoso en los años primeros de los otros niños y ser torpes y balbucientes, porque no saben ni pueden hablar, esto fue virtud heroica en nuestra niña Reina; porque, si las palabras son parto del entendimiento y como índices del discurso y le tuvo Su Alteza perfectísimo desde su concepción, no dejó de hablar desde luego que nació porque no podía, sino porque no quería. Y aunque a los otros niños les faltan las fuerzas naturales para abrir la boca, mover la tierna lengua y pronunciar las palabras, pero en María niña no hubo este defecto; así porque en la naturaleza estaba más robusta, como porque al imperio y dominio que tenía sobre todas las cosas obedecieran sus potencias propias, si ella lo mandara. Pero el no hablar fue virtud y perfección grande, ocultando debidamente la ciencia y la gracia, y excusando la admiración de ver hablar a una recién nacida. Y si fuera admiración que hablara quien naturalmente había de estar impedida para hacerlo, no sé si fue más admirable que callase año y medio la que pudo hablar en naciendo.
379. Orden fue del Altísimo que nuestra niña y Señora guardase este silencio por el tiempo que ordinariamente los otros niños no pueden hablar. Sólo para con los santos ángeles de su guarda se dispensó en esta ley, o cuando vocalmente oraba al Señor a solas; que para hablar con el mismo Dios, autor de aquel beneficio, y con los ángeles legados suyos, cuando corporalmente trataban a la niña, no intervenía la misma razón de callar que con los hombres, antes convenía que orase con la boca, pues no tenía impedimento en aquella potencia y sin él no había de estar ociosa tanto tiempo. Pero su madre santa Ana nunca la oyó, ni conoció que podía hablar en aquella edad; y con esto se entiende mejor cómo fue virtud el no hacerlo en aquel año y medio de su primera infancia. Mas en este tiempo, cuando a su madre le pareció oportuno, soltó las manos y los brazos a la niña María, y ella cogió luego las suyas a sus padres y se las besó con gran sumisión y humildad reverencial; y en esta costumbre perseveró mientras vivieron sus santos padres. Y con algunas demostraciones daba señal en aquella edad para que la bendijesen, hablándoles más al corazón para que lo hicieran que quererlo pedir con la boca. Tanta fue la reverencia en que los tenía, que jamás faltó un punto en ella, ni en obedecerlos; ni les dio molestia ni pena alguna, porque cono,la sus pensamientos y prevenía la obediencia.
380. En todas sus acciones y movimientos era gobernada por el Espíritu Santo, con que siempre obraba lo perfectísimo, pero ejecutándolo no se satisfacía su ardentísimo amor, que de continuo renovaba sus afectos fervorosos para emular mejores carismas1 . Las revelaciones divinas y visiones intelectuales eran en esta niña Reina muy continuas, asistiéndola siempre el Altísimo; y cuando alguna vez suspendía su providencia un modo de visiones o intelecciones, atendía a otras; porque de la visión clara de la divinidad
-que dije arriba2 había tenido luego que nació y fue llevada al cielo por los ángeles– le quedaron especies de lo que conoció; y desde entonces, como salió de la bodega del vino ordenada la caridad, quedó tan herido su corazón, que convirtiéndose a esta contemplación era toda enardecida; y como el cuerpo era tierno y flaco, y el amor fuerte como la muerte4 , llegaba a padecer suma dolencia de amor, de que enferma muriera, si el Altísimo no fortaleciera y conservara con milagrosa virtud la parte inferior y vida natural. Pero muchas veces daba lugar el Señor para que aquel tierno y virginal cuerpecito llegase a desfallecer mucho con la violencia del amor, y que los santos ángeles la sustentasen y confortasen, cumpliéndose aquello de la Esposa: Fulcite me floribus, quia amore langueo5 ; “socorredme con flores, que estoy enferma de amor. Y este fue un nobilísimo género de martirio millares de veces repetido en esta divina Señora, con que excedió a todos los mártires en el merecimiento y aun en el dolor.
381. Es la pena del amor tan dulce y apetecible, que cuanto mayor causa tiene tanto más desea, quien la padece, que le hablen de quien ama, pretendiendo curar la herida con renovarla. Y este suavísimo engaño entretiene al alma entre una penosa vida y una dulce muerte. Esto le sucedía a la niña María con sus ángeles, que ella les hablaba de su amado y ellos le respondían. Preguntábales ella muchas veces, y les decía: Ministros de mi Señor y mensajeros suyos, hermosísimas obras de sus manos, centellas de aquel divino fuego que enciende mi corazón, pues gozáis de su hermosura eterna sin velo ni rebozo, decidme las señas de mi amado ¿qué condiciones tiene mi querido? Avisadme si acaso le tengo disgustado, sabedme lo que desea y quiere de mí y no tardéis en aliviar mi pena, que desfallezco de amor.
382. Respondíanla los espíritus soberanos: Esposa del Altísimo, vuestro amado es solo el que sólo por sí es, el que de nadie necesita, y todos de él. Es infinito en perfecciones, inmenso en la grandeza, sin límite en el poder, sin término en la sabiduría, sin modo en la bondad; el que dio principio a todo lo criado sin tenerlo, el que lo gobierna sin cansancio, el que lo conserva sin haberlo menester; el que viste de hermosura a todo lo criado, y que la suya nadie la puede comprender, y hace con ella bienaventurados a los que llegan a verla cara a cara. Infinitas son, Señora, las perfecciones de vuestro Esposo, exceden a nuestro entendimiento y sus altos juicios son para la criatura investigables.
383. En estos coloquios y otros muchos, que no alcanza toda nuestra capacidad, pasaba la niñez María santísima con sus ángeles y con el Altísimo, en quien estaba transformada. Y como era consiguiente crecer en el fervor y ansias de ver al sumo bien, que sobre todo pensamiento amaba, muchas veces por voluntad del Señor y por manos de sus ángeles era llevada corporalmente al cielo empíreo, donde gozaba de la presencia de la divinidad; aunque algunas veces, de estas que era levantada al cielo, la veía claramente, y otras sólo por especies infusas, pero altísimas y clarísimas en este género de visión. Conocía también a los ángeles clara e intuitivamente, sus grados, órdenes y jerarquías, y otros grandes sacramentos entendía en este beneficio. Y como fue muchas veces repetido, con el uso de él y los actos que ejercía, vino a adquirir un hábito tan intenso y robusto de amor, que parecía más divina que humana criatura; y ninguna otra pudiera ser capaz de este beneficio, y otros que con proporción le acompañaban, ni tampoco la naturaleza mortal de la misma Reina los pudiera recibir sin morir, si por milagro no fuera conservada.
384. Cuando era necesario en aquella niñez recibir algún obsequio y beneficio de sus santos padres, o cualquiera otra criatura, siempre lo admitía con interna humillación y agradecimiento y pedía al Señor les premiase aquel bien que le hacían por su amor. Y con estar en tan alto grado de santidad y llena de la divina luz del Señor y sus misterios, se juzgaba por la menor de las criaturas y en su comparación con la propia estimación se ponía en el último lugar de todas; y aun del mismo alimento para la vida natural se reputaba indigna la que era Reina y Señora de todo lo criado.
 
Doctrina de la Reina del cielo.
 
385. Hija mía, el que recibe más, se debe reputar por el más pobre, porque su deuda es mayor; y si todos deben humillarse, porque de sí mismos nada son, ni pueden, ni poseen, por esta misma razón se ha de pegar más con la tierra aquel que siendo polvo le ha levantado la mano poderosa del Altísimo; pues quedándose por sí y en sí mismo, sin ser ni valer nada, se halla más adeudado y obligado a lo que por sí no puede satisfacer. Conozca la criatura lo que de sí es; pues nadie podrá decir, yo me hice a mí mismo, ni yo me sustento, ni yo puedo alargar mi vida, ni detener la muerte. Todo el ser y conservación depende de la mano del Señor; humíllese la criatura en su presencia, y tú, carísima, no olvides este documento.
386. También quiero aprecies como gran tesoro la virtud del silencio, que yo comencé a guardar desde mi nacimiento; porque conocí en el Señor todas las virtudes con la luz que recibí de su mano poderosa, y me aficioné a ésta con mucho afecto, proponiendo tenerla por compañera y amiga toda mi vida; y así lo guardé con inviolable recato, aunque pude hablar luego que salí al mundo. El hablar sin medida y peso es un cuchillo de dos filos que hiere al que habla y juntamente al que oye, y entrambos destruyen la caridad, o la impiden con todas las virtudes. Y de esto entenderás cuánto se ofende Dios con el vicio de la lengua desconcertada y suelta, y con qué justicia aparta su espíritu y esconde su cara de la locuacidad, bullicio y conversaciones, donde hablándose mucho no se pueden excusar graves pecados6 . Sólo con Dios y sus santos se puede hablar con seguridad, y aun eso ha de ser con peso y discreción; pero con las criaturas es muy difícil conservar el medio perfecto, sin pasar de lo justo y necesario a lo injusto y superfluo.
387. El remedio que te preservará de este peligro es quedar siempre más cerca del extremo contrario, excediendo en callar y enmudeciendo; porque el medio prudente de hablar lo necesario se halla más cerca de callar mucho que de hablar demasiado. Advierte, alma, que sin dejar a Dios en tu interior y secreto, no puedes irte tras de las conversaciones voluntarias de criaturas; y lo que sin vergüenza y nota de grosería no hicieras con otra criatura, no debes hacerlo con el Señor tuyo y de todos. Aparta los oídos de las engañosas fabulaciones, que te pueden obligar a que hables lo que no debes; pues no es justo que hables más de lo que te manda tu Dueño y Señor. Oye a su ley santa, que con mano liberal ha escrito en tu corazón; escucha en él la voz de tu pastor y respóndele allí, y sólo a él. Y quiero dejarte advertida que, si has de ser mi discípula y compañera, ha de ser señalándote por extremo en esta virtud del silencio. Calla mucho, y escribe este documento en tu corazón ahora, y aficiónate más y más a esta virtud, que primero quiero de ti este afecto, y después te enseñaré cómo debes hablar; pero no te impido para que dejes de hablar, amonestando y consolando, a tus hijas y súbditas.
388. Habla también con los que te puedan dar señas de tu amado y te despierten y enciendan en su amor; y en estas pláticas adquirirás el deseado silencio provechoso para tu alma; pues de aquí te nacerá el horror y hastío de las conversaciones humanas y sólo gustarás de hablar del bien eterno que deseas; y con la fuerza del amor, que transformará tu ser en el amado, desfallecerá el ímpetu de las pasiones y llegarás a sentir algo de aquel martirio dulce que yo padecía cuando me querellaba del cuerpo y de la vida; porque me parecían duras prisiones que detenían mi vuelo, aunque no mi amor. Oh, hija mía, olvídate de todo lo terreno en el secreto de tu silencio y sígueme con todo tu fervor y fuerzas, para que llegues al estado que tu Esposo te convida, donde oigas aquella consolación que a mí me entretenía en mi dolor de amor: Paloma mía, dilata tu corazón, y admite, querida mía, esta dulce pena, que de tu afecto está mi corazón herido. Esto me decía el Señor, y tú lo has oído repetidas veces, porque al solo y silenciario habla Su Majestad.