CAPITULO 1 – CAPITULO 22

  CAPITULO 22
Cómo santa Ana cumplió en su parto con el mandato de la ley de Moisés, y cómo la niña María procedía en su infancia.
345. Precepto era de la ley en el capítulo 12 del Levítico1, que la mujer, si pariese hija, se tuviese por inmunda dos semanas y permaneciese en la purificación del parto sesenta y seis días, doblando los días del parto de varón; y cumplidos todos los de su purificación, se le mandaba ofrecer un cordero de un año por las hijas o por los hijos en holocausto, y un palomino o tortolilla por el pecado, a la puerta del tabernáculo, entregándolo al sacerdote que lo ofreciese al Señor y rogase por ella y con esto quedase limpia. El parto de la dichosísima Ana fue tan puro y limpio cuanto le convenía a su divina hija, de donde le venía la pureza a la madre; y aunque por esta causa no tenía necesidad de otra purificación, con todo eso pagó la deuda a la ley cumpliéndola puntualmente, teniéndose en los ojos de los hombres por inmunda la madre que estaba libre de las pensiones que la ley mandaba purificar.
346. Pasados los sesenta días de la purificación, salió santa Ana al templo, llevando su mente inflamada en el divino ardor y en sus brazos a su hija y niña bendita; y con la ofrenda de la ley, acompañada de innumerables ángeles, se fue ala puerta del tabernáculo y habló con el sumo sacerdote, que era el santo Simeón; que como estuvo mucho tiempo en el templo, recibió este beneficio y favor de que fuese en su presencia y en sus manos ofrecida la niña María todas las veces que en el templo fue presentada y ofrecida al Señor; aunque no en todas esas ocasiones conoció el santo sacerdote la dignidad de esta divina Señora, como adelante diremos2 ; pero tuvo siempre grandes movimientos e impulsos de su espíritu, que aquella Niña era grande en los ojos de Dios.
347. Ofrecióle santa Ana el cordero y tórtola con lo demás que llevaba, y con humildes lágrimas le pidió orase por ella y por su hija, que, si tenían culpa, las perdonase el Señor. No tuvo que perdonar Su Majestad donde en hija y madre era la gracia tan copiosa, pero tuvo que premiar la humildad con que, siendo santísimas, se representaban pecadoras. El santo sacerdote recibió la oblación y en su espíritu fue inflamado y movido de un extraordinario júbilo y, sin entender otra cosa ni manifestar la que sentía, dijo dentro de si mismo: ¿Qué es esta novedad que siento? ¿Si por ventura estas mujeres son parientas del Mesías que ha de venir? Y quedando con esta suspensión y alegría, les mostró grande benevolencia; y la santa madre Ana entró con su hija santísima en los brazos y la ofreció al Señor con devotísimas y tiernas lágrimas, como quien sola en el mundo conocía el tesoro que se le había dado en depósito.
348. Renovó entonces santa Ana el voto que antes había hecho de ofrecer al templo a su primogénita, en llegando a la edad que convenía; y en esta renovación fue ilustrada con nueva gracia y luz del Altísimo; y sintió en su corazón una voz que le decía cumpliese el voto, llevase y ofreciese en el templo a su hija niña dentro de tres años. Y fue esta voz como el eco de la santísima Reina, que con su oración tocó el pecho de Dios para que resonase en el de su madre; porque al entrar los dos en el templo, la dulce niña, viendo con sus ojos corporales su majestad y grandeza, dedicada al culto y adoración de la divinidad, tuvo admirables efectos en su espíritu, y quisiera postrarse en el templo y besando la tierra de él adorar al Señor. Pero lo que no pudo hacer con el efecto de las acciones exteriores, suplió con el afecto interior, y adoró y bendijo a Dios con el amor más alto y reverencia más profunda que antes ni después ninguna otra pura criatura lo pudo hacer; y hablando en su corazón con el Señor, hizo esta oración:
349. Altísimo e incomprensible Dios, Rey y Señor mío, digno de toda gloria, alabanza y reverencia; yo, humilde polvo, pero hechura vuestra, os adoro en este lugar santo y templo vuestro, y os engrandezco y glorifico por vuestro ser y perfecciones infinitas, y doy gracias cuanto mi poquedad alcanza a vuestra dignación, porque me habéis dado que vean mis ojos este santo templo y casa de oración, donde vuestros profetas y mis antiguos padres os alabaron y bendijeron y donde vuestra liberal misericordia obró con ellos tan grandes maravillas y sacramentos. Recibidme, Señor, para que yo pueda serviros en él cuando fuere vuestra santa voluntad.
350. Hizo este humilde ofrecimiento como esclava del Señor la que era Reina de todo el universo; y en testimonio de que el Altísimo la aceptaba, vino del cielo una clarísima luz que sensiblemente bañó a la niña y a la madre, llenándolas de nuevos resplandores de gracia. Y volvió a entender santa Ana que al tercer año presentase a su hija en el templo; porque el agrado que el Altísimo había de recibir de aquella ofrenda no consentía más largos plazos, ni tampoco el afecto con que la niña divina lo deseaba. Los santos ángeles de guarda, y otros innumerables que asistieron a este acto, cantaron dulcísimas alabanzas al autor de las maravillas; pero de todas las que allí sucedieron, no tuvieron noticia más de la hija santísima y su madre Ana, que interior y exteriormente sintieron lo que era espiritual o sensible respectivamente; sólo el santo Simeón reconoció algo de la luz sensible. Y con esto se volvió santa Ana a su casa enriquecida con su tesoro y nuevos dones del altísimo Dios.
351. A la vista de todas estas obras estaba sedienta la antigua serpiente, ocultándole el Señor lo que no debía entender y permitiéndole lo que convenía, para que, contradiciendo a todo lo que él intentaba destruir, viniese a servir como de instrumento en la ejecución de los ocultos juicios del Muy Alto. Hacía este enemigo muchas conjeturas de las novedades que en madre e hija conocía; pero como vio que llevaban ofrenda al templo y como pecadoras guardaban lo que mandaba la ley, pidiendo al sacerdote que rogase por ellas para que fuesen perdonadas, con esto se alucinó y sosegó su furor, creyendo que aquella hija y madre estaban empadronadas con las demás mujeres y que todas eran de una condición, aunque más perfectas y santas que otras.
352. La niña soberana era tratada como los demás niños de su edad. Era su comida la común, aunque la cantidad muy poca, y lo mismo era del sueño, aunque la aplicaban para que durmiese; pero no era molesta, ni jamás lloró con el enojo de otros niños, mas era en extremo agradable y apacible; y disimulábase mucho esta maravilla con llorar y sollozar muchas veces –aunque como Reina y Señora, cual en aquella edad se permitía– por los pecados del mundo y por alcanzar el remedio de ellos y la venida del Redentor de los hombres. De ordinario tenía, aun en aquella infancia, el semblante alegre, pero severo y con peregrina majestad, sin admitir jamás acción pueril, aunque tal vez admitía algunas caricias; pero las que no eran de su madre, y por eso menos medidas, las moderaba en lo imperfecto con especial virtud y la severidad que mostraba. Su prudente madre Ana trataba a la niña con incomparable cuidado, regalo y caricia; y también su padre Joaquín la amaba como padre y como santo, aunque entonces ignoraba el misterio, y la niña se mostraba con su padre más amorosa, como quien le conocía por padre y tan amado de Dios. Y aunque admitía de él más caricias que de otros, pero en el padre y en los demás puso Dios desde luego tan extraordinaria reverencia y pudor para la que había elegido por Madre, que aun el cándido afecto y amor de su padre era siempre muy templado y medido en las demostraciones sensibles.
353. En todo era la niña Reina agraciada, perfectísima y admirable; y si bien pasó por la infancia por las comunes leyes de la naturaleza, pero no impidieron a la gracia; y si dormía, no cesaba ni interrumpía las acciones interiores del amor y otras que no penden del sentido exterior. Y siendo posible este beneficio aun a otras almas con quien el poder divino lo habrá mostrado, cierto es que con la que elegía por Madre suya y Reina de todo lo criado haría con ella sobre todo otro beneficio y sobre todo pensamiento de las demás criaturas. En el sueño natural habló Dios a Samuel3 y otros santos y profetas, y a muchos dio sueños misteriosos4 o visiones; porque a su poder poco le importa para ilustrar el entendimiento que los sentidos exteriores duerman con el sueño natural, o que se suspendan con la fuerza que los arrebata en el éxtasis, pues en uno y otro cesan, y sin ellos oye y atiende y habla el espíritu con sus objetos proporcionados. Esta fue ley perpetua con la Reina desde su concepción hasta ahora, y toda la eternidad; que no fue su estado de viadora en estas gracias con intervalos, como en otras criaturas. Cuando estaba sola o la recogía a dormir, como el sueño era tan medido, confería los misterios y alabanzas del Altísimo con sus santos ángeles y gozaba de divinas visiones y hablas de Su Majestad; y porque el trato de los ángeles era tan frecuente, diré en el capítulo siguiente los modos de manifestársele y algo de sus excelencias.
354. Reina y Señora del cielo, si como piadosa Madre y mi Maestra oís mis ignorancias sin ofenderos de ellas, preguntaré a vuestra dignación algunas dudas que en este capítulo se me han ofrecido; y si mi ignorancia y osadía pasare a ser yerro, en lugar de responderme, corregidme, Señora, con vuestra maternal misericordia. Mi duda es: si en aquella infancia sentíades la necesidad y hambre que por orden natural sienten los otros niños, y siendo así que padecíades estas penalidades ¿cómo pediais el alimento y socorro necesario, siendo tan admirable vuestra paciencia, cuando a los otros niños el llanto sirve de lengua y de palabras? También ignoro si a Vuestra Majestad eran penosas las pensiones de aquella edad, como el envolveros en paños y desenvolver vuestro virginal cuerpo, el daros la comida de niños, y otras cosas que los demás reciben sin uso de razón para conocerlas, y a vos, Señora, nada se escondía. Porque me parece casi imposible que en el modo, en el tiempo, en la cantidad y en otras circunstancias no hubiese exceso o falta, considerándoos yo en la edad de niña y grande en la capacidad para dar a todo la ponderación que pedía. Vuestra prudencia celestial conservaba digna majestad y compostura, vuestra edad, naturaleza y sus leyes pedían lo necesario; no lo pediais como niña llorando, ni como grande hablando, ni sabían vuestro dictamen, ni os trataban según el estado de la razón que teníades, ni vuestra madre santa lo conocía todo, ni todo lo podía hacer ni acertar, ignorando el tiempo y el modo; ni tampoco en todas las cosas pudiera ella servir a Vuestra Majestad. Todo esto me causa admiración, y me despierta el deseo de conocer los misterios que en estas cosas se encierran.
Respuesta y doctrina de la Reina del cielo.
355. Hija mía, a tu admiración respondo con benevolencia. Verdad es que tuve gracia y uso perfecto de razón desde el primer instante de mi concepción, como tantas veces te he mostrado, y pasé por las pensiones de la infancia como otros niños y me criaron con el orden común de todos. Sentí hambre, sed, sueño y penalidades en mi cuerpo, y como hija de Adán estuve sujeta a estos accidentes; porque era justo imitase yo a mi Hijo santísimo, que admitió estos defectos y penas, para que así mereciese, y con Su Majestad fuese ejemplo a los demás mortales que le habían de imitar. Como la divina gracia me gobernaba, usaba de la comida y sueño en peso y medida, recibiendo menos que otros y sólo aquello que era preciso para el aumento y conservación de la vida y salud; porque el desorden en estas cosas no sólo es contra la virtud, pero contra la misma naturaleza, que se altera y estraga con ellas. Por mi temperamento y medida, sentía más el hambre y sed que otros niños y era más peligrosa en mí esta falta de alimento; pero si no me le daban a tiempo, o si en ello excedían, tenía paciencia, hasta que oportunamente con alguna decente demostración lo pedía. Y sentía menos la falta de sueño, por la libertad que a solas me quedaba para la vista y conversación con los ángeles de los misterios divinos.
356. El estar en paños oprimida y atada, no me causaba tanta pena, pero mucha alegría, por la luz que tenía de que el Verbo humanado había de padecer muerte torpísima y había de ser ligado con oprobios. Y cuando estaba sola me ponía en forma de cruz en aquella edad, orando a imitación suya, porque sabía había de morir mi amado en ella, aunque ignoraba entonces que el crucificado había de ser mi Hijo. En todas las incomodidades que padecí después que nací al mundo estuve conforme y alegre, porque nunca se apartó de mi interior una consideración que quiero tengas tú inviolable y perpetua; esto es, que peses en tu corazón y mente las verdades rectísimas que yo miraba, para que sin engaño hagas juicio de todas las cosas, dando a cada una el valor y peso que se le debe. En este error y ceguedad están de ordinario comprendidos los hijos de Adán, y no quiero yo que tú, hija mía, lo estés.
357. Luego que nací al mundo y vi la luz que me alumbraba, sentí los efectos de los elementos, los influjos de los planetas y astros, la tierra que me recibía, el alimento que me sustentaba y todas las otras causas de la vida. Di gracias al Autor de todo, reconociendo sus obras por beneficio que me hacía y no por deuda que me debía. Y por esto cuando me faltaba después alguna cosa de las que necesitaba, sin turbación, antes con alegría, confesaba que se hacía conmigo lo que era razón, porque todo se me daba de gracia sin merecerlo y sería justicia el privarme de ello. Pues dime, alma, si yo decía esto, confesando una verdad que la razón humana no puede ignorar ni negar, ¿dónde tienen los mortales el seso o qué juicio hacen, cuando faltándoles alguna cosa de las que mal desean, y acaso no les conviene, se entristecen y enfurecen unos contra otros, y aun se irritan con el mismo Dios, como si recibieran de él algún agravio? Pregúntense a sí mismos ¿qué tesoros, qué riquezas poseían antes que recibieran la vida? ¿qué servicios hicieron al Criador para que se las diese? Y si la nada no pudo granjear más que nada, ni merecer el ser que de nada le dieron, ¿qué obligación hay de sustentarle de justicia, lo que le dieron de gracia? El haberle criado Dios no fue beneficio que Su Majestad se hizo a sí mismo, sino antes fue tan grande para la criatura, cuanto es el ser y el fin que tiene; y si en el ser recibió la deuda que nunca puede pagar, diga ¿qué derecho alega ahora para que, habiéndole dado el ser sin merecerlo, le den la conservación después de haberla tantas veces desmerecido? ¿Dónde tiene la escritura de seguridad y abono para que nada le falte?
358. Y si el primer movimiento y operación fue recibo y deuda con oue más se empeñó, ¿cómo pide con impaciencia el segundo? Y si con todo esto la suma bondad del Criador le acude graciosamente con lo necesario, ¿por qué se turba cuando le falta lo superfluo? ¡Oh hija mía, qué desorden tan execrable y qué ceguedad tan odiosa es ésta de los mortales! Lo que les da el Señor de gracia, no agradecen ni pagan con reconocimiento, y por lo que les niega de justicia, y a veces de grande misericordia, se inquietan y ensoberbecen, y lo procuran por injustos e ilícitos medios, y se despeñan tras el mismo daño que huye de ellos. Por sólo el primer pecado que comete el hombre, perdiendo a Dios pierde juntamente la amistad de todas las criaturas; y si el mismo Señor no las detuviera, se convirtieran todas a vengar su injuria y negaran al hombre las operaciones y obsequio con que le dan sustento y vida: el cielo le privara de su luz e influencias, el fuego de su calor, el aire le negara la respiración y todas las otras cosas en su modo hicieran lo mismo, porque de justicia debían hacerlo. Pues cuando la tierra negare sus frutos, y los elementos su templanza y correspondencia, y las otras criaturas se armaren5 para vengar los desacatos hechos contra el Criador, humíllese el hombre desagradecido y vil y no atesore la ira del Señor6 para el día cierto de la cuenta, donde se le hará este cargo tan formidable.
359. Y tú, amiga mía, huye de tan pesada ingratitud, y reconoce humilde que de gracia recibiste el ser y vida y de gracia te la conserva el Autor de ella; y sin méritos tuyos recibes graciosamente todos los otros beneficios, y que recibiendo muchos y pagando menos cada día te haces menos digna, y crece contigo la liberalidad del Altísimo y tu deuda. Esta consideración quiero que sea en ti continua, para que te despierte y mueva a muchos actos de virtud. Y si te faltaren las criaturas irracionales, quiero te alegres en el Señor, y que des a Su Majestad gracias y a ellas bendiciones porque obedecen al Criador. Si las racionales te persiguieren, ámales de todo corazón y estímalas como instrumentos de la justicia divina, para que en alguna parte se dé por satisfecha de lo que tú le debes. Y con los trabajos adversidades y tribulaciones te abraza y consuela, que a más de merecerlos por las culpas que has cometido, son el adorno de tu alma y joyas de tu Esposo muy ricas.
360. Esta será la respuesta de tu duda; y sobre ella quiero darte la doctrina que te he ofrecido en todos los capítulos. Advierte, pues, alma, a la puntualidad que tuvo mi santa madre Ana en cumplir el precepto de la ley del Señor, a cuya grandeza este cuidado fue muy acepto; y tú debes imitarla en él, guardando inviolablemente todos y cada uno de los mandatos de tu regla y constituciones; que Dios remunera liberalmente esta fidelidad y de la negligencia en ella se da por deservido. Sin pecado fui yo concebida y no era necesario ir al sacerdote para que me purificase el Señor, ni tampoco mi madre le tenía, porque era muy santa, pero obedecimos con humildad a la ley y por ello merecimos grandes aumentos de virtudes y gracia. El despreciar las leyes justas y bien ordenadas y el dispensar a cada paso en ellas tiene perdido el culto y temor de Dios y confuso y destruido el gobierno humano. Guárdate de dispensar fácilmente ni para ti ni para otras en las obligaciones de tu religión. Y cuando la enfermedad o alguna causa justa lo permitiere, sea con medida y consejo de tu confesor, justificando el hecho con Dios y con los hombres, aprobándolo la obediencia. Si te hallares cansada o postradas las fuerzas, no luego remitas el rigor, que Dios te las dará según tu fe; y por ocupaciones nunca dispenses; sirva y aguarde lo que es menos a lo que es más y las criaturas al Criador; y por el oficio de prelada tendrás menos disculpa, pues en la observancia de las leyes debes ser la primera por el ejemplo; y para ti jamás ha de haber causa humana, aunque alguna dispenses con tus hermanas y súbditas. Y advierte, carísima, que de ti quiero lo mejor y más perfecto y para esto es necesario este rigor, que la observancia de los preceptos es deuda a Dios y a los hombres. Y nadie piense que basta cumplir con el Señor, si se queda en pie la deuda con los prójimos, a quien debe el buen ejemplo y no darle materia de verdadero escándalo.–Reina y Señora de todo lo criado, yo quisiera alcanzar la pureza y virtud de los espíritus soberanos, para que esta parte inferior que agrava el alma7 fuera presta en cumplir esta celestial doctrina; grave soy y pesada para mí mismas, pero, con vuestra intercesión y el favor de la gracia del Altísimo, procuraré, Señora, obedecer a vuestra voluntad y suya santísima con prontitud y afecto del corazón; no me falte vuestra intercesión y amparo y la enseñanza de vuestra santa y altísima doctrina.

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