LIBRO III – CAPITULO 24

CAPITULO 24
Despídese María Santísima de casa de Zacarías para volverse a la suya propia en Nazaret.
304. Para volver María santísima a su casa de Nazaret, vino de ella su felicísimo esposo José, llamado por orden de santa Isabel. Y llegando a casa de Zacarías, donde le aguardaban, fue recibido y respetado con incomparable devoción y reverencia de Isabel y Zacarías; después que también el santo sacerdote conocía que el gran patriarca era depositario de los sacramentos y tesoros del cielo, que aun no le eran manifiestos. Recibióle su divina esposa con humilde y prudente júbilo y arrodillándose en su presencia le pidió la bendición, como solía, y que la perdonase lo que había faltado a servirle en aquellos casi tres meses que había estado asistiendo a Isabel su prima. Y aunque en esto ni había hecho culpa ni imperfección, antes había cumplido la voluntad divina con grande agrado y beneplácito del mismo Señor y conformidad de su esposo, con todo eso, con aquella cortés y cariciosa humildad quiso la prudentísima Señora recompensar a su esposo lo que con su ausencia le había faltado de consuelo. El santo José le respondió, que con haberla visto quedaba aliviado de la pena de su ausencia y lo que su presencia le hubiera dado de consuelo. Y habiendo descansado algún día, determinaron el de su partida.
305. Despidióse luego la princesa María del sacerdote Zacarías, que como estaba ya ilustrado con la ciencia del Señor y conocía la dignidad de su Madre–Virgen, la habló con suma reverencia como a sagrario vivo de la divinidad y humanidad del Verbo eterno. Señora mía –la dijo– alabad eternamente y bendecid a vuestro Hacedor que se dignó por su misericordia infinita de elegiros entre todas las criaturas para Madre suya, depositaria única de todos sus grandes bienes y sacramentos; y acordaos de mí, vuestro siervo, para pedir a nuestro Dios y Señor me envíe en paz de este destierro a ta seguridad del verdadero bien que esperamos; y que por vos merezca ser digno de llegar a ver su divino rostro, que es la gloria de los santos. Y acordaos también, Señora, de mi casa y familia, en especial de mi hijo Juan, y rogad al Altísimo por vuestro pueblo.
306. La gran Señora se puso de rodillas delante del sacerdote y le pidió con profunda humildad la bendijese. Retirábase de hacerlo Zacarías, y antes la suplicaba le diese ella su bendición a él. Pero nadie podía vencer en humildad a la que era maestra y madre de esta virtud y de toda la santidad, y así obligó al sacerdote a que le echase su bendición y él se la dio movido con la divina luz. Y tomando las palabras de las Escrituras sagradas la dijo: La diestra del todopoderoso y verdadero Dios te asista siempre y te libre de todo mal1; tengas la gracia de su eficaz protección y llénete del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, y te dé abundancia de pan y vino; sírvante los pueblos y adórente los tribus, porque eres tabernáculo de Dios; serás Señora de tus hermanos y los hijos de tu madre se arrodillarán en tu presencia. El que te magnificare y bendijere será engrandecido y bendito, y el que no te bendijere y alabare será maldito2 . Conozcan en ti a Dios todas las naciones y sea por ti engrandecido el nombre del Dios altísimo de Jacob3 .
307. En retorno de esta profética bendición, María santísima besó la mano del sacerdote Zacarías y le pidió la perdona se lo que pudiera haber causado y deservido en su casa. El santo viejo se enterneció mucho en esta despedida y con las razones de la más pura y amable de las criaturas, y guardó siempre en su pecho el secreto de los misterios que en presencia de María santísima le habían sido revelados. Sola una vez que se halló en una junta o congregación de los sacerdotes que solían juntarse en el templo, dándole la norabuena de su hijo y de haberse acabado el trabajo de su mudez en su nacimiento, movido con la fuerza de su espíritu y respondiendo a lo que se trataba, dijo: Creo con firmeza infalible que nos ha visitado el Altísimo, enviándonos ya al mundo el Mesías prometido que ha de redimir su pueblo.–Pero no declaró más lo que sabía del misterio. Pero de oírle estas razones el santo sacerdote Simeón, que estaba presente, concibió un gran afecto del espíritu, y con este impulso dijo: No permitáis, Señor Dios de Israel, que vuestro siervo salga de este valle de miserias, antes que vea vuestra salud y Reparador de su pueblo.–Y a estas razones aludieron las que dijo después en el templo4 , cuando recibió en sus palmas al niño Dios presentado, como adelante5 diremos. Y desde esta ocasión se fue más encendiendo su afectuoso deseo de ver al Verbo divino encarnado.
308. Dejando a Zacarías lleno de lágrimas y ternura, fue María Señora nuestra a despedirse de su prima santa Isabel, que como mujer de corazón más blando, como deuda y como quien había gozado tantos días de la dulce conversación de la Madre de la gracia y que por su intervención había recibido tantas de la mano del Señor, no era mucho desfalleciera con el dolor, ausentándose la causa de tantos bienes recibidos y la presencia y esperanza de recibir otros muchos. Dividíasele el corazón a la santa matrona llegando a despedirse la Señora del cielo y tierra, que amaba más que a su misma vida; y con pocas razones, porque no las podía formar, pero con copiosas lágrimas y sollozos, le descubría lo íntimo de su pecho. La serenísima Reina, como invicta y superior a todos los movimientos de las pasiones naturales, estuvo con severidad agradable dueña de sí misma, y hablando a santa Isabel, la dijo: Amiga y prima mía, no queráis afligiros tanto por mi partida, pues la caridad del Altísimo, en quien con verdad os amo, no conoce división ni distancia de tiempo ni lugar. En Su Majestad os miro y en él os tendré presente, y vos también siempre me hallaréis en él mismo. Breve es el tiempo que nos apartamos corporalmente, pues todos los días de la vida humana son tan breves6, y alcanzando con la divina gracia victoria de nuestros enemigos, muy presto nos veremos y gozaremos eternamente en la celestial Jerusalén, donde no hay dolor, ni llanto7 , ni división. En el ínterin, carísima mía, todo el bien hallaréis en el Señor y también me tendréis y veréis a mí en él; quede en vuestro corazón y os consuele.–No alargó más la plática nuestra prudentísima Reina, por atajar el llanto de Isabel, y puesta de rodillas la pidió la bendición y perdón de lo que la podía haber molestado con su compañía. Hizo instancia hasta que se la dio, y la misma hizo santa Isabel para que la divina Señora la volviese el retorno con otra bendición, y por no negarla este consuelo, se la dio María santísima.
309. Llegó la Reina también a ver al niño Juan y recibiéndole en sus brazos le echó muchas bendiciones eficaces y misteriosas. El milagroso infante por dispensación divina habló a la Virgen Madre, aunque en voz baja y de párvulo. Madre sois del mismo Dios –la dijo– y Reina de todo lo criado, depositaria del tesoro inestimable del cielo, amparo y protectora de mí, vuestro siervo; dadme vuestra bendición y no me falte vuestra intercesión y vuestra gracia. Besó tres veces la mano de la Reina el niño y adoró en su virginal vientre al Verbo humanado y le pidió su bendición y gracia, y con suma reverencia se ofreció a su servicio. El niño Dios se mostró agradable y con benevolencia a su precursor; y todo esto lo conoció y miraba la felicísima madre María santísima. Y en todo procedía y obraba con plenitud de ciencia divina, dando a cada uno de estos grandes misterios la veneración y aprecio que pedía; porque trataba magníficamente a la sabiduría de Dios8 y sus obras.
310. Quedó toda la casa de Zacarías santificada de la presencia de María santísima y del Verbo humanado en sus entrañas, edifica a de su ejemplo, enseñada de su conversación y doctrina, aficiona a a su dulcísimo trato y modestia. Y llevándose los corazones de aquella dichosa familia, los dejó a todos en ella llenos de dones celestiales que les mereció y alcanzó de su Hijo santísimo. Su santo esposo José quedó en gran veneración con Zacarías, Isabel y Juan, que conocieron su dignidad, antes que a él mismo se le manifestase. Y despidiéndose el dichoso Patriarca de todos, alegre con su tesoro, aunque no del todo conocido, partió para Nazaret; y lo que sucedió en el viaje diré en el capítulo siguiente. Pero antes de comenzarle María santísima pidió la bendición de rodillas a su esposo, como en tales ocasiones lo hacía, y habiéndosela dado, principiaron la jornada.
Doctrina de la Reina María Santísima.
311. Hija mía, aquella dichosa alma a quien Dios elige para su trato regalado y alta perfección, siempre debe tener el corazón preparado9 y no turbado, para todo lo que Su Majestad quisiere disponer y hacer en ella, sin resistencia; y de su parte debe ejecutarlo todo con prontitud. Yo lo hice así, cuando el Altísimo me mandó salir de mi casa y dejar mi amable retiro para venir a la de mi sierva Isabel, y lo mismo cuando me ordenó la dejase. Todo lo ejecuté con pronta alegría; y aunque de Isabel y su familia recibí tantos beneficios, y con el amor y benevolencia que has conocido, pero no obstante esto, en sabiendo la voluntad del Señor, aunque me hallé obligada, pospuse todo afecto propio, sin admitir más de lo que era compatible de caridad y compasión con la presteza de la obediencia que debía al divino mandato.
312. Hija mía carísima, ¡cómo procurarías esta verdadera y perfecta resignación, si del todo conocieras su valor y cuán agradable es a los ojos del Señor y útil y provechosa para el alma! Trabaja, pues, por conseguirla con mi imitación, a que tantas veces te convido y te persuado. El mayor impedimento para llegar a este grado de perfección es admitir afectos o inclinaciones particulares a cosas terrenas, porque éstas hacen indigna al alma de que el Señor la elija para sus delicias y la manifieste su voluntad. Y si la conocen las almas, las detiene el amor vil que han puesto en otras cosas, y con este asimiento no están capaces de la prontitud y alegría con que deben obedecer al gusto de su Señor. Reconoce, hija, este peligro y no admitas en tu corazón afecto alguno particular, porque te deseo muy perfecta y docta en este arte del amor divino y que tu obediencia sea de ángel y tu amor de serafín. Tal quiero que seas en todas tus acciones, pues a esto te obliga mi amor, y te lo enseña la ciencia y luz que recibes.
313. No te quiero decir que no has de ser sensible, que esto no es posible a la criatura naturalmente, pero cuando te sucediere alguna cosa adversa, o te faltare lo que te pareciere útil o necesario y apetecible, entonces con alegre igualdad te deja toda en el Señor y le hagas sacrificio de alabanza, porque se hace su voluntad santa en lo que a ti te tocaba. Y con tender sólo al beneplácito de su divina disposición y que todo lo demás es momentáneo, te hallarás pronta y fácil en la victoria de ti misma y lograrás todas las ocasiones de humillarte al poder de la mano del Señor. También te advierto que me imites en el respeto y veneración de los sacerdotes y que para hablarles y despedirte les pidas siempre la bendición; y esto mismo harás con el Altísimo para cualquiera obra que comenzares. A los superiores te muestra siempre con rendimiento y sumisión. A las mujeres que vinieren a pedirte consejo, amonéstalas si fueren casadas que sean obedientes a sus maridos, sujetas y pacíficas en sus casas y familias, recogidas en ellas y cuidadosas en cumplir con sus obligaciones. Pero que no se ahoguen ni entreguen totalmente a los cuidados con pretexto de necesidad, pues más se les ha de suplir por la bondad y liberalidad del Altísimo, que por su demasiada negociación. En los sucesos que a mí me tocaron en mi estado, hallarás para esto la doctrina y ejemplar verdadero, y toda mi vida lo será para que las almas compongan la perfección que deben en todos sus estados; por esto no te doy advertencias para cada uno.

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