LIBRO II – CAPITULO 8

  CAPITULO 8
De la virtud de la caridad de María Santísima Señora nuestra.
516. La virtud sobreexcelentísima de la caridad es la señora, la reina, la madre, alma, vida y hermosura de todas las otras virtudes; la caridad es quien las gobierna todas, las mueve y encamina a su verdadero y último fin; ella las engendra en su ser perfecto, las aumenta y conserva, las ilustra y adorna y les da vida y eficacia. Y si todas las demás causan en la criatura alguna perfección y ornato, la caridad se la da y las perfecciona; porque sin caridad todas son feas, oscuras, lánguidas, muertas y sin provecho; porque no tienen perfecto movimiento de vida ni sentido. La caridad es la benigna1, paciente, mansísima, sin emulación, sin envidia, sin ofensa, la que nada se apropia, que todo lo distribuye, causa todos los bienes y no consiente alguno de los males cuanto es de su parte; porque es la mayor participación del verdadero y sumo bien. ¡Oh virtud de las virtudes y suma de los tesoros del cielo! Tú sola tienes la llave del paraíso; tú eres la aurora de la eterna luz, sol del día de la eternidad, fuego que purificas, vino que embriagas dando nuevo sentido, néctar que letificas, dulzura que sacias sin hastío, tálamo en que descansa el alma y vínculo tan estrecho que con el mismo Dios nos haces uno2 , al modo que lo son el eterno Padre con el Hijo y entrambos con el Espíritu Santo.
517. Por la incomparable nobleza de esta señora de las virtudes el mismo Dios y Señor, a nuestro entender, quiso honrarse con su nombre, o quiso honrarla a ella, llamándose caridad, como lo dijo san Juan3. Muchas razones tiene la Iglesia católica para que de las perfecciones divinas se le atribuya al Padre la omnipotencia, al Hijo la sabiduría y al Espíritu Santo el amor; porque el Padre es principio sin principio, el Hijo nace del Podre por el entendimiento y el Espíritu Santo de los dos procede por la voluntad; pero el nombre de caridad y esta perfección se la aplica el Señor a sí mismo sin diferencia de personas, cuando de todas dijo el evangelista sin distinción: Dios es caridad 4 . Tiene esta virtud en el Señor ser término y como fin de todas las operaciones ad intra y ad extra, porque todas las divinas procesiones, que son las operaciones de Dios dentro de sí mismo, se terminan en la unión del amor y caridad recíproca de las tres divinas Personas, con que tienen entre sí otro vínculo indisoluble después de la unidad de la naturaleza indivisa, en que son un mismo Dios. Todas las obras ad extra, que son las criaturas, nacieron de la caridad divina y se ordenan a ella, para que saliendo del mar inmenso de aquella bondad infinita se vuelvan por la caridad y amor a su origen de donde manaron. Y esto es singular en la virtud de la caridad entre todas las otras virtudes y dones, que es una perfecta participación de la caridad divina; nace del mismo principio y mira al mismo fin y se proporciona también con ella más que las otras virtudes. Y si llamamos a Dios nuestra esperanza, nuestra paciencia y nuestra sabiduría, es porque la recibimos de su mano y no porque estén en Dios estas virtudes como en nosotros. Pero la caridad no sólo la recibimos del Señor, ni él se llama caridad sólo porque nos la comunica, sino porque en sí mismo la tiene esencialmente; y de aquella divina perfección que imaginamos como forma y atributo de su naturaleza divina redunda nuestra caridad con más perfección y proporción que otra alguna virtud.
518. Otras condiciones admirables tiene la caridad de parte de Dios para nosotros; porque siendo ella el principio que nos comunicó todo el bien de nuestro ser, y después el sumo bien que es el mismo Dios, viene a ser el estímulo y ejemplar de nuestra caridad y amor con el mismo Señor; porque si para amarle no nos despierta y mueve el saber que en sí mismo es infinito y sumo bien, a lo menos nos obligue y atraiga el saber que es sumo bien nuestro. Y si no podíamos ni sabíamos amarle primero5 que nos diera a su Hijo unigénito, no tengamos excusa ni atrevimiento para dejarle de amar después de habérnosle dado; pues si tenemos disculpa para no saber granjear el beneficio, ninguna hallaremos para no agradecerle con amor después de haberle recibido sin merecerle.
519. El ejemplar que en la divina caridad tiene la nuestra, declara mucho más la excelencia de esta virtud, aunque yo con dificultad puedo declarar en esto mi concepto. Cuando fundaba Cristo Señor nuestro su perfectísima ley de amor y de gracia, nos enseñó a ser perfectos a imitación de nuestro Padre celestial, que hace nacer el sol, que es suyo, sobre los justos e injustos6 sin diferencia. Tal doctrina y tal ejemplo, sólo el mismo Hijo del eterno Padre le podía dar a los hombres. Entre todas las criaturas visibles ninguna como el sol nos manifiesta la caridad divina y nos la propone para imitarla; porque este nobilísimo planeta por su misma naturaleza, sin otra deliberación más que su inclinación innata, comunica su luz a todas partes y a todos aquellos que son capaces de recibirla sin diferencia, y cuanto es de su parte nunca la niega ni suspende7 ; y esto lo hace sin obligarse a nadie, sin recibir beneficio ni retorno de que tenga necesidad y sin hallar en las cosas que ilumina y fomenta alguna bondad antecedente que le mueva y le atraiga, ni esperar otro interés más que derramar la misma virtud que en sí contiene, para que todos la participen y comuniquen.
520. Considerando, pues, las condiciones de tan generosa criatura ¿quién hay que no vea en ellas una estampa de la caridad increada a quien imitar? Y ¿quién hay que no se confunda de no imitarla? Y ¿quién imaginará de sí mismo que tiene caridad verdadera si no la imita? No puede nuestra caridad y amor causar alguna bondad en el objeto que ama, como lo hace la caridad increada del Señor; pero a lo menos, si no podemos mejorar lo que amamos, bien podemos amar a todos sin intereses de mejorarnos y sin andar deliberando y escogiendo a quién amar y hacer bien con esperanza del retorno. No digo que la caridad no es libre, ni que hizo Dios alguna obra fuera de sí por natural necesidad, ni corre en esto el ejemplo; porque todas las obras ad extra, que son las de la creación, son libres en Dios. Pero la voluntad libre no ha de torcer ni violentar la inclinación e impulso de la caridad; antes debe seguirla a imitación del sumo bien que, pidiendo su naturaleza comunicarse, no le impidió la divina voluntad, antes se dejó llevar y mover de su misma inclinación para comunicar los rayos de su luz inaccesible a todas las criaturas según la capacidad de cada una para recibirla, sin haber precedido de nuestra parte bondad alguna, servicio o beneficio y sin esperarle después, porque de nadie tiene necesidad.
521. Habiendo ya conocido en parte la condición de la caridad en su principio, que es Dios, donde, fuera del mismo Señor, la hallaremos en toda su perfección posible a pura criatura es María santísima, de quien más inmediatamente podemos copiar la nuestra. Claro está que saliendo los rayos de esta luz y caridad del Sol increado, donde está sin término ni fin, se va comunicando a todas las criaturas hasta la más remota con orden, con medida y tasa, según el grado que tiene cada una por estar más cerca o más distante de su principio. Y este orden dice el lleno y perfección de la divina providencia; pues sin él estuviera como defectuosa, confusa y manca la armonía de las criaturas que había criado para la participación de su bondad y amor. El primer lugar en este orden había de tener después del mismo Dios aquella alma y aquella persona que juntamente fuese Dios increado y hombre criado; porque a la suma y suprema unión de naturaleza siguiese la suma gracia y participación de amor, como estuvo y está en Cristo Señor nuestro.
522. El segundo lugar toca a su Madre santísima María, en quien con singular modo descansó la caridad y amor divino; porque, a nuestro modo de entender, no sosegaba harto la caridad increada sin comunicarse a una pura criatura con tanta plenitud, que en ella estuviese recopilado el amor y caridad de toda su generación humana y que sola ella pudiese suplir por lo restante de su naturaleza pura y dar el retorno posible y participar la caridad increada sin las menguas y defectos que le mezclan todos los demás mortales infectos del pecado. Sola María entre todas las criaturas fue electa como el sol de justicia8 , para que le imitase en la caridad y copiase de él esta virtud ajustadamente con su original. Y sola ella supo amar más y mejor que todas juntas, amando a Dios pura, perfecta, íntima y sumamente por Dios y a las criaturas por el mismo Dios y como él las ama. Sola ella adecuadamente siguió el impulso de la caridad y su inclinación generosa amando al sumo bien por sumo bien, sin otra atención; amando a las criaturas por la participación que tienen de Dios, no por el retorno y retribución. Y para imitar en todo a la caridad increada, sola María santísima pudo y supo amar para mejorar a quien es amado; pues con su amor obró de suerte, que mejoró el cielo y la tierra en todo lo que tiene ser, fuera del mismo Dios.
523. Y si la caridad de esta gran Señora se pusiera en una balanza y la de todos los hombres y ángeles en otra, pesara más la de María purísima que la de todo el resto de las criaturas, pues todas ellas no alcanzaron a saber tanto como ella sola de la naturaleza y condición de la caridad de Dios; y consiguientemente sola María supo imitarla con adecuada perfección sobre toda la naturaleza de puras criaturas intelectuales. Y en este exceso de amor y caridad, satisfizo y correspondió a la deuda del amor infinito del Señor con las criaturas todo cuanto a ellas se les podía pedir, no habiendo de ser de equivalencia infinita, porque esto no era posible. Y como el amor y caridad del alma santísima de Jesucristo tuvo alguna proporción con la unión hipostática en el grado posible, así la caridad de María tuvo otra proporción con el beneficio de darle el eterno Padre a su Hijo santísimo, para que ella fuese juntamente Madre suya y le concibiese y pariese para remedio del Mundo.
524. De donde entenderemos que todo el bien y felicidad de las criaturas se viene a resolver por algún modo en la caridad y amor que María santísima tuvo a Dios. Ella hizo que esta virtud y participación del amor divino estuviese entre las criaturas en su última y suma perfección. Ella pagó esta deuda por todos enteramente cuando todos no atinaban a hacer la debida recompensa ni la alcanzaban a conocer. Ella con esta perfectísima caridad obligó en la forma posible al eterno Padre para que le diese su Hijo santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María purísima hubiera amado menos y su caridad tuviera alguna mengua, no hubiera disposición en la naturaleza para que el Verbo se humanara; pero hallándose entre las criaturas alguna que hubiese llegado a imitar la caridad divina en grado tan supremo, ya era como consiguiente que descendiese a ella el mismo Dios, como lo hizo.
525. Todo esto se encerró en llamarla el Espíritu Santo Madre de la hermosa dilección o amor 9, atribuyéndole a ella misma estas palabras –como en su modo queda dicho de la santa esperanza10–; Madre es María del que es nuestro dulcísimo amor, Jesús, Señor y Redentor nuestro, hermosísimo sobre los hijos de los hombres por la divinidad de infinita e increada hermosura y por la humanidad que ni tuvo culpa, ni dolo11, ni le faltó gracia de las que pudo comunicarle la divinidad. Madre también es del amor hermoso; porque sola ella engendró en su mente el amor y caridad perfecta y hermosísima dilección, que todas las demás criaturas no supieron engendrar con toda su hermosura y sin alguna falta, para que no se llamase absolutamente hermoso. Madre es de nuestro amor; porque ella nos le trajo al mundo, ella nos le granjeó y ella nos le enseñó a conocer y obrar; que sin María santísima no quedaba otra pura criatura en el cielo ni en la tierra de quien pudieran los hombres y los ángeles ser discípulos del amor hermoso. Y así es que todos los santos son como unos rayos de este sol y como unos arroyuelos que salen de este mar; y tanto más saben amar, cuanto más participan del amor y caridad de María santísima y la imitan y copian ajustándose con ella.
526. Las causas que tuvo esta caridad y amor de nuestra princesa María fueron la profundidad de su altísimo conocimiento y sabiduría, así por la fe infusa y esperanza como por los dones del Espíritu Santo, de ciencia, entendimiento y sabiduría; y sobre todo por las visiones intuitivas y las que tuvo abstractivas de la divinidad. Por todos estos medios alcanzó el altísimo conocimiento de la caridad increada y la bebió en su misma fuente; y como conoció que Dios debía ser amado por sí mismo y la criatura por Dios, así lo ejecutó y obró con intensísimo y ferventísimo amor. Y como el poder divino no hallaba impedimento ni óbice de culpa, ni de inadvertencia, ignorancia o imperfección, o tardanza en la voluntad de esta Reina, por esto pudo obrar todo lo que quiso y lo que no hizo con las demás criaturas; porque ninguna otra tuvo la disposición que María santísima.
527. Este fue el prodigio del poder divino y el mayor ensayo y testimonio de su caridad increada en pura criatura y el desempeño de aquel gran precepto natural y divino: Amarás a tu Dios de todo tu corazón, alma y mente, y con todas tus fuerzas12; porque sola María desempeñó a todas las criaturas de esta obligación y deuda que en esta vida y antes de ver a Dios no sabían ni podían pagar enteramente. Esta Señora lo cumplió siendo viadora más ajustadamente que los mismos serafines siendo comprensores. Desempeñó también a Dios en su modo en este precepto, para que no quedara vacío y como frustrado de parte de los viadores; pues sola María purísima le santificó y llenó por todos ellos, supliendo abundantemente todo lo que a ellos les faltó. Y si no tuviera Dios presente a María nuestra Reina para intimar a los mortales este mandato de tanto amor y caridad, por ventura no le hubiera puesto en esta forma; pero sólo por esta Señora se complació en ponerle y a ella se le debemos, así el mandato de la caridad perfecta como su cumplimiento adecuado.
528. ¡Oh dulcísima y hermosísima Madre de la hermosa dilección y caridad, todas las naciones te conozcan, todas las generaciones te bendigan, todas las criaturas te magnifiquen y alaben! Tú sola eres la perfecta, tú sola la dilecta, tú sola la escogida para tu madre la caridad increada; ella te formó única y electa como el sol13 para resplandecer en tu hermosísimo y perfectísimo amor. Lleguemos todos los míseros hijos de Eva a este sol, para que nos ilustre y encienda. Lleguemos a esta Madre para que nos reengendre en amor. Lleguemos a esta Maestra para que nos enseñe a tener el amor, dilección y caridad hermosa y sin defectos. Amor dice un afecto que se complace y descansa en el amado; dilección, obra de alguna elección y separación de lo que se ama de todo lo demás; y caridad dice sobre todo esto un íntimo aprecio y estimación del bien amado. Todo esto nos enseñará la Madre de este amor hermoso, que por tener todas estas condiciones viene a serlo, y en ella aprenderemes a amar a Dios por Dios, descansando en él todo nuestro corazón y afectos; a separarle de todo lo demás que no es el mismo sumo bien, pues le ama menos quien con él quiere amar otra cosa; a saberle apreciar y estimar sobre el oro y sobre todo lo precioso; pues en su comparación todo lo precioso es vil, toda la hermosura es fealdad y todo lo grande y estimable a los ojos carnales viene a ser contentible y sin algún valor. De los efectos de la caridad de María santísima hablo en toda esta Historia, y de ellos está lleno el cielo y la tierra; y por eso no me detengo a contar en particular lo que no puede caber en lenguas ni palabras humanas ni angélicas.
Doctrina de la Reina del cielo.
529. Hija mía, si con afecto de madre deseo que me sigas y me imites en todas las otras virtudes, en esta de la caridad, que es el fin y corona de todas ellas, quiero, te intimo y declaro mi voluntad de que extiendas sobremanera todas tus fuerzas para copiar en tu alma con mayor perfección todo lo que se te ha dado a conocer en la mía. Enciende la luz de la fe y de la razón para hallar esta dracma14 de infinito valor y, habiéndola topado, olvida y desprecia todo lo terreno y corruptible; y en tu mente una y muchas veces confiere, advierte y pondera las infinitas razones y causas que hay en Dios para ser amado sobre todas las cosas; y para que entiendas cómo debes amarle con la perfección que deseas, éstas serán como señales y efectos del amor, si le tienes perfecto y verdadero: si meditas y piensas en Dios continuamente; si cumples sus mandamientos y consejos sin tedio ni disgusto; si temes ofenderle; si ofendido solicitas luego aplacarle; si te dueles de que sea ofendido y te alegras de que todas las criaturas le sirvan; si deseas y gustas hablar continuamente de su amor; si te gozas de su memoria y presencia; si te contristas de su olvido y ausencia; si amas lo que él ama y aborreces lo que aborrece; si procuras traer a todos a su amistad y gracia; si le pides con confianza; si recibes con agradecimiento sus beneficios; si no los pierdes y conviertes a su honra y gloria; si deseas y trabajas por extinguir en ti misma los movimientos de las pasiones que te retardan o impiden el afecto amoroso y obras de las virtudes.
530. Estos y otros efectos señalan como unos índices de la caridad, que está en el alma con más o menos perfección. Y sobre todo, cuando es robusta y encendida, no sufre ociosidad en las potencias, ni consiente mácula en la voluntad, porque luego las purifica y consume todas, y no descansa si no es cuando gusta la dulzura del sumo bien que ama; porque sin él desfallece15 , está herida y enferma y sedienta de aquel vino que embriaga16 el corazón, causando olvido de todo lo corruptible, terreno y momentáneo. Y como la caridad es la madre y raíz de todas las otras virtudes, luego se siente su fecundidad en el alma donde permanece y vive; porque la llena y adorna de los hábitos de las demás virtudes, que con repetidos actos va engendrando, como lo significó el Apóstol17 . Y no sólo tiene el alma que está en caridad los efectos de esta virtud con que ama al Señor, pero estando en caridad es amada del mismo Dios, recibe del amor divino aquel recíproco efecto de estar Dios en el que ama y venir a vivir como en su templo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; beneficio tan soberano que con ningún término ni ejemplo se puede conocer en la vida mortal.
531. El orden de esta virtud es amar primero a Dios que es sobre la criatura y luego amarse ella a sí misma y tras de sí amar lo que está cerca de sí, que es su prójimo. A Dios se ha de amar con todo el entendimiento sin engaño, con toda la voluntad sin dolo ni división, con toda la mente sin olvido, con todas las fuerzas sin remisión, sin tibieza, sin negligencia. El motivo que tiene la caridad para amar a Dios y todo lo demás a que se extiende es el mismo Dios; porque debe ser amado por sí mismo, que es sumo bien infinitamente perfecto y santo. Y amando a Dios con este motivo, es consiguiente que la criatura se ame a sí misma y al prójimo como a sí misma; porque ella y su prójimo no son suyos, tanto como son del Señor, de cuya participación reciben el ser, la vida y movimiento; y quien de verdad ama a Dios por quien es, ama también a todo lo que es de Dios y tiene alguna participación de su bondad. Por esto la caridad mira al prójimo como obra y participación de Dios y no hace diferencia entre amigo y enemigo; porque sólo mira lo que tienen de Dios y que son cosa suya y no atiende esta virtud a lo que tiene la criatura de amigo o enemigo, de bienhechor o malhechor; sólo diferencia entre quien tiene más o menos participación de la bondad infinita del Altísimo y con el debido orden los ama a todos en Dios y por Dios.
532. Todo lo demás que aman las criaturas por otros fines y motivos, y esperando algún interés y comodidad o retorno, o lo aman con amor de concupiscencia desordenada o con amor humano o natural; y cuando no sea amor virtuoso y bien ordenado, no pertenece a la caridad infusa. Y como es ordinario en los hombres moverse por estos bienes particulares y fines interesables y terrenos, por eso hay muy pocos que atiendan, abracen y conozcan la nobleza de esta generosa virtud, ni la ejerciten con su debida perfección; pues aun al mismo Dios buscan y llaman por temporales bienes, o por el beneficio y gusto espiritual. De todo este desordenado amor quiero, hija mía, que desvíes tu corazón y que sólo viva en él la caridad bien ordenada, a quien el Altísimo ha inclinado tus deseos. Y si tantas veces repites que esta virtud es la hermosa y la agraciada y digna de ser querida y estimada de todas las criaturas, estudia mucho en conocerla y, habiéndola conocido, compra tan preciosa margarita, olvidando y extinguiendo en tu corazón todo amor que no sea de caridad perfectísima. A ninguna criatura has de amar más de por sólo Dios y por lo que en ella conoces que te le representa y como cosa suya, y al modo que la esposa ama a todos los siervos y familiares de la casa de su esposo porque son suyos; y en olvidándote que amas alguna criatura sin atender a Dios en ella y amándola por este Señor, entiende que no la amas con caridad, ni como de ti lo quiero y el Altísimo te lo ha mandado. También conocerás si los amas con caridad en la diferencia que hicieres de amigo o enemigo, de apacible o no apacible, de cortés más o menos y de quien tiene o no tiene gracias naturales. Todas estas diferencias no las hace la caridad verdadera, sino la inclinación natural o las pasiones de los apetitos, que tú debes gobernar con esta virtud, extinguiéndolos y degollándolos.

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