LIBRO II – CAPITULO 7

  CAPITULO 7
De la virtud de la esperanza y ejercicio de ella que tuvo la Virgen Señora nuestra.
505. A la virtud de la fe sigue la esperanza, a quien ella se ordena; porque si el altísimo Dios nos infunde la luz de la fe divina, con que todos sin diferencia y sin aguardar tiempo vengamos en el conocimiento infalible de la divinidad y de sus misterios y promesas, es para que conociéndole por nuestro último fin y felicidad y también los medios para llegar a él, nos levantemos en un vehemente deseo de conseguirle cada uno para sí mismo. Este deseo, a quien se sigue como efecto el conato de alcanzar el sumo bien, se llama esperanza, cuyo hábito se nos infunde en el bautismo en nuestra voluntad, que se llama apetito racional; porque a ella le toca apetecer la eterna felicidad como su mayor bien e interés y también el esforzarse con la divina gracia para alcanzarle y vencer las dificultades que en esta contienda se ofrecieren.
506. Cuán excelente virtud es la esperanza, se conoce de que tiene por objeto a Dios como último y sumo bien nuestro aunque le mira y le busca como ausente, pero como posible o adquisible por medio de los merecimientos de Cristo y de las obras que hace quien espera. Regúlanse los actos y operaciones de esta virtud por la lumbre de la fe divina y de la prudencia particular con que aplicamos a nosotros mismos las promesas infalibles del Señor; y con esta regla obra la esperanza infusa tocando el medio de la razón, entre los vicios contrarios de la desesperación y presunción, para que ni vanamente presuma el hombre alcanzar la gloria eterna con sus fuerzas o sin hacer obras para merecerla, ni tampoco si quiere hacerlas tema ni desconfíe que la alcanzará, como el Señor se lo promete y asegura. Y esta seguridad común y general a todos, enseñada por la fe divina, se aplica el hombre que espera por medio de la prudencia y sano juicio que hace de sí mismo para no desfallecer ni desesperar.
507. Y de aquí se conoce que la desesperación puede venir de no creer lo que la fe nos promete o, en caso que se crea, de no aplicarse a sí mismo la seguridad de las promesas divinas, juzgando con error que él no puede conseguirlas. Entre estos dos peligros procede segura la esperanza, suponiendo y creyendo que no me negará Dios a mí lo que prometió a todos y que la promesa no fue absoluta sino debajo de condición, que yo de mi parte trabajase y procurase merecerla en cuanto me fuese posible con el favor de su divina gracia; porque si Dios hizo al hombre capaz de su vista y eterna gloria, no era conveniente que llegase a tanta felicidad por medio del mal uso de las mismas potencias con que le había de gozar, que son los pecados, sino usando de ellas con proporción al fin adonde con ellas camina. Y esta proporción consiste en el buen uso de las virtudes, con las cuales se dispone el hombre para llegar a gozar del sumo bien, buscándole desde luego en esta vida con el conocimiento y amor divino.
508. Tuvo, pues, esta virtud de la esperanza en María santísima el sumo grado de perfección posible en sí y con todos sus efectos y circunstancias o condiciones; porque el deseo y conato de conseguir el último fin de la vista y fruición divina tuvo en ella mayores causas que en todas las criaturas; y esta fidelísima y prudentísima Señora no impedía sus efectos, antes los ejecutaba con suma perfección posible a pura criatura. No sólo tuvo Su Alteza fe infusa de las promesas del Señor, a la cual, siendo como fue la mayor, correspondía también proporcionadamente la mayor esperanza; pero tuvo sobre la fe la visión beatífica, en que por experiencia conoció la infinita verdad y fidelidad del Altísimo. Y si bien no usaba de la esperanza cuando gozaba de la vista y posesión de la divinidad, pero después que se reducía al estado ordinario le ayudaba la memoria del sumo bien que había gozado para esperarle y apetecerle ausente con mayor fuerza y conato; y este deseo era un género de nueva y singular esperanza en la Reina de las virtudes.
509. Otra causa tuvo también la esperanza de María santísima para ser mayor y sobre la esperanza de todos los fieles juntos; porque el premio y gloria de esta soberana Reina, que es el principal objeto de la esperanza, fue sobre toda la gloria de los ángeles y santos; y conforme al conocimiento de tanta gloria que el Altísimo le dio, tuvo la suma esperanza y afecto para conseguirla. Y para que llegase a lo supremo de esta virtud, esperando dignamente todo lo que el brazo poderoso de Dios quería obrar en ella, fue prevenida con la luz de la fe suprema, con los hábitos y auxilios y dones proporcionados y con especial movimiento del Espíritu Santo. Y lo mismo que decimos de la suma esperanza que tuvo del objeto principal de esta virtud, se ha de entender de los otros objetos que llaman secundarios, porque los beneficios, dones y misterios que se obraron en la Reina del cielo fueron tan grandes, que no pudo extenderse a más el brazo del omnipotente Dios. Y como esta gran Señora los había de recibir mediante la fe y esperanza de las promesas divinas, proporcionándose con estas virtudes para recibirlas, por eso era necesario que su fe y esperanza fuesen las mayores que en pura criatura eran posibles.
510. Y si, como queda dicho1 de la virtud de la fe, tuvo la Reina del cielo conocimiento y fe explícita de todas las verdades reveladas y de todos los misterios y obras del Altísimo, y a los actos de fe correspondían los de la esperanza, ¿quién podrá entender, fuera del mismo Señor, cuántos y cuáles serían los actos de esperanza que tuvo esta Señora de las virtudes, pues conoció todos los misterios de su propia gloria y felicidad eterna y los que en ella y en el resto de la Iglesia evangélica se habían de obrar por los méritos de su Hijo santísimo? Por sola María, su Madre, formara Dios esta virtud y la diera como la dio a todo el linaje humano, como antes dijimos de la virtud de la fe2 .
511. Por esta razón la llamó el Espíritu Santo Madre del amor hermoso y de la santa esperanza3; y así como el darle carne al Verbo divino la hizo Madre de Cristo, así el Espíritu Santo la hizo Madre de la esperanza; porque con su especial concurso y operación concibió y parió esta virtud para los fieles de la Iglesia. Y el ser Madre de la santa esperanza fue como consiguiente y anejo a ser Madre de Jesucristo nuestro Señor, pues conoció que en su Hijo nos daba toda nuestra segura esperanza. Y por estos concebimientos y partos adquirió la Reina santísima cierto género de dominio y autoridad sobre la gracia y promesas del Altísimo que con la muerte de Cristo nuestro Redentor, hijo de María, se habían de cumplir; porque todo nos lo dio esta Señora, cuando mediante su voluntad libre concibió y parió al Verbo humanado y en él todas nuestras esperanzas. Donde se cumplió legítimamente aquello que la dijo el Esposo: Tus emisiones fueron paraíso4 ; porque todo cuanto salió de esta Madre de la gracia fue para nosotros felicidad, paraíso y esperanza cierta de conseguirle.
512. Padre celestial y verdadero tenía la Iglesia en Jesucristo, que la engendró, fundó y con sus merecimientos y trabajos la enriqueció de gracias, ejemplos y doctrinas, como era consiguiente a ser tal Padre y autor de esta admirable obra; parece que a su perfección convenía que juntamente tuviese madre amorosa y blanda, que con regalo y caricia suave y con maternal afecto e intercesiones criase a sus pechos los hijos párvulos5, y con tierno y dulce mantenimiento los alimentase, cuando por su pequeñez no pueden sufrir el pan de los robustos y fuertes. Esta dulce madre fue María santísima, que desde la primitiva Iglesia, cuando nacía en los tiernos hijos de la ley de gracia, les comenzó a dar dulce leche de luz y doctrina como piadosa madre; y hasta el fin del mundo continuará este oficio con sus ruegos en los nuevos hijos que cada día engendra Cristo nuestro Señor con los méritos de su sangre y por los ruegos de la Madre de misericordia. Por ella nacen, ella los cría y alimenta y ella es dulce Madre, vida y esperanza nuestra, el original de la que nosotros tenemos, el ejemplar a quien imitamos, esperando por su intercesión conseguir la eterna felicidad que su Hijo santísimo nos mereció y los auxilios que por ella nos comunica, para que así la alcancemos.
Doctrina de la Santísima Virgen.
513. Hija mía, Con las dos virtudes fe y esperanza, como con dos alas de infatigable vuelo, se levantaba mi espíritu buscando al interminable y sumo bien, hasta descansar en la unión de su íntimo y perfecto amor. Muchas veces gozaba y gustaba de su vista clara y fruición, pero como este beneficio no era continuo por el estado de pura viadora, éralo el ejercicio de la fe y esperanza; que como quedaban fuera de la visión y posesión, luego las hallaba en mi mente y no hacía otro intervalo en sus operaciones. Y los efectos que en mí hacían, el afecto, conato y anhelo que causaban en mi espíritu para llegar a la eterna posesión de la fruición divina, no puede entenderlo con su cortedad el entendimiento criado adecuadamente, pero conocerálo en Dios con alabanza eterna el que mereciere gozar de su vista en el cielo.
514. Y tú, carísima, pues tanta luz has recibido de la excelencia de esta virtud y de las obras que yo ejercitaba con ella, trabaja para imitarme sin cesar según las fuerzas de la divina gracia. Renueva siempre y confiere en tu memoria las promesas del Altísimo y con la certeza de la fe que tienes de su verdad levanta el corazón con ardiente deseo, anhelando a conseguirlas; y con esta firme esperanza te puedes prometer por los méritos de mi Hijo santísimo que llegarás a ser moradora de la celestial patria y compañera de todos los que en ella con inmortal gloria miran la cara del Altísimo. Y si con esta ayuda que tienes levantas tu corazón de lo terreno y pones toda tu mente fija en el bien inconmutable por quien suspiras, todo lo visible te será pesado y molesto y lo juzgarás por vil y contentible y nada podrás apetecer fuera de aquel amabilísimo y deleitable objeto de tus deseos. En mi alma fue este ardor de la esperanza como de quien con la fe le había creído y con experiencia le había gustado, lo cual ninguna lengua ni palabras pueden explicar ni decir.
515. Fuera de esto, para que más te muevas, considera y llora con íntimo dolor la infelicidad de tantas almas, que son imagen de Dios y capaces de su gloria y por sus culpas están privadas de la esperanza verdadera de gozarle. Si los hijos de la santa Iglesia hicieran pausa en sus vanos pensamientos y se detuvieran a pensar y pesar el beneficio de haberles dado fe y esperanza infalible, separándolos de las tinieblas y señalándolos sin merecerlo ellos con esta divisa, dejando perdida la ciega infidelidad, sin duda se avergonzarían de su torpísimo olvido y reprendieran su fea ingratitud. Pero desengáñensé, que les aguardan más formidables tormentos, y que a Dios y a los santos son más aborrecibles por el desprecio que hacen de la sangre derramada de Cristo, en cuya virtud se les han hecho estos beneficios; y como si fueran fábulas desprecian el fruto de la verdad, corriendo todo el término de la vida sin detenerse sólo un día, y muchos ni una hora, en la consideración de sus obligaciones y de su peligro. Llora, alma, este lamentable daño y según tus fuerzas trabaja y pide el remedio a mi Hijo santísimo y cree que cualquier desvelo y conato que en esto pongas te será premiado de Su Majestad.

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