LIBRO II – CAPITULO 20

CAPITULO 20
 Manifiéstase el Altísimo a su dilecta María nuestra Princesa con un singular favor.
728. Sentía ya nuestra divina Princesa que se llegaba el claro día de la vista deseada del sumo bien y, como por crepúsculos y anuncios, reconocía en sus potencias la fuerza de los rayos de aquella luz divina que ya se le acercaba. Enardecíase toda con la vecindad de la invisible llama que alumbra y no consume, y retocado su espíritu con los asomos de esta nueva claridad preguntaba a sus ángeles y les decía: Amigos y señores, centinelas mías vigilantes y fidelísimas, decidme: ¿qué hora es de mi noche? ¿y cuándo llegará el alba de mi claro día en que verán mis ojos al sol de justicia que los alumbra y da vida a mis afectos y espíritu?–Respondiéronla los santos príncipes, y dijeron: Esposa del Altísimo, cerca está vuestra deseada verdad y luz y no tardará mucho, que ya viene.–Con esta respuesta se corrió algo la cortina que encubría la vista de las sustancias espirituales y se le manifestaron los santos ángeles y los vio, como solía, en su mismo ser, sin estorbo ni dependencia del cuerpo ni sentidos.
729. Y con estas esperanzas y con la vista de los espíritus divinos se alentaron algo las ansias de María santísima por la vista de su amado. Pero aquel linaje de amor que busca al objeto nobilísimo de la voluntad sólo con él se satisface, y sin él, aunque sea con los mismos ángeles y santos, no descansa el corazón herido de las flechas del Todopoderoso. Con todo eso alegre nuestra divina Princesa con este refrigerio, habló a los ángeles y les dijo: Príncipes soberanos y luceros de la inaccesible luz donde mi amado habita, ¿por qué tan largo tiempo he desmerecido vuestra vista? ¿En qué os desagradé faltando a vuestro gusto? Decidme, mis señores y maestros, en qué fui negligente, para que no me desamparéis por culpa mía.–Señora y Esposa del Todopoderoso –respondieron ellos– a la voz de nuestro Criador obedecemos y por su santa voluntad nos gobernamos todos, y como a espíritus que somos suyos nos envía y ordena lo que es de su servicio; mandónos ocultar de vuestra vista cuando encubrió la suya, pero que disimulados asistiéramos cuidadosos a vuestro amparo y defensa; y así lo hemos cumplido estando en vuestra compañía, aunque encubiertos a la vista.
730. Decidme, pues, ahora –replicó María santísima– dónde está mi dueño, mi bien, mi Hacedor; decidme si le verán mis ojos luego o si por ventura le tengo disgustado, para que esta vilísima criatura llore amargamente la causa de su pena. Ministros y embajadores del supremo Rey, doleos de mi aflicción amorosa, y dadme señas de mi amado.–Luego, Señora –le respondieron–, veréis al que desea vuestra alma entretenga la confianza vuestra dulce pena; no se niega nuestro Dios a quien le busca tan de veras; grande es, Señora, el amor de su bondad con quien le admite y no será escaso en satisfacer vuestros clamores.–Llamábanla los santos ángeles Señora, y sin recelo, así como seguros de su prudentísima humildad, como porque disimulaban este honroso título con el de Esposa del Altísimo, habiendo sido testigos del desposorio que con la Reina celebró Su Majestad. Y como su sabiduría pudo disponer que, ocultándole los ángeles sólo el título y dignidad de Madre del Verbo hasta su tiempo, en lo demás le diesen grande reverencia, así la trataban con ella en muchas demostraciones, aunque en lo oculto la respetaban mucho más que en lo manifiesto.
731. Entre estas conferencias y coloquios amorosos aguardaba la divina Princesa la llegada de su Esposo y sumo bien, cuando los serafines que la asistían comenzaron a prepararla con nueva iluminación de sus potencias, prenda cierta y exordio del bien que la esperaba. Pero como estos beneficios encendían más la ardiente llama de su amor, y aún no se conseguía su deseado fin, crecía siempre el movimiento de sus congojas amorosas, y con ellas, hablando con los serafines, les dijo: Espíritus supremos que estáis más inmediatos a mi bien, espejos lucidísimos donde reverberando su retrato le solía mirar con alegría de mi alma, decidme ¿dónde está la luz que os ilumina y llena d, hermosura? Decid ¿por qué tanto mi amado se detiene? Decidme ¿qué le impide, para que mis ojos no lo vean? Si es por culpa mía, enmendaré mis yerros; si es que no merezco la ejecución de mi deseo, conformaréme con su gusto; y si le tiene en mi dolor, le padeceré con alegría del corazón; pero decidme ¿cómo viviré, sin mi propia vida? ¿cómo me gobernaré sin mi luz?
732. A estas querellas dulces la respondieron los santos serafines: Señora, no tarda vuestro amado, cuando por vuestro bien y amor se ausenta y se detiene; pues para consolar, aflige a quien más ama, para dar más alegría, entristece y para ser hallado, se retira; y quiere que sembréis con lágrimas1, para coger después con alegría el dulce fruto del dolor; y si el bien amado no se encubriera nunca se buscara con las ansias que resultan de su ausencia, ni renovara el alma sus afectos, ni creciera tanto la debida estimación de su tesoro.
733. Diéronla aquel lumen que dije2 para purificarle las potencias, no porque tuviese culpas de que ser purificada, que no las pudo cometer, mas, aunque todos sus movimientos y operaciones en aquella ausencia del Señor habían sido meritorios y santos, con todo eso eran necesarios estos nuevos dones para sosegar el espíritu y sus potencias de los movimientos causados con los trabajos y congojas afectuosas de tener al Señor oculto; y para mudarla de aquel estado a este otro de diferentes y nuevos favores y proporcionar las potencias con el objeto y con el modo de verle, era menester renovarlas y disponerlas. Y todo esto hacían los santos serafines por el modo que arriba se dijo, libro II, capítulo 14; y después le dio el mismo Señor el último adorno y cualidad, para estar dispuesta con la última disposición, inmediata a la visión que la quería manifestar.
734. Este orden de elevaciones iban causando en las potencias de la divina Reina los efectos y operaciones de amor y virtudes que pretendía el mismo Señor, que es cuanto puedo explicarlas; y en medio de ellas corrió Su Majestad el velo y, después de haber estado tanto tiempo oculto, se manifestó a su esposa única y dilecta María santísima por visión abstractiva de la divinidad. Y aunque esta visión fue por especies y no inmediata, pero fue clarísima y altísima en su género; y con ella el Señor enjugó las continuadas lágrimas de nuestra Reina, premió sus afectos y ansias amorosas, satisfizo a su deseo y toda descansó con afluencia de delicias, reclinada en los brazos de su amado3 . Allí se renovó la juventud4 de esta ardiente y fervorosa águila para levantar más el vuelo a la región impenetrable de la divinidad, y, con las especies que después de la visión por admirable modo le quedaron, subía hasta donde no pudo llegar ni comprender ninguna criatura después del mismo Dios.
735. El gozo que recibió la purísima Señora con esta visión se debía regular así por el extremo del dolor de donde pasó como por los méritos a que sucedió. Pero yo sólo puedo decir que donde y como abundó el dolor abundó también la consolación5 , y que la paciencia, la humildad, la fortaleza, la constancia, los afectos y las ansias amorosas, fueron en María todo el tiempo de esta ausencia los más insignes y excelentes que hasta entonces hubo, ni después pueden caber en otra criatura. Sola esta única Señora entendió el primor de esta sabiduría y supo dar el peso al carecer de la vista del Señor y sentir su ausencia; y, sintiéndola y pesando lo que monta, supo también buscarle con paciencia y padecer con humildad, tolerar con fortaleza y santificarlo todo con su inefable amor y estimar después el beneficio y gozar de él.
736. Levantada a esta visión María santísima, postrándose con el afecto en la presencia divina, dijo a Su Majestad: Señor y Dios altísimo, incomprensible y sumo bien de mi alma, pues levantáis del polvo a este pobre y vil gusanillo, recibid, Señor, vuestra misma bondad y gloria con la que os dan vuestros cortesanos en humilde agradecimiento de mi alma; y si como de criatura baja y terrena os desagradaron mis obras, reformad, Dueño mío, ahora lo que en mí os descontenta. ¡Oh bondad y sabiduría única e infinita!, purificad este corazón y renovadle, para que os sea grato, humilde y arrepentido para que no le despreciéis. Si los pequeños trabajos y muerte de mis padres no los recibí como debía y en algo me desvié de vuestro beneplácito, ordenad, Altísimo mis potencias y obras como Señor poderoso, como Padre y como Esposo único de mi alma.
737. A esta humilde oración respondió el Altísimo: Esposa y paloma mía, el dolor de la muerte de tus padres y el sentimiento de otros trabajos es natural efecto de la condición humana y no es culpa; y por el amor con que te conformaste en todo con la disposición de mi divina voluntad mereciste de nuevo mi gracia y beneplácito. Yo dispenso la verdadera luz y sus efectos con mi sabiduría, como Señor de todo y formo sucesivamente el día y la noche, hago serenidad y doy también su tiempo a la tormenta, para que mi poder y gloria se engrandezcan, y con ellas camine el alma más segura con el lastre de su conocimiento, y con las violentas olas de la tribulación apresure más el viaje y llegue al puerto seguro de mi amistad y gracia, y más llena de merecimientos me obligue a recibirla con mayor agrado. Este es, querida mía, el orden admirable de mi sabiduría, y por esto me escondí tanto tiempo de tu vista; porque de ti quiero lo más santo y más perfecto. Sírveme pues, hermosa mía, que soy tu Esposo y Dios de misericordias infinitas, y mi nombre es admirable en la diversidad y variedad de mis grandes obras.
738. Salió de esta visión nuestra princesa María toda renovada y deificada, llena de nueva ciencia de la divinidad y de los ocultos sacramentos del Rey, confesándole, adorándole y alabándole con incesantes cánticos y vuelos de su pacífico y tranquilísimo espíritu; Y al mismo paso eran los aumentos de la humildad y todas las demás virtudes. Su continua petición era siempre inquirir la más perfecta y agradable voluntad del Altísimo y en todo y por todo ejecutarla y cumplirla; y así pasó algunos días, hasta que sucedió lo que se dirá en el capítulo siguiente.
Doctrina de la Reina del cielo Señora nuestra.
739. Hija mía, muchas veces te repetiré la lección de la mayor sabiduría de las almas, que consiste en alcanzar el conocimiento de la cruz por el amor de los trabajos y la imitación en padecerlos. Y si la condición de los mortales no fuera tan grosera, debían codicíarlos sólo por el gusto de su Dios y Señor, que en esto les ha declarado su voluntad y beneplácito; pues en el servicio fiel debe el siervo afectuoso anteponer siempre el agrado de su dueño a su misma comodidad. Pero a la torpeza de los mundanos, ni les obliga esta buena correspondencia con su Padre y Señor, ni tampoco el haberles declarado que todo su remedio está librado en seguir a Cristo por la cruz y padecer los hijos pecadores con su padre inocente, para que el fruto de la redención se logre en ellos, conformándose los miembros con su cabeza.
740. Admite, pues, carísima, esta disciplina y escríbela en medio del corazón; y entiende que por hija del Altísimo, por esposa de mi Hijo santísimo y por mi discípula, cuando no tuvieras otro interés, debías para tu adorno comprar la preciosa margarita del padecer, para ser grata a tu Señor y Esposo. Y te advierto, hija mía, que entre los regalos y favores de su mano y los trabajos de su cruz debes anteponer y elegir el padecer y abrazarle antes que ser regalada de sus caricias; porque en elegir los favores y delicias puede tener parte el amor que a ti misma tienes; pero en admitir las tribulaciones y penas sólo puede obrar el amor de Cristo. Y si entre regalos del mismo Señor y trabajos, cualesquiera que sean sin culpa, se han de preferir las penas al gusto del mismo espíritu, ¿qué estulticia será de los hombres amar tan ciegamente los deleites sensibles y feos y aborrecer tanto todo lo que es padecer por Cristo y por la salud de su alma?
741. Tu incesante oración, hija mía, será repitiendo siempre: Aquí estoy, Señor, ¿qué queréis hacer de mí? Preparado está mi corazón, aparejado está y no turbado, ¿qué queréis, Señor, que yo haga por vos? El sentir de estas palabras sea en ti verdadero y de todo corazón, pronunciándolas con lo íntimo y fervoroso de tu afecto más que con los labios. Tus pensamientos sean altos, tu intención muy recta, pura y noble, sólo de hacer en todo el mayor agrado del Señor, que con medida y peso dispensa los trabajos y la gracia y sus favores. Examínate y remírate siempre con qué pensamientos, qué acciones y en qué ocasiones puedes ofender o agradar más a tu amado, para que conozcas aquello que debes en ti reformar o codiciar. Y cualquier desorden, por pequeño que sea, o lo que fuere menos puro y perfecto, cercénalo y apártalo luego, aunque parezca lícito y de algún provecho; porque todo lo que no agrada más al Señor debes juzgar por malo, o por inútil para ti; y ninguna imperfección te parezca pequeña si a Dios le desagrada. Con este cuidadoso temor y santo cuidado caminarás segura; y está cierta, carísima hija mía, que no cabe en la ponderación humana el premio tan copioso que reserva el altísimo Señor para las almas fieles que viven con esta atención y cuidado.

Los comentarios están cerrados.