LIBRO IV – CAPITULO 22

CAPITULO 22
Comienzan la jornada a Egipto Jesús, María y José, acompañados de los espíritu angélicos, y llegan a la ciudad de Gaza.
619. Salieron de Jerusalén a su destierro nuestros peregrinos divinos, encubiertos con el silencio y oscuridad de la noche, pero llenos del cuidado que se debía a la prenda del cielo que consigo llevaban a tierra extraña y para ellos no conocida; y si bien la fe y la esperanza los alentaba, porque no podía ser más alta y segura que la de nuestra Reina y de su fidelísimo esposo, mas con todo eso daba el Señor lugar a la pena, porque naturalmente era inexcusable en el amor que tenían al infante Jesús, y porque tampoco en particular no sabían todos los accidentes de tan larga jornada, ni el fin de ella, ni cómo serían recibidos en Egipto siendo extranjeros, ni la comodidad que tendrían para criar al niño y llevarle por todo el camino sin grandes penalidades. Trabajos y cuidados saltearon el corazón de los padres santísimos al partir con tanta priesa desde su posada, pero moderóse mucho este dolor con la asistencia de los cortesanos del cielo, que luego se manifestaron los diez mil arriba dichos1 en forma visible humana, con su acostumbrada hermosura y resplandor con que hicieron de la noche clarísimo día a los divinos caminantes, y saliendo de las puertas de la ciudad se humillaron y adoraron al Verbo humanado en los brazos de su Madre Virgen, y a ella la alentaron ofreciéndose a su servicio y obediencia de nuevo y que la acompañarían y guiarían en el camino por donde fuese la voluntad del Señor.
620. Al corazón afligido cualquiera alivio le parece estimable, pero éste, por ser grande, confortó mucho a nuestra Reina y a su esposo José; y con mucho esfuerzo comenzaron sus jornadas, saliendo de Jerusalén por la puerta y camino que guía a Nazaret 2, y la divina Madre se inclinó con algún deseo de llegar al lugar del nacimiento, para adorar aquella sagrada cueva y pesebre que fue el primer hospicio de su Hijo santísimo en el mundo, pero los santos ángeles la respondieron al pensamiento antes de manifestarle, y la dijeron: Reina y Señora nuestra, Madre de nuestro Criador, conviene que apresuremos el viaje y sin divertirnos prosigamos el camino, porque con la diversión de los Reyes magos sin volver por Jerusalén y después con las palabras del sacerdote Simeón y Ana se ha movido el pueblo y algunos han comenzado a decir que sois Madre del Mesías; otros, que tenéis noticia de él, y otros, que vuestro Hijo es profeta. Y sobre que los Reyes os visitaron en Belén, hay varios juicios, y de todo está informado Herodes y ha mandado que con gran desvelo os busquen y en esto se pondrá excesiva diligencia, y por esta causa os ha mandado el Altísimo partir de noche y con tanta priesa.
621. Obedeció la Reina del cielo a la voluntad del Todopoderoso declarada por sus ministros los santos ángeles, y desde el camino hizo reverencia al sagrado lugar del nacimiento de su Unigénito, renovando la memoria de los misterios que en él se habían obrado y de los favores que allí había recibido; y el santo ángel que estaba por guarda de aquel sagrado salió al camino en forma visible y adoró al Verbo humanado en los brazos de su divina Madre, con que recibió ella nuevo consuelo y alegría porque le vio y habló. Inclinóse también el afecto de la piadosa Señora a tomar el camino de Hebrón, porque se desviaba muy poco del que llevaban y en aquella ocasión estaba en la misma ciudad santa Isabel, su amiga y deuda, con su hijo san Juan; pero el cuidado de san José, que era de mayor temor, previno también este divertimiento y detención, y dijo a la divina esposa: Señora mía, yo juzgo que nos importa mucho no detener un punto la jornada, pero adelantarla todo lo posible para retirarnos luego del peligro, y por esto no conviene que vayamos por Hebrón donde más fácilmente nos buscarán que en otra parte.–Hágase vuestra voluntad –respondió la humilde Reina–, pero con ella pediré a uno de estos espíritus celestiales vaya a dar aviso a Isabel mi prima de la causa de nuestro viaje, para que ponga en cobro a su niño, porque la indignación de Herodes alcanzará hasta llegar a ellos.
622. Sabía la Reina del cielo el intento de Herodes para degollar los niños, aunque no lo manifestó entonces. Pero lo que aquí me admira es la humildad y obediencia de María santísima, tan raras y advertidas en todo, pues no sólo obedeció a san José en lo que él le ordenaba, sino en lo que le tocaba a ella sola, que era enviar el ángel a santa Isabel, no quiso ejecutarlo sin voluntad y obediencia de su esposo, aunque pudo ella por sí mentalmente enviarle y ordenarlo. Confieso mi confusión y tardanza, pues en la fuente purísima de las aguas que tengo a la vista no sacio mi sed, ni me aprovecho de la luz y ejemplar que en ella se me propone, aunque es tan vivo, tan suave, poderoso y dulce para obligar y atraer a todos a negar la propia y dañosa voluntad. Con la de su esposo despachó nuestra gran Maestra uno de los principales ángeles que asistían para que diese noticia a santa Isabel de lo que pasaba, y como superiora a los ángeles en esta ocasión informó a su legado mentalmente de lo que había de decir a la santa matrona y al niño Juan.
623. Llegó el santo ángel a la feliz y bendita Isabel y conforme al orden y voluntad de su Reina la informó de todo lo que convenía. Díjola cómo la Madre del mismo Dios iba con él huyendo a Egipto de la indignación de Herodes y del cuidado que ponía en buscarle para quitarle la vida, y que por asegurar a Juan le ocultase y pusiese en cobro y la declaró otros misterios del Verbo humanado, como se lo ordenó la divina Madre. Con esta embajada quedó santa Isabel llena de admiración y gozo y dijo al santo ángel cómo deseaba salir al camino a adorar al infante Jesús y ver a su dichosa Madre, y preguntó si podría alcanzarlos. El santo ángel la respondió que su Rey y Señor humanado iba con la feliz Madre lejos de Hebrón y no convenía detenerlos; con que se despidió la santa de su esperanza. Y dándole al ángel dulces memorias para Hijo y Madre, quedó muy tierna y llorosa, y el paraninfo volvió a la Reina con la respuesta. Luego santa Isabel despachó un propio a toda diligencia y con algunos regalos le envió en alcance de los divinos caminantes y les dio cosas de comer y dineros y con qué hacer mantillas para el niño, previniendo la necesidad con que iban a tierra no conocida. Alcanzólos el propio en la ciudad de Gaza, que dista de Jerusalén poco menos de veinte horas de camino y está en la ribera del río Besor, camino de Palestina para Egipto, no lejos del mar Mediterráneo.
624. En esta ciudad de Gaza descansaron dos días, por haberse fatigado algo san José y el jumentillo en que iba la Reina, y de allí despidieron al criado de santa Isabel sin descuidarse el santo esposo de advertirle no dijese a nadie dónde los había topado; pero con mayor cuidado previno Dios este peligro, porque le quitó de la memoria a aquel hombre lo que san José le encargó que callase y sólo la tuvo para volver la respuesta a su ama santa Isabel. Y del regalo que envió a los caminantes hizo María santísima convite a los pobres, que no los podía olvidar la que era madre de ellos, y de las telas un mantillo para abrigar al niño Dios y para san José otra capa acomodada para el camino y tiempo. Y previno otras cosas de las que podían llevar en su pobre recámara, porque en cuanto la prudentísima Señora podía hacer con su diligencia y trabajo no quería enseñar milagros para sustentar a su Hijo y a san José, que en esto se gobernaban por el orden natural y común, hasta donde llegaban sus fuerzas. En los dos días que estuvieron en aquella ciudad, para no dejarla sin grandes bienes, hizo María purísima algunas obras maravillosas: libró a dos enfermos de peligro de muerte, dándoles salud; a otra mujer baldada la dejó sana y buena; en las almas de muchos que la vieron y hablaron obró efectos divinos del conocimiento de Dios y mudanza de vida; y todos sintieron grandes motivos de alabar al Criador; pero a nadie manifestaron su patria ni el intento del viaje, porque si con esta noticia se juntara la que daban sus obras admirables fuera posible que las diligencias de Herodes rastrearan su jornada y los siguieran.
625. Para manifestar lo que se me ha dado a conocer de las obras que por el camino hacían el infante Jesús y su Madre Virgen, me faltan las palabras dignas y mucho más la devoción y peso que piden tan admirables y ocultos sacramentos. Siempre servían los brazos de María purísima de lecho regalado al nuevo y verdadero rey Salomón3. Y mirando ella los secretos de aquella humanidad y alma santísima, sucedía algunas veces que Hijo y Madre, comenzando él, alternaban dulces coloquios y cánticos de alabanza, engrandeciendo primero el infinito ser de Dios con todos sus atributos y perfecciones. Y para estas obras daba Su Majestad a la Madre reina nueva luz y visiones intelectuales, en que conocía el misterio altísimo de la unidad de la esencia en la trinidad de las personas; las operaciones ad intra de la generación del Verbo y procesión del Espíritu Santo; cómo siempre son y fueron el Verbo engendrado por obra del entendimiento y el Espíritu Santo inspirado por obra de la voluntad, no porque allí hay sucesión de antes y después, porque todo es junto en la eternidad, sino porque nosotros lo conocemos al modo de la duración sucesiva del tiempo. Entendía también la gran Señora cómo las tres personas se comprenden recíprocamente con un mismo entender y cómo conocen a la persona del Verbo unida a la humanidad y los efectos que en ella resultan de la divinidad unida.
626. Con esta ciencia tan alta descendía de la divinidad a la humanidad, y ordenaba nuevos cánticos en alabanza y agradecimiento de haber criado aquella alma y humanidad santísima, en alma y cuerpo perfectísima; el alma llena de sabiduría, gracia y dones del Espíritu Santo con la plenitud y abundancia posible; el cuerpo purísimo y en sumo grado bien dispuesto y complexionado. Y luego miraba todos los actos tan heroicos y excelentes de sus potencias, y habiéndolos imitado todos respectivamente pasaba a bendecirle y darle gracias por haberla hecho Madre suya, concebida sin pecado, escogida entre millares, engrandecida y enriquecida con todos los favores y dones de su diestra poderosa que caben en pura criatura. En la exaltación y gloria de éstos y otros sacramentos que en ellos se encierran hablaba el niño y respondía la Madre lo que no cabe en lengua de ángeles ni en pensamiento de ninguna criatura. Y a todo esto atendía la divina Señora, sin faltar al cuidado de abrigar al niño, darle leche tres veces al día, de regalarle y acariciarle como madre más amorosa y atenta que todas juntas las otras madres con sus hijos.
627. Otras veces le hablaba y decía: Dulcísimo amor e Hijo mío, dadme licencia para que os pregunte y manifieste mi deseo, aunque vos, Señor mío, le conocéis, pero para consuelo de oír vuestras palabras en responderme decidme, vida de mi alma y lumbre de mis ojos, si os fatiga el trabajo del camino y os afligen las inclemencias del tiempo y elementos y qué puedo hacer yo en servicio y alivio de vuestras penas.–Respondió el niño Dios: Los trabajos, Madre mía, y el fatigarme por el amor de mi Padre eterno y de los hombres, a quienes vengo a enseñar y redimir, todos se me hacen fáciles y muy dulces y más en vuestra compañía .–Lloraba el niño algunas veces con serenidad muy grave y de varón perfecto y afligida la amorosa Madre atendía luego a la causa buscándola en su interior que conocía y miraba, y allí entendía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en está pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre y solía, como compasiva tórtola, acompañarle en el llanto y como piadosa madre le acariciaba y le besaba con incomparable reverencia. El dichoso José atendía muchas veces a estos misterios tan divinos y de ellos tenía alguna luz con que aliviaba el cansancio del camino. Otras veces hablaba con su esposa, preguntándole cómo iba y si gustaba de alguna cosa para sí o para el niño y se llegaba a él y le adoraba besándole el pie y pidiéndole la bendición y algunas veces le tomaba en sus brazos. Con estos consuelos entretenía dulcemente el gran Patriarca las molestias del camino y su divina esposa le alentaba y animaba, atendiendo a todo con magnánimo corazón, sin embarazarle la atención interior para el cuidado de lo visible, ni esto para la altura de sus encumbrados pensamientos y frecuentes afectos, porque en todo era perfectísima.
Doctrina de la divina Madre y Señora.
628. Hija mía carísima, para la imitación y ciencia que en ti quiero sobre lo que has escrito, te será ejemplar la admiración y afectos que hacía en mi alma la luz divina con que conocía a mi Hijo santísimo sujetarse de voluntad al furor inhumano de los malos hombres, como sucedió con Herodes en esta ocasión que fuimos huyendo de su ira y después a los malos ministros de los pontífices y magistrados. En todas las obras del Altísimo resplancede su grandeza, su bondad y sabiduría infinita, pero lo que más admiraba mi entendimiento era cuando conocía a un mismo tiempo con luz altísima el ser de Dios en la persona del Verbo unida a la humanidad y que era mi Hijo santísimo Dios eterno, poderoso, infinito y criador de todo y conservador, y que no sólo de este beneficio pendía la vida y ser de aquel inicuo rey, pero que la humanidad santísima pedía y rogaba al Padre para que al mismo tiempo le diese inspiraciones, auxilios y muchos bienes, y que siéndole tan fácil castigarle no lo hizo, sino que con sus súplicas le alcanzó no lo fuese efectivamente y según su malicia. Y aunque al fin se perdió como prescito y pertinaz, pero tiene menos pena que le dieran si mi Hijo santísimo no hubiera rogado por él. Todo esto, y lo que aquí se encierra de la incomparable misericordia y mansedumbre de mi Hijo santísimo, procuré yo imitar, porque como maestro me enseñaba con obras lo que después había de amonestar con ejemplo, palabras y ejecuciones del amor de los enemigos. Y cuando conocía yo que ocultaba y disimulaba su poder infinito y siendo león invencible se dejaba como cordero humilde y mansísimo al furor de los lobos carniceros, mi corazón se deshacía y desfallecían mis fuerzas, deseando amarle e imitarle y seguirle en su amor y caridad, paciencia y mansedumbre.
629. Este ejemplar te propongo para que siempre le lleves delante y entiendas cómo y hasta dónde debes sufrir, padecer, perdonar y amar a quien te ofendiere, pues ni tú ni las demás criaturas estáis inocentes y sin alguna culpa y muchos con repetidas y graves para merecerlo. Pero si por medio de las persecuciones has de conseguir el grande bien de esta imitación, ¿qué razón habrá para que no las aprecies por grande dicha y ames a quien te ocasiona lo sumo de la perfección y agradezcas este beneficio, no juzgando por enemigo antes por bienhechor tuyo a quien te pone en ocasión de lo que tanto te importa? Con el objeto que se te ha propuesto no tendrás disculpa si en esto faltas, pues te le hace como presente la divina luz y lo que de él conoces y penetras.

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