LIBRO V – CAPITULO 25

CAPITULO 25
Camina nuestro Redentor del bautismo al desierto, donde se ejercita en grandes victorias de las virtudes contra nuestros vicios; tiene noticia su Madre santísima y le imita en todo perfectamente.
985. Con el testimonio que la suma verdad había dado en el Jordán de la divinidad de Cristo nuestro Salvador y Maestro1, quedó tan acreditada su persona y doctrina que había de predicar, que luego pudo comenzar a enseñarla y darse a conocer con ella y con los milagros, obras y vida que le habían de confirmar, para que todos le conocieran por Hijo natural del eterno Padre y por Mesías de Israel y Salvador del mundo. Con todo, no quiso el divino Maestro de la santidad comenzar la predicación ni ser reconocido por nuestro Reparador, sin haber alcanzado primero el triunfo de nuestros enemigos, mundo, demonio y carne, para que después triunfase de los engaños que siempre fraguan, y con las obras de sus heroicas virtudes nos diese las primeras lecciones de la vida cristiana y espiritual y nos enseñase a pelear y vencer en sus victorias, habiendo quebrantado primero con ellas las fuerzas de estos comunes enemigos, para que nuestra flaqueza los hallase más debilitados, si no queríamos entregarnos a ellos y restituírselas con nuestra propia voluntad. Y no obstante que Su Majestad en cuanto Dios era superior infinitamente al demonio y en cuanto hombre tampoco tenía dolo ni pecado2 sino suma santidad y señorío sobre todas las criaturas, quiso como hombre santo y justo vencer los vicios y a su autor, ofreciendo su humanidad santísima al conflicto de la tentación disimulando para esto la superioridad que tenía a los enemigos invisibles.
986. Con el retiro venció Cristo nuestro Señor y nos enseñó a vencer al mundo; que si bien es verdad suele dejar a los que no ha menester para sus fines terrenos y cuando no le buscan tampoco él se va tras ellos, con todo eso el que de veras le desprecia lo ha de mostrar en alejarse con el afecto y con las obras lo que le fuere posible. Venció también Su Majestad a la carne y enseñónos a vencerla con la penitencia de tan prolijo ayuno con que afligió su cuerpo inocentísimo, aunque no tenía rebeldía para el bien, ni pasiones que le inclinasen al mal. Y al demonio venció con la doctrina y verdad, como adelante diré3, porque todas las tentaciones de este padre de la mentira suelen venir disfrazadas y vestidas con doloso engaño. Y el salir a la predicación y darse a conocer al mundo, no antes sino después de estos triunfos que alcanzó nuestro Redentor, es otra enseñanza y desengaño del peligro que corre nuestra fragilidad en admitir las honras del mundo, aunque sean por favores recibidos del cielo, cuando no estamos muertos a las pasiones y tenemos vencidos a nuestros comunes enemigos; porque si el aplauso de los hombres nos halla mortificados, vivos y con enemigos domésticos dentro de nosotros, poca seguridad tendrán los favores y beneficios del Señor, pues hasta los más pesados montes suele trasegar este viento de la vanagloria del mundo. Lo que a todos nos toca es conocer que tenemos el tesoro en vasos frágiles4, que cuando Dios quisiere engrandecer la virtud de su nombre en nuestra flaqueza él sabe con qué medios la ha de asegurar y sacar a luz sus obras; a nosotros sólo el recato nos incumbe y pertenece.
987. Prosiguió Cristo nuestro Señor desde el Jordán su camino al desierto, sin detenerse en él, después que se despidió del Bautista, y solos le asistieron y acompañaron los ángeles, que como a su Rey y Señor le servían y veneraban con cánticos de loores divinos por las obras que iba ejecutando en remedio de la humana naturaleza. Llegó al puesto que en su voluntad llevaba prevenido, que era un despoblado entre algunos riscos y peñas secas, y entre ellas estaba una caverna o cueva muy oculta donde hizo alto y la eligió por su posada para los días de su santo ayuno. Postróse en tierra con profundísima humildad y pegóse con ella, que era siempre el proemio de que usaban Su Majestad y la beatísima Madre para comenzar a orar; confesó al eterno Padre y le dio gracias por las obras de su divina diestra y haberle dado por su beneplácito aquel puesto y soledad acomodado para su retiro, y al mismo desierto agradeció en su modo, con aceptarle, el haberle recibido para guardarle escondido del mundo el tiempo que convenía lo estuviese. Continuó Su Majestad la oración puesto en forma de cruz, y ésta fue la más repetida ocupación que en el desierto tuvo,pidiendo al eterno Padre por la salud humana, y algunas veces en estas peticiones sudaba sangre, por la razón que diré cuando llegue a la oración del huerto.
988. Muchos animales silvestres de aquel desierto vinieron a donde estaba su Criador, que algunas veces salía por aquellos campos, y allí con admirable instinto le reconocían y como en testimonio de esto daban bramidos y hacían otros movimientos; pero muchas más demostraciones hicieron las aves del cielo, que vinieron gran multitud de ellas a la presencia del Señor, y con diversos y dulces cantos le manifestaban gozo y le festejaban a su modo e insinuaban agradecimiento de verse favorecidas con tenerle por vecino del yermo y que le dejase santificado con su presencia real y divina. Comenzó Su Majestad el ayuno sin comer cosa alguna por los cuarenta días que perseveró en él, y le ofreció al eterno Padre para recompensa de los desórdenes y vicios que los hombres habían de cometer con el de la gula, aunque tan vil y abatido pero muy admitido y aun honrado en el mundo a cara descubierta; y al modo que Cristo nuestro Señor venció este vicio, venció todos los demás y recompensó las injurias que con ellos recibía el supremo Legislador y Juez de los hombres. Y según la inteligencia que se me ha dado, para entrar nuestro Salvador en el oficio de predicador y maestro y para hacer el de medianero y redentor acerca del Padre, fue venciendo todos los vicios de los mortales y recompensando sus ofensas con el ejercicio de las virtudes tan contrarias al mundo, que con el ayuno recompensó nuestra gula, y aunque esto hizo por toda su vida santísima con su ardentísima caridad, pero especialmente destinó sus obras de infinito valor para este fin mientras ayunó en el desierto.
989. Y como un amoroso padre de muchos hijos que han cometido todos grandes delitos, por los cuales merecían horrendos castigos, va ofreciendo su hacienda para satisfacer por todos y reservar a los hijos delincuentes de la pena que debían recibir, así nuestro amoroso Padre y Hermano Jesús pagaba nuestras deudas y satisfacía por ellas: singularmente en recompensa de nuestra soberbia ofreció su profundísima humildad; por nuestra avaricia, la pobreza voluntaria y desnudez de todo lo que era propio suyo; por las torpes delicias de los hombres ofreció su penitencia y aspereza, y por la ira y venganza, su mansedumbre y caridad con los enemigos; por nuestra pereza y tardanza, su diligentísima solicitud, y por las falsedades de los hombres y sus envidias ofreció en recompensa la candidísima y columbina sinceridad, verdad y dulzura de su amor y trato. Y a este modo iba aplacando el justo Juez y solicitando el perdón para los hijos bastardos inobedientes, y no sólo les alcanzó el perdón sino que les mereció nueva gracia, dones y auxilios, para que con ellos mereciésemos su eterna compañía y la vista de su Padre y suya, en la participación y herencia de su gloria por toda la eternidad. Y cuando todo esto lo pudo conseguir con la menor de sus obras, no hizo lo que nosotros hiciéramos, antes superabundó su amor en tantas demostraciones, para que no tuviera excusa nuestra ingratitud y dureza.
990. Para dar noticia de todo lo que hacía el Salvador, a su beatísima Madre pudiera bastar la divina luz y continuas visiones y revelaciones que tenía, pero sobre ellas añadía su amorosa solicitud las ordinarias legacías que con los santos ángeles enviaba a su Hijo santísimo. Y esto disponía el mismo Señor para que por medio de tan fieles embajadores oyesen recíprocamente los sentidos de los dos las mismas razones que formaban sus corazones, y así las referían los ángeles y con las mismas palabras que salían de la boca de Jesús para María y de ella para Jesús, aunque por otro modo las tenía ya entendidas y sabidas el mismo Señor y también su santísima Madre. Luego que la gran Señora tuvo noticia de que estaba nuestro Salvador en el camino del desierto y de su intento, cerró las puertas de su casa, sin que nadie entendiera que estaba en ella, y fue tal su recato en este retiro, que los mismos vecinos pensaron se había ausentado como su Hijo santísimo. Recogióse a su oratorio y en él estuvo cuarenta días y cuarenta noches sin salir de allí y sin comer cosa alguna, como sabía que tampoco lo hacía su Hijo santísimo, guardando entrambos la misma forma y rigor del ayuno. En las demás operaciones, oraciones, peticiones, postraciones y genuflexiones imitó y acompañó también al Señor sin dejar alguna; y lo que es más, que las hacía todas al mismo tiempo, porque para esto se desocupó de todo y fuera de los avisos que le daban los ángeles lo conocía con aquel beneficio, que otras veces he referido5 de conocer todas las operaciones del alma de su Hijo santísimo –que éste le tuvo cuando estaba presente y ausente– y las acciones corporales, que antes conocía por los sentidos cuando estaban juntos, después las conocía por visión intelectual estando ausente o se las manifestaban los ángeles santos.
991. Mientras nuestro Salvador estuvo en el desierto hacía cada día trescientas genuflexiones y postraciones y otras tantas hacía la Reina Madre en su oratorio, y el tiempo que le restaba le ocupaba de ordinario en hacer cánticos con los ángeles, como dije en el capítulo pasado6. Y en esta imitación de –Cristo nuestro Señor cooperó la divina Reina a todas las oraciones e impetraciones que hizo el Salvador y alcanzó las mismas victorias de los vicios y respectivamente los recompensó con sus heroicas virtudes y con los triunfos que ganó con ellas; de manera que si Cristo como Redentor nos mereció tantos bienes y recompensó y pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima como su coadjutora y Madre nuestra interpuso su misericordiosa intercesión con él y fue medianera cuanto era posible a pura criatura.
Doctrina que me dio la misma Reina y Señora nuestra.
992. Hija mía, las obras penales del cuerpo son tan propias y legítimas a la criatura mortal, que la ignorancia de esta verdad y deuda y el olvido y desprecio de la obligación de abrazar la cruz tiene a muchas almas perdidas y a otras en el mismo peligro. El primer título por que los hombres deben afligir y mortificar su carne es por haber sido concebidos en pecado, y por él quedó toda la naturaleza humana depravada, sus pasiones rebeldes a la razón, inclinadas al mal y repugnando al espíritu7, y dejándolas seguir su propensión llevan al alma precipitándola de un vicio en otros muchos; pero si esta fiera se refrena y sujeta con el freno de la mortificación y penalidades, pierde sus bríos y tiene superioridad la razón y la luz de la verdad. El segundo título es, porque ninguno de los mortales ha dejado de pecar contra Dios eterno y a la culpa indispensablemente ha de corresponder la pena y el castigo o en esta
vida o en la otra; y, pecando juntos alma y cuerpo, en toda rectitud de justicia han de ser castigados entrambos y no basta el dolor interior si por no padecer se excusa la carne de la pena que le corresponde; y como la deuda es tan grande y la satisfacción del reo tan limitada y escasa y no sabe cuándo tendrá satisfecho al Juez aunque trabaje toda la vida, por eso no debe descansar hasta el fin de ella.
993. Y aunque sea tan liberal la divina clemencia con los hombres, que si quieren satisfacer por sus pecados con la penitencia en lo poco que pueden, no sólo se da Su Majestad por satisfecho de las ofensas recibidas, sino que sobre esto se quiso obligar con su palabra a darles nuevos dones y premios eternos, pero los siervos fieles y prudentes que de verdad aman a su Señor han de procurar añadir otras obras voluntarias; porque el deudor que sólo trata de pagar y no hacer más de lo que debe, si nada le sobra, aunque pague queda pobre y sin caudal, pues ¿qué deben hacer o esperar los que ni pagan ni hacen obras para esto? El tercer título, y que más debía obligar a las almas, es imitar y seguir a su divino Maestro y Señor; y aunque sin tener culpas ni pasiones mi Hijo santísimo y yo nos sacrificamos al trabajo y fue toda nuestra vida una continua aflicción de la carne y mortificación, y así convenía que el mismo Señor entrase en la gloria8 de su cuerpo y de su nombre y que yo le siguiese en todo; pues si esto hicimos nosotros, porque era razón, ¿cuál es la de los hombres en buscar otro camino de vida suave y blanda, deleitosa y gustosa, y dejar y aborrecer todas las penas, afrentas, ignominias, ayunos y mortificaciones, y que sea sólo para padecerlas Cristo mi Hijo y Señor, y para mí, y que los reos, deudores y merecedores de las penas, estén mano sobre mano entregados a las feas inclinaciones de la carne, y que las potencias que recibieron para emplearlas en servicio de Cristo mi Señor y su imitación las apliquen al obsequio de sus deleites y del demonio que los introdujo? Este absurdo tan general entre los hijos de Adán tiene muy irritada la indignación del justo Juez.
994. Verdad es, hija mía, que con las penas y aflicciones de mi santísimo Hijo se recuperaron las menguas de los merecimientos humanos, y para que yo, que era pura criatura, cooperase con Su Majestad como haciendo las veces de todas las demás, ordenó que le imitase perfecta y ajustadamente en sus penas y ejercicios; pero esto no fue para excusar a los hombres de la penitencia, antes para provocarlos a ella, pues para sólo satisfacer por ellos no era necesario padecer tanto. Y también quiso mi Hijo santísimo, como verdadero padre y hermano, dar valor a las obras y penitencias de los que le siguiesen, porque todas las operaciones de las criaturas son de poco aprecio en los ojos de Dios si no le recibieran de las que hizo mi Hijo santísimo. Y si esto es verdad en las obras enteramente virtuosas y perfectas, ¿qué será de las que llevan consigo tantas faltas y menguas, y aunque sean materia de virtudes, como de ordinario las hacéis los hijos de Adán, pues aun los más espirituales y justos tienen mucho que suplir y enmendar en sus obras? Todos estos defectos llenaron las de Cristo mi Señor, para que el Padre las recibiese con las suyas; pero quien no trata de hacer algunas, sino que se está mano sobre mano ocioso, tampoco puede aplicarse las de su Redentor, pues con ellas no tiene qué llenar y perfeccionar, sino muchas que condenar. Y no te digo ahora, hija mía, el execrable error de algunos fieles que en las obras de penitencia han introducido la sensualidad y vanidad del mundo, de manera que merecen mayor castigo por la penitencia que por otros pecados, pues juntan a las obras penales fines vanos e imperfectos, olvidando los sobrenaturales que son los que dan mérito a la penitencia y vida de gracia al alma. En otra ocasión, si fuere necesario, te hablaré en esto; ahora queda advertida para llorar esta ceguera y enseñada para trabajar, pues cuando fuera tanto como los apóstoles, mártires y confesores, todo lo debes, y siempre has de castigar tu cuerpo y extenderte a más y pensar que te falta mucho, y más siendo la vida tan breve y tú tan débil para pagar.

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