LIBRO V – CAPITULO 12

CAPITULO 12
Continuaba Cristo Redentor nuestro las oraciones y peticiones por nosotros, asistíale su Madre santísima y tenía nuevas inteligencias.
846. Por más que se procure extender nuestro limitado discurso en manifestar y glorificar las obras misteriosas de Cristo nuestro Redentor y de su Madre santísima, siempre quedará vencido y muy lejos de alcanzar la grandeza de estos sacramentos, porque son mayores, como dice el Eclesiástico1, que toda nuestra alabanza y nunca los vimos ni comprenderemos y siempre quedarán ocultas otras cosas mayores que cuantas dijéremos, porque son muy pocas las que alcanzamos y éstas aún no las merecemos entender, ni explicar lo que entendemos. Insuficiente es el entendimiento del más supremo serafín para dar peso y fondo a los secretos que pasaron entre Jesús y María santísima en los años que vivieron juntos; particularmente en los que voy hablando, cuando el Maestro de la luz la informaba de todo lo que había de comprender, en esta sexta edad del mundo que había de durar la ley del evangelio hasta el fin, y lo que en mil seiscientos y más de cincuenta y siete años ha sucedido y lo que resta, que ignoramos, hasta el día del juicio. Todo lo conoció nuestra divina Señora en la escuela de su Hijo santísimo, porque Su Majestad se lo declaró todo y lo confirió con ella, señalándole los tiempos, lugares, reinos y provincias y lo que en cada una había de suceder en el discurso de la Iglesia; y esto fue con tal claridad, que si después viviera esta gran Señora en carne mortal conociera todos los individuos de la santa Iglesia por sus personas y nombres, como le sucedió con los que vio y comunicó en vida, que cuando llegaban a su presencia no los comenzaba a conocer de nuevo más que por el sentido, que correspondía a la noticia interior en que ya estaba informada.
847. Cuando la beatísima Madre de la sabiduría entendía y conocía estos misterios en el interior de su Hijo santísimo y en los actos de sus potencias, no alcanzaba a penetrar tanto como la misma alma de Cristo unida a la divinidad hipostática y beatíficamente, porque la gran Señora era pura criatura y no bienaventurada por visión continua, ni tampoco conocía siempre las especies y lumbre beatífica de aquella alma beatísima más de la visión clara de la divinidad. Pero en las demás que tenía de los misterios de la Iglesia militante conocía las especies imaginarias de las potencias interiores de Cristo Señor nuestro y también conocía cómo dependían de su voluntad santísima y que decretaba y ordenaba todas aquellas obras para tales tiempos, lugares y ocasiones, y conocía por otro modo cómo la voluntad humana del Salvador se conformaba con la divina y era gobernada por ella en todo cuanto determinaba y disponía. Y toda esta armonía divina se extendía a mover la voluntad y potencias de la misma Señora, para que obrase y cooperase con la propia voluntad de su Hijo santísimo y mediante ella con la divina, y por este modo había una similitud inefable entre Cristo y María santísimos y ella concurría cauro coadjutora de la fábrica de la ley evangélica y de la Iglesia santa.
848. Y todos estos ocultísimos sacramentos se ejecutaban de ordinario en aquel humilde oratorio de la Reina donde se celebró el mayor de los misterios de la encarnación del Verbo divino en su virginal tálamo; que si bien era tan estrecho y pobre, que sólo consistía en unas paredes desnudas y muy angostas, pero cupo en él toda la grandeza infinita del que es inmenso y de él salió todo lo que ha dado y da la majestad y deidad que hoy tienen todos los templos ricos del orbe y sus innumerables santuarios. En esta sancta sanctorum oraba de ordinario el sumo sacerdote de la nueva ley Cristo Señor nuestro, y su continua oración se conducía en hacer al Padre fervorosas peticiones por los hombres y conferir con su Madre Virgen todas las obras de la redención y los ricos dones y tesoros de gracia que prevenía para dejarles en el nuevo testamento a los hijos de la luz y de la santa Iglesia vinculados en ella. Pedía muchas veces al eterno Padre que los pecados de los hombres y su durísima ingratitud no fuesen causa para impedirles la redención; y como Cristo tuvo siempre igualmente en su ciencia previstas y presentes las culpas del linaje humano y la condenación de tantas almas ingratas a este beneficio, el saber el Verbo humanado que había de morir por ellos le puso siempre en grande agonía y le obligó muchas veces a sudar sangre. Y aunque los evangelistas hacen mención de sola una antes de la pasión2 , porque no escribieron todos los sucesos de su vida santísima, es sin duda que este sudor le tuvo muchas veces y le vio su Madre santísima3. Y así se me ha declarado en algunas inteligencias.
849. La postura con que oraba nuestro bien y Maestro era algunas veces arrodillado, otras postrado y en forma de cruz, otras en el aire en la misma postura, que amaba mucho; y solía decir orando y en presencia de su Madre: Oh cruz dichosísima ¿cuándo me hallaré en tus brazos y tú recibirás los míos, para que en ti clavados estén patentes para recibir a todos los pecadores? Pero si bajé del cielo para llamarlos al camino de mi imitación y participación, siempre están abiertos para abrazarlos y enriquecerlos a todos. Venid, pues, todos los que estáis ciegos, a la luz; venid, pobres, a los tesoros de mi gracia; venid, párvulos, a las caricias y regalos de vuestro Padre verdadero; venir, afligidos y fatigados, que yo os aliviaré y refrigeraré4 ; venid, justos, que sois mi posesión y herencia; venid, todos los hijos de Adán, que a todos llamo. Yo soy el camino, la verdad y la vida5 y a nadie la negaré si la queréis recibir. Eterno Padre mío, hechuras son de vuestra mano, no los despreciéis, que yo me ofrezco por ellos a la muerte de cruz, para entregarlos justificados y libres, si ellos lo admiten, y restituidos al gremio de vuestros electos y reino celestial, donde sea vuestro nombre glorificado.
850. A todo esto se hallaba presente la piadosa Madre y en la pureza de su alma, como en cristal sin mácula, reverberaba la luz de su Unigénito y como eco de sus voces interiores y exteriores las repetía e imitaba en todo, acompañándole en las oraciones y peticiones y en la misma postura que las hacía el Salvador. Y cuando la gran Señora le vio la primera vez sudar sangre, quedó, como amorosa madre, traspasado el corazón de dolor, con admiración del efecto que causaban en Cristo Señor nuestro los pecados de los hombres y su desagradecimiento, previsto por el mismo Señor que todo lo conocía la divina Madre; y con dolorosa angustia convertida a los mortales decía: ¡Oh hijos de los hombres, qué poco entendéis cuánto estima el Criador en vosotros su imagen y semejanza, pues en precio de vuestro rescate ofrece su misma sangre y os aprecia más que derramarla a ella! ¡Oh quién tuviera vuestra voluntad en la mía, para reduciros a su amor y obediencia! Benditos sean de su diestra los justos y agradecidos, que han de ser hijos fieles de su Padre.Sean llenos de su luz y de los tesoros de su gracia los que han de corresponder a los deseos ardientes de mi Señor, para darles su salud eterna. ¡Oh quién fuera esclava humilde de los hijos de Adán, para obligarlos, con servirlos, a que pusieran término a sus culpas y propio daño! Señor y Dueño mío, vida y lumbre de mi alma, ¿quién es de corazón tan duro y villano, tan enemigo de sí mismo, que no se reconoce obligado y preso de vuestros beneficios? ¿Quién tan ingrato y desconocido, que ignores vuestro amor ardentísimo? ¿Y cómo sufrirá mi corazón que los hombres, tan beneficiados de vuestras manos, sean tan rebeldes y groseros? Oh hijos de Adán, convertid vuestra impiedad inhumana contra mí. Afligidme y despreciadme, con tal que paguéis a mi querido Dueño el amor y reverencia que le debéis a sus finezas. Vos, Hijo y Señor mío, sois lumbre de la lumbre, Hijo del eterno Padre, figura de su sustancia, eterno y tan infinito como él, igual en la esencia y atributos, por la parte que sois con él un Dios y una suprema Majestad. Sois escogido entre millares6, hermosísimo sobre los hijos de los hombres, santo, inocente y sin defecto alguno7 pues, ¿cómo, bien eterno, ignoran los mortales el objeto nobilísimo de su amor, el principio que les dio ser y el fin en que consiste su verdadera felicidad? ¡Oh si diera yo la vida para que todos salieran de su engaño!
851. Otras muchas razones decía con éstas la divina Señora, en cuya noticia desfallece mi corazón y mi lengua, para explicar los afectos tan ardientes de aquella candidísima paloma; y con este amor y profundísima reverencia limpiaba la sangre que sudaba su dulcísimo Hijo. Otras veces le hallaba en diferente y contraria disposición, lleno de gloria y resplandor, transfigurado como después lo estuvo en el Tabor, y acompañado de gran multitud de ángeles en forma humana que le adoraban y con sonoras y dulces voces cantaban himnos y nuevos cánticos de alabanza al Unigénito del Padre hecho hombre. Y estas músicas celestiales oía nuestra Señora y asistía a ellas otras veces, aunque no estuviese Cristo Señor nuestro transfigurado, porque la voluntad divina ordenaba en algunas ocasiones que la parte sensitiva de la humanidad del Verbo recibiese aquel alivio, como en otras le tenía transfigurado con la redundancia de la gloria del alma que se comunicaba al cuerpo, aunque esto fue pocas veces. Pero cuando la divina Madre le hallaba y miraba en aquella forma gloriosa, o cuando sentía las músicas de los ángeles, participaba con tanta abundancia de aquel júbilo y deleite celestial, que si no fuera su espíritu tan robusto y no la confortara su mismo Hijo y Señor, desfallecieran todas sus fuerzas naturales; y también los santos ángeles la confortaban en los deliquios del cuerpo que en tales ocasiones solía llegar a sentir.
852. Sucedía muchas veces que, estando su Hijo santísimo en alguna de estas disposiciones de congoja o gozo orando al eterno Padre y como confiriendo los misterios altísimos de la redención, le respondía la misma persona del Padre, aprobando o concediendo lo que pedía el Hijo para el remedio de los hombres, o representándole a la humanidad santísima los decretos ocultos de la predestinación o reprobación y condenación de algunos. Todo esto lo entendía y oía nuestra gran Reina y Señora, humillándose hasta la tierra. Con incomparable temor reverencial adoraba al Todopoderoso y acompañaba a su Unigénito en las oraciones y peticiones y en el agradecimiento que ofrecía al Padre por sus grandes obras y dignación con los hombres, y alababa sus juicios investigables. Y todos estos secretos y misterios confería la prudentísima Virgen en el consejo de su pecho y los guardaba en el archivo de su dilatado corazón y de todo se servía como de fomento y materia con que encender más y conservar el fuego del santuario que en su interior ardía; porque ninguno de estos beneficios ni secretos favores que recibía era en ella ocioso y sin fruto, a todos correspondía según el mayor agrado y gusto del Señor, a todo daba el lleno y correspondencia que convenía, para que se lograsen los fines del Altísimo y todas sus obras quedasen conocidas y agradecidas, cuanto de una pura criatura era posible.
 
Doctrina de la Reina del cielo María Santísima.
853. Hija mía, una de las razones por que los hombres deben llamarme María de misericordia, es por el amor piadoso con que deseo íntimamente que todos lleguen a quedar saciados del torrente de la gracia y que gusten la suavidad del Señor como yo lo hice. A todos los convido y llamo, para que sedientos lleguen conmigo a las aguas de la divinidad. Lleguen los más pobres y afligidos, que si me respondieren y siguieren, yo les ofrezco mi poderosa protección y amparo e interceder con mi Hijo y solicitarles el maná escondidos que les dé alimento y vida. Ven tú, amiga mía; ven y llega, carísima, para que me sigas y recibas el nombre nuevo, que sólo le conoce quien le consigue. Levántate del polvo y sacude y despide todo lo terreno y momentáneo y llégate a lo celestial. Niégate a ti misma con todas las operaciones de la fragilidad humana y con la verdadera luz que tienes de las que hizo mi Hijo santísimo y yo también a su imitación; contempla este ejemplar y remírate en este espejo, para componer la hermosura que quiere y desea en ti el sumo Rey9 .
854. Y porque este medio es el más poderoso para que consigas la perfección que deseas con el lleno de tus obras, quiero que para regular todas tus acciones escribas en tu corazón esta advertencia, que cuando hubieres de hacer alguna obra interior o exterior, antes que la ejecutes confieras contigo misma si lo que vas a decir o hacer lo hiciéramos mi Hijo santísimo y yo y con qué intención tan recta lo ordenáramos a la gloria del Altísimo y al bien de nuestros prójimos; y si conocieres que lo hacíamos o lo hiciéramos con este fin, ejecútalo para imitarnos, pero si entiendes lo contrario, suspéndelo y no lo hagas, que yo tuve esta advertencia con mi Señor y Maestro, aunque no tenía contradicción como tú para el bien, mas deseaba imitarle perfectísimamente; y en esta imitación consiste la participación fructuosa de su santidad, porque enseña y obliga en todo a lo más perfecto y agradable a Dios. A más de esto te advierto que desde hoy no hagas obra, ni hables, ni admitas pensamiento alguno sin pedirme licencia antes que te determines, consultándolo conmigo como con tu Madre y Maestra; y si te respondiere darás gracias al Señor por ello y si no te respondo y tú perseverares en esta fidelidad te aseguro y prometo de parte del Señor te dará luz de lo que fuere más conforme a su perfectísima voluntad; pero todo lo ejecuta con la obediencia de tu padre espiritual y nunca olvides este ejercicio.

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