LIBRO VI – CAPITULO 4

CAPITULO 4
Con los milagros y obras de Cristo y con los de san Juan Bautista se turba y equivoca el demonio, Herodes prende y degüella a san Juan y lo que sucedió en su muerte.
1066. Prosiguiendo el Redentor del mundo en su predicación y maravillas, salió de Jerusalén por la tierra de Judea, donde se detuvo algún tiempo bautizando –como dice el evangelista san Juan en el capítulo 31, aunque luego en el 42 declara bautizaba por mano de sus discípulos y al mismo tiempo estaba su precursor Juan bautizando también en Enón, ribera del Jordán cerca de la ciudad de Salín. Y no era uno mismo el bautismo, porque el Precursor bautizaba en sola agua y con el bautismo de penitencia, pero nuestro Salvador daba su bautismo propio, que era la justificación y eficaz perdón de los pecados, como ahora lo hace el mismo bautismo, infundiendo la gracia con las virtudes. Y a más de esta oculta eficacia y efectos del bautismo de Cristo, se juntaba la eficacia de sus palabras y predicación y la grandeza de los milagros con que todo lo confirmaba. Y por esto concurrieron a él más discípulos y seguidores que al Bautista, cumpliéndose lo que el mismo santo dijo, que convenía creciese Cristo y que él fuese menguado3 . Al bautismo de Cristo nuestro Señor asistía de ordinario su Madre santísima, conociendo los efectos divinos que causaba en las almas aquella nueva regeneración, y como si ella los recibiera por medio del sacramento, los agradecía y daba el retorno a su Autor con cánticos de alabanza y grandes actos de las virtudes; con que en todas estas maravillas granjeaba incomparables y nuevos merecimientos.
1067. Cuando la disposición divina dio lugar a que se levantasen Lucifer y sus ministros de la ruina que padecían con el triunfo de Cristo nuestro Redentor en el desierto, volvió este dragón a reconocer las obras de la humanidad santísima, y dio lugar su Providencia divina para que, quedando siempre oculto a este enemigo el principal misterio, conociese algo de lo que convenía para ser del todo vencido en su misma malicia. Conoció el grande fruto de la predicación, milagros y bautismo de Cristo Señor nuestro y que por este medio innumerables almas se apartarían de su jurisdicción, saliendo de pecado y reformando sus vidas. Y también conoció, en su modo, lo mismo en la predicación de san Juan y de su bautismo, aunque siempre ignoraba la oculta diferencia de los maestros y sus bautismos; pero del suceso conjeturó la perdición de su imperio, si pasaban adelante las obras de los nuevos predicadores Cristo nuestro bien y san Juan. Y con esta novedad se halló turbado y confuso Lucifer, porque se reconocía con flacas fuerzas para resistir al poder del cielo, que sentía contra sí por medio de aquellos nuevos hombres y doctrina. Turbado, pues, en su misma soberbia con estos recelos, juntó de nuevo otro conciliábulo con los demás príncipes de sus tinieblas y les dijo: Grandes novedades son éstas que hallamos en el mundo estos años, y cada día van creciendo, y con ellas también mis recelos de que ya ha venido a él el Verbo divino, como lo tiene prometido, y aunque he rodeado todo el orbe, no acabo de conocerle. Pero estos dos hombres nuevos, que predican y me quitan cada día tantas almas, me ponen en sospechoso cuidado; y al uno nunca le he podido vencer en el desierto y el otro nos venció y oprimió a todos cuando estuvo en él y nos ha dejado cobardes y quebrantados; y si pasan adelante con lo que han comenzado, todos nuestros triunfos se volverán en confusión. No pueden ser entrambos Mesías, ni tampoco entiendo si lo es alguno de ellos; pero el sacar tantas almas de pecado es negocio tan arduo, que ninguno lo ha hecho como ellos hasta ahora, y supone nueva virtud, que nos importa investigar y saber de dónde nace, y que acabemos con estos dos hombres. Y para todo me seguid y ayudadme con vuestras fuerzas y poder, astucia y sagacidad, y porque sin esto se vendrán a postrar nuestros intentos.
1068. Con este razonamiento determinaron aquellos ministros de maldad perseguir de nuevo a Cristo Salvador nuestro y a su gran precursor Juan; pero como no alcanzaban los misterios escondidos en la Sabiduría increada, aunque daban muchos arbitrios y sacaban grandes consecuencias, todas eran disparatadas y sin firmeza, porque estaban alucinados y confusos de ver por una parte tantas maravillas y por otra tan desiguales señales de las que ellos habían concebido de la venida del Verbo humanado. Y para que se entendiese más la malicia que él llevaba y todos sus aliados se hiciesen capaces de los intentos de su príncipe Lucifer, que eran de inquirir y descubrir lo que ignoraba, sintiendo quebranto sin saber por dónde venía, hacía juntas de demonios, para que manifestasen lo que habían visto y entendido, y les ofrecía grandes premios de imperios en su república de maldad. Y para que se enredase más la malicia de estos infernales ministros en su confusa indignación, permitió el Maestro de la vida que tuviesen mayor noticia de la santidad del Bautista. Y aunque no hacía los milagros que Cristo nuestro Redentor, pero las señales de su santidad eran grandiosas y en las virtudes exteriores era muy admirable. Y también le ocultó Su Majestad algunas extraordinarias maravillas de las suyas al dragón, y en lo que él llegaba a conocer hallaba gran similitud entre Cristo y Juan, con que se vino a equivocar, sin determinar sus sospechas a quién dé los dos daría el oficio y dignidad de Mesías. Entrambos –decía– son grandes santos y profetas; la vida del uno es común, pero extraordinaria y peregrina; el otro hace muchos milagros, la doctrina es casi una misma; entrambos no pueden ser Mesías, pero, sean lo que fueren, yo los reconozco por grandes enemigos míos y santos y los he de perseguir hasta acabar con ellos.
1069. Comenzaron estos recelos en el demonio desde que vio a san Juan en el desierto con tan prodigioso y nuevo orden de vida desde su niñez, y le pareció era aquella virtud más que de puro hombre. Y por otra parte conoció también algunas obras y virtudes de la vida de Cristo nuestro Señor no menos admirables y las confería el dragón unas con otras. Pero como el Señor vivía con el modo más ordinario entre los hombres, siempre Lucifer investigaba cuanto podía quién sería san Juan. Y con este deseo incitó a los judíos y fariseos de Jerusalén, para que enviasen por embajadores a los sacerdotes y levitas que preguntasen al Bautista quién era4, si era Cristo, como ellos pensaban con sugestión del enemigo. Y déjase entender que fue muy vehemente, pues pudieron entender que el Bautista, siendo del tribu de Leví, notoriamente no podía ser Mesías, que conforme a las Escrituras había de ser del tribu de Judá, y ellos eran sabios en la ley que no ignoraban estas verdades. Pero el demonio los turbó y obligó, a que hiciesen aquella pregunta con doblada malicia del mismo Lucifer, porque su intento era que respondiese si lo era; y sí no lo era, que se desvaneciese con la estimación en que estaba acerca del pueblo que lo pensaba y se complaciese vanamente en ella, o usurpase en todo o en parte la honra que le ofrecían. Y con esta malicia estuvo Lucifer muy atento a la respuesta de san Juan.
1070. Pero el santo Precursor respondió con admirable sabiduría, confesando la verdad de tal manera, que con ella dejase vencido al enemigo y más confuso que antes. Respondió que no era Cristo. Y replicándole si era Elías; porque los judíos eran tan torpes, que no sabían discernir entre la primera y segunda venida del Mesías, y como de Elías estaba escrito había de venir antes, por esto le preguntaran si era Elías; respondió, que no era él, sino que era la voz que clamaba en el desierto, como lo dijo Isaías, para que enderezasen los caminos del Señor5. Todas las instancias que hicieron estos embajadores se las administró el enemigo, porque le parecía que si san Juan era justo diría la verdad, y si no, descubriría claramente quién era; pero cuando oyó que era voz quedó turbado, ignorando y sospechando si quería decir que era el Verbo eterno. Y crecióle la duda, advirtiendo en que san Juan no había querido manifestar a los judíos con claridad quién era. Y con esto engendró sospecha de que llamarse voz había sido disimulación, porque si dijera que era palabra de Dios, manifestaba que era el Verbo y por ocultarlo no se había llamado palabra sino voz; tan deslumbrado como esto andaba Lucifer en el misterio de la encarnación. Y cuando pensó que los judíos quedaban ilusos y engañados, lo quedó él mucho más con toda su depravada teología.
1071. Con aquel engaño se enfureció más contra el Bautista; pero acordándose cuán mal había salido de las batallas que con el Señor tuvo a solas y que tampoco a san Juan le había derribado en culpa de alguna gravedad, determinó hacerle guerra por otro camino. Hallóle muy oportuno, porque el Bautista santo reprendía a Herodes por el torpísimo adulterio que públicamente cometía con Herodías, mujer de Filipo, su mismo hermano, a quien se la había quitado, como dicen los evangelistas6 . Conocía Herodes la santidad y razón de san Juan y le tenía respeto y temor y le oía de buena gana, pero esto, que obraba en el mal rey la fuerza de la razón y luz, pervertía la execrable y desmedida ira de aquella torpísima Herodías y su hija, parecida y semejante en costumbres a su madre. Estaba la adúltera arrebatada de su pasión y sensualidad y con esto bien dispuesta para ser instrumento del demonio en cualquiera maldad. Incitó al rey para que degollase al Bautista, instigándola primero a ella el mismo enemigo para que lo negociase por diferentes medios. Y habiendo echado preso al que era voz del mismo Dios y el mayor entre los nacidos, llegó el día que celebraba Herodes el cumplimiento de sus infelices años con un convite y sarao que hizo a los magistrados y caballeros de Galilea, donde era rey. Y como en la fiesta introdujese la deshonesta Herodías a su hija para que bailase delante los convidados, hízolo a satisfacción del ciego rey y adúltero, con que se obligó y le ofreció a la saltatriz que piedese cuanto deseaba, que todo se lo daría, aunque pidiese la mitad de su reino. Ella, gobernada por su madre y entrambas por la astucia de la serpiente, pidió más que el reino y que muchos reinos, que fue la cabeza del Bautista, y que luego se la diesen en un plato; y así lo mandó el rey por habérselo jurado y haberse sujetado a una deshonesta y vil mujer que le gobernase en sus acciones. Por ignominia afrentosa juzgan los hombres que les llamen mujer, porque les priva este nombre de la superioridad y nobleza que tiene el ser varones; pero mayor mengua es ser menos que mujeres dejándose mandar y gobernar de sus antojos, porque menos es y más inferior el que obedece y mayor es quien le manda. Y con todo eso hay muchos que cometen esta vileza sin reputarla por mengua, siendo tanto mayor y más indigna cuanto es más vil y execrable una mujer deshonesta, porque perdida esta virtud nada le queda que no sea muy despreciable y aborrecible en los ojos de Dios y de los hombres.
1072. Estando preso el Bautista a instancia de Herodías, fue muy favorecido de nuestro Salvador y de su divina Madre por medio de los santos ángeles, con quien la gran Señora le envió a visitar muchas veces, y algunas le envió de comer mandándoles se lo preparasen y llevasen; y el Señor de la gracia le hizo grandes beneficios interiores. Pero el demonio, que quería acabar con san Juan, no dejaba sosegar el corazón de Herodías hasta verle muerto y aprovechábase de la ocasión del sarao. Puso en el ánimo del rey Herodes aquella estulta promesa y juramento que hizo a la hija de Herodías, y así le cegó más, para que impíamente juzgase por mengua y descrédito no cumplir el inicuo juramento con que había confirmado la promesa; y así mandó quitar la cabeza al precursor san Juan, como consta del evangelio7. Al mismo tiempo la Princesa del mundo conoció en el interior de su Hijo santísimo, por el modo que solía, que se llegaba la hora de morir el Bautista por la verdad que había predicado. Postróse la purísima Madre a los pies de Cristo nuestro Señor y con lágrimas le pidió asistiese en aquella hora a su siervo y precursor Juan y le amparase y consolase, para que fuese más preciosa en sus ojos la muerte, que por su gloria y en defensa de la verdad había de padecer.
1073. Respondióle el Salvador con agrado de su petición y dijo quería cumplirla con toda plenitud y mandó a la beatísima Madre le siguiese. Y luego por la divina virtud Cristo nuestro Redentor y María santísima fueron movidos milagrosa e invisiblemente y entraron en la cárcel, donde estaba el Bautista amarrado con cadenas y maltratado con muchas llagas; porque la impiísima adúltera, deseando acabarle, había mandado a unos criados –que fueron seis en tres ocasiones– le azotasen y maltratasen, como de hecho lo hicieran por complacer a su ama. Y por este medio pretendió aquella tigre quitar la vida al Bautista antes que sucediera la fiesta y convite, donde lo mandó Herodes. Y el demonio incitó a los crueles ministros, para que con grande ira le maltratasen de obra y de palabra, con grandes contumelias y blasfemias contra su persona y doctrina que predicaba, porque eran hombres perversísimos, como criados y privados de tan infeliz mujer, adúltera y escandalosa. Pero con la presencia corporal de Cristo y de su Madre santísima se llenó de luz aquel lugar de la cárcel donde estaba el Bautista y todo quedó santificado, asistiendo con los Reyes del cielo gran multitud de ángeles, cuando los palacios del adúltero Herodes eran habitación de inmundos demonios y más culpados ministros que cuantos estaban encarcelados por la justicia.
1074. Vio el santo Precursor al Redentor del mundo y a su santísima Madre con gran refulgencia y muchos coros de ángeles que les acompañaban, y al punto se le soltaron las cadenas con que estaba preso y sus llagas y heridas fueron sanas y lleno de incomparable júbilo postróse en tierra con profunda humildad y admirable devoción. Pidió la bendición al Verbo encarnado y a su Madre santísima, diéronsela y estuvieron algún rato en divinos coloquios con su siervo y amigo, que no me detengo en referirlos, sólo diré lo que movió más mis tibios afectos. Dijo el Señor al Bautista con amigable semblante y humanidad: Juan, siervo mío, ¿cómo os adelantáis a vuestro Maestro en ser primero azotado, preso y afligido y en ofrecer la vida y padecer muerte por la gloria de mi Padre, antes que yo padezca? Mucho van caminando vuestros deseos, pues gozáis tan presto el premio en padecer tribulaciones, y tales como yo las tengo prevenidas para mi humanidad; pero en esto remunera mi eterno Padre el celo con que habéis hecho el oficio de precursor mío. Cúmplanse vuestras ansias afectuosas y entregad el cuello al cuchillo, que yo lo quiero así y que llevéis mi bendición y bienaventuranza de padecer y morir por mi nombre. Yo ofrezco vuestra muerte a mi Padre, con lo que se dilata la mía.
1075. Con la virtud y suavidad de estas razones fue penetrado el corazón del Bautista y prevenido de tanta dulzura del amor divino, que en algún espacio no pudo pronunciar palabra; pero, confortándole la divina gracia, pudo con abundancia de lágrimas responder a su Señor y Maestro, agradeciéndole aquel inefable e incomparable beneficio entre los demás grandes que de su liberal mano tenía recibidos, y con suspiros de lo íntimo del alma dijo: Eterno bien y Señor mío, no pude yo merecer penas y tribulaciones que fuesen dignas de tal favor y consuelo, como gozar de vuestra real presencia y de vuestra digna Madre y mi Señora; indigno soy de este nuevo beneficio. Para que más quede engrandecida vuestra misericordia sin medida, dadme, Señor, licencia para que muera antes que vos, porque vuestro santo nombre sea más conocido, y recibid el deseo de que fuera por él más penosa y dilatada la muerte que he de padecer. Triunfen de mi vida Herodes y los pecados y el mismo infierno, que yo la entrego por vos, amado mío, con alegría; recibidla, Dios mío, en agradable sacrificio. Y vos, Madre de mi Salvador y Señora mía, convertid a vuestro siervo los ojos clementísimos de vuestra dulcísima piedad y tenedme siempre en vuestra gracia como Madre y causa de todo nuestro bien. Toda mi vida abracé el desprecio de la vanidad, amé a la cruz que ha de santificar mi Redentor y deseo sembrar con lágrimas, pero nunca pude merecer esta alegría, que en mis tormentos ha hecho dulce el padecer, mis prisiones suaves y la misma muerte apetecible y más amable que la vida.
1076. Entre estas y otras razones que dijo el Bautista, entraron en la cárcel tres criados de Herodes con un verdugo, que sin dilación hizo prevenirlo todo la implacable ira de aquella tan cruel como adúltera mujer; y ejecutando el impío mandato de Herodes, rindió su cuello el santísimo Precursor, y el verdugo le degolló y cortó la cabeza. Al mismo tiempo que se iba a ejecutar el golpe, el sumo sacerdote Cristo, que asistía al sacrificio, recibió en sus brazos al cuerpo del mayor de los nacidos y su Madre santísima recibió en sus manos la cabeza, ofreciendo entrambos al eterno Padre la nueva hostia en la sagrada ara de sus divinas manos. Dio lugar a todo esto, no sólo el estar allí los sumos Reyes invisibles para los circunstantes, sino una pendencia que trabaron los criados de Herodes sobre cuál de ellos había de lisonjear a la infame saltatriz y a su impiísima madre llevándoles la cabeza de san Juan. Y en esta competencia se embarazaron tanto, que sin atender de dónde, cogió uno la cabeza de manos de la Reina del cielo, y los demás le siguieron a entregarla en un plato a la hija de Herodías. A la santísima alma del Bautista envió Cristo nuestro Redentor al limbo con gran multitud de ángeles que la llevaron, y con su llegada se renovó la alegría de los santos padres que allí estaban. Y los Reyes del cielo se volvieron al lugar donde estaban antes que fueran a visitar a san Juan. De la santidad y excelencias de este gran Precursor está mucho escrito en la santa Iglesia, y aunque faltan otras cosas que decir, y yo he entendido algo, no puedo detenerme en escribirlo, por no divertirme de mi intento ni alargar más esta divina Historia. Y sólo digo que recibió el feliz y dichoso Precursor muy grandes favores de Cristo nuestro Señor y su santísima Madre, por todo el discurso de su vida, en su nacimiento dichoso y en el desierto, en la predicación y santa muerte; con ninguna nación hizo la diestra divina tal.
Doctrina de la Reina del cielo María Santísima.
1077. Hija mía, mucho has ceñido los misterios de este capítulo, pero en ellos se encierra grande enseñanza para ti y para todos los hijos de la luz, como lo has entendido. Escríbela en tu corazón y atiende mucho a la distancia que había entre la santidad y pureza del Bautista, pobre, desnudo, afligido, perseguido y encarcelado, y la fealdad abominable de Herodes, rey poderoso, rico, regalado, servido y entregado a delicias y torpezas. Todos eran de una misma naturaleza humana, pero diferentes en condiciones, por haber usado mal o bien de su libertad, de la voluntad y de las cosas visibles. A Juan nuestro siervo llevaron la penitencia, pobreza, humildad, desprecio, tribulaciones y celo de la gloria de mi Hijo santísimo a morir en sus manos y en las mías, que fue un singular beneficio sobre todo humano encarecimiento. A Herodes, por el contrario, el fausto, soberbia, vanidad, tiranías y torpezas le llevaron a morir infelizmente por medio de un ministro del Señor, para ser castigado con penas eternas. Esto mismo has de pensar que sucede ahora y siempre en el mundo, aunque los hombres ni lo advierten ni lo temen. Y así unos aman y otros temen la vanidad y potencia de la gloria del mundo, y no consideran su fin y que se desvanece más que la sombra y es corruptible más que el heno.
1078. Tampoco atienden los hombres al principal fin y al profundo que los derriban los vicios, aun en la vida presente, pues aunque el demonio no les puede quitar la libertad, ni tiene jurisdicción inmediata contra la voluntad y sobre ella, pero, entregándosela con tan repetidos y graves pecados, llega a cobrar sobre ella tanto dominio que la hace como instrumento sujeto, para usar de él en cuantas maldades le propone. Y con tener tantos y tan lamentables ejemplos, no acaban los hombres de conocer este formidable peligro y a donde pueden llegar por justos juicios del Señor, como llegó Herodes, mereciéndolo sus pecados, y lo mismo sucedió a su adúltera. Para llevar las almas a este abismo de maldad, encamina Lucifer a los mortales por la vanidad, por la soberbia, por la gloria del mundo y sus deleites torpes, y sólo esto les propone y representa por grande y apetecible. Y los ignorantes hijos de perdición sueltan las riendas de la razón para seguir sus inclinaciones y torpezas de la carne y ser esclavos de su mortal enemigo. Hija mía, el camino de la humildad y desprecio, del abatimiento y aflicciones es el que enseñó Cristo mi Hijo santísimo, y yo con él. Este es camino real de la vida, y el que anduvimos primero nosotros y nos constituimos por especiales maestros y protectores de los afligidos y trabajados. Y cuando nos llaman en sus necesidades les asistimos por un modo maravilloso y con especiales favores, y de este amparo y beneficio se privan los seguidores del mundo y de sus vanas delectaciones que aborrecen el camino de la cruz. Para él fuiste llamada y convidada y eres traída con la suavidad de mi amor y doctrina. Sígueme y trabaja para imitarme, pues hallaste el tesoro escondido y la margarita preciosa, por cuya posesión debes privarte de todo lo terreno y de tu misma voluntad, en cuanto fuere contraria a la del altísimo Señor y mío.

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