LIBRO VIII – CAPITULO 23

CAPITULO 23
Confesión de alabanza y hacimiento de gracias que yo, la menor de los mortales, sor María de Jesús, hice al Señor y a su Madre santísima por haber escrito esta divina Historia con el magisterio de la misma Señora. Añádese una carta en que se dirige a las religiosas de su convento.
786. Yo te confieso Dios eterno, Señor del cielo y de la tierra, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo y verdadero Dios, una sustancia y majestad en trinidad de Personas; porque sin haber alguna criatura que te dé algo primero para que tú le pagues, por sola tu inefable dignación y clemencia revelas tus misterios y sacramentos a los pequeños2 ; y porque tú lo haces con inmensa bondad e infinita sabiduría y en ello te complaces, está bien hecho. En tus obras magnificas tu santo nombre, ensalzas tu omnipotencia, manifiestas tu grandeza, dilatas tus misericordias y aseguras la gloria que se te debe por santa, sabio, poderoso, benigno, liberal y solo principio y autor de todo bien. Ninguno es santo como tú, ninguno es fuerte como tú, ninguno altísimo fuera de ti, que levantas del polvo al mendigo, resucitas de la nada y enriqueces al pobre necesitado. Tuyos son, oh Dios altísima, los términos y polos de la tierra y todos los orbes celestiales. Tú eres Señor y Dios verdadero de las ciencias; tú mortificas y das vida; tú humillas y derribas al profundo los soberbios, levantas al humilde según tu voluntad; tú enriqueces y empobreces, para que en tu presencia no se pueda gloriar toda carne, ni el más fuerte presuma de su fortaleza, ni el más flaco desmaye y desconfíe en su fragilidad y vileza.
787. Confiésote Señor verdadero, Rey y Salvador del mundo, Jesucristo. Confieso y alabo tu santo nombre y doy la gloria a quien da la sabiduría. Confiésote soberana Reina de los cielos María santísima, digna Madre de mi Señor Jesucristo, templo vivo de la divinidad y depósito de los tesoros de su gracia, principio de nuestro remedio, restauradora de la general ruina del linaje humano, nuevo gozo de los santos, gloria de las obras del Altísimo y único instrumento de su omnipotencia. Confiésote por Madre dulcísima de misericordia, refugio de los miserables, amparo de los pobres y consuelo de los afligidos; y todo lo que en ti, por ti y en ti confiesan los espíritus angélicos y los santos, todo lo confieso, y lo que en ti y por ti alaban a la divinidad y la glorifican, todo lo alabo y glorifico, y por todo te bendigo y magnifico, confieso y creo. Oh Reina y Señora de todo lo criado, que por tu sola y poderosa intercesión y porque tus ojos de clemencia me miraron, por esto convirtió a mí tu Hijo santísimo los de su misericordia, y mirándome como Padre, no se dedignó por ti de escoger a este vil gusanillo de la tierra y la menor de las criaturas para manifestar sus venerables secretos y misterios. No pudieron extinguir su caridad inmensa las muchas aguas de mis culpas y pecados e ingratitudes y miserias, y mis tardas y torpes groserías no pusieron término ni ahogaron la corriente de la divina luz y sabiduría que me ha comunicado.
788. Confieso, oh Madre piadosísima, en presencia del cielo y de la tierra, que conmigo misma y con mis enemigos he luchado y mi interior se ha conturbado entre mi indignidad y mi deseo de sabiduría. Extendí mis manos y lloré mi insipiencia, encaminé mi corazón y encontré con el conocimiento, poseí con la ciencia la quietud y cuando la he amado y buscado hallé buena posesión y no quedé confusa. Obró en mí la fuerte y suave fuerza de la sabiduría, manifestóme lo más oculto y a la ciencia humana más incierto. Púsome delante los ojos a ti, oh imagen especiosa de la divinidad y Ciudad Mística de su habitación, para que en la noche y tinieblas de esta mortal vida me guiases como estrella, me alumbrases como luna de la inmensa luz, para que yo te siguiese como a Capitana, te amase como a Madre, te obedeciese como a Señora, te oyese como a Maestra y en ti como en espejo inmaculado y puro me mirase y compusiese con la noticia y nuevo ejemplo de tus inefables virtudes y obras, suma perfección y santidad.
789. Pero ¿quién pudo inclinar a la suprema Majestad para que tanto se inclinase a una vil esclava, sino tú, oh Reina poderosa, que gires la magnitud del amor, la latitud de la piedad, el fomento de la misericordia, el portento de la gracia y la que llenaste los vacíos de las culpas de todos los hijos de Adán? Tuya es, Señora, la gloria, y tuya es también esta Obra que yo he escrito, no sólo porque es de tu Vida santísima y admirable, sino porque tú le diste principio, medio y fin, y sí tú misma no fueras la Autora y Maestra no viniera en pensamiento humano. Sea, pues, tuyo, el agradecimiento y el retorno, porque tú sola puedes darle dignamente a tu Hijo santísimo y nuestro Redentor de tan raro y nuevo beneficio. Yo sólo puedo suplicártelo en nombre de la santa Iglesia y mío. Así deseo hacerlo, oh Madre y Reina de las virtudes, y humillada en tu presencia, más que lo ínfimo del polvo, confieso haber recibido este favor y los que jamás pude merecer. Sólo aquélla he escrito que me has enseñado y mandado, sólo soy instrumento mudo de tu lengua, movido y gobernado por tu sabiduría. Perfecciona tú esta obra de tus manos, no sólo con la digna gloria y alabanza del Altísimo; pero ejecuta lo que falta, para que yo obre tu doctrina, siga tus pasos, obedezca tus mandatos y corra tras el olor de tus ungüentos, que es el de la suavidad y fragancia de tus virtudes, que con inefable dignación has derramdo en esta Historia.
790. Yo me reconozco, oh Emperatriz del cielo, como la más indigna, la más obligada entre los hijos de la santa Iglesia. Y para que en ella y en la presencia del Altísimo y tuya no se vea la monstruosidad de mis ingratitudes, propongo, ofrezco y quiero que se entienda renuncio todo lo visible y lo terreno, y cautivo de nuevo mi libertad en la voluntad divina y en la tuya, para no usar de mí albedrío fuera de lo que sea de su mayor agrado y gloria. Ruégate, bendita entre las criaturas, que así como por la clemencia del Señor y tuya tengo sin merecerlo el título de su esposa y tú me diste el de hija y discípula y e1 mismo Señor Hijo tuyo tantas veces se dignó de confirmarle, no permitas, oh purísima Señora, que yo degenere de estos nombres. Tu proteción y amparo me asistieron para escribir tu milagrosa Vida; ayúdame ahora para ejecutar la doctrina, en que consiste la vida eterna. Tú quieres y me mandas que te imite; estampa y grava en mí tu viva imagen. Tú sembraste la semilla santa en mi terreno corazón; guárdala y foméntala, Madre, Señora y Dueña mía para que dé fruto centésimo. No me la roben las aves de rapiña, el dragón y sus demonios, cuya indignación he conocido en todas las palabras que de ti, Señora mía, dejo escritas. Encamíname hasta el fin, mándame como Reina, enséñame como Maestra y corrígeme como Madre. Recibe en agradecimiento tu misma vida y el sumo agrado que con ella diste a la beatísima Trinidad como epílogo de sus maravillas. Alábante los ángeles y santos, conózcante todas las naciones y generaciones, y todas las criaturas en ti y por ti bendigan a su Criador eternamente, y a ti te alaben, y mi alma y todas mis potencias te magnifiquen.
791. Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su beatísíma Madre, que por muchos años me lo ha mandado. Y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana, a cuya censura y enseñanza, como hija suya, protesto estoy sujeta, para creer y tener sólo aquello que la misma santa Iglesia nuestra madre aprobare y creyere, y para reprobar lo que reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir. Amén.

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