LIBRO VIII – CAPITULO 12

CAPITULO 12
Cómo celebraba María Santísima su inmaculada concepción y natividad y los beneficios que estos días recibía de su Hijo y nuestro Salvador Jesús.
 611. Todos los oficios y títulos honoríficos que tenía María santísima en la santa Iglesia, de Reina, de Señora, de Madre, de Gobernadora y Maestra de los demás, se los dio el Omnipotente, no vacíos como los dan los hombres, sino con la plenitud y gracia sobreabundante que cada uno pedía y el mismo Dios podía comunicarle. Este colmo era de manera, que como Reina conocía toda su monarquía y lo que se etendxía; como Señora sabía a dónde llegaba su dominio; como Madre conocía todos sus hijos y familiares de su casa, sin que ninguno se le ocultase por ningún siglo de los que sucederían en la Iglesia; como Gobernadora conocía a todos los que estaban por su cuenta; y como Maestra llena de toda sabiduría estaba muy capaz de toda la ciencia con que la santa Iglesia en todos tiempos y edades había de ser gobernada y enseñada, mediante su intercesión, por el Espíritu Santo, que la había de encaminar y regir hasta el fin del mundo.
612. Por esta causa, no sólo tuvo nuestra gran Reina clara noticia de todos los santos que la precedieron y sucedieron en la Iglesia, de sus vidas, obras, muerte y premios que alcanzarían en el cielo, pero junto con esto la tuvo de todos los ritos, ceremonias, determinaciones y festividades que en la sucesión de los tiempos ordenaría la Iglesia, de las razones, motivos, necesidad y tiempos oportunos en que todas estas cosas se establecerían con la asistencia del Espíritu Santo, que nos da el alimento en el tiempo más conveniente para la gloria del Señor y aumento de la Iglesia, Y porque de todo esto he dicho algo en el discurso de esta divina Historia, particularmente en la segunda parte1 , no es necesario repetirlo en ésta. Pero de esta plenitud de ciencia y de la santidad que le correspondía en la divina Maestra, nació en ella una emulación santa del agradecimiento, del culto, veneración y memoria que tenían los ángeles y santos en la Jerusalén triunfante, para introducirlo todo en la militante, en cuanto ésta pudiese imitar aquella, donde tantas veces había visto todo lo que allí se hacía en alabanza y gloria del Altísimo.
613. Con este espíritu más que seráfico comenzó a practicar en sí misma muchas de las ceremonias, ritos y ejercicios que después ha imitado la Iglesia, y les advirtió y enseñó a los apóstoles para que los introdujesen según entonces era posible. Y no sólo inventó los ejercicios de la pasión que dije arriba2 , sino otras muchas costumbres y acciones que después se han renovado en los templos y en las congregaciones y religiones. Porque todo cuanto conocía que fuese del culto del Señor o ejercicio de virtud lo ejecutaba, y como era tan sabia, nada ignoraba de lo que se podía saber. Entre los ejercicios y ritos que inventó, fue celebrar muchas fiestas del Señor y suyas, para renovar la memoria de los beneficios de que se hallaba obligada, así los comunes del linaje humano como los particulares suyos, y dar gracias y adoración al autor de todos. Y no obstante que toda su vida ocupaba en esto sin omisión ni olvido, con todo eso, cuando llegaban los días en que sucedieron aquellos misterios, se disponía y señalaba en celebrarlos con nuevos ejercicios y reconocimiento. Y porque de otras festividades diré en los capítulos siguientes, sólo quiero decir en éste cómo celebraba su inmaculada concepción y nacimiento, que eran los primeros de su vida. Y aunque estas conmemoraciones o fiestas las comenzó desde la encarnación del Verbo, pero singularmente las celebraba después de la ascensión y más en los últimos años de su vida.
614. El día octavo de diciembre de cada año celebraba su inmaculada concepción con singular júbilo y agradecimiento sobre todo encarecimiento, porque este beneficio fue para la gran Reina de suma estimación y aprecio y para corresponder a él con el debido agradecimiento se imaginaba menos suficiente. Comenzaba desde la tarde antes y ocupaba toda la noche en admirables ejercicios y lágrimas de gozo, humillaciones, postraciones y cánticos de alabanza y loores del Señor. Considerábase formada del común barro y descendiente de Adán por el común orden de la naturaleza, pero elegida, entresacada y preservada sola ella entre todos de la común ley y exenta del pesado tributo de la culpa y concebida con tanta plenitud de dones y de gracia. Convidaba a los ángeles para que la ayudasen a ser agradecida, y con ellos alternaba los nuevos cánticos que hacía. Luego pedía lo mismo a los demás ángeles y santos que estaban en el cielo, pero de tal manera se inflamaba en el amor divino, que siempre era necesario la confortase el Señor para que no muriese y se le consumiera el natural temperamento.
615. Después de haber gastado casi toda la noche en estos ejercicios, descendía del cielo Cristo nuestro Salvador y los ángeles la levantaban a su real trono y la llevaban en él al cielo empíreo, donde se continuaba la celebridad de la fiesta con nuevo júbilo y gloria accidental de los cortesanos de la celestial Jerusalén. Allí la beatísima Madre se postraba y adoraba a la santísima Trinidad y de nuevo daba gracias por el beneficio de su inmunidad y concepción inmaculada, y luego la volvían a la diestra de Cristo su Hijo santísimo. Y estando así, el mismo Señor hacía un género de confesión y alabanza al eterno Padre porque le había dado Madre tan digna y llena de gracia y exenta de la común culpa de los hijos de Adán. Y de nuevo confirmaban las tres divinas Personas aquel privilegio, como si le ratificaran, aprobaran y confirmaran la posesión de él en la gran Señora, complaciéndose de haberla tanto favorecido entre todas las criaturas. Y para testificar de nuevo a los bienaventurados esta verdad, salió una voz del trono en nombre de la persona del Padre que decía: Hermosos son tus pasos, hija del Príncipe3 , y concebida sin mácula de pecado.–Otra voz del Hijo decía: Purísima es y sin contagio de la culpa mi Madre, que me dio forma en que redimir a los hombres.–Y el Espíritu Santo dijo: Toda es hermosa mi Esposa, toda es hermosa y sin mancha de la común culpa4 .
616. Tras de estas voces se oían las de todos los coros de los ángeles y santos, que con armonía dulcísima decían: María santísima concebida sin pecado original.–A todos estos favores respondía la prudentísima Madre con agradecimiento, culto y alabanza del Altísimo y con tan profunda humildad que excedía a todo pensamiento angélico. Y luego para concluir la solemnidad era levantada a la visión intuitiva de la santísima Trinidad y gozaba por algunas horas de esta gloria y después la volvían los ángeles al cenáculo. Con este modo se continuó la celebridad de su concepción inmaculada después de la ascensión de su Hijo santísimo a los cielos. Y ahora se celebra en ellos el mismo día por diferente modo, que diré en otro libro que tengo orden para escribir, de la Iglesia y Jerusalén triunfante, si el Señor me concediere escribirlo5. Pero desde la encarnación del Verbo comenzó a celebrar esta fiesta y otras, porque hallándose Madre de Dios comenzó a renovar los beneficios que para esta dignidad había recibido, pero entonces hacía estas festividades con sus santos ángeles y con el culto y agradecimiento que daba a su mismo Hijo, de quien había recibido tantas gracias y favores. Lo demás que hacía en su oratorio, cuando descendía del cielo, es lo mismo que otras veces he dicho6 , después de otros beneficios semejantes, porque en todos crecía su humildad admirable.
617. La fiesta y memoria de su nacimiento celebraba a ocho de septiembre en que nació y comenzaba a prima noche con los mismos ejercicios, postraciones y cánticos que en la concepción. Daba gracias por haber nacido con vida a la luz de este mundo y por el beneficio que luego recibió en naciendo, de haber sido llevada al cielo y haber visto la divinidad intuitivamente, como dije en la primera parte en su lugar7. Proponía de nuevo emplear toda su vida en el mayor servicio y agrado del Señor que alcanzase Su Alteza a conocer, pues sabía que se la daban para esto. Y la que en el primer lugar, paso y entrada de la vida se adelantó en merecimientos a los supremos santos y serafines, en el término así proponía comenzar de nuevo aquel día a trabajar como si fuera el primero en que comenzara la virtud, y de nuevo pedía al Señor la ayudara y gobernara todas sus acciones y las encaminara al más alto fin de su gloria.
618. Para lo demás que hacía en esta fiesta, aunque no era llevada al cielo como el día de su concepción, pero de allá descendía su Hijo santísimo a su oratorio con muchos coros de ángeles, con los antiguos patriarcas y profetas, y señaladamente con san Joaquín, santa Ana y san José. Con esta compañía bajaba Cristo nuestro Salvador a celebrar la natividad de su beatísima Madre en la tierra. Y la purísima entre las criaturas, en presencia de aquella celestial compañía, le adoraba con admirable reverencia y culto y de nuevo le daba gracias por haberla traído al mundo, y por los beneficios que para esto le había hecho. Luego los ángeles hacían lo mismo, y le cantaban diciendo: Nativitas tua, etc., que quiere decir: tu nacimiento, oh Madre de Dios, anunció a todo el universo grande gozo, porque de ti nació el sol de justicia, nuestro Dios. Los patriarcas y profetas también hacían sus cánticos de gloria y agradecimiento: Adán y Eva porque había nacido la reparadora de su daño, los Padres y Esposo de la Reina porque les había dado tal hija y tal Esposa. Y luego el mismo Señor levantaba a la divina Madre de la tierra donde estaba postrada y la colocaba a su diestra, y en aquel lugar se le manifestaban nuevos misterios con la vista de la divinidad, que si bien no era intuitiva y gloriosa, era la abstractiva con mayor claridad y aumentos de la divina luz.
619. Con estos favores tan inefables quedaba de nuevo transformada en su Hijo santísimo, encendida y espiritualizada para trabajar en la Iglesia, como si comenzara de nuevo. En estas ocasiones mereció el sagrado evangelista Juan participar algunos gajes de la fiesta, oyendo la música con que los ángeles la celebraban. Y estando el mismo Señor en el oratorio con los ángeles y santos que le asistían, decía misa el evangelista y comulgaba a la gran Reina, asistiendo a la diestra de su mismo Hijo a quien sacramentado recibía en su pecho. Todos estos misterios eran espectáculo de nuevo gozo para los santos, que también servían como de padrinos en la comunión más digna que después de Cristo se vio, ni se verá en el mundo. Y en recibiendo la gran Señora a su Hijo sacramentado, la dejaba recogida consigo mismo en aquella forma, y en la que tenía gloriosa y natural se volvía a los cielos. ¡ Oh maravillas ocultas de la Omnipotencia divina! Si con todos los santos se manifiesta Dios grande y admirable, ¿qué sería con su digna Madre, a quien amaba sobre todos y para quien reservó lo grande y exquisito de su sabiduría y poder? Todas las criaturas le confiesen y le den gloria, virtud y magnificencia.
Doctrina que me dio la gran Reina del cielo María Santísima.
620. Hija mía, la primera doctrina de este capítulo quiero que sea la respuesta de un recelo que conozco en tu corazón sobre los misterios tan altos y singulares de mi vida, que escribes en esta Historia. Dos cuidados te han salteado el interior: el uno es si tú eres instrumento conveniente para escribir estos secretos, o fuera mejor los escribiera otra persona más sabia y perfecta en la virtud, que les diera más autoridad, porque tú eres la menor de todas y más inútil e ignorante; lo segundo, dudas, si los que leyeren estos misterios les darán crédito por muy raros y nunca oídos, particularmente las visiones beatíficas e intuitivas de la divinidad que yo tuve tantas veces en la vida mortal. A la primera de estas dudas te respondo, concediéndote que tú eres la menor y más inútil de todos, que pues de la boca del Señor lo has oído, y yo te lo confirmo, así debes entenderlo; pero advierte que el crédito de esta Historia y todo lo que en ella se contiene, no pende del instrumento sino del autor, que es la suma verdad y de la que en si contiene lo que escribes, y en esto nada le pudiera añadir el más supremo serafín si la escribiera, ni tú tampoco se la puedes quitar ni disminuir.
621. Que lo escribiera un ángel no era conveniente; y también los incrédulos y tardos de corazón hallaran cómo calumniarlo. Necesario era que el instrumento fuera hombre; pero no era conveniente el más docto, ni sabio, a cuya ciencia se atribuyera, o que con ella se equivocara la divina luz y se conociera menos, o se atribuyera a industria y pensamiento humano. Mayor gloria de Dios es que lo sea una mujer, a quien nada pudo ayudar la ciencia ni la propia industria. Y también yo tengo especial gloria y agrado en esto, y que seas tú el instrumento; porque conocerás tú y todos que no hay en esta Historia cosa tuya, ni que tú la debes atribuir más a ti que a la pluma con que lo escribes, pues tú sólo eres instrumento de la mano del Señor y manifestadora de mis palabras. Y porque tú eres tan vil y pecadora, no temas que negarán a mí la honra que me deben los mortales, pues si alguno no diere crédito a lo que escribes no te agraviará a ti, sino a mí y a mis palabras. Y aunque tus faltas y culpas sean muchas, todas puede extinguirlas la caridad del Señor y su piedad inmensa, que para eso no ha querido elegir otro mayor instrumento, sino levantarte a ti del polvo y manifestar en ti su liberal potencia, empleando esta doctrina en quien se pueda conocer mejor la verdad y eficacia que en sí tiene; y así quiero que la limites y ejecutes en ti misma y seas tal como deseas.
622. A la segunda duda y cuidado que tienes, si te darán crédito a lo que escribes por la grandeza de estos misterios, tengo respondido mucho en todo el discurso de esta Historia. El que hiciere de mí digno concepto y aprecio, no hallará dificultad en darme crédito, porque entenderá la proporción y correspondencia que tienen todos los beneficios que escribes en el de la dignidad de Madre de Dios, a que todos corresponden, porque Su Majestad hace las obras perfectas; y si alguno duda en esto, cierto es que ignora lo que Dios es y lo que yo soy. Pero si Dios se ha manifestado tan poderoso y liberal con lo demás santos y de muchos hay opinión en la Iglesia que vieron la divinidad en vida mortal y es cierto que la vieron, ¿cómo o con qué fundamento se me ha de negar a mí lo que se concede a otros tan inferiores? Todo lo que les mereció mi Hijo santísimo y los favores que les hizo se ordenaron a su gloria y después a la mía, y más se estima y ama el fin que los medios que se aman por él; luego mayor fue el amor que inclinó a la voluntad divina para favorecerme a mí que a todos los demás que por mí ha beneficiado; y lo que hizo una vez con ellos, no es maravilla que lo hiciera muchas con la que eligió por Madre.
623. Ya saben los piadosos y los prudentes, y así lo han enseñado en mi Iglesia, que la regla por donde se miden los favores que recibí de la diestra de mi Hijo santísimo es su omnipotencia y mi capacidad, porque me concedió todas las gracias que pudo concederme y yo fuí capaz de recibir. Estas gracias no estuvieron en mí ociosas, antes siempre fructificaron todo cuanto en pura criatura era posible. El mismo Señor era mi Hijo y poderoso para obrar donde no le pone óbice la criatura; pues yo no le puse, ¿quién se atreverá a limitarle sus obras y el amor que me tenía como a Madre, que él mismo hizo digna de sus beneficios y favores sobre todo el resto de los santos, y que ninguno careció de gozarle una hora por ayudar a su Iglesia, como yo lo hice? Y si pareciere mucho todo lo demás que hizo conmigo, quiero que entiendas y entiendan todos que todos sus beneficios se fundaron y encerraron en hacerme concebida sin pecado, porque más fue hacerme digna de su gloria cuando no pude merecerla, que manifestármela cuando la tenía merecida y sin impedimento para recibirla.
624. Con estas advertencias quedarán vencidos tus recelos y lo demás queda por mi cuenta y por la tuya seguirme e imitarme, que para ti es el fin de todo lo que entiendes y escribes. Este ha de ser tu desvelo, proponiendo de no omitir virtud alguna que conocieres, en que no trabajes para ejecutarla. Y para esto quiero que entiendas también a lo que obraban otros santos que han seguido a mi Hijo santísimo y a mí, pues tú no debes menos que ellos a su misericordia y con ninguno he sido yo más piadosa y liberal. En mi escuela quiero que aprendas el amor, el agradecimiento y la humildad de verdadera discípula mía, porque en estas virtudes quiero que te señales y adelantes mucho. Todas mis festividades has de celebrar con íntima devoción y convidar a los santos y ángeles que te ayuden en esto y en especial la fiesta de mi inmaculada concepción en que yo fuí tan favorecida del poder divino y tuve tanto gozo con este beneficio, y ahora le tengo muy particular de que los hombres le reconozcan y alaben al Altísimo por este raro milagro. El día que tú naciste al mundo harás particulares gracias al Señor a mi imitación y alguna cosa señalada de su servicio, y sobre todo debes proponer desde aquel día mejorar tu vida y comenzar de nuevo a trabajar en esto; y así debían hacerlo todos los nacidos y no emplear esta memoria en vanas demostraciones de alegría terrena en los días de sus nacimientos.

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