Mística Ciudad de Dios

MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

SOR MARIA DE JESUS DE AGREDA
(1602–1665)
 
Ricardo Romero: Difusor de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de “Mística Ciudad de Dios.

 

 

PRESENTACIÓN

El título de la obra
El título completo de la obra es desmesuradamente largo para el gusto actual; obedece, sin duda, al gusto y al estilo de la época en que escribe la autora; con todo, a nuestro parecer, determina con .mucha precisión el género literario de la obra. He aquí el título completo: “Mística Ciudad de Dios, Milagro de su omnipotencia y Abismo de la gracia.–Historia divina y Vida de la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia.–Dictada y manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María de Jesús, Abadesa indigna de este convento de la Inmaculada Concepción de la villa de Agreda. Para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales.” Un breve análisis de este prolongado título nos descubre las características del género literario de la obra que se nos da bajo él. La obra será, como primera intención, una historia divina y vida de María santísima y no una exposición teológica. Es una narración y no un tratado ni una vulgarización de teología dogmática o espiritual. Esto, sin más, es ya un dato notable, que no hay que perder de vista si se quiere leer a Sor María en su género, aun cuando la autora haya sido calificada de “teóloga franciscana” y su nombre y sus afirmaciones hayan estado en los escritos y en las discusiones de los teólogos. Además, esta historia y vida es una historia divina, una historia de María vista a lo divino; no sólo, pues, en su dimensión biográfica humanasino también y sobre todo en su dimensión divina, o sea, en el plano de las intervenciones histórico–salvíficas de Dios y en el plano de la intimidad personal de María con Dios. No se encierra esta historia y vida en el marco espacio–temporal de una biografía, sino se abre al horizonte metahistórico de una personalidad y de una función que trascienden el espacio y el tiempo y se sitúan en el acontecer salvífico divino y en la vivencia personal y espiritual de María. Pues es la historia y vida de una mujer, excepcional en todos los sentidos, que constituye un caso único y singular y ejerce una función especialísima; es la historia de “la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María Santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia”, títulos que configuran la función y la personalidad de María. Lo que Sor María trata de relatar en esta historia y vida es el acontecer de la constitución y ejercicio de esta función única y especialísima y la respuesta y actitud espiritual en cada momento del ejercicio de esta función en esta mujer singular. Todo el contenido religioso, salvífico y espiritual que la teología descubre en María es biografiado y narrado por Sor María de Jesús. En este sentido, en la obra de Sor María hay mucha teología y mucha doctrina espiritual, sin que su obra sea no obstante ni un tratado teológico ni una exposición “ex professo” de doctrina espiritual. Precisamente lo original de la autora, su género literario propio, es narrar y no precisamente exponer todo el rico contenido teológico–espiritual contenido en María. Ahora bien, este “sujeto” de la historia divina Sor María lo concibe, ateniéndonos al título, como “Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”. Estas expresiones indican la experiencia fundamental de la autora y el enfoque personal de la obra; con ellas nos señala la autora cuál es su punto de vista, cómo ve y siente a María, cuál es el pasmo maravillado desde el cual ella contempla a María y traa de comunicárselo así a sus lectores. Estas expresiones son la síntesis del pensamiento de Sor María sobre la Virgen santísima y el hilo conductor que vibra en toda su narración. A través de toda la obra la autora tratará de hacer ver cómo María es la ciudad mística donde Dios habita, cómo ha sido objeto insuperable de la omnipotencia divina y cómo la maravillosa gracia de María no puede expresarse sino en términos abismales. Dando un paso más en este breve análisis del título, vemos que esta historia divina y vida de la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia” se presenta como “dictada y manifestada” por la misma Señora a la autora. Este es otro hito de su género literario. Sor María escribirá como quien comunica lo que ha entendido o conocido por una manifestación sobrenatural, sintiéndose como un vehículo que transmite unos “sacramentos” y doctrinas recibidas de lo alto y no unas reflexiones personales suyas. Esta manifestación recibida se caracteriza, ateniéndonos siempre al título, por el signo de lo escatológico, “en estos últimos siglos”, y por el signo de lo carismático, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. La obra, pues, se matiza en su género literario por lo escatológico y por lo carismático, destinado a la ilustración y edificación piadosas. En suma, este breve análisis del título mismo de la obra nos descubre ya los rasgos esenciales del género literario de la obra: es una narración de contenido salvífico y espiritual, que se presenta bajo el prisma de un carisma profético. El análisis de la índole del contenido de la obra misma esclarece, como lo vamos a ver, los rasgos de su género literario, indicados ya en el título mismo.
Género narrativo
En efecto, todo el contenido de la obra se presenta en forma narrativa, como el relato de los episodios que constituyen la historia divina y vida de María. Las exposiciones doctrinales no narrativas son pocas y siempre esporádicas, accidentales y como preliminares o explicativas de lo narrado. La narración abarca toda la trayectoria que va desde que María es predestinada en la mente divina para ser Madre de Dios hasta que es asunta definitivamente al cielo, donde sigue intercediendo por nosotros. En esta perspectiva entra toda la historia humano–divina de María. Para elaborar esta narración Sor María ha hecho acopio de los datos que le proporcionan los evangelios y la Sagrada Escritura en general; las tradiciones históricas transmitidas en la Iglesia a través de la liturgia y del arte sagrado, más o menos influenciadas por los evangelios apócrifos; las reconstrucciones literarias de los misterios sagrados hechas por los autores de libros de piedad y meditación, y los datos proporcionados por el conocimiento de la teología, especialmente mariológica. De todos estos datos con los que Sor María teje su narración no da preferencia a los episodios externos, milagreros y maravillosistas, como puede pensar quien se deja impresionar por una lectura superficial de la obra, sino a los episodios internos, íntimos, si podemos expresarnos así. Su atención preferente se centra en los episodios que sirven para perfilar y captar en su profundidad las prerrogativas y la función de María en los planes salvíficos y en los que descubren la hondura de la vida espiritual de María. Así, se detendrá en describir por extenso los favores y dones especiales que le preparan espiritualmente para los acontecimientos más importantes de su vida; los poderes especiales que Dios le otorga por su condición de Madre de Dios, como, por ejemplo, el dominio sobre las criaturas irracionales; las gracias místicas que Dios concede a María, como visiones, arrobamientos, raptos, asunciones al cielo; los episodios de orden preternatural, como son las intervenciones de los demonios, sus luchas y conciliábulos, etc. Junto a todo esta, la experiencia espiritual de María, la vida íntima de su alma –historia divina también en este sentido– ocupa un lugar preferente. Con la particularidad de que Sor María relata los hechos íntimos, las vibraciones espirituales, como reproduciéndolos desde dentro de María, desde su propia vivencia espiritual. A lo largo de la obra son numerosísimos los párrafos puestos en boca de María y redactados en primera persona. La autora, alma experimentada en achaques místicos, interpreta y reconstruye los sentimientos de María en cada momento importante de su vida; la experiencia mística de la propia autora le sirve para hacer una proyección de sus propias experiencias a las que pudo tener María, haciendo una especie de transferencia que le permite reconstruir la historia íntima de María. Es éste, sin duda, uno de los aspectos más originales y más ricos de la obra. En este orden de episodios internos o íntimos se hallan principalmente los “sacramentos ocultos” que son desvelados o revelados a la autora: son privilegios espirituales, dones místicos, asunciones al cielo, poderes espirituales, etc. Los episodios externos, tales como los que gusta contar a los evangelios apócrifos, se dan también en la obra de Sor María, pero son como elandamiaje externo imprescindible y, a veces, casi sólo como una justificación y manifestación de la vida espiritual y de los dones internos de María. Por ejemplo, los poderes que Dios concede a María como Reina del universo se manifiestan en algunas actuaciones milagrosas externas. El relato de esta clase de episodios nunca obedece en Sor María a mera curiosidad histórica que trata de llenar lagunas, sino se basa en la necesidad de dar forma concreta e histórica al contenido teológico–espiritual de la vida de María. El maravillosismo de la obra es de origen sobre todo espiritual y no externo. En cuanto a esto último, tiene la autora cierta sobriedad, al menos según el gusto de la época en que ella escribe, que era maravillosista a ultranza. Y si se comparan las narraciones de la Mística Ciudad de Dios con las de algunos de los evangelios apócrifos, se ve también que la autora es más sobria en los episodios meramente externos. Para expresar el rico contenido espiritual del alma de María, la autora recurre en algunos casos, diríamos, a unos “midrashim” que le permiten dar forma histórico–narrativa a este contenido. Así se deben interpretar seguramente ciertos episodios, por ejemplo, de curaciones, que sirven para poner de manifiesto la caridad de la Virgen y sus poderes de Reina otro tanto habrá que decir, seguramente, de ciertas visiones y ascensiones al cielo que sirven a la autora para dar forma concreta y narrativa al contenido de algunos títulos marianos; son “episodios teológicos” más bien que históricos. En definitiva, utilizando un género literario narrativo Sor María nos describe a la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”.
Género Profético
La Mística Ciudad de Dios no es una obra escrita al dictado, una mera transcripción. Sor María se ha valido para su redacción, además de la luz divina que le ha guiado, “del discurso humano, de otras ciencias que por diferentes caminos ha podido adquirir, de lo que ha oído, visto, leído y comunicado con confesores y prelados”. La Mística Ciudad de Dios recopila innumerables datos y supone una erudición muy notable de conocimientos teológicos, bíblicos, históricos, legendarios, etc. Es evidente que tuvo que informarse para escribir su obra. No es tarea fácil, sin embargo, la de descubrir. las fuentes inmediatas de información de Sor María, en el sentido de dependencia literaria, a la hora de escribir su obra. Esta dificultad se basa en las siguientes razones: Sor María es autodidacta. Fuera de la formación que pudo recibir en su infancia y en la villa de Agreda, no ha pasado por las aulas ni ha seguido cursos académicos de ninguna clase. Su información, por lo que se puede colegir de su género de vida –encerrada en un convento de clausura desde jovencísima– y por lo que ella misma dice de su trato con confesores y prelados, no es principalmente de lecturas, sino de conversaciones; no es libresca, sino oral. La Mística Ciuad de Dios, por su concepción, estructura, ideario, objetivo, estilo y rasgos fundamentales en general, es una obra original y sin parecido notable con cualquiera otra que le aya precedido. Además, esta obra ha nacido de un alma que ha gozado de gracias místicas, al parecer auténticas, y de un carisma profético; lo cual dificulta él deslindar- ya lo hemos apuntado– lo que hay en ella de inspiración sobrenatural y de trabajo y estudio natural. La autora presenta la obra, no como fruto de estudios, ni tan siquiera como fruto de reflexiones o meditaciones piadosas, sino como fruto de la luz que le guía y como obra perteneciente más al Señor y a María que a sí misma. Todo esto –es evidente– hace difícil la tarea de hallar las fuentes de información y de inspiración literaria de la obra. Con todo, hemos intentado hallar estas fuentes de inspiración. Hemos realizado nuestras pesquisas confrontando la Mística Ciudad de Dios con los evangelios apócrifos, con vidas de Cristo y de María, con recopilaciones de relatos apócrifos, con libros de meditaciones de la vida y pasión de Cristo, con libros de revelaciones, etc.; hemos examinado con especial cuidado los libros existentes en el convento de Agreda que por su fecha de edición pudieron estar ya allí en tiempos de la Venerable. Mas nuestras pesquisas no nos han descubierto, en ninguno de los casos, una dependencia literaria próxima. En los relatos que no están basados en los textos canónicos, que son los que principalmente plantean la cuestión, existen, como era de presumir, muchas coincidencias y un acuerdo fundamental en algunos casos con otras obras del género, pero todo ello unido a divergencias, diferencias de detalle, y a veces no tan de detalle; en ningún caso hemos descubierto una coincidencia de tal naturaleza que autorice a hablar de una dependencia literaria próxima. Sor María lo escribe todo, desde luego, con su impronta y su estilo personal propios. Con esto no queremos decir que todos los conocimientos y todos los datos históricos y legendarios que maneja la Venerable hayan brotado en ella por ciencia infusa o como por generación espontánea. También aquí nos es imposible distinguir lo que es fruto de una información sobrenatural, de adoctrinamiento o de ciencia infusa, y lo que es cosecha personal propia de la autora, fruto de su trabajo de información. Creemos que la explicación de la amplísima erudición de datos teológicos, bíblicos e histórico–legendarios, manejados por la autora –aparte de la iluminación divina–, hay que hallarla en la fuente principal de información que tuvo a su disposición: las predicaciones oídas y, especialmente, las largas y frecuentes conversaciones mantenidas con sus confesores y prelados con motivo de la dirección de su alma y de la redacción de la Historia divina. Su información teológica en particular es, sin duda, fruto de estas conversaciones con los confesores, que, como es sabido, eran buenos teólogos. No sabemos si leyó por sí misma tratados de teología. Es posible que sus confesores y maestros se los prestasen. De hecho, en el convento franciscano de San Julián de Agreda, donde residían sus confesores, quiso su último confesor, el P. Andrés de Fuenmayor, que hubiese una variada biblioteca en la que “aprovechasen el tiempo los religiosos de todas clases”. El hecho es, pues, verosímil; aunque nos inclinamos a creer que fue informada de viva voz más que por la lectura de obras teológicas. Sor María puso toda su obra a la censura y Juicio de sus confesores, “sin haber palabra que no la hayan visto y conferido” con ella. Dado este género de información, no es posible consignar una dependencia literaria directa. Por esta razón damos en el siguiente capítulo dé esta introducción un amplio resumen de las ideas teológico–marianas de la autora confrontándolas con los autores de su época. Creemos hacer así un servicio útil para estudios comparativos ulteriores. En cuanto a la información bíblica y el uso de la Sagrada Escritura, tan abundante en la obra, juzgamos que hay que distinguir: la doctrina acerca de los sentidos de la Biblia y las anotaciones histórico–exegéticas sobre los libros sagrados tienen su origen, sin duda, en la misma fuente de información oral que sus conocimientos teológicos; en cambio, el empleo y la interpretación de los textos sagrados es más labor personal suya, aunque sin excluir el adoctrinamiento. Observamos que la autora conoce y domina particularmente, además de todo el Nuevo Testamento, los libros sapienciales, particularísimamente los Salmos y el Cantar de los Cantares, y los libros proféticos. No creemos estar muy lejos de la verdad si afirmamos que los textos que la autora mejor conoce, sin ser los únicos, son los utilizados en su tiempo en el oficio divino en forma de lecturas, salmos, cánticos, responsorios, etc.; esto vale especialmente para la parte de los libros proféticos que ella utiliza. Véase en el siguiente capítulo antes referido de esta introducción una indicación de los principios bíblico–marianos de la autora y alguna otra observación sobre la utilización de la Biblia por la autora. Sor María conoce el latín de la Vulgata, lo traduce con cierta libertad, parafraseándolo y un poco como de memoria, y no parece que se atiene a una versión castellana que tenga delante. Su conocimiento del latín no juzgamos que necesite una explicación sobrenatural. Vive en una época en que la cultura se imparte imbuida en el latín o mientras se enseña esta lengua y en que la mayoría de las obras se escriben en esa lengua; se trata, además, de una religiosa de coro que emplea muchas horas del día y de la noche en alabar a Dios en latín y dotada ella de una penetrante inteligencia y perspicacia y con la posibilidad de continuas consultas. Teniendo en cuenta estas datos, no es extraño que llegase a dominar el latín de la Vulgata lo suficiente para traducirlo por sí misma. También pudo ayudarla Dios en esto, por supuesto. En cuanto a la información de datos no bíblicos de tipo histórico, auténticos, tradicionales, legendarios, apócrifos, de origen pío, etc., juzgamos, asimismo, que hay que hallarla principalmente en lo que hemos dicho: sus conversaciones con los confesores. Nos referimos a datos específicos y un tanto pormenorizados, porque debe tenerse en cuenta que la piedad cristiana popular y básica, las tradiciones y la liturgia misma con algunas festividades de origen apócrifo, han contribuido a formar en cada época un patrimonio común de creencias que son el cauce de la formación y de la vida espiritual del cristiano. Este patrimonio común ha tenido siempre sus adherencias de origen más o menos legítimo. La época de Sor María es notablemente maravillosista en la piedad cristiana y hasta en la misma teología. Este fondo común lo recibió sin duda Sor María como todo hijo de su época. Nos referimos, pues, a un conocimiento mucho más minucioso de estos datos de tipo histórico y pensamos en las informaciones aportadas por sus consejeros y mentores. Habría que añadir aquí verosímilmente la lectura de libros de meditación, de vidas de Cristo, de hagiografías, etc., sin que, sin embargo, podamos eterminar en concreto cuáles fueron, aunque es sabido que este género de literatura era muy del gusto de la apoca. Más en particular, la misma autora alude en contadísimas ocasiones a algunas obras de istoriadores, como el P. Cuaresmio, que aduce en confirmación de algunas de sus afirmaciones histórico–geográficas. Puede tratarse de obras que pusieron a su disposición sus confesores. En todo caso, como ya lo tenemos repetido, la autora narra los hechos, tomados o no directamente de las obras leídas, de una manera personal, sin que pueda notarse una dependencia literaria próxima, Por este motivo, hemos prescindido de poner en el texto de la autora al pie de página las posibles fuentes utilizadas, como fue nuestra intención al comenzar a preparar esta edición, porque no hemos descubierto en ningún caso una dependencia literaria próxima. Lenguaje.
Toda esta narración de contenido histórico, salvífico, espiritual y místico, se encuadra a su vez y se presenta en un género literario profético. Tomamos el término “profético” en su sentido más general, como lo propio de quien habla en nombre de Dios y en su nombre instruye y exhorta. Sor María no escribe en nombre propio, sino en nombre de una voz celestial que le guía, o sea, proféticamente. Esta voz es de Dios, de María Santísima o de los ángeles, especialmente de María. La autora escribe como quien transmite “lo que ha entendido” y “como lo ha entendido” en las “inteligencias” que Dios le da por sí mismo, por María o por los ángeles. Su obra es una historia y vida “dictada y manifestada” por la Señora. Desde la primera página hasta la última de la obra está patente y expresamente afirmada esta actitud de escribir impulsada por una luz sobrenatural. Toda la obra está escrita, pues, en el género literario profético. ¿Queremos decir con esto que todo el contenido profético de la obra es puro género literario? Por supuesto que no. Sor María escribe utilizando el género literario profético, pero no como un mero artificio literario, sino convencida de que transmite efectivamente lo que ha entendido con la luz divina. ¿Qué es lo que Sor María ha entendido con la luz divina? ¿Cabe distinguir lo que es fruto de la influencia divina y lo que es aportación de la autora? ¿Qué pretende decirnos Sor María cuando afirma que la obra le ha sido “dictada y manifestada”? He aquí el problema el; problema que consiste en descifrar el género literario profético en que escribe la autora.  No pretendemos dar una respuesta exhaustiva a estos interrogantes, que, por su misma índole de vivencia íntima personal y de relación de interacción divino–humana, tienen algo de inefable. No buscamos descifrar un enigma de psicología mística. Vamos a hacer, más modestamente, unas observaciones sobre el género literario profético que utiliza la autora, basándonos en lo que ella misma afirma. Comencemos por transcribir el texto más significativo al respecto de la propia autora. Después de describir diversos estados místicos de grado superior o de grado inferior en que recibe las comunicaciones divinas, determina más en concreto cómo recibe la comunicación divina para escribir la obra. He aquí el texto: “En el otro estado más inferior del que he dicho, veo a la Virgen Santísima en sí misma y a los ángeles; entiendo y conozco el modo de enseñarme y hablarme e ilustrarme, que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores. El Señor da esta luz como primera causa, pero de aquella participada, que esta Reina goza con tanta plenitud, la comunica a la parte superior del alma, conociendo yo a Su Alteza y sus prerrogativas y sacramentos del modo que el ángel inferior conoce lo que le comunica el superior… Lo mismo me sucede con los santos príncipes; y así me lo ha mostrado muchas veces el Señor, que la comunicación e ilustración con mi interior es como la tienen ellos entre sí mismos. Y muchas veces me sucede que pasa la iluminación por todos estos arcaduces y conductos: que el Señor da la inteligencia y luz, o el objeto de ella, y la Virgen santísima la declara y los ángeles me dan los términos. Otras veces, y lo más ordinario, lo hace todo el Señor y me enseña la doctrina; otras lo hace la Reina dándolo ella todo y otras los ángeles. Y también suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido; y en esto podría errar, si lo permitiese el Señor, porque soy mujer ignorante y me valgo de lo que he oído; y cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles . A la luz de este texto, y de otros que se podrían aducir, es evidente que la expresión “dictada y .manifestada”, que aparece ya en el título, no significa siempre un dictado al pie de la letra que la autora va transcribiendo, como puede hacerlo una secretaria. Entenderlo así sería ir en contra de lo que la autora misma afirma expresamente: “También suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Al leer la obra se ve que esta dificultad, de no tener los términos precisos y apropiados y de andar buscándolos, es casi habitual, pues a lo largo de la misma se lamenta, casi en todos los capítulos, de que no halla los términos adecuados para expresar toda la grandeza y toda la hermosura de lo que ha entendido. Con esta observación, sin más, queda descartada la interpretación simplista del profetismo de Sor María como de un dictado. Aun en los casos en que “se le dan los términos” para declararse, se trata de un modo de enseñanza y de ilustración “que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores”. Esto lo repite hasta tres veces la autora en el texto transcrito. En otros lugares de la obra vuelve a hablar de esta manera de comunicarse los ángeles, de sus distintos modos y de la posibilidad de extender esta comunicación a algunas criaturas humanas8 Ahora bien, este modo de comunicarse los ángeles entre sí, de superior a inferior, que se hace extensivo a ella, “no parece se ha de entender, según el contexto, de conversaciones sensibles, con pronunciación de palabras determinadas, sino de una iluminación que sugiere los vocablos adecuados… y siempre se ve obligada el alma a realizar esa traducción del lenguaje angélico al de las palabras humanas9. Se trata de una comunicación espiritual que ha de materializarse en términos humanos. Aun en estos casos, de una iluminación muy clara en que “se le dan dos términos”, difícilmente puede hablarse de un dictado que se transcribe. En las experiencias místicas el alma se encuentra siempre en el halo de lo misterioso y lo inefable; es fenómeno común en las almas con experiencias místicas que aun aquello que ven y entienden con claridad no logran expresarlo con la misma claridad al verterlo al lenguaje usual humano, y unas veces encuentran más facilidad y otras veces menos para declararse adecuadamente. La comunicación angélica que llega al alma, como la de un ángel superior a un ángel inferior, se hará en “términos” angélicos, necesitados en todo caso de un doblaje humano. Por otra parte, como lo hemos visto en el texto aducido, Sor María emplea a veces sus propios recursos para declararse: ” los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Asimismo, y en el mismo texto, Sor María confiesa que “cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles”. Por otras afirmaciones de la autora se ve que esta consulta no se limitó a “las materias más arduas y difíciles”, sino que se extendió a toda la obra: “Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana”. Todo esto significa que, junto a lo que se le comunica en las “inteligencias”, hay que poner en la elaboración y redacción de la obra, por confesión de la propia autora, su trabajo personal de hallar los términos y el de las consultas a sus maestros y confesores. Además, a la hora de redactar la obra, conoce en muchos casos la diversidad de opiniones de los autores e historiadores; ella, sin embargo, no trata de componer estas controversias. Su postura, su género literario, no es ése: “Quiero advertir que en muchas cosas de las que voy escribiendo me consta hay diversidad de opiniones entre los santos Padres y autores… y otras dudas en cuya declaración no me detengo, porque no es necesario para mi intento y porque yo escribo sólo aquello que se me va enseñando y dictando, o lo que la obediencia algunas veces me ordena que pregunte para tejer mejor esta divina Historia. Y en las cosas que escribo no convenía introducir disputas, porque desde el principio, como entonces dije, entendí del Señor que quería encribiese toda esta obra sin opiniones, sino con la verdad que la divina luz me enseñaría”. Su género literario no es el de un teólogo o un historiador, sino el de “una mujer ignorante” que se deja guiar por la luz divina, aunque reconoce cierta necesidad de opiniones diversas en teología y en historia12 Ella, como “mujer ignorante”, no recurre a un método teológico o histórico, sino a la luz que le enseña y le guía y trata de “escribir esta Historia sin opiniones o para que no las hubiese con la noticia de la verdad”. Con todo, esta “noticia de la verdad” no excluye su propio método de trabajo personal en la elaboración de su obra, pues, a renglón seguido, señala los criterios de trabajo personal que le guían en la composición de la obra: “Y si lo que escribo va consiguiente y no se opone en cosa alguna al texto sagrado y corresponde a la dignidad de la materia que trato, no puedo darle mayor autoridad a esta Historia y tampoco pedirá más la piedad cristiana”. Utiliza, pues, para la redacción de la obra, unos criterios prácticos de convergencia y consecuencia, de conformidad al texto sagrado y de tratamiento digno de la materia. Y, lo que es más, da a entender que el valor de lo que dice depende de la medida en que ha logrado ajustarse a estos criterios, y esta apreciación la remite a los doctores y maestros: “Y el juzgar si lo que escribo tiene conveniencia con la verdad de la Escritura y con la majestad y grandeza del argumento que trato y si tienen las cosas entre sí mismas conveniente consecuencia y conexión, todo esto lo remito a la doctrina de mis maestros y prelados y al juicio de los sabios y piadosos”. Como se desprende de las observaciones que venimos haciendo, basadas en los textos de la autora, su género literario profético no excluye, sino que incluye un trabajo personal muy intenso de la autora en la concepción, elaboración y redacción de la obra. Ella misma es muy consciente de que, en la redacción de la obra, colabora de su parte con la influencia divina y hasta constituye esto para ella una fuente de preocupación. No hemos hallado esta idea suya expresada en la Mística Ciudad de Dios, pero sí en otra obra suya, Leyes de la esposa, escrita bajo el mismo carisma de la influencia divina, y que juzgamos perfectamente aplicable a nuestro caso. En respuesta a una duda propuesta por la Venerable el Altísimo le responde: “Y el reparo que haces de ordinario cuando escribes, que temes si te ayudas con discurso humano o de otras ciencias que por diversos caminos has podido adquirir, sal de él; y advierte que Jesús no puedes decir sin mi favor, y es fuerza valerte de lo que has oído, visto, leído y comunicado con confesores; porque todo va encaminado a un fin y es que obres lo más perfecto. No quieras inquirir si estos consejos y doctrina es toda revelada; porque yo obro como quiero y unas veces doy la luz y el conocimiento de que soy el autor, otras la recibe el alma por modo y camino superior y se lo oculto, otras se valen las criaturas de lo que han adquirido y oído, porqe no siempre se ha de hacer por milagro y también ha de ayudar el discurso y entendimiento con lo que alcance. Y así, deja tu temor de que se entenderá de ti más de lo que es, ni par sobrenatural lo que es natural; advirtiendo que sólo lleves intención de agradarme y cumplir mi voluntad, la cual te compelerá a hacerlo tanto más cuanto tú lo deseares y negares tu afecto por cumplir con el mío. Y para que aciertes todo lo que aquí escribes, ríndela a la voluntad y censura de tus prelados y confesores y a la de mi Iglesia santa, que está regida por el Espíritu Santo. Y tanto quiero que te rijas por los ministros de mi Evangelio, que son tus maestros, que has de hacer y poner por obra antes lo que ellos te ordenan que lo que a ti te parece es luz divina y sobrenatural; porque en las inteligencias puede haber engaño y yerro y en la obediencia jamás le hubo, ni para ti lo habrá; porque miro yo al rendimiento de la criatura para dar luz a quien la rige y gobierna. Y los continuos temores que tienes de acertar y de que esta mi doctrina sea verdadera, ponla en manos de la obediencia y ella será tu luz y camino; porque quien a los prelados obedece, a mí obedece, porque están en mi lugar y en mi Iglesia. Es ésta una de las verdades infalibles”. El texto que acabamos de transcribir es bien explícito. Sor María abriga sus temores de que en lo que escribe se ayuda de sus conocimientos adquiridos por medios naturales, de que se entenderá de ella más de lo que es, de que se tomará por sobrenatural lo que es natural. La respuesta de Dios no sólo no niega este supuesto, sino que lo afirma; pero ello no tiene importancia, así tiene que ser. En todo caso, dobe dar preferencia al dictamen de sus prelados y confesores sobre lo que a ella le parece luz divina y sobrenatural. Añadamos aún una observación más. El carácter “revelado” de su Historia divina lo presenta a veces la autora como una aprobación subsiguiente por parte del Señor o de María de lo que ha escrito. Tal ocurre en las introducciones a las partes segunda y tercera con respecto a las partes primera y segunda, y en el capítulo final de la obra respecto a toda la Historia”. Todas estas observaciones no obstan, por supuesto, para que la obra haya sido escrita bajo el influjo de una inspiración o de una acción divina especial; ni obstan tampoco para que en la obra se contengan verdaderas revelaciones como las que ha solido el Señor conceder a muchas almas santas. Por lo demás, a estas revelaciones o al conjunto de la obra “dictada y manifestada” la autora misma no pretende dar más valor que el que se da en la Iglesia a las revelaciones privadas, sin arrogarse la autoridad de la revelación pública, y lo remite todo al juicio de la Iglesia”.  Aunque con estas observaciones no pretendemos haber dilucidado totalmente el alcance de obra “revelada” de la Mística Ciudad de Dios, sí juzgamos que aparece suficientemente claro que el género literario profético que utiliza la autora, junto con las indicaciones que ella misma hace, no autorizan a dar a la “revelación” de la obra un carácter absoluto, sino un carácter condicionado a este género, dentro del orden de las comunicaciones místicas y a la labor personal de la autora que trabaja movida por Dios.  Por lo demás, uno de los pocos cambios que conocemos en la segunda redacción de la obra respecto a su primera redacción, como ya se ha hecho notar antes, es precisamente la sustitución del término “revelada”, que aparecía en el título de la primera redacción, por la expresión “dictada y manifestada”; sustitución llevada a cabo sin duda para aminorar la fuerza de la palabra “revelada”. Teniendo en cuenta todo esto, cuando se comparan las afirmaciones siempre matizadas y moderadas que hace la autora misma acerca de que escribe “lo que ha entendido” o “lo que se le ha comunicado”, con las afirmaciones un tanto absolutas y entusiastas de los teólogos inmediatamente posteriores, que llegan a aducir sus afirmaciones doctrinales como “revelaciones”, se saca la impresión de que estos autores entusiastas creyeron hallar en Sor María más de lo que ella quiso afirmar cuando dice apoyarse en esta asistencia divina que le guía. Las mismas controversias acerca de que Sor María “enseña como reveladas las doctrinas escotistas”, dejan ta impresión de que estos teólogos tenían una credulidad maravillosista y milagrera que les llevó a discutir la cuestión de “las revelaciones de la Madre Agreda” en un plano ajeno al que tienen en la autora misma; les faltó a estos autores cierto sentido de sobriedad que, por el contrario, estuvo muy presente en la misma Sor María, pues sus propias experiencias místicas, en las que sabía que podían filtrarse engaños, y su conciencia bien pronunciada de mujer ignorante, le llevaban a desconfiar de sí misma y a no dar demasiada importancia a sus mismas afirmaciones, que siempre quería ver ratificadas y sancionadas por los doctos. Un teólogo actual, desde luego, perfectamente consciente de las cautelas que impone el conocimiento del género literario aun de los textos sagrados, equipado con los conocimientos de crítica histórica y de hermenéutica de textos y muy curado de maravillosismos crédulos, encuentra ingenuas y metodológicamente erróneas estas polémicas y controversias apasionadas. Sencillamente, no se supo captar el género literario de la Mística Ciudad de Dios; en cambio, las numerosísimas almas que han buscado en la obra, no principalmente unos conocimientos teológicos, sino una guía segura y un alimento de su vida espiritual, han sabido captar mejor el sentido genuino de la obra y su género propio. En efecto, el profetismo de Sor María es un carisma de edificación eclesial. Su obra ha sido “dictada y, manifestad en estos últimos siglo para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Estas palabras, un tanto solemnes, indican a las claras la conciencia y el convencimiento de Sor María de que su Historia divina tiene una especial trascendencia para la vida de la Iglesia. Todas las observaciones hechas anteriormente no nos autorizan a minimizar esta conciencia y este convencimiento de la autora. Pero, por otra parte, estas mismas palabras apuntan perfectamente cuál es el verdadero objetivo de la obra y en qué orden de cosas puede la obra tener importancia en la Iglesia. La importancia de la obra no estará en los nuevos conocimientos teológicos que aporte, sino en lo que contribuya a fomentar la piedad cristiana. Este es un aspecto que nos lleva a matizar mejor en qué consiste su género literario profético. Sor María se siente elegida por Dios, aunque indigna por su parte, para transmitir a la Iglesia y al mundo un ,mensaje; y así lo confiesa en innumerables lugares de la obra. Su ,mensaje es de ilustración y de exhortación; su género literario profético es didáctico y monitorio, como ocurre en todo carisma profético. La Mística Ciudad de Dios es una obra moralizadora y edificante. Lo que en definitiva busca e intenta Sor María con sus narraciones, relatadas en actitud profética, es dar a conocer mejor a María Santísima, para que ello redunde en la mejora de las costumbres y en la edificación de los fieles. Su carisma profético lo ha recibido ella “para nueva luz del ,mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”; y esta luz, esta alegría y esta confianza serán efectivas en tanto se llevan a la práctica los deseos de la Señora y Reina del cielo, que son la mejora de las costumbres y el aprovechamiento espiritual. La Mística Ciudad de Dios es un libro de ilustración y exhortación; a eso va dirigida cada una de sus líneas. Más de la cuarta parte de la obra –los párrafos finales de cada capítulo– está destinada expresamente a dar doctrina y exhortación de conducta y aprovechamiento espiritual, que se pone en boca de María. Además la autora, al hilo de las narraciones, utiliza constantemente las ocasiones para dar instrucción y exhortación espiritual. Por lo demás, toda la obra tiene esta finalidad: ante todo, la propia edificación de la autora, que se siente apremiada a poner en sí misma en práctica la doctrina espiritual que recibe; en segundo lugar, la edificación de sus propias religiosas de clausura, a quienes va dirigida muy en particular la doctrina espiritual; y en tercer lugar, aunque por toda la obra, la edificación común de los fieles. Los “sacramentos ocultos” de María que la autora va desvelando son para excitar a una mayor devoción e imitación de María y a la práctica de la doctrina de su Hijo. Entre los episodios de la vida de María que la autora trata larga y minuciosamente están, como ya hemos indicado, los de su vida íntima, espiritual, los que descubren la respuesta espiritual de María a las gracias que recibe, o sea, los que más directamente pueden servir de enseñanza y de edificación espiritual. Sor María está persuadida de que un mejor conocimiento de las excelencias, de las gracias y de la santísima vida de María puede ser un resorte eficacísimo para la piedad cristiana y por eso las relata minuciosamente. Su género literario profético, didáctico y monitorio está caracterizado por esta preocupación de edificación y por eso escribe con términos llanos, asequibles, sencillos; y aun cuando emplea a veces términos teológicos, no utiliza tecnicismos eruditos, como ya lo advertíamos, No juzgamos necesario insistir en este punto. Es evidente en toda la obra. No es un libro de teología, ni una mera historia, ni tan siquiera solamente un “libro de revelaciones”; es un libro de edificación. Añadamos tan sólo que este mensaje de doctrina y exhortación espiritual tiene cierto carácter de urgencia escatológica que está en dependencia del conocimiento de los “sacramentos ocultos”. Este matiz escatológico está indicado en el título, “en estos últimos siglos”, y algunas veces en el texto de la obra. La autora explica las razones de por qué se han ocultado hasta ahora estos misterios. Este matiz escatológico –que, por lo demás, es común en el mensaje aportado por libros de revelaciones, por apariciones marianas que dan origen a santuarios, etc.– no aparece, sin embargo, muy acusado en la autora, como ocurre por el contrario en ciertos autores de su época, como es el caso notable del P. Tenorio. En suma, pues, el género literario de la Mística Ciudad de Dios es el de una narración profético – edificante.
LA DOCTRINA MARIOLOGICA DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS Y LA TEOLOGIA DE SU TIEMPO
Al escribir su Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda no se propone otra cosa que narrar sencillamente, “sin opiniones ni contemplaciones”, “sin disputas”, la vida de la Madre de Dios, “reina y señora nuestra”, “restauradora de la culpa de Eva” y “medianera de la gracia”, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Su primera intención es altamente espiritual: proponer y proponerse un modelo a imitar, un “espejo donde los hombres vean sus ingratitudes”, María Santísima. Se trata de una obra en la que su autora nos narra una Historia Divina comenzada allí en los eternos decretos de Dios y culminada en el cielo, cuando María es proclamada reina del universo. Creemos que su núcleo central como ya lo dejamos anotado, viene a ser la narración del acontecer dé Dios en su “elegida” para preparar en ella a su “ciudad mística”, el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Mística Ciudad de Dios e Historia Divina son los dos títulos que se van conjugando indistintamente, tanto en el lenguaje de la autora como de Felipe IV, Samaniego y los confesores. Incluso parece como que a veces prefieren el de Historia Divina al de Mística Ciudad de Dios. Sería, pues, ilógico, si tenemos en cuenta la intención de Sor María de Jesús, pedirle un tratado de mariología, puntualizado con la exquisitez conceptual que a estos tratados es característica. En este apartado vamos a intentar recoger su inspiración mariana. Queremos determinar así el sentido que la existencia de la Madre de Dios tiene para la autora. Aunque se trate de una “historia divina”, no es un mero contar hechos de la vida de la Virgen; tampoco es una concepción mariológica sistematizada. Con todo, en el marco de la vida de la que es “mística ciudad de Dios,milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”, nos va dando la Venerable una interpretación suya de lo que la figura Madre de Dios significa en la historia de la salvación. Unas veces lo hace expresamente, como cuando interpreta diversos textos de la Sagrada Escritura, o hace digresiones puestas en boca de Dios, de la Virgen o bajo el amparo de su propia pluma; otras veces hay que intuirla entre líneas a partir de los mismos hechos narrados. Para nuestra exposición nos fijaremos en estos elementos doctrinales, prescindiendo de todo lo que sean datos concretos de la vida de la Virgen o elementos de tipo psicológico y místico. Principios y figuras bíblico–marianas Antes de entrar propiamente en la exposición de la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, queremos recoger, a modo de portada, algunos de los principios y figuras bíblico–marianas que son como los indicadores que dirigen la concepción mariológica de la autora. Podíamos convenir con Henri de Lubac en que, piénsese lo que se piense de la Historia de la Virgen, el título de Mística Ciudad de Dios aplicado a María es justo y sugestivo. Si el titulo de Historia Divina nos pone en el contexto de los aconteceres de Dios en torno a la elegida para Madre suya, el de Mística Ciudad puede darnos el resultado de dicha intervención divina Sor María de Jesús no nos ofrece una explicación expresa del título que pone a su obra. Designa a la Virgen con el calificativo de “mística ciudad de Dios” especialmente al exponer el capitulo 21 del Apocalipsis, donde concibe a Jerusalén como el símbolo de la Madre de Dios por ser el centro y el escenario de las maravillas del Altísimo, al mismo tiempo que es la ciudad fortificada con una muralla de doce puertas, para significar el imperio que María tiene sobre la “serpiente”, su virtualidad para comunicar la gracia de Dios a los hombres y la facilidad que éstos poseen para entrar a la salvación por la puerta de María. Es,en efecto, la “mística ciudad” de refugio en la que los hombres pueden encontrar su salvación y apreciar lo que contribuyó a ella en calidad de reina y madre de piedad. María es la “Mística Ciudad de Dios” por ser la “casa y corte” del Rey, en la que será “morador en el mundo”, vivirá con los hombres y se hará su herman. Lo es igualmente porque Dios se recrea en ella comunicándole la magnificencia de sus perfecciones para construir en su figura un signo de la naturaleza humana, en la que se alza como mediadora y dispensadora de esas mismas perfecciones. Es finalmente la “mística ciudad de Dios” por constituir el lugar de las delicias del Creador y ser el tabernáculo de la Santísima Trinidad. Esta “mística ciudad de Dios” es el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Concebida María como “Mística Ciudad de Dios”, en el doble sentido de signo de Dios ante los hombres y signo de los hombres ante Dios, la Venerable viene a encontrar el fundamento de todo cuanto se puede afirmar de la Virgen en la dignidad que le da su destinación a la divina maternidad. Por esta razón es predestinada en el segundo lugar de los decretos divinos ad extra. Y ya en la existencia, Dios la prepara primero la “mima” después con su providencia, ya que su misión requería entrar en una relación directa con la divinidad; será el “milagro de su omnipotencia”. Tanta complacencia encontraba Dios en su “mística ciudad”, que parece como que hubiera entregado a su Hijo para poseer a este “abismo de la gracia”. Otra idea clave que, junto a esta primera, está obrando continuamente en la mente de la Venerable, es la de ser María co–principio de Cristo en la redención de los hombres, puesto que predestinada después de El y con El, en fuerza de la correlación existente entre ambos, participa íntimamente en su misión salvífica. De hecho, en la “plaza de esta ciudad se despachó aquel fíat mili que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho, ni hará jamás”, dando con él al Verbo eterno “cuerpo humano en que padeciese y redimiese a los hombres, para hacerlos pueblo suyo, su tabernáculo y morada”, y consagrándose como su compañera “en la forma que pudo”. Es otro de los puntos de donde arrancan la providencia con que Dios se vuelca en María y la preocupación de ésta por ser fiel a la iniciativa divina y hacerse semejante a su Hijo en dignidad y perfección, ya que con El irá a participar en la obra de la salvación. María es, pues, también la “ciudad mística” de Dios: el ensayo de una vivencia absoluta de la gracia en la naturaleza humana –”abismo de la gracia”– para restablecer en ella la antigua perfección que se había perdido por el pecado. Dios se pasea complacido por esta “ciudad mística”, ya que en ella encuentra plena correspondencia a la iniciativa de su amor. Hay otra gran idea que viene a ser como la línea directriz en torno a la cual se organiza la Mística Ciudad de Dios: Cristo, y con él María, es el centro no sólo de la economía salvífica, sino también de toda la creación. Ambos son los ejemplares en quienes estaban previstos todos los seres y de quienes “se obligaba el Altísimo para no atender –a nuestro modo de hablar– a todo lo que el linaje humano podía desobligarlo” Según estos dos “originales” iba copiando el Señor todo el linaje humano, para que mediante ellos saliera semejante a la divinidad. Rota la línea por el pecado del hombre, Dios envía a su Hijo “pasible y reparador”, para restituir a la creación la hermosura de la gracia y amistad de Dios. Así como era justo que antes de la formación del primer hombre creara Dios todas las demás criaturas para que constituyeran el escenario y el ambiente en que iba a aparecer el Rey de la creación y encontrara en ellas “la mesa gustosísima, abundante y segura del divino conocimiento y amor”; de igual modo antes de llevar a cabo la gran comunicación de Dios ad extra, era justo que el Creador dispusiese todas las cosas y acontecimientos para que Cristo se encontrara con una escena preparada a su llegada a la mortalidad. Con María la preparación de la escena, antes de la encarnación del Verbo, queda terminada 1–2 . Incluso se encuentran ya en ella algunos vestigios de la nueva economía. Era una criatura de tal perfección, que en la “prolija y larga noche” del Antiguo Testamento obligaba, en cierto sentido, a Dios que decretara la encarnación del Verbo. Era ella la que recompensaba y suplía nuestra “ingratitud”, “cortedad” y “grosería”, en cuanto de parte de las puras criaturas era posible. Son múltiples las figuras vétero–testamentarias que a lo largo de la Mística Ciudad de Dios se aplican a María, además de aquellos textos que la autora aplica directamente a la Virgen. María es la Nueva Ester, que ocupa el lugar de Eva, rechazada del reino de Dios a causa de su desobediencia. Es el Arca de la Alianza, que llevó dentro de sí la “piedra angular (1 Cor 3,11) cortada en el monte de la eterna generación (Dan 2,34)” y que tenía por misión “unir a los. dos pueblos: judaico y gentil (Ef 2,20)”. Llevó también en su seno e! maná de la divinidad y de la gracia y la vara de los prodigios. De esta “arca mística” había de difundirse hacia los hombres la fuente de las gracias,. “que es el mismo Dios”. No conoció por otra parte la “corrupción del pecado actual”, ni “la carcoma oculta del original”, antes bien estuvo revestida con el oro de gracias y dones altísimos. Finalmente es el Arca de la Alanza, porque Dios no “podía dejar de hacer propiciatorio de esta mística y verdadera arca”. María es la tenaza de oro (ls 6,6) que arranca del fuego de la divinidad el ascua que ha de purificar el mundo. Es la Virgen que había de dar a luz al Emmanuel, la Hija de Sión y visión de paz, el monte a quien en primer lugar debe venir el Verbo desde la “piedra del desierto” (ls 16,1), es decir, desde el cielo, ya que el cielo sin los hombres puede ser comparado con un desierto. Es igualmente la espiga fértil traída de Egipto y que lleva en sí misma el dorado trigo que había de alimentar a muchos (Lev 23,10)19 .La pequeña nube (3 Re 18,44) que destila una lluvia saludable para refrigerio de los mortales. La puerta cerrada (Ez 4,42) abierta solamente para Dios. Figura de María es la mujer que el Génesis anuncia como quien ha de aplastar la cabeza de la serpiente. La victoria plena sobre la serpiente se da, sin embargo, con la muerte redentora de Cristo, cuando se cumple el oráculo de Habacuc (3,2–5). Es finalmente la zarza mística que ardía sin consumirse, para significar a un misma tiempo la unión de la naturaleza humana y divina en el Verbo sin detrimento de ninguna de las dos y la virginidad perpetua de la madre del Verbo, no solamente en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto al alma, pues aunque tuviera que proceder de Adán según la naturaleza, de ningún modo debía quemarse en su culpa. La autora, además de aplicar estas figuras vétero–testamentarias a María, interpreta también mariológicamente los siguientes textos del Antiguo Testamento: Prov 8,22–31; Prov 31. Deduce de Prov 8 las ideas o decretos que el Altísimo tuvo en su mente antes de crear todos los seres. Y lo refiere literalmente a la persona de Cristo y de María. Ellos eran en Dios los principios activos de todas sus obras y comunicación ad extra: Cristo como principio eficiente de la creación y fin de la misma; María como ejemplar y medio para llegar al fin. Basándose la autora en Prov 31,10ss, ve también en la mujer fuerte una imagen de María, a quien Dios compró para sí y redimió antes de que existieran las demás criaturas, pagando por ella a la naturaleza humana el precio, del Verbo encarnado para poseerla con el Hijo aun cuando los hombres prevaricaran. Ella fue la nave diligente que trajo “el pan divino” para que “se viese y se comunicase y alimentase a los que le tenían lejos. Era la vigilante en la noche de la antigua ley, la que extendía las manos de Dios para que enviara al mundo al Verbo eterno y las manos del Verbo para que distribuyera los dones de sus méritos entre los homres. Colaborando con Cristo en la reparación del género humano, plantó la viña de la Iglesia y la viña del paraíso celestial que Lucifer había devastado28. Por todo esto las criaturas la llamarán bienaventurada y Dios alabará y proclamará sus obras. Finalmente, del capítulo 24 del Eclo deduce Sor María la excelencia y grandeza a la que llegó la Madre de Dios bajo la guía y el magisterio de su propio Hijo. Durante los años de Nazaret fue constituida en verdadera arca del Nuevo Testamento, para que así sirviera de norma y ejemplar a los apóstoles, mártires, doctores y vírgene. Entre las narraciones del Nuevo Testamento son las del “gran signo” aparecido en el cielo (Ap 12) y la del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” (Ap 21) las que más llaman la atención de la autora de la Mística Ciudad de Dios. Quiso Dios manifestarnos con el “gran signo” la excelencia y magnificencia de la naturaleza humana, que a pesar del pecado de los ángeles había de crear a su tiempo. Cristo y María le “obligaban” a ello. Pero quiso significarnos también que había de poner en el mundo un arca de la alianza, signo del futuro Salvador del género humano. María es en esta alianza la “fiadora” de los hombres ante Dios, tanto con respecto a la perfección a ellos destinada como a su redención 30. Vestida del “sol de justicia” y de la “plenitud de gracia”, como con voz potente, les dio a luz al Verbo eterno, voz que después de ser levantado en la cruz se oyó en toda la tierra.  La imagen del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” sirve a la Venerable para darnos una síntesis de su visión de la Madre de Dios. No vamos a entrar en los detalles de la prolija narración agredana, pero sí vamos a dar algunas ideas generales, para que se vea la línea de su pensamiento. Con María hubo un “cielo nuevo” para la divinidad en la naturaleza humana, porque, preservada y libre de la culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática. Dejó, pues, de existir el cielo primero que Dios había creado en Adán y que se manchó e inhabilitó para que el Señor viviese en él. Hubo juntamente un “nuevo cielo” de gloria para la naturaleza humana, ya que, renovado “el empíreo” con la gloria de Cristo y de María y con los méritos de nuestro Salvador, pasaron a ocuparlo los hombres. Toda esta novedad tuvo principio en María, concebida sin el pecado que lo impedía todo. También apareció sobre el mundo una “nueva tierra”, libre de la maldición de la “tierra antigua”. Pues por la “tierra bendita” de María, con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán. En la Madre de Dios comenzaba a resplandecer ya la aurora de la gracia . La imagen de la “nueva Jerusalén” se aplica a las iglesias militante y triunfante, pero “señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema, María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias… y excelencias de las iglesias militante y triunfante”. Llamamos a María Nueva Jerusalén “porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas; porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo, que es la cosa más nueva”. En ella todos los dones y todas las gracias son verdaderamente nuevas, como participadas directamente de la claridad de Dios, pues fue creada no en esta “tierra de pecado”, sino en el cielo y según el ejemplar del Verbo.  Mística Ciudad de Jerusalén, es también María la habitación santa, el tabernáculo de Dios y el medio para que Dios plante su tienda entre los hombres. Estando el “tabernáculo de Dios” con los hombres, el Altísimo enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte y el pecado no existirán más, pues fueron destruidos ya por la suave medicina de la encarnación del Verbo al ofrecernos su sangre y sus méritos estrenados en la que nacía inmaculada. Pudiéramos caer en la tentación de pensar que María de Agreda, embelesada con la figura de la Virgen, se olvidara del significada preciso de la Madre de Dios en la historia de la salvación, al atribuirle todas las cualidades y perfecciones que le vienen a la mente. Por eso creemos conveniente añadir esta frase suya, cuando explica el significado de la piedra de jaspe: “pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino, no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya”36. Es también el significado que la autora ve en la respuesta de Cristo a María en las bodas de Caná: con ella quiso poner de relieve que el origen del milagro dependía únicamente de la voluntad divina.; quiso decirle también que la potestad para realizar milagros le venía de esa naturaleza y no de la naturaleza humana que de ella había recibido; finalmente le advierte que en la determinación de la voluntad divina no tenía parte en absoluto, pues era algo que pertenecía exclusivamente a sólo la divinidad. María, “ciudad ,mística de Dios”, fue, pues, elegida en la eternidad de los designios de Dios como Madre del Verbo encarnado y manifestación de su incomprensible perfección ante los hombres, signo y espejo de la divinidad al mismo tiempo que “fiadora” de la naturaleza humana. Así prefigurada y descrita la ve Sor María de Jesús en la Sagrada Escritura. Los autores del sigla xvII interpretan la Palabra de Dios sirviéndose de diversos sentidos: el literal, místico, espiritual, eminente, acomodado, etcétera. Y casi de cada una de sus expresiones deducían, según estos sentidos, algún significado mariológico. También ellos aplican a la Virgen las figuras bíblicas de la “ciudad de Jerusalén”, “ciudad custodiada” (2 Re 19,34), “ciudad de Dios” (Sal 86,1), “casa o templo de Dios” (Sal 92,5). No hemos encontrado, sin embargo, todavía quien la llame “Mística Ciudad de Dios”. La Venerable concuerda con los autores contemporáneos al concebir el Antiguo Testamento como preparación para el Nuevo 40 . Igual concordancia se percibe con respecto a la opinión de que no convenía que se hiciese pública la fe en la Madre de Dios hasta que estuviera arraigada la fe en Cristo. Es curioso que en la Mística Ciudad de Dios no encontremos una explicación de Lc 1,2, cuando es un texto que sirve a los teólogos contemporáneos para atribuir a la Virgen tal plenitud de gracia, que sobrepasa a la de los ángeles y los santos. Por el contrario, si creemos en el testimonio de Samaniego, parece ser peculiar de Sor María de Jesús la interpretación mariológica de Ap 21 4–3. Nos ha llamado también la atención, al comparar la obra agredana con algunas otras obras de la época, el ambiente más histórico y salvífico que en aquélla se respira. Quizá sea debido precisamente al carácter de Historia Divina con que su autora la concibe. María, signo de la creación.  Dios en su comunicación ad extra procedió, “a nuestro modo de entender”, según un orden de prioridad y posteridad, orden que hay que concebirlo “no de tiempo, mas de naturaleza” 4–4 . Todos los seres son decretados según una gradación de perfección ontológica y conforme a los ejemplares de Cristo y María, para que todos ellos “saliesen también mediante estos dos ejemplares semejantes a Dios”. María de Agreda pertenece al sistema predestinacionista escotista del “summum bonum summe diffusivum” en virtud de una necesidad de orde moral, según la cual le es “mucho más natural hacer dones y gracias que al fuego subir a la esfera, a la piedra bajar al centro y al sol derramar su luz. “Todas las obras ad extra son libres en Dios”, porque su propensión e inclinación a comunicarse está subordinada a su divina voluntad, no obstante le fuera como “debido y forzoso”, y Dios, “a nuestro modo de entender”, no estuviera “quieto ni sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al centro de las criaturas”. “Vio que tan suma bondad era convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso, comunicarse, para obrar según su inclinación comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad”. Y dispuso “el orden que había de haber en lps objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la divinidad y atributos; de suerte que aquel como movimiento del Señor tuviese honesta razón y proporcionados objetos, y que entre ellos se hallase la más hermosa y admirable disposición, armonía y subordinación”.  “La infinidad impetuosa” de Dios exigió en primer lugar una criatura a la que poder comunicarse en el sumo grado posible. La unión hipostática sería esa primera manifestación de Dios ad extra, ya porque “después de haberse entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era conocer y amar a lo que era más inmediato a su divinidad, cual es la unión hipostática”; ya porque “también debía la divinidad sustancialmente comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra, para que la intención y voluntad divina comenzase por el fin más alto sus obras”; ya finalmente porque la armonía y subordinación entre las criaturas había de ser “la más admirable y gloriosa que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener una que fuese cabeza y suprema entre todas y, cuanto fuese posible, inmediata y unida con Dios, y que por ella pasasen todas y llegasen a su divinidad “. El motivo principal de esta comunicación no fue otro que la gloria de Dios derivada de esa ,misma comunicación. La Venerable de Agreda, al igual que otros autores de su época, considera la encarnación como un desposorio de Dios con la naturaleza humana, “juntándose con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol (Ef 5,32), en Cristo y en la Iglesia”. Matrimonio espiritual, que mientras en los demás hombres se consumará en el reino escatológico, en María será llevado “en algún modo” a plenitud, “en el mismo momento en que fue Madre del Reparador”, para que “quedase como por fiadora abonada de que no se les negaría el premio a todos los hijos de Adán, si se disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor”5–3 .Para que este desposorio pudiera tener lugar realmente, era necesaria la existencia de la mujer por quien Cristo había de aparecer en el mundo. Tres son los motivos que según la autora de la Mística Ciudad justifican la existencia de María en el segundo lugar de los decretos divinos. El primero podríamos calificarlo de ontológico, en cuanto que después de la comunicación suma con que Dios se había proyectado a Cristo en línea sustancial y accidental, parecía necesaria también la existencia de una pura criatura que fuese media entre Cristo y los hombres, y recibiera de esté modo la máxima comunicación de Dios “como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y en él a la divinidad’. Aparece en segundo lugar el motivo de la divina maternidad, que en realidad no constituye sino un mismo motivo con el primero, pues fue “ordenada” y “concebida” esta pura criatura en la mente divina “antes que hubiese otro decreto de criar cosa alguna… como y cual pertenecía y convenía a la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de su Hijo santísimo”, encaminándose luego a ella “el ímpetu del río de la divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirla una pura criatura y como convenía a la dignidad de madre”, “porque sin la madre y tal madre, no se podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta temporal generación” . Finalmente, el tercer motivo viene aconstituirlo la necesidad existente en nuestra naturaleza de un ejemplar “de quien pudieran los hombres y los ángeles ser discípulos del amor hermoso”. Dios creó “tan pura, grande, mística y divina criatura más para ser admirada con alabanza de las demás, que para ser descrita de ninguna”. María viene a ocupar, por lo tanto, en la escala de los seres un lugar intermedio entre la unión hipostática y las puras criaturas. Así lo exigían tanto el orden y armonía con que Dios decretó crear el universo, como la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de Cristo. Su existencia se halla abierta a la doble relación de Dios y de la humanidad: toca la “claridad de Dios” y se encuentra entre los descendientes de Adán. Contribuye a “hermanar” estos dos términos en el misterio de la encarnación. Tomando por principio la dignidad de la maternidad divina, la inspiración poético–mística de la autora atribuye a la Virgen una participación en las perfecciones divinas”, el cuarto lugar en la Santísima Trinidad, una especie de afinidad con Dios 6–0, una igualdad de proporción con la dignidad de Cristo 6–1 . Y le da los calificativos de “esfera de la omnipotencia divina”, “complemento de Dios”. templo de la gloria de Cristo”. y otros muchos que pueden verse a lo largo de la Mística Ciudad de Dios. Es, sin embargo, una pura criatura , pertenece a la misma naturaleza de los descendientes de Adán, es el “éjemplar” y “espejo” de los mortales. Después de la previsión del pecado, María aparece en la corriente de comunicación de Dios ad extra de un modo sustitutivo, quedando así mucho más patente su misión de signo y figura de la humanidad . Dios, para que no quedase frustrada su primera voluntad de comunicarse perfectísimamente y del sumo modo posible a las criaturas por la gracia y la gloria, determina “restaurar” y “ejecutar” lo que ellas perdieron, en esta sola criatura, “el alma de sus deseos”, “fruto de sus atributos”, “un prodigio de su poder infinito”, “una obra que es objeto de su omnipotencia” y “muestra de la perfección que disponía para los hombres”, “el fin del dictamen que tuvo en la creación”, “la única imagen y similitud de la divinidad”, “el complemento de su beneplácito y agrado por todas las eternidades”. Desde este momento la figura de María se convierte en un ser intercesor, relacionado íntimamente con la salvación de los hombres. Toda su existencia está ordenada ahora a su maternidad, a ser “el instrumento eficaz” de Dios en su comunicación ad extra, para que por ella y con ella recibieran todas sus obras el complemento que habían perdido por el pecado. El hecho de haber concebido la autora su obra como una Historia Divina, le dio sin duda la posibilidad de exponernos, o por lo menos insinuarnos, una figura de la Virgen en toda la dinámica existencial que ella lleva consigo dentro de la historia de la salvación, aunque esto sólo sea perceptible entre líneas en la mayor parte de los casos. El sentido soteriológico en que toda la narración agredana va envuelta a partir de la ejemplaridad de María, hace que la encarnación se conciba no ya sólo coma “sacramento de fe”, sino como sacramento de amor, en el que la Virgen está de parte de los hombres, ya como la primera redimida, ya como signo de perfección. “Con ella y en ella quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán… En ella se dio principio a la renovación de la humana y terrena naturaleza”. No insistimos más sobre este punto, porque vamos a verlo como una especie de estribillo a lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios, singularmente a partir del momento en que María es constituida como verdadera madre de Dios en el mundo. La autora concibe, pues, la maternidad divina como la corona de la creación. Mediante ella se restaura la antigua perfección que Dios había asignado a los hombres. Cristo y María aparecen en la doctrina agredana no tanto baja un prisma escatológico como ejemplarista–dinámico. En la fidelidad, amor, humildad de la única y singular esposa del Altísimo encontró éste la respuesta perfecta de toda la creación. A ella encauza la Virgen su propia gracia y méritos para entrar en la intimidad de la naturaleza humana como germen de salvación. Todo ello como consecuencia del principio de asociación. María es el signo mediador y ejemplar de la humanidad por ser pura criatura, hermana de los mortales. Según podemos observar, la autora de la Mística Ciudad de Dios sigue fielmente los principios de la escuela escotista respecto a la predestinación de la Madre de Dios. Puestos los fundamentos por Raimundo Lulio “ad .mentem magistri”, los desarrollan Juan Basolio y Francisco Mayronis y llegan a su plenitud máxima en los teólogos del siglo X VII –XVIII “,edad de oro” del escotismo. Para Serrano, el “ordinatissime volens” decreta en el primer signo de su comunicación ad extra la encarnación del Verbo “quia hoc summum bonum et Deo immediatius ac carius ex omnibus operibus ad extra, tum quia est summa Dei communicatio, tum etiain quia ipsi Deo coniungitur in unitate personae, tum denique quia deliciae Dei esse cum filiis hominum”. En el segundo signo aparece la predestinación de María como madre del Verbo y consecuentemente como aquella criatura más próxima a la divinidad por su nobleza y dignidad. María pertenece a la esencia de Cristo “porpter unitatem carnis” y porque juntamente con él es cabeza de los justos. En Carlos del Moral, Dios “summum bonum, summe sui diffusivum” experimentaba una necesidad de orden moral a comunicarse ad extra del sumo modo posible. Esto sólo lo encontró en la unión hipostática. Después de comunicarse a Cristo tanto en la línea sustancial como accidental surge en la idea divina la imagen de la que había de ser madre del Verbo, para entrar así en comunión del sumo modo posible con una pura criatura, elevándola terminative al orden hipostático. Cristo se constituye en fin ejemplar y cabeza de los ángeles y hombres, misión y prerrogativa en la que participa simul María por los méritos de su Hijo. Urrutigoiti refiere la predestinación de la Madre de Dios a su divina maternidad, mediante la cual queda ordenada a la gloria y a su principio: la gracia. De aquí deduce el teólogo zaragozano los principios de su mariología: principio de excelencia y asociación, en cuyas conclusiones coincide no poco con María de Agreda. Diego Murillo, zaragozano también como Urrutigoiti, basa su teoría predestinacionista en la diversa participación de las criaturas en las perfecciones divinas, elaborando un sistema muy semejante al de la Venerable escritora. Por el contrario, nos da la impresión de que la idea agredana de María signo salvífico de la creación flota quizá todavía tímidamente en los autores de la época. En Murillo leemos que el hombre alcanzó su última perfección según la sustancia en la encarnación de Cristo, según la naturaleza en la ascensión, según la personalidad en la asunción de la Virgen, En Vega, que de no ser por la Virgen, Dios no hubiera creado al hombre. Para Portillo, María es la fiadora de la fe de los mortales. Gonzalo Tenorio organiza sin embargo su concepción mariológica en torno a esta idea. Por lo demás, queremos hacer notar que la mayor parte de las expresiones que el fervor mariano dicta a Sor María pueden encontrarse en la extensa obra de Laurentis Chrisogonus Dálmata. María, Ciudad Santa y Pura Hemos visto el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Juntamente con Cristo constituye el centro de toda la providencia salvífica de Dios. Ella es el último paso en la economía del Antiguo Testamento y el “primero” en la del Nuevo, al aparecer en el mundo redimida, llena de gracia y como medio para que el Redentor tomara forma humana. Entramos ahora en el terreno de la realización de los designios de Dios y evolución de los .mismos hasta llegar a aquel fiat mediante el cual se pone fin a los caminos de Dios, hermanado ya con la naturaleza humana. La providencia del Altísimo se cierne ahora sobre la futura madre del Verbo, para ir preparándola al gran acontecimiento de la encarnación. El siglo en que escribe su obra nuestra Venerable participaba ya de una difundida tradición inmaculista. El hecho de la concepción inmaculada de María es fundamentado amplia y firmemente tanto en la Sagrada Escritura como en los santos Padres y se ilustra con argumentos de razón. Todo esto, elaborado y sistematizado por los teólogos, viene a constituir el argumento de “decencia”, a partir de la excelencia personal de Cristo, perfectísimo mediador, y de la dignidad trascendente de la maternidad divina. María de Agreda nos expone este privilegio de la Virgen de un modo narrativo, sencillo, sin entrar en la complicación de las cuestiones escolásticas, aunque haya momentos en que insinúe las conclusiones de las mismas. No olvidemos que escribe una vida de la Virgen, Historia Divina, destinada fundamentalmente a fomentar la piedad de los fieles. Para ella, ser concebida inmaculada, según la sentencia común de su tiempo, no significaba otra cosa que carecer del pecado original y sus consecuencias en el primer momento del existir, es decir, estar llena de gracia. Dios la libró, así como a su Hijo, en el decreto de su predestinación a la divina maternidad de toda contaminación con la descendenciade la serpiente. Esto, que para el Hijo era connatural, para la Madre era solamente participado por singular privilegio. Así es como “halló la gracia que le salió al encuentro y la divinidad que le esperaba en los umbrales de la naturalez. La dignidad de la maternidad divina, derivada del primado absoluto de Cristo, es para nuestra autora la raíz y fundamento que explica este privilegio mariano. Si María fue predestinada juntamente con Cristo ab aeterno, como segundo grado en la manifestación de las perfecciones divinas ad extra, para ser madre de Dios, era como “debido” y “forzoso” que también recibiera la justicia original independientemente de Adán y que fuera creada en el primitivo estado de inocencia. Ella no dependía de la capitalidad de Adán, para lo que a la gracia se refiere, ni entraba en el pacto adamítico. Dependía únicamente de la capitalidad de Cristo y de tal manera que juntamente con Cristo era cabeza del mismo Adán. María santísima es la criatura más próxima ontológica y relativamente a Dios, y de este estado se deriva para ella la suma santidad posible. Carece de pecado, mas no por una repugnancia intrínseca como sucedía en Cristo, sino porque “todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios, y siéndolo para ella, lo fuera también para él”, es decir, por una repugnancia de orden moral. Aparece de nuevo en este punto de la Mística Ciudad de Dios el lado ejemplarista de la figura de María, en relación al estado de justicia original en que fueron creados nuestros primeros padres: puesto que las criaturas “han salido ingratas y rebeldes”, no es conveniente que la voluntad de Dios quede frustrada. Por eso Dios crea una “muestra de la perfección” que disponía para los hombres, restablece “el fin del dictamen” que tuvo en la creación. En María “restaura”, “ejecuta” y “mejora” lo que los hombres perdieron. A ella encauza la corriente de su bondad y la saca de la “ley ordinaria del pecado” para que “no tenga parte en ella la semilla de la serpiente”. Aun cuando con la anterior argumentación concluye ya suficientemente la autora la conveniencia de la concepción inmaculada de María, vamos a transcribir brevemente, a modo de complemento, algunos otros argumentos que ella nos expone. Era justo y debido que la divinidad, bondad infinita, se encubriera en una materia purísima, limpia y nunca manchada por la culpa. Nada puede oponerse a la voluntad divina, poderosa y omnipotente. No era, pues, conveniente a la equidad y providencia de Dios omitir lo más conveniente, perfecto y santo por lo menos conveniente y santo. Era conveniente que la Virgen fuera inmaculada, por cuanto el Verbo que había de encarnarse sería redentor y maestro de los hombres y autor de la perfectísima ley de gracia, donde se establece el mandamiento de honrar a los padres como causas segundas de nuestra existencia. Era justo que dicha ley fuera cumplida en primer lugar por el Verbo divino con su madre, haciéndola digna de una gracia más admirable, santa y excelente que todos los dones creados. Ahora bien, el máximo honor y beneficio para la Virgen entre todas las gracias era el extraerla absolutamente de toda enemistad y adversidad con Dios. Y esto se obtenía liberándola de la incursión en el pecado de origen. El Verbo tendría en la tierra madre sin padre; en el cielo, en cambio, padre sin madre. Mas para que se diera la proporción conveniente entre Dios padre y esta mujer madre, era necesario fuera elevada sobre la naturaleza, de suerte que consiguiera toda la congruencia e igualdad posibles entre Dios y una pura criatura. Ahora bien, esta elevación de proporcionalidad parece reclamar en la madre la concepción inmaculada, para que en ningún .momento pudiera gloriarse el dragón infernal de haber dominado a la mujer a quien Dios obedece como a verdadera madre. Como a la dignidad de madre de Dios conviene el que nunca fuera adversaria de Dios, así a la dignidad de madre del redentor el que nunca compartiera con los enemigos del mismo redentor. Es decir, debiendo Cristo redimir a los hombres con la carne y, sangre que recibe de su madre, hubiera tenido que redimir en primer lugar su misma carne del modo que redime a los demás hombres. Esto naturalmente desdice de tan digno redentor. La Virgen debió, pues, ser inmaculada. Llega, finalmente, la autora al misterio de la concepción inmaculada de María a partir de la antítesis que debía existir entre el demonio y la “mujer”. Unida la Virgen al divino Redentor desde toda la eternidad en un mismo decreto de predestinación, a una con él y por él hostiga a la venenosa serpiente con enemistades eternas y triunfa plenamente de ella aplastándole la cabeza con su pie inmaculado. Aparece ya victoriosa en la misma concepción activa de su cuerpo, destruyendo la fortaleza de la concupiscencia, donde se guarece el “fuerte armado”93. Es más, apenas concebida, le da Dios tal potestad y dominio contra todos los demonios, la defiende y asiste de tal suerte, que a sola la presencia de María los demonios se sienten atormentados. Y, una vez verificada la redención, Dios traspasa el reino, sujeto anteriormente a la potestad del enemigo, a las manos de su madre, constituyéndola en reina y señora de todas las criaturas, dispensadora de todos los bienes celestiales y de todas las gracias, haciéndola sagrado refugio de todos los hombres y consagrándola en absoluta y definitiva enemiga del demonio. Viene a fundamentar esta nueva prerrogativa la concepción inmaculada, pues de otra suerte, no sólo no hubiera existido entre ella y la serpiente aquella enemistad eterna, sino que, al contrario, hubiera estado sometida a ella, lo cual desdice de tan excelsa reina. Por lo demás, también están presentes en la Mística Ciudad de Dios las tradicionales cuestiones de la redención de María mediante los méritos de Cristo derivados de su pasión y muerte y la de la pasibilidad de Cristo y María. La primera cuestión la resuelve mediante la redención preservativa en virtud de los méritos “previstos y aceptados” del Verbo en “esa misma naturaleza y carne”. La pasibilidad de Cristo y María la sitúa la autora después de la previsión del pecado, para que ofreciera a los hombres un ejemplo de santidad y de humildad, al mismo tiempo que un sacrificio aceptable a la divina voluntad. Estas explicaciones vienen, sin embargo, en el curso de la narración sin más detalles que las precisen. A lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios (Historia Divina), María aparece como creada y formada desde un principio en una gracia perfectísima y suprema, como la elegida de Dios, llena del Espíritu Santo, singular en los dones y formada por Dios según una providencia especial, el “archivo de sus misterios y sacramentos”. En ella se estrenaron todos los atributos divinos, “sin que se le negara alguno en lo que ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y superior en grados de gracia incomparables a todo el resto de las criaturas capaces de gracia y de dones”. Como se deduce de la doctrina agredana sobre la predestinación, María constituye un orden que se alza sobre todos los ángeles y criaturas, siendo inferior solamente al de la unión hipostática. Y esto porque el mundo creado exigía una armonía y subordinación perfectas. Su participación en la gracia es por esto mismo superior a la de todos los ángeles y predestinados, cuanto el oficio de señora y reina es superior al de siervo. Estaba asentada in montibus sanctis, pues siendo elegida para el divino ministerio de Madre de Dios, esto exigía en ella una gracia proporcional a su misión, como la filiación divina lo exigía en Cristo. Y si la maternidad divina es la dignidad suprema después de la unión hipostática, así el grado de gracia que a ella corresponde es inferior únicamente al de la humanidad de Cristo, pero inaccesible para cualquier otra pura criatura. “Mayor proporción tuvieron las gracias y dones de María santísima con las de su dilectísimo Hijo, y éstas con las perfecciones divinas, que todas las virtudes y santidad de los santos con la de esta soberana reina de las virtudes”. La Venerable de Agreda, en todo lo que se refiere a la gracia y dones de María, se guía por el siguiente principio: María “bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla, y quiso darla todo lo que pudo, y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a la divinidad”102 . Así vino a ser en el mismo momento de su concepción la “obra” y el “milagro” de la omnipotencia divina, “el abismo de la gracia” y la criatura más inmediata y próxima al Altísimo. Sin embargo, la concepción inmaculada de María no es sino el comienzo de su consagración real a la historia de la salvación. Desde este momento comienza el misterio de la vida de la Virgen. Nos presenta ahora la autora una figura de la Madre de Dios en continua evolución mística, como preparación al f iat que un día había de pronunciar. No entramos en detalles, porque es la parte más prolija de la Mística Ciudad de Dios. Baste con decir que la doctrina agredana nos recuerda en este punto lo que los autores místicos narran acerca de la evolución espiritual y mística de las almas. María trabaja diligentemente por adquirir una “perfección” conveniente. Es la Virgen plenamente fiel a la providencia de Dios sobre ella, en la oscuridad de la fe, ya que ignoraba todavía tanto su ordenación a la divina maternidad del Redentor, como la ausencia de pecado original en que había sido concebida. Es por otra parte la reina verdaderamente maternal, que intercede ante Dios por los hombres, bien mediante su propia naturaleza, pues estando ella entre los hombres, Dios no les podía condenar, bien pidiendo a Dios que no retardara la redención. Purísima entre todas las criaturas, “epílogo de la naturaleza humana y angélica”, en ella se recrea Dios con complacencia por sus perfecciones, por su fidelidad y su pobreza, mediante las que recompensa las imperfecciones de los hombres. Representa a los hombres ante Dios, quien quiere establecer unas relaciones nuevas con ellos110, cuyo signo y comienzo es María inmaculada y llena de gracia. De entre todos los privilegios de la Madre de Dios, es el de su inmaculada concepción el que más vivo estaba sobre el tapete de la atención de los teólogos del siglo XVII. Lo consideraban ya en sí mismo, ya en relación con otras cuestiones, como, por ejemplo, la del débito, predestinación y redención por los méritos de Cristo. Flota ya en el ambiente el problema de su definibilidad y el grado de certeza a que había llegado. Reyes, teólogos y el pueblo cristiano buscaban y esperaban la definición dogmática de dicho privilegio. Quedaba, sin embargo, todavía un cierto espíritu de lucha y controversia. Admitido casi por todos el hecho de la concepción inmaculada de María, pasa ahora la fuerza de la discusión al problema del débito y la redención preservativa. Hacen relación a lo primero las discusiones de Toledo y Alcalá del año 1616. Creemos poder afirmar que los fundamentos en que se apoya la Mística Ciudad de Dios para llegar a la Inmaculada, están en la línea teológica de los autores franciscanos de su tiempo, Basan éstos, en efecto, el citado privilegio mariano en dos principios generalmente: el de la asociación de María con Cristo, bien en su predestinación absoluta, bien en la realización de la redención de los hombres, y el de la dignidad de la divina maternidad. A estos dos argumentos añaden otros, como el de la plenitud de gracia, la virginidad, asunción, mediación universal, etc. Entre ellos se encuentran también los que la Venerable expone. Unicamente el argumento de la armonía que debe existir entre Dios–Padre y María–Madre, así como el referente a la antítesis demonio–María, no los hemos podido encontrar en la misma manera que ella los expone. Las cuestiones del débito y redención preservativa, sólo tanteando podemos encontrarlas en la obra agredana. Téngase siempre presente que aunque la Mística Ciudad de Dios parezca presupone tales o semejantes cuestiones, se mueve siempre en un ambiente muy distinto al que ellas exigen. Los autores de los siglos XVI,XVII,XVIII hablan también con particular detención de la gracia concedida a la Madre de Dios, llegando en su último empeño a atribuirle una gracia “negative summa absolute possibilis” desde el primer momento de su concepción. Idea que sin llegar a la síntesis de unos términos precisos se encuentra también en la Venerable de Agreda. La opinión de que María cooperó a la propia satisfacción es común entre los mariólogos. Ya en el siglo XII, y muy especialmente en el sigloXIV, hablan del uso de razón que Dios concedió a la que iba a ser su madre en el primer momento de su ser, de donde deriva lógicamente la citada opinión. Con el uso de razón le fueron concedidos también los demás dones: hábitos, virtudes, etc. No hemos visto todavía en algún otro autor la distinción que María de Agreda establece entre visión abstractiva y visión intuitiva. Nos parece justo destacar el ejemplarismo que la autora atribuye a la perfección de María, así como el sentido salvifico en que va envuelta la narración agredana. Dios quiso restaurar en su madre, e incluso perfeccionar, la belleza del mundo que los ángeles y los hombres habían manchado. Ella es el signo y ejemplo intercesor de tal voluntad de Dios. María, tabernáculo de Dios Preparada María como Mística Ciudad de Dios, asistimos ahora a lo que era la finalidad de su existencia: introducir a Cristo en el mundo, dar a los hombres un salvador. En este momento trascendental de la humanidad, desempeña realmente el oficio de mediadora y de fiadora. María, madre de Dios, sacramento de la humanidad, queda señalada por este hecho con una relación real y salvífica con Cristo y con su obra. La maternidad, según nuestra autora, queda constituida en el orden físico por estos tres actos principalmente: concebir, engendrar y dar a luz. María concibió verdaderamente, engendró y dio a luz al Verbo de Dios, por lo que se la llama y es madre de Dios. Pero la encarnación de Cristo, además de las cualidades humanas en las que intervino la Virgen directamente, poseyó otra que estaba ajena a su influjo. Fue un parto divino, pura gracia de Dios, pues en María y de María fue el Verbo eterno quien recibió la forma humana. Queda, sin embargo, como verdadera madre de Dios, aunque no de la divinidad, porque el hijo a quien dio a luz es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Para que María pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, tuvo necesariamente que ser elevada, pues “para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre, parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto llegaba a avecindar con el mismo Dios” . Por otra parte, si el hijo participa de las condiciones de la madre por la semejanza de naturaleza, era necesaria también esa elevación, ya que no hubiera podido cooperar con el Espíritu Santo en la generación de Cristo de no poseer alguna semejanza con el Hijo en las condiciones de su naturaleza. Por lo demás, esta elevación en la mente de la autora no es otra cosa que la preparación de orden moral–místico que ya hemos insinuado. Estando ya María en el mundo “no se debía dilatar la redención humana y venida del Unigénito del Padre; pues ya no andaría como de prestado en tabernáculos o casas ajenas, mas viviría de asiento en su templo y casa propia, edificada y enriquecida con sus mismas anticipadas expensas”. La autora nos presenta la divina maternidad de la Virgen, ante todo, como el medio y el camino para la realización de la redención de los hombres. Es el “instrumento eficaz” del propósito salvador de Dios. Por él fue puesto el Verbo en el mundo de forma pasible y redentora. Quiso Dios, al determinar comunicarse a los hombres mediante la encarnación, aparecer en el mundo no de la nada ni de cualquier otra materia, sino de una mujer plenamente consciente, madre virgen y pura, que le vistiera de su propia sustancia con la forma de siervo. Y abandonó Dios los misterios de la encarnación en las manos de la Virgen, a su fe, esperanza y caridad. Y esperaba su consentimiento para, con ella y por ella, dar el complemento a todas sus obras ad extra mediante el Verbo encarnado. Dios, en efecto, admite en sus operaciones ad extra el concurso de las criaturas conservando su libertad y autonomía. “Ponderó esta gran Señora que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de la beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y profecías, el más agradable y acepto sacrificio de cuantos se le habían ofrecido: la redención de todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la gloria de los hombres, y todo lo que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del Padre”; y vistiéndose de fortaleza más que humana, pronunció su fiat, con lo que quedó “hecha cielo, templo y habitación de la Santísima Trinidad, y transformada, elevada y deificada”. Y tanto fue el ardor con que su caridad hervía ante el misterio propuesto, que se desprendieron de su corazón tres gotas de sangre, de las cuales, por virtud del Espíritu Santo, se formó el cuerpo humano de Cristo. Comenzó así nuestra redención con un acto de amor “real y verdadero” de María. Y todas las criaturas sintieron los efectos de la misma. La encarnación del Verbo, al mismo tiempo que la más alta comunicación de Dios ad extra, es la mayor obra y beneficio “que recibió ella y todo el linaje humano”. Pero “con esta maravilla nunca imaginada se puso Dios en tal empeño, que –a nuestro modo de entender- no saliera de él con tanta gloria si no tuviera en la misma naturaleza humana algún fiador, en cuya santidad y agradecimiento se lograra tan raro beneficio con toda plenitud”. Por esto la sabiduría divina ordenó la encarnación del Verbo. “Pero como este Señor era Dios verdadero y Hombre verdadero, todavía parece que la naturaleza humana le quedaba deudora a él mismo, si entre las puras criaturas no tuviera alguna que le pagara esta deuda, todo cuanto de parte de ellas era posible con la divina gracia”. Este papel lo desempeñó María1. Ella con su “perfectísima caridad obligó, en la forma posible, al eterno Padre para que le diese a su Hijo santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María hubiese amado menos, no hubiera disposición en la naturaleza humana para que el Verbo se humanara”. El mérito de María con respecto a la encarnación se reduce, según la mente de la autora, a un mérito de congruo. La relación que nace el día de la encarnación entre Cristo–hijo y María–madre es del todo singular y única: Dios, el ser supremo, y María, la suprema criatura en perfección son los términos de dicha relación. Tanto es así que llega a calificarla la autora como de “complemento” de las relaciones existentes en la Santísima Trinidad. A partir de este momento la vida de la Virgen queda abierta a una doble perspectiva: es madre de Dios y madre del Mesías. Su hijo es el Verbo encarnado para redención de los hombres. De aquí su íntima relación con Cristo y con los hombres. La Mística Ciudad de Dios nos presenta ahora una figura de la Virgen amante en sumo grado. El amor es un elemento pedagógico en las manos de Dios para conducir a su “elegida” a la suma perfección posible en una pura criatura. De este amor nacen en la madre de Cristo su solicitud, reverencia y veneración creyentes ante su hijo–Dios. Amor, ciencia sublime, plenitud de gracia, viva presencia de la divinidad, son los elementos sublimes que hacen de la vida de la Virgen un “cielo intelectual”, el “templo vivo de Dios”, una “peregrina en la tierra y habitante en el cielo”, pero que al mismo tiempo dejan en su ser la angustiosa experiencia de su limitación contrastada con la vivencia de la trascendencia de Dios. Precisamente el reconocimiento de su total dependencia y de su absoluta inferioridad ante su hijo–Cristo llevaba a la Madre de Dios a adoptar una actitud de humildad en grado heroico, complemento de la humildad de los hombres. La humildad era como el sustrato de todas sus acciones, como el ingrediente necesario que hacía todas sus obras según el gusto de Dios, de tal manera que por esta virtud Dios se fijó en ella y la eligió. Como complemento al estado psicológico en que María se encontró después de la encarnación, se fija también la autora en esta situación peculiar, consistente en tener un Hijo que debe obedecer a su Madre y que al mismo tiempo debe ser obedecido por ella. Toda la relación de Cristo a María puede reducirse al amor y a la complacencia. Amor, por ser la madre de quien había recibido el ser humano. Complacencia, porque veía restaurada en ella la plenitud de perfección de que hubieran gozado el mundo y los hombres si no se hubieran apartAdo de su voluntad, porque la consideraba corno fruto suyo único y singular, porque la veía como el resumen de todas las perfecciones, como forma y ejemplar del Redentor. Llevado por este amor y complacencia, Cristo la adorna con dones de gracia, de sabiduría, de gloria, y le manifiesta los afectos y obras del alma del Verbo, en quien veía todas las cosas. María cooperaba solícita y fielmente con todos estos dones que la piedad de su Hijo le ofrecía. Las relaciones maternales de María se completan en esta nueva relación con las demás criaturas. Mediante Cristo tiene con ellas una relación salvífica. Es el “ejemplar de suma santidad y pureza” para los hombres, “espejo y eficaz arancel”, “lucerna para que se alumbren en las tinieblas de su ceguedad”. Es “el instrumento excelso y vivo que nos trae la vida divina”, la “pequeña nube” sobre la que Dios entró en el Egipto de este mundo dándole fecundidad, Es la intercesora de los hombres, de tal manera que “este amor a la salud humana, que concibió María purísima, fue una de las mayores disposiciones que la proporcionaron para concebir el Verbo en sus virginales entrañas” La autora de la Mística Ciudad de Dios llama frecuentemente a María “madre nuestra”: porque nos dio la verdadera vida, Cristo; porque nos lleva a la verdadera vida como puerta de salvación. Su maternidad es el fundamento de su mediación. Y su oficio de mediadora lo ejerce siendo ejemplar de santidad, medio o instrumento de la manifestación de Cristo, siendo medio de intercesión y salvación. Sintetizadas brevemente las ideas que la Mística Ciudad de Dios nos ofrece en torno a la maternidad divina de María, podemos ver cómo su autora se mueve en el ambiente de las cuestiones planteadas en su época. Su exposición no se atiene ciertamente al rigor de los términos científicos, como ya lo hemos dicho otras veces. Escribe una “historia divina” destinada a alimento espiritual de sus lectores. En realidad, lectores suyos han sido en todos los tiempos personas de la más diversa condición y nivel intelectual. Carlos del Moral, por ejemplo, la cita frecuentemente en su obra. María es verdadera y propiamente madre de Dios, porque engendró activamente a Cristo de su propia sustancia, con la cooperación del Espíritu Santo. Se le llama en la obra agredana “instrumento eficaz de la divinidad”. Expresión que la entenderemos rectamente, si tenemos en cuenta el concepto de causalidad moral de María respecto a la encarnación. Para que pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, necesitó una elevación. Pero nada se dice acerca de la naturaleza de tal elevación: si fue intrínseca o extrínseca. Como, sin embargo, parece reducirse a una preparación de arden espiritual, de modo que se encontrara digna ante el acontecimiento en que iba a tomar parte activa, parece ser que se trate de una elevación extrínseca. La maternidad divina eleva y santifica a María. Tampoco se dice nada acerca de la santificación formal y de la esencia de tal santificación. Igualmente nada sabemos acerca del constitutivo esencial de la divina maternidad. Se entretiene, por el contrario, ampliamente nuestra autora en la descripción de las relaciones entre Madre e Hijo y viceversa. Afirma igualmente con insistencia que la maternidad divina constituye el fundamento de todos los privilegios de María, así como que tal hecho es el supremo don que Dios puede conceder a una pura criatura. Se trata de un don de orden moral, no físico. Un don que lleva consigo el privilegio de participar, en cierto sentido, de la naturaleza divina. Finalmente su maternidad divina nos da la posibilidad de llamarle también nosotros madre nuestra, reina y mediadora de la creación en general y de los hombres especialmente. Se complace también la autora en proponernos a la Virgen en su calidad de ejemplar vivo de las perfecciones del Altísimo y de la perfección que todas las criaturas habían perdido por el pecado, pero que, a través de este acto mediador de la Madre de Dios, habrían de conseguir de nuevo. Ideas que corresponden perfectamente a la misión que la Mística Ciudad de Dios atribuye a María en cuanto a la salvación del género humano. María, coadjutora del Redentor Hemos visto el lugar que ocupa María en la economía de la salvación. Estudiamos ahora cómo se realiza y qué valor tiene su existencia en constituye el momento histórico de su consagración a la voluntad salvífica de Dios. La autora de la lo que se refiere a la redención de los hombres. María es verdadera Madre de Dios. Su fíat a la encarnación Mística Ciudad considera un doble aspecto en el acto redentor: el restablecimiento del orden cósmico y la compensación de la ofensa, cuyo efecto es la gloria del Eterno Padre y la exaltación de su Hijo, el Señor. Al pecar el hombre, toda la creación experimentó la angustia del desorden y la ausencia de Dios; y el hombre, rey de la creación, perdiendo la amistad de su Señor, perdió también la amistad de las criaturas y resultó ser esclavo del demonio. Esto, que pudo hacerlo por sí mismo, no lo podrá restaurar, sin embargo, por sus propias fuerzas, ya que siendo Dios el ofendio, su honor exige que la compensación provenga de una persona igual en dignidad a la suya. Tuvo que ser Cristo quien restaurara el orden cósmico y compensara la ofensa hecha a Dios. Elegida María para Madre del Salvador, participa de algún modo en el misterio del mismo. Es más, siendo juntamente con Cristo el medio de la comunicación de Dios ad extra y restaurado ya en su persona el antiguo orden conculcado por el pecado del hombre, debemos atribuirle también el oficio de mediadora, ejemplar y signo sustitutivo de la naturaleza humana en la redención. “Sólo en Cristo, que es nuestra cabeza la virtud y causa adecuada de la general redención.” Cualquiera de las acciones de Cristo era por sí misma de un valor infinito, suficiente para redimir a los hombres superabundantemente. Concedió Dios, sin embargo, a la que fue su Madre el privilegio de compadecer con Cristo y ser su cooperadora en el rescate de los hombres. Tal cooperación no era ncesaria. Era una pura gracia que “Su Majestad” otorgaba a su “elegida”.  Al igual que otros autores de su época, funda la Venerable la cooperación mariana a la redención en la elección de María para Madre de Dios. Predestinada desde toda la eternidad como término correlativo de la predestinación de Cristo, por su maternidad participa en la suerte de su Hijo, que después de la previsión del pecado se convierte en signo de redención “para que más se manifestase y conociese amor infinito con los hombres y a equidad y justicia se le diese debida satisfacción”. En nada se lo impedía que entrara también entre los redimidos. La redención particular de que fue objeto constituye un óptimo motivo de conveniencia para que entrara como cooperadora a la redención y fundación de la Iglesia. Pues, redimida con redención preservativa, convenía que cuando Cristo mereciera la gracia “históricamente” se estrenaran sus primicias en María y quedara así “realmente” redimida antes que todas las más criaturas. Ya hemos advertido en diversas ocasiones que la concepción mariológica agredana se desarrolla en sus lineas madres bajo un signo ejemplarista. Podemos ver en esto otro de los motivos que concurrieron en Dios, según la Venerable autora, para elegir a la Virgen por compañera del Redentor. Finalmente existe una última razón que viene a confirmar esta conveniencia de la que tratamos. Hablamos del paralelismo existente entre Eva–María. De la unidad de principio para el mal entre Adán y Eva se deriva la unidad de principio para el bien entre Cristo y María. Un motivo de menor importancia teológica es el de que convenía a la exaltación de la virtud divina que el demonio fuera vencido por una pura criatura, y mujer, ya que antes había conducido él al género humano a la ruina mediante una mujer. Elegida María como cooperadora de Cristo en el misterio de la redención, Dios requería su consentimiento como lo había requerido para la encarnación. Es “el retorno” de ser Madre de Dios. En el fiat a la encarnación “la más pura y mística” de las criaturas representaba a toda la humanidad caída y suplicante, dado que Dios nada obra en la naturaleza humana sin el consentimiento y aceptación de los hombres. La redención es gracia de Dios, pero no se comunica a los hombres sin su adhesión y cooperación. En el consentimiento que María presta a la pasión, la Mística Ciudad de Dios se desenvuelve más pobremente. No se trata sino de un acto de mera educación filial, mezclado con elementos transferenciales de la personalidad de la autora. María de Agreda se representa las relaciones entre Cristo y María como una relación filial–maternal humanamente perfecta, a la que indudablemente le da el valor soteriológico de unidad y coprincipio salvífico, cada uno desde la situación y actitud que le era propia. Uno de los aspectos de la vida de la Virgen en que más se recrea la exaltación mariana de la Venerable es el de su semejanza con Cristo. Concibe toda la vida de la Madre de Dios bajo esta proyección dinámica, distinguiendo en ella algo así como dos etapas: primero es Dios quien trata de crearse una pura criatura capaz de recibirle en su seno, de manera que correspondiera con suma dignidad a la suma excelencia del Hijo que había de alimentar. Luego es Cristo quien para llevar a cabo el misterio de la Redención con la proporción debida se dedicó durante toda su vida oculta a prepararse una fiel “cooperadora y coadjutora”. Son varias las razones por las que justifica la Mística Ciudad su afirmación, además de la razón de conveniencia que debía existir entre la dignidad de Madre e Hijo. Cristo pretendía formar una discípula que fuese la “primogénita de la nueva ley de gracia, la estampa adecuada de su idea y la materia dispuesta, donde como en cera blanda se imprimiese el sello de su doctrina y santidad para que Hijo y Madre fuesen las dos tablas verdaderas de la nueva ley que venía a enseñar al mundo”. Convenía igualmente que María fuese aquella pura criatura en la que se encontraran en su plenitud todos los efectos de la redención. Ella había de ser el ejemplar y medida de la perfección de la Iglesia en la nueva ley de gracia. María había de “estrenar y recibir las primicias de la gracia” asistiendo al Redentor “en sus trabajos y hasta la muerte de cruz, siguiéndole con ánimo aparejado, grande, constante, invencible y dilatado”. Convenía que tuviera una perfección equivalente a su misión para que “fuese la escritura pública donde se escribiese todo cuanto Dios había de obrar por la redención humana y quedase como obligado a cumplirlo, tomándola por coadjutora, y no se impidiese ntas misericordias para el linaje humano”. Todo esto se ordenaba “a mover la voluntad y las potencias de la misma Señora, para que obrase y cooperase con la propia voluntad de su Hijo santísimo y mediante ella con la divina, y por este modo había una similitud inefable entre Cristo y María Santísimos, y Ella concurría como coadjutora de la fábrica de la ley evangélica y de la Iglesia santa”. Antes de entrar a estudiar cómo se lleva a cabo el misterio del rescate de los hombres y con qué características, querernos recordar el eslabón más significativo de la dinámica interna en que se desarrolla la situación redentora de la Virgen. Nos estamos refiriendo al problema de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, apoyo de la cooperación de ambos a la redención “como único principio”. Creemos que no es ésta una cuestión como para dedicarle más líneas. Baste con haberla apuntado. Lo único que de ella nos interesa para nuestro propósito es que María coopera con Cristo a la redención a modo de único principio en la forma posible a una pura criatura. Y esto por la unidad que existía entre ambos. La Mística Ciudad de Dios cataloga la acción salvífica de Cristo en estos tres actos principalmente: la intercesión ante el Padre, promulgación de la Nueva Ley, el sufrimiento. Por ellos queda compensada la ofensa y restaurado el orden cósmico. María coopera a estos tres actos, según convenía a su situación y actitud soteriológica. Uno de los calificativos que en la obra agredana hoy resulta molesto a nuestra mentalidad ecuménica es el de “única mediadora de los mortales”. Sin embargo, lo que a simple vista puede provocar una reacción instintiva de signo negativo, cuando lo examinamos de cerca y en su contexto propio pierde sus aristas punzantes para convertirse en una expresión corriente y normal. Después de lo expuesto a través de estas páginas no creemos sea difícil comprender la expresión agredana en su legítimo sentido. María es la “mediadora única”, “porque en todo el resto del linaje humano no había quien le pudiese obligar tanto como haber de tener tal Madre”, porque “por estar ella en el mundo olvidó el Señor –a nuestro modo de entender– los pecados de todos los mortales”, y “si María santísima no interviniera entre los hombres y Cristo, no llegara el mundo a tener la doctrina evangélica ni mereciera recibirla”. Cristo “pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima… fue mediadora en cuanto era posible a pura criatura”184. Así es como “la Madre de gracia había de ser la puerta y medianera para los que se aprovechasen de la pasión y redención humana”. Los autores agredistas que hemos estudiado clasifican la doctrina de la Mística Ciudad sobre la mediación redentora de María en los tres actos señalados por Francisco Suárez: el mérito de congruo con respecto a la encarnación, su impetración por la salud de los hombres, la concepción de Cristo–Redentor. A éstos se suman en la Historia Divina otros actos de signo también mediador. Tales como la oblación que María hizo de sí misma y de su Hijo, el sufrimiento de María en toda la pasión de Cristo, el ser receptora de los méritos del Salvador en nombre de la humanjdad y de la Iglesia, su misma existencia. Uno de los aspectos más expresamente recalcados por la Venerable a lo largo de toda su obra es el de la intercesión de la “mujer fuerte”, que en la noche de la antigua ley aparece ya como luz suplicante para que Dios diese “la intacta Sunamitis Abisag, que era su inaccesible divinidad, a la naturaleza humana, su propia hermana”. Ya desde su inmaculada concepción las “puertas de esta ciudad mística de María santísima” estaban abiertas a la intercesión, comenzando así su oficio de mediadora, abogada y reparador188. Es el “propiciatorio donde el Señor tenía el asiento y tribunal de las misericordias”. Asociada desde toda la eternidad a Cristo para que, según su condición, constituyera con él un “único principio” de redención, María sufre con él y a él está unida de un modo redentor. Entre Madre e Hijo existe una cierta unidad de carne y sangre, que fructifica en una semejanza integral entre ambos. Tres son los modos como “la fiadora” de los mortales coopera al rescate del mundo: renuncia a los derechos que cómo madre tenía sobre el Hijo que Dios le había dado, entregándoselo y entregándose a sí misma con él. le asiste en la predicación de la nueva ley evangélica; sufre con él la pasión y, en algún modo, la misma muerte de cruz. En las tres actos encontramos la constante de un dolor físico y moral, porque la pasión y muerte del Redentor, y con él el de su cooperadora, había de ser el signo de una caridad inextinguible, un ejemplo para los hombres, el fin de las antiguas figuras y sacrificios de animales. Es en este momento de la cooperación dolorosa de María al rescate de los hombres cuando vuelve a aparecer especialmente la fina psicología femenina de la autora de la Mística Ciudad de Dios proyectándola sobre la Virgen y ofreciéndonos de ella una figura plenamente materna en los dos aspectos: humano y místico–soteriológico. El dolor tanto físico como moral de la Madre de Dios arranca conjuntamente de los afectos maternos con que se veía ligada hacia su Hijo (afectos que al mismo tiempo constituían para Cristo una especie de evasión psicológica), arrancan también de la semejanza existente y aún por adquirir entre ambos, de la comunidad de ideal redentor entre ambos, del principio de cooperación a la redención a modo de “único principio”, consecuencia de la unidad de carne y sangre existente entre el Redentor y su cooperadora. Al morir el Redentor, y ofrecer a Dios Padre la creación sometida ya a sí, María permanece “sola” en el mundo, como desempeñando de nuevo la misión que le había sido propia en la historia de la salvación, antes de la encarnación del Verbo. En la cima del Calvario, María asiste a la muerte de Cristo como representante de la Iglesia, en cuyo nombre recibe la redención. La recibe y le son aplicados los frutos de la misma. Su concepción inmaculada y la confirmación en gracia con impecabilidad actual le daban ya una cierta capacidad para fungir este oficio. Además, como lo hemos visto anteriormente, el día de la encarnación se celebraron en ella las bodas entre Dios y la Iglesia, y, en la Iglesia, con la naturaleza humana, con lo cual adquirió ya el carácter de signo mediador de nuestra redención. En ella se inauguraban los méritos previstos de Cristo. Por otra parte, la Virgen aparece en el mundo como el esbozo de la Iglesia: “en ella –a nuestro modo de entender– se ensayó Cristo Redentor del mundo para fabricar la Iglesia Santa; y anticipadamente la depositó toda en su Madre purísima para que ella gozase de los tesoros la primera con superabundancia; y gozándose, obrase, amase, creyese, esperase y agradeciese por todos los demás mortales, y llorase sus pecados, para que no por ellos se impidiese el corriente de tantas ,misericordias para el linaje humano”. Fundada ya la Iglesia, la representa realmente bajo la cruz. “Sola María era entonces toda la Iglesia; y ella sola creía, amaba, esperaba, veneraba y adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo el linaje humano. Y de esta manera recompensaba, cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y faltas de fe de los miembros místicos de la Iglesia”. Y como todo lo que el Padre tenía lo encomendó en las manos de su Hijo, así, lo que el Hijo poseía lo pasó, a la hora de su muerte, a las manos de su Madre. Pues así como había sido cooperadora del Redentor, así también debía ser la “testamentaria” y “universal heredera” de su voluntad y tesoros, y el medio de su ejecución,alzándose en la “nueva Iglesia evangélica”, “como sustituta de su Hijo Santísimo” María, pues, al pie de la cruz viene a ser, por su fidelidad y humildad, el signo y vértice de la humanidad redimida. Recibió los méritos de Cristo. Por ella pasaron a la Iglesia. Por la Iglesia, a la humanidad. Así es como también ella compró el campo en el que plantó ” la viña de la Iglesia, que Cristo, su artífice, había fundado”, porque la Iglesia “fue parto de María santísima, no sólo porque parió al mismo Cristo, sino también porque con sus méritos y diligencias parió a la misma Iglesia debajo de esta santidad y rectitud, y la crio el tiempo que vivió ella en el mundo, cooperando con Cristo en las obras de la redención”. Su actividad materna depende, sin embargo, de Cristo, “en quien y para quien” “engendra y cría” “la común santidad del espíritu de la Iglesia” Al mismo tiempo que es madre, María es, según la Mística Ciudad, hija y miembro de la Iglesia, como redimida por la sangre de Cristo. En la Iglesia vivió peregrina hacia la patria. De ella y en ella percibió el influjo de la vida de Cristo. Los hombres son sus hermanos. Por ellos intercede con amor fraterno al Padre y coopera como primera redimida a su redención. A María se le llama frecuentemente en la Historia Divina “Madre de la Iglesia” y “Madre de los hombres”. Madre, por su cooperación “maternal” a la fundación de la misma en calidad de hermana mayor de los hombres por su excelencia y perfección. Quizá sea éste uno de los puntos más significativos de la obra agredana. María es la “fiadora”, el “ejemplar”, el signo, la figura de la humanidad, especialmente en el momento cumbre de la redención. Coopera a la salud de los mortales en calidad de receptora de los méritos de Cristo bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. La cooperación mariana a la redención parece ser una de las doctrinas que en el siglo de María de Agreda se proponen todavía como “nuevas y desusadas”. Luis de Miranda acusa igualmente en 1621 la incertidumbre de una verdad no estabilizada al proponer a María como predestinada para que ayudase a Cristo como “coadjutora” en la obra de reparación y redención del género humano. Dentro de la cooperación mediata a la redención señalan los autores del siglo XVII no sólo el hecho de que María fuese la madre del Dios Redentor, que, como dijimos, constituye para ellos el fundamento de la cooperación mariana a la redención, sino también el doble carácter de su consentimiento libre y consciente a la encarnación, fundamento suficiente ya en la estima de los Padres para llamarle de algún modo causa de nuestra salvación. Se detienen asimismo en el principio de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, como raíz del ser corredentor de la Madre de Dios. Entre los autores contemporáneos o inmediatamente posteriores a María de Agreda existe también una tendencia general a considerar la intercesión de la Virgen en favor del género humano como uno de los fundamentos para atribuirle el título de cooperadora a la redención. Vulpes llega a afirmar que cada vez que era asunta al cielo se le manifestaban los designios de Dios sobre cada uno de los miembros de la Iglesia para que intercediera por ellos. En Murillo, María no se ofrece a sí misma, ofrece el sufrimiento de Cristo e intercede para que Dios lo considere. “Todos la llaman comúnmente mediadora de la redención, y esos títulos no se la deben dar sólo por haber sido intercesora, que también los Patriarcas”. María fue, según los SS. PP., “redentora” y “reparadora”, y en el mismo sentido, “mediadora por redención”, sin que se pueda decir por eso que nos redimió con su muerte igual que Cristo, sino que cooperó a nuestra salvación mereciendo de congruo la encarnación y la salud orando, pidiendo concibiendo a Cristo, ofreciendo su vida y la de su Hijo, sufriendo con él. Aluden igualmente dichos autores al “martirio” a que fue sometida la Virgen inmaculada en la pasión de su Hijo. Por él coopera, en la medida que le era propia, a la redención del género humano. El valor redentor del mismo lo ponen generalmente tanto en la unidad existente entre Madre e Hijo en las dolores, como en la comunidad de voluntades. Durante la pasión, la vida de la Virgen es paralela a la de Cristo. Y una de las cuestiones que plantean algunos de los mencionados autores en relación al sufrimiento de la Madre de Dios es la del “espasmo” de la misma, resolviéndola afirmativamente Quaresmio y otros autores, después de definir el “espasmo” como animi deliquium. Ponen también de relieve la oblación que María hizo al eterno Padre de su Hijo. Era algo suyo propio, pero conociendo la voluntad del Altísimo lo ofrece a la pasión. Este acto de voluntad mariana nos mereció en algún modo la redención y le dio mayor dignidad. De aquí concluyen que la salvación eterna se la debamos, no sólo a Cristo, sino también a María. Como antes lo hemos advertido ya, quizá sea la relación de María a la Iglesia uno de los puntos más significativos de la obra agredana. En el momento cumbre de la redención, ella coopera a la salud de los hombres en calidad de receptora de los méritos de Cristo, bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. María, Reina y Señora nuestra. La Mística Ciudad de Dios nos presenta a la Virgen después de la pasión de Cristo como muerta también y sepultada con su propio Hijo: es ahora la Virgen del silencio y de la soledad, y en el silencio y soledad vive aquellos tres días esperando la resurrección, alabando a Dios como cooperadora y madre del triunfador del pecado. Durante este tiempo desaparece de la mente de la agredana la idea de María signo de la Iglesia, para reaparecer de nuevo con más fuerza después de la resurrección de Cristo y sobre todo después de su ascensión a los cielo. Es la madre fiel y humana que acompaña a su Hijo en la angustia y efectos de la muerte hasta que resucita victorioso. La resurrección de Cristomarca el comienzo de una nueva etapa, la definitiva, en la existencia de María. Parecía justo que la que había sido compañera fiel del Redentor en la pasión lo fuera también en la gloria de su resurrección. Desde el instante de su inmaculada concepción, “había salido como río caudaloso del océano de la divinidad, donde en los eternos siglos fue ideada”. En el contacto con el Señor resucitado, la corriente fiel de su vida llega al remanso final. Creemos conveniente señalar aquí, por su significado, una visión que se dice tuvo la Virgen pocos días antes de la ascensión. En esta visión María es asunta al ciel y situada en un trono junto a las tres divinas Personas. El Padre eterno le encomienda la Iglesia fundada por el redentor. El Espíritu Santo, como a esposa amada sobre todas las demás criaturas, le comunica su sabiduría y gracia para que se depositen en su corazón los misterios, obras y doctrina, y lo que el Verbo humanado ha hecho en el mundo. Le habló también el Hijo, y volviendo ya al Padre, la deja en el mundo en su lugar, la encarga el cuidado de la Iglesia y la encomienda a sus hijos y sus hermanos como el Padre se los había encargado a El. En este momento es investida ante todos los ángeles y santos con el título de “reina de todo lo criado en el cielo y en la tierra”, “protectora de la Iglesia”, “señora de las criaturas”, “madre de piedad”, “intercesora por los fieles”, “abogada de los pecadores”, “madre del amor hermoso y de la santa esperanza’ y la poderosa para inclinar nuestra voluntad a la clemencia y misericorlia”. En ella quedan depositados los tesoros de la gracia y su corazón será como las tablas en las que queda escrita la nueva ley de gracia. Es el resumen de los misterios que Dios ha obrado en favor de los hombres, la, obra más perfecta de sus manos, a la que se comunica y en la que descansa la plenitud de su voluntad. Recibe finalmente una nueva participación en el ser, atributos y perfecciones de su Hijo para que así pueda ejercer su ministerio de madre y maestra de la Iglesia en lugar de Cristo. La Venerable presenta a María en esta última parte de su obra como la pura criatura que ha alcanzado la plenitud de perfección. Viva imagen de su Hijo, goza de un estado semejante al de la visión beatífica, de modo que aunque comparada con Cristo parecía viadora, comparada con el resto de los mortales parecía realmente comprensora y bienaventurada. Posee ya habitualmente la visión abstractiva de la divinidad. Recibe un nuevo modo de conocer, pues en vez de las especies sensitivas le infunde Dios otras más puras y sutiles. “La actividad de María santísima era semejante a la del mismo Dios, que es un acto purísima que obra con el mismo ser, sin que pueda cesar en sus operaciones infinitas… Toda ella parecía una operación infatigable y continua”. En ella se combinaban perfectamente la vida activa con la contemplativa. Finalmente, “era espectáculo nuevo y admirable para los ángeles, la obra perfecta de Dios, en quien no encontraba ningún impedimento, antes bien, el asentimiento pleno de su voluntad. Por ello aparece ante nosotros como el ejemplar y signo que encierra en sí misma todos los misterios que Dios había de obrar para redimir al género humano. Desde este “lugar solitario” María vuela a la Iglesia para comunicar a sus hermanos los tesoros de que ella está llena. Toda este parte de la Mística Ciudad está llena de apariciones de Cristo a su Madre y de asunciones de María al cielo. Tanto es así que la autora cree conveniente justificarse. Estamos dentro de una Historia Divina, dentro de una evolución mística, cuyo término es una “ciudad mística de Dios”. Uno de los signos de este proceso al que aludimos podemos verla en la situación de “conflicto” o “contradicción” que María experimentaba entre su voluntad y tendencia hacia Dios, a quien anhelaba poseer en la visión intuitiva, y su amor hacia la Iglesia que la retenía entre los hombres, conflicto que iba creciendo a medida que se acercaba su vida al final. Para completar esta descripción del estado en que María se encuentra al término de sus días, añadiremos otro hecho de importancia en la Mística Ciudad de Dios, por el que aparece claro el sentido de signo de la Madre de Dios como reina y señora de las criaturas, madre y maestra de la Iglesia. Se trata de la victoria final y definitiva sobre las potestades de los demonios. María es tentada. En este momento aplasta realmente la cabeza de la serpiente. Con las victorias de Cristo y María, el reino de Dios, que es la Iglesia, queda más firmemente establecido. Ella nos merece la fe y su difusión, nos merece el cúmulo de misericordias y dones adquiridos con la muerte del Hijo de Dios, pues los hombres, pecadores, no podían merecerlos. En esta circunstancia María da a luz a la iglesia que Cristo había fundado, como representante de la naturaleza humana, ora a Dios por los hombres y obtiene con sus méritos y perfecciones que no retire de ella su rostro. Frente al ambiente maravilloso en que se desenvuelve generalmente la obra agredana aparecen de cuando en cuando en sus páginas puntualizaciones que ponen las cosas en su lugar. Una de ellas la tenemos también en este momento en que María ha llegado a ocupar existencialmente el puesto que Dios la había asignado en su predestinación absoluta. Junto al “abismo de la gracia” es también la hija de este mundo que alaba a la tierra, al cielo, a los astros y a todos los elementos de este mundo y les da las gracias por el influjo benéfico que de ellos ha recibido. Creada en la tierra y de la tierra, de la tierra y por la tierra debía subir al Creado. Llegó por fin el día en que debía entrar en la bienaventuranza del Altísimo a través de la mortalidad. María no había sido incluida en la ley de los hijos de Adán, no participaba de las consecuencias del pecado y la muerte nada tenía que ver con ella. Quiso, sin embargo, llegar a la inmortalidad mediante la muerte corporal: para imitar a su Hijo, para imitar a sus hermanos e hijos, para que los hombres la consideraran de su misma naturaleza y vieran en ella un ejemplo; finalmente, para que la misma muerte fuera para ella fuente de méritos y gloria. Por todas estas causas María murió realmente, vencida por la tensión de su amor a Dios. A su muerte toda la creación se llenó de tristeza. Y antes de partir de esta vida encomendó la Iglesia a los apóstoles para que la amasen y defendiesen. Al tercer día de su muerte, María fue despertada de su sepulcro y asunta al cielo en cuerpo y alma para que estuviera eternamente a la derecha de su Hijo. Era la coronación de todos los privilegios que antes había recibido. María resucitó porque la carne de Cristo es carne de María, en la que él había resucitado. Resucitó también porque había participarlo con él en las obras de la redención. La resurrección de la Madre de Dios la compara la autora a una nueva generación. María engendró a Cristo semejante a sí misma en cuanto hombre pasible. Cristo la resucita y la hace semejante a sí mismo, coronándola con toda la gloria que una pura criatura podía recibir. Llena, pues, de toda la gloria posible en una pura criatura, entra en el cielo, donde es recibida por las Personas de la santísima Trinidad en un abrazo indisoluble, para que allí donde estaba la suma santidad por esencia estuviera también la suma santidad por participación. Al lector que desde nuestra mentalidad se acerca a la Mística Ciudad de Dios, una de las cosas que le llaman la atención es la frecuencia con que María es asunta al cielo durante su vida, ya antes de que Cristo realizara la redención y abriera las puertas del cielo. La autora es consciente de las dificultades que esta opinión plantea y, prudente, teme la novedad de este privilegio mariano, aunque no ve ningún inconveniente por parte del magisterio eclesiástico para atribuir este milagro al poder divino. Fueron la humildad y la caridad las puertas que la abrieron la posibilidad de ser exaltada al trono de Dios, para que allí fuera la consejera de la sabiduría divina en el gobierno de a Iglesia, Ser exaltada al trono de la Trinidad no quiere decir otra cosa que ser hecha partícipe, en razón de su condición de pura criatura, de las funciones divinas del señor, rey, juez, etc Su reino y dominio se extiende a todo aquello que abarca y comprende el reino de su Hijo, aunque de modo diferente, por participación. Predestinada María desde toda la eternidad para ser Madre de Dios y adornada en la tierra con la suma perfección posible en una pura criatura, ofreció a Dios con su fidelidad la plenitud del amor de que había sido objeto. En este momento de su vida recibe el premio, siendo constituida señora y reina de todas las criaturas. Antes no podía gozar plenamente de esta cualidad, ya que su vida fiel estaba en camino hacia la consumación. Para que pudiera ejercer convenientemente su oficio, Dios la encomendó todos sus dones y gracias, de manera que todos ellos fueran concedidos a los hombres por su mediación. La voluntad de María fue hecha una con la voluntad de Dios, de tal manera que lo que caía bajo el mandato de Dios caía también bajo el de su Madre, reina y señora nuestra. Mediadora en su predestinación absoluta, mediadora también en la tierra como hija de Sión para que no se retardara la redención, continúa siéndolo ahora en el cielo intercediendo por los hombres, sus hijos y hermanos. La autora de la Mística Ciudad de Dios nos ha expuesto a través de toda su obra una figura de la Virgen siempre fiel a su oficio de madre integral. Los autores del siglo XVII distinguen tres momentos en la escatología mariana: la muerte y resurrección de María, su asunción al cielo y el oficio de mediadora como reina y señora de todo lo creado. El hecho de la muerte lo justifican, bien diciendo que poseía una naturaleza mortal, porque aunque participó de la justicia original no poseyó el estado e tal jujusticia bien afirmando que aunque gozaba del privilegio de la inmortalidad cedió a sus derechos. Murió realmente para que los hombres no la tomasen por una diosa, para que apareciera su conformidad con Cristo o para que la muerte le sirviera de fuente de nuevos méritos, para que fuera ejemplar y abogada nuestra y las grandes riquezas de su satisfacción aurnentaran los tesoros de la Iglesia. onvienen todos los autores en que su muerte fue efecto de su amor vehementísimo. Su cuerpo no conoció la corrupción: la carne de Cristo era carne de María, preservada del pecado original, siempre virgen. Era además justo que el tabernáculo de Dios fuera colocado allí donde estaba Cristo. Por todas estas razones resucitó y fue asunta al cielo. En la asunción, María fue glorificada con la suma gloria posible a una pura criatura, como correspondía a la dignidad de su divina maternidad, a sus propios méritos y humildad o a la liberalidad de Dios. Hablan también todos los autores del trono de la Virgen y de la jerarquía singular que ella ocupa entre las puras criaturas. Ya en el cielo es constituida reina y señora, madre y mediadora de todo el universo. Y desde allí puede ejercer eficazmente su ministerio mediador, pues elevada al orden hipostático por su divina maternidad, ve en el Verbo las necesidades de todos los miembros de la Iglesia. Su mediación se extiende a todo el universo. La doctrina de la Mística Ciudad de Dios también en este punto es concorde con la de los autores contemporáneos, en cuyas obras pueden leerse incluso muchos de los detalles narrados en la Historia Divina. A modo de ilustración, y para que se vea cómo González Mateo encauza el privilegio agredano de las asunciones temporales de María, vamos a ofrecer aquí su argumentación. González Mateo es un agredista, pero es también un teólogo. Es esta última cualidad la que aquí nos interesa. Considera la doctrina de que María fue asunta al cielo antes de la ascensión de Cristo como indudable, y cita en su favor a Carlos del Moral. Se basa para ello en los principios generales de que la Madre de Dios no estaba sometida a las leyes comunes y que lo que se da en los santos no puede faltar en María. Afirma, por otra parte, que es una sentencia común entre los Padres y teólogos que María vio intuitivamente la esencia divina antes de la pasión de Cristo, bien fuera en la encarnación o en el nacimiento de Cristo. Y argumenta a continuación: es un don mucho más grande, según todos los teólogos, el que un hombre vea a Dios intuitivamente en el estado de viador, que el que sea llevado al cielo en cuerpo y alma, porque la visión intuitiva de Dios es el elemento formal de la bienaventuranza y el cielo empíreo no es sino el elemento material, el lugar destinado por Dios para manifestar se intuitivamente a los elegidos. Además, según los teólogos, la pena del pecado tiende primariamente a la privación perpetua de la visión y fruición de la divina esencia. Secundariamente, a la exclusión perpetua del lugar destinado a los bienaventurados. María se vio libre de todo pecado, tanto original como actual. En consecuencia, la ley que cerraba el cielo a los que habían pecado no era aplicable en el caso de la Madre de Dios. Este privilegio no deroga el primado de Cristo en la ascensión, ya que la excelencia y primado de Cristo en este aspecto consiste en que él fuera el príncipe de la gloria y primogénito de toda criatura, de tal manera que nadie entrase a la fruición de la visión beatífica, sino por sus méritos y dependientementede ellos. El es además el que primero entró en el cielo permanentemente. De aquí podemos deducir al menos una conclusión. Y es que por más extraño que nos parezca el citado privilegio mariano, hay teólogos que se plantean la cuestión seriamente y que incluso la ven como “indudable”.

DOCTRINA ESPIRITUAL DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS

Como un apéndice que completa lo expuesto anteriormente sobre el género literario y la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, ofrecemos unas breves indicaciones sobre la doctrina espiritual contenida en la obra. Comencemos puntualizando el sentido del término “espiritual”, que de suyo es sumamente ambiguo. Nosotros lo tomamos aquí en el sentido que tiene esta palabra en la denominación técnica “teología espiritual”. Queremos, pues, referirnos a la doctrina ascético–mística que se contiene en esta célebre obra. Recordemos brevemente algunas observaciones ya hechas. La Mística Ciudad de Dios es fundamentalmente un libro de edificación. Enseña cómo debe comportarse el alma en el camino de la perfección cristiana y religiosa. La fuente de donde saca las enseñanzas es el espejo de la vida de María. La incitación a la virtud, y aun a lo sumo y perfecto de la virtud, es en esta obra constante. Cada capítulo tiene, además, un apartado, “Doctrina de la Reina del Cielo”, en que se expone una enseñanza concreta o comportamiento práctico que guarda relación con el pasaje de la historia de la Virgen que se ha expuesto en el cuerpo del capítulo. Esta doctrina de la Virgen tiene la particularidad de que se presenta como dada por María a la autora para su uso particular, y muchas veces, en efecto, se refiere a las circunstancias concretas de a vida de la Venerable; así, por ejemplo, le enseña cómo debe comportarse con sus súbditas, pues era abadesa de un monasterio de clausura, etc. Pero, aun fuera del apartado titulado “Doctrina de la Reina del Cielo”, casi constantemente se habla de la práctica de la perfección. Hay también en la obra exposiciones sistemáticas de las virtudes. No vamos a exponer aquí dicha doctrina. Por lo demás, no presenta originalidad particular, fuera de la insistencia en la imitación de María, en quien se halla el modelo más acabado de toda virtud posible a pura criatura. Nos vamos a fijar especialmente en la doctrina referente a estados místicos, que muchas veces se expone en la obra, y más que se expone, se adivina como subyacente a la misma. Dicho con otras palabras: sin que los estados místicos sean objeto de exposición directa, toda la obra estará como inmersa en un mundo o ambiente que los supone. La Madre Angeles Sorazu, que se formó ampliamente en la escuela de la Mística Ciudad de Dios, nos dice en su Autobiografía que a ella siempre le gustaron mucho y le hicieron mucho bien los libros de la “teología cristiana y divina”; en cambio, sentía cierto desvío o prevención hacia los de “teología mística”. Con esta terminología un tanto original, “teología cristiano–divina” por oposición a “teología mística”, quiere decir algo que a sus ojos es importante, a saber, que para alimentar nuestra vida espiritual e impulsar nuestra archa hacia Dios los libros preferidos son los que centran nuestra atención refleja en Dios, en Jesús, en María, etcétera, los que nos ayudan a adherirnos a ellos y a salir de nosotros mismos. Por el contrario, abriga sus reservas sobre los libros que con sus análisis de estados, gracias místicas, modos de oración, grados, etc., fomentan una actitud de mirada refleja del alma sobre sí, con los inconvenientes y peligros de desviación que esto implica. Desde luego, la Madre Angeles Sorazu incluye a la Mística Ciudad de Dios entre los liros de la “teología cristiana y divina”; o sea, entre los libros que por su tema constituyen el alimento sano y sustancial del alma, que es la exposición del misterio cristiano revelado por Dios. Esto es, en efecto, la sustancia de la Mística Ciudad de Dios, explíquense como se quieran las numerosas alusiones que hay en ella a visiones y revelaciones. No obstante, en esta obra encontramos también mucho de ciencia mística, en parte expuesto y en parte, y más aún, supuesto. Por la dificultad de incluir doctrina explícita de estas cosas en la obra, la autora misma nos remite a otra obra suya: Leyes de la Esposa, ápices de su casto amor.  Cuando se lee con alguna atención la Historia Divina y Vida de la Virgen, tal como la Venerable nos la cuenta, se advierten en seguida múltiples indicios de un curioso fenómeno: Sor María hace como una transferencia o traspaso de experiencias místicas propias a la vida de la santísima Virgen. La Venerable fue un alma de vida mística excepcional. Poseía conocimientos de los estados místicos por haberlos vivido y experimentado, y también por doctrina aprendida de lecturas y del trato con sus directores. Y así ocurre que cuando describe la vida de la santísima Virgen le atribuye muchos de estos estados que ella misma ha pasado y que le parece natural o verosímil que la santísima Virgen los tuviera. Aparte de esto, existen en la obra curiosas indicaciones sobre estados psicológico–místicos de la propia autora. Aquí nos vamos a limitar a lo que ella dice de la vida de la Virgen en cuanto le atribuye estados místicos y una conducta práctica en relación con los mismos. Nuestras indicaciones, dada la extensión de la obra y la abundancia del tema, forzosamente han de ser fragmentarias y las vamos a limitar a los primeros libros, pues con esto tendremos lo suficiente para el objetivo que nos hemos propuesto. En el capítulo 16 del libro, al hablar de los dones y gracias que se le dieron a la Virgen en su Concepción, afirma que se le concedió ver a Dios “abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al entendimiento criado”. Sobre cómo fue esta visión abstractiva que gozó la Virgen ya en el seno materno hay más pormenores en el capítulo. Posteriormente, la expresión “visión abstractiva de la divinidad” aparece profusamente repetida en la obra, atribuyéndola a la Virgen en diversos episodios y momentos de su vida. Como ya insinuamos anteriormente, con esta terminología la Venerable designa la contemplación infusa o experiencia mística esencial. Al nacer la Virgen es elevada al cielo y se le concede un momento de visión intuitiva. Esta visión intuitiva es propia de los bienaventurados, y sólo en casos contados dice que se concedió a la Virgen: en el nacimiento, a los tres años al ser llevada al templo, en el momento de la encarnación, en el nacimiento de Jesús, etc. En cambio, la visión abstractiva, que es compatible con el estado de viador, se le atribuye con mucha frecuencia. En el capítulo 23 del libro I nos habla del trato de la Virgen con los ángeles, afirma que ésta fue una de sus principales ocupaciones cuando fue viadora, detalla lo que aprendía de ellos, etc. En infinidad de lugares de la obra se habla de relaciones de la Virgen con los ángeles. También en este particular parece que la Venerable hace una transferencia de sus propias experiencias, pues en su propia vida mística el trato con los ángeles ocupó un puesto de primera importancia. En el libro II nos cuenta cómo María, al cumplir los tres años, es llevada al templo para ser allí educada en un colegio de niñas bajo una maestra, que no fue otra que Ana la profetisa. Con este motivo presenta a la Virgen como dechado de la vida religiosa y expone los bienes, ventajas y finalidad de este estado. Con palabras puestas en labios de María nos dice que el estado religioso es “ordenado por el Altísimo para que en él se conserve la doctrina de la perfección cristiana y perfecta imitación de la vida santísima de mi Hijo”. Es notable la coincidencia con las expresiones del Vaticano II: “Este mismo estado imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo para cumplir la voluntad del Padre y propuso a los discípulos que le seguían”. En el capítulo cuarto del libro II, y también en otros lugares, nos dirá que el sueño no le impedía a María la altísima contemplación. No son afirmaciones gratuitas, sino abonadas por experiencias que sin duda ella conoce. De capital importancia para nuestro asunto es el capítulo 14 del libro II, en que de propósito y con detención nos habla de la vida mística de María. Aunque ella no emplea el término mística en este sentido, sino que abarca todo este complejo de estados, gracias y fenómenos bajo la denominación genérica de “visiones y revelaciones”. Expone las ventajas y peligros de este camino que sigue Dios con algunas almas, no con todas, y a continuación detalla uno por uno los cinco géneros de visiones que tuvo María, a saber: primero, visión clara de la divina esencia, en momentos contados; segundo, visión abstractiva de la divinidad, o contemplación infusa, aunque ella no conoce este término; tercero, visiones y revelaciones intelectuales; cuarto, visiones imaginarias; quinto, visiones, divinas corpóreas. Sobre todas ellas se extiende con alguna amplitud y detalle. La doctrina práctica que la Virgen le da en relación con estas gracias es la necesidad de someterlo todo al juicio y censura de los directores, el atender a los efectos para discernir sin engaño y el no buscar los gustos del mundo ni aun en cosas lícitas; ésta es la ciencia que enseñan las visitas del Altísimo. En el capítulo 15 del mismo libro II vuelve a su tema favorito del trato de la Virgen con los ángeles, cómo era, qué aprendía de ellos, etc. Los ángeles eran para la Virgen espejos en que reverberaba la imagen de Dios. Señala dos maneras de conocer a los ángeles: una de visión inmediata y otra intelectual por especies infusas, al modo de la visión abstractiva de la divinidad. En el capítulo 17 toca otro tema típico de los místicos experimentales: el de las ausencias de Dios. Y en el capítulo 19 nos informa que la niña María, que estaba de colegiala en el templo, padeció ausencia de Dios por diez años. En el capítulo 20 nos dice cómo terminó aquella ausencia de Dios con una visión abstractiva de la divinidad; de ella le quedaron a María especies con las que luego se elevaba maravillosamente. Todos estos datos son sin duda transposición de estados y fenómenos similares que ella conoce por propia experiencia, excepto, claro está, la visión beatífica y las visiones puramente corporales que tampoco debió de tener. Cuando el Señor manifestó a la Virgen su voluntad de que tomara el estado de casada, dice la Venerable que ésta fue una de las mayores pruebas para su fe, pues tenía hecho voto de castidad. Por fin contrae matrimonio con José, que tenía el mismo voto. Con esta ocasión nos habla del estado de matrimonio y asienta la afirmación de que es engaño culpar al estado de no ser perfectos, pues Dios nunca falta. Por fin termina el libro II presentando a María como prototipo de la mujer fuerte, de que nos habla la Biblia. En el libro III nos presenta la vida de María después de su matrimonio con José en Nazaret. No ignoraba María –nos dice en el capítulo primero– los efectos que la mano de Dios hacía con los que trataba: muchos con sólo verla o hablarla se convertían, salían de pecado, etc. También aquí seguramente hay transposición de experiencias vividas por ella misma. A lo largo de nueve días escalonados va preparando Dios a la Virgen para la Encarnación: la preparación consiste en visiones abstractivas y en diversos dones y potestades con que se le adorna. Pero cuando el arcángel san Gabriel viene a anunciarle el misterio, Dios la deja en el ser y estado común de las virtudes, a fin de que este misterio se obre como sacramento de fe. En este estado común confiere con el ángel. También en el episodio de la pérdida del Niño a los doce años nos dirá que Dios dejó a la Virgen “aquellos tres días en el estado común que solía tener cuando carecía de los particulares favores y casi en el estado ordinario de la gracia; porque fuera de la vista y habla de los santos ángeles suspendió otros regalos y beneficios que frecuentemente comunicaba a su alma santísima”. El momento de la Encarnación es otro de los momentos en que, según la Venerable, se concedió a María la visión beatífica. Atinadamente observa, con todo, la cronista de la Virgen, que sería un error creer que ésta vivió siempre en delicias espirituales; antes al contrario, a imitación de su Hijo vivió gozando y adecien dosimultáneamente. Siempre tenía presente la Pasión de su Hijo, de modo que durante treinta y tres años continuados estuvo celebrando la vigilia tan larga de nuestra redención. En el capítulo 13 explica las dotes de los bienaventurados y participación que tuvo de ellas la Virgen. Con esta ocasión afirma que de la visión intuitiva y de las muchas abstractivas que tuvo, aunque todas de paso, le quedaban en su entendimiento especies claras con las que gozaba de una noticia y luz de la divinidad; y cuando se le escondía el Señor usaba de sola la fe infusa. Los divinos efectos, dice en el mismo capítulo. Se les comunican a unos por el modo común de la gracia y a otros por orden más sobrenatural y milagroso. En el capítulo siguiente nos habla de deliquios que la Virgen padecía, causados por la fuerza y violencia del amor: “Y así sucedía que con la herida penetrante de esta dulcísima flecha llegaba al extremo de la vida. Sin duda, la autora piensa en el fenómeno místico llamado heridas de amor. En muchos otros lugares de la obra nos habla en términos parecidos. El episodio de la visitación de María a su prima Isabel está contado muy largamente en la obra. María está informada de las cosas de su parienta por el ángel. Conoce que es voluntad del cielo que vaya a visitarla; pide para ello licencia a su esposo, pero sin manifestarle la orden del cielo. Este detalle de la conducta de María, que guardaba secreto de las cosas que sabía por camino sobrenatural, será insistentemente subrayado por nuestra autora, deduciendo de todo ello la enseñanza de que el alma debe ocultar los favores sobrenaturales que recibe, no manifestándolos más que al que gobierna su vida interior26. Isabel, en el tiempo que estuvo María en su casa, algunas veces pudo ver a ésta en oración, arrebatada y levantada del suelo y toda ella llena de divinos resplandores y hermosura. Hablando de los beneficios que María hizo estando en casa de Isabel, le atribuye el don de penetrar el secreto del corazón y conocer el estado de la conciencia. En el capítulo, María presenta a Dios en la oración un deseo de su prima Isabel, pero otro deseo de ésta no se lo presenta, porque sabe que no es voluntad de Dios. En el capítulo 25 se nos habla de cómo María preveía el dolor que iba a recibir José al advertir su preñado; y con todo, no le habló palabra de ello. La razón de este silencio es que no tenía orden de hablar de esto, aunque tampoco tenía orden de callarlo. Cuando empezaron las perplejidades de José, todo lo que pasaba por su corazón le era manifiesto a María; sin embargo, ella callaba. La lección de todo esto es que se debe guardar secreto de los favores de Dios, excepto con el que gobierna el alma. También José vio muchas veces a María en éxtasis, elevada de la tierra y llena de refulgentísima luz. De los actos fervorosos le redundaba a la Virgen algún ardor preternatura. Cuando salió el decreto de César para ir a empadronarse, María estaba ya sabedora de que su Hijo nacería en Belén como peregrino y pobre; pero nada dijo a José, porque sin orden del Señor no declaraba su secreto. El nacimiento de Jesús es otro de los momentos en que a María se le concede la visión intuitiva. El Niño, al nacer, dice a su Madre: “Asimílate a mí. Este será uno de los grandes temas de la Mística Ciudad de Dios: María es la discípula por antonomasia de Jesús, su perfecta imitadora, la que se asimiló su espíritu y fue predestinada por Dios para ser la copia viva y más perfecta posible del Hijo de Dios hecho hombre. Según la Venerable, María ignoraba si debía circuncidar al Niño. Preguntarlo por vía sobrenatural al Señor no le parecía prudente, pero al fin hubo de hacerlo. Luego, cuando habla con José del asunto, nada le dice de la respuesta que ha recibido por vía sobrenatural. La enseñanza es que no se debe con vana curiosidad investigar y preguntar por caminos sobrenaturales, tanto más cuanto que muchas veces es el demonio el que responde, transfigurado en ángel de luz.Tanto en este capítulo como en general en toda la obra, la Venerable insiste mucho en la reverencia y respeto al Ser divino de que debe estar penetrada la criatura en su trato con él, sin pasar a familiaridades y “parvuleces” que olvidan la distancia que media entre la criatura y el Ser infinito. En el capítulo 15 nos dice que María sabía que iban a venir los Reyes a adorar al Niño, pero tampoco se lo dice a José, hasta que dos celestiales mensajeros se lo notifican. En este mismo capítulo y en otros muchos nos advierte la Venerable de cómo María conocía las operaciones interiores del alma de su Hijo, que oraba al eterno Padre por el linaje humano. Esta fue, en estos primeros años de la vida del Niño, la escuela en que aprendió María, asimilando y reproduciendo los mismos sentimientos de su Hijo. En el capítulo 16 se nos habla de los Reyes Magos y se nos dan detalles acerca de su virtud y honradez: “Eran a más de esto hombres rectos, verdaderos y de gran justicia en el gobierno de sus estados; que como no eran tan dilatados como los reinos de estos tiempos, los gobernaban con facilidad por sí mismos. Aquí hay tal vez una velada alusión a un mal conocido de la España de su tiempo, gobernada más por validos que por el propio rey. Repetidas veces se lo reprochó la Venerable al abúlico Felipe IV. En el capítulo 17 presenta a los Magos proponiendo dudas y preguntas a María. A todas contestaba ella confiriendo con el Infante en su interior: “Confería con el Infante en su interior todo lo que había de responder”. En el capítulo 18 nos informa de nuevo acerca de este favor que gozaba continuamente, viendo con claridad el alma Santísima de su Hijo y todas sus operaciones, para imitarlas. Teníala presente como un espejo clarísimo y purísimo en que se miraba y remiraba. Así llegó a ser la única y señalada discípula en quien se estampó al vivo su doctrina. Cuando María va al templo a presentar al Niño tiene allí una visión intelectual. Después se quedan por nueve días en Jerusalén para visitar el templo diariamente, pero en el quinto día, en el curso de una visión abstractiva, manifiesta Dios a la Virgen que tienen que ir con el Niño a Egipto. No obstante, María no dice nada de ello a José, hasta que éste es informado en sueños por un ángel. Mientras la sagrada familia camina a Egipto, vuelve a hablarnos de la mutua compenetración de almas que había entre Madre e Hijo: lloraba el Niño a veces, y María sabía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en esta pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre. Madre e Hijo –dice en el capítulo siguiente, contando la travesía del desierto camino de Egipto– “se hablaban con el interior y se respondían”. Aun cuando durante la travesía del desierto Dios les proveía de alimento milagrosamente, pero no lo hacía hasta que llegara la necesidad al extremo. Y una vez que están en poblado, cesa la ayuda de los ángeles, y entonces tienen que recurrir a la limosna, hasta hallar trabajo. María en Egipto dedica todo el día a las labores de manos pero sin faltar un punto a la contemplación. Las horas que durante él día solía dedicar a especiales ejercicios las trasladó a la noche, a fin de trabajar más durante el día. El Niño le dice a la Madre: “Y porque aquí no tenéis las Escrituras sagradas, cuya lección os era de consuelo, leeréis en mi ciencia la doctrina de la vida eterna. María era el águia real que podía mirar al sol de la inefable luz de hito en hito. Cumplía con el fin para que el Verbo divino tomó carne. Cuando dormía el Niño, la Madre veía “desvelada la parte superior del alma santísima de su Hijo en obras tan heroicas de viador y juntamente comprensor. La lección práctica de estos episodios de Egipto es que “cuando por medios humanos se puede granjear debidamente, no se han de esperar milagros”. En el alma de Jesús conoció la Virgen lo que sucedió en Belén con los niños inocentes. Deseaba saber qué había sido del Bautista, pera no se atrevió a preguntar a su Hijo este suceso por la reverencia y prudencia con que le trataba en estas revelaciones. Mas Jesús responde al piadoso y compasivo deseo, declarándoselo. Cuando ya el Niño Jesús ha crecido algo y empieza a andar por sí mismo, estando aún en Egipto, dice a la Madre: “En vos quiero que se ejecute y estampe la alta perfección que he deseado para las almas”. A la Madre le eran manifiestas, vuelve a decirnos la autora, las operaciones interiores del alma santísima de su dulcísimo Hijo60. La Virgen no tenía siempre visiones de la divinidad, pero siempre tuvo de la humanidad y alma santísima de su Hijo y de todas sus obras. En Egipto celebró María el aniversario de los misterios de la Encarnación y del Nacimiento, y esta costumbre conservó toda la vida. La lección práctica de esto es renovar la memoria de los beneficios recibidos: “Este recuerdo causará en tu corazón efectos dulces de amor y fuertes para trabajar con diligencia”. En el alma de su Hijo conoció también María la voluntad del Padre para regresar de Egipto a tierra de Israel, pero nada dijo de ello a José, hasta que el ángel se lo ordenó en sueños a éste. Al anunciarnos el contenido del libro V la Venerable asienta otra vez el mismo gran pensamiento que tantas veces hemos visto repetido en las líneas anteriores: “Contiene la perfección con que María santísima copiaba e imitaba las operaciones del alma de su Hijo amantísimo”. Esta fue su ocupación durante los veintitrés años de Nazaret; se deducen en esta cuenta los tres de la vida pública y los siete de Egipto. A fin de que llegara a ser discípula más perfecta, tanto Dios como el propio Hijo prueban a María con ausencias66. Esta ausencia se prolongó durante treinta días. La razón de toda esta conducta de Dios con María es que la Trinidad señaló y destinó a María por primogénita y primera discípula del Verbo humanado para que formase en ella como el padrón y ejemplar por donde se habían de copiar todos los santos Apóstoles, Mártires, Doctores, Confesores, Vírgenes, y los demás justos de la nueva Iglesia68. Del remanente de su sabiduría y gracia, como de un mar inmenso, redundó todo cuanto recibieron y recibirán los demás santos, hasta el fin del mundo. Fuerza es ya detenerse en el examen de la obra. Las indicaciones que anteceden son más que suficientes para darse cuenta de la índole espiritual de ella y para advertir el lugar que en la misma tienen los estados místicos. La autora es un alma que ha pasado por estos estados; algo y más que algo sabe sobre cómo debe comportarse la persona ante tales gracias. Y todo esto, como habrá podido observarse, lo ha vertido en su vida de la Virgen. También nos es posible observar en estas páginas las ideas de la autora sobre algunos puntos controvertidos hoy en teología mística. Así, por ejemplo, las gracias místicas parecen ser consideradas por ella como algo extraorinario y milagroso, aparte del orden común; algo que de suyo no es necesario para la perfección, aunque sean una ayuda poderosa para ésta. Se habrá notado también la insistencia con que inculca el secreto que debe guardarse respecto a las gracias recibidas; pero este secreto tiene una excepción: el director, a quien el alma debe someter todo. El camino de pobreza y humildad, que el Hijo de Dios humanado venía a recorrer para que fuera nuestro camino de salvación, fue asimilado y practicado en primer lugar y en eminentísimo grado por su Madre; este pensamiento capital es una de las ideas directrices de la Mística Ciudad de Dios. La pobreza y la humildad, como la sustancia y resumen del camino de Cristo, aparece en muchos lugares de los misterios de la infancia. Precisamente, según la Venerable, esto fue lo que despistó a Lucifer. Siendo él soberbio, no le cabía en la cabeza que el Mesías escogiese el camino de la pobreza y humildad, y por esto no se acabó de convencer que Jesús fuese el Mesías hasta después que éste murió en la cruz. También el principio de que no se debe esperar milagros cuando se puede granjear la cosa por medios naturales está expresa y repetidamente formulado en la obra, como se ha visto. Dígase lo mismo de la doctrina de que no se debe inquirir curiosamente cosas por vía sobrenatural, el peligro que existe de engañarse en las respuestas, de que éstas sean del demonio, etc. Un punto que machaconamente repite, sobre todo en el apartado titulado “Doctrina de la Reina del cielo”, es la necesidad de que el alma muera o renuncie a lo deleitable y sensible, al amor desordenado de las cosas criadas, como condición indispensable para darse a Dios. Al alma se le plantea inevitablemente la alternativa: o el amor de Dios o el amor del mundo. Es preciso escoger. Morir al uno a fin de vivir para el otro. Por todo ello, salta a la vista que la obra, en su doctrina espiritual, es firmemente sólida y concordante en todo con la tradición de mejor cuño.

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TESTIMONIO
Ricardo Romero – Difusor de la causa de beatificación de la venerable Sor María de Jesús de Ágreda
Desde hace años difundo la espiritualidad Concepcionista inspirado por la Santísima Virgen María Inmaculada que me abrió los ojos del alma cuando escuché algunos pasajes meditando en oración intensa la revelación privada más amada y controvertida; la “Mística Ciudad de Dios” Narrada por la Santísima Virgen Inmaculada a la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda (1602–1665); una Santa en potencia por gracia de Dios y para la gloria de Dios. Sor María de Jesús de Ágreda. La Venerable Madre de Ágreda o bien la Dama de Azul como se la conoce en el sur de EEUU. 
Tomé la decisión en el año 2002 de darla a conocer a través de “Primer Cenáculo Virtual de María Reina de la Paz” y darme cuenta que no era conocida en Sudamérica esta impresionante revelación, ni siquiera la Orden de la Inmaculada Concepción; orden a la que pertenecía la Venerable Madre de Ágreda. Fue al poco tiempo que me contactó una monja Concepcionista quien me manifestó que estaba asombrada de que diera a conocer su obra en América del Sur… Así fue como hicimos una gran amistad y, la Abadesa y monjas del Monasterio de Ágreda tomaron conocimiento de mi sitio web en el cual editaba y difundía la “Mística Ciudad de Dios” en el Cenáculo Virtual. Me ocurrieron muchas cosas desde ese entonces hasta la actualidad, envié mi testimonio al Monasterio de Ágreda que fue publicado en el boletín mensual que se envía a todo el mundo.
Me propuse entonces trabajar desde mis sitios como colaborador y difusor de la causa de beatificación de la “Venerable Sor María de Jesús de Ágreda”, con mucho sacrificio. Siempre he contado con la ayuda y aprobación implícita de la Orden de la Inmaculada Concepción. Para publicar y dar a conocer la Mística Ciudad de Dios era imprescindible presentar a Sor María de Jesús de Ágreda en su biografía; pero a la vez no podía omitir a la Orden a la a que pertenecía la Venerable; y por ende a su fundadora; “Santa Beatriz de Silva”, cuya vida fue predestinada por la Virgen Inmaculada quién salvó su vida y le encomendó la fundación de la Orden de la Inmaculada Concepción; cuando aún no estaba proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción… Así fue como comencé a descubrir y amar a la Mística Orden Concepcionista y no deja de sorprenderme cada vez más…
Mi testimonio es simplemente sumar colaboración a la causa de su beatificación para la gloria de Dios. Trabajar para las cosas de Dios no es fácil, pero tampoco es imposible. Con la ayuda de María Santísima y de nuestro Señor Jesucristo pude darla a conocer publicando la obra completa. Aún así, les aseguro que siendo muchos, somos pocos. Agradezco a Sor María Fátima;  su colaboración y si disposición en todo, al Padre Andrés Benitez que me impulsó desde el comienzo a dar a conocer la espiritualidad mariana en la internet con sus sabios e iluminados consejos, al Padre Verde, sacerdote teólogo Dominico y de profunda devoción mariana quien me fue guiando y bendijo el Cenáculo Virtual junto al Padre Andrés; y a mis amigos más cercanos que me ayudaron a discernir que esta misión tenía que llevarse a cabo contra viento y marea. Comencé entonces a publicarla a fines del año 2002 en mensajes diarios  finalizando en 2005.
Es importante tener en cuenta que la lectura en la internet es muy agotadora y quienes estén interesados pueden adquirir el libro comprándolo en el Monasterio de Ágreda. Es un libro para meditar toda la vida, que nos lleva a profundizar lo Sagrado del amor de Dios ya expresado en los evangelios pero perfumados por las doctrinas reveladas por María Santísima, quien nos revela a su Hijo Jesucristo como Madre de Dios, como Hija de Dios Padre y como Esposa de Dios Espíritu Santo. Toda llena de virtudes amorosas, Omni-suplicante Potencia, Celestial Princesa desde el principio, cristalina, pura y exenta de la culpa del pecado original por voluntad de Dios. Coronada con la triple diadema de Poder; Sabiduría y Amor por la Santísima Trinidad María nos lleva a Dios a través de nuestro Señor Jesucristo quién murió en la Cruz por nuestros pecados. Para la gloria de Dios.
Ricardo Romero: Difusor de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de “Mística Ciudad de Dios.  www.mensajeromariano.wordpress.com

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE
DE LA VIDA Y SACRAMENTOS DE LA REINA DEL CIELO, Y LO QUE EL ALTISIMO OBRÓ EN ESTA PURA CRIATURA DESDE SU INMACULADA CONCEPCIÓN HASTA QUE EN SUS VIRGINEAS ENTRAÑAS TOMÓ CARNE HUMANA EL VERBO, Y LOS FAVORES QUE LA HIZO EN ESTOS PRIMEROS QUINCE AÑOS, Y LO MUCHO QUE POR SÍ MISMA ADQUIRIÓ CON LA DIVINA GRACIA.
INTRODUCCION A LA VIDA DE LA REINA DEL CIELO
De la razón de escribirla y otras advertencias para esto.
1. Quien llegare a entender – si por dicha lo entendiere alguno – que una mujer simple, por su condición la misma ignorancia y flaqueza y por sus culpas más indigna; en estos últimos siglos, cuando la santa Iglesia nuestra madre está tan abundante de maestros y varones doctísimos, tan rica de la doctrina de los santos padres y doctores sagrados; y en ocasión tan importuna, cuando debajo del santo celo de las personas prudentes y sabias se hallan las que siguen vida espiritual turbadas y mareadas y este camino mirado del mundo como sospechoso y el más peligroso de todos los de la vida cristiana; pues quien en tal coyuntura considerare a secas y sin otra atención que una mujer como yo se atreve y determina a escribir cosas divinas y sobrenaturales, no me causara admiración si luego me condenare por más que audaz, liviana y presuntuosa; si no es que en la misma obra y su conato halle encerrada la disculpa, pues hay cosas tan altas y superiores para nuestros deseos y tan desiguales a las fuerzas humanas que el emprenderlas o nace de falta de juicio o se mueve con virtud de otra causa mayor y más poderosa.
2. Y como los fieles hijos de la Iglesia santa debemos confesar que todos los mortales, no sólo con sus fuerzas naturales, pero aun juntas con las de la gracia común y ordinaria, son insuficientes, ignorantes y mudos para empresa tan dificultosa como explicar o escribir los escondidos misterios y magníficos sacramentos que el poderoso brazo del Altísimo obró en aquella criatura que, para hacerla Madre suya, la hizo mar impenetrable de su gracia y dones y depositó en ella los mayores tesoros de su divinidad; y qué mucho se reconozca por incapaz la ignorancia de nuestra flaqueza, cuando los mismos espíritus angélicos hacen lo mismo y se confiesan tartamudos para hablar cosa tan sobre sus pensamientos y capacidad;y por esto, la vida de esta fénix de las obras de Dios es libro tan cerrado que no se hallará de las criaturas en el cielo ni en la tierra quien dignamente pueda abrirle; bien claro está que sólo puede hacerlo el mismo poderoso Señor que la formó más excelente que todas las criaturas, y también la misma Señora, Reina y Madre nuestra, que fue capaz de recibir tan inefables dones y digna de conocerlos; y para manifestarlos cuanto y cuando y como fuere su Unigénito Hijo servido, en su mano está elegir proporcionados instrumentos y que para su gloria fueren más idóneos.
3. Bien juzgara yo que lo fueran los maestros y varones santos de la Iglesia católica o los doctores de las escuelas, que todos nos han enseñado el camino de la verdad y luz. Pero los juicios del Altísimo y sus pensamientos se levantan sobre los nuestros como el cielo dista de la tierra, y nadie conoció su sentido ni en sus obras le puede dar consejo2 . El es quien tiene el peso del santuario en su mano y pondera los vientos, comprende todos los orbes en sus palmas5 y con la equidad de sus santísimos consejos dispone todas las cosas en peso y medida6 , dando a cada una oportuno lugar y tiempo. El dispensa la luz de la sabiduría  y por su justísima bondad la distribuye, y nadie puede subir al cielo para traerlas8, ni sacarla de las nubes, conocer sus caminos, ni investigar sus ocultas sendas. Y él solo la guarda en sí mismo y, como vapor y emanación de su inmensa caridad 10 , candor de su eterna luz, espejo sin mancha e imagen de su bondad eterna11, la transfunde por las almas santas a las naciones, para hacer con ella amigos del Altísimo y constituir profetas 12 . El mismo Señor sabe por qué y para qué a mí, la más vil criatura, me despertó, llamó y levantó, me dispuso y encaminó, me obligó y compelió, a que escriba la Vida de su digna Madre, Reina y Señora nuestra.
4. Y no puede caber en prudente juicio que, sin este movimiento y fuerza de la mano poderosa del Altísimo, viniera tal pensamiento en corazón humano, ni determinación semejante en mi ánimo, que me reconozco y confieso por mujer débil y sin virtud. Pero así como no pude por mi juicio pensarlo, tampoco debo con pertinacia resistirlo por sólo mi voluntad. Y porque de esto se pueda hacer juicio recto, contaré con sencilla verdad algo de lo que sobre esta causa me ha sucedido.
5. El año octavo de la fundación de este convento, a los veinte y cinco de mi edad, me dio la obediencia el oficio, que hoy indignamente tengo, de prelada de este convento; y hallándome turbada y afligida con gran tristeza y cobardía, porque mi edad y deseo no me enseñaba a gobernar ni mandar sino a obedecer y ser gobernada, y el saber que para darme el oficio se había pedido dispensación, y otras justas razones, aumentaban mis temores; con que el Altísimo ha tenido toda la vida crucificado mi corazón con un pavor continuo que no puedo explicar de si mi camino es seguro, si perderé o tendré su amistad y gracia.
6. En esta tribulación clamé al Señor de todo mi corazón para que me ayudase y, si era su voluntad, me librase de este peligro y carga. Y aunque es verdad que Su Majestad algún tiempo antes me tenía prevenida mandándome la recibiese y, excusándome yo con encogimiento, siempre me consolaba y manifestaba ser esto su beneplácito, con todo eso, no cesé en mis peticiones, antes las multiplicaba. Porque entendía y veía en el Señor una cosa bien digna de consideración, y era que, no obstante lo que Su Majestad me mostraba de ser aquella su santísima voluntad y que yo no la podía impedir, con todo eso entendía juntamente me dejaba libre para que yo me retirase y resistiese, y haciendo lo que como criatura flaca debía, reconociendo cuán grande era mi insuficiencia de todas maneras; que tan prudentes son las obras del Señor con nosotros. Y con este beneplácito que conocía, hice muchas diligencias para excusarme de peligro tan evidente y poco conocido de la naturaleza infecta y de sus resabios y desconcertada concupiscible. Repetía siempre el Señor ser ésta su voluntad y me consolaba por sí y por los santos ángeles y me amonestaba a que obedeciese.
7. Acudí con esta aflicción a la Reina, mi Señora, como a refugio singular de todos mis cuidados y habiéndola manifestado mis caminos y deseos, se dignó de responderme y me dijo estas suavísimas razones: Hija mía, consuélate y no turbe tu corazón el trabajo, prepárate para él, que yo seré tu madre y prelada a quien obedecerás y también lo seré de tus súbditas y supliré tus faltas, y tú serás mi agente por quien obraré la voluntad de mi Hijo y mi Dios; en todas tus tentaciones y trabajos acudirás a mí para conferirlas y tomar mi consejo, que yo te le daré en todo; obedéceme, que yo te favoreceré y estaré atenta a tus aflicciones. – Estas son las palabras que me dijo la Reina, tan consolatorias como provechosas para mi alma, con que se alentó y confortó en su tristeza. Y desde este día, la Madre de misericordia aumentó las que hacía con su esclava, porque de allí adelante fue más íntima y continua la comunicación con mi alma, admitiéndome, oyéndome y enseñándome con inefable dignación y dándome consuelo y consejo en mis aflicciones y llenando mi alma de luz y doctrina de vida eterna y mandándome renovar los votos de mi profesión en sus manos. Y al fin, desde aquel suceso, se desplegó más con su esclava esta amabilísima Madre y Señora nuestra, corriendo el velo a los ocultos y altísimos sacramentos y misterios magníficos que en su vida santísima están encerrados y encubiertos a los mortales. Y aunque este beneficio y luz sobrenatural ha sido continua, y en los días de sus festividades especialmente y en otras ocasiones en que conocí muchos misterios, pero no con la plenitud, frecuencia y claridad que después me los ha enseñado, añadiendo el mandarme muchas veces que como los entendía los escribiese y que Su Majestad me los dictaría y enseñaría. Y señaladamente un día de estas festividades de María Santísima me dijo el Altísimo que tenía ocultos muchos sacramentos y beneficios que con esta divina señora, como Madre suya, había obrado cuando era viadora entre los mortales, y que era su voluntad manifestarlos para que yo los escribiese como ella misma me enseñaría. Y esta voluntad he conocido continuamente por espacio de diez años que resistí en Su Majestad altísima, hasta que empecé la primera vez a escribir esta divina Historia.
8. Y confiriendo este cuidado con los santos príncipes y ángeles que el Todopoderoso había señalado para que me encaminasen en esta obra de escribir la Historia de nuestra Reina y manifestándoles mi turbación y aflicción de corazón, cuán tartamuda y enmudecida era mi lengua para tan ardua empresa, me respondieron repetidas veces era voluntad del Altísimo que escribiese la Vida de su purísima Madre y Señora nuestra. Y especialmente un día que yo les repliqué mucho, representando mi dificultad, imposibilidad y grandes temores, me dijeron estas palabras: Con razón, alma, te acobardas y turbas, dudas y reparas en causa que los mismos ángeles lo hacemos, como insuficientes para declarar cosas tan altas y magníficas como el brazo poderoso obró en la Madre de piedad y nuestra Reina. Pero advierte, carísima, que faltará el firmamento y la máquina de la tierra y todo lo que tiene ser dejará de tenerle, antes que falte la palabra del Altísimo – y muchas veces la tiene dada a sus criaturas y en su Iglesia se halla en las santas Escrituras – que el obediente cantará victorias de sus enemigos13 y no será reprensible en obedecer. Y cuando crió al primer hombre y le puso el precepto de obediencia que no comiese del árbol de la ciencia, entonces estableció esta virtud de la obediencia y jurando juró para más asegurar al hombre; que el Señor suele hacerlo, como con Abrahán cuando le prometió que de su linaje descendería el Mesías y se le daría con afirmación de juramento14. Así lo hizo cuando crió al primer hombre asegurándole que el obediente no erraría, y también repitió este juramento cuando mandó que su Hijo santísimo muriese y aseguró a los mortales que quien obedeciese a este segunda Adán, imitándole en la obediencia con que restauró lo que el primero perdió por su desobediencia, viviría para siempre y en sus obras no tendría parte el enemigo. Advierte, María, que toda la obediencia se origina de Dios, como de principal y primera causa, y nosotros, los ángeles, obedecemos al poder de su divina diestra y a su rectísima voluntad, porque no podemos ir contra ella, ni la ignoramos, que vemos el ser inmutable del Altísimo cara a cara y conocemos es santa, pura y verdadera, rectísima y justa. Pues esta certidumbre, que los ángeles tenemos por la vista beatífica, tenéis los mortales respectivamente y según el estado de viadores en que estáis con aquellas palabras que dijo el mismo Señor de los prelados y superiores: Quien a vosotros oye, a mí oye y quien a vosotros obedece, a mí obedece. Y en virtud de que se obedece por Dios, que es la principal causa y superior, le compete a su providencia poderosa el acierto de los obedientes cuando lo que se manda no es materia pecable; y por todo esto lo asegura el Señor con juramento, y dejará de ser antes – siendo esto imposible por ser Dios – que falta su palabra. Y así como los hijos proceden de los padres y todos los vivientes de Adán, multiplicados en la posterioridad de su naturaleza, así proceden de Dios todos los prelados como de supremo Señor, por quien obedecemos a los superiores: la naturaleza humana a los prelados vivientes y la angélica a los de superior jerarquía de nuestra naturaleza, y unos y otros en ellos a Dios eterno. Pues acuérdate, alma, que todos te han ordenado y mandado lo que dudas y si, queriendo tú obedecer, no conviniera, hiciera el Altísimo con tu pluma lo que con el obediente Abrahán cuando sacrificaba a su hijo Isaac, que nos mandó a uno de sus espíritus angélicos detuviésemos el brazo y cuchillo; y no manda detengamos tu pluma, sino que con ligero vuelo la llevemos, oyendo a Su Majestad, y rigiéndote alumbremos tu entendimiento y te ayudemos.
9. Estas razones y doctrina me dieron en aquella ocasión mis santos ángeles y señores. Y en otras muchas, el príncipe san Miguel me ha declarado la misma voluntad y mandato del Altísimo y, por continuas ilustraciones, favores y enseñanzas de este gran arcángel y príncipe celestial, he entendido magníficos misterios y sacramentos del Señor y de la Reina del cielo. Porque este santo arcángel fue uno de los que la guardaban y asistían con los demás que, para su custodia, fueron diputados de todos los órdenes y jerarquías, como en su lugar diré, y siendo justamente patrón y protector universal de la Iglesia santa, por todo fue especialmente testigo y ministro fidelísimo de los misterios de la encarnación y redención; y así lo tengo muchas veces entendido de este santo arcángel, de cuya protección he recibido singulares beneficios en mis trabajos y peleas y me ha prometido asistirme y enseñarme en esta obra.
10. Y sobre todos estos mandatos, y otros que no es necesario referir, y lo que adelante diré19, el mismo Señor por sí inmediatamente me ha mandado y declarado su beneplácito muchas veces, contenido en las palabras que ahora sólo diré. Un día de la Presentación de María santísima en el templo me dijo Su Majestad: Esposa mía, muchos misterios hay en mi Iglesia militante manifiestos de mi Madre y de los santos, pero muchos están ocultos, y más los interiores y secretos, que quiero manifestarlos y que tú los escribas como fueres enseñada, y en especial de María purísima. Yo te los declararé y mostraré, que por los ocultos juicios de mi sabiduría los he tenido reservados, porque,no era el tiempo conveniente ni oportuno a mi providencia; ahora lo es, y mi voluntad que los escribas; obedece, alma.
11. Todas estas cosas que he dicho, y más que pudiera declarar, no fueran poderosas para reducir mi voluntad a determinación tan ardua y peregrina a mi condición, si no juntara la obediencia de mis prelados, que han gobernado mi alma y me enseñan el camino de la verdad. Porque no son mis recelos y temores de condición que me dejaran asegurar en materia tan dificultosa, cuando en otras más fáciles, siendo sobrenaturales, no hago poco en quietarme con la obediencia; y como ignorante mujer he buscado siempre este norte, porque es obligación registrar todas las cosas, aunque parezcan más altas y sin sospecha, con los padres espirituales y no tenerlas por ciertas y seguras hasta la aprobación de los maestros y ministros de la Iglesia santa. Todo esto he procurado hacer en la dirección de mi alma, y más en este intento de escribir la Vida de la Reina del cielo. Y para que mis prelados no se moviesen por mis relaciones, he trabajado muchísimo disimulando cuanto podía algunas cosas y pidiendo con lágrimas al Señor les diese luz y acierto y muchas veces deseando se les quitase del pensamiento esta causa y que no me dejasen errar ni ser engañada.
12. Confieso también que el demonio, valiéndose de mi natural y temores, ha hecho grande esfuerzo para impedirme esta obra, buscando medios con que aterrarme y afligirme, y en que sin duda me hubiera vencido a dejarla, si la industria y perseverancia invencible de mis prelados no hubiera animado mi cobardía, dando también ocasión para que el Señor, la Virgen purísima y santos ángeles renovasen la luz, señales y maravillas. Pero con todo esto, dilaté o, por mejor decir, resistí muchos años a la obediencia de todos –como adelante diré20– sin haberme atrevido a poner mano de intento en cosa tan sobre mis fuerzas. Y no creo ha sido sin particular providencia de Su Majestad, porque en el discurso de este tiempo han pasado por mí tantos sucesos y, puedo decir, misterios y trabajos tan extraordinarios y varios, que no pudiera con ellos gozar de la quietud y serenidad de espíritu cual es necesario para recibir esta luz y enseñanza, pues no en cualquier estado, aunque sea muy alto y provechoso, puede estar idóneo el ápice del alma para recibir tan alto y delicado influjo. Y fuera de esta razón hallo otra: y es, para que con tan larga dilación yo me pudiese informar y asegurar, así con la nueva luz que se va granjeando con el tiempo y la prudencia que se adquiere en la varia experiencia, como también que, perseverando el Señor, los santos, mis prelados y sus instancias, con tan continuada obediencia yo me aquietase y asegurase y venciese mis temores, cobardía, perplejidad y fiase del Señor lo que desconfío de mi flaqueza.
13. En confianza, pues, de esta virtud grande de la obediencia, me determiné en nombre del Altísimo y de la Reina, mi Señora, a rendir mi resistencia. Y llamo grande a esta virtud, no sólo porque ella ofrece a Dios lo más noble de la criatura, que es la mente, dictamen y voluntad, en holocausto y sacrificio, pero también porque ninguna otra virtud asegura el acierto más que la obediencia, pues ya la criatura no obra por sí, sino como instrumento de quien la gobierna y manda. Ella aseguró a Abrahán para que venciese la fuerza del amor y ley natural con Isaac; y si fue poderosa para esto, y para que el sol y los cielos detuviesen su velocísimo movimiento, bien puede serlo para que se mueva la tierra; que si por obediencia se gobernara Oza, por ventura no fuera castigado por atrevido y temerario en tocar el arca. Bien veo que yo, más indigna, alargo la mano para tocar, no el arca muerta y figurativa de la antigua ley, pero el arca viva del Nuevo Testamento, donde se encerró el maná de la divinidad y el original de la gracia y su santa ley; pero si callo, temo ya con razón desobedecer a tantos mandatos y podré decir con Isaías: ¡Ay de mí porque callé!24 Pues, ah Reina y Señora mía, mejor será que resplandezca en mi vileza vuestra benignísima piedad y misericordia y el favor de vuestra liberal mano; mejor será que me la deis para obedecer a vuestros mandatos, que caer en vuestra indignación; obra será, oh purísima Madre, digna de vuestra clemencia levantar a la pobre de la tierra y que de un sujeto flaco y menos idóneo hagáis instrumento para obras tan difíciles, con que engrandecéis vuestra gracia y las que vuestro Hijo santísimo os comunicó; y no daréis lugar a la engañosa presunción, para que imagine que con industria humana o con prudencia terrena o con la fuerza y autoridad de la disputa se hace esta obra, pero que con la virtud de la divina gracia despertáis de nuevo los corazones fieles y los lleváis a vos, fuente de piedad y misericordia. Hablad, pues, Señora, que vuestra sierva oye con voluntad ardiente de obedeceros como debo. Pero ¿cómo podrán alcanzar e igualar mis deseos a mi deuda? Imposible será la digna retribución, pero, si posible fuera, la deseara. ¡Oh Reina poderosa y grande, cumplid vuestras promesas y palabras, manifestándome vuestras gracias y atributos, para que sea vuestra grandeza más conocida y magnificada de todas las naciones y generaciones! Hablad, Señora, que vuestra sierva oye, hablad y engrandeced al Altísimo por las obras poderosas y maravillosas que obró su diestra en vuestra profundísima humildad; derívense de sus manos, hechas a torno25, llenas de jacintos, en las vuestras y de ellas a vuestros devotos y siervos, para que los ángeles le bendigan, los justos le magnifiquen, los pecadores le busquen y para que tengan todos ejemplar de suma santidad y pureza y con la gracia de vuestro santísimo Hijo, tenga yo este espejo y eficaz arancel por donde pueda componer mi vida. Pues éste ha de ser el primer intento de mi cuidado en escribir la vuestra, como repetidas veces me lo ha dicho vuestra Alteza, dignándose de ofrecerme un vivo ejemplar y espejo sin mácula animado, donde mire y adorne mi alma, para ser hija vuestra y esposa de vuestro santísimo Hijo.
14. Esta es toda mi pretensión y voluntad; y por esto, no escribiré como maestra sino como discípula, no para enseñar sino para aprender, que ya se han de callar por oficio las mujeres en la Iglesia santa26 y oír a los maestros; pero, como instrumento de la Reina del cielo, manifestaré lo que Su Majestad se dignare enseñarme y me mandare; porque, de recibir el espíritu que su Hijo santísimo prometió27 enviar sobre todas las condiciones de las personas sin excepción, todas las almas son capaces y también lo son de manifestarlo en su conveniente modo como lo reciben, cuando la potestad superior lo ordena con cristiana providencia, como juzgo lo han dispuesto mis prelados. El errar yo es posible y consiguiente a mujer ignorante, pero no en obedecer, ni tampoco será de voluntad; y así me remito y sujeto a quien me guía y a la corrección de la santa Iglesia católica, a cuyos ministros acudiré en cualquiera dificultad; y quiero que mi prelado, maestro y confesor sea testigo y censor de esta doctrina que recibo y también juez vigilante y severo de cómo la pongo por obra o falto en el cumplimiento de ella y de mis obligaciones medidas por este beneficio.
15 Por voluntad del Señor y orden de la obediencia he escrito segunda vez esta divina Historia; porque la primera, como era la luz con que conocía sus misterios tan abundante y fecunda y mi cortedad grande, no bastó la lengua, ni alcanzaron los términos, ni la velocidad de la pluma para decirlo todo; dejé algunas cosas y, con el tiempo y las nuevas inteligencias, me hallo más dispuesta para escribirlas ahora, aunque siempre dejaré de decir mucho de lo que entiendo y he conocido, porque todo nunca es posible. Fuera de esto, he conocido otra razón en el Señor: y es que, la primera vez cuando escribí, me llevaba mucho la atención de lo material y orden de esta obra, y fueron las tentaciones y temores tan grandes y las tempestades que me combatían de discursos y sugestiones tan excesivas, de que era temeraria en haber puesto mano en obra tan ardua, que me rendí a quemarla; y creo no sin permisión del Señor, porque en estado tan turbulento no se pudo dar al alma lo conveniente y que el Altísimo quería, escribiéndola en mi corazón y grabando en mi espíritu su doctrina, como se me manda lo haga ahora, y puede colegirse del suceso siguiente.
16. Un día de la Purificación de Nuestra Señora, después de haber recibido el santísimo sacramento, quise celebrar esta santa festividad – porque cumplía en ella años de profesión – con hacimiento de gracias y rendido corazón al Altísimo que, sin merecerlo, me admitió por su esposa; y, al tiempo de ejercitar estos afectos, sentí en mi interior una mudanza eficaz con abundantísima luz, que me llevaba y compelía fuerte y suavemente al conocimiento del ser de Dios, de su bondad, perfecciones y atributos y al desengaño de mi propia miseria; y estos objetos, que a un tiempo se ponían en mi entendimiento, me hacían varios efectos: el primero, llevándose toda mi atención y voluntad, y el segundo, aniquilándome y pegándome con el polvo, de manera que se deshacía mi ser y sentía dolor vehementísimo y contrición de mis graves pecados con firme propósito de la enmienda y de renunciar cuanto el mundo tiene y levantarme sobre todo lo terreno al amor del Señor; en estos afectos quedaba desfallecida y el mayor dolor era consuelo y el morir vivir. El Señor, apiadándose de mi deliquio y por sola su misericordia, medijo: No desmayes, hija y esposa mía, que para perdonarte, lavarte y purificarte de tus culpas yo te aplicaré mis infinitos merecimientos y la sangre que por ti derramé; anímate a la perfección que deseas con la imitación de la vida de mi Madre santísima; escríbela segunda vez, para que pongas lo que falta e imprimas en tu corazón su doctrina y no irrites más mi justicia, ni desobligues a mi misericordia quemando lo que escribieres, porque mi indignación no quite de ti la luz que, sin merecerla, se te ha dado para conocer y manifestar estos misterios.
17. Luego vi a la Madre de Dios y de Piedad y me dijo: Hija mía, aún no has sacado el fruto conveniente para tu alma del árbol de la vida de mi Historia que has escrito, ni llegado a la medula de su sustancia; no has cogido harto de este maná escondido, ni has tenido la última disposición de perfección que necesitabas, para que el Todopoderoso grabe e imprima respectivamente en tu alma mis virtudes y perfecciones. Yo te he de dar la cualidad y adorno conveniente para lo que la divina diestra quiere obrar en ti; y le he pedido que por mi mano e intercesión, y de la abundantísima gracia que me ha comunicado, me dé licencia para adornarte y componer tu alma, para que vuelvas a escribir mi vida, sin atender a lo material de ella sino a lo formal y sustancial, habiéndote pasivamente y sin poner óbice para recibir el corriente de la divina gracia que el Todopoderoso encaminó a mí y que pase a ti la parte que la voluntad divina dispusiere; no la coartes ni limites por tu poquedad e imperfecto proceder.–Luego conocí que la Madre de piedad me vestía una vestidura más blanca que la nieve y resplandeciente que el sol; y después me ciñó con una cintura riquísima y dijo: Esta es participada de mi pureza.–Y pidió ciencia infusa al Señor para adornarme con ella, que sirviese de hermosísimos cabellos, y otras dádivas y preseas preciosas que, aunque yo veía eran grandes, conocía ignoraba su valor. Y después de este adorno, me dijo la divina Señora: Trabaja fiel y diligente por imitarme y ser perfectísima hija mía, engendrada de mi espíritu, criada a mis pechos. Yo te doy mi bendición, para que en mi nombre y con mi dirección y asistencia escribas segunda vez.
18. Toda esta Vida santísima, para mayor claridad, se reduce a tres partes o libros: el primero será de lo que pertenece y toca a los quince años primeros de la Reina del cielo, desde su concepción purísima hasta que en su virginal vientre tomó carne humana el Verbo eterno, y lo que en estos años obró el Altísimo con María purísima; la segunda parte comprende el misterio de la encarnación, toda la vida de Cristo nuestro Señor, su pasión, muerte y ascensión a los cielos, que fue lo que vivió la divina Reina con su Hijo santísimo, y lo que hizo en este tiempo; la tercera parte será lo restante de esta vida de la Madre de la gracia, después que se quedó sola sin Cristo nuestro Redentor en el mundo, hasta que llegó la hora de su feliz tránsito, asunción y coronación en los cielos por Emperatriz de ellos, para vivir eternamente como Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Estas tres partes divido en ocho libros, para que sean más manuales y siempre objeto de mi entendimiento, estímulo de mi voluntad y mi meditación de día y noche.
19. Y para declarar en qué tiempo escribí esta divina Historia, se ha de advertir que fundaron este convento de religiosas descalzas de la purísima Concepción mis padres Fr. Francisco Coronel y la madre sor Catalina de Arana, en su misma casa, por disposición y voluntad divina, declarada con particular luz y revelación a mi madre sor Catalina. Fue la fundación octava de la Epifanía, a trece de enero del año de mil seiscientos y diez y nueve. El mismo día tomamos el hábito mi madre y dos hijas, y mi padre se fue a la religión de nuestro seráfico Padre san Francisco, con dos hijos que ya eran religiosos, donde tomó el hábito, profesó y vivió con ejemplo de todos y murió santamente. Mi madre y yo recibimos el velo día de la Purificación de la gran Reina del cielo, a dos de febrero del año de mil seiscientos y veinte; y por no tener edad bastante, se dilató la profesión de la segunda hija. Favoreció el Todopoderoso por sola su bondad nuestra familia, en que toda se consagrase al estado religioso. El año octavo de la fundación, a los veinte y cinco de mi edad y del Señor de mil seiscientos y veinte y siete, me dio la obediencia el oficio de prelada que hoy indignamente tengo. Pasaron diez años de prelacía, en los cuales tuve muchos mandatos del Altísimo y de la gran Reina del cielo para que escribiese su vida santísima, y con temor y encogimiento resistí todo ese tiempo a estos órdenes divinos, hasta el año de mil seiscientos y treinta y siete que comencé a escribirla la primera vez; y en acabándola, por los temores y tribulaciones dichas, y por consejo de un confesor que me asistía en ausencia del principal que me gobernaba, quemé todos los papeles y otros muchos, así de esta sagrada Historia como de otras materias graves y misteriosas; porque me dijo que las mujeres no habían de escribir en la santa Iglesia. Obedecíle pronta y después tuve asperísimas reprensiones de los prelados y confesor que sabía toda mi vida; y de nuevo me intimaron censuras para que la escribiese otra vez; y el Altísimo y la Reina del cielo repitieron nuevos mandatos para que obedeciese. Y esta segunda vez, fue tan copiosa la luz que del ser divino tuve, los beneficios que la diestra del Altísimo me comunicó tan abundantes, encaminados a que mi pobre alma se renueve y vivifique en las enseñanzas de su divina Maestra, las doctrinas tan perfectas y los sacramentos tan encumbrados, que es forzoso hacer libro aparte y será perteneciente a la misma Historia y su título: Leyes de la esposa, ápices de su casto amor y fruto cogido del árbol de la vida de María santísima Señora nuestra. Y con el favor divino empiezo a escribirla en ocho de diciembre de mil seiscientos y cincuenta y cinco, día de la purísima inmaculada Concepción.

SEGUNDA PARTE

SEGUNDA PARTE 
CONTIENE LOS MISTERIOS DESDE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO DIVINO EN SU VIRGINAL VIENTRE HASTA LA ASCENSIÓN A LOS CIELOS. INTRODUCCION A LA SEGUNDA PARTE DE LA DIVINA HISTORIA Y VIDA SANTISIMA DE MARIA MADRE DE DIOS.
1. Al tiempo de presentar ante el divino acatamiento el pequeño servicio y trabajo de haber escrito la primera parte de la Vida santísima de María Madre del mismo Dios, para poner a la enmienda y registro de la divina luz lo que con ella misma había copiado, pero con mi cortedad; por lo que quise para consuelo mío saber de nuevo si lo escrito era del beneplácito del Altísimo y si me mandaba continuar o suspender esta obra tan superior a mi insuficiencia; a esta proposición me respondió el Señor: Bien has escrito y ha sido de nuestro beneplácito, pero queremos entiendas que, para manifestar los misterios y altísimos sacramentos que encierra lo restante de la vida de nuestra única y dilecta Esposa, Madre de nuestro Unigénito, necesitas de nueva y mayor disposición. Queremos que mueras del todo a lo imperfecto y visible y vivas según el espíritu, que renuncies todas las operaciones de criatura terrena y sus costumbres y que sean de ángel, con mayor pureza y conformidad a lo que has de entender y escribir.
2. En esta respuesta del Altísimo entendí que se me intimaba y se me pedía tan nuevo modo de obrar las virtudes y tan alta perfección de vida y costumbres, que, como confiada de mí, quedé turbada y temerosa de emprender negocio tan arduo y difícil para una criatura terrena. Sentí grandes contiendas en mí misma, entre la carne y el espíritu. Éste me llamaba con fuerza interior, compeliéndome a procurar la gran disposición que se me pedía, administrándome razones del grande agrado del Señor y conveniencias mías. Y por el contrario la ley del pecado, que sentía en mis miembros, me contradecía1, repugnaba a la divina luz y me desconfiaba, temiendo yo misma mi inconstancia. Sentía en este conflicto una fuerte rémora que me detenía, una cobardía que me aterraba; y con esta turbación se me hacía más creíble el concepto de que yo no era idónea para tratar cosas tan altas, y más siendo ellas tan ajenas de la condición y profesión de mujeres.
3. Vencida del temor y dificultad, determiné no proseguir esta obra y poner todos los medios posibles para conseguirlo. Conoció el común enemigo mi temor y cobardía y, como su crueldad pésima se enfurece más contra los más flacos y desvalidos, valiéndose de la ocasión me acometió con increíble saña, pareciéndole me hallaba desamparada de quien me librase de sus manos; y para disfrazar su malicia procuraba transformarse en ángel de luz, fingiéndose muy celoso de mi alma y de mi acierto, y debajo de este falso pretexto me arrojaba porfiadamente continuas sugestiones y pensamientos, ponderándome el peligro de mi condenación, amenazándome con otro castigo semejante al del primer ángel2, porque me representaba había yo querido comprender con soberbia lo que era sobre mis fuerzas y contra el mismo Dios.
4. Proponíame muchas almas que, profesando virtud, habían sido engañadas por alguna oculta presunción y por dar lugar a las fabulaciones de la serpiente, y que escudriñar yo los secretos de la Majestad divina3 no podía ser sin soberbia muy presuntuosa, en que yo estaba metida. Encarecióme mucho que los tiempos presentes eran mal afortunados para estas materias, y lo confirmaba con algunos sucesos de personas conocidas en quien se halló dolo y engaño, con el terror que otras han cobrado para emprender la vida espiritual, con el descrédito que ocasionaría cualquiera cosa malsonante en mí, el efecto que causaría en los que tienen poca piedad; que todo esto conocería yo por experiencia y para mi daño, si proseguía en escribir esta materia. Y siendo verdad, como lo es, que toda la contradicción que padece la vida espiritual, y el ser la virtud en lo místico menos recibida en el mundo, es obra de este mortal enemigo que, para extinguir la devoción y piedad cristiana en muchos, procura engañar algunos y sembrar su zizaña en la semilla pura4 de Señor, para ofuscarla y torcer el sentido verdadero, con que se dificulte más apartar las tinieblas de la luz; y no me admiro, porque éste es oficio del mismo Dios y de quien participa de la verdadera sabiduría y no se gobierna sólo por la terrena.
5. No es fácil en la vida mortal discernir entre la prudencia verdadera y falsa, porque tal vez aun la buena intención y celo equivoca el juicio humano, si falta el acuerdo y luz de lo alto. Yo he tenido ocasión para conocer esto en lo que voy tratando; porque algunas personas conocidas y devotas, otras que por su piedad me amaban y deseaban mi bien, otras con desprecio y menos afecto, todas a un tiempo me procuraron divertir de esta ocupación, y aun del camino por donde iba, como si fuera elección propia; y no me turbó poco el enemigo por medio de estas personas, porque el temor de alguna confusión o descrédito que podía resultar a los que conmigo ejercitaban su piedad, a la religión y a mis propincuos, y singularmente al convento que vivo, les daba cuidado y a mí aflicción. llevábame mucho la seguridad que se me representaba siguiendo el camino ordinario de las demás religiosas. Confieso se ajustaba más a mi dictamen o mi natural inclinación y deseo y mucho más a mi encogimiento y grandes temores.
6. Fluctuando mi corazón entre estas olas impetuosas, procuré llegar al puerto de la obediencia, que me aseguraba en el mar amargo de mi confusión. Y porque mi tribulación fuese mayor, sucedió que en esta ocasión se trataba en la religión de ocupar en oficios superiores a mi padre espiritual y prelado, que muchos años había gobernado mi espíritu y tenía comprendido mi interior y persecuciones y me había ordenado escribiese todo lo que estaba tratado y con su dirección me prometía acierto, quietud y consuelo. No se consiguió este intento, pero ausentóse en esta ocasión por muchos días5 . Y de todo se valía el dragón grande para derramar contra mí el furioso río6 de sus tentaciones, y así en esta ocasión como en otras trabajó con suma malicia por desviarme de la obediencia y doctrina de mi superior y maestro, aunque fue en vano.
7. A todas las contradicciones y tentaciones que digo, y otras muchas que no puedo referir, añadió el demonio quitarme la salud del cuerpo, causándome muchos achaques, destemplanzas y desconcertándome toda. Movióme una invencible tristeza, turbóme la cabeza y parece me quería oscurecer el entendimiento e impedir el discurso y debilitar la voluntad y trasegarme toda en alma y cuerpo. Y sucedió así, porque en medio de esta confusión vine a cometer algunas faltas y culpas, para mí harto graves, y aunque no fueron tanto de malicia como de fragilidad humana, pero valióse de ellas la serpiente para destruirme más que de ningún otro medio; porque habiéndome turbado el corriente de las buenas operaciones para que cayese, soltó después su furor, desembarazándome para que con mayor ponderación conociese las faltas cometidas. Ayudóme a esto con sugestiones impías y muy sagaces, queriendo persuadirme que todo cuanto por mí había pasado en el camino que llevo era falso y mentiroso.
8. Como tenía esta tentación tan aparente color, así por mis faltas cometidas como por mis continuos sobresaltos y temores, resistíala menos que a otras, y fue singular misericordia del Señor no desfallecer del todo en la esperanza y en la fe del remedio. Pero halléme tan poseída dé la confusión y sumergida en tinieblas, que puedo decir me rodearon los gemidos de la muerte y me ciñeron los dolores del infierno7, llevándome hasta reconocer el último peligro; determiné quemar los papeles en que tenía escrita la primera parte de esta divina Historia para no proseguir la segunda. Y a esta determinación el ángel de Satanás que me la administraba añadió también el proponerme que me retirase de todo, que no tratase de camino ni vida espiritual, ni atendiese al interior, ni lo comunicase con nadie, y con esto podía hacer penitencia de mis pecados y aplacar al Señor y desenojarle, que lo estaba conmigo. Y para asegurar más su iniquidad disimulada me propuso hiciera voto de no escribir, por el peligro de ser engañada y engañar, pero que me enmendase la vida y cercenase imperfecciones y abrazase la penitencia.
9. Con esta máscara de aparente virtud pretendía el dragón acreditar sus dañados consejos y cubrirse con piel de oveja el que era sangriento y carnicero lobo. Perseveró algún tiempo en esta porfía, y singularmente estuve quince días en una tenebrosa noche sin sosiego ni consuelo alguno divino ni humano: sin éste, porque me faltaba el consejo y alivio de la obediencia, y sin aquél, porque había suspendido el Señor el influjo de sus favores, las inteligencias y continua luz interior. Y sobre todo esto me apretaba la falta de salud, y en ella la persuasión de que se allegaba la muerte y el peligro de mi condenación; que todo lo maquinaba y representaba el enemigo.
10. Pero como sus dejos son tan amargos y todos paran en desesperación, la misma turbación con que alteraba toda la república de mis potencias y los hábitos adquiridos me hizo más atenta para no ejecutar cosa alguna de las que me inclinaba, o yo proponía. Valíase del temor continuamente, el cual me tenía crucificada sobre si ofendería a Dios y perdería su amistad, y aplicándomele con mi ignorancia a las cosas divinas para que me recelase de ellas. Y este mismo temor me hacía dudar en lo que el astuto dragón me persuadía y dudando me detenía a no darle asenso. Ayudábame también el respeto de la obediencia, que me había mandado escribir y todo lo contrario de lo que sentía en mis sugestiones y persuasiones, y que las resistiese y anatematizase. Sobre todo esto era el amparo oculto del Altísimo, que me defendía y no quería entregar a las bestias el alma que en medio de tales tribulaciones, siquiera con gemidos y suspiros, le confesaba. No puedo con palabras encarecer las tentaciones, combates, desconsuelos, despechos, aflicciones, que en esta batalla padecí, porque me vi en tal estado que, a mi juicio, de él al de los condenados no había en el interior más diferencia de que en el infierno no hay redención y en el otro la puede haber.
11. Un día de éstos, para respirar un poco, clamé de lo profundo de mi corazón, y dije: ¡Ay de mí, que a tal estado he venido, y ay del alma que se viere en él! ¿A dónde iré, que todos los puertos de mi salud están cerrados? Luego me respondió una voz fuerte y suave en el mismo interior: ¿A dónde quieres ir fuera del mismo Dios? Conocí en esta respuesta que mi remedio estaba propicio en el Señor y con el aliento de esta luz comencé a levantarme de aquel confuso abatimiento en que estaba oprimida y sentí una fuerza que me fervorizaba en los deseos y en los actos de fe, esperanza y caridad. Humilléme en la presencia del Altísimo y con segura confianza en su bondad infinita lloré mis culpas con amarga contrición, confeséme de ellas muchas veces y con suspiros de lo íntimo de mi alma salía buscar mi antigua luz y verdad. Y como la divina sabiduría se anticipa a quien la llama8, salióme luego al encuentro con alegre semblante y serenó la noche de mi confusa y dolorosa tormenta.
12. Amanecióme luego el claro día que yo deseaba y volví a la posesión de mi quietud, gozando la dulzura del amor y vista de mi Señor y dueño, y con ella conocí la razón que tenía para creer, admitir y reverenciar los beneficios y favores de su brazo poderoso que en mí obraba. Agradecílos cuanto pude, y conocí quién soy yo y quién es Dios y lo que puede la criatura por sí sola, que todo es nada, porque nada es el pecado, y lo que puede levantada y asistida de la divina diestra, que sin duda es mucho más de lo que imagina nuestra capacidad terrena; y abatida en el conocimiento de estas verdades y en presencia de la luz inaccesible, que es grande, fuerte, sin engaño, ni dolo, y con esta inteligencia se deshacía mi corazón en afectos dulces de amor, alabanza y agradecimiento, porque me había guardado y defendido para que en la noche de mis confusas tentaciones no se extinguiese mi lucerna9 , y en este agradecimiento me pegaba con el polvo y humillaba hasta la tierra.
13. Para ratificar este beneficio tuve luego una interior exhortación, sin conocer con clara vista quién me la daba; pero a un mismo tiempo me reprendía con severidad mi deslealtad y mal proceder que había tenido y con amable majestad me amonestaba y alumbraba, dejándome corregida y enseñada. Diome nuevas inteligencias del bien y del real, de la virtud y del vicio, de lo seguro, útil y de lo bueno y también de lo contrario; descubrióme el camino de la eternidad, dándome noticia de los principios, de los medios y de los fines, del aprecio de la vida eterna, de la infeliz miseria y poco advertida desdicha de la perdición sin fin.
14. En el profundo conocimiento de estos dos extremos, confieso quedé enmudecida y casi turbada entre el temor de mi fragilidad que me desmayaba y el deseo de conseguir lo que no era digna porque me hallaba sin méritos. Alentábame la piedad y misericordia del Muy Alto y el temor de perderle me afligía; miraba los dos fines tan distantes de la criatura, de eterna gloria o eterna pena, y para conseguir lo uno y desviarme de lo otro me parecían leves todas las penas y tormentos del mundo, del purgatorio y del mismo infierno. Y aunque conocía que la criatura tiene cierto y seguro el favor divino si ella quiere aprovecharse de él, pero como también entendía en aquella luz que está la muerte y la vida en nuestras manos10 y puede nuestra flaqueza o malicia malograr la gracia y que el madero ha de quedar adonde cayere11 para una y toda la eternidad, aquí desfallecía de dolor que amargamente penetraba mi corazón y alma.
15. Aumentó sumamente esta aflicción una severísima respuesta o pregunta que tuve del Señor; porque, como yo me hallaba tan aniquilada en el conocimiento de mi flaqueza y peligro y de lo que había desobligado a su justicia, no me atrevía a levantar los ojos en su presencia, y en aquella mudez encaminé mis gemidos a su misericordia. Respondióme a ellos, y díjome: ¿Qué quieres, alma? ¿Qué buscas? ¿Cuál de estos caminos eliges? ¿Cuál es tu determinación? Esta pregunta fue una flecha para mi corazón; y aunque sabía de cierto que el Señor conocía mi deseo mejor que yo misma, con todo eso era de increíble dolor la dilación de la pregunta a la respuesta, porque yo quisiera que, si fuera posible, se anticipara y no se me mostrara el Señor como ignorante de lo que yo había de responder. Pero movida de una gran fuerza respondí a voces de lo íntimo del alma, y dije: Señor y Dios todopoderoso, la senda de la virtud, el camino de la eterna vida, éste quiero, éste elijo, para que me llevéis por él, y si no lo merezco de vuestra justicia apelo a vuestra misericordia y presento en mi favor los infinitos merecimientos de vuestro Hijo santísimo y mi redentor Jesucristo.
16. Conocía entonces que se acordaba este sumo Juez de la palabra que dio a su Iglesia, que concedería todo lo que se le pidiese en el nombre de su Unigénito12 y que en él y por él se despachaba y concedía mi petición, según mi pobre deseo, y que se me intimaba con ciertas condiciones que me declaró una voz intelectual, que me dijo en el interior: Alma criada por mano del omnipotente Dios, si pretendes como escogida seguir el camino de la verdadera luz y llegar a ser carísima esposa del Señor que te llamó, conviénete que guardes las leyes y preceptos del amor que de ti quiere. El primero ha de ser que con efecto te niegues toda a ti misma y a todas tus inclinaciones terrenas, renunciando todo y cualquier amor de lo momentáneo, para que ni ames ni admitas el amor de ninguna criatura visible, por más útil, hermosa, ni agradable que te parezca; de ninguna has de admitir especies, ni caricias, ni afectos, ni el de tu voluntad se ha de terminar en cosa criada más de en cuanto te lo mandare tu Señor y Esposo para el uso de la caridad bien ordenada, o en cuanto te pueden ayudar para que le ames sólo a él.
17. Y cuando, habiendo cumplido perfectamente con esta negación y renunciación, quedares libre y sola, alejada de todo lo terreno, quiere el Señor que con alas de paloma levantes con velocidad el vuelo a una alta habitación en que su dignación quiere colocar tu espíritu, para que en ella vivas y asistas y tengas tu morada. Este gran Señor es esposo celosísimo13 y su amor y emulación es fuerte como la muerte14 , y así te quiere guarnecer y depositar en lugar seguro para que no salgas de él y alejarte del que no lo estarás, ni te conviene a sus caricias. Quiere asimismo señalarte de su mano con quién has de conversar sin recelos, y ésta es ley justísima que deben observar las esposas de tan gran Rey, cuando las del mundo para ser fieles lo hacen; y es debido a la nobleza de tu Esposo que tú guardes la correspondencia decente a la dignidad y título que de él recibes, sin atender a cosa alguna que sea indigna de tu estado y te haga incapaz del adorno que te dará para que entres en su tálamo.
18. Lo segundo que de ti quiere ha de ser que con diligencia te despojes de la vileza de tus vestiduras desandrajadas por tus culpas e imperfecciones, inmundas por los efectos del pecado y horribles por la inclinación de la naturaleza. Quiere Su Majestad lavar tus manchas y purificarte y renovarte con su hermosura, pero con advertencia que nunca pierdas de vista las vestiduras pobres y viles de que te despojan, para que, con la memoria de este beneficio y su conocimiento, el nardo de la humildad despida olor de suavidad para este gran Rey15 , y que jamás pongas en olvido el retorno que debes al autor de tu salud, que con el precioso bálsamo de su sangre quiso purificarte y sanar tus llagas y copiosamente iluminarte.
19. Sobre todo esto –añadió aquella voz– para que olvidada de todo lo terreno codicie tu hermosura el sumo Rey16 , quiere que seas adornada de las joyas que te tiene prevenidas de su agrado: la vestidura que te cubra toda ha de ser más blanca que la nieve, más refulgente que el diamante, más resplandeciente que el sol, pero tan delicada que fácilmente la mancharás si te descuidas; y si lo hicieres serás aborrecible para tu Esposo y si la conservares en la pureza que desea serán tus pasos hermosísimos17 como de la hija del Príncipe y Su Majestad se pagará de tus afectos y obras. Por ceñidor de este vestido te pone el conocimiento de su poder divino y el temor santo, para que ceñidas tus inclinaciones te ajustes y te midas con su agrado. Las joyas y collar que adornen el cuello de tu humilde rendimiento serán las ricas piedras de la fe, esperanza y caridad. A los cabellos altos y eminentes de tus pensamientos y divinas inteligencias servirá de apretador la sabiduría y ciencia infusa que te comunica, y toda la hermosura y riqueza de las virtudes será el resalte que adorne tu vestidura. De sandalias te servirá la diligencia solícita en obrar lo más perfecto, y los lazos de este calzado será la detención y grillos que te han de impedir para lo malo. Los anillos, que harán tus manos agradables, serán los siete dones del divino Espíritu, y para resplandor de tu rostro será la participación de la divinidad que por el amor santo te iluminará, y tú añadirás el color de la confusión de haberle ofendido, que te sirva de pudor para no hacerlo en adelante, confiriendo el grosero y torpe adorno que has dejado con este tan hermoso que recibes.
20. Y porque de tu cosecha eres mísera y pobrecilla para tan alto desposorio, quiere el Altísimo hacer más firme este contrato señalándote para dote los infinitos merecimientos de tu esposo Jesucristo como si fueran sólo para ti, y te hace participante de su hacienda y tesoros, que contienen todo cuanto en los cielos y en la tierra está encerrado. Todo es hacienda de este supremo Señor y de todo serás dueña como esposa para usar de ello en él mismo y para más amarle. Pero advierte, alma, que para lograr tan raro beneficio quiere tu Señor y Esposo que te recojas toda dentro de ti misma, sin que jamás pierdas tu secreto; porque te aviso del peligro, que macularás esta hermosura con cualquiera pequeña imperfección; pero si como flaca la cometes, levántate luego como fuerte y llora como agradecida pesando tu pequeña culpa, como si fuera la más grave.
21. Y para que también tengas habitación y lugar conveniente a tal estado, no te quiere estrechar tu Esposo la morada, antes gusta de señalarte, para que siempre habites en los espacios interminables de su divinidad, que te dilates y espacies por los inmensos campos de sus atributos y perfecciones, donde la vista se dilata sin hallar término, la voluntad se deleita sin zozobra, el gusto se sacia sin amargura. Este es el paraíso siempre ameno, donde se recrean las esposas carísimas de Cristo y donde cogen las flores y la mirra fragantes y donde se halla el todo infinito por haber negado la imperfecta nada. Aquí será tu habitación segura, y porque a ella corresponda tu conversación y compañía quiere la tengas con los ángeles y los tengas por amigos y compañeros y de su frecuente conversación y trato copies en ti misma sus virtudes y en ellas los imites.
22. Advierte, alma –continuó la voz– en la largueza de este beneficio, porque la Madre de tu Esposo y Reina de los cielos de nuevo te adopta por su hija, te admite por discípula y se constituye por tu Madre y Maestra; y por su intercesión recibes tan singulares favores y todos se te conceden para que escribas su santísima Vida, y por este medio se te ha perdonado lo que tú no merecías y se te ha concedido lo que sin esta ocupación no alcanzaras. ¿Qué fuera, alma, de ti, si no es por la Madre de piedad? Ya hubieras perecido si su intercesión te faltara, y si por la divina dignación no hubieras sido escogida para escribir esta Historia pobres e inútiles fueran tus obras, pero el eterno Padre te elige por su hija, mirando a este fin, y por esposa de su Hijo unigénito, y el Hijo te admite para que participes de sus estrechos abrazos, el Espíritu Santo para sus iluminaciones. La escritura de este contrato y desposorio se estampa e imprime en el papel blanco de la pureza de María santísima, escríbela el dedo del Altísimo y su poder, la tinta es la sangre del Cordero, el ejecutor el Padre eterno, el vínculo que te unirá con Cristo es el divino Espíritu y el fiador serán los méritos del mismo Jesucristo y de su Madre, pues tú eres un vil gusanillo y nada tienes que ofrecer, y sólo se te pide la voluntad.
23. Hasta aquí llegó la voz y amonestación que se me dio. Y aunque juzgaba ser de ángel, pero entonces no le conocí tan claro, porque no le veía como otras veces; que en manifestarse o encubrirse se acomodan estos beneficios a la disposición que tiene el alma para recibirlos, como sucedió a los discípulos de Emaús18 .Otros muchos sucesos se me ofrecieron para vencer la contradicción de la serpiente en escribir esta divina Historia, que sería alargar demasiado el discurso referirlos ahora; pero continué algunos días la oración, pidiendo al Señor me gobernase y enseñase para no errar, representándole mi insuficiencia y encogimiento. Respondióme siempre Su Majestad que ordenase mi vida con toda pureza y grande perfección y continuase lo comenzado, y especialmente la Reina de los ángeles muchas veces me intimó su voluntad con gran dulzura y caricia, mandándome que como hija la obedeciese en escribir su Vida santísima como había comenzado.
24. A todo esto quise juntar la seguridad de la obediencia, y sin manifestar lo que entendía del Señor y de su Madre santísima, pregunté a mi prelado y confesor lo que me ordenaba hiciese en está materia. Respondióme mandándome por obediencia que escribiese, continuando esta segunda parte. Hallándome ya compelida del Señor y de la obediencia, volví de nuevo a la presencia del Altísimo, donde un día fui presentada en la oración y desnudándome de todo afecto mío, conociendo mi poquedad y peligro de errar, postrada ante el tribunal divino, dije a Su Majestad: Señor mío, Señor mío, ¿qué queréis hacer de mí? Y a esta proposición tuve la inteligencia siguiente:
25. Parecióme que la divina luz de la beatísima Trinidad me manifestaba pobre y llena de defectos y reprendiéndome por ellos con severidad me amonestaba, dándome altísima doctrina y documentos saludables para la perfección de vida; y para esto me purificaron y me iluminaron de nuevo. Conocí que la Madre de la gracia María santísima, estando presente al trono de la divinidad, intercedía y pedía por mí. Con aquel amparo alenté mi confianza y, valiéndome de la clemencia de tal Madre, me volví a ella y la dije solas estas palabras: Señora mía y mi refugio, atended como Madre verdadera a la pobreza de vuestra esclava. Parecióme que oía mi petición y que hablando con el Altísimo le decía: Señor mío, a esta inútil y pobre criatura quiero admitir de nuevo por hija y adoptarla para mí. ¡Acción de Reina liberalísima y poderosa! Pero respondióla el Altísimo: Esposa mía, para tan gran favor como ése, ¿qué alega esa alma de su parte, pues ella no lo merece, que es gusanillo inútil y pobre, desagradecida a nuestros dones?
26. ¡Oh fuerza incomparable de la divina palabra! ¿Cómo diré yo los efectos que causó en mí esta respuesta del Todopoderoso? Humillóme hasta mi nada y conocí la miseria de la criatura y mis ingratitudes para con Dios, y deshacíase mi corazón entre el dolor de mis culpas y el deseo de conseguir aquella no merecida y gran dicha de ser hija de esta soberana Señora. Alzaba con temor los ojos al trono del Muy Alto y mi rostro se mudaba con la turbación y la esperanza; convertíame a mi intercesora y, deseando me admitiese por esclava, pues no merecía el título de hija, hablaba con lo íntimo del alma sin formar palabras, y entendía que le decía la gran Señora al Altísimo:
27. Divino Rey y Dios mío, verdad es que no tiene de su parte esta pobre critura qué ofrecer a vuestra justicia; mas yo por ella presento los merecimientos y la sangre que por ella derramó mi Hijo santísimo y con ellos presento la dignidad de Madre de vuestro Unigénito, que recibí de vuestra inefable piedad, todas las obras que hice en su servicio y haberle traído en mis entrañas y alimentado con la leche de mis pechos y sobre todo os presento vuestra misma divinidad y bondad; y os suplico tengáis por bien que esta criatura quede ya adoptada por mi hija y mi discípula, que yo la fío. Con mi enseñanza enmendará sus faltas y perfeccionará sus obras a vuestro beneplácito.
28. Concedió el Altísimo esta petición –¡sea eternamente alabado, que oyó a la gran Reina intercediendo por la menor de las criaturas!– y luego sentí grandes efectos con júbilo de mi alma, los cuales no es posible explicar; pero con todo afecto me convertí a todas las criaturas del cielo y de la tierra y sin poder contener el alborozo las convidé a todas para que por mí y conmigo alabasen al autor de la gracia. Paréceme que a voces les decía: ¡Oh moradores y cortesanos del cielo y todas las criaturas vivientes, formadas por la mano del Muy Alto, mirad esta maravilla de su liberal misericordia, y por ella le bendecid y alabad eternamente, pues a la más vil del universo ha levantado del polvo, a la más pobre ha enriquecido, a la más indigna ha honrado como sumo Dios y poderoso Rey! Y si vosotros, hijos de Adán, veis a la más huérfana amparada, a la más pecadora perdonada, salid ya de vuestra ignorancia, levantaos de vuestro desaliento y animad vuestra esperanza; que si a mí el brazo poderoso me ha favorecido, si me ha llamado y perdonado, todos podéis esperar vuestra salud; y si la queréis tener segura, buscad, buscad el amparo de María santísima, solicitad su intercesión y la sentiréis Madre de inefable misericordia y clemencia.
29. Convertíme también a esta poderosísima Reina, y la dije: Ea, Señora mía, ya no me llamaré huérfana, pues tengo madre, y madre Reina de todo lo criado; ya no seré ignorante, si no por mi culpa, pues tengo maestra de la divina sabiduría; no pobre, pues tengo dueña que lo es de todos los tesoros del cielo y tierra; ya tengo madre que me ampare, maestra que me enseñe y me corrija, señora que me mande y me gobierne. Bendita sois entre todas las mujeres, maravillosa entre las criaturas, admirable en los cielos y en la tierra, y todos confiesen vuestra grandeza con eternas alabanzas. No es fácil ni posible que la menor de las criaturas, el más vil gusano de la tierra, os dé el retorno; recibidle de la divina diestra y a la vista beatífica donde estáis en Dios gozándoos por todas las eternidades. Yo quedaré reconocida y obligada esclava, alabando al Todopoderoso lo que la vida me durare; porque me favoreció su liberal misericordia, dándome a vos, Reina mía, por madre y maestra. Mi silencio afectuoso os alabe, que mi lengua no tiene razones ni términos adecuados para hacerlo; todos son coartados y limitados.
30. No es posible explicar lo que siente el alma en tales misterios y beneficios. Este fue de grandes bienes para la mía, porque luego se me intimó una perfección de vida y de obras, que me faltan términos para decirla como la entendí; pero todo esto –me dijo el Altísimo– se me concedía por María santísima, y para que escribiese su Vida. Y conocí que confirmando el eterno Padre este beneficio, me elegía para que manifestase los sacramentos de su Hija, y el Espíritu Santo para que con su influencia y luz declarase los ocultos dones de su Esposa, y el Hijo santísimo me destinaba para que abriese los misterios de su Madre purísima María. Y para disponerme en esta obra, conocí que la beatísima Trinidad iluminaba y bañaba mi espíritu con especial luz de la divinidad y que el poder divino tocaba mis potencias como con un pincel y las iluminaba con nuevos hábitos para las operaciones perfectas en esta materia.
31. Mandóme también el Altísimo que con todo mi desvelo procurase imitar, según mis flacas fuerzas alcanzasen, todo lo que entendiese y escribiese de las virtudes heroicas y operaciones santísimas de la Reina divina, ajustando mi vida con este ejemplar. Y reconociéndome yo tan inepta como soy para cumplir con esta obligación, la misma Reina clementísima me ofreció de nuevo su favor y enseñanza para todo lo que el Altísimo me mandaba y destinaba. Luego pedí la bendición a la santísima Trinidad, para dar principio a la segunda parte de esta divina Historia y conocí que todas tres personas me la daban como singularmente cada una; y saliendo de esta visión procuré lavar mi alma con los sacramentos y contrición de mis culpas y en el nombre del Señor y de la obediencia puse las manos en esta obra, para gloria del Altísimo y de su Madre santísima y siempre inmaculada Virgen María.
32. Esta segunda parte comprende la vida de la Reina desde el misterio de la encarnación hasta la subida de Cristo nuestro Señor a los cielos inclusive, que es lo más y lo principal de esta divina Historia, porque abraza toda la vida y misterios del mismo Señor con su pasión y muerte santísima. Y sólo quiero advertir aquí que los beneficios y gracias concedidas a María santísima, para prevenirla al misterio de la encarnación, tomaron la corrida desde el instante de su inmaculada concepción, porque entonces en la mente y decreto del mismo Dios era ya Madre del Verbo eterno. Pero como se iba acercando al efecto de la encarnación, iban creciendo los dones y favores de la gracia, y aunque parecen todos de una misma especie o género desde el principio, pero íbanse aumentando y creciendo; y yo no tengo términos nuevos y diferentes que adecuen a estos aumentos y nuevos favores, y así es necesario en toda esta Historia remitirnos al poder infinito del Señor, que dando mucho le queda infinito que dar de nuevo, y la capacidad del alma, y más en la Reina del cielo, tiene su género de infinidad para recibir más y más, como sucedió, hasta llegar al colmo de santidad y participación de la divinidad, que ninguna otra critura pura ha llegado ni llegará eternamente. El mismo Señor me ilustre para que en esta obra prosiga con su divino beneplácito. Amén.

TERCERA PARTE

TERCERA PARTE
CONTIENE LO QUE HIZO DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN DE SU HIJO NUESTRO SALVADOR HASTA QUE LA GRAN REINA MURIÓ Y FUE CORONADA POR EMPERATRIZ DE LOS CIELOS INTRODUCCION A LA TERCERA PARTE DE LA DIVINA HISTORIA Y VIDA SANTISIMA DE MARIA MADRE DE DIOS 
1. El que navega en un peligroso y alto mar, cuanto más engolfado se halla en él, tanto más suele sentir los temores de las tormentas y los recelos de sus cosarios enemigos, de quien puede ser invadido. Aumentan este cuidado la ignorancia y la flaqueza, porque ni sabe cuándo ni por dónde le, acometerá el peligro, ni tampoco es poderoso para divertirle antes que llegue ni a resistirle cuando llegare. Esto mismo es lo que me sucede a mí, engolfada en el inmenso piélago de la excelencia y grandezas de María santísima, aunque es mar en leche, lleno de serenidad muy tranquila, que así lo conozco y confieso. Y no basta para vencer mis temores el hallarme tan adelante en este océano de la gracia, con dejar escritas la primera y segunda parte de su Vida santísima, porque en ella misma, como en espejo inmaculado, he conocido con mayor luz y claridad mi propia insuficiencia y vileza, y con la más evidente noticia se me representa el objeto de esta divina Historia más impenetrable y menos comprensible para todo entendimiento criado. No descansan tampoco los enemigos, príncipes de las tinieblas, que como cosarios molestísimos pretenden afligirme y desconfiarme con falsas ilusiones y tentaciones llenas de iniquidad y astucia sobre toda mi ponderación. No tiene otro recurso el navegante más de convertir su vista al norte, que como estrella del mar segura y fija le gobierna y guía entre las olas. Yo trabajo por hacer lo mismo en la tormenta de mis varias tentaciones y temores, y convertida al norte de la voluntad divina y a mi estrella María santísima, por donde la conozco con la obediencia, muchas veces afligida, turbada y temerosa clamo de lo íntimo del corazón y digo: Señor y Dios altísimo, ¿qué haré entre mis dudas? ¿Proseguiré adelante o mudaré de intento en proseguir el discurso de esta Historia? Y vos, Madre de la gracia y mi Maestra, declaradme vuestra voluntad y de vuestro Hijo Santísimo.
2. Confieso con verdad y como debo a la divina dignación que siempre ha respondido a mis clamores y nunca me ha negado su paternal clemencia, declarándome su voluntad por diversos modos. Y aunque se deja entender esta verdad en la asistencia de la divina luz para dejar escritas la primera y segunda parte, pero sobre este favor son innumerables las veces que el mismo Señor por sí mismo, por su Madre santísima y por sus ángeles me ha quietado y asegurado, añadiendo firmezas a firmezas y testimonios para vencer mis temores y cobardías. Y lo que más es, que los mismos ángeles visibles, que son los prelados y ministros del Señor en su santa Iglesia, me han aprobado e intimado la voluntad del Altísimo, para que sin recelos la creyese y ejecutase, prosiguiendo esta divina Historia. Tampoco me ha faltado la inteligencia de la luz o ciencia infusa que con fuerte suavidad y dulce fuerza llama, enseña y mueve a conocer lo más alto de la perfección y lo purísimo de la santidad, lo supremo de la virtud y lo más amable de la voluntad, y que todo esto se me ofrece como encerrado y reservado en esta arca mística de María santísima, como maná escondido, para que lleguen a gustarle y poseerle.
3. Pero con todo esto, para entrar en esta tercera parte y comenzar a escribirla, he tenido nuevas y fuertes contradicciones, no menos difíciles de vencer que para las dos primeras. Y puedo afirmar sin recelo que no dejo escrito período ni palabra ni me determino a escribirla sin reconocer más tentaciones que escribo letras. Y aunque para el embarazo de mis temores me basto yo a mí misma, pues conociéndome la que soy no puedo dejar de ser cobarde ni puedo fiar de mí menos de lo que experimento en mi flaqueza, pero ni esto ni la grandeza del asunto eran los impedimentos que hallaba, aunque no luego los conocí. Presenté al Señor la segunda parte que tenía escrita, como antes lo hice de la primera. Compelíame la obediencia con rigor para dar principio a esta tercera y, con la fuerza que comunica esta virtud a los que se sujetan a ella, animaba mi cobardía y alentaba el desmayo que reconocía en mí para ejecutar lo que se me mandaba. Pero entre los deseos y dificultades de comenzar, anduve fluctuando algunos días como nave combatida de contrarios y fuertes vientos.
4. Por una parte, me respondía el Señor que prosiguiese lo comenzado, que aquélla era su voluntad y beneplácito, y nunca reconocía otra cosa en mis continuas peticiones. Y aunque alguna vez disimulaba estos órdenes del Altísimo y no los manifestaba luego al prelado y confesor –no por ocultarlos sino para mayor seguridad y para no sospechar que se gobernaba sólo por mis informes–, pero Su Majestad, que en sus obras es tan uniforme, les ponía en el corazón nueva fuerza para que con imperio y preceptos me lo mandasen, como siempre lo han hecho. Por otra parte, la emulación y malicia de la antigua serpiente calumniaba todas las obras y movimientos y despertaba o movía contra mí una tormenta deshecha de tentaciones, que tal vez quería levantarme a lo altivo de su soberbia, otras y muchas me quería abatir a lo profundo de la desconfianza y envolverme en una caliginosa tiniebla de temores desordenados, juntando a éstas otras diversas tentaciones interiores y exteriores, creciendo todas al paso que proseguía esta Historia y más cuando me inclinaba a concluirla. Valióse también del dictamen de algunas personas este enemigo, que por natural obligación debía algún respeto y no me ayudaban a proseguir lo comenzado. Turbaba también a las religiosas que tengo a mi cargo. Parecíame que me faltaba tiempo, porque no había de dejar el seguimiento de la comunidad, que era la mayor obligación de prelada. Y con todos estos ahogos no acababa de asentar ni quietar el interior en la paz y tranquilidad que era necesaria y conveniente para recibir la luz actual e inteligencia de los misterios que escribo; porque ésta no se percibe bien ni se comunica por entero entre los torbellinos de tentaciones que inquietan al espíritu y sólo viene en aire blando y sereno que templa las potencias interiores.
5. Afligida y conturbada de tanta variedad de tentaciones, no cesaban mis clamores, y un día en particular dije al Señor: Altísimo Dueño y bien mío de mi alma, no son ocultos a vuestra sabiduría mi gemido y mis deseos de daros gusto y no errar en vuestro servicio. Amorosamente me lamento en vuestra real presencia, porque o me mandáis, Señor, lo que no puedo yo cumplir, o dais mano a vuestros enemigos y míos para que con su malicia me lo impidan.-.Respondióme Su Majestad a esta querella y con alguna severidad me dijo: Advierte, alma, que no puedes continuar lo comenzado ni acabarás de escribir la Vida de mi Madre, si no eres en todo muy perfecta y agradable a mis ojos, porque yo quiero coger en ti el copioso fruto de este beneficio y que tú le recibas la primera con tanta plenitud, y para que lo logres como yo lo quiero, es necesario que se consuma en ti todo lo que tienes de terrena e hija de Adán, los efectos del pecado con tus inclinaciones y malos hábitos.–Esta respuesta del Señor despertó en mí nuevos cuidados y más encendidos deseos de ejecutar todo lo que se me daba a conocer en ella, que no sólo era una común mortificación de las inclinaciones y pasiones, sino una muerte absoluta de toda la vida animal y terrena y una renovación y transformación en otro ser y nueva vida celestial y angélica.
6. Y deseando extender mis fuerzas a lo que se me proponía, examinaba mis inclinaciones y apetitos, rodeaba por las calles y por los ángulos de mi interior y sentía un conato vehemente de morir a todo lo visible y terreno. Padecí en estos ejercicios algunos días grandes aflicciones y desconsuelos, porque al paso de mis deseos crecían también los peligros y ocasiones de divertimientos con criaturas que bastaban para impedirme, y cuanto más quería alejarme de todo tanto más metida y oprimida me hallaba con lo mismo que aborrecía. Y de todo se valía el enemigo para desmayarme, representándome por imposible la perfección de vida que deseaba. A este desconsuelo se juntó otro nuevo y extraordinario con que me hallé impensadamente. Este fue que comencé a sentir en mi persona una nueva disposición de cuerpo tan viva y que me hacía tan sensible para sufrir los trabajos, que los muy fáciles, siendo penales, se me hacían más intolerables que los mayores de hasta entonces. Las ocasiones de mortificación, que antes eran muy sufribles, se me hacían violentísimas y terribles y en todo lo que era padecer dolor sensible me sentía tan débil que me parecían mortales heridas. Sufrir una disciplina era deliquio hasta desmayar y cada golpe me dividía el corazón, y sin encarecimiento digo que sólo el tocarme una mano con otra me hacía saltar las lágrimas, con grande confusión y desconsuelo mío de verme tan miserable. Y experimenté, haciéndome fuerza a trabajar no obstante el mal que tenía, saltarme por las uñas la sangre.
7. Ignoraba la causa de esta novedad, y discurriendo conmigo misma y diciendo con despecho: ¡Ay de mí! ¿Qué miseria mía es ésta? ¿Qué mudanza la que siento? Mándame el Señor que me mortifique y muera a todo y me hallo ahora más viva y menos mortificada.–Padecí algunos días grandes amarguras y despechos con mis discursos, y para moderarlos me consoló el Altísimo diciéndome: Hija y esposa mía, no se aflija tu corazón con el trabajo y novedad que sientes en padecer tan vivamente. Yo he querido que por este medio queden en ti extinguidos los efectos del pecado y seas renovada para nueva vida y operaciones más altas y de mi mayor agrado, y hasta conseguir este nuevo estado no podrás comenzar lo que te resta de escribir de la Vida de mi Madre y tu Maestra.–Con esta nueva respuesta del Señor recobré algún esfuerzo, porque siempre sus palabras son de vida y la comunican al corazón. Y aunque los trabajos y tentaciones no aflojaban, me disponía a trabajar y pelear, pero desconfiada siempre de mi flaqueza y debilidad y de hallar remedio. Buscábale contra ellas en la Madre de la vida y determiné pedirle con instancias y veras su favor, como a único y último refugio de los necesitados y afligidos y como de quien y por quien a mí, la más inútil de la tierra, me vinieron siempre muchos bienes y beneficios.
8. Postréme a los pies de esta gran Señora del cielo y tierra y, derramando mi espíritu en su presencia, la pedí misericordia y remedio de mis imperfecciones y defectos. Representéle mis deseos de su agrado y de su Hijo santísimo y ofrecíme de nuevo para su mayor servicio, aunque me costase pasar por fuego y por tormentos y derramar mi sangre. Y a esta petición me respondió la piadosa Madre y dijo: Hija mía, los deseos que de nuevo enciende el Altísimo en tu pecho, no ignoras que son prendas y efectos del amor con que te llama para su íntima comunicación y familiaridad. Y su voluntad santísima y la mía es que de tu parte los ejecutes para no impedir tu vocación ni retardar más el agrado de Su Majestad que de ti quiere. En todo el discurso de la Vida que escribes te he amonestado y declarado la obligación con que recibes este nuevo y grande beneficio, para que en ti copies la estampa viva de la doctrina que te doy y del ejemplar de mi vida según las fuerzas de la gracia que recibieres. Ya llegas a escribir la última y tercera parte de mi Historia, y es tiempo de que te levantes a mi perfecta imitación y te vistas de nueva fortaleza y extiendas la mano a cosas fuertes1 . Con esta nueva vida y operaciones darás principio a lo que resta de escribir, porque ha de ser ejecutando lo que vas conociendo. Y sin esta disposición no podrás escribirlo, porque la voluntad del Señor es que mi vida quede más escrita en tu corazón que en el papel y en ti sientas lo que escribes para que escribas lo que sientes.
9. Quiero para esto que tu interior se desnude de toda imagen y afecto de lo terreno, para que, alejada y olvidada de todo lo visible, tu conversación y continuo trato sea2 con el mismo Señor, conmigo y con sus ángeles, y todo lo demás fuera de esto ha de ser para ti extraño y peregrino. Con la fuerza de esta virtud y pureza que de ti quiero quebrantarás la cabeza de la antigua serpiente y vencerás la resistencia que te hace para escribir y para obrar. Y porque admitiendo sus vanos temores eres tarda en responder al Señor y en entrar por el camino que él te quiere llevar y en dar crédito a sus beneficios, quiero decirte ahora que por esto su divina providencia ha dado permiso a este dragón para que como ministro de su justicia castigue tu incredulidad y el no reducirte a su perfecta voluntad. Y el mismo enemigo ha tomado mano para hacerte caer en algunas faltas, proponiéndote sus engaños vestidos de buena intención y fines virtuosos; y trabajando en persuadirte falsamente que tú no eres para tan grandes favores y tan raros beneficios, porque ninguno mereces, te ha hecho grosera y tarda en el agradecimiento. Y como si estas obras del Altísimo fueran de justicia y no de gracia, te has embarazado mucho en este engaño, dejando de obrar lo mucho que pudieras con la gracia divina y no correspondiendo a lo que sin méritos propios recibes. Ya, carísima, es tiempo que te asegures y creas al Señor y a mí, que te enseño lo más seguro y más alto de la perfección, que es mi perfecta imitación, y que sea vencida la soberbia y crueldad del dragón y quebrantada su cabeza con la virtud divina. No es razón que tú la impidas ni retardes, sino que olvidada de todo te entregues afectuosa a la voluntad de mi Hijo santísimo y mía, que de ti queremos lo más santo, loable y agradable a nuestros ojos y beneplácito.
10. Con esta enseñanza de mi divina Señora, Madre y Maestra recibió mi alma nueva luz y deseos de obedecerla en todo. Renové mis propósitos, determinéme a levantarme sobre mí con la gracia del Altísimo y procuré disponerme para que en mí se ejecutase sin resistencia su voluntad divina. Ayudéme de lo áspero y doloroso de la mortificación, que era penoso para mí, por la viveza y sensibilidad que sentía, como arriba dije3 , pero no cesaba la guerra y resistencia del demonio. Y reconocía que la empresa que intentaba era muy ardua y que el estado a que me llevaba el Señor era de refugio, pero muy alto para la humana flaqueza y gravedad terrena. Bien daré a entender esta verdad y la tardanza de mi fragilidad y torpeza, confesando que todo el discurso de mi vida ha trabajado el Señor conmigo para levantarme del polvo y del estiércol de mi vileza, multiplicando beneficios y favores que exceden a mi pensamiento. Y aunque todos los ha encaminado su diestra poderosa para este fin y no conviene ahora ni es posible referirlos, pero tampoco me parece justo callarlos todos, para que se vea en qué lugar tan ínfimo nos puso el pecado y qué distancia interpuso entre la criatura racional y el fin de las virtudes y perfección de que es capaz y cuánto cuesta restituirla a él.
11. Algunos años antes de lo que ahora escribo recibí un beneficio grande y repetido por la divina diestra. Y fue un linaje de muerte, como civil, para las operaciones de la vida animal y terrena, y a esta muerte se siguió en mí otro nuevo estado de luz y operaciones. Pero como siempre queda el alma vestida de la mortal y terrena corrupción, siempre siente este peso que la abruma y atierra, si no renueva el Señor sus maravillas y favorece y ayuda con la gracia. Renovó en mí en esta ocasión la que he dicho4 por medio de la Madre de piedad, y hablándome esta dulcísima Señora y gran Reina me dijo en una visión: Atiende, hija mía, que ya tú no has de vivir tu vida, sino la de tu esposo Cristo en ti; él ha de ser vida de tu alma y alma de tu vida. Para esto quiere por mi mano renovar en ti la muerte de la antigua vida que antes se ha obrado contigo y renovar la vida que de ti queremos. Sea manifiesto desde hoy al cielo y a la tierra que murió al mundo sor María de Jesús, mi hija y sierva, y que el brazo del Altísimo hace esta obra, para que esta alma viva con eficacia en sólo aquello que la fe enseña. Con la muerte natural se deja todo, y esta alma, alejada de ello, por última voluntad y testamento entregó su alma a su Criador y Redentor y su cuerpo a la tierra del propio conocimiento y al padecer sin resistencia. De esta alma nos encargamos mi Hijo santísimo y yo, para cumplir su última voluntad y fin si con ella nos obedeciere con prontitud. Y celebramos sus exequias con los moradores de nuestra corte, para darle la sepultura en el pecho de la humanidad del Verbo eterno, que es el sepulcro de los que mueren al mundo en la vida mortal. Desde ahora no ha de vivir en sí ni para sí con operaciones de Adán, porque en todas se ha de manifestar en ella la vida de Cristo, que es su vida. Y yo suplico a su piedad inmensa mire a esta difunta y reciba su alma sólo para sí mismo y la reconozca por peregrina y extraña en la tierra y moradora en lo superior y más divino. Y a los ángeles ordeno la reconozcan por compañera suya y la traten y comuniquen como si estuviera libre de la carne mortal.
12. A los demonios mando dejen a esta difunta, como dejan a los muertos que no son de su jurisdicción ni tienen parte en ellos, pues ya desde hoy ha de quedar más muerta a lo visible que los mismos difuntos al mundo. Y a los hombres conjuro que la pierdan de vista y la olviden, como olvidan a los muertos, para que así la dejen descansar y no la inquieten en su paz. Y a ti, alma, te mando y amonesto te imagines como los que dieron fin al siglo en que vivían y están para eterna vida en presencia del Altísimo; quiero que tú en el estado de la fe los imites, pues la seguridad del objeto y la verdad es la misma en ti que en ellos. Tu conversación ha de ser en las alturas, tu trato con el Señor de todo lo criado y esposo tuyo, tus conferencias con los ángeles y santos, y toda tu atención ha de estar en mí, que soy tu Madre y Maestra. Para todo lo demás terreno y visible ni has de tener vida ni movimiento, operaciones ni acciones, más que las que tiene un cuerpo muerto, que ni muestra vida ni sentimiento en cuanto le sucede y se hace con él. No te han de inquietar los agravios, ni moverte las lisonjas, no has de sentir injurias ni levantarte por las honras, no has de conocer la presunción ni derribarte la desconfianza, no has de consentir en ti efecto alguno de la concupiscencia y de la ira, porque tu dechado en estas pasiones ha de ser un cuerpo ya difunto libre de ellas. Ni tampoco del mundo debes aguardar más correspondencia que la que tiene con un cuerpo muerto, que olvida luego a los mismos que antes alababa viviendo, y hasta el que le tenía por más íntimo y muy propio procura con presteza quitarle de sus ojos, aunque sea padre o hermano, y por todo pasa el difunto sin quejarse ni sentirse por ofendido, ni el muerto tampoco hace caso de los vivos y menos atiende a ellos ni a lo que deja entre los vivos.
13. Y cuando así te hallares ya difunta, sólo resta que te consideres alimento de gusanos y vilísima corrupción muy despreciable, para que seas sepultada en la tierra de tu propio conocimiento, de tal manera que tus sentidos y pasiones no tengan osadía de despedir mal olor ante el Señor ni entre los que viven por estar mal cubiertas y enterradas, como sucede a un cuerpo muerto. Mayor será el horror, a tu entender, que tú causarás a Dios y a los santos manifestándote viva al mundo o menos mortificadas tus pasiones, que les causarían a los hombres los cuerpos muertos sobre la tierra descubiertos. Y el usar de tus potencias, ojos, oídos, tacto y los demás para servir al gusto o al deleite, ha de ser para ti tan grande novedad o escándalo como si vieras a un difunto que se movía. Pero con esta muerte quedarás dispuesta y preparada para ser esposa única de mi Hijo santísimo y verdadera discípula e hija mía carísima. Tal es el estado que de ti quiero y tan alta la sabiduría que te he de enseñar en seguir mis pisadas y en imitar mi vida, copiando en ti mis virtudes en el grado que te fuere concedido. Este ha de ser el fruto de escribir mis excelencias y los altísimos sacramentos que te manifiesta el Señor de mi santidad. No quiero que salgan del depósito de tu pecho, sin dejar obrada en ti la voluntad de mi Hijo y mía, que es tu suma o grande perfección. Pues bebes las aguas de la sabiduría en su origen, que es el mismo Señor, y no será razón que tú quedes vacía y sedienta de lo que a otras administras, ni acabes de escribir esta Historia sin que logres la ocasión y este gran beneficio que recibes. Prepara tu corazón con esta muerte que de ti quiero y conseguirás mi deseo y tuyo.
14. Hasta aquí habló conmigo la gran Señora del cielo en esta ocasión, y en otras muchas me ha repetido esta doctrina de vida saludable y eterna, de que dejo escrito mucho en las doctrinas que me ha dado en los capítulos de la primera y segunda parte y diré más en esta tercera. Y en todo se conocerá bien mi tardanza y desagradecimiento a tantos beneficios, pues me hallo siempre tan atrasada en la virtud y tan viva hija de Adán, habiéndome prometido esta gran Reina y su poderoso Hijo tantas veces que si muero a lo terreno y a mí misma me levantarán a otro estado y habitación muy encumbrada, que de nuevo y de gracia se me promete con el favor divino. Esta es una soledad y desierto en medio de las criaturas, sin tener comercio con ellas y participando solamente de la vista y comunicación del mismo Señor y de su Madre santísima y los santos ángeles y dejando gobernar todas mis operaciones y movimientos por la fuerza de su divina voluntad para los fines de su mayor gloria y honra.
15. En todo el discurso de mi vida desde mi niñez me ha ejercitado el Altísimo con algunos trabajos de continuas enfermedades, dolores y otras molestias de criaturas. Pero creciendo los años creció también el padecer con otro nuevo ejercicio, con que he olvidado mucho todos los demás, porque ha sido una espada de dos filos que ha penetrado hasta el corazón y dividido mi espíritu y el alma, como dice el Apóstol5. Este ha sido el temor que muchas veces he insinuado y por que he sido reprendida en esta Historia. Mucho le sentí desde niña, pero descubrióse y excedió de punto después que entré religiosa y me apliqué toda a la vida espiritual y el Señor se comenzó a manifestar más a mi alma. Desde entonces me puso el mismo Señor en esta cruz o en esta prensa el corazón, temiendo si iba por buen camino, si sería engañada, si perdería la gracia y amistad de Dios. Aumentóse mucho este trabajo con la publicidad que incautamente causaron algunas personas en aquel tiempo con grande desconsuelo mío y con los terrores que otros me pusieron de mi peligro. De tal manera se arraigó en mi corazón este vivo temor, que jamás ha cesado ni he podido vencerle del todo con la satisfacción y seguridad que mis confesores y prelados me han dado, ni con la doctrina que me han enseñado, con las reprensiones que me han corregido, ni otros medios de que para esto se han valido. Y lo que más es, aunque los ángeles y la Reina del cielo y el mismo Señor continuamente me quietaban y sosegaban y en su presencia me sentía libre, pero en saliendo de la esfera de aquella luz divina luego era combatida de nuevo con increíble fuerza, que se conocía ser del infernal dragón y de su crueldad, con que era turbada, afligida y contristada, temiendo el peligro en la verdad, como si no lo fuera. Y donde más cargaba la mano este enemigo era en ponerme terror si lo comunicaba con mis confesores, en especial al prelado que me gobernaba, porque ninguna cosa más teme este príncipe de las tinieblas que la luz y potestad que tienen los ministros del Señor.
16. Entre la amargura de este dolor y un deseo ardentísimo de la gracia y no perder a Dios he vivido muchos años, alternándose en mí tantos y tan varios sucesos que sería imposible referirlos. La raíz de este temor creo era santa, pero muchas ramas habían sido infructuosas, aunque de todas sabe servirse la sabiduría divina para sus fines; y por esto daba permiso al enemigo que me afligiese, valiéndose del remedio del mismo beneficio del Señor, porque el temor desordenado y que impide, aunque quiere imitar al bueno, es malo y del demonio. Mis aflicciones a tiempos han llegado a tal punto, que me parece nuevo beneficio no haber acabado conmigo en la vida mortal y más en la del alma. Pero el Señor, a quien los mares y los vientos obedecen y todas las cosas le sirven, que administra su alimento a toda criatura en el tiempo más oportuno, ha querido por su divina dignación hacer tranquilidad en mi espíritu, para que la goce con más treguas, escribiendo lo que resta de esta Historia. Algunos años hace que me consoló Su Divina Majestad, prometiéndome por sí que me daría quietud y gozaría de interior paz antes de morir y que el dragón estaba tan furioso contra mí, rastreando que le faltaría tiempo para perseguirme.
17. Y para escribir esta tercera parte, me habló Su Majestad un día y con singular agrado y dignación me dijo estas razones: Esposa y amiga mía, yo quiero aliviar tus penas y moderar tus aflicciones; sosiégate, paloma mía, y descansa en la segura suavidad de mi amor y de mi poderosa y real palabra, que con ella te aseguro soy yo el que te hablo y elijo tus caminos para mi agrado. Yo soy quien te llevo por ellos y estoy a la diestra de mi eterno Padre y en el sacramento de la eucaristía con las especies del pan. Y esta certeza te doy de mi verdad, para que te quietes y asegures; porque no te quiero, amiga mía, para esclava sino para hija y esposa y para mis regalos y delicias. Basten ya los temores y amarguras que has padecido. Venga la serenidad y sosiego de tu afligido corazón.–Estos regalos y aseguraciones del Señor, muchas veces repetidos, pensará alguna que no humillan y que sólo es gozar, y es de manera que me abaten el corazón hasta lo último del polvo y me llenan de cuidados y recelos por mi peligro. Quien al contrario imaginase, sería poco experimentado y capaz de estas obras y secretos del Altísimo. Cierto es que yo he tenido novedad en mi interior y mucho alivio en las molestias y tentaciones de estos desordenados temores, pero el Señor es tan sabio y poderoso que, si por una parte asegura, por otra despierta al alma y la pone en nuevos cuidados de su caída y peligros, con que no la deja levantar de su conocimiento y humillación.
18. Yo puedo confesar que con éstos y otros continuos favores el Señor no tanto me ha quitado los temores cuanto me los ha ordenado; porque siempre vivo con pavor si le disgustaré o perderé, cómo seré agradecida y corresponderé a su fidelidad, cómo amaré con plenitud a quien por sí es sumo bien, y a mí me tiene tan merecido el amor que puedo darle y aun lo que no puedo. Poseída de estos recelos y por mi grande miseria, cuitadez y muchas culpas, dije en una de estas ocasiones al Muy Alto: Amor mío dulcísimo, y Dueño y Señor de mi alma, aunque tanto me aseguráis para aquietar mi turbado corazón, ¿cómo puedo yo vivir sin mis temores en los peligros de tan penosa y temerosa vida, llena de tentaciones y asechanzas, si tengo mi tesoro en vaso frágil, débil y más que otra alguna criatura?–Respondióme con paternal dignación y me dijo: Esposa y querida mía, no quiero que dejes el temor justo de ofenderme, pero es mi voluntad que no te turbes ni contristes con desorden, impidiéndote para lo perfecto y levantado de mi amor. A mi Madre tienes por dechado y maestra, para que ella te enseñe y tú la imites. Yo te asisto con mi gracia y te encamino con mi dirección; dime, pues, qué me pides o qué quieres para tu seguridad y quietud.
19. Repliqué al Señor y con el rendimiento que yo pude le dije: Altísimo Señor y Padre mío, mucho es lo que me pedís, aunque lo debo todo a vuestra bondad y amor inmenso; pero conozco mi flaqueza e inconstancia y sólo me aquietaré con no ofenderos ni con un breve pensamiento ni movimiento de mis potencias, sino que mis acciones todas sean de vuestro beneplácito y agrado.–Respondióme Su Majestad: No te faltarán mis continuos auxilios y favores si tú me correspondes. Y para que mejor lo hagas, quiero hacer contigo una obra digna del amor con que te amo. Yo pondré desde mi ser inmutable hasta tu pequeñez una cadena de mi especial providencia, que con ella quedes asida y presa, de manera que, si por tu flaqueza o voluntad hicieres algo que disuene a mi agrado, sientas una fuerza con que yo te detenga y vuelva para mí. Y el efecto de este beneficio conocerás desde luego y le sentirás en ti misma, como la esclava que está asida con prisiones para que no huya.
20. El Todopoderoso ha cumplido esta promesa con gran júbilo y bien de mi alma, porque entre otros muchos favores y beneficios –que no conviene referirlos ni son para este intento– ninguno ha sido para mí tan estimable como éste. Y no sólo le reconozco en los peligros grandes, sino en los más pequeños, de manera que, si por negligencia o descuido omito alguna obra o ceremonia santa, aunque no sea más de humillarme en el coro o besar la tierra cuando entro para adorar al Señor, como lo usamos en la religión, luego siento una fuerza suave que me tira y avisa de mi defecto y no me deja, cuanto es de su parte, cometer una pequeña imperfección. Y si algunas veces caigo en ella como flaca, está luego a la mano esta fuerza divina y me causa tan grande pena que me divide el corazón. Y este dolor sirve entonces de freno con que se detiene cualquiera inclinación desordenada y de estímulo para buscar luego el remedio de la culpa o imperfección cometida. Y como los dones del Señor son sin penitencia6 , no sólo no me ha negado Su Majestad el que recibo con esta misteriosa cadena, mas antes bien, por su divina dignación, un día, que fue el de su santo nombre y circuncisión, conocí que tresdoblaba esta cadena, para que con mayor fuerza me gobernase y fuese más invencible, porque el cordel tresdoblado, como dice el Sabio7 , con dificultad se rompe. Y de todo necesita mi flaqueza, para no ser vencida de tan importunas y astutas tentaciones como fabrica contra mí la antigua serpiente.
21. Estas se fueron acrecentando tanto por este tiempo, no obstante los beneficios y mandatos referidos del Señor y la obediencia y otros que no digo, que todavía recateaba comenzar a escribir esta última parte de esta Historia, porque de nuevo sentía contra mí el furor de las tinieblas y sus potestades que me querían sumergir. Así lo entendí y me declararé con lo que dijo san Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis8 . Que el dragón grande y rojo arrojó de su boca un río de agua contra aquella Mujer divina, a quien perseguía desde el cielo, y como no pudo anegarla ni tocarla se convirtió muy airado contra las reliquias y semilla de aquella gran Señora, que están señaladas con el testimonio de Cristo Jesús en su Iglesia. Conmigo estrenó su ira esta antigua serpiente por el tiempo que voy tratando, turbándome y obligándome, en la forma que puede, a cometer algunas faltas que me embarazaban para la pureza y perfección de vida que me pedían y para escribir lo que me mandaban. Y perseverando esta batalla dentro de mí misma, llegó el día que celebramos la fiesta del santo Angel custodio, que es el primero de marzo. Estando en el coro en maitines, sentí de improviso un ruido o movimiento muy grande, que con temor reverencial me encogió y humilló hasta la tierra. Luego vi gran multitud de ángeles que llenaban la región del aire por todo el coro, y en medio de ellos venía uno de mayor refulgencia y hermosura como en un estrado y tribunal de juez. Entendí luego que era el arcángel san Miguel. Y al punto me intimaron que los enviaba el Altísimo con especial potestad y autoridad para hacer juicio de mis descuidos y culpas.
22. Yo deseaba postrarme en tierra y reconocer mis yerros, para llorarlos humillada ante aquellos soberanos jueces, y por estar en presencia de las religiosas no me atreví a darles qué notar con postrarme corporalmente, pero con el interior hice lo que me fue posible, llorando con amargura mis pecados. Y en el ínterin conocí cómo los santos ángeles, hablando y confiriendo entre sí mismos, decían: Esta criatura es inútil, tarda y poco fervorosa en obrar lo que el Altísimo y nuestra Reina la mandan, no acaba de dar crédito a sus beneficios y a las continuas ilustraciones que por nuestra mano recibe. Privémosla de todos estos beneficios, pues no obra con ellos, ni quiere ser tan pura ni tan perfecta como la enseña el Señor, ni acaba de escribir la Vida de su Madre santísima, como se le ha ordenado tantas veces; pues si no se enmienda, no es justo que reciba tantos y tan grandes favores y doctrina de tanta santidad.–Oyendo estas razones se afligió mi corazón y creció mi llanto, y llena de confusión y dolor hablé a los santos ángeles con íntima amargura y les prometí la enmienda de mis faltas hasta morir por obedecer al Señor y a su Madre santísima.
23. Con esta humillación y promesas templaron algo los espíritus angélicos la severidad que mostraban. Y con más blandura me respondieron que, si yo cumplía con diligencia lo que les prometía, me aseguraban que siempre con su favor y amparo me asistirían y admitirían por su familiar y compañera para comunicar conmigo, como ellos lo hacen entre sí mismos. Agradecíles este beneficio y les pedí lo hiciesen por mí con el Altísimo. Y desaparecieron, advirtiéndome que para el favor que me ofrecían los había de imitar en la pureza, sin cometer culpa ni imperfección con advertencia, y ésta era la condición de esta promesa.
24. Después de todos éstos y otros muchos sucesos, que no conviene referir, quedé más humillada, como quien se conocía más reprendida, más ingrata y más indigna de tantos beneficios, exhortaciones y mandatos. Y llena de confusión y dolor conferí conmigo misma cómo ya no tenía excusa ni disculpa para resistir a la voluntad divina en todo lo que conocía y a mí tanto me importaba. Y tomando resolución eficaz de hacerlo o morir en la demanda, anduve arbitrando algún medio poderoso y sensible que me despertase y me compeliese en mis inadvertencias y me diese aviso para que, si fuese posible, no quedase en mí operaciones ni movimiento imperfecto y en todo obrase lo más santo y agradable a los ojos del Señor. Fui a mi confesor y prelado y pedíle con el rendimiento y veras posibles que me reprendiese severamente y me obligase a ser perfecta y cuidadosa en todo lo más ajustado a la divina voluntad y que yo ejecutase lo que quería la divina Majestad de mí. Y aunque en este cuidado era vigilantísimo, como quien estaba en lugar de Dios y conocía su santísima voluntad y mi camino, pero no siempre me podía asistir ni estar presente, por las ausencias a que le obligaban los oficios de la religión y prelacía. Determiné también hablar a una religiosa que me asistía más, rogándole que me dijese de ordinario alguna palabra de reprensión y aviso o de temor que me excitase y moviese. Todos estos medios y otros intentaba con el ardiente deseo que sentía de dar gusto al Señor, a su Madre santísima y Maestra de mi virtud, a los santos ángeles, cuya voluntad era una misma de mi aprovechamiento en la mayor perfección.
25. En medio de estos cuidados, me sucedió una noche que el santo ángel de mi guarda se me manifestó con particular agrado y me dijo: El Muy Alto quiere condescender con tus deseos y que yo haga contigo el oficio que tú quieres y ansiosa buscas quien le ejerza. Yo seré tu fiel amigo y compañero para avisarte y despertar tu atención, y para esto me hallarás presente como ahora en cualquiera ocasión y tiempo que volvieres a mí los ojos con deseos de más agradar a tu Señor y Esposo y guardarle entera fidelidad. Yo te enseñaré a que le alabes continuamente y conmigo lo harás alternando sus loores y te manifestaré nuevos misterios y tesoros de su grandeza, te daré particulares inteligencias de su ser inmutable y perfecciones divinas. Y cuando estuvieres ocupada por la obediencia o caridad y cuando por alguna negligencia te divirtieres a lo exterior y terreno, yo te llamaré y avisaré para que atiendas al Señor, y para esto te diré alguna palabra, y muchas veces será esta: ¿Quién como Dios, que habita en las alturas y en los humildes de corazón?9. Otras, te acordaré tus beneficios recibidos de la diestra del Altísimo y lo que debes a su amor. Otras, que le mires y levantes a él tu corazón. Pero en estas advertencias has de ser puntual, atenta y obediente a mis avisos.
26. No quiere tampoco el Altísimo ocultarte un favor que hasta ahora has ignorado entre tantos que de su liberalísima bondad has recibido, para que desde ahora le agradezcas. Este es, que yo soy uno de los mil ángeles que servimos de custodios a nuestra gran Reina en el mundo y de los señalados con la divisa de su admirable y santo nombre. Atiende a mí y lo verás en mi pecho.–Advertí luego y conocíle cómo le tenía escrito con grande resplandor, y recibí nueva consolación y júbilo de mi alma. Prosiguió el santo ángel y dijo: También me manda que te advierta cómo de estos mil ángeles muy pocos y raras veces somos señalados para guardar otras almas, y si algunas hasta ahora hemos guardado todas han sido del número de los santos y ninguna de los réprobos. Considera, pues, oh alma, tu obligación de no pervertir este orden, porque si con este beneficio te perdieras tu pena y castigo fuera de los más severos de todos los condenados y tú fueras conocida por la más infeliz e ingrata entre las hijas de Adán. Y el haber sido tú favorecida con este beneficio de que yo te guardase que fui de los custodios de nuestra gran reina María santísima y Madre de nuestro Criador, fue orden de su altísima providencia por haberte elegido entre los mortales en su mente divina para que escribieras la Vida de su beatísima Madre y la imitases, y para todo te enseñase yo y te asistiese como testigo inmediato de sus divinas obras y excelencias.
27. Y aunque este oficio le hace principalmente la gran Señora por sí misma, pero yo después te administro las especies necesarias para declarar lo que la divina Maestra te ha enseñado, y te doy otras inteligencias que el Altísimo ordena, para que con mayor facilidad escribas los misterios que te ha manifestado. Y tú tienes experiencia de todo, aunque no siempre conocías el orden y sacramento escondido de esta providencia, y que el mismo Señor, usando de ella especialmente contigo, me señaló para que con suave fuerza te compeliese a la imitación de su purísima Madre y nuestra Reina y a que en su doctrina la sigas y obedezcas, y desde esta hora ejecutaré este mandato con mayor instancia y eficacia. Determínate, pues, a ser fidelísima y agradecida a tan singulares beneficios y caminar a lo alto y encumbrado de la perfección que se pide y enseña. Y advierte que cuando alcanzaras la de los supremos serafines, quedaras muy deudora a tan copiosa y liberal misericordia. El nuevo modo de vida que de ti quiere el Señor se contiene y se cifra en la doctrina que recibes de nuestra gran Reina y Señora y en lo demás que entenderás y escribirás en esta tercera parte. Oyelo con rendido corazón y agradécelo humillada, ejecútalo solícita y cuidadosa, que si lo hicieres serás dichosa y bienaventurada.
28. Otras cosas que me declaró el santo ángel no son necesarias para este intento. Pero he dicho lo que en esta introducción dejo escrito, así para manifestar en parte el orden que el Altísimo ha tenido conmigo para obligarme a escribir esta Historia, como también para que en algo se conozcan los fines de su sabiduría para que escriba; que son, no para mí sola, sino para todos los que desearen lograr el fruto de este beneficio, como medio poderoso para hacer eficaz el de nuestra redención cada uno en sí mismo. Conoceráse también que la perfección cristiana no se alcanza sin grandes peleas con el demonio y con incesante trabajo en vencer y sujetar las pasiones y malas inclinaciones de nuestra depravada naturaleza. Sobre todo esto, para dar principio a esta tercera parte, me habló la divina Madre y Maestra y con agradable semblante me dijo: Mi bendición eterna y la de mi Hijo santísimo vengan sobre ti, para que escribas lo que resta de mi vida, para que lo obres y ejecutes con la perfección que deseamos. Amén.

CAPITULO 1 – CAPITULO 1

LIBRO I
 CAPITULO 1 
De dos particulares visiones que el Señor mostró a mi alma y otras inteligencias y misterios que me compelían a dejarme de lo terreno, levantando mi espíritu y habitación sobre la tierra. 
1. Confiésote y magnifícote, Rey altísimo, que por tu dignación y levantada majestad encubriste de los sabios y maestros estos altos misterios y los revelaste a mí, tu esclava, la más párvula e inútil de tu Iglesia, para que con admiración seas conocido por todopoderoso y autor de esta obra, tanto más cuanto el instrumento es más vil y flaco.
2. Este Señor altísimo – después de largas resistencias que he referido y muy desordenados temores y de grandes suspensiones nacidas de mi cobardía, por conocer este mar inmenso de maravillas en que me embarco, recelosa de anegarme en él – me dio a sentir una virtud de lo alto, suave, fuerte, eficaz y dulce; una luz que alumbra al entendimiento, reduce a la voluntad rebelde, quietando, enderezando, gobernando y llamando a la república de los sentidos interiores y exteriores y rindiendo a toda la criatura para el agrado y voluntad del Altísimo y buscar en toda sola su gloria y honra. Estando en esta disposición, oí una voz del Todopoderoso que me llamaba y llevaba tras de sí con grande fuerza, levantando mi habitación a lo alto2 y fortaleciéndome contra los leones3 que rugían hambrientos para alejar mi alma del bien que la ofrecían, en el conocimiento de los grandes sacramentos que se encierran en este tabernáculo y ciudad santa de Dios, y librándome de las puertas de las tribulaciones 4 por donde me convidaban a entrar, cercada de los dolores de la muerte5 y de la perdición, rodeada de la llama de esta Sodoma y Babilonia en que vivimos, y queriéndome atropellar para que ciega me convirtiese y entregase a ella, ofreciéndome objetos de aparente deleite a mis sentidos, informándolos fabulosamente con falacia y dolos. Pero de todos estos lazos que preparaban a mis pies 6 me rescató el Altísimo, elevando mi espíritu y enseñándome con amonestaciones eficaces el camino de la perfección, y convidándome a una vida espiritualizada y angélica en la carne mortal, y obligándome a vivir tan solícita que, en medio de la hornaza, no me tocase el fuego y me librase de la lengua coinquinada7 , cuando muchas veces me contaba terrenas fabulaciones8 ; y llamándome Su Alteza para que me levantase del polvo y de la tenuidad que causa la ley del pecado, que resistiese a los efectos heredados de la naturaleza infecta y la detuviese en sus desordenadas inclinaciones, deshaciéndolas a la vista de la luz y levantándome a mí sobre mí 9; y con fuerzas de poderoso Dios, correcciones de padre y caricias de esposo, muchas veces me llamaba y decía: Paloma mía y hechura de mis manos, levántate10 y date priesa, ven a mí, que soy luz y camino, y el que me sigue no anda en tinieblas11. Ven a mí, que soy verdad segura, santidad cierta, soy el poderoso y sabio y enmendador de los sabios12.
3. Los efectos de estas palabras eran en mí flechas de dulce amor, de admiración, reverencia, temor y conocimiento de mis pecados y vileza, con que me retiraba, encogía y aniquilaba; y el Señor me decía: Ven, alma, ven, que soy tu Dios omnipotente, y, aunque hayas sido pródiga y pecadora, levántate de la tierra y ven a mí que soy tu Padre, recibe la estola de mi amistad y el anillo de esposa.
4. Estando en esta habitación que digo, vi un día a los seis ángeles santos que dejo dicho señaló el Señor para que me asistiesen en esta obra – y en otras ocasiones de pelea – y me purificaron y dispusieron; y después de haberlo hecho me presentaron al Señor, y Su Majestad dio a mi alma un nuevo lumen y cualidad como de gloria, con que me proporcionaron y fortalecieron para ver y conocer lo que es sobre mis fuerzas de criatura terrena; y luego se me mostraron otros dos ángeles de jerarquía superior, los cuales sentí que me llamaban con fuerza poderosa de parte del Señor, y tenía inteligencia que eran misteriosísimos y me querían manifestar altos y ocultos sacramentos. Respondíles diligente y deseosa de gozar de aquel bien que me evangelizaban y, con ardiente afecto, declaré mi ánimo, que era ver lo que me querían mostrar y con misterio me ocultaban. Y ellos respondieron luego y con mucha severidad: Detente, alma.– Convertíme a sus altezas y díjeles: Príncipes del Poderoso y mensajeros del gran Rey ¿por qué, habiéndome llamado, me detenéis así ahora, violentando mi voluntad y dilatando mi gozo y alegría? ¿Qué fuerza es la vuestra y qué poder, que me llama, fervoriza, solicita y detiene, siendo todo a un tiempo; llevándome tras el olor de mi amado dueño y sus ungüentos, me detenéis con prisiones fuertes? Decidme la causa de esto. –Respondiéronme: Porque es menester, alma, que vengas descalza y desnuda de todos tus apetitos y pasiones, para conocer estos misterios altos que no se compadecen ni acomodan con inclinaciones siniestras. Descálzate como Moisés13, que así se lo mandaron para que viera aquella milagrosa zarza.– Príncipes y señores míos, respondí yo, mucho se le pidió a Moisés, que en naturaleza terrena tuviera operaciones angélicas; pero él era santo y justo y yo pecadora, llena de miserias; túrbase mi corazón y queréllome de esta servidumbre y ley del pecado14 , que siento en mis miembros contraria a la de mi espíritu.– A esto me dijeron: Alma, cosa muy violenta se te pidiera si la obraras con solas tus fuerzas; pero el Altísimo, que quiere y pide esta disposición, es poderoso y no negará el auxilio si de corazón se lo pides y te dispones para recibirle; y su poder, que hacía arder la zarza15 y no quemarse, podrá hacer que el alma encarcelada y encerrada en el fuego de las pasiones no se queme, si ella se quiere librar; pide Su Majestad lo que quiere y puede lo que pide, y en su confortación has de poder16 lo que te manda; descálzate y llora amargamente, clama de lo profundo de tu corazón, para que sea oída tu oración y se cumpla tu deseo.
5. Vi luego que un velo riquísimo encubría un tesoro y mi voluntad se fervorizaba para que se corriese y se descubriese lo que la inteligencia me manifestaba por sacramento escondido; y a este mi deseo se me respondió: Obedece, alma, a lo que se te amonesta y manda; desnúdate de ti misma y se te descubrirá. – Propuse enmendar la vida y vencer mis apetitos, lloraba con suspiros y gemidos de lo íntimo de mi alma, porque se me manifestase este bien; y como lo iba proponiendo, se iba corriendo el velo que encubría mi tesoro. Corrióse, pues, del todo y vieron mis ojos interiores lo que no sabré decir ni manifestar con palabras. Vi una gran señal en el cielo y signo misterioso; vi una mujer, una señora y reina hermosísima, coronada de estrellas, vestida del sol y la luna a sus pies 17.Dijéronme los santos ángeles: Esta es aquella dichosa mujer que vio san Juan en el Apocalipsis, y donde están encerrados, depositados y sellados los misterios maravillosos de la Redención. Favoreció tanto el Altísimo y todopoderoso a esta criatura, que a sus espíritus nos causa admiración. Atiende y mira sus excelencias; escríbelas, que para esto, después de lo que a ti conviene, se te manifiesta.–Yo conocí tantas maravillas, que la abundancia me enmudece y la admiración suspende y aun en la vida mortal no juzgo por capaces de conorlas a todas las criaturas; y en el discurso de adelante lo iré declarando.
6. Otro día, en tiempo de quietud y serenidad, en esta misma habitación que digo, oí una voz del Altísimo que me decía: Esposa mía, quiero que acabes ya de determinarte con veras y me busques cuidadosa, y fervorosa me ames, y que tu vida sea más angélica que humana y olvides todo lo terreno; quiérote levantar del polvo como a pobre y como a necesitado del estiércol 18, y que levantándote yo te humilles tú, y tu nardo dé suavidad de olor19, mientras estás en mi presencia; y conociendo tu flaqueza y miserias te persuadas que mereces la tribulación y en ella la humillación de todo corazón. Mira mi grandeza y tu pequeñez, y que soy justo y santo, y con equidad te aflijo usando de misericordia y no castigándote como mereces. Procura sobre este fundamento de la humildad adquirir las demás virtudes, para que cumplas mi voluntad; y para que te enseñe, corrija y reprenda, te señalo por maestra a mi Madre y Virgen; ella te industriará y encaminará tus pasos a mi agrado y beneplácito.
7. Estaba delante esta Reina cuando el altísimo Señor me dijo estas palabras y no se dedignó la divina Princesa de admitir el oficio que Su Majestad le daba. Aceptóle benignamente y díjome: Hija mía, quiero que seas mi discípula y compañera. Yo seré tu maestra. Pero advierte que me has de obedecer con fortaleza y desde este día no se ha de reconocer en ti resabio de hija de Adán. Mi vida y las obras de mi peregrinación y las maravillas que obró el brazo poderoso del Altísimo conmigo, han de ser tu espejo y arancel de tu vida.–Postréme ante este real trono del Rey y Reina del universo y ofrecí obedecer en todo; y di gracias al Muy Alto por el beneficio que me hacía, tan sobre mis méritos, de darme tal amparo y guía. Renové en sus manos los votos de mi profesión y ofrecí de nuevo obedecerla y cooperar con todas mis fuerzas a la enmienda de mi vida. Díjome el Señor: Advierte y mira.–Hícelo, y vi una escala de muchas gradas, hermosísima, y con grande número de ángeles que la asistían y otros descendían y subían por ella. Y díjome Su Majestad: Esta es aquella escala de Jacob misteriosa 20 , que es casa de Dios y puerta del cielo12; si te dispusieres y tu vida fuere tal que no hallen reprensión mis ojos, subirás a mí por ella.
8. Esta promesa incitaba mi deseo, fervorizaba mi voluntad y suspendía mi espíritu, y con muchas lágrimas me quejaba de ser yo misma grave para mí22y pesada. Suspiraba por el fin de mi cautividad y por legar adonde no hay óbice que pueda impedir el amor. Y con estas ansias gasté algunos días, procurando perfeccionar mi vida, confesándome generalmente de nuevo y reformando algunas imperfecciones; y siempre se continuaba la vista de la escala, pero no entendía su interpretación. Hice muchas promesas al Señor, proponiendo de nuevo apartarme de todo lo terreno y tener libre mi voluntad para sólo amarle, sin dejarla inclinar a cosa alguna, aunque fuese pequeña y sin sospecha; repudié y negué todo lo fabuloso y visible. Y pasados algunos días en estos afectos y disposición, el Altísimo me declaró cómo aquella escala era la vida de la santísima Virgen, sus virtudes y sacramentos. Y Su Majestad me dijo: Quiero, esposa mía, subas por esta escala de Jacob y entres por esta puerta del cielo a conocer mis atributos y contemplar mi divinidad; sube, pues, y camina, sube por ella a mí. Estos ángeles que la asisten y acompañan son los que yo dediqué para su guarda y defensa y guarnición de esta ciudad de Sión; atiende y, meditando estas virtudes, trabaja por imitarlas.– Parecióme que subía por esta escala y que conocía la mayor de las maravillas y prodigio más inefable del Señor en pura criatura, la mayor santidad y perfección de virtudes que jamás obró el brazo del Omnipotente. Al fin de la escala vi al Señor de los señores y a la Reina de todo lo criado y mandáronme que por estos magníficos sacramentos le glorificase, alabase y ensalzase y que escribiese lo que de ellos entendiese. Púsome el excelso y eminente Señor en estas tablas, mejores que las de Moisés, ley que meditase y observase, escrita con su dedo poderoso23 y movió mi voluntad, para que en su presencia se la manifestase a la purísima Reina, de que vencería mi resistencia y con su ayuda escribiría su Vida santísima, llevando atención a tres cosas: la primera, que se conozca la profunda reverencia que se debe a Dios eterno y cómo se ha de humillar más la criatura y abatir, cuando su inmensa Majestad se humana más con ella, y que el efecto de los mayores favores y beneficios ha de ser mayor temor, reverencia, atención y humildad; segunda, para que el linaje humano, olvidado de su remedio, advierta y conozca lo que debe a su Reina y Madre de piedad en las obras de la redención, el amor y reverencia que ella tuvo a Dios y el que debemos tener con esta gran Señora; la tercera, que quien gobierna mi alma y todo el mundo, si fuere conveniente, conozcan mi poquedad y vileza y el mal retorno que doy de lo que recibo.
9. A este mi deseo me respondió la Virgen santísima: Hija mía, el mundo está muy necesitado de esta doctrina, porque no sabe, ni tiene debida reverencia al Señor omnipotente; y por esta ignorancia, la audacia de los mortales provoca a la rectitud de su justicia para afligirlos y oprimirlos y están poseídos de su olvido y oscurecidos con sus tinieblas, sin saber buscar el remedio ni atinar con la luz; y esto les viene por faltarles el temor y reverencia que debían tener.- Estos y otros avisos me dieron el Altísimo y la Reina para manifestarme su voluntad en esta obra. Y me pareció temeridad y poca caridad conmigo misma no admitir la doctrina y enseñanza que esta gran Señora ha prometido darme en el discurso de su santísima vida; y tampoco me pareció convenía dilatarlo para otro tiempo, porque el Altísimo me manifestó ser éste el oportuno y conveniente y sobre ello me dijo estas palabras: Hija mía, cuando yo envié al mundo a mi Unigénito, estaba en el peor estado que había tenido desde el principio, fuera de los pocos que me servían; porque la naturaleza humana es tan imperfecta, que si no se reduce al gobierno interior de mi luz y al ejercicio de la enseñanza de mis ministros, sujetando su propio dictamen y siguiéndome a mí, que soy camino, verdad y vida24, y guardando mis mandamientos sin perder mi amistad, dará luego en el profundo de las tinieblas y en innumerables miserias, de abismo en abismo, hasta llegar a la obstinación en el pecado. Desde la creación y el pecado del primer hombre hasta la ley que di a Moisés, se gobernaron según sus propias inclinaciones y cometieron grandes yerros y pecados. Y aunque, después de la ley, los hacían por no la obedecer y así fueron caminando y alejándose más de la verdad y luz y llegando al estado del sumo olvido, yo con paternal amor envié la salud eterna y la medicina a la naturaleza humana para remedio de sus enfermedades incurables, con que justifiqué mi causa. Y como entonces atendí al tiempo que más resplandeciese esta misericordia, ahora quiero hacerles otra muy grande, porque es el tiempo oportuno de obrarla mientras llegue mi hora, en la cual hallará el mundo tantos cargos y tan sustanciados sus procesos, que conocerán la causa justa de mi indignación; en ella manifestaré mi enojo, justicia y equidad y cuán bien justificada está mi causa. Y para más hacerlo y porque es el tiempo en que el atributo de mi misericordia más se ha de manifestar y en que quiero que mi amor no esté ocioso; ahora, cuando el mundo ha llegado a tan desdichado siglo, después que el Verbo encarnó, y cuando los mortales están más descuidados de su bien y menos le buscan; cuando más cerca de acabarse el día de su transitoria vida, al poner del sol del tiempo, y cuando se llega la noche de la eternidad a los prescitos; cuando a los justos les nace el eterno día sin noche; cuando de los mortales los más están en las tinieblas de su ignorancia y culpas, oprimiendo a los justos y burlando de los hijos de Dios; cuando mi ley santa y divina se desprecia por la inicua materia de estado, tan odiosa como enemiga de mi providencia; cuando menos obligado me tienen los malos; mirando a los justos que hay en este tiempo para ellos aceptable, quiero abrir a todos una puerta, para que por ella entren a mi misericordia, y darles una lucerna, para que se alumbren en las tinieblas de su ceguedad; quiero darles oportuno remedio, si de él se quieren valer, para venir a mi gracia; y serán muy dichosos los que le hallaren y bienaventurados los que conocieren su valor; ricos, los que encontraren con este tesoro; felices y muy sabios, los que con reverencia le escudriñaren y entendieren sus enigmas y sacramentos; quiero que sepan cuánto vale la intercesión de la que fue remedio de sus culpas, dando en sus entrañas vida mortal al Inmortal; quiero que tengan por espejo, donde vean sus ingratitudes, las obras maravillosas de mi poderoso brazo con esta pura criatura y mostrarles muchas que están ocultas por mis altos juicios, de las que hice con la Madre del Verbo.
10. En la primitiva Iglesia no los manifesté, porque son misterios tan magníficos, que se detuvieran los fieles en escudriñarlos y admirarlos, cuando era necesario que la ley de gracia y el evangelio se estableciese; y aunque todo fuera compatible, pero la ignorancia humana pudiera padecer algunos recelos y dudas, cuando estaba tan en sus principios la fe de la encarnación y redención y los preceptos de la nueva ley evangélica; por esto dijo la persona del Verbo humanado a sus discípulos en la última cena: Muchas cosas tenía que deciros, pero no estáis ahora dispuestos para recibirlas 25. Habló en ellos a todo el mundo, que no ha estado dispuesto, hasta asentar la ley de gracia y la fe del Hijo, para introducir los misterios y fe de la Madre; y ahora es mayor la necesidad y ella me obliga más que su disposición. Y si me obligasen reverenciando, creyendo y conociendo las maravillas que en sí encierra la Madre de piedad, y si todos solicitasen su intercesión, tendría el mundo algún reparo, si de corazón lo hiciesen. Y no quiero dejar de ponerles delante esta mística ciudad de refugio; descríbela y dibújala, como tu cortedad alcanzare. Y no quiero que sea esta descripción y declaración de su vida opiniones ni contemplaciones, sino la verdad cierta. Los que tienen oídos de oír, oigan, los que tienen sed, vengan a las cisternas disipadas26los que quieren luz, síganla hasta el fin. – Esto dice el Señor Dios omnipotente.
11. Estas son las palabras que el Altísimo me dijo en la ocasión que he referido; y del modo cómo recibo esta doctrina y luz y cómo conozco al Señor, diré en el capítulo siguiente, cumpliendo con la obediencia que me lo ordena, y para dejar declarado en todos las inteligencias y misericordias que de este género recibo y referiré adelante.

CAPITULO 1 – CAPITULO 2

CAPITULO 2
Declárase el modo cómo el Señor manifiesta a mi alma estos misterios y vida de la Reina, en el estado que Su Majestad me ha puesto. 
12. Para dejar advertido y declarado en lo restante de esta obra el modo con que me manifiesta el Señor estas maravillas, ha parecido conveniente poner en el principio de este capítulo, donde lo daré a entender como pudiere y me fuere concedido.
13. Después que tengo uso de razón, he sentido un beneficio del Señor, que le juzgo por el mayor de los que su liberal mano me ha hecho, y es haberme dado Su Alteza un temor íntimo y grande de perderle; y éste me ha provocado y movido a desear lo mejor y más seguro y siempre a obrarlo y pedirlo al Altísimo, que ha crucificado mis carnes con esta flecha1 , porque temí sus juicios y siempre vivo con este pavor, si perderé la amistad del Todopoderoso y si estoy en ella. Mi pan de día y de noche ha sido las lágrimas2 que me causaba esta solicitud, de la cual me ha nacido en estos últimos tiempos que corren – cuando los discípulos del Señor que profesan su virtud, es menester sean de los ocultos y que no se manifiesten –– el hacer grandes peticiones a Dios y solicitar la intercesión de la Reina y Virgen pura, suplicándole con todo mi corazón me guíe y encamine por un camino recto, oculto a los ojos de los hombres.
14. A estas repetidas peticiones me respondió el Señor: No temas, alma, ni te aflijas, que yo te daré u nestado y camino de luz y seguridad, de mi parte tan oculto y estimable, que, si no es el autor de él, no le conocerá; y todo lo exterior y sujeto a peligro te faltará desde hoy y tu tesoro estará escondido; guárdale de tu parte y consérvale con vida perfecta. Yo te pondré en una senda oculta, clara, verdadera y pura; camina por ella.– Desde entonces conocí mudanza en mi interior y un estado muy espiritualizado. Al entendimiento se le dio una nueva luz y se le comunica e infunde ciencia, con la cual conoce en Dios todas las cosas y lo que son en sí sus operaciones y se le manifiestan según es la voluntad del Altísimo que las conozca y vea. Es esta inteligencia y lumen que alumbra, santo, suave y puro, sutil, agudo, noble, cierto y limpio3 ; hace amar el bien y reprobar el mal; es un vapor de la virtud de Dios y emanación sencilla de su luz4 , la cual se me pone, como espejo, delante el entendimiento y con la parte superior del alma y vista interior veo mucho; porque el objeto, con la luz que de él reverbera, se conoce ser infinito, aunque los ojos son limitados y corto el entendimiento. Esta vista es como si el Señor estuviese asentado en un trono de grande majestad, donde se conocieran sus atributos con distinción debajo del límite de la mortalidad; porque le cubre uno como cristal purísimo que media y por él se conocen y divisan estas maravillas y atributos o perfecciones de Dios con grande claridad y distinción, aunque con aquel velo o medio, que impide el verle del todo, inmediata o intuitivamente y sin velo, que es éste como cristal que he dicho. Pero el conocimiento de lo que encubre no es penoso, sino admirable para el entendimiento; porque se entiende que es infinito el objeto y limitado el que le mira y le da esperanzas que, si lo granjea, se correrá aquel velo y quitará lo que media cuando se desnude el alma de la mortalidad del cuerpo5.
15. En este conocimiento hay modos o grados de ver de parte del Señor, según es la voluntad divina mostrarlo, porque es espejo voluntario. Unas veces se manifiesta más claramente, otras menos; unas veces se muestran unos misterios ocultando otros, y siempre grandes. Y esta diferencia suele seguir también la disposición del alma; porque si no está con toda quietud y paz, o ha cometido alguna culpa o imperfección, por pequeña que sea, no se alcanza a ver esta luz en el modo que digo y donde se conoce al Señor con tanta claridad y certeza, que no deja duda alguna de lo que se entiende. Pero primero y mejor se conoce ser Dios el que está presente, que se entienda todo lo que Su Majestad habla. Y este conocimiento hace una fuerza suave, fuerte y eficaz para amar, servir y obedecer al Altísimo. En esta claridad se conocen grandes misterios: cuánto vale la virtud y cuán preciosa cosa es tenerla y obrarla; conócese su perfección y seguridad; siéntese una virtud y fuerza que compele a lo bueno y hace oposición y pugna con lo malo y con las pasiones y muchas veces las vence; y si el alma goza de esta luz y vista, y no la pierde, no es vencida6 , porque la da ánimo, fervor, seguridad y alegría; cuidadosa y solícita, llama y levanta, da ligereza y brío, llevando tras de sí lo superior del alma a lo inferior, y aun el cuerpo se aligera y queda como espiritualizado por aquel tiempo, suspendiéndose su gravamen y peso.
16. Y como el alma conoce y siente estos dulces efectos, con amoroso afecto dice al Altísimo: Trahe me post te7 y correremos juntos; porque, unida con su amado, no siente las operaciones terrenas; y dejándose llevar del dolor de estos ungüentos de su querido, viene a estar más donde ama que donde anima; deja desierta la parte inferior y, cuando la vuelve a buscar, es para perfeccionarla, reformando y como degollando estos animales apetitos de las pasiones; y si tal vez se quieren rebelar, los arroja el alma con velocidad, porque ya no vivo yo, pero Cristo vive en mí8.
17. Siéntese aquí por cierto modo en todas las operaciones santas y movimientos la asistencia del espíritu de Cristo, que es Dios y es vida del alma9, conociéndose en el fervor, en el deseo, en la luz, en la eficacia para obrar, una fuerza interior que sólo Dios la puede hacer. Siéntese la continuación y virtud de esta luz y el amor que causa y una habla íntima, continuada y viva, que hace atender a todo lo que es divino y abstrae de lo terreno; en que se manifiesta vivir Cristo en mí, su virtud y luz, que siempre luce en las tinieblas. Esto es propiamente estar en los atrios de la casa del Señor, porque está el alma a la vista donde reverbera la claridad de la lucerna del Cordero10.
18. No digo que es toda la luz, pero es parte; y esta parte es un conocimiento sobre las fuerzas y virtud de la criatura. Y para esta vista anima el Altísimo al entendimiento, dándole una cualidad y lumen para que esta potencia se proporcione con el conocimiento, que es sobre sus fuerzas; y esto también se entiende y conoce en este estado con la certeza que se creen o conocen las demás cosas divinas, pero aquí también acompaña la fe; y en este estado muestra el Todopoderoso al alma el valor de esta ciencia y lumbre que le infunde; no se puede extinguir su luz, y todos los bienes me vinieron juntos con ella y por sus manos una honestidad de grande precio. Esta lucerna va delante de mí, enderezando mis caminos; aprendíla sin ficción y deseo comunicarla sin envidia y no esconder su honestidad; es participación de Dios y su uso es buen deleite y alegría11 De improviso enseña mucho y reduce el corazón y con fuerza poderosa lleva y aparta de lo engañoso, en lo cual, sólo mirándolo a esta luz, se halla una inmensidad de amargura, conque más se aleja de esto momentáneo y corriendo huye el alma al sagrado y refugio de la verdad eterna y entra en la bodega del adobado vino, donde ordena el Muy Alto en mí la caridad12. Y con ella me compele a que sea paciente y sin envidia, que sea benigna sin ofender a nadie, que no sea soberbia, ni ambiciosa, que no me aíre, ni piense mal de nadie, que todo lo sufra y lo tolere13, siempre me da voces14 y amonesta en mi secreto con fuerza poderosa, para que obre lo más santo y puro, enseñándomelo en todo; y si falto, aun en lo más pequeño, me reprende sin disimular cosa alguna.
19. Esta es luz que a un mismo tiempo alumbra, fervoriza, enseña, reprende, mortifica y vivifica, llama y detiene, amonesta y compele; enseña con distinción el bien y el mal, lo encumbrado y lo profundo, la longitud y latitud15; el mundo, su estado, su disposición, sus engaños, fabulaciones y falacias de sus moradores y amadores y, sobre todo, me enseña a hollarlo y pisarlo y levantarme al Señor, mirándole como a supremo dueño y gobernador de todo. Y en Su Majestad veo y conozco la disposición de las cosas, las virtudes de los elementos, el principio, medio y fin de los tiempos y sus mutaciones y variedad, el curso de los años, la armonía de todas las criaturas y sus cualidades16; todo lo escondido, los hombres, sus operaciones y pensamientos y lo que distan de los del Señor; los peligros en que viven y sus caminos siniestros por donde corren; los estados, los gobiernos, su momentánea firmeza y poca estabilidad; lo que es todo su principio y su fin, lo que tienen de verdad o de mentira. Todo esto se ve y conoce en Dios distintamente con esta luz, conociendo las personas y condiciones. Pero descendiendo a otro estado más inferior y que el alma tiene de ordinario, en que usa de la sustancia y hábito de la luz, aunque no de toda su claridad, en éste hay alguna limitación de aquel conocimiento tan alto de personas y estados, secretos y pensamientos que he dicho; porque aquí, en este inferior lugar, no tengo más conocimiento de lo que basta para apartarme del peligro y huir del pecado, compadeciéndome con verdadera ternura de las personas, sin darme licencia para hablar con claridad con nadie, ni descubrir lo que conozco; ni pudiera hacerlo, porque parece quedo muda, si no es cuando el autor de estas obras tal vez da licencia y ordena que amoneste a algún prójimo, pero no ha de ser declarando el modo, sino hablando al corazón con razones llanas, lisas, comunes y caritativas en Dios y pedir por estas necesidades, que para esto me lo enseñan.
20. Y aunque todo esto he conocido con claridad, jamás el Señor me ha mostrado el fin malo de ninguna alma que se haya condenado; y ha sido providencia divina, porque es así justo y no se ha de manifestar la condenación de nadie sin grandes fines y, porque si lo conociera, juzgo muriera de pena; y fuera efecto del conocimiento de esta luz, porque es gran lástima ver que alguna alma carezca para siempre de Dios; y le he suplicado no me muestre ninguno que se condene; si puedo librar con la vida a alguno que esté en pecado, no rehusaré el trabajo, ni que el Señor me lo muestre; pero el que no tiene remedio, no le vea yo.
21. Danme esta luz, no para que declare mi sacramento en particular, sino para que con prudencia y sabiduría use de él. Quédame este lumen como una sustancia que vivifica – aunque es accidente -que emana de Dios y un hábito para usar de él, ordenando bien los sentidos y parte inferior pero en la superior del espíritu siempre goza de una visión y habitación de paz; y conozco intelectualmente todos los misterios y sacramentos que se me muestran de la vida de la Reina del cielo y otros muchos de la fe, que casi incesantemente tengo presentes; a lo menos la luz nunca la pierdo de vista. Y si alguna vez desciendo, como criatura, con atención a la conversación humana, luego me llama el Señor con rigor y fuerza suave y me vuelve a la atención de sus palabras y locuciones y al conocimiento de estos sacramentos, gracias y virtudes y obras exteriores e interiores de la Madre Virgen, como iré declarando.
22. A este modo, y en los estados y luz que digo, veo también y conozco a la misma Reina y Señora nuestra, cuando me habla y a los santos ángeles y su naturaleza y excelencia; y unas veces los conozco y veo en el Señor y otra en sí mismos, pero con diferencia, porque, para conocerlos en sí mismos, desciendo algún grado más inferior; y también conozco esto; y resulta de la diferencia de los objetos y el modo de mover al entendimiento. En este grado más inferior veo, hablo y entiendo a los santos príncipes, conversan conmigo y me declaran muchos de los misterios que el Señor me ha mostrado; y la Reina del cielo me declara y manifiesta los de su santísima vida y los sucesos admirables de ella; y con distinción conozco a cada una de estas personas por sí, sintiendo los efectos divinos que cada cual respectivamente hace en el alma.
23. En el Señor los veo como en espejo voluntario, mostrándome Su Majestad los santos que quiere y como gusta, con una claridad grande y efectos más superiores; porque se conoce con admirable luz el mismo Señor y a los santos y sus excelentes virtudes y maravillas y cómo las obraron con la gracia y en cuya virtud todo lo pudieron17. Y en este conocimiento queda la criatura más abundante y adecuadamente llena de gozo, que la llena de más virtud y satisfacción y queda como en el descanso de su centro; porque cuanto es más intelectual y menos corpóreo e imaginario, es la luz más fuerte y los efectos más altos, mayor la sustancia y certeza que se siente. Pero también hay aquí una diferencia, que se conoce ser más superior la vista o conocimiento del mismo Señor y de sus atributos y perfecciones, y sus efectos son dulcísimos e inefables; y que es grado más inferior ver y conocer las criaturas aun en el mismo Señor; y esta inferioridad me parece que en parte nace de la misma alma, que, como su vista es tan limitada, no atiende tanto ni conoce a Dios con las criaturas, como a sólo Su Majestad sin ellas; y esta vista sola parece que tiene más plenitud de gozo que el ver en Dios las criaturas; tan delicado es este conocimiento de la divinidad, que atender en ella a otra cosa le impide algo, a lo menos mientras somos mortales.
24. En el otro estado más inferior del que he dicho, veo a la Virgen santísima en sí misma y a los ángeles; entiendo y conozco el modo de enseñarme y hablarme e ilustrarme, que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos a otros y alumbran los superiores a los inferiores. El Señor da esta luz como primera causa, pero de aquélla participada, que esta Reina goza con tanta plenitud, la comunica a la parte superior del alma, conociendo yo a Su Alteza y sus prerrogativas y sacramentos del modo que el ángel inferior conoce lo que le comunica el superior. También se conoce por la doctrina que enseña y por la eficacia que tiene y por otras condiciones que se sienten y gustan de la pureza, alteza y verdad de la visión, donde nada oscuro, impuro, falso o sospechoso se reconoce y nada santo, limpio y verdadero se deja de reconocer. Lo mismo me sucede en su modo con los santos príncipes; y así me lo ha mostrado muchas veces el Señor que la comunicación e ilustración con mi interior es como la tienen ellos entre sí mismos. Y muchas veces me sucede que pasa la iluminación por todos estos arcaduces y conductos: que el Señor da la inteligencia y luz, o el objeto de ella, y la Virgen santísima la declara y los ángeles me dan los términos. Otras veces, y lo más ordinario, lo hace todo el Señor y me enseña la doctrina; otras lo hace la Reina, dándolo ella todo, y otras los ángeles. Y también suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido; y en esto podría errar, si lo permitiese el Señor, porque soy mujer ignorante y me valgo de lo que he oído; y cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles.
25. Visiones corpóreas en estos tiempos y estados tengo muy pocas veces, pero algunas imaginarias sí; y éstas son en grado mucho más inferior a todos los que tengo dichos, que son muy superiores y espirituales o intelectuales. Y lo que puedo asegurar es que en todas las inteligencias, grandes y pequeñas, inferiores y superiores, del Señor y de la Virgen santísima y de los santos ángeles, en todas ellas recibo abundantísima luz y doctrina muy provechosa, en que veo y conozco la verdad, la mayor perfección y santidad; y siento una fuerza y luz divina que me compele a desear la mayor pureza del alma y la gracia del Señor y morir por ella y obrar en todo lo mejor. Y con estos grados y modos de inteligencias que he dicho, conozco todos los misterios de la vida de la Reina del cielo con grande provecho y júbilo de mi espíritu. Por lo cual de todo mi corazón y mente magnifico al Todopoderoso, le engrandezco, adoro y confieso por santo y omnipotente Dios, fuerte y admirable, digno de alabanza, magnificencia, gloria y reverencia por todos los siglos. Amén.

CAPITULO 3

CAPITULO 3
De la inteligencia que tuve de la divinidad y del decreto que Dios tuvo de criar todas las cosas. 
26. ¡Oh Rey altísimo y sapientísimo Señor, cuán incomprensibles son tus juicios y tus caminos investigables1! Dios invicto, que has de permanecer para siempre 2 y no se te conoce origen ¿quién podrá conocer tu grandeza y bastará para contar tus magníficas obras? ¿Y quién te podrá decir por qué así lo hiciste? Pues tú eres altísimo sobre todos y nuestra vista no te puede alcanzar, ni nuestro entendimiento comprender. ¡Bendito seas, Rey magnífico, porque te dignaste mostrar a esta tu esclava y vil gusanillo grandes sacramentos y altísimos misterios, levantando mi habitación y suspendiendo mi espíritu adonde vi lo que no sabré decir! Vi al Señor y Criador de todos; vi una Alteza en sí misma antes de criar otra cosa alguna; ignoro el modo cómo se me mostró, mas no lo que vi y entendí. Y sabe Su Majestad, que todo lo comprende, que para hablar de su deidad mi pensar se suspende, mi alma se conturba, mis potencias en sus operaciones se atajan y toda la parte superior deja a la inferior desierta, despide a los sentidos y vuela adonde ama, desamparando a quien anima; y en estos desalientos y deliquios amorosos, mis ojos derraman lágrimas y enmudece mi lengua. ¡Oh altísimo e incomprensible Señor mío, objeto infinito de mi entendimiento, cómo a tu vista, porque eres sin medida y eterno, me hallo aniquilada y mi ser se pega con el polvo y apenas diviso lo que soy! ¿Cómo esta pequeñez y miseria se atreve a mirar tu magnificencia y grande majestad? Anima, Señor, mi ser, fortalece mi vista y da aliento a mi pavor, para que pueda referir lo que he visto y obedecer tu mandamiento.
27. Vi al Altísimo con el entendimiento, cómo estaba Su Alteza en sí mismo, y tuve clara inteligencia con una noticia verdadera de que es un Dios infinito en sustancia y atributos, eterno, suma trinidad en tres personas y un solo Dios verdadero; tres, porque se ejercitan las operaciones de conocerse, comprenderse y amarse; y sólo uno, por conseguir el bien de la unidad eterna. Es trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre no es hecho, ni criado, ni engendrado, ni puede serlo, ni tener origen. Conocí que el Hijo le trae del Padre sólo por eterna generación y son iguales en duración de eternidad y es engendrado de la fecundidad del entendimiento del Padre. El Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo por amor. En esta individua Trinidad no hay cosa que se pueda decir primera ni postrera, mayor ni menor; todas tres personas en sí son igualmente eternas y eternamente iguales; que es una unidad de esencia en trinidad de personas y un Dios en la individual trinidad y tres personas en la unidad de una sustancia. Y no se confunden las personas por ser un Dios, ni se aparta o se divide la sustancia por ser tres personas; y siendo distintas en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, es una misma la divinidad, igual la gloria y la majestad, el poder, la eternidad, inmensidad, sabiduría y santidad y todos los atributos. Y aunque son tres las personas en quien subsisten estas perfecciones infinitas, es uno solo el Dios verdadero, el santo, justo, poderoso, eterno y sin medida.
28. Tuve también inteligencia de que esta divina Trinidad se comprende con una vista simple y sin que sea necesaria nueva ni distinta noticia; sabe el Padre lo que el Hijo, y el Hijo y el Espíritu Santo lo que el Padre; y que se aman entre sí recíprocamente con un mismo amor inmenso y eterno; y es una unidad de entender, amar y obrar, igual e indivisible; que es una simple, incorpórea, indivisible naturaleza, un ser de Dios verdadero, en quien están en supremo e infinito grado todas las perfecciones juntas y recopiladas.
29. Conocí la condición de estas perfecciones del Altísimo, que es hermoso sin fealdad, grande sin cantidad, bueno sin calidad, eterno sin tiempo, fuerte sin flaqueza, vida sin mortalidad, verdadero sin falsedad; presente en todo lugar, llenándole sin ocuparle, que está en todas las cosas sin extensión; no tiene contradicción en la bondad, ni defecto en la sabiduría; es en ella inestimable, en consejo terrible, en juicios justo, en pensamientos secretísimo, en palabras verdadero, en obras santo, en tesoros rico; a quien ni el espacio le ensancha, ni la estrechez de lugar es angosta, ni la voluntad es varia, ni lo triste lo conturba, ni las cosas pasadas pasan, ni las futuras suceden; a quien ni el origen dio principio, ni el tiempo dará fin. ¡Oh inmensidad eterna, qué interminables espacios en ti he visto! ¡Qué infinidad reconozco en vuestro ser infinito! No se termina la vista, ni se acaba mirando a este objeto ilimitado. Este es el ser inconmutable, el ser sobre todo ser, la santidad perfectísima, la verdad constantísima; esto es lo infinito, la latitud, longitud, la alteza y profundidad, la gloria y su causa, el descanso sin fatiga, la bondad en grado inmenso. Todo lo vi junto y no acierto a decir lo que vi.
30. Vi al Señor cómo estaba antes de criar cosa alguna y con admiración reparé dónde tenía su asiento el Altísimo, porque no había cielo empíreo, ni los demás inferiores. ni sol, luna ni estrellas, ni elementos, y sólo estaba el Criador sin haberlo criado. Todo estaba desierto, sin el ser de los ángeles, ni de los hombres, ni de los animales; y por esto conocí que de necesidad se había de conceder estaba Dios en su mismo ser y que de ninguna cosa de las que crió tuvo necesidad, ni las hubo menester, porque tan infinito era en atributos antes de criarlas como después; y en toda su eternidad los tuvo y los tendrá, por estar como en sujeto independiente e increado. Y ninguna perfección perfecta y simple puede faltar a su divinidad, porque ella sola es la que es y contiene todas las perfecciones que se hallan en todas las criaturas por inefable y eminente modo, y todo cuanto tiene ser está en aquel ser infinito como efectos en su causa.
31. Conocí, pues, que en el estado de su mismo ser estaba el Altísimo, cuando entre las tres divinas personas – a nuestro entender – se decretó el comunicar sus perfecciones de manera que hiciesen dones de ellas. Y es de advertir, para mejor declararme, que Dios entiende todas las cosas con un acto en sí mismo indivisible y simplicísimo y sin discurso; y no procede del conocimiento de una cosa a conocer otra, como nosotros procedemos, discurriendo y conociendo primero una con un acto del entendimiento y luego otra con otro; porque Dios todas las conoce juntamente de una vez, sin que haya en su entendimiento infinito primero ni postrero, que allí todas están juntas en la noticia y ciencia divina increada, como lo están en el ser de Dios, donde se encierran y contienen como en primer principio.
32. En esta ciencia, que primero se llama de simple inteligencia, según la natural precedencia del entendimiento a la voluntad, se ha de considerar en Dios un orden, no de tiempo, mas de naturaleza, según el cual orden, primero entendemos que tuvo acto de entendimiento que de voluntad; porque primero consideramos sólo el acto de entender, sin decreto de querer criar alguna cosa. Pues en este estado o instante confirieron las tres divinas personas, con aquel acto de entender, la conveniencia de las obras ad extra y de todas las criaturas que han sido y serán futuras.
33. Y porque Su Majestad quiso dignarse de responderme al deseo que le propuse, indigna, de saber el orden que tuvo, o el que nosotros debemos entender, en la determinación de criar todas las cosas – y yo lo pedía para saber el lugar que en la mente divina tuvo la Madre de Dios y Reina nuestra – diré, como pudiere, lo que se me respondió y manifestó y el orden que entendí en estas ideas en Dios, reduciéndolo a instantes; porque sin esto no se puede acomodar a nuestra capacidad la noticia de esta ciencia divina, que ya se llama aquí ciencia de visión, adonde pertenecen las ideas o imágenes de las criaturas que decretó criar y tiene en su mente ideadas, conociéndolas infinitamente mejor que nosotros las vemos y conocemos ahora.
34. Pues aunque esta divina ciencia es una y simplicísima e indivisible, pero como las cosas que mira son muchas, y entre ellas hay orden, que unas son primero y otras después, unas tienen ser o existencia por otras con dependencia de las unas a las otras; por esto, es necesario dividir la ciencia de Dios, y lo mismo la voluntad, en muchos instantes o en muchos actos que correspondan a diversos instantes, según el orden de los objetos; y así decimos que Dios entendió y determinó primero esto que aquello y lo uno por lo otro; y que si primero no quisiera o conociera con ciencia de visión una cosa, no quisiera la otra. Y no por esto se ha de entender que tuvo Dios muchos actos de entender ni querer; mas queremos significar que las cosas están entre sí encadenadas y suceden unas a otras; e imaginándolas con este orden objetivo, refundimos, para entenderlas mejor, el mismo orden en los actos de la divina ciencia y voluntad.

CAPITULO 1 – CAPITULO 4

CAPITULO 4
Distribúyense por instantes los divinos decretos, declarando lo que en cada uno determinó Dios acerca de su comunicación ad extra. 
35. Este orden entendí que se debía distribuir por los instantes siguientes. El primero es en el que conoció Dios sus divinos atributos y perfecciones, con la propensión e inefable inclinación a comunicarse fuera de sí; y éste fue el primer conocimiento de ser Dios comunicativo ad extra, mirando Su Alteza la condición de sus infinitas perfecciones, la virtud y eficacia que en sí tenían para obrar magníficas obras. Vio que tan suma bondad era convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso, comunicarse, para obrar según su inclinación comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia, distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad. Porque, siendo todo infinito, le es mucho más natural hacer dones y gracias que al fuego subir a su esfera, a la piedra bajar al centro y al sol derramar su luz; y este mar profundo de perfecciones, esta abundancia de tesoros, esta infinidad impetuosa de riquezas, todo se encamina a comunicarse por su misma inclinación y por el querer y saber del mismo Dios, que se comprendía y sabía que el hacer dones y gracias comunicándose no era disminuirlas, mas en el modo posible acrecentarlas, dando despediente a aquel manantial inextinguible de riquezas.
36. Todo esto miró Dios en aquel primer instante, después de la comunicación ad intra por las eternas emanaciones, y mirándolo se halló como obligado de sí mismo a comunicarse ad extra, conociendo ser santo, justo, misericordioso y piadoso el hacerlo; pues nadie se lo podía impedir y, conforme a nuestro modo de entender, podemos imaginar no estaba Dios quieto ni sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al centro de las criaturas, donde y con quien tiene sus delicias 1 con hacerlas participantes de su divinidad y perfecciones.
37. Dos cosas me admiran, suspenden y enternecen mi tibio corazón, dejándole aniquilado en este conocimiento y luz que tengo: la primera es aquella inclinación y peso que vi en Dios y la fuerza de su voluntad para comunicar su divinidad y los tesoros de su gloria; la segunda es la inmensidad inefable e incomprensible de los bienes y dones que conocí quería distribuir, como que los señalaba destinándolos para esto, y quedándose infinito, como si nada diera. Y en esta inclinación y deseo que su grandeza tenía, conocí estaba dispuesto para santificar, justificar y llenar de dones y perfecciones a todas las criaturas juntas y a cada una de por sí, dando a cada una más que tienen todos los santos ángeles y serafines todos juntos, aunque las gotas del mar y sus arenas, las estrellas, plantas, elementos y todas las criaturas irracionales fueran capaces de razón y de sus dones, como de su parte se dispusieran y no tuvieran óbice que lo impidiera. ¡Oh terribilidad del pecado y su malicia, que tú sola bastas para detener la impetuosa corriente de tantos bienes eternos!
38. El segundo instante fue conferir y decretar esta comunicación de la divinidad con la razón y motivos de que fuese para mayor gloria ad extra y exaltación de Su Majestad con la manifestación de su grandeza. Y esta exaltación propia miró Dios en este instante como fin de comunicarse y darse a conocer en la liberalidad de derramar sus atributos y usar de su omnipotencia, para ser conocido, alabado y glorificado.
39. El tercer instante fue conocer y determinar el orden y disposición o el modo de esta comunicación en la forma que se consiguiese el más glorioso fin de obrar tan ardua determinación: el orden que había de haber en los objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la divinidad y atributos; de suerte que aquel como movimiento del Señor tuviese honesta razón y proporcionados objetos y que entre ellos se hallase la más hermosa y admirable disposición, armonía y subordinación. En este instante se determinó en primer lugar que el Verbo divino tomase carne y se hiciese visible y se decretó la perfección y compostura de la humanidad santísima de Cristo nuestro Señor y quedó fabricada en la mente divina; y en segundo lugar, para los demás a su imitación, ideando la mente divina la armonía de la humana naturaleza con su adorno y compostura de cuerpo orgánico y alma para él, con sus potencias para conocer y gozar de su Criador, discerniendo entre el bien y el mal, con voluntad libre para amar al mismo Señor.
40. Y esta unión hipostática de la segunda persona de la santísima Trinidad con la naturaleza humana, entendí que era como forzoso fuese la primera obra y objeto adonde primero saliese el entendimiento y voluntad divina ad extra, por altísimas razones que no podré explicar. Una es porque, después de haberse Dios entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era conocer y amar a lo que era más inmediato a su divinidad, cual es la unión hipostática. Otra razón es porque también debía la divinidad sustancialmente comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra, para que la intención y voluntad divina comenzase por el fin más alto sus obras y se comunicasen sus atributos con hermosísimo orden; y aquel fuego de la divinidad obrase primero y todo lo posible en lo que estaba más inmediato a él, como era la unión hipostática, y primero comunicase su divinidad a quien hubiese de llegar al más alto y excelente grado después del mismo Dios en su conocimiento y amor, operaciones y gloria de su misma deidad; porque no se pusiera Dios –a nuestro bajo modo de entender– como a peligro de quedarse sin conseguir este fin, que sólo él era el que podía tener proporción y como justificación de tan maravillosa obra. También era conveniente y como necesario, si Dios quería criar muchas criaturas, que las criase con armonía y subordinación y que ésta fuese la más admirable y gloriosa que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener una que fuese cabeza y suprema a todas y, cuanto fuese posible, inmediata y unida con Dios y que por ella pasasen todos y llegasen a su divinidad. Y por estas y otras razones que no puedo explicar, sólo en el Verbo humano se pudo satisfacer a la dignidad de las obras de Dios; y con él había hermosísimo orden en la naturaleza y sin él no le hubiera.
41. El cuarto instante fue decretar los dones y gracias que se le habían de dar a la humanidad de Cristo Señor nuestro, unida con la divinidad. Aquí desplegó el Altísimo la mano de su liberal omnipotencia y atributos para enriquecer aquella humanidad santísima y alma de Cristo con la abundancia de dones y gracias en la plenitud y grado posible. Y en este instante se determinó lo que dijo después David2 : El ímpetu del río de la divinidad alegra la ciudad de Dios, encaminándose el corriente de sus dones a esta humanidad del Verbo, comunicándole toda la ciencia infusa y beata, gracia y gloria, de que su alma santísima era capaz y convenía al sujeto que juntamente era Dios y hombre verdadero y cabeza de todas las criaturas capaces de la gracia y gloria, que de aquel impetuoso corriente había de resultar en ellas con el orden que resultó.
42. A este mismo instante, consiguientemente y como en segundo lugar, pertenece el decreto y predestinación de la Madre del Verbo humanado; porque aquí entendí fue ordenada esta pura criatura, antes que hubiese otro decreto de criar otra alguna. Y así fue primero que todas concebida en la mente divina, como y cual pertenecía y convenía a la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de su Hijo santísimo; y a ella se encaminó luego inmediatamente con él todo el ímpetu del río de la divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirle una pura criatura y como convenía para la dignidad de Madre.
43. En la inteligencia que tuve de estos altísimos misterios y decretos, confieso me arrebató la admiración, llevándome fuera de mi propio ser; y conociendo a esta santísima y purísima criatura, formada y criada en la mente divina desde ab initio y antes que todos los siglos, con alborozo y júbilo de mi espíritu magnifico al Todopoderoso por el admirable y misterioso decreto que tuvo de criarnos tan pura, grande, mística y divina criatura, más para ser admirada con alabanza de todas las demás que para ser descrita de ninguna; y en esta admiración pudiera yo decir lo que san Dionisio Areopagita3, que si la fe no me enseñara y la inteligencia de lo que estoy mirando no me diera a conocer que es Dios quien la está formando en su idea y que sola su omnipotencia podía y puede formar tal imagen de su divinidad, si no se me mostrara todo a un tiempo, pudiera dudar si la Virgen Madre tenía en sí divinidad.
44. ¡Oh, cuántas lágrimas producen mis ojos y qué dolorosa admiración siente mi alma de ver que este divino prodigio no sea conocido, ni esta maravilla del Altísimo no sea manifiesta a todos los mortales! Mucho se conoce, pero ignórase mucho más, porque este libro sellado no ha sido abierto. Suspensa quedo en el conocimiento de este tabernáculo de Dios y reconozco a su autor por más admirable en su formación que en el resto de todo lo demás criado e inferior a esta Señora; aunque la diversidad de criaturas manifiesta con admiración el poder de su Criador, pero en sola esta Reina de todas se encierran y contienen más tesoros que en todas juntas, y la variedad y precio de sus riquezas engrandecen al Autor sobre todas las criaturas juntas.
45. Aquí –a nuestro entender– se le dio palabra al Verbo y se le hizo como contrato de la santidad, perfección y dones de gracia y gloria que había de tener la que había de ser su Madre; y la protección, amparo y defensa que se tendría de esta verdadera ciudad de Dios, en quien contempló Su Majestad las gracias y merecimientos que por sí había de adquirir esta Señora y los frutos que había de granjear para su pueblo con el amor y retorno que daría a Su Majestad. En este mismo instante, y como en tercero y último lugar, determinó Dios criar lugar y puesto donde habitasen y fuesen conversables el Verbo humanado y su Madre; y en primer lugar, para ellos y por ellos solos crió el cielo y tierra con sus astros y elementos y lo que en ellos se contiene; y el segundo intento y decreto fue para los miembros de que fuese cabeza y vasallos de quien fuese rey; que con providencia real se dispuso y previno de antemano todo lo necesario y conveniente.
46. Paso al quinto instante, aunque ya topé lo que buscaba. En este quinto, fue determinada la creación de la naturaleza angélica que, por ser más excelente y correspondiente en ser espiritual a la divinidad, fue primero prevista, y decretada su creación y disposición admirable de los nueve coros y tres jerarquías. Y siendo criados de primera intención para gloria de Dios y asistir a su divina grandeza y que le conociesen y amasen, consiguiente y secundariamente fueron ordenados para que asistiesen, glorificasen y honrasen, reverenciasen y sirviesen a la humanidad deificada en el Verbo eterno, reconociéndola por cabeza, y en su Madre santísima María, Reina de los mismos ángeles, y les fuese dada comisión para que por todos sus caminos los llevasen en las manos4. Y en este instante les mereció Cristo Señor nuestro con sus infinitos merecimientos, presentes y previstos, toda la gracia que recibiesen; y fue instituido por su cabeza, ejemplar y supremo Rey, de quien eran vasallos; y aunque fuera infinito el número de los ángeles, fueron suficientísimos los méritos de Cristo para merecerles la gracia.
47. A este instante toca la predestinación de los buenos y reprobación de los malos ángeles; y en él vio y conoció Dios, con su infinita ciencia, todas las obras de los unos y de los otros con el orden debido, para predestinar con su libre voluntad y liberal misericordia a los que le habían de obedecer y reverenciar y para reprobar con su justicia a los que se habían de levantar contra Su Majestad en soberbia e inobediencia por su desordenado amor propio. Y al mismo instante fue la determinación de criar el cielo empíreo, donde se manifestase su gloria y premiase en ella a los buenos, y la tierra y lo demás para otras criaturas, y en el centro o profundo de ella el infierno para castigo de los malos ángeles.
48. En el sexto instante fue determinado criar pueblo y congregación de hombres para Cristo, ya antes predeterminado en la mente y voluntad divina, y a cuya imagen y semejanza se decretó la formación del hombre, para que el Verbo humanado tuviese hermanos semejantes e inferiores y pueblo de su misma naturaleza, de quien fuese cabeza. En este instante se determinó el orden de la creación de todo el linaje humano, que comenzase de uno solo y de una mujer y de ellos se propagase hasta la Virgen y su Hijo por el orden que fue concebido. Ordenóse por los merecimientos de Cristo nuestro bien, la gracia y dones que se les había de dar y la justicia original si querían perseverar en ella; viose la caída de Adán y de todos en él, fuera de la Reina, que no entró en este decreto; ordenóse el remedio y que fuese pasible la humanidad santísima; fueron escogidos los predestinados por liberal gracia y reprobados los prescitos por la recta justicia; ordenóse todo lo necesario y conveniente a la conservación de la naturaleza y a conseguir este fin de la redención y predestinación, dejando su voluntad libre a los hombres, porque esto era más conforme a su naturaleza y a la equidad divina; y no se les hizo agravio, porque si con el libre albedrío pudieron pecar, con la gracia y luz de la razón pudieran no hacerlo, y Dios a nadie había de violentar, como tampoco a nadie falta ni le niega lo necesario; y si escribió su ley en todos los corazones humanos, ninguno tiene disculpa en no le reconocer y amar como a sumo bien y autor de todo lo criado.
49. En la inteligencia de estos misterios conocía con grande claridad y fuerza los motivos tan altos que los mortales tienen de alabar y adorar la grandeza del Criador y Redentor de todos, por lo que en estas obras se manifestó y engrandeció; y también conocía cuán tardos son en el conocimiento de estas obligaciones y en el retorno de tales beneficios, y la querella e indignación que el Altísimo tiene de este olvido. Y mandóme y exhortóme Su Majestad no cometiese yo tal ingratitud, pero que le ofreciese sacrificio de alabanza y cantar nuevo y le magnificase por todas las criaturas.
50. ¡Oh altísimo e incomprensible Señor mío, quién tuviera el amor y perfecciones de todos los ángeles y justos, para confesar y alabar dignamente tu grandeza! Confieso, Señor grande y poderoso,que no pudo esta vilísima criatura merecer tan memorable beneficio, como darme esta noticia y luz tan clara de tu altísima Majestad; a cuya vista veo también mi parvulez, que antes de esta dichosa hora ignoraba, y no conocía cuál y qué era la virtud de la humildad que en esta ciencia se aprende. No quiero decir ahora que la tengo, pero tampoco niego que conocí el camino cierto para hallarla; porque tu luz, ¡oh Altísimo!, me iluminó y tu lucerna me enseñó las sendas5 por donde veo lo que he sido y soy y temo lo que puedo ser. Alumbraste, Rey altísimo, mi entendimiento e inflamaste mi voluntad con el nobilísimo objeto de estas potencias y toda me rendiste a tu querer; y así lo quiero confesar a todos los mortales, para que me dejen y dejarlos. Yo soy para mi amado y, aunque lo desmerezco, mi amado para mí6 . Alienta, pues, Señor, a mi flaqueza para que tras de tus olores corra y corriendo te alcance7y alcanzándote no te deje ni te pierda.
51. Muy corta y balbuciente soy en este capítulo, porque se pudieran hacer de él muchos libros; pero callo porque no sé hablar y soy mujer ignorante y porque mi intento sólo ha sido declarar cómo la Virgen Madre fue ideada y prevista ante saecula en la mente divina. Y por lo que sobre este altísimo misterio he entendido, me convierto a mi interior y con admiración y silencio alabo al Autor de estas grandezas con el cántico de los bienaventurados, diciendo: Santo, santo, santo, Dios de Sabaot.

CAPITULO 1 – CAPITULO 5

CAPITULO 5
De las inteligencias que me dio el Altísimo de la Escritura sagrada, en confirmación del capítulo precedente; son del octavo de los Proverbios.
52. Hablaré, Señor, con tu gran Majestad, pues eres Dios de las misericordias, aunque yo soy polvo y ceniza, y suplicaré a tu grandeza incomprensible mires de tu altísimo trono a esta vilísima y más inútil criatura y me seas propicio, continuando tu luz para iluminar mi entendimiento. Habla, Señor, que tu sierva oye1.–Habló, pues, el Altísimo y enmendador de los sabios2 y remitióme al capítulo 8 de los Proverbios, donde me dio la inteligencia de este misterio, como en aquel capítulo se encierra, y primero me fue declarada la letra, como ella suena, que es la siguiente:
53. El Señor me poseyó en el principio de sus caninos, antes que hiciera cosa alguna desde el principio. De la eternidad fui orde nada y de las cosas antiguas, antes que fuese hecha la tierra. Aún no eran los abismos y yo estaba concebida; aún no habían rompido las fuentes de las aguas, ni los montes se habían asentado con su grave peso; antes que los collados era yo engendrada; antes que hiciera la tierra y los ríos y quicios .de la redondez del mundo. Cuando preparaba los cielos, estaba yo presente; cuando con cierta ley y rodeo hacía un vallado a los abismos; cuando afirmaba los cielos en lo alto y pesaba las fuentes de las aguas; cuando al mar rodeaba con su término y a las aguas ponía ley, que no salieran de sus fines; cuando asentaba los fundamentos de la tierra, estaba yo con él componiendo todas las cosas y me alegraba todos los días, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando en el orbe de las tierras; y mis delicias y regalos son estar con los hijos de los hombres3.
54. Hasta aquí es el lugar de los Proverbios, cuya inteligencia me dio el Altísimo. Y primero entendí que habla de las ideas o decreto que tuvo en su mente divina antes de criar al mundo; y que a la letra habla de la persona del Verbo humanado y de su Madre santísima, y en lo místico de los santos ángeles y profetas; porque, antes de hacer decreto ni formar las ideas para criar al resto de las criaturas materiales, las tuvo, y se decretó la humanidad santísima de Cristo y de su Madre purísima; y esto suenan las primeras palabras:
55. El Señor me poseyó en el principio de sus caminos. En Dios no hubo caminos, ni su divinidad los había menester, pero hízolos para que por ellos le conociésemos y fuésemos a él todas las criaturas capaces de su conocimiento. En este principio, antes que otra cosa alguna fabricase en su idea y cuando quería hacer sendas y abrir caminos en su mente divina, para comunicar su divinidad, para dar principio a todo, decretó primero criar la humanidad del Verbo, que había de ser el camino por donde los demás habían de ir al Padre4. Y junto con este decreto estuvo el de su Madre santísima, por quien había de venir su divinidad al mundo, formándose y naciendo de ella Dios y hombre. Y por esto dice Dios me poseyó, porque a los dos poseyó Su Majestad: al Hijo, porque cuanto a la divinidad era posesión, hacienda y tesoro del Padre, sin poderse de él separar, porque son una misma sustancia y divinidad con el Espíritu Santo; poseyóla también en cuanto a la humanidad, con el conocimiento y decreto de la plenitud de gracia y gloria que la había de dar desde su creación y unión hipostática; y habiéndose de ejecutar este decreto y posesión por medio de la Madre que había de engendrar y parir al Verbo – pues no determinó criarle de nada, ni de otra materia su cuerpo y alma – era consiguiente poseer a la que había de darle forma humana, y así la poseyó y adjudicó para sí en aquel mismo instante, queriendo eficazmente que en ningún tiempo ni momento tuviese derecho ni parte en ella, para la parte de la gracia, el linaje humano ni otro alguno, sino el mismo Señor, que se alzaba con esta hacienda como parte suya sola; y tan sola suya, cual había de serlo para darle a él forma humana de su propia sustancia y llamarlo sola ella Hijo y él a ella sola Madre y Madre digna de tener a Dios por Hijo habiendo de ser hombre; y como todo esto precedía en dignidad a todo lo criado, así precedió en la voluntad y mente del supremo Criador. Por esto dice:
56. En el principio, antes que nada hiciese. De la eternidad fui ordenada y de las cosas antiguas, etc. En esta eternidad de Dios, que nosotros concebimos ahora como imaginando tiempo interminable, ¿cuáles eran las cosas antiguas, si ninguna estaba criada? Claro está que habla de las tres personas divinas; y es decir que desde su divinidad sin principio y desde aquellas cosas que sólo son antiguas, que es la Trinidad individua – pues lo demás, que tiene principio, todo es moderno – fue ordenada cuando sólo precedió lo antiguo increado y antes que se imaginase lo futuro criado. Entre estos dos extremos estuvo el medio de la unión hipostática, por intervención de María santísima, y con ella entrambos, después de Dios inmediatamente y antes que toda criatura, fueron ordenados. Y fue la más admirable ordenación que se ha hecho ni jamás se hará: la primera y más admirable imagen de la mente de Dios, después de la eterna generación, fue la de Cristo y luego la de su Madre.
57. Y ¿qué otro orden puede ser éste en Dios, donde el orden es estar todo junto lo que en sí tiene, sin que sea necesario seguirse una cosa a otra, ni perfeccionarse alguna aguardando las perfecciones de otra o sucediéndose entre sí mismas? Todo estuvo ordenadísimo en su eterna naturaleza y lo está y estará siempre. Lo que ordenó fue que la persona del Hijo se humanase y de esta humanidad deificada comenzase el orden del querer divino y de sus decretos, y que fuese cabeza y ejemplar de todos los demás hombres y criaturas y a quien todos se ordenasen y subordinasen; porque éste era el mejor orden y concierto de la armonía de las criaturas, haber uno que fuese primero y superior y de allí se ordenase toda la naturaleza, y en especial la de los mortales. Y entre ellos, la primera era la Madre de Dios –hombre, como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y en él a la divinidad. Con este orden se encaminaron los conductos de la fuente cristalina5 que salió del trono de la divina naturaleza, encaminada primero a la humanidad del Verbo y luego a su Madre santísima, en el grado y modo que era posible a pura criatura y conveniente a criatura Madre del Criador. Y lo conveniente era que todos los divinos atributos se estrenasen en ella, sin que se le negase alguno en lo que ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y superior en grados de gracia incomparables a todo el resto de las criaturas capaces de gracia y dones. Este fue el orden tan bien dispuesto de la Sabiduría, comenzar de Cristo y de su Madre. Y así añade el texto:
58. Antes que se hiciese la tierra, aún no eran los abismos y yo estaba concebida. Esta tierra fue la del primer Adán; y antes que su formación se decretase y en la divina mente se formasen los abismos de las ideas ad extra, estaban Cristo y su Madre ideados y formados. Y llámanse abismos, porque entre el ser de Dios increado y el de las criaturas hay distancia infinita; y ésta se midió, a nuestro entender, cuando fueron las criaturas solas ideadas y formadas, que entonces también fueron formados en su modo aquellos abismos de distancia inmensa. Y antes de todo esto ya estaba concebido el Verbo, no sólo por la generación eterna del Padre, pero también estaba decretada y en la mente divina concebida la generación temporal de Madre Virgen y llena de gracia, porque sin la Madre, y tal Madre, no se podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta temporal generación. Allí, pues, y entonces fue concebida María santísima en aquella inmensidad beatífica; y su memoria eterna fue escrita en el pecho de Dios, para que por todos los siglos y eternidades nunca se borrase; quedó estampada y dibujada por el supremo Artífice en su propia mente y poseída de su amor con inseparable abrazo.
59. Aún no habían rompido las fuentes de las aguas. Aún no habían salido de su origen y principio las imágenes o ideas de las criaturas; porque no habían rompido las fuentes de la divinidad por la bondad y misericordia como por conductos, para que la voluntad divina se determinase a la creación universal y comunicación de sus atributos y perfecciones; porque, respecto de todo lo restante del universo, aún estaban estas aguas y manantiales represadas y detenidas dentro del inmenso piélago de la divinidad; y en su mismo ser no había fuentes ni corrientes para manifestarse, ni se habían encaminado a los hombres; y cuando fueron, ya estaban encaminadas a la humanidad santísima y a su Madre Virgen. Y así añade:
60. Ni los montes se habían asentado con su grave peso, porque Dios no había decretado entonces la creación de los altos montes, de los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires, etc., ni los demás santos de mayor perfección; ni el decreto de tan grande determinación se había asentado con su grave peso y equidad, con el fuerte y suave modo6 que Dios tiene en sus consejos y grandes obras. Y no sólo antes que los montes – que son los grandes santos – pero antes que los collados, era engendrada, que son los órdenes de los santos ángeles, antes de los cuales en la mente divina fue formada la humanidad santísima, unida hipostáticamente al Verbo divino, y la Madre que la engendró. Antes fueron Hijo y Madre que todos los órdenes angélicos; para que se entienda que, si David dijo en el salmo 8: ¿Qué es el hombre o el hijo del hombre, que tú, Señor, te acuerdas de él y le visitas? hicístelo poco menos que los ángeles7, etcétera, entiendan y conozcan todos que hay hombre y Dios juntamente, que es sobre todos los hombres y los ángeles y que son todos inferiores y siervos suyos; porque es Dios, siendo hombre, superior, y por esto es primero en la mente divina y en su voluntad, y con él está junta e inseparable una mujer y virgen purísima, Madre suya, superior y reina de toda criatura.
61. Y si el hombre – como dice el mismo salmo8 – fue coronado de honra y gloria y constituido sobre todas las obras de las manos del Señor, fue porque Dios –hombre, su cabeza, le mereció esta corona y la que los ángeles tuvieron. Y el mismo salmo añade, después de haber disminuido al hombre a menor ser que los ángeles, que le puso sobre sus obras9, y también los mismos ángeles fueron obra de sus manos. Y así David lo comprendió todo, diciendo que hizo poco menores a los hombres que a los ángeles; pero aunque inferiores en el ser natural, había algún hombre que fuese superior y constituido sobre los mismos ángeles, que eran obra de las manos de Dios. Y esta superioridad era por el ser de la gracia, y no sólo por la parte de la divinidad unida a la humanidad, mas también por la misma humanidad y por la gracia que resultaría en ella de la unión hipostática; y después de ella en su Madre santísima. Y también algunos de los santos en virtud del mismo Señor humanado pueden alcanzar superior grado y asiento sobre los mismos ángeles. Y dice:
62, Fui engendrada o nacida, que dice más que concebida; porque ser concebida se refiere al entendimiento divino de la beatísima Trinidad, cuando fue conocida y como conferidas las conveniencias de la encarnación; pero ser nacida refiérese a la voluntad que determinó esta obra, para que tuviese eficaz ejecución, determinando la santísima Trinidad en su divino consistorio, y como ejecutando primero en sí misma, esta maravillosa obra de la unión hipostática y ser de María santísima. Y por eso dice primero en este capítulo que fue concebida y después engendrada y nacida; porque lo primero fue conocida y luego determinada y querida.
63. Antes que hiciera la tierra y los ríos y quicios de la redondez del mundo. Antes de formar otra tierra segunda – que por esto repite dos veces la tierra – que fue la del paraíso terrenal, adonde el primer hombre fue llevado, después de ser criado de la tierra primera del campo damasceno; antes de esta segunda tierra, donde pecó el hombre, fue la determinación de criar la humanidad del Verbo, y la materia de que se había de formar, que era la Virgen; porque Dios de antemano la había de prevenir, para que no tuviese parte en el pecado, ni estuviese a él sujeta. Los ríos y quicios del orbe son la Iglesia militante y los tesoros de gracia y dones que con ímpetu habían de dimanar del manantial de – la divinidad, encaminados a todos, y eficazmente a los santos y escogidos que como quicios se mueven en Dios, estando dependientes y asidos a su querer por las virtudes de fe, esperanza y caridad, por cuyo medio se sustentan y vivifican y gobiernan, moviéndose al sumo bien y último fin y también a la conversación humana, sin perder los quicios en que estriban. También se comprenden aquí los sacramentos y compostura de la Iglesia, su protección y firmeza invencible y su hermosura y santidad sin mancha ni ruga, que esto es este orbe y corrientes de gracia. Y antes que el Altísimo preparase todo esto y ordenase este orbe y cuerpo místico, de quien Cristo, nuestro bien, había de ser cabeza, antes decretó la unión del Verbo a la naturaleza humana y a su Madre, por cuyo medio e intervención había de obrar estas maravillas en el mundo.
64. Cuando preparaba dos cielos, estaba yo presente. Cuando preparaba y prevenía el cielo y premio que a los justos, hijos de esta Iglesia, había de dar después de su destierro, allí estaba la humanidad con el Verbo unida, mereciéndoles la gracia como cabeza; y con él estaba su Madre santísima, a cuyo ejemplar, habiéndoles preparado la mayor parte a Hijo y Madre, disponía y prevenía la gloria para los demás santos.
65. Cuando con cierta ley y círculo hacía vallado a los abismos.Cuando determinaba cercar los abismos de su divinidad en la persona del Hijo, con cierta ley y término que ningún viviente pudiera verlo ni comprenderlo; cuando hacía este círculo y redondez, adonde nadie pudo ni puede entrar más que sólo el Verbo, que a sí solo se puede comprender, para achicarse10 y encogerse la divinidad en la humanidad; y la divinidad y humanidad primero en el vientre de María santísima y después en la pequeña cantidad y especies de pan y vino y con ellas en el pecho angosto de un hombre pecador y mortal. Todo esto significan aquellos abismos y ley, círculo o término, que llama cierta por lo mucho que comprenden, y por la certeza de lo que parecía imposible en el ser y dificultoso en explicarlo; porque no parece había de caber la divinidad debajo de la ley, ni encerrarse dentro determinados límites; pero eso pudo hacer y lo hizo posible la sabiduría y poder del mismo Señor, encubriéndose en cosa terminada.
66. Cuando afirmaba los cielos en lo alto y pesaba las fuentes de las aguas; cuando rodeaba al mar con su término y ponía a las aguas ley, que no pasaran de sus fines. Llama aquí a los justos cielos, porque lo son, donde tiene Dios su morada y habitación con ellos por gracia y por ella les da asiento y firmeza, levantándolos, aun, mientras son viadores, sobre la tierra, según la disposición de cada uno; y después, en la celestial Jerusalén, les da lugar y asiento según sus merecimientos; y para ellos pesa las fuentes de las aguas y las divide, distribuyendo a cada uno con equidad y peso los dones de la gracia y de la gloria, las virtudes, auxilios y perfecciones, según la divina sabiduría lo dispone. Cuando se determinaba hacer esta. división de estas aguas, se había decretado dar a la humanidad unida al Verbo todo el mar que de la divinidad le resultaba de gracia y dones, como a Unigénito del Padre; y aunque era todo infinito, puso término a este mar, que fue la humanidad, donde habita la plenitud de la divinidad11, y aun estuvo encubierta treinta y tres años con aquel término, para que habitase con los hombres y no sucediera a todos lo que en el Tabor a los tres apóstoles. Y en el mismo instante que todo este mar y fuentes de la gracia tocaron a Cristo Señor nuestro, como a inmediato a la divinidad, redundaron en su Madre santísima como inmediata a su Hijo unigénito; porque sin la Madre, y tal Madre, no se disponían ordenadamente y con la suma perfección los dones de su Hijo, ni comenzaba por otro fundamento la admirable armonía de la máquina celestial y espiritual y la distribución de los dones en la Iglesia militante y triunfante.
67. Cuando asentaba los fundamentos de la tierra, estaba yo con él componiendo todas las cosas. A todas las tres divinas personas son comunes las obras ad extra, porque todas son un solo Dios, una sabiduría y poder; y así era necesario e inexcusable que el Verbo, en quien según la divinidad fueron hechas todas las cosas12 , estuviera con el Padre para hacerlas. Pero aquí dice más, porque también el Verbo humanado estaba ya en la divina voluntad presente con su Madre santísima; porque así como por el Verbo, en cuanto Dios, fueron hechas todas las cosas, así también para él, en el primer lugar y como más noble y dignísimo fin, fueron criados los fundamentos de la tierra y todo cuanto en ella se contiene. Y por esto dice:
68. Y me alegraba todos los días, jugando en su presencia en todo tiempo, burlándome en el orbe de la tierra. Holgábase el Verbo humanado todos los días, porque conoció todos los de los siglos y las vidas de los mortales, que según la eternidad son un breve día13 ; y holgábase de que toda la sucesión de la creación tendría término, para que, acabado el último día con toda perfección, gozasen los hombres de la gracia y corona de la gloria; holgábase, como contando los días en que había de descender del cielo a la tierra y tomar carne humana; conocía que los pensamientos y obras de los hombres terrenos eran como juego y que todos eran burla y engaño; y miraba a los justos, que, aunque flacos y limitados, eran a propósito para comunicarles y manifestarles su gloria y perfecciones; miraba su ser inconmutable y la cortedad de los hombres y cómo se había de humanar con ellos, y deleitábase en sus propias obras, y particularmente en las que disponía para su Madre santísima, de quien le era tan agradable tomar forma de hombre y hacerla digna de obra tan admirable. Estos eran los días en que se alegraba el Verbo humanado; y porque al concebir y como idear todas estas obras y al decreto eficaz de la divina voluntad se seguía la ejecución de todo, añadió el Verbo divino:
69. Y mis delicias son estar con los hijos de los hombres. Mi regalo es trabajar por ellos y favorecerlos; mi contento, morir por ellos; y mi alegría, ser su maestro y reparador; mis delicias son levantar al pobre desde el polvo14 y unirme con el humilde, y humillar para esto mi divinidad y cubrirla y encubrirla con su naturaleza; encogerme y humillarme y suspender la gloria de mi cuerpo, para hacerme pasible y merecerles la amistad de mi Padre; y ser medianero entre su justísima indignación y la malicia de los hombres; y ser su ejemplar y cabeza, a quien puedan imitar y seguir. Estas son las delicias del Verbo eterno humanado.
70. ¡Oh bondad incomprensible y eterna, qué admirada y suspendida quedo, viendo la inmensidad de vuestro ser inmutable comparado con la parvulez del hombre, y mediando vuestro amor eterno entre dos extremos de tan incomparable distancia, amor infinito para criatura no sólo pequeña pero ingrata! ¡En qué objeto tan abatido y vil ponéis, Señor, vuestros ojos y en qué objeto tan noble podía y debía el hombre poner los suyos y sus afectos, a la vista de tan gran misterio! Suspensa en admiración y ternura de mi corazón, me lamento de la desdicha de los mortales y de sus tinieblas y ceguera, pues no se disponen para conocer cuán de antemano comenzó vuestra Majestad a mirarlos y prevenirles su verdadera felicidad con tanto cuidado y amor, como si en ella consistiera la vuestra.
71. Todas las obras y disposición de ellas, como las había de criar, tuvo presentes el Señor desde ab initio en su mente y las numeró y pesó con su equidad y rectitud; y, como está escrito en la Sabiduría15, supo la disposición del mundo antes de criarle, conoció el principio, medio y fin de los tiempos, sus mudanzas y concursos de los años, la disposición de las estrellas, las virtudes de los elementos, las naturalezas de los animales, las iras de las bestias, la fuerza de los vientos, las diferencias de los árboles, las virtudes de las raíces y los pensamientos de los hombres; todo lo pesó y numeró 16; y no sólo esto, que suena la letra de las criaturas materiales y racionales, pero todas las demás que místicamente por éstas son significadas, que, por no ser para mi intento ahora, no las refiero.

CAPITULO 1 – CAPITULO 6

CAPITULO 6
De una duda que propuse al Señor sobre la doctrina de estos capítulos y la esta de ella. 
72. Sobre las inteligencias y doctrina de los dos capítulos antecedentes se me ofreció una duda, ocasionada de lo que muchas veces he oído y entendido de personas doctas que se disputa en las escuelas. Y la duda fue: que si la causa y motivo principal para que el Verbo divino se humanase fue hacerle cabeza y primogénito de todas las criaturas1 y, por medio de la unión hipostática con la humana naturaleza, comunicar sus atributos y perfecciones en el modo conveniente por gracia y gloria a los predestinados, y el tomar carne pasible y morir por el hombre fue decreto como fin secundario; siendo esto así verdad, ¿cómo en la santa Iglesia hay tan diversas opiniones sobre ello? Y la más común es que el Verbo eterno descendió del cielo, como de intento, para redimir a los hombres por medio de su pasión y muerte santísima.
73. Esta duda propuse con humildad al Señor y Su Majestad se dignó de responderme a ella, dándome una inteligencia y luz muy grande, en que conocí y entendí muchos misterios que no podré explicar, porque comprenden y suenan mucho las palabras que me respondió el Señor, que son éstas: Esposa y paloma mía, oye, que, como padre y maestro tuyo, quiero responder a tu duda y enseñarte en tu ignorancia. Advierte que el fin principal y legitimo del decreto que tuve de comunicar mi divinidad en la persona del Verbo, unida hipostáticamente a la humana naturaleza, fue la gloria que de esta comunicación había de redundar para mi nombre y para las criaturas capaces de la que yo les quise dar; y este decreto se ejecutara sin duda en la encarnación, aunque el primer hombre no hubiera pecado, porque fue decreto expreso y sin condición en lo sustancial, y así debía ser eficaz mi voluntad, que en primer lugar fue comunicarme al alma y humanidad unida al Verbo, y esto era así conveniente a mi equidad y rectitud de mis obras; y aunque esto fue postrero en la ejecución, fue primero en la intención; y si tardé en enviar a mi Unigénito, fue porque determiné prepararle antes una congregación en el mundo, escogida y santa, de justos, que, supuesto el pecado común, serían como rosas entre las espinas de los otros pecadores. Y vista la caída del linaje humano, determiné con decreto expreso que el Verbo viniese en forma pasible y mortal para redimir su pueblo, de quien era cabeza, para que más se manifestase y conociese mi amor infinito con los hombres, y a mi equidad y justicia se le diese debida satisfacción; y que, si ‘fue hombre y el primero en el ser el que pecó, fuese hombre2 y el primero en la dignidad el Redentor; y los hombres en esto conociesen la gravedad del pecado y el amor de todas las almas fuese uno solo, pues su Criador, Vivificador, Redentor y quien los ha de juzgar es uno solo. Y también quise compelerles a este agradecimiento y amor, no castigando a los mortales como a los apóstatas ángeles, que sin apelación los castigué, y al hombre perdoné, aguardé y le di oportuno remedio, ejecutando el rigor de mi justicia en mi unigénito Hijo3 y pasando al hombre la piedad de mi grande misericordia.
74. Y para que mejor entiendas la respuesta de tu duda, debes advertir que, como en mis decretas no hay sucesión de tiempo, ni yo necesito de él para obrar y entender, los que dicen que encarnó el Verbo para redimir el mundo, dicen bien; y los que dicen que encarnara si el hombre no pecara, también hablan bien, si con verdad se entiende; porque, si no pecara Adán, descendiera del cielo en la forma que para aquel estado conviniera y, porque pecó, tuve aquel decreto segundo que bajara pasible, porque, visto el pecado, convenía que le reparase en la forma que lo hizo. Y porque deseas saber cómo se ejecutara este misterio de encarnar el Verbo, si conservara el hombre el estado de la inocencia, advierte que la forma humana fuera la misma en la sustancia pero con el don de la impasibilidad e inmortalidad; cual estuvo mi Unigénito después que resucitó hasta que subió a los cielos, viviera y conversara con los hombres; y los misterios y sacramentos fueran a todos manifiestos; y muchas veces hiciera patente su gloria, como la hizo sola una vez cuando vivió mortal4; y delante de todos hiciera en aquel estado de inocencia lo que obró delante de tres apóstoles en el que fue mortal; y vieran todos los viadores a mi Unigénito con grande gloria y con su conversación se consolaran; y no pusieran óbice a sus divinos efectos, porque estuvieran sin pecado; pero todo lo impidió y estragó la culpa y por ella fue conveniente que viniera pasible y mortal.
75. Y el haber en estos sacramentos y en otros misterios diversas opiniones en mi Iglesia, ha nacido de que a unos maestros les manifiesto y doy luz de unos misterios y a otros se la doy de otros, porque los mortales no son capaces de recibir toda la luz; ni era ccnveniente que a uno se le diese toda la ciencia de todas las cosas, mientras son viadores; pues, aun cuando son comprensores, la reciben por partes y se la doy proporcionada según el estado y merecimientos de cada uno y como conviene a mi providencia distribuirla; y la plenitud sólo se la debía ala humanidad de mi Unigénito y a su Madre respectivamente. Los demás mortales, ni la reciben toda, ni siempre tan clara que puedan asegurarse en todo; y por eso la adquieren con el trabajo y uso de las letras y ciencias. Y aunque en mis Escrituras hay tantas verdades reveladas, como yo muchas veces los dejo en la natural luz, aunque otras se la doy de lo alto, de aquí se sigue que se entiendan los misterios con diversidad de pareceres y se hallen diferentes explicaciones y sentidos en las Escrituras y cada uno siga su opinión como la entiende. Y aunque el fin de muchos es bueno y la luz y verdad en sustancia sea una, se entiende y se usa de ella con diversidad de juicios e inclinaciones, que unos tienen a unos maestros y otros a otros; de donde nacen entre ellos las controversias.
76. Y de ser más común la opinión que el Verbo bajó del cielo de principal intento a redimir el mundo, entre otras causas, una es porque el misterio de la redención y el fin de estas obras es más conocido y manifiesto, por haberse ejecutado y repetido tantas veces en las Escrituras; y al contrario, el fin de la impasibilidad, ni se ejecutó, ni se decretó absoluta y expresamente, y todo lo que perteneciera a aquel estado quedó oculto y nadie lo puede saber con aseguración, si no fuere a quien yo en particular diere luz o revelare lo que conviene de aquel decreto y amor que tenemos a la humana naturaleza. Y si bien esto pudiera mover mucho a los mortales, si lo pesaran y penetraran, pero el decreto y obras de la redención de su caída es más poderoso y eficaz para moverlos y traerlos al conocimiento y retorno de mi inmenso amor, que es el fin de mis obras; y por eso, tengo providencia de que estos motivos y misterios estén más presentes y sean más frecuentados, porque así es conveniente. Y advierte que en una obra bien puede haber dos fines, cuando el uno se supone debajo de alguna condición, como fue que, si el hombre no pecara, no descendiera el Verbo en forma pasible y que, si pecase, que fuese pasible y mortal; y así en cualquier suceso no se dejara de cumplir el decreto de la encarnación. Yo quiero que los sacramentos de la redención se reconozcan y estimen y siempre se tengan presentes para darme el retorno; pero quiero asimismo que los mortales reconozcan al Verbo humanado por su cabeza y causa final de la creación de todo lo restante de la humana naturaleza, porque él fue, después de mi propia benignidad, el principal motivo que tuve para dar ser a las criaturas; y así, debe ser reverenciado, no sólo porque redimió al linaje humano, pero también porque dio motivo para su creación.
77. Y advierte, esposa mía, que yo permito y dispongo que muchas veces los doctores y maestros tengan diversas opiniones, para que unos digan lo verdadero y otros, con lo natural de sus ingenios, digan lo dudoso; y otras permito digan lo que no es, aunque no disuena luego a la verdad oscura de la fe, en la que todos los fieles están firmes; y otras veces dicen lo que es posible, según ellos entienden. Y con esta variedad se va rastreando la verdad y luz y se manifiestan más los sacramentos escondidos, porque la duda sirve de estímulo al entendimiento para investigar la verdad; y en esto tienen honesta y santa causa las controversias de los maestros. Y también lo es que, después de tantas diligencias y estudios de grandes y perfectos doctores y sabios, se conozca que en mi Iglesia hay ciencia y que los hace eminentes en sabiduría sobre los sabios del mundo; y que hay sobre todos un enmendador de los sabios5, que soy yo, que sólo lo sé todo y comprendo y lo peso y mido, sin poder ser medido ni comprendido; y que los hombres, aunque más escudriñen mis juicios y testimonios, no los podrán alcanzar, si no les diere yo la inteligencia y luz, que soy el principio y autor de toda sabiduría y ciencia; y conocendo esto los mortales, quiero que me den alabanza, magnificencia, confesión, superioridad y gloria eterna.
78. Y quiero también que los doctores santos adquieran para sí mucha gracia, luz y gloria, con su trabajo honesto, loable y santo, y la verdad se vaya más descubriendo y apurando, llegándose más a su manantial; e investigando con humildad los misterios y obras admirables de mi diestra, vengan a ser participantes de ellas y gozar del pan de entendimiento6 de mis Escrituras. Yo he tenido gran providencia con los doctores y maestros, aunque sus opiniones y dudas han sido tan diversas y con diferentes fines; porque, unas veces, son de mi mayor honra y gloria y, otras, son de impugnarse y contradecirse por otros fines terrenos: y con esta emulación y pasión han procedido y proceden desigualmente. Pero con todo eso, los he gobernado, regido y alumbrado, asistiéndoles mi protección, de manera que la verdad se ha investigado y manifestado mucho y se ha dilatado la luz para conocer muchas de mis perfecciones y obras maravillosas y se han interpretado las Escrituras santas tan altamente, que me ha sido esto de mucho agrado y beneplácito. Y por esta causa, el furor del infierno con increíble envidia – y mucho más en estos tiempos presentes – ha levantado su trono de iniquidad, impugnando la verdad y pretendiendo beberse el Jordán7 y con herejías y doctrinas falsas oscurecer la luz de la fe santa, contra quien ha derramado su falsa zizaña, ayudándose de los hombres. Pero lo restante de la Iglesia y sus verdades están en grado perfectísimo y los fieles católicos, aunque muy envueltos y ciegos en otras miserias, pero la verdad de la fe y su luz la tienen perfectísima y, aunque llamo a todos con paternal amor a esta dicha, son pocos los electos que me quieren responder.
79. Ouiero también, esposa mía, que entiendas que, si bien mi providencia dispone que entre los maestros haya muchas opiniones, para que más se escudriñen mis testimonios y con intento de que a los hombres viadores les sea manifiesta la médula de las divinas letras, mediante sus honestas diligencias, estudios y trabajos, pero fuera de mucho agrado para mí y servicio que las personas doctas extinguieran y apartaran de sí la soberbia, envidia y ambición de honra vana y otras pasiones y vicios que de esto se engendran y toda la mala semilla que siembran los malos efectos de tales ocupaciones; pero no la arranco ahora, porque no se arranque la buena con la mala.–Todo esto me respondió el Altísimo y otras muchas cosas que no puedo manifestar. ¡Bendita sea su grandeza eternamente, que tuvo por bien alumbrar mi ignorancia y satisfacerla tan adecuada y misericordiosamente, sin dedignarse de la parvulez de una mujer insipiente y en todo inútil! Denle gracias y alabanzas sin fin todos los espíritus bienaventurados y justos de la tierra.

CAPITULO 1 – CAPITULO 7

  CAPITULO 7
Cómo el Altísimo dio principio a sus obras; y todas las cosas materiales crió para el hombre, y a los ángeles y hombres para que hiciesen pueblo de quien el Verbo humanado fuese cabeza.
80. Causa de todas las causas fue Dios y Criador de todo lo que tiene ser; y con el poder de su brazo quiso dar principio a todas sus maravillosas obras ad extra, cuando y como fue su voluntad. El orden y principio de esta creación refiere Moisés en el capítulo 1 del Génesis y, porque el Señor me ha dado su inteligencia, diré aquí lo conveniente para ir buscando desde su origen las obras y misterios de la encarnación del Verbo y de nuestra redención.
81. La letra del cap.1 del Génesis dice de esta manera: En el principio crió Dios el cielo y la tierra. Y estaba la tierra sin frutos y vacía y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo y el espíritu del Señor era llevado sobre las aguas. Y dijo Dios: sea hecha la luz, y fue hecha la luz. Y vio Dios la luz que era buena y dividióla y apartóla de las tinieblas; y a la luz llamó día y a las tinieblas noche; y fue hecho día de tarde y mañana, 1 etc. En este día primero, dice Moisés, que en el principio crió Dios el cielo y la tierra, porque este principio fue el que dio el poderoso Dios, estando en su ser inmutable, como saliendo de él a criar fuera de sí mismo a las criaturas, que entonces comenzaron a tener ser en sí mismas y Dios como a recrearse en sus hechuras, como obras adecuadamente perfectas. Y para que el orden fuera también perfectísimo, antes de criar criaturas intelectuales y racionales, formó el cielo para los ángeles y hombres y la tierra donde primero los mortales habían de ser viadores; lugares tan proporcionados para sus fines y tan perfectos, que, como David2 dice, los cielos publican la gloria de Dios, el firmamento y la tierra anuncian alas obras de sus manos. Los cielos con su hermosura manifiestan la magnificencia y gloria, porque son depósito del premio prevenido para los santos; y el firmamento de la tierra anuncia que ha de haber criaturas y hombres que la habiten y por ella caminen a su Criador. Y antes de criarlos quiere el Altísimo prevenirles y criarles lo necesario para esto y para la vida que les había de mandar vivir; para que de todas partes se hallen compelidos a obedecer y amar a su Hacedor y Bienhechor y que por sus obras3 conozcan su nombre admirable e infinitas perfecciones.
82. De la tierra, dice Moisés, que estaba vacía, y no lo dice del cielo; porque en éste crió los ángeles en el instante cuando dice Moisés: Dijo Dios: sea hecha la luz, y fue hecha la luz; porque no habla sólo de la luz material, sino también de las luces angélicas o intelectuales. Y no hizo más clara memoria de ellos que significarlos debajo de este nombre, por la condición tan fácil de los hebreos en atribuir la divinidad a cosas nuevas y de menor aprecio que los espíritus angélicos; pero fue muy legítima la metáfora de la luz para significar la naturaleza angélica, y místicamente la luz de la ciencia y gracia con que fueron iluminados en su creación. Y crió Dios con el cielo empíreo la tierra juntamente, para formar en su centro el infierno; porque en aquel instante que fue criada, por la divina disposición quedaron en medio de este globo cavernas muy profundas y dilatadas, capaces para infierno, limbo y purgatorio; y en el infierno, al mismo tiempo fue criado fuego material y las demás cosas que allí sirven ahora de pena a los condenados. Había de dividir luego el Señor la luz de las tinieblas y llamar a la luz día y a las tinieblas noche; y no sólo sucedió esto entre la noche y día naturales, pero entre los ángeles buenos y malos, que a los buenos dio la luz eterna de su vista, y la llamó día, y día eterno; y a los malos llamó noche del pecado y fueron arrojados en las eternas tinieblas del infierno; para que todos entendamos cuán juntas anduvieron la liberalidad misericordiosa de criador y vivificador y la justicia de rectísimo juez en el castigo.
83. Fueron los ángeles criados en el cielo empíreo y en gracia, para que con ella precediera el merecimiento al premio de la gloria; que aunque estaban en el lugar de ella, no se les había mostrado la divinidad cara a cara y con clara noticia, hasta que con la gracia lo merecieron los que fueron obedientes a la voluntad divina. Y así estos ángeles santos, como los demás apóstatas, duraron muy poco en el primer estado de viadores; porque la creación, estado y término, fueron en tres estancias o mórulas divididas con algún intervalo en tres instantes. En el primero fueron todos criados y adornados con gracia y dones, quedando hermosísimas y perfectas criaturas. A este instante se siguió una mórula, en que a todos les fue propuesta e intimada la voluntad de su Criador, y se les puso ley y precepto de obrar, reconociéndole por supremo Señor, y para que cumpliesen con el fin para que los había criado. En esta mórala, estancia o intervalo sucedió entre san Miguel y sus ángeles, con el dragón y los suyos, aquella gran batalla que dice san Juan en el cap. 12 del Apocalipsis4 ; y los buenos ángeles, perseverando en gracia, merecieron la felicidad eterna y los inobedientes, levantándose contra Dios, merecieron el castigo que tienen.
84. Y aunque en esta segunda mórula pudo suceder todo muy brevemente, según la naturaleza angélica y el poder divino, pero entendí que la piedad del Altísimo se detuvo algo y con algún intervalo les propuso el bien y el mal, la verdad y falsedad, lo justo y lo injusto, su gracia y amistad y la malicia del pecado y enemistad de Dios, el premio y el castigo eterno y la perdición para Lucifer y los que le siguiesen; y les mostró Su Majestad el infierno y sus penas y ellos lo vieron todo, que en su naturaleza tan superior y excelente todas las cosas se pueden ver, como ellas son en sí mismas, siendo criadas y limitadas; de suerte que, antes de caer de la gracia, vieron claramente el lugar del castigo. Y aunque no conocieron por este modo el premio de la gloria, pero tuvieron de ella otra noticia y la promesa manifiesta y expresa del Señor, con que el Altísimo justificó su causa y obró con suma equidad y rectitud. Y porque toda esta bondad y justificación no bastó para detener a Lucifer y a sus secuaces, fueron, como pertinaces, castigados y lanzados en el profundo de las cavernas infernales y los buenos confirmados en gracia y gloria eterna. Y esto fue todo en el tercer instante, en que se conoció de hecho que ninguna criatura, fuera de Dios, es impecable por naturaleza; pues el ángel, que la tiene tan excelente y la recibió adornada con tantos dones de ciencia y gracia, al fin pecó y se perdió. ¿Qué hará la fragilidad humana, si el poder divino no la defiende y si ella obliga a que la desampare?
85. Resta de saber el motivo que tuvieron en su pecado Lucifer y sus confederados –que es lo que voy buscando– y de qué tomaron ocasión para su inobediencia y caída. Y en esto entendí que pudieron cometer muchos pecados secundum reatum, aunque no cometieron los actos de todos; pero de los que cometieron con su depravada voluntad, les quedó hábito para todos los malos actos, induciendo a otros, y aprobando el pecado, que por sí mismos no podían obrar. Y según el mal afecto que de presente tuvo entonces Lucifer, incurrió en desordenadísimo amor de sí mismo; y le nació de verse con mayores dones y hermosura de naturaleza y gracias que los otros ángeles inferiores. En este conocimiento se detuvo demasiado; y el agrado que de sí mismo tuvo le retardó y entibió en el agradecimiento que debía a Dios, como a causa única de todo lo que había recibido. Y volviéndose a remirar, agradóse de nuevo de su hermosura y gracias y adjudicóselas y amólas como suyas; y este desordenado afecto propio no sólo le hizo levantarse con lo que había recibido de otra superior virtud, pero también le obligó a envidiar y codiciar otros dones y excelencias ajenas que no tenía. Y porque no las pudo conseguir, concibió mortal odio e indignación contra Dios, que de nada le había criado, y contra todas sus criaturas.
86. De aquí se originaron la desobediencia, presunción, injusticia, infidelidad, blasfemia y aun casi alguna especie de idolatría, porque deseó para sí la adoración y reverencia debida a Dios. Blasfemó de su divina grandeza y santidad, faltó a la fe y lealtad que debía, pretendió destruir todas las criaturas y presumió que podría todo esto y mucho más; y así siempre su soberbia sube5 y persevera, aunque su arrogancia es mayor que su fortaleza6, porque en ésta no puede crecer y en el pecado un abismo llama a otro abismo7. El primer ángel que pecó fue Lucifer, como consta del capítulo 14 de Isaías8, y éste indujo a otros a que le siguiesen; y así se llama príncipe de los demonios, no por naturaleza, que por ella no pudo tener este título, sino por la culpa. Y no fueron los que pecaron de solo un orden o jerarquía, sino de todas cayeron muchos.
87. Y para manifestar, como se me ha mostrado, qué honra y excelencia fue la que con soberbia apeteció y envidió Lucifer, advierto que, como en las obras de Dios hay equidad, peso y medida9, antes que los ángeles se pudiesen inclinar a diversos fines, determinó su providencia manifestarles inmediatamente después de su creación el fin para que los había criado de naturaleza tan alta y excelente. Y de todo esto tuvieron ilustración en esta manera: Lo primero, tuvieron inteligencia muy expresa del ser de Dios, uno en sustancia y trino en personas, y recibieron precepto de que le adorasen y reverenciasen como a su Criador y sumo Señor, infinito en su ser y atributos. A este mandato se rindieron todos y obedecieron, pero con alguna diferencia; porque los ángeles buenos obedecieron por amor y justicia, rindiendo su afecto de buena voluntad, admitiendo y creyendo lo que era sobre sus fuerzas y obedeciendo con alegría; pero Lucifer se rindió por parecerle ser lo contrario imposible. Y no lo hizo con caridad perfecta, porque dividió la voluntad en sí mismo y en la verdad infalible del Señor; y esto le hizo que el precepto se le hiciese algo violento y dificultoso y no cumplirle con afecto lleno de amor y justicia; y así se dispuso para no perseverar en él. Y aunque no le quitó la gracia esta remisión y tibieza en obrar estos primeros actos con dificultad, pero de aquí comenzó su mala disposición, porque tuvo alguna debilidad y flaqueza en la virtud y espíritu y su hermosura no resplandeció como debía. Y, a mi parecer, el efecto que hizo en Lucifer esta remisión y dificultad fue semejante al que hace en el alma un pecado venial advertido; pero no afirmo que pecó venial ni mortalmente entonces, porque cumplió el precepto de Dios; mas fue remiso e imperfecto este cumplimiento y más por compelerle la fuerza de la razón que por amor y voluntad de obedecer; y así se dispuso a caer.
88. En segundo lugar, les manifestó Dios había de criar una naturaleza humana y criaturas racionales inferiores, para que amasen, temiesen y reverenciasen a Dios, como a su autor y bien eterno, y que a esta naturaleza había de favorecer mucho; y que la segunda persona de la misma Trinidad santísima se había de humanar y hacerse hombre, levantando a la naturaleza humana a la unión hipostática y persona divina, y que a aquel supuesto hombre y Dios habían de reconocer por cabeza, no sólo en cuanto Dios, pero juntamente en cuanto hombre, y le habían de reverenciar y adorar; y que los mismos ángeles habían de ser sus inferiores en dignidad y gracias y sus siervos. Y les dio inteligencia de la conveniencia y equidad, justicia y razón, que en esto había; porque la aceptación de los merecimientos previstos de aquel hombre y Dios les había merecido la gracia que poseían y la gloria que poseerían; y que para gloria de él mismo habían sido criados ellos y todas las otras criaturas lo serían, porque a todas había de ser superior; y todas las que fuesen capaces de conocer y gozar de Dios, habían de ser pueblo y miembros de aquella cabeza, para réconocerle y reverenciarle. Y de todo esto se les dio luego mandato a los ángeles.
89. A este precepto todos los obedientes y santos ángeles se rindieron y prestaron asenso y obsequio con humilde y amoroso afecto de toda su voluntad; pero Lucifer con soberbia y envidia resistió y provocó a los ángeles, sus secuaces, a que hicieran lo mismo, como de hecho lo hicieron, siguiéndole a él y desobedeciendo al divino mandato. Persuadióles el mal Príncipe que sería su cabeza y que tendrían principado independiente y separado de Cristo. Tanta ceguera pudo causar en un ángel la envidia y soberbia y un afecto tan desordenado, que fuese causa y contagio para comunicar a tantos el pecado.
90. Aquí fue la gran batalla, que san Juan dice10 sucedió en el cielo; porque los ángeles obedientes y santos, con ardiente celo de defender la gloria del Altísimo y la honra del Verbo humanado previsto, pidieron licencia y como beneplácito al Señor para resistir y contradecir al dragón, y les fue concedido este permiso. Pero sucedió en esto otro misterio: que cuando se les propuso a todos los ángeles habían de obedecer al Verbo humanado, se les puso otro tercero precepto, de que habían de tener juntamente por superiora a una mujer, en cuyas entrañas tomaría carne humana este Unigénito del Padre; y que esta mujer había de ser su Reina y de todas las criaturas y que se había de señalar y aventajar a todas, angélicas y humanas, en los dones de gracia y gloria. Los buenos ángeles, en obedecer este precepto del Señor, adelantaron y engrandecieron su humildad y con ella le admitieron y alabaron el poder y sacramentos del Altísimo; pero Lucifer y sus confederados, con este precepto y misterio, se levantaron a mayor soberbia y desvanecimiento; y con desordenado furor apeteció para sí la excelencia de ser cabeza de todo el linaje humano y órdenes angélicos y que, si había de ser mediante la unión hipostática, fuese con él.
91. Y en cuanto al ser inferior a la Madre del Verbo humanado y Señora nuestra, lo resistió con horrendas blasfemias, convirtiéndose en desbocada indignación contra el Autor de tan grandes maravillas; y provocando a los demás, dijo este dragón: Injustos son estos preceptos y a mi grandeza se le hace agravio; y a esta naturaleza, que tú, Señor, miras con tanto amor y propones favorecerla tanto, yo la perseguiré y destruiré y en esto emplearé todo mi poder y cuidado. Y a esta mujer, Madre del Verbo, la derribaré del estado en que la prometes poner y a mis manos perecerá tu intento.
92. Este soberbio desvanecimiento enojó tanto al Señor, que humillando a Lucifer le dijo: Esta mujer, a quien no has querido respetar, te quebrantará la cabeza11 y por ella serás vencido y aniquilado. Y si por tu soberbia entrare la muerte en el mundo12, por la humildad de esta mujer entrará la vida y la salud de los mortales; y de su naturaleza y especie de estos dos gozarán el premio y coronas que tú y tus secuaces habéis perdido.–Y a todo esto replicaba el dragón con indignada soberbia contra lo que entendía de la divina voluntad y sus decretos; amenazaba a todo el linaje humano. Y los ángeles buenos conocieron la justa indignación del Altísimo contra Lucifer y los demás apóstatas y con las armas del entendimiento, de la razón y verdad peleaban contra ellos.
93. Obró aquí el Todopoderoso otro misterio maravilloso: que habiéndoles manifestado por inteligencia a todos los ángeles el sacramento grande de la unión hipostática, les mostró la Virgen santísima en una señal o especie, al modo de nuestras visiones imaginarias, según nuestro modo de entender. Y así les dio a conocer y representó la humana naturaleza pura en una mujer perfectísima, en quien el brazo poderoso del Altísimo había de ser más admirable que en todo el resto de las criaturas, porque en ella depositaba las gracias y dones de su diestra en grado superior y eminente. Esta señal y visión de la Reina del cielo y Madre del Verbo humanado fue notoria y manifiesta a todos los ángeles buenos y malos. Y los buenos a su vista quedaron en admiración y cánticos de alabanza y desde entonces comenzaron a defender la honra de Dios humanado y su Madre santísima, armados con este ardiente celo y con el escudo inexpugnable de aquella señal. Y, por el contrario, el dragón y sus aliados concibieron implacable furor y saña contra Cristo y su Madre santísima; y sucedió todo lo que contiene el cap. 12 del Apocalipsis, cuya declaración, como se me ha dado, pondré en el que se sigue.

CAPITULO 1 – CAPITULO 8

CAPITULO 8 
Que prosigue el discurso de arriba con la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis. 
94. La letra de este capítulo del Apocalipsis dice: Apareció en el cielo una gran señal, una mujer cubierta del sol y debajo de sus pies la luna y una corona de doce estrellas en su cabeza; y estaba preñada y pariendo daba voces y era atormentada para parir. Y fue vista otra señal en el cielo, y viose un dragón grande rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en sus cabezas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó en la tierra; y el dragón estuvo delante de la mujer, que había de parir, para que en pariendo se tragase el hijo. Y parió un hijo varón, que había de regir las gentes con vara de hierro; y fue arrebatado su hijo para Dios y para su trono, y la mujer huyó a la soledad, donde tenía lugar aparejado por Dios, para que allí la alimenten mil doscientos y sesenta días. Y sucedió una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y peleaba el dragón y sus ángeles; y no prevalecieron y de allí adelante no se halló lugar suyo en el cielo. Y fue arrojado aquel dragón, serpiente antigua que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el orbe; y fue arrojado en la tierra y sus ángeles fueron enviados con él. Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha sido hecha la salud y la virtud y el reino de nuestro Dios y la potestad de su Cristo; porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba ante nuestro Dios de día y de noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero y palabras de sus testimonios y pusieron sus almas hasta la muerte. Por esto os alegrad, cielos, y los que habitáis en ellos. ¡Ay de la tierra y mar, porque a vosotros ha bajado el diablo, que tiene grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo! Y después que vio el dragón cómo era arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón; y fuéronle dadas a la mujer alas de una grande águila, para que volase al desierto a su lugar, donde es alimentada por tiempo y tiempos y la mitad del tiempo fuera de la cara de la serpiente. Y arrojó la serpiente de su boca tras de la mujer agua como un río. Y la tierra ayudó a la mujer y abrió la tierra su boca y sorbió al río que arrojó el dragón de su boca. Y el dragón se indignó contra la mujer y fuese para hacer guerra a los demás de su generación, que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. Y estuvo sobre la arena del mar1.
95. Hasta aquí es la letra del evangelista Y habla de presente, porque entonces se le mostraba la visión de lo que ya había pasado, y dice que apareció en el cielo una gran señal, una mujer cubierta del sol y debajo de sus pies la luna y coronada la cabeza con doce estrellas. Esta señal apareció verdaderamente en el cielo por voluntad de Dios, que se la propuso manifiesta a los buenos y malos ángeles, para que a su vista determinasen sus voluntades a obedecer los preceptos de su beneplácito; y así la vieron antes que los buenos se determinasen al bien y los malos al pecado; y fue como señal de cuán admirable había de ser Dios en la fábrica de la humana naturaleza. Y aunque de ella les había dado a los ángeles noticia, revelándoles el misterio de la unión hipostática, pero quiso manifestársela por diferente modo en pura criatura y en la más perfecta y santa que, después de Cristo nuestro Señor, había de criar. Y también fue como señal para que los buenos ángeles se asegurasen que por la desobediencia de los malos, aunque Dios quedaba ofendido, no dejaría de ejecutar el decreto de criar a los hombres; porque el Verbo humanado y aquella mujer Madre suya le obligarían infinito más que los inobedientes ángeles podían desobligarle. Fue también como arco en el cielo – a cuya semejanza se pondría el de las nubes después del diluvio2– para que asegurase que, si los hombres pecasen como los ángeles y fuesen inobedientes, no serían castigados como ellos sin remisión, pero que les daría saludable medicina y remedio por medio de aquella maravillosa señal. Y fue como decirles a los ángeles: No castigaré yo de esta manera a las criaturas que he de criar, porque de la naturaleza humana descenderá esta mujer en cuyas entrañas tomará carne mi Unigénito, que será el restaurador de mi amistad y apaciguará mi justicia y abrirá el camino de la felicidad, que cerrará la culpa.
96. En testimonio de esto, el Altísimo, a la vista de aquella señal, después que las ángeles inobedientes fueron castigados, se mostró a les buenos ángeles como desenojado y aplacado de la ira que la soberbia de Lucifer le había ocasionado y, a nuestro entender, se recreaba con la presencia de la Reina del cielo, representada en aquella imagen; dando a entender a los ángeles santos que pondría en los hombres, por medio de Cristo y su Madre, la gracia y dones que los apóstatas por su rebeldía habían perdido. Tuvo también otro efecto aquella gran señal en los ángeles buenos, que como de la porfía y contienda con Lucifer estaban, a nuestro modo de entender, como afligidos y contristados y casi turbados, quiso el Altísimo que con la vista de aquella señal se alegrasen y con la gloria esencial se les acrecentase este gozo accidental, merecido también con su victoria contra Lucifer; y viendo aquella vara de clemencia, que se les mostraba en señal de paz3, conociesen luego que no se entendía con ellos la ley del castigo, pues habían obedecido a la divina voluntad y a sus preceptos. Entendieron asimismo los santos ángeles en esta visión mucho de los misterios y sacramentos de la encarnación que en ella se encerraban y de la Iglesia militante y sus miembros; y que habían de asistir y ayudar al linaje humano, guardando a los hombres y defendiéndolos de sus enemigos y encaminándolos a la eterna felicidad, y que ellos mismos la recibían por los merecimientos del Verbo humanado; y que los había preservado Su Majestad en virtud del mismo Cristo, previsto en su mente divina.
97. Y como todo esto fue de grande alegría y gozo para los buenos ángeles, fue también de grande tormento para los malos y como principio y parte de su castigo, que luego conocieron, de lo que no se habían aprovechado, y que aquella mujer los había de vencer y quebrantar la cabeza4 . Todos estos misterios, y muchos que no puedo explicar, comprendió el evangelista en este capítulo y más en esta señal grande; aunque lo refiere en oscuridad y enigma, hasta que llegase el tiempo.
98. El sol, de que dice estaba cubierta la mujer, es el Sol verdadero de justicia; para que los ángeles entendiesen la voluntad eficaz del Altísimo, que siempre quería y determinaba asistir por gracia en esta mujer, hacerla sombra y defenderla con su invencible brazo y protección. Tenía debajo de los pies la luna, porque en la división que hacen estos dos planetas del día y noche, la noche de la culpa, significada en la luna, había de quedar a sus pies, y el sol, que es el día de la gracia, había de vestirla toda eternamente; y también, porque los menguantes de la gracia, que tocan a todos los mortales, habían de estar debajo de los pies y nunca podrían subir al cuerpo y alma, que siempre habían de estar en crecientes sobre todos los hombres y ángeles; y sola ella había de ser libre de la noche y menguantes de Lucifer y de Adán, que siempre los hollaría, sin que pudiesen prevalecer contra ella. Y como vencidas todas las culpas y fuerzas del pecado original y actual, se las pone el Señor en los pies en presencia de todos los ángeles, para que los buenos la conozcan y los malos – aunque no todos los misterios de la visión alcanzaron – teman a esta Mujer, aun antes que tenga ser.
99. La corona de doce estrellas, claro está, son todas las virtudes que habían de coronar a esta Reina de los cielos y tierra; pero el misterio de ser doce fue por los doce tribus de Israel, adonde se reducen todos los electos y predestinados, como los señala el evangelista en el cap. 7 del Apocalipsis5 . Y porque todos los dones, gracias y virtudes de todos los escogidos habían de coronar a su Reina en grado superior y eminente exceso, se le pone la corona de doce estrellas sobre su cabeza.
100. Estaba preñada, porque en presencia de todos los ángeles, para alegría de los buenos y castigo de los malos que resistían a la divina voluntad y a estos misterios, se manifestase que toda la santísima Trinidad había elegido a esta maravillosa mujer por Madre del Unigénito del Padre. Y como esta dignidad de Madre del Verbo era la mayor y principio y fundamento de todas las excelencias de esta gran Señora y de esta señal, por eso se les propone a los ángeles como depósito de toda la santísima Trinidad, en la divi nidad y persona del Verbo humanado; pues, por la inseparable unión y existencia de las personas por la indivisible unidad, no pueden dejar de estar todas tres personas donde está cada una, aunque sola la del Verbo era la que tomó carne humana y de ella sola estaba preñada.
101. Y pariendo daba voces; porque si bien la dignidad de esta Reina y este misterio había de estar al principio encubierto, para que naciese Dios pobre y humilde y disimulado, pero después dio este parto tan grandes voces, que el primer eco hizo turbar y salir de sí al rey Herodes y a los Magos obligó a desamparar sus casas y patrias para venir a buscarle; unos corazones se turbaron y otros con afecto interior se movieron6 . Y creciendo el fruto de este parto, desde que fue levantado en la cruz7, dio tan grandes voces, que se han oído desde el oriente al poniente y desde el septentrión al mediodía8. Tanto se oyó la voz de esta Mujer, que dio, pariendo, la Palabra del eterno Padre.
102. Y era atormentada para parir. No dice esto porque había de parir con dolores, que esto no era posible en este parto divino, sino porque fue gran dolor y tormento para esta Madre que, en cuanto a la humanidad, saliese del secreto de su virgíneo vientre aquel cuerpecito divinizado, para padecer y sujeto a satisfacer al Padre por los pecados del mundo y pagar lo que no había de cometer 9; que todo esto conocería y conoció la Reina por la ciencia de las Escrituras; y, por el natural amor de tal Madre a tal Hijo, naturalmente lo había de sentir, aunque conforme con la voluntad del eterno Padre. También se cemprende en este tormento el que había de padecer la Madre piadosísima conociendo los tiempos que había de carecer de la presencia de su tesoro, desde que saliese de su tálamo virginal; que si bien en cuanto a la divinidad le tenía concebido en el alma, pero en cuanto a la humanidad santísima había de estar mucho tiempo sin él y era Hijo solo suyo. Y aunque el Altísimo había determinado hacerla exenta de la culpa, pero no de los trabajos y dolores correspondientes al premio que le estaba aparejado; y así fueron los dolores de este parto 10, no efectos del pecado como en las descendientes de Eva, sino del intenso y perfecto amor de esta Madre divina a su único y santísimo Hijo. Y todos estos sacramentos fueron para los santos ángeles motivo de alabanza y admiración y para los malos principio de su castigo.
103. Y fue vista en el cielo otra señal: viose un dragón grande y rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en sus cabezas; y con la cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó en la tierra. Después de lo que está dicho, se siguió el castigo de Lucifer y sus aliados. Porque a sus blasfemias contra aquella señalada mujer, se siguió la pena de hallarse convertido de ángel hermosísimo en dragón fiero y feísimo, apareciendo también la señal sensible y exterior figura. Y levantó con furor siete cabezas, que fueron siete legiones o escuadrones, en que se dividieron todos los que le siguieron y cayeron; y a cada principado o congregación de éstas le dio su cabeza, ordenándoles que pecasen y tomasen por su cuenta incitar y mover a los siete pecados mortales, que comúnmente se llaman capitales, porque en ellos se contienen los demás pecados y son como cabezas de los bandos que se levantan contra Dios. Estos son soberbia, envidia, avaricia, ira, lujuria, gula y pereza; que fueron las siete diademas con que Lucifer convertido en dragón fue coronado, dándole el Altísimo este castigo y habiéndolo negociado él, como premio de su horrible maldad, para sí y para sus ángeles confederados; que a todos fue señalado castigo y penas correspondientes a su malicia y haber sido autores de los siete pecados capitales.
104. Los diez cuernos de las cabezas son los triunfos de la iniquidad y malicia del dragón y la glorificación y exaltación arrogante y vana que él se atribuye a sí mismo en la ejecución de los vicies. Y con estos depravados afectos, para conseguir el fin de su arrogancia, ofreció a los infelices ángeles su depravada y venenosa amistad y fingidos principados, mayorías y premios. Y estas promesas, llenas de bestial ignorancia y error, fueron la cola con que el dragón arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo; que los ángeles estrellas eran y, si perseveraran, lucieran después con los demás ángeles y justos, como el sol, en perpetuas eternidades11; pero arrojólos12 el castigo merecido en la tierra de su desdicha hasta el centro de ella, que es el infierno, donde carecerán eternamente de luz y de alegría.
105. Y el dragón estuvo delante de la mujer, para tragarse al hijo que pariese. La soberbia de Lucifer fue tan desmedida que pretendió poner su trono en las alturas13y con sumo desvanecimiento dijo en presencia de aquella señalada mujer: Ese hijo, que ha de parir esa mujer, es de inferior naturaleza a la mía; yo le tragaré v perderé y contra él levantaré bando que me siga; y sembraré doctrinas contra sus pensamientos y leyes que ordenare; y le haré perpetua guerra y contradicción. Pero la respuesta del altísimo Señor fue, que aquella mujer había de parir un hijo varón que había de regir las gentes con vara de hierro. Y este varón, añadió el Señor, será no sólo hijo de esta mujer, sino también hijo mío, hombre y Dios verdadero, y fuerte, que vencerá tu soberbia y quebrantará tu cabeza. Será para ti, y para todos los que te oyeren y siguieren, juez poderoso, que te mandará con vara de hierro14 y desvanecerá todos tus altivos y vanos pensamientos. Y será este hijo arrebatado a mi trono, donde se asentará a mi diestra y juzgará, y le pondré a sus enemigos por peana de sus pies15, para que triunfe de ellos; y será premiado como hombre justo y que, siendo Dios, ha obrado tanto por sus criaturas; y todos le conocerán y darán reverencia y gloria16 ; y tú, como el más infeliz, conocerás cuál es el día de la ira17del Todopoderoso; y esta mujer será puesta en la soledad, donde tendrá lugar aparejado por mí. Esta soledad adonde huyó esta mujer, es la que tuvo nuestra gran Reina siendo única y sola en la suma santidad y exención de todo pecado; porque, siendo mujer de la común naturaleza de los mortales, sobrepujó a todos los ángeles en la gracia y dones y merecimientos que con ellos alcanzó. Y así huyó y se puso en una soledad entre las puras criaturas, que es única y sin semejante en todas ellas; y fue tan lejos del pecado esta soledad, que el dragón no pudo alcanzarla de vista, ni desde su concepción la pudo divisar. Y así la puso el Altísimo sola y única en el mundo, sin comercio ni subordinación a la serpiente, antes, con aseguración y como firme protesta, determinó y dijo: Esta mujer, desde el instante que tonga ser, ha de ser mi escogida y única para mí; yo la eximo desde ahora de la jurisdicción de sus enemigos y la señalo un lugar de gracia eminentísimo y solo, para que allí la alimenten mil doscientos y sesenta días.– Este número de días había de estar la Reina del cielo en un estado altísimo de singulares beneficios interiores y espirituales y mucho más admirables y memorables; y esto fue en los últimos años de su vida, como en su lugar ccn la divina gracia diré18. Y en aquel estado fue alimentada tan divinamente, que nuestro entendimiento es muy limitado para conocerlo. Y porque estos beneficios fueron como fin adonde se ordenaban los demás de la vida de la Reina del cielo y el remate de ellos, por eso fueron señalados estos días determinadamente por el evangelista.

CAPITULO 1 – CAPITULO 9

CAPITULO 9

 

Prosigue lo restante de la explicación del capítulo 21 del Apocalipsis.

 

106. Y sucedió en el cielo una gran batalla: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y el dragón y sus ángeles peleaban. Habiendo manifestado el Señor lo que está dicho a los buenos y malos ángeles, el santo príncipe Miguel y sus compañeros por el divino permiso pelearon con el dragón y sus secuaces. Y fue admirable esta batalla, porque se peleaba con los entendimientos y voluntades. San Miguel, con el celo que ardía en su corazón de la honra del Altísimo y armado con su divino poder y con su propia humildad, resistió a la desvanecida soberbia del dragón, diciendo: Digno es el Altísimo de honor, alabanza y reverencia, de ser amado, temido y obedecido de toda criatura; y es poderoso para obrar todo lo que su voluntad quisiere; y nada puede querer que no sea muy justo el que es increado y sin dependencia de otro ser, y nos dio de gracia el que tenemos, criándonos y formándonos de nada; y puede criar otras criaturas cuando y como fuere su beneplácito. Y razón es que nosotros, postrados y rendidos ante su acatamiento, adoremos a Su Majestad y real grandeza. Venid, pues, ángeles, seguidme, y adorémosle y alabemos sus admirables y ocultos juicios, sus perfectísimas y santísimas obras. Es Dios altísimo y superior a toda criatura, y no lo fuera si pudiéramos alcanzar y comprender sus grandes obras. Infinito es en sabiduría y bondad y rico en sus tesoros y beneficios; y, como Señor de todo y que de nadie necesita, puede comunicarlos a quien más servido fuere y no puede errar en su elección. Puede amar y darse a quien amare, y amar a quien quisiere, y levantar, criar y enriquecer a quien fuere su gusto; y en todo será sabio, santo y poderoso. Adorémosle con hacimiento de gracias por la maravillosa obra que ha determinado de la Encarnación y favores de su pueblo, y de su reparación si cayere. Y a este Supuesto de dos naturalezas, divina y humana, adorémosle y reverenciémosle y recibámosle por nuestra cabeza; y confesemos que es digno de toda gloria, alabanza y magnificencia, y como autor de la gracia y de la gloria le demos virtud y divinidad.

107. Con estas armas peleaban San Miguel y sus ángeles y combatían como con fuertes rayos al dragón y a los suyos, que también peleaban con blasfemias; pero a la vista del santo Príncipe, y no pudiendo resistir, se deshacía en furor y por su tormento quisiera huir, pero la voluntad divina ordenó que no sólo fuese castigado, sino también fuese vencido, y a su pesar conociese la verdad y poder de Dios; aunque blasfemando, decía: Injusto es Dios en levantar a la humana naturaleza sobre la angélica. Yo soy el más excelente y hermoso ángel y se me debe el triunfo; yo he de poner mi trono1 sobre las estrellas y seré semejante al Altísimo y no me sujetaré a ninguno de inferior naturaleza, ni consentiré que nadie me preceda ni sea mayor que yo.–Lo mismo repetían los apóstatas secua

ces de Lucifer; pero san Miguel le replicó: ¿Quién hay que se pueda igualar y comparar con el Señor que habita en los cielos? Enmudece, enemigo, en tus formidables blasfemias y, pues la iniquidad te ha poseído, apártate de nosotros, oh infeliz, y camina con tu ciega ignorancia y maldad a la tenebrosa noche y caos de las penas infernales; y nosotros, oh espíritus del Señor, adoremos y reverenciemos a esta dichosa mujer, que ha de dar carne humana al eterno Verbo, y reconozcámosla por nuestra Reina y Señora.

108. Era aquella gran señal de la Reina escudo en esta pelea para los buenos ángeles y arma ofensiva para contra los malos; porque a su vista las razones y pelea de Lucifer no tenían fuerza y se turbaba y como enmudecía, no pudiendo tolerar los misterios y sacramentos que en aquella señal eran representados. Y como por la divina virtud había aparecido aquella misteriosa señal, quiso también Su Majestad que apareciese la otra figura o señal del dragón rojo y que en ella fuese ignominiosamente lanzado del cielo con espanto y terror de sus iguales y con admiración de los ángeles santos; que todo esto causó aquella nueva demostración del poder y justicia de Dios.

109. Dificultoso es reducir a palabras lo que pasó en esta memorable batalla, por haber tanta distancia de las breves razones materiales a la naturaleza y operaciones de tales y tantos espíritus angélicos. Pero los malos no prevalecieron, porque la injusticia, mentira e ignorancia y malicia no pueden prevalecer contra la equidad, verdad, luz y bondad; ni estas virtudes pueden ser vencidas de los vicios; y por esto dice que desde entonces no se halló lugar suyo en el cielo. Con los pecados que cometieron estos desagradecidos ángeles, se hicieron indignos de la eterna vista y compañía del Señor y su memoria se borró en su mente, donde antes de caer estaban como escritos por los dones de gracia que les había dado; y, como fueron privados del derecho que tenían a los lugares que les estaban prevenidos si obedecieran, se traspasó este derecho a los hombres y para ellos se dedicaron, quedando tan borrados los vestigios de los ángeles apóstatas que no se hallarán jamás en el cielo. ¡Oh infeliz maldad, y nunca harto encarecida infelicidad, digna de tan espantoso y formidable castigo! Añade y dice:

110. Y fue arrojado aquel gran dragón, antigua serpiente que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el orbe, y fue arrojado en la tierra y sus ángeles fueron enviados con él. Arrojó del cielo el santo príncipe Miguel a Lucifer, convertido en dragón, con aquella invencible palabra: ¿Quién como Dios? que fue tan eficaz, que pudo derribar aquel soberbio gigante y todos sus ejércitos y lanzarle con formidable ignominia en lo inferior de la tierra, comenzando con su infelicidad y castigo a tener nuevos nombres de dragón, serpiente, diablo y Satanás, los cuales le puso el santo Arcángel en la batalla, y todos testifican su iniquidad y malicia. Y privado por ella de la felicidad y honor que desmerecía, fue también privado de los nombres y títulos honrosos y adquirió los que declaran su ignominia; y el intento de maldad que propuso y mandó a sus confederados, de que engañasen y pervirtiesen a todos los que en el mundo viviesen, manifiesta su iniquidad. Pero el que en su pensamiento hería a las gentes, fue traído a los infiernos, como dice Isaías, capítulo 142, a lo profundo del lago, y su cadáver entregado a la carcoma y gusano de su mala conciencia; y se cumplió en Lucifer todo lo que dice en aquel lugar el Profeta.

111. Quedando despojado el cielo de los malos ángeles y corrida la cortina de la divinidad a los buenos y obedientes, triunfantes y gloriosos éstos y castigados a un mismo tiempo los rebeldes, prosigue el evangelista que oyó una grande voz en el cielo, que decía: Ahora ha sido hecha la salud y la virtud y el reino de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que en la presencia de nuestro Dios los acusaba de día y de noche. Esta voz que oyó el evangelista fue de la persona del Verbo, y la percibieron y entendieron todos los ángeles santos, y sus ecos llegaron hasta el infierno, donde hizo temblar y despavorir a los demonios; aunque no todos sus misterios entendieron, mas de solo aquello que el Altísimo quiso manifestarles para su pena y castigo. Y fue voz del Hijo en nombre de la humanidad que había de tomar, pidiendo al eterno Padre fuese hecha la salud, virtud y reino de Su Majestad y la potestad de Cristo; porque ya había sido arrojado el acusador de sus hermanos del mismo Cristo Señor nuestro, que eran los hombres. Y fue como una petición ante el trono de la santísima Trinidad de que fuese hecha la salud y virtud, y los misterios de la Encarnación y Redención fuesen confirmados y ejecutados contra la envidia y furor de Lucifer, que había bajado del cielo airado contra la humana naturaleza de quien el Verbo se había de vestir; y por esto, con sumo amor y compasión los llamó hermanos. Y dice que Lucifer los acusaba de día y de noche, porque, en presencia del Padre eterno y toda la santísima Trinidad los acusó en el día que gozaba de la gracia, despreciándonos desde entonces con su soberbia, y después, en la noche de sus tinieblas y de nuestra caída, nos acusa mucho más, sin haber de cesar jamás de esta acusación y persecución mientras el mundo durare. Y llamó virtud, potestad y reino a las obras y misterios de la Encarnación y Muerte de Cristo, porque todo se obró con ella y se manifestó su virtud y potencia contra Lucifer.

112. Esta fue la primera vez que el Verbo en nombre de la humanidad intercedió por los hombres ante el trono de la Divinidad; y, a nuestro modo de entender, el Padre eterno confirió esta petición con las personas de la santísima Trinidad y, manifestando a los santos ángeles en parte el decreto del divino consistorio sobre estos sacramentos, les dijo: Lucifer ha levantado las banderas de la soberbia y pecado y con toda iniquidad y furor perseguirá al linaje humano y con astucia pervertirá a muchos, valiéndose de ellos mismos para destruirlos, y con la ceguedad de los pecados y vicios en diversos tiempos prevaricarán con peligrosa ignorancia; pero la soberbia, mentira y todo pecado y vicio dista infinito de nuestro ser y voluntad. Levantemos, pues, el triunfo de la virtud y santidad y humánese para esto la segunda persona pasible, y acredite y enseñe la humildad, obediencia y todas las virtudes y haga la salud para los mortales; y siendo verdadero Dios, se humille y sea hecho el menor, sea hombre justo y ejemplar y maestro de toda santidad, muera por la salud de sus hermanos; sea la virtud sola admitida en nuestro tribunal y la que siempre triunfe de los vicios. Levantemos a los humildes y humillemos a los soberbios; hagamos que los trabajos y el padecerlos sea glorioso en nuestro beneplácito. Determinemos asistir a los afligidos y atribulados; y que sean corregidos y afligidos nuestros amigos, y por estos medios alcancen nuestra gracia y amistad y que ellos también, según su posibilidad, hagan la salud, obrando la virtud. Sean bienaventurados los que lloran, sean dichosos los pobres y los que padecieron por la justicia y por su cabeza, Cristo, y sean ensalzados los pequeños, engrandecidos los mansos de corazón; sean amados, como nuestros hijos, los pacíficos; sean nuestros carísimos los que perdonaren y sufrieren las injurias y amaren a sus enemigos3. Señalémosles a todos copiosos frutos de bendiciones de nuestra gracia y premios de inmortal gloria en el cielo. Nuestro Unigénito obrará esta doctrina y los que le siguieren serán nuestros escogidos, regalados, refrigerados y premiados y sus buenas obras serán engendradas en nuestro pensamiento, como causa primera de la virtud. Demos permiso a que los malos opriman a los buenos y sean parte en su corona, cuando para sí mismos están mereciendo castigo. Haya escándalo para el bueno y sea desdichado el que le causare4 y bienaventurado el que lo padece. Los hinchados y soberbios aflijan y blasfemen de los humildes, y los grandes y poderosos a los pequeños y opriman a los abatidos, y éstos, en lugar de maldición, den bendiciones5 ; y mientras fueren viandantes, sean reprobados de los hombres, y después sean colocados con los espíritus y ángeles nuestros hijos y gocen de los asientos y premios que los infelices y malaventurados han perdido. Sean los pertinaces y soberbios condenados a eterna muerte, donde conocerán su insipíente proceder y protervia.

113. Y para que todos tengan verdadero ejemplar y superabundante gracia, si de ella se quisieren aprovechar, descienda nuestro Hijo pasible y reparador y redima a los hombres –a quienes Lucifer derribará de su dichoso estado -y levántelos con sus infinitos merecimientos. Sea hecha la salud ahora en nuestra voluntad y determinación de que haya redentor y maestro que merezca y enseñe, naciendo y viviendo pobre, muriendo despreciado y condenado por los hombres a muerte torpísima y afrentosa; sea juzgado por pecador y reo y satisfaga a nuestra justicia por la ofensa del pecado; y por sus méritos previstos usemos de nuestra misericordia y piedad. Y entiendan todos que el humilde, el pacífico, el que obrare la virtud, sufriere y perdonare, éste seguirá a nuestro Cristo y será nuestro hijo; y que ninguno podrá entrar por voluntad libre en nuestro reino, si primero no se niega a sí mismo y, llevando su cruz, sigue a su cabeza y maestro6. Y éste será nuestro reino, compuesto de los perfectos y que legítimamente hubieren trabajado y peleado perseverando hasta el fin. Estos tendrán parte en la potestad de nuestro Cristo, que ahora es hecha y determinada, porque ha sido arrojado el acusador de sus hermanos, y es hecho su triunfo, para que, lavándolos y purificándolos con su sangre, sea para él la exaltación y gloria; porque sólo él será digno de abrir el libro de la ley de gracia7 y será camino, luz, verdad y vida 8para que los hombres vengan a mí y él solo abrirá las puertas del cielo; sea mediador9 y abogado 10de los mortales y en él tendrán padre, hermano y protector, pues tienen perseguidor y acusador. Y los ángeles, que, como nuestros hijos, también obraron la salud y virtud y defendieron la potestad de mi Cristo, sean coronados y honrados por todas las eternidades de eternidades en nuestra presencia.

114. Esta voz, que contiene los misterios escondidos desde la constitución del mundo11, manifestados por la doctrina y vida de Jesucristo, salió del trono, y decía y contiene más de lo que yo puedo explicar. Y con ella, se les intimaron a los santos ángeles las comisiones que habían de ejercer; a san Miguel y san Gabriel, para que fuesen embajadores del Verbo humanado y de María su madre santísima y fueran ministros para todos los sacramentos de la Encarnación y Redención; y otros muchos ángeles fueron destinados con estos dos príncipes para el mismo ministerio, como adelante diré12. A otros ángeles destinó y mandó el Todopoderoso acompañasen, asistiesen a las almas y las inspirasen y enseñasen la santidad y virtudes contrarias a los vicios a que Lucifer había propuesto inducirlas y que las defendiesen y guardasen y las llevasen en sus manos13, para que a los justos no ofendiesen las piedras, que son las marañas y engaños que armarían contra ellos sus enemigos.

115. Otras cosas fueron decretadas en esta ocasión o tiempo que el evangelista dice fue hecha la potestad, salud, virtud y reino de Cristo; pero lo que se obró misteriosamente fue que los predestinados fueron señalados y puestos en cierto número y escritos en la memoria de la mente divina por los merecimientos previstos de Jesucristo nuestro Señor. ¡Oh misterio y secreto inexplicable de lo que pasó en el pecho de Dios! ¡Oh dichosa suerte para los escogidos! ¡Qué punto de tanto peso! ¡qué sacramento tan digno de la omnipotencia divina! ¡qué triunfo de la potestad de Cristo! ¡Dichosos infinitas veces los miembros que fueron señalados y unidos a tal cabeza! ¡Oh Iglesia grande, pueblo grave y congregación santa, digna de tal prelado y maestro! En la consideración de tan alto sacramento se anega todo el juicio de las criaturas y mi entender se suspende y enmudece mi lengua.

116. En este consistorio de las tres divinas personas, le fue dado y como entregado al Unigénito del Padre aquel libro misterioso del Apocalipsis; y entonces fue compuesto y firmado y cerrado con los siete sellos14 que el evangelista dice, hasta que tomó carne humana y le abrió, soltando por su orden los sellos con los misterios que desde su nacimiento, vida y muerte fue obrando hasta el fin de todos. Y lo que contenía el libro era todo lo que decretó la santísima Trinidad después de la caída de los ángeles y pertenece a la Encarnación del Verbo y a la ley de gracia; los diez mandamientos, los siete sacramentos y todos los artículos de la fe, y lo que en ellos se contiene, y el orden de toda la Iglesia militante, dándole potestad al Verbo para que humanado, como sumo sacerdote y pontífice santo, comunicase el poder y dones necesarios a los apóstoles y a los demás sacerdotes y ministros de esta Iglesia.

117. Este fue el misterioso principio de la ley evangélica. Y en aquel trono y consistorio secretísimo se instituyó y se escribió en la mente divina que aquellos serían escritos en el libro de la vida que guardasen esta ley. De aquí tuvo principio y del Padre eterno son sucesores o vicarios los pontífices y prelados. De Su Alteza tienen principio los mansos, los pobres, los humildes y todos los justos. Este fue y es su nobilísimo origen, por donde se ha de decir que quien obedece a los superiores obedece a Dios, y quien los desprecia a Dios menosprecia15 . Todo esto fue decretado en la divina mente y sus ideas, y se le dio a Cristo Señor nuestro la potestad de abrir a su tiempo este libro, que estuvo hasta entonces cerrado y sellado. Y en el ínterin, dio el Altísimo su testamento y testimonios de sus palabras divinas en la ley natural y escrita, con obras misteriosas, manifestando parte de sus secretos a los patriarcas y profetas.

118. Y por estos testimonios y sangre del Cordero, dice que le vencieron los justos. Porque, si bien la sangre de Cristo redentor nuestro fue suficiente y superabundante para que todos los mortales venciesen al dragón y su acusador, y los testimonios y palabras verdaderísimas de sus profetas son de grande virtud y fuerza para la salud eterna, pero con la voluntad libre cooperan los justos a la eficacia de la Pasión y Redención y de las Escrituras y consiguen su fruto venciéndose a sí mismos y al demonio, cooperando a la gracia, Y no sólo le vencerán en lo que comúnmente Dios manda y pide, pero con su virtud y gracia añadirán el dar sus almas y ponerlas hasta la muerte por el mismo Señor16 y por sus testimonios y por alcanzar la corona y triunfo de Jesucristo, como lo han hecho los mártires en testimonio de la fe y por su defensa.

119. Por todos estos misterios añade el texto y dice: Alegraos, cielos, y los que vivís en ellos. Alegraos, porque habéis de ser morada eterna de los justos y del Justo de los justos, Jesucristo, y de su Madre santísima. Alegraos, cielos, porque de las criaturas materiales e inanimadas a ninguna le ha caído mayor suerte, pues vosotros seréis casa de Dios, que permanecerá eternos siglos, y en ella recibiréis para reina vuestra a la criatura más pura y santa que hizo el poderoso brazo del Altísimo. Por esto os alegrad, cielos, y los que vivís en ellos, ángeles y justos, que habéis de ser compañeros y ministros de este Hijo del Padre eterno y de su Madre y partes de este cuerpo místico, cuya cabeza es el mismo Cristo. Alegraos, ángeles santos, porque, administrándolos y sirviéndolos con vuestra defensa y custodia, granjearéis premios de gozo accidental. Alégrese singularmente san Miguel, príncipe de la milicia celestial, porque defendió en batalla la gloria del Altísimo y de sus misterios venerables y será ministro de la encarnación del Verbo y testigo singular de sus efectos hasta el fin; y alégrense con él todos sus aliados y defensores del nombre de Jesucristo y de su Madre, y que en estos ministerios no perderán el gozo de la gloria esencial que ya poseen; y por tan divinos sacramentos se regocijan los cielos.


CAPITULO 1 – CAPITULO 10

CAPITULO 10 
En que se da fin a la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis. 
120. Pero, ¡ay de la tierra y del mar, porque ha bajado a vosotros el diablo, que tiene grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo! ¡Ay de la tierra, donde tan innumerables pecados y maldades se han de cometer! ¡Ay del mar, que sucediendo tales ofensas del Criador a su vista no soltó su corriente y anegó a los transgresores, vengando las injurias de su Hacedor y Señor! Pero ¡ay del mar profundo y endurecido en maldad de aquellos que siguieron a este diablo, que ha bajado a vosotros para haceros guerra con grande ira, y tan inaudita y cruel que no tiene semejante! Es ira de ferocísimo dragón y más que león devorador1, que todo lo pretende aniquilar, y le parece que todos los días del siglo son poco tiempo para ejecutar su enojo. Tanta es la sed y el afán que tiene de dañar a los mortales, que no le satisface todo el tiempo de sus vidas, porque han de tener fin, y su furor deseara tiempos eternos, si fueran posibles, para hacer guerra a los hijos de Dios. Y entre todos tiene su ira contra aquella mujer dichosa que le ha de quebrantar la cabeza2 . Y por esto dice el evangelista:
121. Y después que vio el dragón cómo era arrojado en la tierra, persiguió a la mujer. que parió al hijo varón. Cuando la antigua serpiente vio el infelicísimo lugar y estado adonde arrojado del cielo empíreo había caído, ardía más en furor y envidia contaminándose como polilla sus entrañas; y contra la mujer, madre del Verbo humanado, concibió tal indignación, que ninguna lengua ni humano entendimiento lo puede encarecer ni ponderar; y se colige en algo de lo que sucedió luego inmediatamente, cuando se halló este dragón derribado hasta los infiernos con sus ejércitos de maldad; y yo lo diré aquí, según mi posible, como se me ha manifestado por inteligencia.
122. Toda la semana primera que refiere el Génesis, en que Dios entendía en la creación del mundo y sus criaturas, Lucifer y los demonios se ocuparon en maquinar y conferir maldades contra el Verbo que se había de humanar y contra la mujer de quien había de nacer hecho hombre. El día primero, que corresponde al domingo, fueron criados los ángeles y les fue dada ley y preceptos de lo que debían obedecer; y los malos desobedecieron y traspasaron los mandatos del Señor; y por divina providencia y disposición sucedieron todas las cosas que arriba quedan dichas, hasta el segundo día por la mañana correspondiente al lunes, que fue Lucifer y su ejército arrojados y lanzados en el infierno. A esta duración de tiempo correspondieron aquellas mórulas de los ángeles, de su creación, operaciones, batalla y caída, o glorificación. Al punto que Lucifer con su gente estrenó el infierno, hicieron concilio en él congregados todos, que les duró hasta el día correspondiente al jueves por la mañana; y en este tiempo, ocupó Lucifer toda su sabiduría y malicia diabólica en conferir con los demonios y arbitrar cómo más ofenderían a Dios y se vengarían del castigo que les había dado; y la conclusión que en suma resolvieron fue que la mayor venganza y agravio contra Dios, según lo que conocían había de amar a los hombres, sería impedir los efectos de aquel amor, engañando, persuadiendo y, en cuanto les fuese posible, compeliendo a los mismos hombres, para que perdiesen la amistad y gracia de Dios y le fuesen ingratos y a su voluntad rebeldes.
123. En esto –decía Lucifer– hemos de trabajar empleando todas nuestras fuerzas, cuidado y ciencia; reduciremos a las criaturas humanas a nuestro dictamen y voluntad para destruirlas; perseguiremos a esta generación de hombres y la privaremos del premio que le ha prometido; procuremos con toda nuestra vigilancia que no lleguen a ver la cara de Dios, pues a nosotros se nos ha negado con injusticia. Grandes triunfos he de ganar contra ellas y todo lo destruiré y rendiré a mi voluntad. Sembraré nuevas sectas y errores y leyes contrarias a las del Altísimo en todo; yo levantaré, de esos hombres, profetas y caudillos que dilaten las doctrinas3 que yo sembraré en ellos y, después, en venganza de su Criador, los colocaré conmigo en este profundo tormento; afligiré a los pobres, oprimiré a los afligidos y al desalentado perseguiré; sembraré discordias, causaré guerras, moveré unas gentes contra otras; engendraré soberbios y arrogantes y extenderé la ley del pecado; y cuando en ella me hayan obedecido, los sepultaré en este fuego eterno y en los lugares de mayores tormentos a los que más a mí se allegaren. Este será mi reino y el premio que yo daré a mis siervos.
124. A1 Verbo humanado haré sangrienta guerra, aunque sea Dios, pues también será hombre de naturaleza inferior a la mía. Levantaré mi trono y dignidad sobre la suya, venceréle y derribaréle con mi potencia y astucia; y la mujer que ha de ser su madre perecerá a mis manos; ¿qué es para mi potencia y grandeza una sola mujer? Y vosotros, demonios, que conmigo estáis agraviados, seguidme y obedecedme en esta venganza, como lo habéis hecho en la inobediencia. Fingid que amáis a los hombres para perderlos; serviréislos para destruirlos y engañarlos; asistiréislos, para pervertirlos y traerlos a mis infiernos.–No hay lengua humana que pueda explicar la malicia y furor de este primer conciliábulo que hizo Lucifer en el infierno contra el linaje humano, que aún no era, sino porque había de ser. Allí se fraguaron todos los vicios y pecados del mundo, de allí salieron la mentira, las sectas y errores, y toda iniquidad tuvo su origen de aquel caos y congregación abominable; y a su príncipe sirven todos los que obran la maldad.
125. Acabado este conciliábulo, quiso Lucifer hablar con Dios y Su Majestad dio permiso a ello por sus altísimos juicios. Y esto fue al modo que habló Satanás cuando pidió facultad para tentar a Job4 y sucedió el día que corresponde al jueves; y dijo, hablando con el Altísimo: Señor, pues tu mano ha sido tan pesada para mí, castigándome con tan grande crueldad, y has determinado todo cuanto has querido para los hombres, que tienes voluntad de criar, y quieres engrandecer tanto y levantar al Verbo humanado y con él has de enriquecer a la mujer que ha de ser su madre con los dones que le previenes, ten equidad y justicia; y pues me has dado licencia para perseguir a los demás hombres, dámela para que también pueda tentar y hacer guerra a este Cristo Dios y hombre y a la mujer que ha de ser madre suya; dame permiso para que en esto ejecute todas mis fuerzas.–Otras cosas dijo entonces Lucifer y se humilló a pedir esta licencia, siendo tan violenta la humildad en su soberbia, porque la ira y las ansias de conseguir lo que deseaba eran tan grandes, que a ellas se rindió su misma soberbia, cediendo una maldad a otra; porque conocía que sin licencia del Señor todopoderoso nada podía intentar; y por tentar a Cristo nuestro Señor y a su Madre santísima en particular, se humillara infinitas veces, porque temía le había de quebrantar la cabeza.
126. Respondióle el Señor: No debes, Satanás, pedir de justicia ese permiso y licencia, porque el Verbo humanado es tu Dios y Señor omnipotente y supremo, aunque será juntamente hombre verdadero, y tú eres su criatura; y si los demás hombres pecaren, y por eso se sujetaren a tu voluntad, no ha de ser posible el pecado en mi Unigénito humanado; y si a los demás hiciere esclavos la culpa, Cristo ha de ser santo y justo y segregado de los pecadores5 , a los cuales si cayeren levantará y redimirá; y esa mujer, con quien tienes tanta ira, aunque ha de ser pura criatura e hija de hombre puro, pero ya he determinado preservarla de pecado y ha de ser siempre toda mía, y por ningún título ni derecho en tiempo alguno quiero que tengas parte en ella.
127. A esto replicó Satanás: Pues, ¿qué mucho que sea santa esa mujer, si en tiempo alguno no ha de tener contrario que la persiga e incite al pecado? Esto no es equidad, ni recta justicia, ni puede ser conveniente ni loable.–Añadió Lucifer otras blasfemias con arrogante soberbia. Pero el Altísimo, que todo lo dispone con sabiduría infinita, le respondió: Yo te doy licencia para que puedas tentar a Cristo, que en esto será ejemplar y maestro para otros, y también te la doy para que persigas a esa mujer, pero no la tocarás en la vida corporal; y quiero que no sean exentos en esto Cristo y su Madre, pero que sean tentados de ti como los demás.-Con este permiso se alegró el dragón más que con todo el que tenía de perseguir al linaje humano; y en ejecutarle determinó poner mayor cuidado, como le puso, que en otra alguna obra y no fiarlo de otro demonio sino hacerlo por sí mismo. Y por esto dice el evangelista:
128. Persiguió el dragón a la mujer que parió al hijo varón; por que con el permiso que tuvo del Señor hizo guerra inaudita y persiguió a la que imaginaba ser Madre de Dios humanado. Y porque en sus lugares diré6 qué luchas y peleas fueron éstas, sólo declaro ahora que fueron grandes sobre todo pensamiento humano.Y también fue admirable el modo de resistirlas y vencerlas gloriosísimamente; pues, para defenderse del dragón la mujer, dice que le fueron dadas dos alas de una grande águila, para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por tiempo y tiempos. Estas dos alas se le dieron a la Virgen santísima antes de entrar en esta pelea, porque fue prevenida del Señor con particulares dones y favores. La una ala fue una ciencia infusa que de nuevo le dieron de grandes misterios y sacramentos. La segunda fue nueva y profundísima humildad, como en su lugar explicaré7. Con estas dos alas levantó el vuelo al Señor, lugar propio suyo, porque sólo en él vivía y atendía. Voló como águila real, sin volver el vuelo jamás al enemigo, siendo sola en este vuelo y viviendo desierta de todo lo terreno y criado y sola con el solo y último fin que es la Divinidad. Y en esta soledad fue alimentada por tiempo y tiempos; alimentada con el dulcísimo maná y manjar de la gracia y palabras divinas y favores del brazo poderoso; y por tiempo y tiempos, porque este alimento tuvo toda su vida y más señalado en aquel tiempo que le duraron las mayores batallas con Lucifer, que entonces recibió favores más proporcionados y mayores; también por tiempo y tiempos, se entiende la eterna fecilidad, donde fueron premiadas y coronadas todas sus victorias.
129. Y por la mitad del tiempo fuera de la cara de la serpiente. Este medio tiempo fue el que la Virgen santísima estuvo en esta vida, libre de la persecución del dragón y sin verle, porque después de haberle vencido en las peleas que con él tuvo, por divina disposición estuvo, como victoriosa, libre de ellas. Y le fue concedido este privilegio, para que gozase de la paz y quietud que había merecido, quedando vencedora del enemigo, como diré adelante8 . Pero mientras duró la persecución, dice el evangelista:
130. Y arrojó la serpiente de su boca como un río de agua tras de la mujer, para que el río la tragase; y la tierra ayudó a 1a mujer y abrió la tierra su boca y sorbió el río que arrojó de su boca el dragón. Toda su malicia y fuerzas estrenó Lucifer y las extendió contra esta divina Señora, porque todos cuantos han sido de él tentados le importaban menos que sola María santísima. Y con la fuerza que corre el ímpetu de un grande y despeñado río, así y con mayor violencia, salían de la boca de este dragón las fabulaciones, maldades y tentaciones contra ella; pero la tierra la ayudó, porque la tierra de su cuerpo y pasiones no fue maldita, ni tuvo parte en aquella sentencia y castigo que fulminó Dios contra nosotros en Adán y Eva, que la tierra nuestra sería maldita y produciría espinas en lugar de fruto9 quedando herida en lo natural con el fomes peccati, que siempre nos punza y hace contradicción, y de quien se vale el demonio para ruina de los hombres, porque halla dentro de nosotros estas armas tan ofensivas contra nosotros mismos; y asiendo de nuestras inclinaciones, nos arrastra con aparente suavidad y deleite y con sus falsas persuasiones tras de los objetos sensibles y terrenos.
131. Pero María santísima, que fue tierra santa y bendita del Señor, sin tocar en ella el fomes ni otro efecto del pecado, no pudo tener peligro por parte de la tierra; antes ella la favoreció con sus inclinaciones ordenadísimas y compuestas y sujetas a la gracia. Y así abrió la boca y se tragó el río de las tentaciones que en vano arrojaba el dragón, porque no hallaba la materia dispuesta ni fomentos para el pecado, como sucede en los demás hijos de Adán, cuyas terrenas y desordenadas pasiones antes ayudan a producir este río que a sorberle, porque nuestras pasiones y corrupta naturaleza siempre contradicen a la razón y virtud. Y conociendo el dragón cuán frustrados quedaron sus intentos contra aquella misteriosa mujer, dice ahora:
132. Y el dragón se indignó contra la mujer; y se fue para hacer guerra a lo restante de su generación, que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. Vencido este gran dragón gloriosamente en todas las cosas por la Reina de todo lo criado, y aun previniendo antes su confusión con este furioso tormento suyo y de todo el infierno, se fue determinando hacer cruda guerra a las demás almas de la generación y linaje de María santísima, que son los fieles señalados con el testimonio y sangre de Cristo en el bautismo para guardar sus testimonios; porque toda la ira de Lucifer y sus demonios se convirtió más contra la Iglesia santa y sus miembros, cuando vio que contra su cabeza Cristo Señor nuestro y su Madre santísima nada podía conseguir; y señaladamente con particular indignación hace guerra a las vírgenes de Cristo y trabaja por destruir esta virtud de la castidad virginal, como semilla escogida y reliquias de la castísima Virgen y Madre del Cordero. Y para todo esto dice que:
133. Estuvo el dragón sobre la arena del mar, que es la vanidad contentible de este mundo, de la cual se sustenta el dragón y la come como heno10. Todo esto pasó en el cielo; y muchas cosas fueron manifestadas a los ángeles, en los decretos de la divina voluntad, de los privilegios que se disponían para la Madre del Verbo que había de humanarse en ella. Y yo he quedado corta en declarar lo que entendí, porque la abundancia de misterios me ha hecho más pobre y falta de términos para su declaración.

CAPITULO 1 – CAPITULO 11

CAPITULO 11 
Que en la creación de todas las cosas el Señor tuvo presentes a Cristo Señor nuestro y a su Madre Santísima y eligió y favoreció a su pueblo, figurando estos misterios. 
134. En el capítulo 8 de los Proverbios1, dice la Sabiduría de sí misma que en la creación de todas las cosas se halló presente con el Altísimo componiéndolas todas. Y dije arriba2 que esta Sabiduría es el Verbo humanado, que con su Madre santísima estaba presente, cuando en su mente divina determinaba Dios la creación de todo el mundo; porque en aquel instante no sólo estaba el Hijo con el eterno Padre y el Espíritu Santo en unidad de la naturaleza divina, pero también la humanidad que había de tomar estaba en primer lugar de todo lo criado, prevista e ideada en la mente divina del Padre, y con la humanidad de su Madre santísima que la había de administrar de sus purísimas entrañas. Y en estas dos personas estuvieron previstas todas sus obras, de que se obligaba el Altísimo para no atender –a nuestro modo de hablar– a todo lo que el linaje humano podía desobligarle, y los mismos ángeles, para que no procediese a la creación de todo lo restante de él y de las criaturas que para servicio del hombre estaba previniendo.
135. Miraba el Altísimo a su Hijo unigénito humanado y a su Madre santísima, como ejemplares que había formado con la grandeza de su sabiduría y poder, para que le sirviesen como de originales por donde iba copiando todo el linaje humano; y para que, asimilándole a estas dos imágenes de su divinidad, todos los demás saliesen también mediante estos ejemplares semejantes a Dios. Crió también las cosas materiales necesarias para la vida humana, pero con tal sabiduría, que también algunas sirviesen de símbolos que representasen en algún modo a los dos objetos a quien principalmente él miraba y ellas servían: Cristo y María. Por esto hizo las dos lumbreras del cielo, sol y luna3 , que en dividir la noche y el día se señalasen al sol de justicia Cristo y su Madre santísima, que es hermosa como la luna4 , y dividen la luz y día de la gracia de la noche del pecado; y con sus continuas influencias iluminan el sol a la luna y entrambos a todas las criaturas desde el firmamento y sus astros y los demás hasta el fin de todo el universo.
136. Crió las demás cosas y les añadió más perfección, mirando que habían de servir a Cristo y a María santísima, y por ellos a los demás hombres, a quienes antes de salir de su nada les puso mesa gustosísima, abundante, segura y más memorable que la de Asuero5 ; porque los había de criar para su regalo y convidarlos a las delicias de su conocimiento y amor; y como cortés señor y generoso no quiso que el convidado aguardase, mas que fuese todo uno el ser criado y hallarse sentado a la mesa del divino conocimiento y amor, y no perdiese tiempo en lo que tanto le importaba como reconocer y alabar a su Hacedor.
131. Al sexto día de la creación, formó6 y crió a Adán como de treinta y tres años, la misma edad que Cristo había de tener en su muerte; y tan parecido a su humanidad santísima, que en el cuerpo apenas se diferenciaban y en el alma también le asimiló a la suya; y de Adán formó a Eva tan semejante a la Virgen, que la imitaba en todas sus facciones y persona. Miraba el Señor con sumo agrado y benevolencia estos dos retratos de los originales que había de criar a su tiempo; y por ellos les echó muchas bendiciones, como para entretenerse con ellos y sus descendientes mientras llegaba el día en que había de formar a Cristo y a María.
138. Pero el feliz estado en que Dios había criado a los dos primeros padres del género humano duró muy poco, porque luego la envidia de la serpiente se despertó contra ellos, como quien estaba a la espera de su creación; aunque Lucifer no pudo ver la formación de Adán y Eva como vio todas las otras cosas al instante que fueron criadas, porque el Señor no le quiso manifestar la obra de la creación del hombre, ni tampoco la formación de Eva de la costilla, que todo esto se lo ocultó Su Majestad por algún espacio de tiempo, hasta que ya estaban los dos juntos. Pero cuando vio el demonio la compostura admirable de la naturaleza humana sobre todas las demás criaturas, la hermosura de las almas y también de los cuerpos de Adán y Eva, y conoció el paternal amor con que los miraba el Señor y que los hacía dueños y señores de todo lo criado y les dejaba esperanzas de la vida eterna, aquí fue donde se enfureció más la ira de este dragón y no hay lengua que pueda manifestar la alteración con que se conmovió aquella bestia fiera, ejecutándole su envidia para que les quitase la vida; y como un león lo hiciera, si no conociera que le detenía otra fuerza más superior; pero confería y arbitraba modo como los derribaría de la gracia del Altísimo y los convertiría contra él.
139. Aquí se alucinó Lucifer; porque el Señor, misteriosamente, como desde el principio le había manifestado que el Verbo había de hacerse hombre en el vientre de María santísima, y no le declarando dónde y cuándo, por eso le ocultó la creación de Adán y formación de Eva, para que desde luego comenzase a sentir esta ignorancia del misterio y tiempo de la encarnación. Y como su ira y desvelo estaban prevenidos señaladamente contra Cristo y María, sospechó si Adán había salido de Eva y ella era la Madre y él era el Verbo humanado. Y crecía más esta sospecha en el demonio, por sentir aquella virtud divina que le detenía para que no les ofendiese en la vida. Mas, como por otra parte conoció luego los preceptos que Dios les puso –que éstos no se le ocultaron, porque oyó la conferencia que tenían sobre ello Adán y Eva- salía a poco a poco de la duda y fue escuchando las pláticas de los dos padres y tanteando sus naturales, comenzando luego, como hambriento león, a rodearlos7 y buscar entrada por las inclinaciones que conocía en cada uno de ellos. Pero hasta que se desengañó del todo, siempre vacilaba entre la ira con Cristo y María y el temor de ser vencido de ellos; y más temía la confusión de que le venciese la Reina del cielo, por ser criatura pura, y no Dios.
140. Reparando, pues, en el precepto que tenían Adán y Eva, armado de la engañosa mentira entró por ella a tentarles, comenzando a oponerse y contravenir a la divina voluntad con todo conato. Y no acometió primero al varón sino a la mujer, porque la conoció de natural más delicado y débil y porque contra ella iba más cierto que no era Cristo; y porque contra ella tenía suma indignación, desde la señal que había visto en el cielo y la amenaza que Dios le había hecho con aquella mujer. Todo esto le arrastró y llevó primero contra Eva que contra Adán. Y arrojóle muchos pensamientos o imaginaciones fuertes desordenadas antes de manifestársele, para hallarla algo turbada y prevenida. Y porque en otra parte tengo escrito algo de esto8 , no me alargo aquí con decir cuán esforzada e inhumanamente la tentó; basta ahora, para mi intento, saber lo que dicen las Escrituras santas, que tomó forma de serpiente9 y con ella habló a Eva, trabando conversación que no debiera; pues de oírle y responderle pasó a darle crédito y de aquí a quebrantar el precepto para sí; y al fin persuadir a su marido que le quebrantase para su daño y el de todos, perdiendo ellos y nosotros el feliz estado en que los había puesto el Altísimo.
141. Cuando Lucifer vio la caída de los dos y que la hermosura interior de la gracia y justicia original se había convertido en la fealdad del pecado, fue increíble el alborozo y triunfo que mostró a sus demonios. Pero luego lo perdió, porque conoció cuán piadosamente, y no como deseaba, se había mostrado el amor divino misericordioso con los dos delincuentes y que les daba lugar de penitencia y esperanza del perdón y de su gracia, para lo cual se disponían con el dolor y contrición. Y conoció Lucifer que se les restituía la hermosura de la gracia y amistad de Dios; con que de nuevo se volvió a turbar todo el infierno, viendo los efectos de la contrición. Y creció más su llanto, viendo la sentencia que Dios fulminaba contra los reos, en que se equivocaba el demonio; y sobre todo le atormentó el oír que se le volviese a repetir aquella amenaza: La mujer te quebrantará la cabeza10 , como lo había oído en el cielo.
142. Los partos de Eva se multiplicaron después del pecado y por él se hizo la distinción y multiplicación de buenos y malos, escogidos y réprobos; unos, que siguen a Cristo nuestro Redentor y Maestro; otros, a Satanás. Los escogidos siguen a su Capitán por fe, humildad, caridad, paciencia y todas las virtudes; y para conseguir el triunfo son asistidos, ayudados y hermoseados con la divina gracia y dones que les mereció el mismo Señor y Reparador de todos. Pero los réprobos, sin recibir estos beneficios y favores de su falso caudillo ni aguardar otro premio más que la pena y confusión eterna del infierno, le siguen por soberbia y presunción, ambición, torpezas y maldades, introduciéndolas el padre de mentira y autor del pecado.
143. Con todo esto, la inefable benignidad del Altísimo les dio su bendición, para que con ella creciese y se multiplicase el linaje humano. Pero dio permiso su altísima providencia para que el primer parto de Eva llevase las primicias del primer pecado, en el injusto Caín, y el segundo señalase en el inocente Abel al reparador del pecado, Cristo nuestro Señor; comenzando juntamente a señalarle en figura y en imitación, para que en el primer justo se estrenase la ley de Cristo y su doctrina de que todos los restantes habían de ser discípulos padeciendo por la justicia y siendo aborrecidos y oprimidos de los pecadores y réprobos, de sus mismos hermanos11. Para esto se estrenaron en Abel la paciencia, humildad y mansedumbre, y en Caín la envidia y todas las maldades que hizo, en beneficio del justo y en perdición de sí mismo, triunfando el malo y padeciendo el bueno; y dando principio en estos espectáculos a los que tendría el mundo en su progreso, compuesto de las dos ciudades, de Jerusalén para los justos y Babilonia para los réprobos, cada cual con su capitán y cabeza.
144. Quiso también el Altísimo que el primer Adán fuese figura del segundo en el modo de la creación; pues, como antes de él, primero le crió y ordenó la república de todas las criaturas de que le hacía señor y cabeza, así con su Unigénito dejó pasar muchos siglos antes de enviarle, para que hallase pueblo en la multiplicación del linaje humano, de quien había de ser cabeza y maestro y rey verdadero, para que no estuviese un punto sin república y vasallos; que éste es el orden y armonía maravillosa con que todo lo dispuso la divina sabiduría, siendo postrero en la ejecución el que fue primero en la intención.
145. Y caminando más el mundo, para descender el Verbo del seno del eterno Padre y vestirse nuestra mortalidad, eligió y previno un pueblo segregado y nobilísimo y el más admirable que antes ni después hubo; y en él un linaje ilustre y santo, de donde descendiese según la carne humana. Y no me detengo en referir esta genealogía12 de Cristo Señor nuestro, porque no es necesario y la cuentan los sagrados evangelistas; sólo digo, con toda la alabanza que puedo del Altísimo, que en muchas ocasiones me ha mostrado en diversos tiempos el amor incomparable que tuvo a su pueblo, los favores que fue obrando con él y los sacramentos y misterios que se encerraban en ellos, como después en su Iglesia santa se han ido manifestando; sin que jamás se haya dormido ni dormitado el que se constituyó por guarda de Israel13 .
146. Hizo profetas y patriarcas santísimos, que en figuras y profecías nos evangelizasen de lejos lo que ahora tenemos en posesión, para que los veneremos, conociendo el aprecio que ellos hicieron de la ley de gracia, las ansias y clamores con que la desearon y pidieron. A este pueblo manifestó Dios su ser inmutable por muchas revelaciones; y ellos a nosotros por las Escrituras, encerrando en ellas inmensos misterios que alcanzásemos y conociésemos por la fe. Y todos los cumplió y acreditó el Verbo humanado, dejándonos con esto la doctrina segura y el alimento de las Escrituras santas para su Iglesia. Y aunque los profetas y justos de aquel pueblo no pudieron alcanzar la vista corporal de Cristo, pero fue liberalísimo el Señor con ellos, manifestándoseles en profecías y moviéndoles al afecto para que pidiesen su venida y la redención de todo el linaje humano. Y la consonancia y armonía de todas estas profecías, misterios y suspiros de los antiguos padres, eran para el Altísimo una suavísima música que resonaba en lo íntimo de su pecho, con que –a nuestro parecer– entretenía el tiempo, y aun le aceleraba, de bajar a conversar con los hombres.
147. Y por no me detener mucho en lo que sobre esto me ha dado el Señor a conocer y para llegar a lo que voy buscando de las preparaciones que hizo este Señor para enviar al mundo al Verbo humanado y a su Madre santísima, las diré sucintamente por orden de las divinas Escrituras. El Génesis contiene lo que toca al exordio y creación del mundo para el linaje humano, la división de las tierras y gentes, el castigo y restauración, la confusión de lenguas y origen del pueblo escogido y bajada a Egipto, y otros muchos y grandes sacramentos que declaró Dios a Moisés, para que por él nos diese a conocer el amor y justicia que desde el principio mostró con los hombres, para traerlos a su conocimiento y servicio y señalar lo que tenía determinado de hacer en lo futuro.
148. El Exodo contiene lo que sucedió en Egipto con el pueblo escogido, las plagas y castigos que envió para rescatarle misteriosamente, la salida y tránsito del mar, la ley escrita dada con tantas prevenciones y maravillas, y otros muchos sacramentos y misterios que Dios obró por su pueblo, afligiendo unas veces a sus enemigos, otras a ellos, castigando a unos como juez severo, corrigiendo a otros como padre amantísimo, enseñándoles a conocer el beneficio en los trabajos. Hizo grandes maravillas por la vara de Moisés, en figura de la cruz, donde el Verbo humanado había de ser cordero sacrificado, para unos remedio y para otros ruina14 , como la vara lo era y lo fue el mar Rubro, que defendió al pueblo con murallas de agua y con ellas anegó a los gitanos15 . E iba con todos estos misterios tejiendo la vida de los santos de alegría y de llanto, de trabajos, refrigerios; y todo, con infinita sabiduría y providencia, lo copiaba de la vida y muerte de Cristo Señor nuestro.
149. En el Levítico describe y ordena muchos sacrificios y ceremonias legales para aplacar a Dios, porque significaban el Cordero que se había de sacrificar por todos y después nosotros a Su Majestad con la verdad ejecutada de aquellos figurativos sacrificios.
También declara las vestiduras de Aarón, sumo sacerdote y figura de Cristo, aunque no había de ser él de orden tan inferior, sino según el orden de Melquisedech16 .
150. Los Números contienen las mansiones del desierto, figurando lo que había de hacer con la Iglesia santa y con su Unigénito humanado y su Madre santísima y también con los demás justos; que, según diversos sentidos, todo se comprende en aquellos sucesos de la columna de fuego, del maná, de la piedra que dio agua y otros misterios grandes que contiene en otras obras; y encierra también los que pertenecen a la aritmética; y en todo hay profundos sacramentos.
151. El Deuteronomio es como segunda ley y no diferente sino diverso modo repetida y más apropiadamente figurativa de la ley evangélica, porque habiéndose de alargar –por los ocultos juicios de Dios y las conveniencias que su sabiduría conocía– el tomar carne humana, renovaba y disponía leyes que pareciesen a la que después había de establecer por su unigénito Hijo.
152. Jesús Nave o Josué introduce al pueblo de Dios en la tierra de promisión y se la divide pasado el Jordán, obrando grandes hazañas, como figura harto expresa de nuestro Redentor en el nombre y en las obras; en que representó la destrucción de los reinos que poseía el demonio y la separación y división que de buenos y malos se hará el último día.
153. Tras de Josué, estando ya el pueblo en la posesión de la tierra prometida y deseada, que primera y propiamente representa la Iglesia, adquirida por Jesucristo con el precio de su sangre, viene el libro de los Jueces que Dios ordenaba para gobierno de su pueblo, particularmente en las guerras que por sus continuados pecados e idolatrías padecían de los filisteos y otros enemigos sus vecinos, de que los defendía y libraba cuando se convertían a él por penitencia y enmienda de la vida. Y en este libro se refiere lo que hizo Débora, juzgando al pueblo y libertándole de una grande opresión; y Jael también, que concurrió a la victoria; mujeres fuertes y valerosas. Y todas estas historias son expresa figura y testimonio de lo que pasa en la Iglesia.
154. Acabados los Jueces, son los Reyes que pidieron los israelitas, queriendo ser como las demás gentes en el gobierno. Contienen estos libros grandes misterios de la venida del Mesías. Helí, sacerdote, y Saúl, rey, muertos, dicen la reprobación de la ley vieja. Sadoc y David figuran el nuevo reino y sacerdocio de Jesucristo y la Iglesia con el pequeño número que en ella había de haber en comparación del resto del mundo. Los otros reyes de Israel y Judá y sus captividades señalan otros grandes misterios de la Iglesia santa.
155. Entre los tiempos dichos estuvo el pacientísimo del Señor, Job, cuyas palabras son tan misteriosas, que ninguna tiene sin profundos sacramentos de la vida de Cristo nuestro Señor, de la resurrección de los muertos y del último juicio en la misma carne en número que cada uno tiene, de la fuerza y astucia del demonio y sus conflictos. Y sobre todo le puso Dios por un espejo de paciencia a los mortales, para que en él deprendiésemos todos cómo debemos padecer los trabajos después de la muerte de Cristo que tenemos presente, pues antes hubo santo que a la vista tan de lejos le imitó con tanta paciencia.
156. Pero en los muchos y grandes profetas que Dios envió a su pueblo en el tiempo de sus reyes, porque entonces más necesitaba de ellos, hay tantos misterios y sacramentos que ninguno dejó el Altísimo de los que pertenecían a la venida del Mesías y su ley que no se lo revelase y declarase; y lo mismo hizo, aunque de más lejos, con los antiguos padres y patriarcas; y todo era multiplicar retratos y como estampas del Verbo humanado y prevenirle y prepararle pueblo y la ley que había de enseñar.
157. En los tres grandes patriarcas, Abrahán, Isaac y Jacob, depositó grandes y ricas prendas para poderse llamar Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, queriendo honrarse con este nombre para honrarlos a ellos, manifestando su dignidad y excelentes virtudes y los sacramentos que les había fiado para que diesen nombre a Dios tan honroso. Al patriarca Abrahán, para hacer aquella representación tan expresa de lo que el eterno Padre había de hacer con su Unigénito, le tentó y probó mandándole sacrificar a Isaac; pero, cuando el obediente padre quiso ejecutar el sacrificio, lo impidió el mismo Señor que lo había mandado, porque sólo para el eterno Padre se reservase la ejecución de tan heroica obra, sacrificando con efecto a su Unigénito, y sólo en amago se dijese lo había hecho a Abrahán; en que parece fueron los celos del amor divino fuertes como la muerte17 , pero no convenía que tan expresa figura quedase imperfecta y así se cumplió sacrificando Abrahán un carnero, que también era figura del Cordero que había de quitar los pecados del mundo18 .
158. A Jacob le mostró aquella misteriosa escala, llena de sacramentos y sentidos, y el mayor fue representar al Verbo humanado, que es el camino y escala por donde subimos al Padre y de él bajó Su Majestad a nosotros; y por su medio suben y descienden ángeles que nos ilustran y guardan, llevándonos en sus manos, para que no nos ofendan las piedras19 de los errores, herejías y vicios, de que está sembrado el camino de la vida mortal; y en medio de ellas subamos seguros por esta escala con la fe y esperanza desde esta Iglesia santa, que es la casa de Dios, donde no hay otra cosa que puerta del cielo20 y santidad.
159. A Moisés, para constituirle Dios de Faraón y capitán de su pueblo, le mostró aquella zarza mística que sin quemarse ardía, para señalar en profecía la divinidad encubierta en nuestra humanidad, sin derogar lo humano a lo divino, ni consumir lo divino a lo humano. Y junto con este misterio señalaba también la virginidad perpetua de la Madre del Verbo, no sólo en el cuerpo, sino también en el alma, y que no la mancharía ni ofendería ser hija de Adán y venir vestida y derivada de aquella naturaleza abrasada con la primera culpa.
160. Hizo también a David a la medida de su corazón21, con que pudo dignamente cantar las misericordias del Altísimo22, como lo hizo comprendiendo en sus salmos todos los sacramentos y misterios, no sólo de la ley de gracia, pero de la escrita y natural. No se caen de la boca los testimonios, los juicios y las obras del Señor, porque también los tenía en el corazón para meditar de día y de noche. Y en perdonar injurias que expresa imagen o figura del que había de perdonar las nuestras; y así le fueron hechas las promesas más claras y firmes de la venida del Redentor del mundo.
161. Salomón, rey pacífico, y en esto figura del verdadero Rey de los reyes dilató su grande sabiduría en manifestar por diversos modos de Escrituras los misterios y sacramentos de Cristo, especialmente en la metáfora de los Cantares, donde encerró los misterios del Verbo humanado, de su Madre santísima y de la Iglesia y fieles. Enseñó también la doctrina para las costumbres por diversos modos; y de aquella fuente han bebido las aguas de la verdad y vida otros muchos escritores.
162. Pero ¿quién podrá dignamente engrandecer el beneficio de habernos dado el Señor, por medio de su pueblo, el número loable de los profetas santos, donde la eterna sabiduría copiosamente derramó la gracia de la profecía, alumbrando a su Iglesia con tantas luces, que desde muy lejos comenzaron a señalarnos el sol de justicia y los rayos que había de dar en la ley de gracia con sus obras? Los dos grandes profetas, Isaías y Jeremías, fueron escogidos para evangelizarnos alta y dulcemente los misterios de la encarnación del Verbo, su nacimiento, vida y muerte. Isaías nos prometió que concebiría y pariría una virgen y nos daría un hijo que se llamaría Emanuel y que un pequeñuelo hijo nacería para nosotros y llevaría su imperio sobre su hombro23 ; y todo lo restante de la vida de Cristo lo anunció con tanta claridad que pareció su profecía evangelio. Jeremías dijo la novedad que Dios había de obrar con una mujer que tendría en su vientre un varón24, que sólo podía ser Cristo, Dios y hombre perfecto anunció su venta, pasión, oprobios y muerte. Suspensa y admirada quedo en la consideración de estos profetas. Pide Isaías que envíe el Señor el Cordero que ha de señorear al mundo, de la piedra del desierto al monte de la hija de Sión25 ; porque este Cordero que es el Verbo humanado en cuanto a la divinidad estaba en el desierto del cielo, que faltándole los hombres se llama desierto; y llamándose piedra por el asiento, firmeza y quietud eterna de que goza. El monte, adonde pide que venga, en lo místico es la Iglesia santa, y primero María santísima, hija de la visión de paz, que es Sión; y la interpone el profeta por medianera para obligar al Padre eterno que envíe al Cordero su Unigénito, porque en todo el resto del linaje humano no había quien le pudiese obligar tanto como haber de tener tal Madre que le diese a este Cordero la piel y vellocino de su humanidad santísima; y esto es lo que contiene aquella dulcísima oración y profecía de Isaías.
163. Ezequiel vio también a esta Madre Virgen en la figura o metáfora de aquella puerta cerrada26 , que para solo el Dios de Israel estaría patente y ningún otro varón entraría por ella. Habacuc contempló a Cristo Señor nuestro en la cruz y con profundas palabras profetizó los misterios de la redención y los admirables efectos de la pasión y muerte de nuestro Redentor. Joel describe la tierra de las doce tribus, figura de los doce apóstoles que habían de ser cabezas de todos los hijos de la Iglesia; también anunció la venida del Espíritu Santo sobre los siervos y siervas del Muy Alto, señalando el tiempo de la venida y vida de Cristo. Y todos los demás profetas por partes la anunciaron, porque todo quiso el Altísimo quedase dicho y profetizado y figurado tan de lejos y tan abundantemente, que todas estas obras admirables pudiesen testificar el amor y cuidado que tuvo Dios para con los hombres y cómo enriqueció a su Iglesia; y asimismo para culpar y reprender nuestra tibieza, pues aquellos antiguos padres y profetas sólo con las sombras y figuras se inflamaron en el divino amor e hicieron cánticos de alabanza y gloria para el Señor; y nosotros, que tenemos la verdad y el día claro de la gracia, estamos sepultados en el olvido de tantos beneficios, y dejando la luz buscamos las tinieblas.

CAPITULO 1 – CAPITULO 12

CAPITULO 12 
Cómo, habiéndose propagado el linaje humano, crecieron los clamores de los justos por la venida del Mesías, y también crecieron los pecados, y en esta noche de la antigua ley envió Dios al mundo dos luceros que anunciasen la ley de gracia. 
164. Dilatóse en gran número la posteridad y linaje de Adán, multiplicándose los justos y los injustos, los clamores de los santos por el Reparador y los delitos de los pecadores para desmerecer este beneficio. El pueblo del Altísimo y el triunfo del Verbo, que había de humanarse, estaban ya en las últimas disposiciones que la divina voluntad obraba en ellos para venir el Mesías; porque el reino del pecado en los hijos de perdición había dilatado su malicia casi hasta los últimos términos y había llegado el tiempo oportuno del remedio. Habíase aumentado la corona y méritos de los justos; y los profetas y santos padres con el júbilo de la divina luz reconocían que se acercaba la salud y la presencia de su redentor y multiplicaban sus clamores, pidiendo a Dios se cumpliesen las profecías y promesas hechas a su pueblo; y delante del trono real de la divina misericordia representaban la prolija y larga noche1 que había corrido en las tinieblas del pecado, desde la creación del primer hombre, y la ceguera de idolatrías en que estaba ofuscado todo el resto del linaje humano.
165. Cuando la antigua serpiente había inficionado con su aliento todo el orbe y, al parecer, gozaba de la pacífica posesión de los mortales; y cuando ellos, desatinando de la luz de la misma razón natural2 y de la que por la antigua ley escrita pudieran tener, en lugar de buscar la divinidad verdadera, fingían muchas falsas y cada cual formaba dios a su gusto, sin advertir que la confusión de tantos dioses, aun para perfección, orden y quietud, era repugnante; cuando con estos errores se habían ya naturalizado la malicia, la ignorancia y el olvido del verdadero Dios y se ignoraba la mortal dolencia y letargo que en el mundo se padecía, sin abrir la boca los míseros dolientes para pedir el remedio; cuando reinaba la soberbia y el número de los necios era sin número3 y la arrogancia de Lucifer intentaba beberse las aguas puras del Jordán4 ; cuando con estas injurias estaba Dios más ofendido y menos obligado de los hombres y el atributo de su justicia tenía tan justificada su causa para aniquilar todo lo criado convirtiéndolo a su antiguo no ser.
166. En esta ocasión –a nuestro entender– convirtió el Altísimo su atención al atributo de su misericordia e inclinó el peso de su incomprensible equidad con la ley de la clemencia; y se quiso dar por más obligado de su misma bondad y de los clamores y servicios de los justos y profetas de su pueblo, que desobligarse de la maldad y ofensas de todo el resto de los pecadores; y en aquella noche tan pesada de la ley antigua determinó dar prendas ciertas del día de la gracia, enviando al mundo dos luceros clarísimos que anunciasen la claridad ya vecina del sol de justicia Cristo, nuestra salud. Estos fueron san Joaquín y Ana, prevenidos y criados por la divina voluntad para que fuesen hechos a medida de su corazón. San Joaquín tenía casa, familia y deudos en Nazaret, pueblo de Galilea, y fue siempre varón justo y santo, ilustrado con especial gracia y luz de lo alto. Tenía inteligencia de muchos misterios de las Escrituras y profetas antiguos y con oración continua y fervorosa pedía a Dios el cumplimiento de sus promesas, y su fe y caridad penetraban los cielos. Era varón humildísimo y puro, de costumbres santas y suma sinceridad, pero de gran peso y severidad y de incomparable compostura y honestidad.
167. La felicísima santa Ana tenía su casa en Belén, y era doncella castísima, humilde y hermosa y, desde su niñez, santa, compuesta y llena de virtudes. Tuvo también grandes y continuas ilustraciones del Altísimo y siempre ocupaba su interior con altísima contemplación, siendo juntamente muy oficiosa y trabajadora, con que llegó a la plenitud de la perfección de las vidas activa y contemplativa. Tenía noticia infusa de las Escrituras divinas y profunda inteligencia de sus escondidos misterios y sacramentos; y en las virtudes infusas, fe, esperanza y caridad, fue incomparable. Con estos dones prevenida oraba continuamente por la venida del Mesías, y sus ruegos fueron tan aceptos al Señor para acelerar el paso, que singularmente le pudo responder había herido su corazón en uno de sus cabellos5 , pues sin duda alguna en apresurar la venida del Verbo tuvieron los merecimientos de santa Ana altísimo lugar entre los santos del Viejo Testamento.
168. Hizo también esta mujer fuerte oración fervorosa para que el Altísimo en el estado del matrimonio la diese compañía de esposo que la ayudase a la guarda de la divina ley y testamento santo y para ser perfecta en la observancia de sus preceptos. Y al mismo tiempo que santa Ana pedía esto al Señor, ordenó su providencia que san Joaquín hiciese la misma oración, para que juntas fuesen presentadas estas dos peticiones en el tribunal de la beatísima Trinidad, donde fueron oídas y despachadas. Y luego por ordenación divina se dispuso cómo Joaquín y Ana tomasen estado de matrimonio juntos y fuesen padres de la que había de ser Madre del mismo Dios humanado. Y para ejecutar este decreto, fue enviado el santo
arcángel Gabriel, que se lo manifestase a los dos. A santa Ana se le apareció corporalmente estando en oración fervorosa pidiendo la venida del Salvador del mundo y el remedio de los hombres; y vio al santo príncipe con gran hermosura y refulgencia, que a un mismo tiempo causó en ella alguna turbación y temor con interior júbilo e iluminación de su espíritu. Postróse la Santa con profunda humildad para reverenciar al embajador del cielo, pero él la detuvo y confortó, como a depósito que había de ser del arca del verdadero maná, María santísima, Madre del Verbo eterno; porque ya este santo arcángel había conocido este misterio del Señor cuando fue enviado con esta embajada; aunque entonces no lo conocieron los demás ángeles del cielo, porque a solo san Gabriel fue hecha esta revelación o iluminación inmediatamente del Señor. Tampoco manifestó el ángel a santa Ana este gran sacramento por entonces, mas pidióla atención y la dijo: El Altísimo te dé su bendición, sierva suya, y sea tu salud. Su Alteza ha oído tus peticiones y quiere que perseveres en ellas y clames por la venida del Salvador; y es su voluntad que recibas por esposo a Joaquín, que es varón de corazón recto y agradable a los ojos del Señor, y con su compañía podrás perseverar en la observancia de su divina ley y servicio. Continúa tus oraciones y súplicas y de tu parte no hagas otra diligencia; que el mismo Señor ordenará el cómo se ha de ejecutar. Y tú camina por las sendas rectas de la justicia y tu habitación interior siempre sea en las alturas; y pide siempre por la venida del Mesías y alégrate en el Señor que es tu salud.–Con esto desapareció el ángel, dejándola ilustrada en muchos misterios de las Escrituras y confortada y renovada en su espíritu.
169. A san Joaquín apareció y habló el arcángel, no corporalmente como a santa Ana, pero en sueños apercibió el varón de Dios que le decía estas razones: Joaquín, bendito seas de la divina diestra del Altísimo, persevera en tus deseos y vive con rectitud y pasos perfectos. Voluntad del Señor es que recibas por tu esposa a Ana, que es alma a quien el Todopoderoso ha dado su bendición. Cuida de ella y estímala como prenda del Altísimo y dale gracias a Su Majestad porque te la ha entregado.–En virtud de estas divinas embajadas pidió luego Joaquín por esposa a la castísima Ana y se efectuó el casamiento, obedeciendo los dos a la divina disposición; pero ninguno manifestó al otro el secreto de lo que les había sucedido hasta pasados algunos años, como diré en su lugar6. Vivieron los dos santos esposos en Nazaret, procediendo y caminando por las justificaciones del Señor; y con rectitud y sinceridad dieron el lleno de las virtudes a sus obras y se hicieron muy agradables y aceptos al Altísimo sin reprensión. De las rentas y frutos de su hacienda en cada año hacían tres partes: la primera ofrecían al templo de Jerusalén para el culto del Señor, la segunda distribuían a los pobres, y con la tercera sustentaban su vida y familia decentemente; y Dios les acrecentaba los bienes temporales, porque los expendían con tanta largueza y caridad.
170. Vivían asimismo con inviolable paz y conformidad de ánimos, sin querella y sin rencilla alguna. Y la humildísima Ana vivía en todo sujeta y rendida a la voluntad de Joaquín; y el varón de Dios con la emulación santa de la misma humildad se adelantaba a saber la voluntad de santa Ana, confiando en ella su corazón7, y no quedando frustrado; con que vivieron en tan perfecta caridad, que en su vida tuvieron diferencia en que el uno dejase de querer lo mismo que quería el otro; mas como congregados en el nombre del Señor8, estaba Su Majestad con su temor santo en medio de ellos. Y el santo Joaquín cumplió y obedeció el mandamiento del ángel de que estimase a su esposa y tuviese cuidado de ella.
171. Previno el Señor con bendiciones de dulzura9 a la santa matrona Ana, comunicándola altísimos dones de gracia y ciencia infusa, que la dispusiesen para la buena dicha que la aguardaba de ser madre de la que lo había de ser del mismo Señor; y como las obras del Altísimo son perfectas y consumadas, fue consiguiente que la hiciese digna madre de la criatura más pura y que en santidad había de ser inferior a solo Dios y superior a todo lo criado.
172. Pasaron estos santos casados veinte años sin sucesión de hijos; cosa que en aquella edad y pueblo se tenía por más infelicidad y desgracia, a cuya causa padecieron entre sus vecinos y conocidos muchos oprobios y desprecios; que los que no tenían hijos se reputaban como excluidos de tener parte en la venida del Mesías que esperaban. Pero el Altísimo, que por medio de esta humillación los quiso afligir y disponer para la gracia que les prevenía, les dio tolerancia y conformidad para que sembrasen con lágrimas10 y oraciones el dichoso fruto que después habían de coger. Hicieron grandes peticiones de lo profundo de su corazón, teniendo para esto especial mandato de lo alto, y ofrecieron al Señor con voto expreso que, si les daba hijos, consagrarían a su servicio en el templo el fruto que recibiesen de bendición.
173. Y el hacer este ofrecimiento fue por especial impulso del Espíritu Santo, que ordenaba cómo antes de tener ser la que había de ser morada de su unigénito Hijo, fuese ofrecida y como entregada por sus padres al mismo Señor. Porque si antes de conocerla y tratarla no se obligaran con voto particular de ofrecerla al templo, viéndola después tan dulce y agradable criatura no lo pudieran hacer con tanta prontitud por el vehemente amor que la tendrían. Y –a nuestro modo de entender– con este ofrecimiento no sólo satisfacía el Señor a los celos que ya tenía de que su Madre santísima estuviese por cuenta de otros, pero se entretenía su amor en la dilación de criarla.
174. Habiendo perseverado un año entero después que el Señor se lo mandó en estas fervientes peticiones, sucedió que san Joaquín fue por divina inspiración y mandato al templo de Jerusalén, a ofrecer oraciones y sacrificios por la venida del Mesías y por el fruto que deseaba; y llegando con otros de su pueblo a ofrecer los comunes dones y otrendas en presencia del sumo sacerdote, otro inferior, que se llamaba Isacar, reprendió ásperamente al venerable viejo Joaquín porque llegaba a ofrecer con los demás, siendo infecundo; y entre otras razones le dijo: Tú, Joaquín, ¿por qué llegas a ofrecer siendo hombre inútil? Desvíate de los demás y vete, no enojes a Dios con tus ofrendas y sacrificios, que no son gratos a sus ojos.–El santo varón, avergonzado y confuso, con humilde y amoroso afecto, se convirtió al Señor y le dijo: Altísimo Dios eterno, con vuestro mandato y voluntad vine al templo; el que está en vuestro lugar me desprecia; mis pecados son los que merecen esta ignominia; pues la recibo por vuestro querer, no despreciéis la hechura de vuestras manos11 .–Fuese Joaquín del templo contristado, pero pacífico y sosegado, a una casa de campo o granja que tenía y allí en soledad de algunos días clamó al Señor e hizo oración:
175. Altísimo Dios eterno, de quien depende todo el ser y el reparo del linaje humano, postrado en vuestra real presencia os suplico se digne vuestra infinita bondad de mirar la aflicción de mi alma y oír mis peticiones y las de vuestra sierva Ana. A vuestros ojos son manifiestos todos nuestros deseos12 y, si yo no merezco ser oído, no despreciéis a mi humilde esposa. Santo Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, nuestros antiguos padres, no escondáis vuestra piedad de nosotros, ni permitáis, pues sois padre, que yo sea de los réprobos y desechados en mis ofrendas como inútil, porque no me dais sucesión. Acordaos, Señor, de los sacrificios y oblaciones de vuestros siervos y profetas13 , mis padres antiguos, y tened presentes las obras que en ellos fueron gratas a vuestros ojos divinos; y pues me mandáis, Señor mío, que con confianza os pida como a poderoso y rico en misericordias, concededme lo que por vos deseo y pido; pues en pediros hago vuestra santa voluntad y obediencia, en que me prometéis mi petición: y si mis culpas detienen vuestras misericordias, apartad de mí lo que os desagrada e impide. Poderoso sois, Señor Dios de Israel, y todo lo que fuere vuestra voluntad podéis obrar sin resistencia14 . Lleguen a vuestros oídos mis peticiones, que si soy pobre y pequeño, vos sois infinito e inclinado a usar de misericordia con los abatidos. ¿Adónde iré de vos, que sois el Rey de los reyes, el Señor de los señores y todopoderoso? A vuestros hijos y siervos habéis llenado, Señor, de dones y bendiciones en sus generaciones; a mí me enseñáis a desear y esperar de vuestra liberalidad lo que habéis obrado con mis hermanos. Si fuere vuestro beneplácito conceder mi petición, el fruto de sucesión que de vuestra mano recibiere, lo ofreceré y consagraré a vuestro templo santo, para servicio vuestro. Entregado tengo mi corazón y mente a vuestra voluntad y siempre he deseado apartar mis ojos de la vanidad. Haced de mí lo que fuere vuestro agrado y alegrad, Señor, nuestro espíritu con el cumplimiento de nuestra esperanza. Mirad desde vuestro solio al humilde polvo y levantadle, para que os magnifique y adore y en todo se cumpla vuestra voluntad y no la mía.
176. Esta petición hizo Joaquín en su retiro; y en el ínterin el santo ángel declaró a santa Ana cómo sería agradable oración para su alteza que le pidiese sucesión de hijos con el santo afecto e intención que los deseaba. Y habiendo conocido la santa matrona ser ésta la divina voluntad y también la de su esposo Joaquín, con humilde rendimiento y confianza en la presencia del Señor, hizo oración por lo que se le ordenaba y dijo: Dios altísimo, Señor, mío, Criador y Conservador universal de todas las cosas, a quien mi alma reverencia y adora como a Dios verdadero infinito, santo y eterno; postrada en vuestra real presencia hablaré, aunque sea polvo y ceniza15, manifestando mi necesidad y aflicción. Señor, Dios increado, hacednos dignos de vuestra bendición, dándonos fruto santo que ofrecer a vuestro servicio en vuestro templo16. Acordaos, Señor mío, que Ana, sierva vuestra, madre de Samuel, era estéril y con vuestra liberal misericordia recibió el cumplimiento de sus deseos. Yo siento en mi corazón una fuerza que me alienta y anima a pediros hagáis conmigo esta misericordia. Oíd, pues, dulcísimo Señor y Dueño mío, mi petición humilde y acordaos de los servicios, ofrendas y sacrificios de mis antiguos padres y los favores que obró en ellos el brazo poderoso de vuestra omnipotencia. Yo, Señor, quisiera ofrecer a vuestros ojos oblación agradable y aceptable, pero la mayor y la que puedo es mi alma, mis potencias y sentidos que me disteis y todo el ser que tengo; y si mirándome desde vuestro real solio me diereis sucesión, desde ahora la consagro y ofrezco para serviros en el templo. Señor Dios de Israel, si fuere voluntad y gusto vuestro mirar a esta vil y pobre criatura y consolar a vuestro siervo Joaquín, concedednos, Señor, esta petición y en todo se cumpla vuestra voluntad santa y eterna.
177. Estas fueron las peticiones que hicieron los santos Joaquín y Ana; y de la inteligencia que he tenido de ellas y de la santidad incomparable de estos dichosos padres, no puedo por mi gran cortedad e insuficiencia decir todo lo que conozco y siento; ni todo se puede referir, ni es necesario, pues es bastante para mi intento lo dicho; y para hacer altos conceptos de estos Santos, se han de medir y ajustar con el altísimo fin y ministerio para que fueron escogidos de Dios, que era ser abuelos inmediatos de Cristo Señor nuestro y padres de su Madre Santísima.

CAPITULO 1 – CAPITULO 13

CAPITULO 13
Cómo por el santo arcángel Gabriel fue evangelizada la concepción de María Santísima y cómo previno Dios a santa Ana para esto con un especial favor. 
178. Llegaron las peticiones de los santos Joaquín y Ana a la presencia y trono de la beatísima Trinidad, donde, siendo oídas y aceptadas, se les manifestó a los santos ángeles la voluntad divina, como si –a nuestro modo de entender– las tres divinas Personas hablaran con ellos y les dijeran: Determinado tenemos por nuestra dignación que la persona del Verbo tome carne humana y que en ella remedie a todo el linaje de los mortales; y a nuestros siervos los profetas lo tenemos manifestado y prometido, para que ellos lo profetizasen al mundo. Los pecados de los vivientes y su malicia es tanta, que nos obligaba a ejecutar el rigor de nuestra justicia; pero nuestra bondad y misericordia excede a todas sus maldades y no pueden ellas extinguir nuestra caridad. Miremos a las obras de nuestras manos, que criamos a nuestra imagen y semejanza para que fueran herederos y partícipes de nuestra eterna gloria1 . Atendamos a los servicios y agrado que nos han dado nuestros siervos y amigos y a los muchos que se levantarán y que serán grandes en nuestras alabanzas y beneplácito. Y singularmente pongamos delante de nuestros ojos aquella que ha de ser electa entre millares y sobre todas las criaturas ha de ser aceptable y señalada para nuestras delicias y beneplácito y que en sus entrañas ha de recibir a la persona del Verbo y vestirle de la mortalidad de la carne humana. Y pues ha de tener principio esta obra en que manifestemos al mundo los tesoros de nuestra divinidad, ahora es el tiempo aceptable y oportuno para la ejecución de este sacramento. Joaiquin y Ana hallaron gracia en nuestros ojos, porque piadosamente los miramos y prevenimos con la virtud de nuestros dones y gracias. Y en las pruebas de su verdad han sido fieles y con sencilla candidez sus almas se han hecho aceptas y agradables en nuestra presencia. Vaya Gabriel, nuestro embajador, y déles nuevas de alegría para ellos y para todo el linaje humano y anúncieles cómo nuestra dignación los ha mirado y escogido.
179. Conociendo los espíritus celestiales esta voluntad y decreto del Altísimo, el santo arcángel Gabriel, adorando y reverenciando a Su Alteza en la forma que lo hacen aquellas purísimas y espirituales sustancias, humillado ante el trono de la beatísima Trinidad, salió de él una voz intelectual que le dijo: Gabriel, ilumina, vivifica y consuela a Joaquín y Ana, nuestros siervos, y diles que sus oraciones llegaron a nuestra presencia y sus ruegos son oídos por nuestra clemencia; promételes que recibirán fruto de bendición con el favor de nuestra diestra y que Ana concebirá y parirá una hija a quien le damos por nombre María.
180. En este mandato del Altísimo le fueron revelados al arcángel san Gabriel muchos misterios y sacramentos de los que pertenecían a esta embajada; y con ella descendió al punto del cielo empíreo y se le apareció a san Joaquín, que estaba en oración, y le dijo: Varón justo y recto, el Altísimo desde su real trono ha visto tus deseos y oído tus peticiones y gemidos y te hace dichoso en la tierra. Tu esposa Ana concebirá y parirá una hija que.será bendita entre las mujeres2 y las naciones la conocerán por bienaventurada3 . El que es Dios eterno, increado y criador de todo, y en sus juicios rectísimo, poderoso y fuerte, me envía a ti, porque le han sido aceptas tus obras y limosnas. Y la caridad ablanda el pecho del Todopoderoso y apresura sus misericordias, que liberal quiero, enriquecer tu casa y familia con la hija que concebirá Ana y el mismo Señor la pone por nombre María. Y desde su niñez ha de ser consagrada a su templo, y en él a Dios, como se lo habéis prometido. Será grande, escogida, poderosa y llena del Espíritu Santo y por la esterilidad de Ana será milagrosa su concepción y la hija será en vida y obras toda prodigiosa. Alaba, Joaquín, al Señor por este beneficio, engrandécele, pues con ninguna nación hizo tal cosa. Subirás a dar gracias al templo de Jerusalén y, en testimonio de que te anuncio esta verdad y alegre nueva, en la puerta áurea encontrarás a tu hermana Ana, que por la misma causa irá al templo. Y te advierto que es maravillosa esta embajada, porque la concepción de esta niña alegrará el cielo y la tierra.
181. Todo esto le sucedió a san Joaquín en un sueño que se le dio en la prolija oración que hizo; para que en él recibiese esta embajada, al modo que sucedió después al santo José, esposo de María santísima, cuando se le manifestó ser su preñado por obra del Espíritu Santo4 . Despertó el dichosísimo san Joaquín con especial júbilo de su alma y, con prudencia cándida y advertida, escondio en su corazón el sacramento del Rey5 ; y con viva fe y esperanza derramó su espíritu en la presencia del Altísimo y, convertido en ternura y agradecimiento, le dio gracias y alabó sus inescrutables juicios; y para hacerlo mejor, se fue al templo, como se lo habían ordenado.
182. En el mismo tiempo que sucedió esto a san Joaquín, estaba la dichosísima santa Ana en altísima oración y contemplación, toda elevada en el Señor y en el misterio de la encarnación que esperaba del Verbo eterno, de que el mismo Señor le había dado altísimas inteligencias y especialísima luz infusa. Y con profunda humildad y viva fe estaba pidiendo a Su Majestad acelerase la venida del Reparador del linaje humano, y hacía esta oración: Altísimo Rey y Señor de todo lo criado, yo, vil y despreciada criatura, pero hechura de vuestras manos, deseara con dar la vida que de vos, Señor, he recibido obligaros para que vuestra dignación abreviara el tiempo de nuestra salud. ¡Oh, si vuestra piedad infinita se inclinase a nuestra necesidad! ¡Oh, si nuestros ojos vieran ya al Reparador y Redentor de los hombres! Acordaos, Señor, de las antiguas misericordias que habéis hecha con vuestro pueblo, prometiéndole vuestro Unigénito, y oblígueos esta determinación de infinita piedad. Llegue ya, llegue este día tan deseado. ¡Es posible que el Altísimo ha de bajar de su santo cielo! ¡Es posible que ha de tener Madre en la tierra! ¡Qué mujer será tan dichosa y bienaventurada! ¡Oh, quién pudiera verla! ¡Quién fuera digna de servir a sus siervas! Bienaventuradas las generaciones que la vieren, que podrán postrarse a sus pies y adorarla. ¡Qué dulce será su vista y conversación! Dichosos los ojos que la vieren y los oídos que la oyeren sus palabras y la familia que eligiere el Altísimo para tener Madre en ella. Ejecútese ya, Señor, este decreto, cúmplase ya vuestro divino beneplácito.
183. En esta oración y coloquios estaba ocupada santa Ana después de las inteligencias que había recibido de este inefable misterio y confería todas las razones que quedan dichas con el santo ángel de su guarda, que muchas veces, y en esta ocasión con más claridad, se le manifestó. Y ordenó el Altísimo que la embajada de la concepción de su Madre santísima fuese en algo semejante a la que después se había de hacer de su inefable encarnación. Porque santa Ana estaba meditando con humilde fervor en la que había de ser Madre de la Madre del Verbo encarnado, y la Virgen santísima hacía los mismos actos y propósitos para la que había de ser Madre de Dios, como en su lugar diré6 . Y fue uno mismo el ángel de las dos embajadas, y en forma humana, aunque con más hermosura y misteriosa apariencia se apareció a la Virgen María.
184. Entró el santo arcángel Gabriel en forma humana, hermoso y refulgente más que el sol, a la presencia de santa Ana y díjola: Ana, sierva del Altísimo, ángel del consejo de Su Alteza soy, enviado de las alturas por su divina dignación, que mira a los humildes en la tierra7 . Buena es la oración incesante y la confianza humilde. El Señor ha oído tus peticiones, porque está cerca de los que le llaman8 con viva fe y esperanza y aguardan con rendimiento. Y si se dilata el cumplimiento de los clamores y se detiene en conceder las peticiones de los justos, es para mejor disponerlos y más obligarse a darles mucho más de lo que piden y desean. La oración y limosna abren los tesoros del Rey omnipotente9 y le inclinan a ser rico en misericordias con los que le ruegan. Tú y Joaquín habéis pedido fruto de bendición; y el Altísimo ha determinado dárosle admirable y santo y con él enriqueceros de dones celestiales, concediéndoos mucho más de lo que habéis pedido. Porque habiéndoos humillado en pedir, se quiere el Señor engrandecer en concederos vuestras peticiones; que le es muy agradable la criatura cuando humilde y confiada le pide no coartando su infinito poder. Persevera en la oración y pide sin cesar el remedio del linaje humano para obligar al Altísimo. Moisés con oración interminada hizo que venciese el pueblo10. Ester con oración y confianza le alcanzó libertad de la muerte. Judit por la misma oración fue esforzada en obra tan ardua como intentó para defender a Israel; y lo consiguió, siendo mujer flaca y débil. –David salió victorioso contra Goliat, porque oró invocando el nombre del Señor. Elías alcanzó fuego del cielo para su sacrificio y con la oración abría y cerraba los cielos. La humildad, la fe y limosnas de Joaquín y las tuyas llegaron al trono del Altísimo y me envió a mí, ángel suyo, para que anuncie nuevas de alegría para tu espíritu; porque Su Alteza quiere que seas dichosa y bienaventurada. Elígete por madre de la que ha de engendrar y parir al Unigénito del Padre. Parirás una hija que por divina ordenación se llamará María. Será bendita entre las mujeres y llena del Espíritu Santo. Será la nube11 que derramará el rocío del cielo para refrigerio de los mortales y en ella se cumplirán las profecías de vuestros antiguos padres. Será la puerta de la vida y de la salud para los hijos de Adán. Y advierte que a Joaquín le he evangelizado que tendrá una hija que será dichosa y bendita, pero el Señor reservó el sacramento, no manifestándole que había de ser Madre del Mesías. Y por esto debes tú guardar este secreto; y luego irás al templo a dar gracias al Altísimo, porque tan liberal te ha favorecido su poderosa diestra. Y en la puerta áurea encontrarás a Joaquín, donde conferirás estas nuevas. Pero a ti, bendita del Señor, quiere su grandeza visitarte y enriquecerte con sus favores más singulares y en soledad te hablará al corazón12 y dará origen a la ley de gracia, dando ser en tu vientre a la que ha de vestir de carne mortal al inmortal Señor, dándole forma humana; y en esta humanidad unida al Verbo se escribirá con su sangre la verdadera ley de misericordia13 .
185. Para que el humilde corazón de santa Ana con esta embajada no desfalleciera en admiración y júbilo de la nueva que le daba el santo ángel, fue confortada por el Espíritu Santo su flaqueza; y así la oyó y recibió con dilatación de su ánimo y alegría incomparable. Y luego se levantó y fue al templo de Jerusalén y topó a san Joaquín, como el ángel les había dicho a entrambos. Y juntos dieron gracias al Autor de esta maravilla y ofrecieron dones particulares y sacrificios. Fueron de nuevo iluminados de la gracia del divino Espíritu y, llenos de consolación divina, se volvieron a su casa, confiriendo los favores que del Altísimo habían recibido y cómo el santo arcángel Gabriel a cada uno singularmente les había hablado y prometido de parte del Señor que les daría una hija que fuese muy dichosa y bienaventurada. Y en esta ocasión también se manifestaron el uno al otro cómo el mismo santo ángel antes de tomar estado les había mandado que los dos juntos le recibiesen por la voluntad divina, para servirle juntos. Este secreto habían celado veinte años sin comunicarle uno a otro, hasta que el mismo ángel les prometió la sucesión de tal hija. Y de nuevo hicieron voto de ofrecerla al templo y que todos los años en aquel día subirían a él con particulares ofrendas y le gastarían en alabanza y hacimiento de gracias y darían muchas limosnas. Y así lo cumplieron después e hicieron grandes cánticos de loores y alabanzas al Altísimo.
186. Nunca descubrió la prudente matrona Ana el secreto a san Joaquín, ni a otra criatura alguna, de que su hija había de ser Madre del Mesías; ni el santo padre en el discurso de la vida conoció más de que sería grande y misteriosa mujer; pero en los últimos alientos, antes de la muerte, se lo manifestó el Altísimo, como diré en su lugar14 . Y aunque se me ha dado grande inteligencia de las virtudes y santidad de los dos padres de la Reina del cielo, no me detengo más en declarar lo que todos los fieles debemos suponer; y por llegar al principal intento.
187. Después de la primera concepción del cuerpo que había de ser para la Madre de la gracia, y antes de criar su alma santísima, hizo Dios un singular favor a santa Ana. Tuvo una visión o aparecimiento de Su Majestad intelectualmente y por altísimo modo; y comunicándole en él grandes inteligencias y dones de gracias, la dispuso y previno con bendiciones de dulzura15 ; y purificándola toda, espiritualizó la parte inferior del cuerpo y elevó su alma y espíritu, de suerte que desde aquel día jamás atendió a cosa humana que la impidiese para no tener puesto en Dios todo el afecto de su mente y voluntad, sin perderla jamás de vista. Díjola el Señor en este beneficio: Ana, sierva mía, yo soy Dios de Abrahán, Isaac y Jacob; mi bendición y luz eterna es contigo. Yo formé al hombre para levantarle del polvo y hacerle heredero de mi gloria y participante de mi divinidad; y aunque en él deposité muchos dones y le puse en lugar y estado muy perfecto, pero oyó a la serpiente y perdíólo todo. Yo de mi beneplácito, olvidando su ingratitud, quiero reparar sus daños y cumplir lo que a mis siervos y profetas tengo prometido de enviarles mi Unigénito y su Redentor. Los cielos están cerrados, los padres antiguos detenidos, sin ver mi cara y darles yo el premio que tengo prometido de mi eterna gloria; y la inclinación de mi bondad infinita está como violentada no se comunicando al linaje humano. Quisiera ya usar con él de mi liberal misericordia y darle la persona del Verbo eterno, para que se haga hombre, naciendo de mujer que sea madre y virgen inmaculada, pura, bendita y santa sobre todas las criaturas; y de esta mi escogida y única16 te hago madre.
188. Los efectos que hicieron estas palabras del Altísimo en el cándido corazón de santa Ana, no los puedo yo fácilmente explicar, siendo ella la primera de los nacidos a quien se le reveló el misterio de su Hija santísima, que sería Madre de Dios y nacería de sus entrañas la elegida para el mayor sacramento del poder divino. Y convenía así que ella lo conociese, porque la había de parir y criar como pedía este misterio y saber estimar el tesoro que poseía. Oyó con humildad profunda la voz del Muy Alto, y con rendido corazón respondió: Señor, Dios eterno, condición es de vuestra bondad inmensa y obra de vuestro brazo poderoso levantar del polvo al que es pobre y despreciado17 . Yo, Señor Altísimo, me reconozco indigna criatura de tales misericordias y beneficios. ¿Qué hará este vil gusanillo en vuestra presencia? Sólo puedo ofreceros en agradecimiento vuestro mismo ser y grandeza y en sacrificio mi alma y mis potencias. Haced de mí, Señor mío, a vuestra voluntad, pues toda me dejó en ella. Yo quisiera ser tan dignamente vuestra como pide este favor; pero, ¿qué haré que no merezco ser esclava de la que ha de ser Madre de vuestro Unigénito e hija mía? Así lo conozco y lo confesaré siempre y de mí que soy pobre; pero a los pies de vuestra grandeza estoy aguardando que uséis conmigo de vuestra misericordia, pues sois Padre piadoso y Dios omnipotente. Hacedme, Señor, cual me queréis, según la dignidad que me dais.
189. Tuvo en esta visión santa Ana un éxtasis maravilloso, en que le fueron concedidas altísimas inteligencias de las leyes de la naturaleza, escrita y evangélica; y conoció cómo la divina naturaleza en el Verbo eterno se había de unir a la nuestra y cómo la humanidad santísima sería levantada al ser de Dios y otros muchos misterios de los que se habían de obrar en la encarnación del Verbo divino; y con estas ilustraciones y otros divinos dones de gracia la dispuso el Altísimo para la concepción y creación del alma de su Hija santísima y Madre de Dios.

CAPITULO 1 – CAPITULO 14

CAPITULO 14
Cómo el Altísimo manifestó a los santos ángeles el tiempo determinado y oportuno de la concepción de María Santísima y los que le señaló para su guarda. 
190. En el tribunal de la voluntad divina, como en principio inevitable y ,causa universal de todo lo criado, se decretan y determinan todas las cosas que han de ser, con sus condiciones y circunstancias, sin haber alguna que se olvide, ni tampoco después de determinada la pueda impedir otra potencia criada. Todos los orbes y los moradores que en ellos se contienen dependen de este inefable gobierno, que a todos acude y concurre con las causas naturales, sin haber faltado ni poder faltar un punto a lo necesario. Todo lo hizo Dios y lo sustenta con solo su querer y en él está el conservar el ser que dio a todas las cosas, o aniquilarlas volviéndolas al no ser de donde las crió. Pero como las crió todas para su gloria y del Verbo humanado, así desde el principio de la creación fue disponiendo los caminos y abriendo las sendas por donde el mismo Verbo bajase a tomar carne humana y vivir con los hombres; y ellos subiesen a Dios, le conozcan, le teman, le busquen, le sirvan y amen, para alabarle eternamente y gozarle.
191. Admirable ha sido su nombre en la universidad de las tierras1 y engrandecido en la plenitud y congregación de los santos, con que ordenó y compuso pueblo aceptable2 de quien el Verbo humanado fuese cabeza. Y cuando estaba todo en la última y conveniente disposición, en que su providencia lo había querido poner, y llegando el tiempo por ella determinado para criar la mujer maravillosa vestida del sol a que apareció en el cielo, la que había de alegrar y enriquecer la tierra, para formarla en ella decretó la santísima Trinidad lo que, en mis cortas razones y concepto de lo que he entendido, manifestaré.
192. Ya queda dicho arriba4 cómo para Dios no hay pretérito ni futuro, porque todo lo tiene presente en su mente divina infinita y lo conoce con un acto simplicísimo; pero, reduciéndolo a nuestros términos y modo limitado de entender, consideramos que Su Majestad miró a los decretos que tenía hechos de criar Madre conveniente y digna para que el Verbo se humanase; porque el cumplimiento de sus decretos es inevitable. Y llegando ya el tiempo oportuno y determinado las tres divinas Personas en sí mismas dijeron: Tiempo es ya que demos principio a la obra de nuestro beneplácito, y criemos aquella pura criatura y alma que ha de hallar gracia en nuestros ojos sobre todas las demás. Dotémosla de ricos dones y depositemos en ella sola los mayores tesoros de nuestra gracia. Y pues todo el resto de las demás que dimos ser nos han salido ingratas y rebeldes a nuestra voluntad, oponiéndose a nuestro intento de que se conservasen en el primero y feliz estado en que criamos a los primeros hombres y ellos le impidieron por su culpa, y no es conveniente que en todo nuestra voluntad quede frustrada, criemos en toda santidad y perfección a esta criatura, en quien no tenga parte el desorden del primer pecado. Criemos un alma de nuestros deseos un fruto de nuestros atributos, un prodigio de nuestro infinito poder, sin que le ofenda ni la toque la mácula del pecado de Adán. Hagamos una obra que sea objeto de nuestra omnipotencia y muestra de la perfección que disponíamos para nuestros hijos y el fin del dictamen que tuvimos en la creación. Y pues han prevarícado todos en la voluntad libre y determinación del primer hombre5 , sea esta sola criatura en quien restauremos y ejecutemos lo que, desviándose de nuestro querer, ellos perdieron. Sea única imagen y similitud de nuestra divinidad y sea en nuestra presencia por todas las eternidades complemento de nuestro beneplácito y ágrado. En ella depositaremos todas las prerrogativas y gracias que en nuestra primer y condicional voluntad destinamos para los ángeles y hombres, si en el primer estado se conservaran. Y si ellos las perdieron, renovémoslas en esta criatura y añadiremos a estos dones otros muchos y no quedará en todo frustrado el decreto que tuvimos, antes mejorado en esta nuestra electa y única6 . Y pues determinamos lo más santo y prevenimos lo mejor para las criaturas, y lo más perfecto y loable y ellas lo perdieron, encaminemos el corriente de nuestra bondad para nuestra amada y saquémosla de la ley ordinaria de la formación de todos los mortales, para que en ella no tenga parte la semilla de la serpiente. Yo quiero descender del cielo a sus entrañas y en ellas vestirme con su misma sustancia de la naturaleza humana.
193. Justo es y debido que la divinidad de bondad infinita se deposite y encubra en materia purísima, limpia y nunca manchada con la culpa. Ni a nuestra equidad y providencia conviene omitir lo más decente, perfecto y santo por lo que es menos, pues a nuestra voluntad no hay resístencía7 . El Verbo, que se ha de humanar, siendo redentor y maestro de los hombres, ha de fundar la ley perfectísima de la gracia y enseñar en ella a obedecer y honrar al padre y a la madre8 como causas segundas de su ser natural. Esta ley se ha de ejecutar primero honrando el Verbo divino a la que ha elegido para Madre suya, honrándola y dignificándola con brazo poderoso y previniéndola con lo más admirable, más santo, más excelente de todas las gracias y dones. Y entre ellos será la honra y beneficio más singular no sujetarla a nuestros enemigos ni a su malicia; y así ha de ser libre de la muerte de la culpa.
194. En la tierra ha de tener el Verbo madre sin padre, como en el cielo padre sin madre. Y para que haya debida proporción y consonancia llamando a Dios padre y a esta mujer madre, queremos que sea tal que se guarde la correspondencia e igualdad posible entre Dios y la criatura, para que en ningún tiempo el dragón pueda gloriarse fue superior a la mujer a quien obedeció Dios como a verdadera madre. Esta dignidad de ser libre de culpa es debida y correspondiente a la que ha de ser Madre del Verbo y para ella por sí misma más estimable y provechosa, pues mayor bien es ser santa que ser madre sola; pero al ser Madre de Dios le conviene toda la santidad y perfección. Y la carne. humana, de quien ha de tomar forma, ha de estar segregada del pecado; y habiendo de redimir en ella a los pecadores, no ha de redimir a su misma carne como a los demás, pues unida ella con la divinidad ha de ser redentora y por esto de antemano ha de ser preservada, pues ya tenemos previstos y aceptados los infinitos merecimientos del Verbo en esa misma carne y naturaleza. Y queremos que por todas las eternidades sea glorificado el Verbo encarnado por su tabernáculo y gloriosa habitación de la humanidad que recibió.
195. Hija ha de ser del primer hombre, pero, en cuanto a la gracia, singular, libre y exenta de su culpa y, en cuanto a lo natural, ha de ser perfectísima y formada con especial providencia. Y porque el Verbo humanado ha de ser maestro de la humildad y santidad y para este fin son medio conveniente los trabajos que ha de padecer, confundiendo la vanidad y falacia engañosa de los mortales, y para sí ha elegido esta herencia por el tesoro más estimable en nuestros ojos queremos que también le toque esta parte a la que ha de ser Madre suya y que sea única y singular en la paciencia, admirable en el sufrir, y que con su Unigénito ofrezca sacrificio de dolor aceptable a nuestra voluntad y de mayor gloria para ella.
196. Este fue el decreto que las tres divinas Personas manifestaron a los santos ángeles, exaltando la gloria y veneración de sus santísimos, altísimos, investigables juicios. Y como su divinidad es espejo voluntario que en la misma visión beatífica manifiesta, cuando es servido, nuevos misterios a los bienaventurados, hizo esta demostración nueva de su grandeza, en que viesen el orden admirable y armonía tan consonante de sus obras. Y todo fue consiguiente a lo que dijimos en los capítulos antecedentes9 que hizo el Altísimo en la creación de los ángeles, cuando les propuso habían de reverenciar y conocer por superior al Verbo humanado y a su Madre santísima; porque llegado ya el tiempo destinado para la formación de esta Reina, convenía no lo ocultase el Señor que todo lo dispone en medida y peso10 . Fuerza es que, con términos humanos y tan limitados como los que yo alcanzo, se oscurezca la inteligencia que me ha dado el Altísimo de tan ocultos misterios, pero con limitación diré lo que pudiere de lo que manifestó el Señor a los ángeles en esta ocasión.
197. Ya es llegado el tiempo –añadió Su Majestad– determinado por nuestra providencia para sacar a luz la criatura más grata y acepta a nuestros ojos la restauradora de la primera culpa del linaje humano, la que al dragón ha de quebrantar la cabeza11, la que señaló aquella singular mujer que por señal grande apareció12 en nuestra presencia y la que vestirá de carne humana al Verbo eterno. Ya se acercó la hora tan dichosa para los mortales, para franquearles los tesoros de nuestra divinidad y hacerles con esto patentes las puertas del cielo. Deténgase ya el rigor de nuestra justicia en los castigos que hasta ahora ha ejecutado con los hombres y conózcase el de nuestra misericordia, enriqueciendo a las criaturas, mereciéndoles el Verbo humanado las riquezas de la gracia y gloria eterna.
198. Tenga ya el linaje humano reparador, maestro, medianero, hermano y amigo, que sea vida para los muertos, salud para los enfermos, consuelo para los tristes, refrigerio para los afligidos, descanso y compañero para los atribulados. Cúmplanse ya las profecías de nuestros siervos y las promesas que les hicimos de enviarles salvador que les redimiese. Y para que todo se ejecute a nuestro beneplácito y demos principio al sacramento escondido desde la constitución del mundo, elegimos para la formación de María nuestra querida el vientre de nuestra sierva Ana, para que en él sea concebida y sea criada su alma dichosísima. Y aunque su generación y formación han de ser por el común orden de la natural propagación, pero con diferente orden de gracia, según la disposición de nuestro inmenso poder.
199. Ya sabéis cómo la antigua serpiente, después de la señal que vio de esta maravillosa mujer, las anda rodeando a todas; y desde la primera que criamos, persigue con astucia y asechanzas a las que conoce más perfectas en su vida y obras, pretendiendo topar entre todas a la que ha de hollar y quebrantar su cabeza. Y cuando atento a esta purísima e inculpable criatura la reconociere tan santa, pondrá todo su esfuerzo en perseguirla según el concepto que de ella hiciere. La soberbia de este dragón será mayor que su fortaleza13 , pero nuestra voluntad es que de esta nuestra ciudad santa y tabernáculo del Verbo humanado tengáis especial cuidado y protección, para guardarla, asistirla y defenderla de nuestros enemigos y para iluminarla, confortarla y consolarla con digno cuidado y reverencia mientras fuere viadora entre los mortales.
200. A esta proposición que hizo el Altísimo a los santos ángeles, todos con humildad profunda, como postrados ante el real trono de la santísima Trinidad, se mostraron rendidos y prontos a su divino mandato. Y cada cual con santa emulación deseaba ser enviado y se ofrecía a tan feliz ministerio y todos hicieron al Altísimo himnos de alabanza y cantar nuevo, porque llegaba ya la hora en que veían el cumplimiento de lo que con ardentísimos deseos habían por muchos siglos suplicado. Conocí en esta ocasión que, desde aquella batalla grande que san Miguel tuvo en el cielo con el dragón y sus aliados y fueron arrojados a las tinieblas sempiternas, quedando los ejércitos de san Miguel victoriosos y confirmados en gracia y gloria, comenzaron luego estos santos espíritus a pedir la ejecución de los misterios de la encarnación del Verbo que allí conocieron; y en estas peticiones repetidas perseveraron hasta la hora que les manifestó Dios el cumplimiento de sus deseos y peticiones.
201. Por esta razón los espíritus celestiales con esta nueva revelación recibieron nuevo júbilo y gloria accidental y dijeron al Señor: Altísimo e incomprensible Señor y Dios nuestro, digno eres de toda reverencia, alabanza y gloria eterna; y nosotros somos tus criaturas criadas por tu divina voluntad. Envíanos, Señor poderosísimo, a la ejecución de tus maravillosas obras y misterios, para que en todos y en todo se cumpla tu justísimo beneplácito. Con estos efectos se reconocían los celestiales príncipes por inferiores y, si posible fuera, deseaban ser más puros y perfectos para ser dignos de guardarla y servirla.
202. Determinó luego el Altísimo y señaló quiénes habían de ocuparse en tan alto ministerio y de los nueve coros eligió de cada uno ciento, que son novecientos. Y luego señaló otros doce para que más de ordinario la asistiesen en forma corporal y visible; y tenían señales o divisas de la redención; y éstos son los doce que refiere el capítulo 21 del Apocalipsis14 que guardaban las puertas de la ciudad, y de ellos hablaré en la declaración de aquel capítulo que pondré adelante15. Fuera de éstos señaló el Señor otros diez y ocho ángeles de los más superiores, para que subiesen y descendiesen por esta escala mística de Jacob con embajadas de la Reina a Su Alteza y del mismo Señor a ella; porque muchas veces los enviaba al eterno Padre para ser gobernada en todas sus acciones por el Espíritu Santo, pues ninguna hizo sin su divino beneplácito y aun en las cosas pequeñas le procuraba saber. Y cuando con especial ilustración no era enseñada, enviaba con estos santos ángeles a representar al Señor su duda y deseo de hacer lo más agradable a su voluntad santísima y saber qué la mandaba, como en el discurso de esta Historia diremos.
203. Sobre todos estos santos ángeles señaló y nombró el Altísimo otros setenta serafines de los más supremos y allegados al trono de la Divinidad, para que confiriesen con la Princesa del cielo y la comunicasen, por el mismo modo que ellos mismos entre sí comunican y hablan y los superiores iluminan a los inferiores. Y este beneficio le fue concedido a la Madre de Dios, aunque era superior en la dignidad y gracia a todos los serafines, porque era viadora y en naturaleza inferior. Y cuando alguna vez se le ausentaba y escondía el Señor, como adelante veremos16 , estos setenta serafines la ilustraban y consolaban y con ellos confería los afectos de su ardentísimo amor y sus ansias por el tesoro escondido. El número de setenta en este beneficio tuvo correspondencia a los años de su vida santísima, que fueron no sesenta, sino setenta, como diré en su lugar17. En este número se encierran aquellos sesenta fuertes que, en el capítulo 3 de los Cantares18, se dice guardaban el tálamo o lecho de Salomón, escogidos de los más valientes de Israel, ejercitados en la guerra, con espadas ceñidas por los temores de la noche.
204. Estos príncipes y capitanes esforzados fueron señalados para guarda de la Reina del cielo entre los más supremos de los órdenes jerárquicos; porque, en aquella antigua batalla que hubo en el cielo entre los espíritus humildes contra el soberbio dragón, fueron como señalados y armados caballeros por el supremo Rey de todo lo criado, para que con la espada de su virtud y palabra divina peleasen y venciesen a Lucifer con todos los apóstatas que le siguieron. Y porque en esta gran pelea y victoria se aventajaron estos supremos serafines en el celo de la honra del Altísimo, como capitanes esforzados y diestros en el amor divino, y estas armas de la gracia les fueron dadas por virtud del Verbo humanado, cuya honra, como de su cabeza y señor, defendieron, y con ella juntamente la de su .Madre santísima, por esto dice que guardaban el tálamo de Salomón y le hacían escolta y que tenían ceñidas sus espadas en aquella parte que significa la humana generación19, y en ella la humanidad de Cristo Señor nuestro concebida en el tálamo virginal de María de su purísima sangre y sustancia.
205. Los otros diez serafines que restan para cumplir el número de setenta, fueron también de los superiores de aquel primer orden que contra la antigua serpiente manifestaron más reverencia de la divinidad y humanidad del Verbo y de su Madre santísima; que para todo esto hubo lugar en aquel breve conflicto de los santos ángeles. Y a los principales caudillos que allí hubo se les dio como por especial honra que lo fuesen también de los que guardaban a su Reina y Señora. Y todos ellos juntos hacen número de mil ángeles, entre serafines y los demás de los órdenes inferiores; con que esta ciudad de Dios quedaba superabundantemente guarnecida contra los ejércitos infernales.
206. Y para disponer mejor este invencible escuadrón fue señalado por su cabeza el príncipe de la milicia celestial san Miguel, que si bien no asistía siempre con la Reina, pero muchas veces la acompañaba y se le manifestaba. Y el Altísimo le destinó para que en algunos misterios, como especial embajador de Cristo Señor nuestro, atendiese a la guarda de su Madre santísima. Fue asimismo señalado el santo príncipe Gabriel, para que del eterno Padre descendiese a las legacías y ministerios que tocasen a la Princesa del cielo. Y esto fue lo que ordenó la santísima Trinidad para su ordinaria defensa y custodia.
207. Todo este nombramiento fue gracia del Altísimo; pero tuve inteligencia que guardó en él algún orden de justicia distributiva, porque su equidad y providencia tuvo atención a las obras y voluntad con que los santos ángeles admitieron los misterios que en el principio les fueron revelados de la encarnación del Verbo y de su Madre santísima; porque en obsequio de la divina voluntad unos se movieron con diferentes afectos e inclinaciones que otros a los sacramentos que se les propusieron. Y no en todos fue una misma la gracia, ni la voluntad y sus afectos; antes unos se inclinaron con especial devoción, conociendo la unión de las dos naturalezas divina y hu mana en la persona del Verbo, encubierta en los términos de un cuerpo humano y levantada a ser cabeza de todo lo criado; otros con este afecto se movían de admiración de que el Unigénito del Padre se hiciese pasible y tuviese tanto amor a los hombres que se ofreciese a morir por ellos; otros se señalaban en la alabanza de que hubiese de criar un alma y cuerpo de tan suprema excelencia, que fuese sobre todos los espíritus celestiales, y de ella tomase carne humana el Criador de todos. Según estos movimientos y en su corres pondencia, y como en premio accidental, fueron señalados los santos ángeles para los misterios de Cristo y de su purísima Madre, como serán premiados los que en esta vida se señalan con alguna virtud, como los doctores y vírgenes, etc., con sus laureolas.
208. Por esta correspondencia, cuando a la Madre de Dios se le manifestaban corporalmente estos santos príncipes, como diré adelante, descubrían unas divisas y veneras que representaban unos de la encarnación, otros de la pasión de Cristo Señor nuestro, otros de la misma Reina y de su grandeza y dignidad; aunque no luego la conoció cuando comenzaron a manifestársele, porque el Altísimo mandó a todos estos santos ángeles que no la declarasen había de ser Madre de su Unigénito hasta el tiempo destinado por su divina sabiduría, pero que siempre tratasen con ella de estos sacramentos y misterios de la encarnación y redención humana, para fervorizarla y moverla a sus peticiones. Tardas son las lenguas humanas y cortos20 mis términos y palabras para manifestar tan alta luz e inteligencias.

CAPITULO 1 – CAPITULO 15

CAPITULO 15
De la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios por la virtud del poder Divino.
209. Prevenidas tenía la divina sabiduría todas las cosas, para sacar en limpio del borrón de toda la naturaleza a la Madre de la gracia. Estaba ya junta y cumplida la congregación y número de los patriarcas antiguos y profetas y levantados los altos montes sobre quien se debía edificar esta ciudad mística de Dios 1. Habíale señalado con el poder de su diestra incomparables tesoros de su divinidad para dotarla y enriquecerla. Teníale mil ángeles aprestados para su guarnición y custodia y que la sirviesen como vasallos fidelísimos a su Reina y Señora. Preparóle un linaje real y nobilísimo de quien descendiese; y escogióle padres santísimos y perfectísimos de quien inmediatamente naciese, sin haber otros más santos en aquel siglo; que si los hubiera, y fueran mejores y más idóneos para padres de la que el mismo Dios elegía por Madre, los escogiera el Todopoderoso.
210. Dispúsolos con abundante gracia y bendiciones de su diestra y los enriqueció con todo género de virtudes y con iluminación de la divina ciencia y dones del Espíritu Santo. Y después de haberles evangelizado a los dos santos Joaquín y Ana que se les daría una hija admirable y bendita entre las mujeres, se ejecutó la obra de la primera concepción, que era la del cuerpo purísimo de María. Tenían los padres de edad, cuando se casaron, santa Ana veinte y cuatro años y Joaquín cuarenta y seis. Pasáronse veinte años después del matrimonio sin tener hijos y así tenía la madre, al tiempo de la concepción de la hija, cuarenta y cuatro años, y el padre sesenta y seis. Y aunque fue por el orden común de las demás concepciones, pero la virtud del Altísimo le quitó lo imperfecto y desordenado y le dejó lo necesario y preciso de la naturaleza, para que se administrase la materia debida de que se había de formar el cuerpo más excelente que hubo ni ha de haber en pura criatura.
211. Puso Dios término a la naturaleza en los padres y la gracia previno que no hubiese culpa ni imperfección, pero virtud y merecimiento y toda medida en el modo; que siendo natural y común, fue gobernado, corregido y perfeccionado con la fuerza de la divina gracia, para que ella hiciese su efecto sin estorbo de la naturaleza. Y en la santísima Ana resplandeció más la virtud de lo alto por la esterilidad natural que tenía; con lo cual de su parte el concurso fue milagroso en el modo y en la sustancia más puro; y sin milagro no podía concebir, porque la concepción que se hace sin él y por sola natural virtud y orden, no ha de tener recurso ni dependencia inmediata de otra causa sobrenatural, más que de sola la de los padres, que así como concurren naturalmente al efecto de la propagación, así también administran la materia y concurso con imperfección y sin medida.
212. Pero en esta concepción, aunque el padre no era naturalmente infecundo, por la edad y templanza estaba ya la naturaleza corregida y casi atenuada; y así fue por la divina virtud animada y reparada y prevenida, de suerte que pudo obrar y obró de su parte con toda perfección y tasa de las potencias y proporcionadamente a la esterilidad de la madre. Y en entrambos concurrieron la naturaleza y la gracia: aquélla cortés, medida, y sólo en lo preciso e inexcusable, y ésta superabundante, poderosa y excesiva, para absorber a la misma naturaleza no confundiéndola, pero realzándola y mejorándola con modo milagroso, de suerte que se conociese cómo la gracia había tomado por su cuenta esta concepción, sirviéndose de la naturaleza lo que bastaba para que esta inefable hija tuviese padres naturales.
213. Y el modo de reparar la esterilidad de la santísima madre Ana, no fue restituyéndole el natural temperamento que le faltaba a la potencia natural para concebir, para que así restituido concibiese como las demás mujeres sin diferencia; pero el Señor concurrió con la potencia estéril con otro modo más milagroso, para que administrase materia natural de que se formase el cuerpo. Y así la potencia y la materia fueron naturales; pero el modo de moverse fue por milagroso concurso de la virtud divina. Y cesando el milagro de esta admirable concepción, se quedó la madre en su antigua esterilidad para no concebir más, por no habérsele quitado ni añadido nueva calidad al temperamento natural. Este milagro me parece se entenderá con el que hizo Cristo Señor nuestro cuando san Pedro anduvo sobre las aguas2 , que para sustentarlo no fue necesario endurecerlas ni convertirlas en cristal o hielo sobre que anduviese naturalmente, y pudieran andar otros sin milagro más del que se hiciera en endurecerlas; pero sin convertirlas en duro hielo, pudo el Señor hacer que sustentasen al cuerpo del Apóstol concurriendo con ellas milagrosamente, de suerte que pasado el milagro se hallaron las aguas líquidas; y aun lo estaban también mientras san Pedro corría por ellas, pues comenzó a zozobrar y a anegarse; y sin alterarlas con nueva calidad se hizo el milagro.
214. Muy semejante a éste, aunque mucho más admirable, fue el milagro de concebir Ana, madre de María santísima; y así estuvieron en esto sus padres gobernados con la gracia, tan abstraídos de la concupiscencia y delectación, que le faltó aquí a la culpa original el accidente imperfecto que de ordinario acompaña a la materia o instrumento con que se comunica. Quedó sólo la materia desnuda de imperfección, siendo la acción meritoria. Y así por esta parte pudo muy bien no resultar el pecado en esta concepción, teniéndolo por otra la divina providencia así determinado. Y este milagro reservó el Altísimo para sola aquella que había de ser su Madre dignamente; porque siendo conveniente que en lo sustancial de su concepción fuese engendrada por el orden que los demás hijos de Adán, fue también convenientísimo y debido que, salvando la naturaleza, concurriese con ella la gracia en toda su virtud y poder; señalándose y obrando en ella sobre todos los hijos de Adán, y sobre el mismo Adán y Eva, que dieron principio a la corrupción de la naturaleza y su desordenada concupiscencia.
215. En esta formación del cuerpo purísimo de María anduvo tan vigilante –a nuestro modo de entender– la sabiduría y poder del Altísimo, que le compuso con gran peso y medida en la cantidad y calidades de los cuatro humores naturales, sanguíneo, melancólico, flemático y colérico; para que con la proporción perfectísima de esta mezcla y compostura ayudase sin impedimento las operaciones del alma tan santa como le había de animar y dar vida. Y este milagroso temperamento fue después como principio y causa en su género para la serenidad y paz que conservaron las potencias de la Reina del cielo toda su vida, sin que alguno de estos humores le hiciese guerra ni contradicción, ni predominase a los otros, antes bien se ayudaban y servían recíprocamente para conservarse en aquella bien ordenada fábrica sin corrupción ni putrefacción; porque jamás la padeció el cuerpo de María santísima ni le faltó ni le sobró cosa alguna, pero todas las calidades y cantidad tuvo siempre ajustadas en proporción, sin más ni menos sequedad o humedad de la necesaria para la conservación, ni más calor de lo que bastaba para la defensa y decocción, ni más frialdad de la que se pedía para refrigerar y ventilarse los demás humores.
216. Y no porque en todo era este cuerpo de tan admirable compostura dejó de sentir la contrariedad de las inclemencias del calor, frío y las demás influencias de los astros, antes bien cuanto era más medido y perfecto tanto le ofendía más cualquier extremo por la parte que tiene menos del otro contrario con que defenderse; aunque en tan atemperada complexión los contrarios hallaban menos que alterar y en que obrar, pero por la delicadeza era lo poco más sensible que en otros cuerpos lo mucho. No era aquel milagroso cuerpo que se formaba en el vientre de santa Ana capaz de dones espirituales antes de tener alma, mas éralo de los dones naturales; y éstos le fueron concedidos por orden y virtud sobrenatural con tales condiciones como convenían para el fin de la gracia singular a que se ordenaba aquella formación sobre todo orden de naturaleza y gracia. Y así le fue dada una complexión y potencias tan excelentes, que no podía llegar a formar otras semejantes toda la naturaleza por sí sola.
217. Y como a nuestros primeros padres Adán y Eva los formó la mano del Señor con aquellas condiciones que convenían para la justicia original y estado de la inocencia, y en este grado salieron aún más mejorados que sus descendientes si los tuvieran –porque las obras del Señor sólo son más perfectas–, a este modo obró su omnipotencia, aunque en más superior y excelente modo, en la formación del cuerpo virginal de María santísima; y tanto con mayor providencia y abundante gracia, cuanto excedía esta criatura no sólo a los primeros padres que habían de pecar luego, pero a todo el resto de las criaturas corporales y espirituales. Y –a nuestro modo de entender -puso Dios más cuidado en sólo componer aquel cuerpecito de su Madre, que en todos los orbes celestiales y cuanto se encierra en ellos. Y con esta regla se han de comenzar a medir los dones y privilegios de esta ciudad de Dios, desde las primeras zanjas y fundamentos sobre que se levantó su grandeza hasta llegar a ser inmediata y la más vecina a la infinidad del Altísimo.
218. Tan lejos como esto se halló el pecado, y el fomes de que resulta, en esta milagrosa concepción; pues no sólo no le hubo en la autora de la gracia, siempre señalada y tratada como con esta dignidad, pero aun en sus padres para concebirla estuvo enfrenado y atado, para que no se desmandase y perturbase a la naturaleza, que en aquella obra se reconocía inferior a la gracia y sólo servía de instrumento al supremo Artífice, que es superior a las leyes de naturaleza y gracia. Y desde aquel punto comenzaba ya a destruir al pecado y a minar y batir el castillo del fuerte armado3 , para derribarle y despojarle de lo que tiránicamente poseía.
219. El día en que sucedió la primera concepción del cuerpo de María santísima fue domingo, correspondiente al de la creación de los ángeles, cuya Reina había de ser y señora superior a todos. Y aunque para la formación y aumento de los demás cuerpos son necesarios, por orden natural y común, muchos días para que se organicen y reciban la última disposición para infundirse en ellos el alma racional, y dicen que para los varones se requieren cuarenta y para las mujeres ochenta, poco más o menos, conforme al calor natural y disposición de las madres; pero en la formación corporal de María santísima la virtud divina aceleró el tiempo natural y lo que en ochenta días –o los que naturalmente eran necesarios– se había de obrar, se hizo más perfectamente en siete; en los cuales fue organizado y preparado aquel milagroso cuerpo en el aumento y cantidad debida, en él vientre de santa Ana, para recibir el alma santísima de su hija, Señora y Reina nuestra.
220. Y el sábado siguiente y próximo a esta primera concepción se hizo la segunda, criando el Altísimo el alma de su Madre e infundiéndola en su cuerpo; con que entró en el mundo la pura criatura más santa, perfecta y agradable a sus ojos de cuantas ha criado y criará hasta el fin del mundo ni por sus eternidades. En la correspondencia que tuvo esta obra con la que hizo Dios criando todo el resto del mundo en siete días, como lo refiere el Génesis4 , tuvo el Señor misteriosa atención, pues aquí sin duda descansó con la verdad de aquella figura, habiendo criado la suprema criatura de todas, dando con ella principio a la obra de la encarnación del Verbo divino y a la redención del linaje humano. Y así fue para Dios este día como festivo y de pascua, y también para todas las criaturas.
221. Por este misterio de la concepción de María santísima ha ordenado el Espíritu Santo que el día del sábado fuese consagrado a la Virgen en la santa Iglesia, como día en que se le hizo para ella el mayor beneficio, criando su alma santísima y uniéndola con su cuerpo, sin que resultase el pecado original ni efecto suyo. Y el día de su Concepción, que celebra hoy la Iglesia, fue, no el día de la primera de solo el cuerpo, sino el día de la segunda concepción o infusión del alma, con la cual estuvo nueve meses ajustados en el vientre de santa Ana, que son los que hay desde la Concepción hasta la Natividad de esta Reina. Y los siete días antecedentes a la animación estuvo solo el cuerpo, disponiéndose y organizándose por la virtud divina, para que correspondiese esta creación a la que cuenta Moisés de todas las criaturas que compusieron y formaron el mundo en su principio. Y al instante de la creación e infusión del alma de María santísima, fue cuando la beatísima Trinidad dijo aquellas palabras con mayor afecto de amor que cuando las refiere Moisés 5: Hagamos a María a nuestra imagen y semejanza, a nuestra verdadera Hija y Esposa para Madre del Unigénito de la sustancia del Padre.
222. Con la fuerza de esta divina palabra y del amor con que procedió de la boca del Omnipotente, fue criada e infundida en el cuerpo de María santísima su alma dichosísima, llenándola al mismo instante de gracia y dones sobre los más altos serafines del cielo, sin haber instante en que se hallase desnuda ni privada de la luz, amistad y amor de su Criador, ni pudiese tocarle la mancha y oscuridad del pecado original, antes en perfectísima y suprema justicia a la que tuvieron Adán y Eva en su creación. Fuele también concedido el uso de la razón perfectísimo y correspondiente a los dones de la gracia que recibía, no para estar sólo un instante ociosos, mas para obrar admirables efectos de sumo agrado para su Hacedor. En la inteligencia y luz de este gran misterio me confieso absorta y que mi corazón, por mi insuficiencia para explicarle, se convierte en afectos de admiración y alabanza, porque mi lengua enmudece. Miro la verdadera arca del testamento, fabricada y enriquecida y colocada en el templo de una madre estéril con más gloria que la figurativa en casa de Obededón6 y de David y en el templo de Salomón7 ; veo formado el altar en el Sancta Sanctorum8 , donde se ha de ofrecer el primer sacrificio que ha de vencer y aplacar a Dios; y veo salir de su orden a la naturaleza para ser ordenada y que se establecen nuevas leyes contra el pecado, no guardando las comunes, ni de la culpa, ni de la naturaleza, ni de la misma gracia, y que se comienzan a formar otra nueva tierra y cielos nuevos9 , siendo el primero el vientre de una humildísima mujer, a quien atiende la santísima Trinidad y asisten innumerables cortesanos del antiguo cielo y se destinan mil ángeles para hacer custodia del tesoro de un cuerpecito animado de la cantidad de una abejita.
223. Y en esta nueva creación se oyó resonar con mayor fuerza aquella voz de su Hacedor que, de la obra de su omnipotencia agradado, dice que es muy buena10 . Llegue con humildad piadosa la flaqueza humana a esta maravilla y confiese la grandeza del Criador y agradezca el nuevo beneficio concedido a todo el linaje humano en su Reparadora. Y cesen ya los indiscretos celos y porfías, vencidas con la fuerza de la luz divina; porque si la bondad infinita de Dios –como se me ha mostrado– en la concepción de su Madre santísima miró al pecado original como airado y enojado con él, gloriándose de tener justa causa y ocasión oportuna para arrojarlo y atajar su corriente ¿cómo a la ignorancia humana le puede parecer bien lo que a Dios fue tan aborrecible?
224. Al tiempo de infundirse el alma en el cuerpo de esta divina Señora, quiso el Altísimo que su madre santa Ana sintiese y reconociese la presencia de la divinidad por modo altísimo, con que fue llena del Espíritu Santo y movida interiormente con tanto júbilo y devoción sobre sus fuerzas ordinarias, que fue arrebatada en un éxtasis soberano, donde fue ilustrada con altísimas inteligencias de muy escondidos misterios y alabó al Señor con nuevos cánticos de alegría. Y estos efectos le duraron todo el tiempo restante de su vida, pero fueron mayores en los nueve meses que tuvo en su vientre el tesoro del cielo, porque en este tiempo se le renovaron y repitieron estos beneficios más continuamente, con inteligencia de las Escrituras divinas y de sus profundos sacramentos. ¡Oh dichosísima mujer, llámente bienaventurada y alábente todas las naciones y generaciones del orbe!

CAPITULO 1 – CAPITULO 16

CAPITULO 16 
De los hábitos de las virtudes con que dotó el Altísimo el alma de María Santísima y las primeras operaciones que con ellas tuvo en el vientre de santa Ana; y comienza Su Majestad misma a darme la doctrina para su imitación.
225. El impetuoso corriente de su divinidad encaminó Dios a letificar esta mística ciudad1 del alma santísima de María, tomando su corrida desde la fuente de su infinita sabiduría y bondad, con que y donde había determinado el Altísimo depositar en esta divina Señora los mayores tesoros de gracias y virtudes que jamás se vieron y eternamente no se darán a otra alguna criatura. Y cuando llegó la hora de dárselos en posesión, que fue al mismo instante que tuvo el ser natural, cumplió el Omnipotente a su satisfacción y gusto el deseo que desde su eternidad tenía como suspendido hasta que llegase el tiempo oportuno de desempeñarse de su mismo afecto. Hízolo este fidelísimo Señor, derramando todas las gracias y dones en aquella alma santísima de María en el instante de su concepción en tan eminente grado, cual ninguno de los santos ni todos juntos pudieron alcanzar, ni con la lengua humana se puede manifestar.
226. Pero aunque fue adornada entonces, como esposa que descendía del cielo2 , con todo género de hábitos infusos, no fue necesario que luego los ejercitase todos, mas de sólo aquellos que podía y convenían al estado que tenía en el vientre de su Madre. En primer lugar fueron las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que tienen por objeto a Dios. Estas ejercitó luego, conociendo la divinidad por altísimo modo de la fe, con todas las perfecciones y atributos infinitos que tiene, con la Trinidad y distinción de las personas; y no impidió este conocimiento a otro que se le dio del mismo Dios, como luego diré3 . Ejercitó también la virtud de la esperanza, que mira a Dios como objeto de la bienaventuranza y último fin, adonde luego se levantó y encaminó aquella alma santísima por intensísimos deseos de unirse con él, sin haberse convertido a otro, ni estar sólo un instante sin este movimiento. La tercera, virtud de la caridad, que mira a Dios como infinito y sumo bien, ejercitó en el mismo instante con tal intensión y aprecio de la divinidad, que no podrán llegar todos los serafines a tan eminente grado en su mayor fuerza y virtud.
227. Las otras virtudes, que adornan y perfeccionan la parte racional de la criatura, tuvo en él grado correspondiente a las teologales; y las virtudes morales y naturales en grado milagroso y sobrenatural; y mucho más altamente tuvieron este grado en el orden de la gracia los dones del Espíritu Santo y frutos. Tuvo ciencia infusa y hábitos de todas ellas y de las artes naturales, con que conoció y supo todo lo natural y sobrenatural que convino a la grandeza de Dios; de suerte que, desde el primer instante en el vientre de su Madre, fue más sabia, más prudente, más ilustrada y capaz de Dios y de todas sus obras, que todas las criaturas, fuera de su Hijo santísimo, han sido ni serán eternamente. Y esta perfección consistió no sólo en los hábitos que le fueron infusos en tan alto grado, pero en los actos que les correspondían según su condición y excelencia y según en aquel instante los pudo ejercer con el poder divino; que para esto ni tuvo límite, ni se sujetó a otra ley más de a su divino y justísimo beneplácito.
228. Y porque de todas estas virtudes y gracias y de sus operaciones, se dirá mucho en el discurso de esta Historia de la vida santísima de María, sólo expresaré aquí algo de lo que obró en el instante de su concepción, con los hábitos que se le infundieron y luz actual que con ellos recibió. Con los actos de las virtudes teologales, como he dicho, y la virtud de la religión y las demás cardinales que a éstas siguen, conoció a Dios como en sí es y como a Criador y Glorificador; y con heroicos actos le reverenció, alabó y dio gracias porque la había criado, y le amó, temió y adoró, y le hizo sacrificio de magnificencia, alabanza y gloria por su ser inmutable. Conoció los dones que recibía, aunque con profunda humildad y postraciones corporales que luego hizo en el vientre de su Madre y con aquel cuerpecito tan pequeño. Y con estos actos mereció más en aquel estado que todos los santos en el supremo de su perfección y santidad.
229. Sobre los actos de la fe infusa tuvo otra noticia y conocimiento del misterio de la divinidad y santísima Trinidad. Y aunque no la vio intuitivamente en aquel instante de su concepción como bienaventurada, pero viola abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al entendimiento criado; porque le fueron dadas unas especies de la divinidad tan claras y manifiestas, que en ellas conoció el ser inmutable de Dios y en él a todas las criaturas, con mayor luz y evidencia que ninguna otra criatura se conoce por otra. Y fueron estas especies como un espejo clarísimo en que resplandecía toda la divinidad y en ella las criaturas; y así las vio y conoció todas en Dios con esta luz y especies de la divina naturaleza, con mayor distinción y claridad que por otras especies y ciencia infusa las conocía en sí mismas.
230. Y por todos estos modos le fueron luego patentes, desde el instante de su concepción, todos los hombres y los ángeles con sus órdenes, dignidad y operaciones y todas las criaturas irracionales con sus naturalezas y condiciones. Y conoció la creación, estado y ruina de los ángeles; la justificación y gloria de los buenos y la caída y castigo de los malos; el estado primero de Adán y Eva con su inocencia; el engaño y la culpa y la miseria en que por ella quedaron los primeros padres, y por ellos todo el linaje humano; la determinación de la divina voluntad para su reparo, y cómo se iba ya acercando y disponiendo el orden y naturaleza de los cielos, astros y planetas, la condición y disposición de los elementos; el purgatorio, limbo e infierno; y cómo todas estas cosas, y las que dentro de sí encierran, habían sido criadas por el poder divino y por él mismo eran mantenidas y conservadas sólo por su bondad infinita, sin tener de ellas alguna necesidad4 Y sobre todo entendió muy altos sacramentos sobre el misterio que Dios había de obrar haciéndose hombre para redimir a todo el linaje humano, habiendo dejado a los malos ángeles sin este remedio.
231. Por todas estas maravillas que fue conociendo por su orden aquella alma santísima de María, en el instante que fue unida con su cuerpo, fue también obrando heroicos actos de las virtudes con incomparable admiración, alabanza, gloria, adoración, humillación, amor de Dios y dolor de los pecados cometidos contra aquel sumo bien que reconocía por autor y fin de tantas obras admirables. Ofrecióse luego en sacrificio aceptable para el Altísimo, comenzando desde aquel punto con fervoroso afecto a bendecirle, amarle y reverenciarle por lo que conocía le habían faltado de amar y reconocer así los malos ángeles como los hombres. Y a los ángeles santos, la que ya era Reina suya, les pidió la ayudasen a glorificar al Criador y Señor de todos y pidiesen también por ella.
232. Manifestóle también el Señor en aquel instante a los ángeles de guarda que la daba; y los vio y conoció y les hizo benevolencia y obsequio, y los convidó a que alternativamente con cánticos de loor alabasen al Muy Alto. Y les previno de que había de ser este oficio el que habían de ejercitar con ella todo el tiempo de la vida mortal, que la habían de asistir y guardar. Conoció asimismo toda su genealogía y todo lo restante del pueblo santo y escogido de Dios, los patriarcas y profetas y cuán admirable había sido Su Majestad en los dones, gracias y favores que con ellos había obrado. Y es digno de toda admiración que, siendo aquel cuerpecito, en el primer instante que recibió el alma santísima, tan pequeño que apenas se pudieran percibir sus potencias exteriores, con todo eso, para que no le faltase alguna milagrosa excelencia de las que podían engrandecer a la escogida para Madre de Dios, ordenó su poder y diestra divina que con el conocimiento y dolor de la caída del hombre llorase y derramase lágrimas en el vientre de su madre, conociendo la gravedad del pecado contra el sumo bien.
223. Con este milagroso afecto pidió luego, en el instante de su ser, por el remedio de los hombres y comenzó el oficio de medianera, abogada y reparadora; y presentó a Dios los clamores de los santos padres y de los justos de la tierra, para que su misericordia no dilatase la salud de los mortales, a quienes miraba ya como hermanos. Y antes de conversar con ellos los amaba con ardentísima caridad y tan presto como tuvo el ser natural tuvo el ser su bienhechora, con el amor divino y fraternal que ardía en su abrasado corazón. Estas peticiones aceptó el Altísimo con más agrado que todas las oraciones de los santos y ángeles, y le fue manifestado a la que era criada para Madre del mismo Dios, aunque ignorando ella el fin; pero conoció el amor del mismo Señor y el deseo de bajar del cielo a redimir los hombres. Y era justo que se diese por más obligado, para acelerar esta venida, de los ruegos y peticiones de aquella criatura por quien principalmente venía, y en quien había de recibir carne de sus mismas entrañas y obrar en ella la más admirable de todas sus obras y el fin de todas juntas.
234. Pidió también en el mismo instante de su concepción por sus padres naturales, Joaquín y Ana, que antes de verlos con el cuerpo los vio y conoció en Dios y luego ejercitó en ellos la virtud del amor, reverencia y agradecimiento de hija, reconociéndolos por causa segunda de su ser natural. Hizo también otras muchas peticiones en general y en particular por diferentes causas. Y con la ciencia infusa que tenía compuso luego cánticos de alabanza en su mente y corazón, por haber hallado a la puerta de la vida la dracma preciosa5 que perdimos todos en nuestro primer principio. Halló a la gracia que le salió al encuentro6 y a la divinidad que la esperaba en los umbrales de la naturaleza7 . Y sus potencias toparon en el instante de su ser al nobilísimo objeto que las movió y estrenó, porque se criaban sólo para él; y habiendo de ser suyas en todo y por todo, se le debían las primicias de sus operaciones, que fueron el conocimiento y amor divino, sin que hubiese en esta Señora ser sin conocer a Dios, ni conocimiento sin amor, ni amor sin merecimiento. Ni en esto hubo cosa pequeña, ni medida con las leyes comunes y reglas generales. Grande fue todo y grande salió de la mano del Altísimo para caminar, crecer y llegar hasta ser tan grande que solo Dios fuese mayor. ¡Oh qué hermosos pasos8 fueron los tuyos, Hija del príncipe, pues con el primero llegaste a la divinidad! ¡Hermosa eres dos veces9 , porque tu gracia y hermosura es sobre toda hermosura y gracia! ¡Divinos son tus ojos10 y tus pensamientos son como la púrpura del Rey, pues llevaste su corazón y herido11 de estos cabellos le enlazaste y le trajiste preso de tu amor al gremio de tu virginal vientre y corazón!
235. Aquí fue donde verdaderamente dormía la esposa del Rey y su corazón velaba12. Dormían aquellos corporales sentidos, que apenas tenían su forma natural, ni habían visto la luz material del sol; y aquel divino corazón, más incomprensible por la grandeza de sus dones que por la pequeñez de su ser natural, velaba en el tálamo de su madre con la luz de la divinidad que le bañaba y encendía en el fuego de su inmenso amor. No era conveniente que en esta divina criatura obrasen primero las potencias inferiores que las superiores del alma, ni que éstas tuviesen operación inferior ni igual a otra criatura; porque, si el obrar corresponde al ser de cada cosa, la que siempre era superior a todas en la dignidad y excelencia, también había de obrar con proporcionada superioridad a toda criatura angélica y humana. Y no sólo no le había de faltar la excelencia de los espíritus angélicos, que luegon usaron de sus potencias en el punto de su creación, pero esta misma grandeza y prerrogativa se le debía a la que era criada para su Reina y Señora. Y tanto con mayores ventajas, cuanto excede el nombre y oficio de Madre de Dios al de siervos suyos y el de reina al de vasallos, porque a ninguno de los ángeles les dijo el Verbo ‘tú eres mi madre’, ni alguno de ellos pudo decirle a él mismo ‘tú eres mi hijo’ 13 ; sólo entre María y el eterno Verbo hubo este comercio y mutua correspondencia, y por ella se ha de medir e investigar la grandeza de María, como el Apóstol de la de Cristo.
236. En escribir estos sacramentos del Rey14 , cuando ya es honorífico revelar sus obras, confieso mi rudeza y limitación de mujer; y me aflijo porque hablo con términos comunes y vacíos que no llegan a lo que entiendo en la luz que mi alma tiene de estos misterios. Necesarias fueran, para no agraviar tanta grandeza, otras palabras, razones y términos particulares y propios, pero no los alcanza mi ignorancia; y cuando los hubiera, también sobrepujaran y oprimieran a la humana flaqueza. Reconózcase, pues, inferior y desigual para fijar su vista en este sol divino que con rayos de divinidad sale al mundo, aunque encubierto de la nube del vientre materno de santa Ana. Y si queremos todos que nos den licencia para acercarnos a la vista de esta maravillosa visión, lleguemos libres y desnudos: unos de la natural cobardía, otros del temor y encogimiento, aunque sea con pretexto de humildad; pero todos con suma devoción y piedad, lejos del espíritu de contención15 , y nos será permitido ver de cerca, en medio de la zarza, el fuego de la divinidad sin consumirla16 .
237. He dicho que el alma santísima de María, en el primer instante de su purísima concepción, vio abstractivamente la divina esencia, porque no se me ha dado luz de que viese la gloria esencial; antes entiendo que este privilegio fue singular de la santísima alma de Cristo, como debido y consiguiente a la unión sustancial de la divinidad en la persona del Verbo, para que ni por sólo un instante dejase de estar con ella unida por las potencias del alma por suma gracia y gloria. Y como aquel hombre, Cristo nuestro bien, comenzó a ser juntamente hombre y Dios, así comenzó a conocer a Dios y amarle como comprensor; pero el alma de su Madre santísima no estaba unida sustancialmente a la divinidad y así no comenzó a obrar como comprensora, porque entraba en la vida a ser viadora. Mas en este orden, como quien era la más inmediata a la unión hipostática, tuvo también otra visión proporcionada y la más inmediata a la visión beatífica, pero inferior a ella, aunque superior a todas cuantas visiones y revelaciones han tenido las criaturas de la divinidad fuera de su clara visión y fruición. Pero en algún modo y condiciones excedió la visión de la divinidad que tuvo en el primer instante la Madre de Cristo a la visión clara de otros, en cuanto conoció ella más misterios abstractivamente que otros con visión intuitiva. Y el no haber visto la divinidad cara a cara en aquel punto de la concepción, no impide que después la viese muchas veces por el discurso de su vida, como adelante diré.
Doctrina que me dio la Reina del cielo sobre este capítulo.
238. En el discurso de lo que dejo escrito17 he dicho algunas veces cómo la Reina y Madre de misericordia me había prometido que, en llegando a escribir las primeras operaciones de sus potencias y virtudes, me daría instrucción y doctrina para componer mi vida en el espejo purísimo de la suya, porque éste era el principal intento de esta enseñanza. Y como esta gran Señora es fidelísima en sus palabras, asistiéndome siempre con su presencia divina al tiempo de declararme estos misterios, ha comenzado a desempeñarla en este capítulo y prevenir para hacerlo en lo restante que fuere escribiendo. Y así guardaré este orden y estilo, que al fin escribiré lo que me enseñare Su Alteza, como lo ha hecho ahora, hablándome en esta forma:
239. Hija mía, de escribir los misterios y sacramentos de mi santísima vida, quiero que para ti misma cojas el fruto que deseas y que el premio de lo que trabajares sea la mayor pureza y perfección de tu vida, si con la gracia del Altísimo te dispones para imitarme, obrando lo que oyeres. Esta es la voluntad de mi Hijo santísimo, que extiendas tus fuerzas a lo que yo te enseñare, atendiendo con todo el aprecio de tu corazón a mis virtudes y obras. Oyeme con atención y fe, que yo te hablaré palabras de vida eterna y te enseñaré lo más santo y perfecto de la vida cristiana y lo más aceptable a los ojos de Dios; con que desde luego te comenzarás a disponer mejor para recibir la luz en que te son patentes los ocultos misterios de mi vida santísima y la doctrina que deseas. Prosigue este ejercicio y escribirás lo que para esto te enseñare. Y ahora advierte.
240. Acto es de justicia debido a Dios eterno, que la criatura, cuando recibe el uso de la razón, encamine su primer movimiento al mismo Dios, conociéndole para amarle, reverenciarle y adorarle como a su Criador y Señor único y verdadero. Y los padres por natural obligación deben instruir a sus hijos desde niños en este conocimiento, enderezándolos con cuidado, para que luego busquen su último fin y le topen con los primeros actos de la razón y voluntad. Y debían con grande desvelo retirarlos de las parvuleces y burlas pueriles a que la misma naturaleza depravada se inclina, si la dejan sin otro maestro. Y si los padres y madres se anticipasen a prevenir estos engaños y torcidas costumbres de sus hijos y desde su niñez los fuesen informando, dándoles temprano noticia de su Dios y Criador, después se hallarían más hábiles para comenzar luego a conocerle y adorarle. Mi santa madre, que ignoraba mi sabiduría y estado, hizo esto conmigo tan puntual y anticipada, que llevándome en su vientre adoraba en mi nombre al Criador, dándole por mí la suma reverencia y gracias debidas por haberme criado y le suplicaba me guardase, defendiese y sacase libre del estado que entonces tenía. Deben asimismo los padres pedir a Dios con fervor que ordene con su providencia cómo aquellas almas de los niños alcancen a recibir el bautismo y sean libres de la servidumbre del pecado original.
241. Y si la criatura racional no hubiere reconocido y adorado al Criador con el primer uso de la razón, debe hacerlo en el punto que llegue a su noticia aquel ser y único bien, antes no conocido, por la fe. Y desde este conocimiento debe trabajar el alma para nunca perderle de vista y siempre temerle, amarle y reverenciarle. Tú, hija mía, has debido a Dios esta adoración por el discurso de tu vida, mas ahora quiero que la ejecutes y mejores, como yo te lo enseñare. Pon la vista interior de tu alma en el ser de Dios sin principio ni término y mírale infinito en atributos y perfecciones y que sólo él es la verdadera santidad, el sumo bien, el Objeto nobilísimo de la criatura, el que dio ser a todo lo criado y sin tener de ello necesidad lo sustenta y gobierna. Es la consumada hermosura sin mácula ni defecto alguno, el que en amor es eterno, en palabras verdadero y en las promesas fidelísimo, y el que dio su misma vida y se entregó a los tormentos por el bien de sus criaturas sin habérselo alguna merecido. En este inmenso campo de bondad y beneficios extiende tu vista y ocupa tus potencias, sin olvidarle ni desviarle de ti, porque, habiendo conocido tanto al sumo bien, es fea grosería y deslealtad olvidarle con aborrecible ingratitud, como lo sería la tuya si, habiendo recibido superior luz divina sobre la común y ordinaria de la fe infusa, se descaminase tu entendimiento y voluntad de la carrera del amor divino. Y si alguna vez con flaqueza lo hicieres, vuelve luego a buscarla con toda presteza y diligencia, y humillada adora al Altísimo, dándole honor, magnificencia y alabanza eterna. Y advierte que el hacer esto incesantemente por ti y por todas las demás criaturas, lo has de tener por oficio propio tuyo, en que quiero vivas cuidadosa.
242. Y para ejercitarte con más fuerza, confiere en tu corazón lo que conoces que yo hice y cómo aquella primera vista del sumo bien dejó herido mi corazón de amor, con que me entregué toda a él para jamás perderle. Y con todo esto vivía siempre solícita y no sosegaba, caminando hasta llegar al centro de mis deseos y afectos; porque, siendo infinito el objeto, tampoco el amor ha de tener fin ni descansar hasta poseerle. Tras el conocimiento de Dios y su amor, se ha de seguir el conocerte a ti misma, pensando y confiriendo tu poquedad y vileza. Y advierte que estas verdades bien entendidas, repetidas y ponderadas hacen divinos efectos en las almas.–Oídas estas razones y otras de la Reina, dije a Su Majestad:
243. Señora mía, cuya soy esclava y a quien de nuevo para serlo me dedico y me consagro, no sin causa mi corazón por vuestra maternal dignación solícito deseaba este día, para conocer la inefable alteza de vuestras virtudes en el espejo de vuestras divinas operaciones y oír la dulzura de vuestras saludables palabras. Confieso, Reina mía, de todo mi corazón, que no tengo obra buena a quien corresponda este beneficio por premio; y ésta de escribir vuestra Vida santísima juzgara por atrevimiento tan desigual, que si en ello no obedeciera a vuestra voluntad y de vuestro Hijo santísimo, no mereciera perdón. Recibid, Señora mía, este sacrificio de alabanza, y hablad que vuestra sierva oye18 . Suene, dulcísima Señora mía, vuestra suavísima voz en mis oídos19 , pues tenéis palabras de vida20 . Continuad, Dueña mía, vuestra doctrina y luz para que se dilate mi corazón en este mar inmenso de vuestras perfecciones y tenga digna materia de alabar al Todopoderoso. En mi pecho arde el fuego que vuestra piedad ha encendido, para desear lo más santo, más puro y más acepto de la virtud a vuestros ojos; pero en la parte inferior siento la ley repugnante de mis miembros al espíritu21 que me retarda y embaraza y temo justamente no me impida el bien que vos, piadosa Madre, me ofrecéis. Miradme, pues, Señora mía, como a hija, enseñadme como a discípula, corregidme como a sierva y compeledme como a esclava, cuando yo tardare o resistiere; que no deseo hacerlo de voluntad, pero reincidiré de flaqueza. Yo levantaré la vista a conocer el ser de Dios y con su divina gracia gobernaré mis afectos, para que se enamoren de sus infinitas perfecciones, y si le tengo no le dejaré22 . Pero vos, Señora y Madre del conocimiento y del amor hermoso23 , pedid a vuestro Hijo y mi Señor no me desampare, por lo que se mostró liberalísimo en favorecer vuestra humildad24 , Reina y Señora de todo lo criado.

CAPITULO 1 – CAPITULO 17

CAPITULO 17 
Prosiguiendo el misterio de la concepción de María Santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo. 
244. Encierra tantos y tan ocultos sacramentos el beneficio de ser María santísima concebida en gracia, que, para hacerme más capaz de este maravilloso misterio, me declaró Su Majestad muchos de los que encierra el evangelista san Juan en el capítulo 21 del Apocalipsis, remitiéndome a la inteligencia que de ellos se me daba. Y para explicar algo de lo que se me ha manifestado, dividiré la explicación de aquel capítulo en tres partes, por excusar algo de la molestia que podría causar si tan largo capítulo se tomase junto. Y primero diré la letra según su tenor, que es como sigue:
245. Y vi un cielo nuevo y nueva tierra, porque se fue el cielo primero y la primera tierra y el mar ya no tiene ser. Y yo Juan vi la ciudad santa Jerusalén nueva, que bajaba de Dios desde el cielo, preparada como esposa adornada para su esposo. Y oí una gran voz del trono que decía: Mirad al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará en ellos. Y ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos y será su Dios; y enjugará Dios toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, ni llanto, ni clamor, ni restará ya dolor porque las primeras ya se fueron. Y el que estaba asentado en el trono dijo: Advierte que todas las cosas hago nuevas. Y díjome: Escribe, porque estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y díjome: Ya está hecho; yo soy Alfa y Omega, principio y fin. Yo daré de gracia al sediento de la fuente de la vida. El que venciere poseerá estas cosas y seré para él Dios y él para mí será hijo, pero a los tímidos, incrédulos, malditos, homicidas, fornicarios, hechiceros, idólatras y a todos los mentirosos, su parte les será en el estanque ardiente con fuego y con azufre, que es la segunda muerte1 .
246. Esta es la primera de las tres partes de la letra que explicaré en este capítulo, dividiéndola por sus versos. Y vi, dice el evangelista, un cielo nuevo y nueva tierra. Con haber salido María santísima de las manos del omnipotente Dios y puesta ya en el mundo la materia inmediata de que se había de formar la humanidad santísima del Verbo, que había de morir por el hombre, dice el evangelista que vio un cielo nuevo y nueva tierra. No sin gran propiedad se pudo llamar cielo nuevo aquella naturaleza y el vientre virgíneo, donde y de donde se formó; pues en este cielo comenzó a habitar Dios por nuevo modo2 , diferente del que hasta entonces había tenido en el cielo antiguo y en todas las criaturas. Pero también se llamó cielo nuevo el de los santos, después del misterio de la encarnación, porque de aquí nació la novedad, que antes no había en él, de ocuparle los hombres mortales, y la renovación que hizo en el cielo la gloria de la humanidad santísima de Cristo y también de su Madre purísima; que fue tanta, después de la gloria esencial, que bastó para renovar los cielos y darles nueva hermosura y resplandor. Y aunque estaban allá los buenos ángeles, pero esto era ya como cosa antigua y vieja; y así vino a ser cosa muy nueva que el Unigénito del Padre con su muerte restituyese a los hombres el derecho de la gloria, perdido por el pecado, y mereciéndosela de nuevo los introdujese en el cielo, de donde estaban ya despedidos e imposibilitados de adquirirle por sí mismos. Y porque toda esta novedad para el cielo tuvo principio en María santísima, cuando la vio el evangelista concebida sin el pecado que lo impedía todo, dijo que había visto un nuevo cielo.
247. Vio también una nueva tierra. Porque la tierra antigua de Adán era maldita, manchada y rea de la culpa y condenación eterna; pero la tierra santa y bendita de María fue nueva tierra sin culpa ni maldición de Adán; y tan nueva, que desde aquella primera formación no se había visto ni conocido en el mundo otra tierra nueva hasta María santísima; y fue tan nueva y libre de la maldición de la tierra antigua y vieja, que en esta bendita tierra se renovó toda la demás restante de los hijos de Adán, pues por la tierra de María bendita, y con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán, que hasta entonces había estado maldita y envejecida en su maldición, pero toda se renovó por María santísima y su inocencia; y como en ella se dio principio a esta renovación de la humana y terrena naturaleza, dijo san Juan que en María concebida sin pecado vio un cielo nuevo, una tierra nueva. Y prosigue:
248. Porque se fue el cielo primero y la primera tierra. Consiguiente era que viniendo al mundo y apareciéndose en él la nueva tierra y nuevo cielo de María santísima y su Hijo, hombre y Dios verdadero, desapareciese el antiguo cielo y la tierra envejecida de la humana y terrena naturaleza con él pecado. Hubo nuevo cielo para la divinidad en la naturaleza humana, que, preservada y libre de culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática en la persona del Verbo. Y dejó ya de ser el cielo primero, que Dios había criado en Adán y se manchó e inhabilitó para que Dios viviese en él. Este se fue y vino otro cielo nuevo en la venida de María santísima. Hubo juntamente nuevo cielo de la gloria para la naturaleza humana, no porque se moviese ni desapareciese el empíreo, sino porque faltó en él el estar sin hombres, como lo había estado por tantos siglos; y en cuanto a esto, dejó de ser el primer cielo y fue nuevo por los merecimientos de Cristo nuestro Señor, que ya comenzaban a resplandecer en la aurora de la gracia, María santísima su Madre; y así se fue el primer cielo y la primera tierra, que hasta entonces había estado sin remedio.
Y el mar dejó de ser, porque el mar de abominaciones y pecados, que tenía inundado él mundo y anegada la tierra de nuestra naturaleza, dejó ya de ser con la venida de María santísima y de Cristo, pues el mar de su sangre superabundó y sobrepujó al de los pecados en la suficiencia, en cuya comparación y valor es cierto que ninguna culpa tiene ser. Y si los mortales quisieran aprovecharse de aquel mar infinito de la divina misericordia y mérito de Jesucristo nuestro Señor, dejaran de ser ¡todos los pecados del mundo, que todos vino a deshacerlos y desviarlos el Cordero de Dios.
249, Y yo, Juan, vi la ciudad santa de Jerusalén nueva, que descendía de Dios desde el cielo, preparada como la esposa adornada para su varón. Porque todos estos sacramentos comenzaban de María santísima y se fundaban en ella, dice el evangelista que la vio en forma de la ciudad santa de Jerusalén, etc., que de la Reina habló con esta metáfora. Y fuere dado que la viese, para que más conociera el tesoro que al pie de la cruz se le había encomendado y fiado3 y con aprecio digno le guardase. Y aunque ninguna prevención pudiera equivaler a la falta presencial del Hijo de la Virgen, pero, entrando san Juan en su lugar, era conveniente que fuese ilustrado conforme a la dignidad y oficio que recibía, sustituyendo por el Hijo natural.
250. Por los misterios que Dios obró en la ciudad santa de Jerusalén, era más a propósito para símbolo de la que era su Madre y el centro y mapa de todas las maravillas del Omnipotente. Y por esta misma razón lo es también de las Iglesias militante y triunfante, y a todas se extendió la vista del águila generosa Juan, por la correspondencia y analogía que entre sí tienen estas ciudades de Jerusalén místicas. Pero señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias, dones maravillas y excelencias de las Iglesias militante y triunfante; y todo lo que se obró en la Jerusalén de Palestina, y lo que significa ella y sus moradores, todo está reducido a María purísima, ciudad santa de Dios, con mayor admiración y excelencia que en lo restante del cielo y tierra y de todos sus moradores. Por esto la llama Jerusalén nueva, porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas y causan nueva maravilla a los santos; y nueva, porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; y nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo y lejos de la común ley del pecado; y nueva, porque entra en el mundo triunfando del demonio y del primer engaño, que es la cosa más nueva que en él se había visto desde su principio.
251. Y como todo esto era nuevo en la tierra, y no pudo venir de ella, dice que bajaba del cielo. Y aunque por el común orden de la naturaleza desciende de Adán, pero no viene por el camino real y ordinario de la culpa, sendereado de todos los predecesores hijos de aquel primer delincuente. Para sola esta Señora hubo otro decreto en la divina predestinación y se abrió nueva senda por donde viniese con su Hijo santísimo al mundo, sin acompañar en el orden de la gracia a otro alguno de los mortales ni que alguno de ellos la acompañase a ella y a Cristo nuestro Señor. Y así bajó nueva desde el cielo de la mente y determinación de Dios. Y cuando los demás hijos de Adán descienden de la tierra, terrenos y maculados por ella, esta Reina de todo lo criado viene del cielo, como descendiente sólo de Dios por la inocencia y gracia; que comúnmente decimos viene alguno de aquella casa o solar de donde desciende y desciende de donde recibió el ser que tiene. Y el ser natural de María santísima, que recibió por Adán, apenas se divisa mirándola Madre del Verbo eterno y como a su lado del eterno Padre, con la gracia y participación que para esta dignidad recibió de su divinidad. Y siendo esto en ella el ser principal, viene a ser como accesorio y menos principal el ser de la naturaleza que tiene; y así el evangelista miró a lo principal, que bajó del cielo, y no a lo accesorio, que vino de la tierra.
252. Y prosigue diciendo: Que venía preparada como esposa adornada, etc. Para el día del desposorio se busca entre los mortales el mayor adorno y aliño que se puede hallar para componer la esposa terrena, aunque las joyas ricas se busquen prestadas, porque nada le falte según su calidad y estado. Pues si confesamos, como es forzoso confesarlo, que María purísima de tal suerte fue Esposa de la santísima Trinidad, que juntamente fuese Madre de la persona del Hijo, y que para estas dignidades fue adornada y preparada por el mismo Dios omnipotente, infinito y rico sin medida y tasa ¿qué adorno, qué preparación, qué joyas serían estas con que aliñó a su Esposa y a su Madre para que fuese digna Madre y digna Esposa? ¿Reservaría por ventura alguna joya en sus tesoros? ¿Negaríale alguna gracia de cuantas su brazo poderoso le podía enriquecer y aliñar? ¿Dejaríala fea y desaliñada en alguna parte o en algún instante? ¿O sería escaso y avariento con su Madre y Esposa el que derrama pródigamente los tesoros de su divinidad con las almas, que en su comparación son menos que siervas y menos que esclavas de su casa? Todas confiesan con él mismo Señor que es una la escogida y la perfecta4 , a quien las demás han de reconocer, predicar y magnificar por inmaculada y felicísima entre las mujeres y de quien, admiradas con júbilo y alabanza, preguntan: ¿Quién es ésta que sale como aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol y terrible como ejércitos bien ordenados5 ? Esta es María santísima, única Esposa y Madre del Omnipotente, que bajó al mundo adornada y preparada como Esposa de la beatísima Trinidad para su Esposo y para su Hijo. Y esta venida y entrada fue con tantos dones de la divinidad, que su luz la hizo más agradable que la aurora, más hermosa que la luna y más electa y singular que el sol, sin haber segunda, más fuerte y poderosa que todos los ejércitos del cielo y de los santos. Bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla y quiso darla todo lo que pudo y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a su divinidad y lo más lejos del pecado que pudo caber en pura criatura. Fue entero y perfecto este adorno y no lo fuera si algo le faltara y le faltara si algún punto estuviera sin la inocencia y gracia. Y sin esto tampoco fuera bastante para hacerla tan hermosa, si el adorno y las joyas de la gracia cayeran sobre un rostro feo, de naturaleza maculada por culpa, o sobre un vestido manchado y asqueroso. Siempre tuviera alguna tacha, de donde por más diligencias no pudiera jamás salir del todo la señal o sombra de la mancha. Todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios; y, siéndolo para ella, lo fuera también para él, que la hubiera adornado y preparado, no con amor de esposo, ni con cuidado de hijo y, teniéndose en casa la tela más rica y preciosa, hubiera buscado otra manchada y vieja para vestir a su Madre y Esposa y a sí mismo.
253. Tiempo es ya de que el entendimiento humano se desencoja y alargue en la honra de nuestra gran Reina; y también que el que estuviere opuesto, fundado en otro sentir, se encoja y detenga en despojarla y quitarla el adorno de su inmaculada limpieza en el instante de su divina concepción. Con la fuerza de la verdad y luz en que veo estos inefables misterios, confieso una y muchas veces que todos los privilegios, gracias, prerrogativas, favores y dones de María santísima, entrando en ellos el de ser Madre de Dios, según y como a mí se me dan a entender, todos dependen y se originan de haber sido inmaculada y llena de gracia en su concepción purísima; de manera que sin este beneficio parecieran todos informes y mancos o como un suntuoso edificio sin fundamento sólido y proporcionado. Todos miran con cierto orden y encadenamiento a la limpieza e inocencia de la concepción; y por esto ha sido forzoso tocar tantas veces en este misterio, por el discurso de esta Historia, desde los decretos divinos y formación de María y de su Hijo santísimo en cuanto hombre. Y no me alargo ahora más en esto; pero advierto a todos que la Reina del cielo estimó tanto el adorno y hermosura que la dio su Hijo y Esposo en su purísima concepción, que esta correspondencia será su indignación contra aquellos que con terquedad y porfía pretendieren desnudarla de él y afearla, en tiempo que su Hijo santísimo se ha dignado de manifestarla al mundo tan adornada y hermosa, para gloria suya y esperanza de los mortales. Prosigue el evangelista:
254. Y oí una gran voz del trono, que decía: Mira al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará con ellos y ellos serán su pueblo, etcétera. La voz del Altísimo es grande, fuerte, suave y eficaz para mover y arrebatar a sí toda la criatura. Tal fue esta voz que oyó san Juan salía del trono de la beatísima Trinidad; con que le llevó toda la atención que se le pedía, diciéndole que atendiese o mirase al tabernáculo de Dios; para que atento y circunspecto conociese perfectamente el misterio que se le manifestaba, de ver el tabernáculo de Dios con los hombres y que viva con ellos y sea su Dios y ellos su pueblo. Todo este sacramento se encerraba en ver a María santísima descender del cielo en la forma que he dicho; porque estando este divino tabernáculo de Dios en el mundo, era consiguiente que el mismo Dios estuviera también con los hombres, pues vivía y estaba en su tabernáculo sin apartarse de él. Y fue como decirle al evangelista: El Rey tiene su casa y corte en el mundo y claro está que será para ir a ser morador en ella. Y de tal suerte había de habitar Dios en este tabernáculo, que del mismo tomase la forma humana, en la cual había de ser morador en el mundo y habitar con los hombres y ser su Dios para ellos y ellos pueblo suyo, como herencia de su Padre y también de su Madre. Del Padre eterno fuimos herencia para su Hijo santísimo, no sólo porque en él y por él crió todas las cosas6 y se las dio por herencia en la eterna generación, pero también porque como hombre nos redimió en nuestra misma naturaleza y nos adquirió por su pueblo7 y herencia paternal y nos hizo hermanos suyos. Y por la misma razón de la naturaleza humana fuimos y somos herencia y legítima de su Madre santísima; porque ella le dio la forma de la carne humana con que nos adquirió para sí. Y, siendo ella Madre suya e Hija y Esposa de la beatísima Trinidad, era Señora de todo lo criado y todo lo había de heredar su Unigénito; y lo que las humanas leyes conceden, siendo puesto en razón natural, no había de faltar en las divinas.
255. Salió esta voz del trono real por medio de un ángel, que con emulación santa me parece diría al evangelista: Atiende y mira al tabernáculo de Dios con los hombres y vivirá con ellos y serán ellos su pueblo; será su hermano y tomará su forma por medio de ese tabernáculo de María, que miras bajar del cielo por su concepción y formación. Pero les podemos responder con alegre semblante a estos cortesanos del cielo, que está muy bien el tabernáculo de Dios con nosotros, pues es nuestro, y por él lo será Dios; y recibirá vida y sangre que por nosotros ofrezca y con ella nos adquiera y haga pueblo suyo y viva con nosotros como en su casa y morada, pues le recibiremos sacramentado y nos hará su tabernáculo; estén contentos estos divinos espíritus y príncipes con ser hermanos mayores y menos necesitados que los hombres. Nosotros somos los pequeñuelos y enfermos que necesitamos de regalo y favores de nuestro Padre y Hermano; venga en el tabernáculo de su Madre y nuestra, tome forma de carne humana de sus virginales entrañas, encúbrase la divinidad y viva con nosotros y en nosotros; tengámosle tan cerca que sea nuestro Dios y nosotros su pueblo y su morada. Admírense y suspensos de tantas maravillas ellos le bendigan, y gocémosle nosotros los mortales acompañándolos en la misma alabanza de admiración y amor. Prosigue el texto:
256. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, no llanto, ni clamor, ni restará dolor, cte. Con el fruto de la redención humana, de que se nos dieron prendas ciertas en la concepción de María santísima, se enjugaron las lágrimas que el pecado sacó a los ojos de los mortales; pues para quien se aprovechare de las misericordias del Altísimo, de la sangre y méritos de su Hijo, de sus misterios y sacramentos, de los tesoros de su Iglesia santa y, para conseguirlos, de la intercesión de su Madre santísima, para ellos no hay muerte, ni dolor, ni llanto, porque la muerte del pecado y todo lo antiguo que de ella resultó, dejó ya de ser y se acabó. El verdadero llanto se fue al profundo con los hijos de perdición, adonde no hay remedio. El dolor de los trabajos no es llanto, ni dolor verdadero, sino aparente y que se compadece con la verdadera y suma alegría; y recibido con igualdad es de inestimable valor, y como prenda de amor lo eligió para sí, para su Madre y para sus hermanos el Hijo de Dios.
257. Tampoco habrá clamor, ni voces querellosas, porque los justos y sabios, con el ejemplo de su Maestro y de su Madre humildísima, han de aprender a callar, como la simple ovejuela cuando es llevada a ser víctima y sacrificio8 . Y el derecho que tiene la flaca naturaleza a buscar algún alivio dando voces y quejándose, le deben renunciar los amigos de Dios viendo a Su Majestad, que es su cabeza y ejemplar, abatido hasta la muerte afrentosa de la cruz para restaurar los daños de nuestra impaciencia y poca espera. ¿Cómo se le ha de consentir a nuestra naturaleza que a la vista de tanto ejemplo se altere y dé voces en los trabajos? ¿Cómo se ha de permitir que tenga movimientos desiguales y contrarios a la caridad cuando Cristo viene a establecer la ley del amor fraternal?
Y vuelve a repetir el evangelista que no habrá más dolor; porque si alguno había de quedar en los hombres, era el dolor de la mala conciencia; y para remedio de esta dolencia fue tan suave medicina la encarnación del Verbo en las entrañas de María santísima, que ya este dolor es gustoso y causa de alegría y no merece nombre de dolor, pues contiene en sí el sumo y verdadero gozo, y con haberle introducido en el mundo se fueron las cosas primeras, que fueron los dolores y rigores ineficaces de la ley antigua, porque todo se templó y acabó con la abundancia de la ley evangélica para dar gracia.
Y por esto añade y dice: Advierte, que todo lo hago nuevo. Esta voz salió del que estaba asentado en el trono, porque él mismo se declaró por artífice de todos los misterios de la nueva ley del Evangelio. Y comenzando esta novedad de cosa tan peregrina, y no pensada de las criaturas, como lo fue encarnar el Unigénito del Padre y darle Madre virgen y purísima, era necesario que si todo era nuevo no hubiese en su Madre santísima alguna cosa vieja y antigua; y claro está que el pecado original era casi tan antiguo como la naturaleza, y si lo tuviera la Madre del Verbo humanado no hubiera hecho todas las cosas nuevas.
258. Y díjome: Escribe, que estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y me dijo: Ya está hecho, etc. A nuestro modo de hablar, mucho siente Dios que se olviden las grandes obras de amor que hizo por nosotros en su encarnación y redención humana, y para memoria de tantos beneficios y reparo de nuestra ingratitud manda que se escriban. Y así debían los mortales escribir esto en sus corazones y temer la ofensa que contra Dios cometen con tan grosero y execrable olvido. Y aunque es verdad que los católicos tienen credulidad y fe de estos misterios, pero con el desprecio que muestran en agradecerlos, y el que suponen en olvidarlos, parece que tácitamente los niegan, viviendo como si no los creyesen. Y para que tengan un fiscal de su feísimo desagradecimiento, dice el Señor: Que estas palabras son verdaderas y fidelísimas; y siendo así que lo son, véase la torpeza y sordera de los mortales en no darse por entendidos de verdades, que, como son fidelísimas, fueran eficaces para mover el corazón humano y vencer su rebeldía, si como verdaderas y fidelísimas se fijaran en la memoria y en ella se revolvieran y pesaran como ciertas e infalibles, que las obró Dios por cada uno de nosotros.
259. Pero como los dones de Dios no son con penitencia9 , porque no retracta el bien que hace, aunque desobligado de los hombres dice que ya está hecho: como si nos dijera que por nuestra ingratitud no quiere retroceder en su amor, antes habiendo enviado al mundo a María santísima sin culpa original, ya da por hecho todo lo que pertenece al misterio de la encarnación, pues estando María purísima en la tierra no parece que se podía quedar el Verbo eterno solo en el cielo sin bajar a tomar carne humana en sus entrañas. Y asegúralo más diciendo: Yo soy Alfa y Omega, la primera y última letra, que como principio y fin encierro la perfección de todas las obras, porque si les doy principio es para llevarlas hasta la perfección de su último fin. Y así lo haré por medio de esta obra de Cristo y María, que por ella comencé y acabaré todas las obras de la gracia, y llevaré a mí y encaminaré a mí todas las criaturas en el hombre, como a su último paradero y centro donde descansan.
260. Yo daré al sediento graciosamente de la fuente de la vida, y el que venciere poseerá estas cosas, etc. ¿Quién se anticipó de todas las criaturas para dar consejo a Dios10 o alguna dádiva con que obligarle al retorno? Esto dijo el Apóstol, para que se entendiese que todo cuanto Dios hace y ha hecho con los hombres fue de gracia y sin obligación que a ninguno tuviese. El origen de las fuentes a nadie debe su corriente de los que van a beber a ellas, de balde y de gracia se dan a todos los que llegan; y de que todos no participen su manantial, no es culpa de la fuente, sino de quien no llega a beber, estando ella convidando con abundancia y alegría. Y aun porque no llegan ni la buscan, sale ella misma a buscar quien la reciba y corre sin detenerse, que tan de gracia y de balde se ofrece a todos11 . ¡Oh tibieza reprensible de los mortales! ¡Oh ingratitud abominable! Si nada nos debe el verdadero Señor y todo nos lo dio y lo da de gracia, y entre todas sus gracias y beneficios la mayor gracia fue haberse hecho hombre y muerto por nosotros, porque en este beneficio se nos dio todo a sí mismo, corriendo el ímpetu de la divinidad hasta topar con nuestra naturaleza y unirse con ella y con nosotros ¿cómo es posible que estando tan sedientos de honra, de gloria y deleites, no lleguemos a beberlo todo en esta fuente12 , que nos lo ofrece de gracia? Pero ya veo la causa; porque no estamos sedientos de la verdadera gloria, honra y descanso, anhelamos por la engañosa y aparente y malogramos las fuentes de la gracia13 que nos abrió Jesucristo, nuestro bien, con sus merecimientos y muerte. Mas a quien tuviere sed de la divinidad y de la gracia, dice el Señor que le dará de balde de la fuente de la vida. ¡Oh qué gran dolor y compasión es que, habiéndose descubierto la fuente de la vida, haya tan pocos sedientos por ella y tantos corran a las aguas de la muerte! Pero el que venciere en sí mismo al mundo, al demonio y a su carne propia, éste poseerá estas cosas. Y dice que las tendrá, porque dándose las aguas de gracia, pudiera temer si en algún tiempo se las negarán o revocarán; y para asegurarle, dice que se las darán en posesión, sin limitarla ni coartarla.
261. Antes le afianza con otra nueva y mayor aseguración, diciéndole el Señor: Yo seré Dios para él y él para mí será hijo; y si él es Dios para nosotros y nosotros hijos, claro está que fue hacernos hijos de Dios; y siendo hijos, era consiguiente ser herederos de sus bienes14, y siendo herederos –aunque toda la herencia sea de gracia– la tenemos segura como los hijos tienen los bienes de su padre. Y siendo Padre y Dios juntamente, infinito en atributos y perfecciones ¿quién podrá decir lo que nos ofrece con hacernos hijos suyos? Aquí se encierra el amor paternal, la conservación, la vocación, la vivificación, la justificación, los medios para alcanzarla y, para fin de todo, la glorificación y estado de la felicidad, que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni pudo venir en corazón humano15. Todo esto es para los que vencieren y fueren hijos esforzados y verdaderos.
262. Pero a los tímidos, execrables, incrédulos, homicidas y fornicarlos, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos, etc. En este formidable padrón se han escrito por sus manos propias innumerables hijos de perdición, porque es infinito el número de los necios16 que a ciegas han hecho elección de la muerte, cerrando el camino de la vida; no porque esté oculto a los que tienen ojos, mas porque los cierran a la luz y se han dejado y dejan fascinar y oscurecer con los embustes de Satanás, que a diferentes inclinaciones y gustos de los hombres les ofrece el veneno disimulado en diversos potajes de vicios que apetecen. A los tímidos, que son los que ya quieren, ya no quieren, sin haber gustado el maná de la virtud, ni entrado en el camino de la vida eterna, se les representa insípida y terrible, siendo el yugo suave y la carga del Señor muy ligera17; y engañados con este temor, se dejan vencer primero de la cobardía que del trabajo. Otros incrédulos, o no admiten las verdades reveladas ni les dan crédito, como los herejes, paganos e infieles, o si las creen, como los católicos, parece que las oyen de lejos y las creen para otros y no para sí mismos, y así tienen la fe muerta18 y obran como incrédulos.
263. Los execrados, que siguiendo cualquier vicio sin reparo y sin freno, antes gloriándose de la maldad y despreciando el cometerlas, se hacen contentibles a Dios, execrables y malditos, llegando a estado de rebeldía y casi imposibilitándose para el bien obrar; y alejándose del camino de la vida eterna, como si no fueran criados para ella, se apartan y enajenan de Dios y de sus bendiciones y beneficios, quedando aborrecibles al mismo Señor y a los santos. A los homicidas, que sin temor ni reverencia de la divina justicia usurpan a Dios el derecho de supremo Señor, para gobernar el universo y castigar y vengar las injurias; y así merecen ser medidos y juzgados por la misma medida con que ellos han querido medir a los otros y juzgarlos19 . Los f ornicarios, que por un breve e inmundo deleite cumplido y aborrecido, pero nunca saciado el desordenado apetito, posponen la amistad de Dios y desprecian los eternos deleites, que saciando se apetecen más y satisfaciendo jamás se acabarán. Los hechiceros, que creyeron y confiaron en las falsas promesas del dragón disimulado con apariencia de amigo, quedaron engañados y pervertidos para engañar y pervertir a otros. Los idólatras, que siguiendo y buscando la divinidad no la toparon, estando cerca de todos20, y se la dieron a quien no la podía tener, porque se la daban los mismos que los fabricaban; y eran inanimadas sombras de la verdad, pero todas cisternas disipadas para contener la grandeza de ser Dios verdadero21. A los mentirosos, que se oponen a la suma verdad, que es Dios, y por alejarse al extremo contrario se privan de su rectitud y virtud, fiando más en el fingido engaño que en el mismo Autor de la verdad y todo el bien.
264. De todos éstos, dice el evangelista, oyó que la parte de ellos sería en el estanque de fuego ardiente con azufre que es la muerte segunda. Nadie podrá redargüir a la divina equidad y justicia, pues habiendo justificado su causa con la grandeza de sus beneficios y misericordias sin número, bajando del cielo a vivir y morir entre los hombres y rescatándolos con su misma vida y sangre, dejando tantas fuentes de gracia que se nos diesen de balde en su Iglesia santa, y sobre todas a la Madre de la misma gracia y fuente de la vida, María Santísima, por cuyo medio la pudiésemos alcanzar; si de todos estos beneficios y tesoros no han querido aprovecharse los mortales y, por seguir con un deleite momentáneo la herencia de la muerte, dejaron la de la vida, no es mucho que cojan lo que sembraron y que su parte y herencia sea el fuego eterno en aquel profundo formidable de piedra azufre, donde no hay redención ni esperanza de vida, por haber incurrido en la muerte segunda del castigo. Y aunque esta muerte por su eternidad es infinita, pero más fea y abominable fue la muerte primera del pecado, que voluntariamente se tomaron los réprobos con sus manos, porque fue muerte de la gracia, causada por el pecado, que se opone a la bondad y santidad infinita de Dios, ofendiéndole cuando debía ser adorado y reverenciado; y la muerte de la pena es justo castigo de quien merece ser condenado, y se la aplica el atributo de la rectísima justicia; y en esto es ensalzado y engrandecido por ella, así como en el pecado fue despreciado y ofendido. El sea por todos los siglos temido y adorado. Amén.

CAPITULO 1 – CAPITULO 18

CAPITULO 18
 Prosigue el misterio de la concepción de María Santísima, con la segunda parte del capítulo 21 del Apocalipsis.
265. Prosiguiendo la letra del capítulo 21 del Apocalipsis, dice de esta manera: Y vino uno de los siete ángeles, que tenían siete copas, llenas de siete plagas novísimas, y habló conmigo, diciendo: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero. Y levantóme en espíritu a un grande y alto monte, y mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo desde Dios y tenía la claridad de Dios; y su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, así como cristal. Y tenía un grande y alto muro con doce puertas, con doce ángeles en ellas, y escritos unos nombres, que son de los doce tribus .de los hijos de Israel. Tres puertas al Oriente, tres puertas al Alquilón, tres puertas al Austro y tres puertas al Occidente. Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos y en ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de caña de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. Y la ciudad estaba puesta en cuadro, y su longitud es tanta cuanta es su latitud; y midió la ciudad con la caña por doce mil estadios, y la longitud, latitud y altura son iguales. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es de ángel. Y la fábrica de su muralla era de piedra de jaspe; pero la ciudad era oro purísimo, semejante a un puro vidrio1.
266. Estos ángeles, de quien habla en este lugar el evangelista, son siete de los que asisten especialmente al trono de Dios y a quien Su Majestad ha dado cargo y potestad para que castiguen algunos pecados de los hombres2. Y esta venganza de la ira del Omnipotente sucederá en los últimos siglos del mundo; pero será tan nuevo el castigo, que ni antes ni después en la vida mortal se haya visto otro mayor. Y porque estos misterios son muy ocultos y no de todos tengo luz, ni tocan a esta Historia, ni conviene alargarme en esto, paso a lo que pretendo. Este uno, que habló a san Juan, es el ángel por quien singularmente vengará Dios las injurias hechas contra su Madre santísima con formidable castigo. Por haberla despreciado con osadía loca, han irritado la indignación de su omnipotencia; y por estar empeñada toda la santísima Trinidad en honrar y levantar a esta Reina del cielo sobre toda criatura humana y angélica y ponerla en el mundo por espejo de la divinidad y medianera única de los mortales, tomará Dios señaladamente por su cuenta vengar las herejías, errores y blasfemias y cualquier desacato cometido contra ella y el no haberle glorificado, conocido y adorado en este su tabernáculo y no se haber aprovechado de tan incomparable misericordia. Profetizados están estos castigos en la Iglesia santa. Y aunque el enigma del Apocalipsis encubre con oscuridad este rigor, pero ¡ay de los infelices a quien alcanzare! y ¡ay de mí, que ofendí a Dios, tan fuerte y poderoso en castigar! Absorta quedo en el conocimiento de tanta calamidad como amenaza.
267. Habló el ángel al evangelista, y díjole: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero, etc. Aquí declara que la ciudad santa de Jerusalén que le mostró es la mujer esposa del Cordero, entendiendo debajo de esta metáfora –como ya he dicho3 – a María santísima, a quien miraba san Juan madre o mujer y esposa del Cordero, que es Cristo. Porque entrambos oficios tuvo y ejercitó la Reina divinamente. Fue esposa de la divinidad, única y singular, por la particular fe y amor con que se hizo y acabó este desposorio; y fue mujer y madre del mismo Señor humanado, dándole su misma sustancia y carne mortal y criándole y sustentándole en la forma de hombre que le había dado. Para ver y entender tan soberanos misterios, fue levantado en espíritu el evangelista a un alto monte de santidad y luz; porque, sin salir de sí mismo y levantarse sobre la humana flaqueza, no los pudiera entender, como por esta causa no los entendemos los hombres imperfectos, terrenos y abatidos. Y levantado, dice: Mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, como fabricada y formada, no en la tierra, donde era como peregrina y extraña, mas en el cielo, donde no se pudo fabricar con materiales de tierra pura y común; porque si de ella se tomó la naturaleza, pero fue levantándola al cielo para fabricar esta ciudad mística al modo celestial y angélico, y aun divino y semejante a la divinidad.
268. Y por eso añade, que tenía la claridad de Dios; porque el alma de María santísima tuvo una participación de la divinidad y de sus atributos y perfecciones, que si fuera posible verla en su mismo ser, pareciera iluminada con la claridad eterna del mismo Dios. Grandes cosas y gloriosas están dichas en la Iglesia católica de esta ciudad de Dios4 y de la claridad que recibió del mismo Señor, pero todo es poco, y todos los términos humanos le vienen cortos; y vencido el entendimiento criado, viene a decir que tuvo María santísima un no sé qué de divinidad, confesando en esto la verdad en sustancia y la ignorancia para explicar lo que se confiesa por verdadero. Si fue fabricada en el cielo, el Artífice sólo que a ella la fabricó conocerá su grandeza y el parentesco y afinidad que contrajo con María santísima, asimilando las perfecciones que le dio con las mismas que encierra su infinita divinidad y grandeza.
269. Su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, como cristal. No es tan dificultoso de entender que se asimile al cristal y jaspe juntamente, siendo tan disímiles, como que sea semejante a Dios; pero de este similitud conoceremos algo por aquélla. El jaspe encierra muchos colores, visos y variedad de sombras, de que se compone, y el cristal es clarísimo, purísimo y uniforme, y todo junto formará una peregrina y hermosa variedad. Tuvo María purísima en su formación la variedad de virtudes y perfecciones de que parece fabricó Dios su alma compuesta y entretejida, y todas estas gracias y perfecciones y toda ella semejante a un cristal purísimo y sin lunar ni átomo de culpa; antes en la claridad y pureza despide rayos y hace visos de divinidad, como el cristal que herido del sol parece le tiene dentro de sí mismo y le retrata, reverberando como el mismo sol. Pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya.
270. Y tenía la ciudad un grande y alto muro con doce puertas.Los misterios encerrados en este muro y puertas de esta ciudad mística de María santísima son tan ocultos y grandes, que con dificultad podré yo, mujer ignorante y tarda, reducir a palabras lo que se me ha dado a entender; dirélo como se me concediere, advirtiendo que en el instante primero de la concepción de María Santísima, cuando se le manifestó la divinidad por aquella visión y modo que arriba dije5 , entonces, a nuestro modo de entender, toda la beatísima Trinidad, como renovando los antiguos decretos de criarla y engrandecerla, hizo un acuerdo y como contrato con esta Señora, pero sin dárselo a conocer por entonces. Pero fue como confiriéndolo entre sí las tres divinas Personas, y hablando de esta manera:
271. A la dignidad que damos a esta pura criatura de Esposa nuestra y Madre del Verbo que ha de nacer de ella, es consiguiente y debido constituirla Reina y Señora de todo lo criado. Y sobre los dones y riquezas de nuestra divinidad, que para sí misma la dotamos y concedemos, es conveniente darle autoridad, para que tenga mano en los tesoros de nuestras misericordias infinitas, para que de ellos pueda distribuir y comunicar a su voluntad las gracias y favores necesarios a los mortales, señaladamente a los que como hijos y devotos suyos la invocaren, y que pueda enriquecer a los pobres, remediar a los pecadores, engrandecer a los justos y ser universal amparo de todos. Y para que todas las criaturas la reconozcan por su Reina y superiora y depositaria de nuestros bienes infinitos, con facultad de poderlos dispensar, la entregaremos las llaves de nuestro pecho y voluntad, y será en todo la ejecutora de nuestro beneplácito con las criaturas. Darémosle, a más de todo esto, el dominio y potestad sobre el dragón nuestro enemigo y todos sus aliados los demonios, para que teman su presencia y su nombre y con él se quebranten y desvanezcan sus engaños, y que todos los mortales que se acogieren a esta ciudad de refugio, le hallen cierto y seguro, sin temor de los demonios y de sus falacias.
272. Sin manifestarle al alma de María santísima todo lo que este decreto o promesa contenía, le mandó el Señor en aquel primer instante que orase con afecto y pidiese por todas las almas y les procurase y solicitase la eterna salud, y en especial por los que a ella se encomendasen en el discurso de su vida. Y la ofreció la beatísima Trinidad que en aquel rectísimo tribunal nada le sería negado, y que mandase al demonio que le desviase con imperio y virtud de todas las almas, que para todo le asistiría el brazo del Omnipotente. Mas no se le dio a entender la razón por que se le concedía este favor y los demás que en él se encerraban, que era por Madre del Verbo. Pero en decir san Juan que la ciudad santa tenía un grande y alto muro, entendió este beneficio que hizo Dios a su Madre, constítuyéndola por sagrado refugio, amparo y defensa de todos los hombres, para que en ella lo hallasen todo, como en ciudad fuerte y segura muralla contra los enemigos, y como a poderosa Reina y Señora de todo lo criado y despensera de los tesoros del cielo y de la gracia, acudiesen a ella todos los hijos de Adán. Y dice que era muy alto este muro, porque el poder de María purísima para vencer al demonio y levantar a las almas a la gracia es tan alto, que es inmediato al mismo Dios. Tan bien guarnecida como esto y tan defendida y segura es para sí esta ciudad y para los que en ella buscan su protección, que ni podrán conquistar sus muros ni escalar por ellos todas las fuerzas criadas fuera de Dios.
273. Tenía doce puertas este muro de la ciudad santa, porque su entrada es franca y general a todas las naciones y generaciones, sin excluir alguna, antes convidando a todos, para que nadie, si no quiere, sea privado de la gracia y dones del Altísimo y de su gloria, por medio de la Reina y Madre de misericordia. Y en las doce puertas doce ángeles. Estos santos príncipes son los doce que arriba cité6 entre los mil que fueron señalados para guarda de la Madre del Verbo humanado. El ministerio de estos doce ángeles, a más de asistir a la Reina, fue servirla señaladamente en inspirar y defender a las almas que con devoción llaman a María nuestra Reina en su amparo y se señalan en su devoción, veneración y amor. Y por esto dice el evangelista que los vio en las puertas de esta ciudad, porque ellos son ministros y como agentes que ayudan y mueven y encaminan a los mortales para que entren por las puertas de la piedad de María Santísima a 1a eterna felicidad. Y muchas veces los envía ella con inspiraciones y favores, para que saquen de peligros y trabajos de alma y cuerpo a los que la invocan y son devotos suyos.
274. Dice que tenían escritos unos nombres, que son de los doce tribus de los hijos de Israel, etc., porque los ángeles santos reciben los nombres del ministerio y oficio para que son enviados al mundo. Y como estos doce príncipes asistían singularmente a la Reina del cielo, para que por su disposición ayudasen a la salvación de los hombres, y todos los escogidos son entendidos debajo de los doce tribus de Israel, que hacen el pueblo santo de Dios, por esta razón dice el evangelista que los ángeles tenían los doce nombres de los doce tribus, como destinado cada uno para su tribu, y que tenían protección y cuidado de todos los que por estas puertas de la intercesión de María santísima habían de entrar a la celestial Jerusalén de todas las naciones y generaciones.
275. Admirándome yo de esta grandeza de María purísima y que ella fuese la medianera y la puerta para todos los predestinados, se me dio a entender que este beneficio correspondía al oficio de Madre de Cristo y al que como Madre había hecho con su Hijo santísimo y con los hombres. Porque le dio cuerpo humano de su purísima sangre y sustancia, en que padeciese y redimiese a los hombres, y así en algún modo murió ella y padeció en Cristo por esta unidad de carne y sangre; y a más de esto, le acompañó en su pasión y muerte y la padeció de voluntad en la forma que pudo, con divina humildad y fortaleza. Y así como ella cooperó a la pasión y dio a su Hijo en qué padeciese por el linaje humano, así también el mismo Señor la hizo participante de la dignidad de redentora y le dio los méritos y fruto de la redención, para que ella los distribuyese, y que por sola su mano se comunicasen a los redimidos. ¡Oh admirable tesorera y depositaria de Dios, qué seguras están en tus divinas y liberales manos las riquezas de la diestra del Omnipotente! Pues tenía esta ciudad tres puertas al Oriente, tres puertas al Aquilón, tres puertas al Mediodía y tres puertas al Occidente. Tres puertas que correspondan a cada parte del mundo. Y en el número de tres nos franquea por ellas a todos los mortales cuanto el cielo y la tierra poseen y a quien dio ser a todo lo criado, que son las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las tres quieren y disponen que María santísima tenga puerta para solicitar los tesoros divinos a los mortales, que aunque es un Dios en tres personas, cada una de por sí le da entrada y puerta franca para que entre esta purísima Reina al tribunal del ser inmutable de la santísima Trinidad, para que interceda, pida y saque tesoros y se los dé a sus devotos que la buscaren y obligaren de todo el mundo. Para que nadie de los mortales tenga excusa en ningún lugar del mundo, ni en ninguna generación ni nación de él, pues a todas partes hay no una puerta, sino tres puertas. Y el entrar en una ciudad por una puerta franca y patente es tan fácil, que si alguno dejare de entrar, no será por falta de puertas, sino porque él mismo se detiene y no se quiere poner en salvo. ¿Qué dirán aquí los infieles, herejes y paganos? ¿Qué los malos cristianos y obstinados pecadores? Si los tesoros del cielo están en manos de nuestra Madre y Señora, si ella nos llama y nos solicita por medio de sus ángeles y si es puerta y muchas puertas del cielo, ¿cómo son tantos los que se quedan fuera y tan pocos los que por ellas entran?
276. Y el muro de esta ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Los fundamentos inmutables y fuertes, sobre que edificó Dios esta ciudad santa de María su Madre, fueron las virtudes todas con especial gobierno del Espíritu Santo que les correspondía. Pero dice fueron doce, con los doce nombres de los apóstoles; así porque se fundó sobre la mayor santidad de los apóstoles, que son los mayores de los santos, según lo de David, que los fundamentos de la ciudad de Dios fueron puestos sobre los montes santos7 ; como porque la santidad de María y su sabiduría fue como fundamento de los apóstoles y su firmeza después de la muerte de Cristo y subida a los cielos. Y aunque siempre fue su maestra y ejemplar, pero entonces sola ella fue la mayor firmeza de la Iglesia primitiva. Y porque fue destinada para este ministerio desde su inmaculada concepción con las virtudes y gracias correspondientes, por eso dice que sus fundamentos eran doce.
277. Y el que hablaba conmigo tenía una medida de caña de oro, etcétera, y midió la ciudad con esta caña por doce mil estadios, etc. En estas medidas encerró el evangelista grandes misterios de la dignidad, gracias, dones y méritos de la Madre de Dios. Y aunque la midieron con gran medida en la dignidad y beneficios que puso el Altísimo en ella, pero ajustóse la medida en el retorno posible y fueron iguales. La longitud fue tanta cuanta su latitud: por todas partes estuvo proporcionada e igual, sin que en ella se hallase mengua, desigualdad ni improporción. Y no me detengo ahora en esto, remitiéndome a lo que diré en todo el discurso de su vida. Sólo advierto ahora que esta medida con que se midieron la dignidad, méritos y gracia de María santísima, fue la humanidad de su Hijo unida al Verbo divino.
278. Y llámala el evangelista caña por la fragilidad de nuestra naturaleza de carne flaca; y llámala de oro por la divinidad de la persona del Verbo. Con esta dignidad de Cristo, Dios y hombre verdadero, y con los dones de la naturaleza unida a la divina persona y con los merecimientos que obró, fue medida su Madre santísima por el mismo Señor. El fue quien la midió consigo mismo y ella, siendo medida por él, pareció estar igual y proporcionada en la alteza de su dignidad de Madre. En la longitud de sus dones y beneficios y en la latitud de sus merecímientos, en todo fue igual sin mengua ni improporción. Y aunque no pudo igualarse absolutamente con su Hijo santísimo con igualdad que entiendo llaman los doctores matemática, porque Cristo, Señor nuestro, era hombre y Dios verdadero y ella era pura criatura y por esto la medida excedía infinito a lo que era medido con ella, pero tuvo María purísima cierta igualdad de proporción con su Hijo santísimo. Porque así como a él nada le faltó de lo que le correspondía y debía tener como Hijo verdadero de Dios, así a ella nada le faltó ni tuvo mengua en lo que se le debía y ella debía como Madre verdadera del mismo Dios; de manera que ella como Madre y Cristo como Hijo tuvieron igual proporción de dignidad, de gracia y dones y de todos los merecimientos, y ninguna gracia criada hubo en Cristo que no estuviese con proporción en su Madre purísima.
279. Y dice, que midió la ciudad con la caña por doce mil estadios. Esta medida de estadios y el número de doce mil con que fue medida María purísima en su concepción, encierran altísimos misterios. Estadios llamó el evangelista a la medida perfecta con que se mide la alteza de santidad de los predestinados, según los dones de gracia y gloria que Dios en su mente y eterno decreto dispuso y ordenó comunicarles por medio de su Hijo humanado, tasándolos y determinándolos por su infinita equidad y misericordia. Y con estos estadios se miden todos los escogidos y la alteza de sus virtudes y merecimientos por el mismo Señor. Infelicísimo aquel que no llegare a esta medida ni se ajustare con ella, cuando el Señor le midiere. El número de doce mil comprende todo el resto de los predestinados y electos, reducidos a las doce cabezas de estos millares, que son los doce apóstoles, príncipes de la Iglesia católica, así como en el capítulo 7 del Apocalipsis8 están reducidos a los doce tribus de Israel; porque todos los electos se habían de reducir a la doctrina que los apóstoles del Cordero enseñaron, como arriba también dije sobre este capítulo9 280. De todo esto se conoce la grandeza de esta ciudad de Dios, María santísima; porque si a los estadios materiales les damos 125 pasos por lo menos a cada uno, inmensa parecía una ciudad que tuviese doce mil estadios10 . Pues con la medida y estadios con que Dios mide a los predestinados, fue medida María, Señora nuestra, y de la altura, longitud y latitud de todos juntos nada sobró; que a todos juntos igualó la que era Madre del mismo Dios y Reina y Señora de todos y en sola ella pudo caber más que en el resto de todo lo criado.
281. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es de ángel. Esta medida del muro de la ciudad de Dios no fue de la longitud, sino de la altura de los muros que tenía; porque si los estadios del cuadro de la ciudad eran doce mil en latitud y longitud igual por todas partes, era forzoso que el muro fuese algo mayor, y más por la superficie de afuera, para encerrar dentro de sí toda la ciudad; y la medida de ciento y cuarenta y cuatro codos, de cualquiera que fuesen, era corta para muros de tan extendida ciudad, pero muy proporcionada para la altura de estos muros y segura defensa de quien vivía en ella. Esta altura dice la seguridad que tuvieron en María santísima todos los dones y gracias, así de santidad como de la dignidad, que puso en ella el Altísimo. Y para darlo a entender dice que la altura contenía 144 codos, que es número desigual y comprende tres muros, grande, mediano y pequeño, correspondiendo a las obras que hizo la Reina del cielo en lo mayor, mediano y más pequeño. No porque en ella había cosa pequeña, sino porque las materias en que obraba eran diferentes y las obras también. Unas eran milagrosas y sobrenaturales, y otras morales de las virtudes, y de éstas unas eran interiores y otras exteriores; y a todas dio tanta plenitud de perfección, que ni por las grandes dejó las pequeñas de obligación, ni por éstas faltó a las superiores; pero todas las hizo en grado tan supremo de santidad y beneplácito del Señor, que fue a medida de su Hijo santísimo así en los dones naturales como sobrenaturales. Y ésta fue la medida del hombre Dios, que fue el ángel del gran consejo, superior a todos los hombres y los ángeles, a quienes con proporción excedió la Madre con el Hijo. Prosigue el evangelista y dice:
282. Y la fábrica de su muro era de piedra de jaspe. Los muros de la ciudad son los que primero se topan y se ofrecen a la vista de quien los mira; y la variedad de los visos y colores con sus sombras que contiene el jaspe, de cuya materia eran los muros de esta ciudad de Dios, María santísima, dicen la humildad inefable con que estaban disimuladas y acompañadas todas las gracias y excelencias de esta gran Reina. Porque siendo digna Madre de su Criador, exenta de toda mácula de pecado e imperfección, se ofreció a la vista de los hombres como tributaria y con sombras de la común ley de los demás hijos de Adán, sujetándose a las leyes y penalidades de la vida común, como en sus lugares diré. Pero este muro de jaspe, que descubría estas sombras como en las demás mujeres, era en la apariencia y servía a la ciudad de inexpugnable defensa. Y la ciudad por dentro dice que era purísimo oro, semejante a un vidrio purísimo y limpísimo; porque ni en la formación de María santísima, ni después en su vida inocentísima nunca admitió mácula que oscureciese su cristalina pureza. Y como la mancha o lunar, aunque sea como un átomo, si cayese en el vidrio cuando se forma, nunca saldría de suerte que no se conociese la tacha y el haberla tenido y siempre sería defecto en su transparente claridad y pureza, así también si María purísima hubiera contraído en su concepción la mácula y lunar de la culpa original, siempre se le conociera.y la afeara siempre, y no pudiera ser vidrio purísimo y limpísimo. Ni tampoco fuera oro puro, pues tuviera su santidad y dones aquella liga del pecado original, que la bajara de quilates, pero fue oro y vidrio esta ciudad, porque fue purísima y semejante a la divinidad.

CAPITULO 1 – CAPITULO 19

CAPITULO 19
 Contiene la última parte del capítulo 21 del Apocalipsis en la concepción de María Santísima.
283. El texto de la última y tercera parte del Apocalipsis, capítulo 21, que voy explicando, es como se sigue: Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados con todas las preciosas piedras. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonio; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardonio; el sexto, sandio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisoprasio; el undécimo, jacinto; el duodécimo, ametisto. Y las doce puertas son doce margaritas por cada una; y cada puerta de cada margarita, y la plaza de la ciudad, oro limpio como vidrio lucidísimo. Y no vi templo en ella, porque e1 Señor Dios omnipotente es su templo, y el Cordero. Y la ciudad no ha menester sol ni luná que le den luz, porque la claridad de Dios la iluminó, y su lucerna es el Cordero. Y las gentes caminarán con su luz, y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su gloria. Y sus puertas no estarán cerradas por el día; que allí no se hallará noche. No entrará en ella cosa alguna manchada, o que comete abominación y mentira, mas de aquellos que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Hasta aquí llega la letra y texto del capítulo 21 que voy declarando.
284. Habiendo elegido el altísimo Dios esta ciudad santa de María para su habitación, la más proporcionada y agradable que fuera de sí mismo en pura criatura podía tener, no era mucho que de los tesoros de su divinidad y méritos de su Hijo santísimo fabricase los fundamentos del muro de su ciudad adornados con todo género de piedras preciosas; para que con igual correspondencia, la fortaleza y seguridad –que son los muros– y su hermosura y alteza de santidad y dones –que son las piedras preciosas– y su concepción –que es el fundamento del muro– fuesen proporcionadas en sí mismas y con el fin altísimo para que la fundaba, que era vivir en ella por amor y por la humanidad que recibió en su virginal vientre. Todo esto dijo el evangelista como lo conoció en María santísima, porque a su dignidad y santidad, y a la seguridad que pedía el haber de vivir Dios en ella como en fortaleza invencible, le convenía que los fundamentos de sus muros, que eran los primeros principios de su concepción inmaculada, se fabricasen de todo género de virtudes y en grado eminentísimo y tan precioso, que no se hallasen otras piedras más ricas para fundamento de este muro.
285. El primer fundamento o piedra, dice que era de jaspe, cuya variedad y fortaleza dice la constancia o fortaleza que le fue infundida a esta gran Señora en el punto de su concepción santísima, para que con aquel hábito quedara dispuesta por el discurso de su vida para obrar todas las virtudes con invencible magnificencia y constancia. Y porque estas virtudes y hábitos que se le concedieron e infundieron a María santísima en el instante de su concepción, significadas por estas piedras preciosas, tuvieron singulares privilegios que le concedió el Altísimo en cada una de estas doce piedras, los manifestaré como me fuere posible, para que se entienda el misterio que encierran los doce fundamentos de la ciudad de Dios. En este hábito de fortaleza general se le concedió especial superioridad y como imperio sobre la antigua serpiente, para que la pudiese rendir, vencer y sujetar, y para que a todos los demonios les pusiese un género de terror, que huyesen de ella y de muy lejos la temiesen, como temblando de acercarse a su divina presencia; y por esto no llegaban a María santísima sin ser afligidos con gran pena. Anduvo tan liberal la divina providencia con Su Alteza, que no sólo no la entró en las leyes comunes de los hijos del primer padre, librándola de la culpa original y de la sujeción al demonio que contraen los que en ella son comprendidos, sino que apartándola de todos estos daños, juntamente la concedió el imperio que perdieron todos los hombres contra los demonios, por no haberse conservado en el estado de la inocencia. Y a más de esto, por ser Madre del Hijo del eterno Padre, que bajó a sus entrañas a destruir el imperio –de maldad de estos enemigos, se le concedió a la eminentísima Señora potestad real, participada del ser de Dios, con que sujetaba a los demonios y los enviaba repetidas veces a las cavernas infernales, como adelante diré2 .
286. El segundo es zafiro. Esta piedra imita al color del cielo sereno y claro y señala unos como punticos o átomos de oro refulgente, que significa la serenidad y tranquilidad que concedió el Altísimo a los dones y gracias de María santísima, para que siempre gozase, como cielo inmutable, de una paz serena y sin nubes de turbación, descubriéndose en este sereno unos visos de divinidad desde el instante de su concepción inmaculada, así por la participación y similitud que tenían sus virtudes de los atributos divinos, en especial con el de la inmutabilidad, como porque muchas veces, siendo viadora, se le corrió la cortina y vio claramente a Dios, como adelante diré3 ; concediéndola Su Majestad en este don singular privilegio y virtud para comunicar sosiego y serenidad de entendimiento a quien la pidiere por medio de su intercesión. Así la pidieran todos los católicos, a quienes las tormentas inquietas de los vicios tienen mareados y turbados, como la consiguieran.
287. El tercero es calcedonio. Toma el nombre esta piedra de la provincia donde se halla, que se llama Calcedonia. Es del color del carbunco, y de noche imita su resplandor al de una linterna. El misterio de esta piedra es manifestar el nombre de María santísima y su virtud. Tomóle de esta provincia del mundo donde se halló, llamándose hija de Adán como los demás, y María, que mudado el acento en latín significa los mares; porque fue el océano de las gracias y dones de la divinidad. Y vino al mundo por medio de su concepción purísima, para anegarle e inundarle con ellas, absorbiendo la malicia del pecado y sus efectos, y desterrando las tinieblas del abismo con la luz de su espíritu iluminado con la lumbre de la sabiduría divina. Concedióla el Altísimo, en correspondencia de este fundamento, especial virtud para que por medio de su nombre santísimo de María ahuyentase las espesas nubes de la infidelidad y destruyese los errores de las herejías, paganismo, idolatría, y todas las dudas de la fe católica. Y si los infieles se convirtiesen a esta luz, invocándola, cierto es que muy presto sacudirían de sus entendimientos las tinieblas de sus errores y todos se anegarían en este mar por la virtud de lo alto, y para esto le fue concedida.
288, El cuarto fundamento es esmeralda, cuyo coor verde y alegre, recrea la vista sin fatigarla, y declara misteriosísimamente la gracia que recibió María santísima en su concepción, para que siendo amabilísima y graciosa en los ojos de Dios y de las criaturas, sin ofender jamás su dulcísimo nombre y memoria, conservase en sí misma el verdor y fuerza de la santidad, virtudes y dones que recibiese y se le concediesen. Y diole actualmente en esta correspondencia el Altísimo, que pudiese distribuir este beneficio, comunicándole a sus fieles devotos que para conseguir la perseverancia y firmeza en la amistad de Dios y en las virtudes la llamaren.
289. El quinto es sardonio. Esta piedra es transparente y su color más imita al encarnado claro, aunque comprende parte de tres colores: abajo negro, en medio blanco y en lo alto nácar, y todo hace una variedad graciosa. El misterio de esta piedra y sus colores fue significar juntamente a la Madre y al Hijo santísimo que había de engendrad. Lo negro dice en María la parte inferior y terrena del cuerpo negrecido por la mortificación y trabajos que padeció, y lo mismo de su Hijo santísimo afeado por nuestras culpas4 . Lo blanco dice la pureza del alma de la Madre Virgen, y la, misma de Cristo, nuestro bien. Y lo encarnado declara en la humanidad la divinidad unida hipostáticamente, y en la Madre manifiesta el amor que de su Hijo santísimo participó, con todos los resplandores de la divinidad que se le comunicaron. Fuele concedido por este fundamento a la gran Reina del cielo, que por su intercesión y ruegos fuese eficaz con sus devotos el valor, suficiente para todos, de la encarnación y redención; y que asimismo para conseguir este beneficio, les alcanzase devoción particular con los misterios y vida de Cristo Señor nuestro.
290. El sexto, sardio. Esta piedra también es transparente y, por lo que imita a a llama clara del fuego, fue símbolo del don que se le concedió a la Reina del cielo de arder su corazón en el divino amor incesantemente, como la llama del fuego, porque nunca hizo intervalo, ni se aplacó la llama de este incendio en su pecho; antes desde el instante de su concepción, donde y cuando se encendió este fuego, siempre creció más, y en el estado supremo que pudo caber en pura criatura, arde y arderá por todas las eternidades. Fuele concedido aquí a María santísima privilegio especial para dispensar con esta correspondencia el influjo del Espíritu Santo, y su amor y dones, a quien le pidiere por ella.
291. El séptimo, crisólito. Esta piedra imita en su color al oro refulgente con alguna similitud de lumbre o fuego, y ésta se descubre más en la noche que en el día. Declara en María santísima el ardiente amor que tuvo a la Iglesia militante y a sus misterios y ley de gracia en especial. Y lució más este amor en la noche que cubrió la Iglesia con la muerte de su Hijo santísimo y en el magisterio que tuvo esta gran Reina en los principios de la ley evangélica y en el afecto con que pidió su establecimiento y de sus sacramentos; cooperando a todo –como en sus lugares diré5 – con el ardentísimo amor que tuvo a la salud humana; y ella sola fue la que supo y pudo dignamente hacer el aprecio debido de la ley santísima de su Hijo. Con este amor fue prevenida y dotada, desde su inmaculada concepción, para coadjutora de Cristo nuestro Señor; y se le concedió especial privilegio para alcanzar gracia a quien la llamare, con que se dispongan para recibir los sacramentos de la santa Iglesia con fruto espiritual y no poner óbice en sus efectos.
292. El octavo, berilo. Este es de color verde y amarillo, pero más tiene de verde, con que imita y parece a la oliva, y resplandece brillantemente. Representa las singulares virtudes de fe y esperanza que fueron dadas a María santísima en su concepción, con especial claridad para que emprendiese y obrase cosas arduas y superiores, como en efecto las hizo por la gloria de su Hacedor. Fuele concedido con este don que diese a sus devotos esfuerzo de fortaleza y paciencia en las tribulaciones y dificultades de los trabajos, y que dispensase de aquellas virtudes y dones en virtud de la divina fidelidad y asistencia del Señor.
293. El noveno, topacio. Esta piedra es transparente, de color morado, y de valor y estima. Fue símbolo de la honestísima virginidad de María Señora nuestra junto con ser Madre del Verbo humanado, y todo fue para Su Alteza de grande y singular estimación, con humilde agradecimiento que le duró toda la vida. En el instante de su concepción pidió al Altísimo la virtud de la castidad, y se la ofreció para lo restante de ser viadora; y conoció entonces que le era concedida esta petición sobre sus votos y deseos; y no sólo para sí, sino que la concedió el Señor que fuese maestra y guía de las vírgenes y castas, y que por su intercesión alcanzasen estas virtudes sus devotos y la perseverancia en ellas.
294. El décimo es crisoprasio, cuyo color es verde; muestra algo de oro. Significa la muy firmísima esperanza que se le concedió a María santísima en su concepción, retocada con el amor de Dios que la realzaba. Y esta virtud fue inmóvil en nuestra Reina, como convenía para que a las demás comunicase este mismo efecto; porque su estabilidad se fundaba en la firmeza inmutable de su ánimo generoso y alto en todos los trabajos y ejercicios de su vida santísima, en especial en la muerte y pasión de su benditísimo Hijo. Concediósele con este beneficio que fuese eficaz medianera con el Altísimo para alcanzar esta virtud de la firmeza en la esperanza para sus devotos.
295. Undécimo, jacinto, que muestra el color violado perfecto. Y en este fundamento se encierra el amor que tuvo María santísima, infuso en su concepción, de la redención del linaje humano, participado de antemano del que su Hijo y nuestro Redentor había de tener para morir por los hombres. Y como de aquí se había de originar todo el remedio del pecado y justificación de las almas, se le concedió a esta gran Reina especial privilegio con este amor, que le duró desde aquel primer instante, para que por su intercesión ningún género de pecadores, por grandes y abominables que fuesen, si la llamasen de veras, fuesen excluidos del fruto de la redención y justificación, y que por esta poderosa Señora y Abogada alcanzasen la vida eterna.
296. E1 duodécimo, ametisto, de color refulgente con visos violados. El misterio de esta piedra o fundamento corresponde en parte al primero; porque significa un género de virtud que se le concedió en su concepción a María santísima contra las potestades del infierno, para que sintiesen los demonios que salía de ella una fuerza, aunque no les mandase ni obrase contra ellos, que les afligía y atormentaba si querían acercarse a su persona. Y fuele concedido este privilegio como consiguiente al incomparable celo que esta Señora tenía que exaltar y defender la gloria de Dios y su honra. Y en virtud de este singular beneficio tiene María santísima particular potestad para expeler los demonios de los cuerpos humanos con la invocación de su dulcísimo nombre, tan poderoso contra estos espíritus malignos que en oyéndole quedan rendidas y quebrantadas sus fuerzas.
Estos son en suma los misterios de los doce fundamentos sobre que edificó Dios su ciudad santa de María; y aunque contienen otros muchos misterios y sacramentos de los favores que recibió, que no puedo explicarlos, pero en el discurso de esta Historia se irán manifestando, como el Señor me diere luz y fuerzas para decirlo.
297. Prosigue y dice el evangelista que las doce puertas son doce margaritas, por cada una puerta una margarita. El número de tantas puertas de esta ciudad manifiesta que por María santísima, y por su inefable dignidad y merecimientos, se hizo tan feliz como franca la entrada para la vida eterna. Y era como debido y correspondiente a la excelencia de esta eminente Reina, que en ella y por ella se magnificase la misericordia infinita del Altísimo, abriéndose tantos caminos para comunicarse la divinidad, y para entrar a su participación todos los mortales por medio de María purísima, si quisieren entrar por sus méritos e intercesión poderosa. Pero el precio, grandiosidad, hermosura y belleza de estas doce puertas, que eran de margaritas o perlas, declara el valor de la dignidad y gracias de esta Emperatriz de las alturas y la suavidad de su nombre dulcísimo para atraer a Dios a los mortales. Conoció María santísima este beneficio del Señor, de que la hacía medianera única del linaje humano y despensera de los tesoros de su divinidad por su Hijo unigénito. Y con este conocimiento supo la prudente y oficiosa Señora hacer tan preciosos y tan hermosos los merecimientos de sus obras y dignidad, que es asombro de los bienaventurados del cielo, y por eso fueron las puertas de esta ciudad preciosas margaritas para el Señor y los hombres.
298. En esta correspondencia dice que la plaza de esta ciudad era oro purísimo como vidrio lucidísimo. La plaza de esta ciudad de Dios, María santísima, es el interior, donde, como en plaza y lugar común, concurren todas las potencias y asiste el comercio y trato de la república del alma y todo lo que entra en ella por los sentidos o por otros caminos. Esta plaza en María santísima fue oro lucidísimo y purísimo, porque estaba como fabricada de sabiduría y amor divino. Nunca hubo allí tibieza, ni ignorancia o inadvertencia; todos sus pensamientos fueron altísimos, y sus afectos inflamados en inmensa caridad. Y en esta plaza se consultaron los misterios altísimos de la divinidad; allí se despachó aquel fiat mihi6 , etc., que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho ni hará jamás; allí se formaron y consultaron innumerables peticiones para el tribunal de Dios en favor del linaje humano; allí están depositadas las riquezas que bastan para sacar de pobreza a todo el mundo, si todos entraren al comercio de esta plaza. Y aun será también plaza de armas contra el demonio y todos los vicios; pues en el interior de María purísima estaban las gracias y virtudes que a ella la hicieron terrible contra el infierno, y a nosotros nos darían virtud y fuerzas para vencerle.
299. Dice más: Que en la ciudad no hay templo, porque el Señor Dios omnipotente es su templo, y el Cordero. El templo en las ciudades sirve para el culto y oración que damos a Dios, y fuera grande falta si en la ciudad de Dios no hubiera templo, cual a su grandeza y excelencia convenía. Pero en esta ciudad de María santísima hubo tan sagrado templo, que el mismo Dios omnipotente y el Cordero, que son la divinidad y humanidad de su Hijo unigénito, fueron templo suyo, porque en ella estuvieron como en su lugar legítimo y templo, donde fueron adorados y reverenciados en espíritu y verdad7, más dignamente que en todos los templos del mundo. Fueron también templo de María purísima, porque ella estuvo comprendida y rodeada y como encerrada en la divinidad y humanidad, sirviéndola de su habitación y tabernáculo. Y como estando en él nunca cesó de adorar, dar culto y orar al mismo Dios y al Verbo humanado en sus entrañas, por eso estaba en Dios y en él Cordero como en templo, pues al templo no le conviene menos que la santidad continua en todos tiempos. Y para considerar esta divina Señora dignamente, siempre la debemos imaginar en la misma divinidad encerrada como en templo, y en su Hijo santísimo; y allí entenderemos qué actos y operaciones de amor, adoración y reverencia haría; qué delicias sentiría con el mismo Señor y qué peticiones haría en aquel templo tan en favor del linaje humano; que como veía en Dios la necesidad grande de reparo que tenía, se encendía en su caridad, clamaba y pedía de lo íntimo del corazón por la salud de los mortales.
300. También dice el evangelista: Que la ciudad no ha menester sol ni luna que la den luz, porque la claridad de Dios la iluminó, y su lucerna es el Cordero. A la presencia de otra claridad mayor y más refulgente que la del sol y de la luna, no son éstas necesarias, como sucede en el cielo empíreo, que allí hay claridad de infinitos soles y no hace falta éste que nos alumbra, aunque es tan resplandeciente y hermoso. En María santísima, nuestra Reina, no fue necesario otro sol ni luna de criaturas, para que la enseñasen o alumbrasen, porque sola sin ejemplo agradó y complació a Dios; ni tampoco su sabiduría, santidad y perfección de obrar pudo tener otro maestro y árbitro menos que al mismo sol de justicia y a su Hijo santísimo. Todas las demás criaturas fueron ignorantes para enseñarla a merecer ser Madre digna de su Criador; pero en esta misma escuela aprendió a ser humildísima y obedientísima entre los humildes y obedientes, pues no por ser enseñada del mismo Dios dejó de preguntar y obedecer hasta a los más inferiores en las cosas que convenía obedecerlos, antes, como discípula única del que enmienda a los sabios, aprendió esta divina filosofía de tal Maestro. Y salió tan sabia, que pudo decir el evangelista:
301. Y las gentes caminarán con su luz: porque si Cristo Señor nuestro llamó a los doctores y santos luces encendidas8 y puestas sobre el candelero de la Iglesia para que la ilustrasen, y del resplandor y de la luz que han derramado los Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires y Doctores, han llenado a la Iglesia católica de tanta claridad que parece un cielo con muchos soles y lunas ¿qué se podrá decir de María santísima, cuya luz y resplandor excede incomparablemente a todos los maestros y doctores de la Iglesia y a los mismos ángeles del cielo? Si los mortales tuvieran claros ojos para ver estas luces de María santísima, ella sola bastaba para iluminar a todo hombre que viene al mundo9 y encaminarlos por las sendas rectas de la eternidad. Y porque todos los que han llegado al conocimiento de Dios han caminado con la luz de esta ciudad santa, dice san Juan: Que las gentes caminarán con su luz. Y a esto se seguirá también:
302. Y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su gloria. Muy felices serán los reyes y los príncipes que en sus personas y monarquías trabajaren con dichoso desvelo para cumplir esta profecía. Todos debían hacerlo; pero serán bienaventurados los que lo hicieren, convirtiéndose con afecto íntimo del corazón a María santísima, empleando la vida, la honra, las riquezas y grandeza de sus fuerzas y estados en la defensa de esta ciudad de Dios y en dilatar su gloria por el mundo y engrandecer su nombre por la Iglesia santa, y contra la osadía loca de los infieles y herejes. Con dolor íntimo me admiro de los príncipes católicos que no se desvelen para obligar a esta Señora e invocarla, para que en sus peligros, que en los príncipes son mayores, tengan su refugio y protección, intercesora y abogada. Y si los peligros son grandes en los reyes y potentados, acuérdense que no es menor su obligación de ser agradecidos, pues dice de sí misma esta divina Reina y Señora que por ella reinan los reyes y mandan los príncipes, y los grandes y poderosos administran justicia, ama a los que la aman y los que la ilustraren alcanzarán la vida eterna, porque obrando en ella no pecarán10
303. No quiero ocultar la luz que muchas veces se me ha dado, y señaladamente en este lugar, para que la manifieste. En el Señor se me ha mostrado que todas las aflicciones de la Iglesia católica, y los trabajos que padece el pueblo cristiano, siempre se han reparado por medio de la intercesión de María santísima; y que en el afligido siglo de los tiempos presentes, cuando la soberbia de los herejes tanto se levanta contra Dios y su Iglesia llorosa y afligida, sólo tienen un remedio tan lamentables miserias; y éste es convertirse los reinos y los reyes católicos a la Madre de la gracia y misericordia, María santísima, obligándola con algún singular servicio en que se acreciente y dilate su devoción y gloria por toda la redondez de la tierra, para que, inclinándose a nosotros, nos mire con misericordia. En primer lugar alcance gracia de su Hijo santísimo, con que se reformen los vicios tan desbocados como el enemigo común ha sembrado en el pueblo cristiano, y con su intercesión aplaque la ira del Señor que tan justamente nos castiga y amenaza con mayor azote y desdichas. De esta reformación y enmienda de nuestros pecados se seguirá en segundo lugar la victoria contra los infieles y extirpación de las falsas sectas que oprimen la Iglesia santa, porque María santísima es el cuchillo que las ha de extinguir y degollar en el mundo universo.
304. Hoy experimenta el mundo el daño de este olvido, y si los príncipes católicos no tienen prósperos sucesos en el gobierno de sus reinos, en su conservación y aumento de la fe católica, en la expugnación de sus enemigos, en las victorias o guerras contra los infieles, todo sucede porque no atinan con este norte que los encamine, ni han puesto a María por principio y fin inmediato de sus obras y pensamientos, olvidados que esta Reina anda en los caminos de la justicia para enseñarla y llevarlos por ella y enriquecer a los que la aman11.
305. ¡Oh Príncipe y Cabeza de la santa Iglesia católica y Prelados que también os llamáis príncipes de ella! ¡Oh católico Príncipe y Monarca de España12 , a quien por obligación natural, por singular afecto y por orden del Altísimo enderezo esta humilde pero verdadera exhortación! arrojad vuestra corona y monarquía a los pies de esta Reina y Señora del cielo y de la tierra; buscad a la Restauradora de todo el linaje humano; acudid a la que con el poder divino es sobre todo el poder de los hombres y del infierno; convertid vuestros afectos a la que tiene en su mano las llaves de la voluntad y tesoros del Altísimo; llevad vuestra honra y gloria a esta ciudad santa de Dios, que no la quiere porque la ha menester para acrecentar la suya sino antes para mejorar y dilatar la vuestra; ofrecedle con vuestra piedad católica y de todo corazón algún obsequio grande y agradable, en cuya recompensa están librados infinitos bienes, la conversión de gentiles, la victoria contra herejes y paganos, la paz y tranquilidad de la Iglesia, nueva luz y auxilios para mejorar las costumbres y haceros rey grande y glorioso en esta vida y en la otra.
306. ¡Oh reino y monarquía de España católica, y por esto dichosísima, si a la firmeza y celo de tu fe que sobre tus méritos has recibido de la omnipotente diestra, añadieses tú el temor santo de Dios, correspondiente a la profesión de esta fe, señalada entre las naciones de todo el orbe! ¡Oh, si para conseguir este fin y corona de tus felicidades, todos tus moradores se levantasen con ardiente fervor en la devoción de María santísima! ¡Cómo resplandecería tu gloria, cómo serías iluminada, cómo, amparada y defendida de esta Reina, y tus católicos reyes enriquecidos de tesoros de lo alto, y por su mano la suave ley del Evangelio propagada por todas las naciones! Advierte que esta gran Princesa honra a los que la honran, enriquece a los que la buscan, ilustra a los que la ilustran y defiende a los que en ella esperan; y para hacer contigo estos oficios de madre singular y usar de nuevas misericordias, te aseguro que espera y desea que la obligues y solicites su maternal amor. Pero también advierte que Dios de nadie necesita13 y es poderoso para hacer de piedras hijos de Abrahán14 ; y si de tanto bien te haces indigna, puede reservar esta gloria para quien él fuere servido y menos lo desmereciere.
307. Y porque no ignores el servicio con que hoy se dará por obligada esta Reina y Señora de todos, entre muchos que te enseñará tu devoción y piedad, atiende al estado que tiene el misterio de su inmaculada Concepción en toda la Iglesia y lo que falta para asegurar con firmeza los fundamentos de esta ciudad de Dios. Y nadie juzgue esta advertencia como de mujer flaca e ignorante, o nacida de particular devoción y amor a mi estado y profesión debajo de este nombre y religión de María sin pecado original, pues para mí me basta mi creencia y luz que en esta Historia he recibido; no es para mí esta exhortación, ni yo la diera por sólo mi juicio y dictamen; obedezco en ella al Señor que da lengua a los mudos, hace prestas las de los niños infantes15.Y quien se admirare de esta liberal misericordia, advierta lo que de esta Señora añade el evangelista, diciendo:
308. Y sus puertas no estarán cerradas por el día, que allí no hay noche. Las puertas de la misericordia de María santísima nunca estuvieron ni están cerradas, ni hubo en ella noche de culpa, desde el instante primero de su ser y concepción, que cerrase las puertas de esta ciudad de Dios, como en los demás santos. Y como en un lugar donde las puertas están siempre patentes, salen y entran libremente todos los que quieren, a todos tiempos y horas, así a ninguno se le pone entredicho de los mortales para que entre con libertad al comercio de la divinidad por las puertas de la misericordia de María purísima, donde tiene estanco el tesoro del cielo, sin limitación de tiempo, lugar, edad, ni sexo. Todos han podido entrar desde su .fundación; que para eso la fundó el Altísimo con tantas puertas, y éstas no cerradas, sino abiertas y francas, y a la luz; porque desde su concepción purísima comenzaron a salir misericordias y beneficios por estas puertas para todo el linaje humano. Pero no porque tiene tantas puertas para que salgan por ellas las riquezas de la divinidad, deja de estar segura de enemigos. Y por eso añade el texto:
309. No entrará en ella cosa manchada, o que cometiere abominación y mentira, mas de aquellos que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Renovando el evangelista el privilegio de las inmunidades de esta ciudad de Dios, María, dio fin a este capítulo 21, asegurándonos que en ella no entró cosa manchada, porque se le dio alma y cuerpo inmaculados. Y no se pudiera decir que no había entrado en ella cosa sin mancha, si hubiera tenido la de la culpa original, pues aun por esta puerta no entran las manchas o máculas de los pecados actuales. Todo lo que entró en esta ciudad santa fue lo que estaba escrito en la vida del Cordero, porque de su Hijo santísimo se tomó el padrón y original para formarla, y de ningún otro se pudo copiar virtud alguna de María santísima, por pequeña que fuese, si en ella pudiera haber alguna pequeña. Y si a esta puerta de María corresponde el ser ciudad de refugio para los mortales, es con condición que tampoco ha de tener parte ni entrada en ella el que cometiere abominación y mentira. Mas no por esto se despidan los manchados y pecadores hijos de Adán de llegar a las puertas de esta ciudad santa de Dios, que si llegan reconocidos y humillados a buscar la limpieza de la gracia, en estas puertas de la gran Reina la hallarán y no en otras. Limpia es, pura es, abundante es, y sobre todo es Madre de la misericordia, dulce, amorosa y poderosa para enriquecer nuestra pobreza y limpiar las máculas de todas nuestras culpas.
Doctrina que me dio la Reina en estos capítulos.
310. Hija mía, grande enseñanza y luz encierran los misterios de estos capítulos, aunque en ellos has dejado de decir muchas cosas. Pero de todo lo que has entendido y escrito trabaja para que te aproveches y no recibas la luz de la gracia en vano16 . Y lo que brevemente quiero de ti que adviertas es que, por haber sido tú concebida en pecado, descendiente de tierra y con inclinaciones terrenas, no por eso desmayes en la batalla de las pasiones hasta vencerlas, y en ellas a tus enemigos, pues con las fuerzas de la gracia del Altísimo, que te ayudará, te puedes levantar sobre ti misma y hacerte descendiente del cielo, donde viene la gracia. Y para que lo consigas ha de ser tu continua habitación las alturas, estando tu mente fija en el conocimiento del ser inmutable y perfecciones de Dios, sin consentir que de allí te derribe la atención de otra cosa alguna, aunque sea de las cosas necesarias. Y con esta incesante memoria y vista interior de la grandeza de Dios estarás dispuesta en todo lo demás para obrar lo más perfecto de las virtudes, y te harás idónea para recibir el influjo del Espíritu Santo y sus dones, y llegar al estrecho vínculo de la amistad y comunicación con el Señor. Y para que no impidas en esto su voluntad santa, que muchas veces se te ha mostrado y manifestado, trabaja en mortificar la parte inferior de la criatura, donde viven las inclinaciones y pasiones siniestras. Muere a todo lo terreno, sacrifica en presencia del Altísimo todos tus apetitos sensitivos y ninguno cumplas, ni hagas tu voluntad sin obediencia, ni salgas del secreto de tu interior donde te ilustrará la lucerna del Cordero. Adórnate para entrar en el tálamo de tu Esposo y déjate componer, como lo hará la diestra del Todopoderoso, si tú concurres de tu parte y no le impides. Purifica tu alma con muchos actos de dolor de haberle ofendido y con ardentísimo amor le alaba y magnifica. Búscale y no sosiegues hasta hallar al que desea tu alma y no le dejes17 . Y quiero que vivas en esta peregrinación al modo de los que la han acabado, mirando sin cesar al objeto que los hace gloriosos. Este ha de ser el arancel de tu vida, para que con la luz de la fe y la claridad de Dios omnipotente, que te iluminará y llenará tu espíritu, le ames, adores y reverencies, sin hacer en esto intervalo alguno. Esta es la voluntad del Altísimo en ti; advierte 1o que puedes granjear y también lo que puedes perder. No quieras por ti misma aventurarlo, pero sujeta tu voluntad y redúcete toda a la enseñanza de tu Esposo, a la mía y a la de la obediencia, con quien lo has de conferir todo.–Esta fue la doctrina que me dio la Madre del Señor, a quien yo respondí llena de confusión, y la dije:
311. Reina y Señora de todo lo criado, cuya soy y deseo serlo por todas las eternidades, yo alabo por todas ellas la omnipotencia del Altísimo, que tanto quiso engrandeceros. Pues tan próspera sois y tan poderosa con Su Alteza, yo, Señora mía, os suplico miréis con misericordia a esta vuestra sierva pobre y mísera; y con los dones que el Señor puso en vuestras manos para distribuirlos a los necesitados, reparad mi vileza y enriqueced mi desnuda pobreza y compeledme como Señora hasta que eficazmente quiera y obre lo más perfecto y halle gracia en los ojos de vuestro Hijo santísimo y mi Señor. Granjead para vos misma esta exaltación, de que la más inútil criatura sea levantada del polvo. En vuestras manos pongo mi suerte, queredla vos, Señora y Reina mía, con eficacia, que vuestro querer es santo y poderoso, por los méritos de vuestro Hijo santísimo y por la palabra de la beatísima Trinidad, que tiene empeñada a vuestra voluntad y peticiones, para admitirlas sin negar alguna. No puedo obligaros porque soy indigna, pero represéntoos, Señora mía, vuestra misma santidad y clemencia.

CAPITULO 1 – CAPITULO 20

CAPITULO 20
De lo que sucedió en los nueve meses del preñado de santa Ana, y lo que hizo María Santísima en el vientre, y su madre en aquel tiempo.
312. Concebida María santísima sin pecado original, como queda dicho, con aquella primera visión que tuvo de la divinidad, quedó su espíritu todo absorto y llevado de aquel objeto de su amor, que comenzó en aquel estrecho tabernáculo del materno vientre en el instante que fue criada su alma dichosísima, para no ínterrumpirse jamás, antes para continuarle por toda la eternidad en la suma gloria de pura criatura, que goza en la diestra de su Hijo santísimo. Y para que en la contemplación y amor divino fuese creciendo, a más de las especies infusas que recibió de otras cosas criadas y de las que redundaron de la primera visión de la santísima Trinidad, con que ejercitó muchos actos de las virtudes que allí podía obrar, renovó el Señor la maravilla de aquella visión y manifestación abstractiva de su divinidad, concediéndosela otras dos veces; de suerte que se le manifestó la santísima Trinidad tres veces por este modo, antes de nacer al mundo: una en el instante que fue concebida, otra hacia la mitad de los nueve meses y la tercera el día antes que naciera. Y no se entienda que por no ser continuo este modo de visión, le faltó otro más inferior, aunque superiorísimo y muy alto, con que miraba por fe y especial ilustración el ser de Dios; que este modo de contemplación fue incesante y continuo en María santísima sobre toda la contemplación que tuvieron todos los viadores juntos.
313. Pero aquella visión abstractiva de la divinidad, aunque no era ajena del estado de viadora, con todo eso era tan alta e inmediata a la visión intuitiva, que no debía ser continua en esta vida mortal para quien había de merecer la gloria intuitiva por otros actos; mas venía a ser sumo beneficio de la gracia para este intento, porque dejaba especies impresas del Señor en el alma y la levantaba, y absorbía toda la criatura en el incendio del amor divino. Estos afectos se renovaron con estas visiones en el alma santísima de María mientras estuvo en el vientre de santa Ana, donde sucedió que teniendo uso perfectísimo de razón, y ocupándose en continuas peticiones por el linaje humano, en actos heroicos de reverencia, adoración y amor de Dios y trato con los ángeles, no sintió el encerramiento de la natural y estrecha cárcel del vientre, ni le hizo falta el no usar de los sentidos, ni le fueron pesadas las pensiones naturales de aquel estado. A todo esto dejó de atender, con estar más en su amado que en el vientre de su madre y más que en sí misma.
314. La última de estas tres visiones que tuvo fue con nuevos y más admirables favores del Señor; porque la manifestó cómo era ya tiempo de salir a luz del mundo y conversación de los mortales. Y obedeciendo a la divina voluntad la Princesa del cielo, dijo al Señor: Dios altísimo, dueño de todo mi ser, alma de mi vida y vida de mi alma, infinito en atributos y perfecciones, incomprensible, poderoso y rico en misericordias, Rey y Señor mío; de nada me habéis dado el ser que tengo; y sin haberlo podido merecer, me habéis enriquecido con los tesoros de vuestra divina gracia y luz, para que con ella conociera luego vuestro ser inmutable y perfecciones divinas y conociéndoos fuerais el primer objeto de mi vista y de mi amor, para no buscar otro bien fuera de vos, que sois el sumo y el verdadero, y todo mi consuelo. Mandáisme, Señor mío, que salga a usar de la luz material y conversación de las criaturas; y en vuestro mismo ser, donde todas las cosas se conocen como en clarísimo espejo, he visto el peligroso estado de la vida mortal y sus miserias. Si en ellas, por mi flaqueza y naturaleza débil, he de faltar sólo un punto a vuestro servicio y amor y allí he de morir, muera aquí ahora primero que pase a estado donde os pueda perder. Pero, Señor y dueño mío, si vuestra voluntad santa se ha de cumplir, remitiéndome al tempestuoso mar de este mundo, a vos, altísimo y poderoso bien de mi alma, suplico que gobernéis mi vida, enderecéis mis pasos y hagáis todas mis acciones a vuestro mayor agrado. Ordenad en mí la caridad1, para que con el nuevo uso de las criaturas, con vos y con ellas se mejore. He conocido en vos la ingratitud de muchas almas y temo con razón –que soy de su naturaleza– si acaso yo cometeré la misma culpa. En esta caverna estrecha del vientre de mi madre he gozado de los espacios infinitos de vuestra divinidad, aquí poseo todo el bien, que sois vos, amado mío; y siendo ahora sólo vos mi parte2 y posesión, no sé si fuera de este encerramiento la perderé a la vista de otra luz y uso de mis sentidos. Si posible fuera y conveniente renunciar el comercio de la vida que me aguarda, yo de mi voluntad lo negara todo y careciera de ella; pero no se haga mi voluntad sino la vuestra. Y pues así lo queréis, dadme vuestra bendición y beneplácito para nacer al mundo y no apartéis de mí en el siglo, donde me ponéis, vuestra divina protección.–Hecha esta oración por la dulcísima niña María, el Altísimo la dio su bendición, y la mandó, como con imperio, saliese a la luz material de este sol visible y la ilustró de lo que debía hacer en cumplimiento de sus deseos.
315. La felicísima madre santa Ana corría su preñado toda espiritualizada con divinos efectos y suavidad que sentía en sus potencias; pero la divina Providencia, para mayor corona y seguridad de su próspera navegación de la Santa, ordenó que llevase algún lastre de trabajos, porque sin ellos no se logran harto los frutos de la gracia y del amor. Y para mejor entender lo que a esta santísima matrona sucedió, se debe advertir que el demonio, después que con sus malos ángeles fue derribado del cielo a las penas infernales, andaba siempre desvelado, atendiendo y acechando a todas las mujeres más santas de la ley antigua, para reconocer si topaba con aquella cuya señal había visto y cuya planta le había de hollar y quebrantar la cabeza3 . Y era tan ardiente la indignación de Lucifer, que estas diligencias no las fiaba de solos sus inferiores; pero ayudándose de ellos contra algunas mujeres virtuosas, él mismo por sí atendía y rodeaba a las que conocía se señalaban más en ellas las virtudes y la gracia del Altísimo.
316. Con esta malignidad y astucia advirtió mucho en la extremada santidad de la gran matrona Ana y en todo lo que alcanzaba de cuanto en ella iba sucediendo; y aunque no pudo conocer el valor del tesoro que su dichoso vientre encerraba, porque el Señor le ocultaba este y otros misterios, pero sentía contra sí una grande fuerza y virtud que redundaba de santa Ana; y el no poder penetrar la causa de aquella poderosa eficacia, le traía a tiempos muy turbado y zozobrado en su mismo furor. Otras veces se quietaba un poco, juzgando que aquel preñado era por el mismo orden y causas naturales que los demás y que no había en él cosa nueva que temer; porque le dejaba el Señor alucinarse en su misma ignorancia y andarse mareando en las olas soberbias de su propia indignación. Pero con todo esto se escandalizaba su perversísimo espíritu de ver tanta quietud en el preñado de santa Ana y tal vez se le manifestaba la asistían muchos ángeles; y sobre todo le despechaba el sentirse flaco en fuerzas para resistir a la que salía de la bienaventurada santa Ana; y dio en sospechar que no era sola ella quien la causaba.
317. Turbado el dragón con estos recelos, determinó quitar la vida si pudiera a la dichosísima Ana; y si no podía conseguirlo, procurar a lo menos que tuviese mal gozo de su preñado; porque era tan desmedida la soberbia de Lucifer, que se persuadía podría vencer o quitar la vida, si no se le ocultaba, a la que fuese Madre del Verbo humanado, y al mismo Mesías reparador del mundo. Y esta suma arrogancia fundaba en que su naturaleza de ángel era superior en condición y fuerzas a la naturaleza humana; como si a una y a otra no fuera superior la gracia, y entrambas no estuvieran subordinadas a la voluntad de su Criador. Con esta audacia se animó a tentar a santa Ana con muchas sugestiones, espantos, sobresaltos y desconfianzas de la verdad de su preñado, representándole su larga edad y dilación. Y todo esto hacía el demonio para explorar la virtud de la santa y ver si el efecto de estas sugestiones abría algún portillo por donde él pudiese entrar a saltearle la voluntad con algún consentimiento.
318. Pero la invicta matrona resistió estos golpes varonilmente, con humilde fortaleza, paciencia, continua oración y viva fe en el Señor, con que desvanecía las marañas fabulosas del dragón y todas redundaban en mayores aumentos de la gracia y protección divina; porque a más de los grandes merecimientos que la santa madre acumulaba, la defendían los príncipes, que guardaban a su Hija santísima, y arrojaban a los demonios de su presencia. Mas no por esto desistió la insaciable malicia de este enemigo; y como su arrogancia y su soberbia excede a su fortaleza, procuró valerse de medios humanos; porque con tales instrumentos se promete siempre mayores victorias. Y habiendo procurado primero derribar la casa de san Joaquín y santa Ana, para que con el susto se alterase y moviese, como no lo pudo conseguir, porque los ángeles santos le resistieron, irritó a unas mujercillas flacas, conocidas de santa Ana, para que riñesen con ella, como lo hicieron con grande ira, injuriándola con palabras muy desmedidas de contumelia; y entre ellas hicieron gran mofa de su preñado, diciéndola que era embuste del demonio salir con aquello al cabo de tantos años y vejez.
319. No se turbó santa Ana con esta tentación, antes con toda mansedumbre y caridad sufrió las injurias y acarició a quien se las hacía; y desde entonces miró a aquellas mujeres con más afecto y les hizo mayores beneficios. Pero no luego se les templó la ira, por haberlas poseído el demonio para encenderlas en odio de la santa; y como entregándosele una vez a este cruel tirano, cobra más fuerzas para traer a su mandado a quien se le sujeta, incitó aquellos ruines instrumentos para que intentasen alguna venganza en la persona y vida de santa Ana; mas no pudieron ejecutarlo, porque la virtud divina hizo más débiles e ineptas las flacas fuerzas de aquellas mujeres y nada pudieron obrar contra la santa, antes ella las venció con amonestaciones y las redujo con sus oraciones a conocimiento y enmienda de sus vidas.
320. Con esto quedó vencido el dragón, pero no rendido, porque luego se valió de una criada que servía a los santos casados y la irritó contra santa Ana; de suerte que ésta fue peor que las otras mujeres, porque era enemigo doméstico, y por esta más pertinaz y peligroso. No me detengo en referir lo que intentó el enemigo por medio de esta criada, porque fue lo mismo que por las otras mujeres, aunque con mayor molestia y riesgo de la santa matrona; pero con el favor divino alcanzó victoria de esta tentación más gloriosamente que de las otras; porque no dormitaba la guarda de Israel que guardaba a su ciudad santa 4 y la tenía guarnecida con tantas centinelas, los más esforzados de su milicia, que ahuyentaron a Lucifer y sus ministros para que no molestasen más a la dichosa madre, que aguardaba ya el parto felicísimo de la Princesa del cielo, y se había dispuesto para él con los actos heroicos de las virtudes y merecimientos adquiridos en estas peleas, y se acercaba el fin deseado. Y yo deseo también el de estos capítulos para oír la saludable doctrina de mi Señora y Maestra; que si bien me administra todo lo que escribo, pero lo que a mí me está mejor es su maternal amonestación, y así la aguardo con sumo gozo y júbilo de mi espíritu.
321. Hablad, pues, Señora, que vuestra sierva oye. Y si me dais licencia, aunque soy polvo y ceniza, preguntaré una duda que en este capítulo se me ha ofrecido, pues en todas me remito a vuestra dignación de Madre, de Maestra y Dueña mía. La duda en que me hallo es ésta: ¿cómo, habiendo sido vos Señora de todo lo criado, concebida sin pecado y con tan alta noticia de todas las cosas en la visión de la divinidad que vuestra alma santísima tuvo, se compadecía con esta gracia el temor y ansias tan grandes que teníades de no perder la amistad de Dios y no ofenderle? Si al primer paso e instante de vuestro ser os previno la gracia, ¿cómo4 en habiendo comenzado a ser temíades perderla? Y si el Altísimo os eximió de la culpa, ¿cómo podíades caer en otras y ofender a quien os guardó de la primera?
 
Doctrina y respuesta de la Reina del cielo.
 
322. Hija mía, oye la respuesta de tu duda. Cuando en la visión que tuve de la divinidad en el primer instante hubiera conocido mi inocencia y que estaba concebida sin pecado, son de tal condición estos beneficios y dones de la mano del Altísimo, que cuanto más aseguran y se conocen tanto mayor cuidado y atención despiertan para conservarlos y no ofender a su Autor, que por sola su bondad los comunica a la criatura; y traen consigo tanta luz de que se derivan de la virtud sola de lo alto y por los méritos de mi Hijo santísimo, sin conocer la criatura más que su indignidad e insuficiencia, que con esto entiende muy claro recibe lo que no merece, y que siendo ajeno no debe ni puede apropiárselo a sí misma. Y conociendo que hay dueño y causa tan superior que, como de liberalidad lo concede, puede asimismo quitárselo y dar a quien fuere servido, de aquí nace forzosamente la solicitud y cuidado de no perder lo que se tiene de gracia, antes obrar con diligencia para conservarlo y aumentar el talento5 , pues se conoce ser este sólo el medio para no perder lo que tenemos en depósito, y que se le da a la criatura para que vuelva el retorno y trabaje en la gloria de su Hacedor; y el cuidar de este fin es precisa condición para conservar los beneficios de la gracia recibida.
323. A más de esto se conoce allí la fragilidad de la humana naturaleza y su libre voluntad para el bien y el mal. Y este conocimiento no me le quitó el Altísimo, ni le quita a nadie cuando es viador; antes le deja a todos como conviene para que a su vista se arraigue el temor santo de no caer en culpa, aunque sea pequeña. Y en mí fue mayor esta luz; porque conocí que una pequeña falta dispone para otra mayor y la segunda es castigo de la primera. Verdad es que por los beneficios y gracias que había obrado el Señor en mi alma, no era posible caer en pecado con ellas; pero de tal suerte dispuso su providencia este beneficio, que me ocultó la seguridad absoluta de no pecar; y conocía que por mí sola era posible caer y sólo pendía de la divina voluntad el no hacerlo; y así reservó para sí el conocimiento y mi seguridad y a mí me dejó el cuidado y santo temor de no pecar como viadora; y desde mi concepción hasta la muerte no le perdí, mas antes creció en mí con la vida.
324. Diome también el Altísimo discreción y humildad para que no preguntase ni examinase este misterio, y sólo atendía a fiar de su bondad y amor que me asistiría para no pecar. Y de aquí resultaban dos efectos necesarios en la vida cristiana: el uno tener quietud en el alma, el otro no perder el temor y desvelo de guardar mi tesoro; y como éste era temor filial, no disminuía el amor, antes le encendía más y acrecentaba. Y estos dos efectos de amor y temor hacían en mi alma una consonancia divina para ordenar todas mis acciones en alejarme del mal y unirme con el sumo bien.
325. Amiga mía, este es el mayor examen de las cosas del espíritu: que vengan con verdadera luz y sana doctrina, que enseñen la mayor perfección de las virtudes y con gran fuerza muevan para buscarla. Esta condición tienen los beneficios que descienden del Padre de las lumbres, que aseguran humillando y humillan sin desconfianza, y dan confianza con solicitud y desvelo y solicitud con sosiego y paz, para que estos afectos no se impidan en el cumplimiento de la voluntad divina. Y tú, alma, ofrece humilde y fervorosa agradecimiento al Señor, porque ha sido tan liberal contigo, habiéndole obligado tan poco, y te ha ilustrado con su divina luz y franqueado el archivo de sus secretos y te previno con el temor de su desgracia. Pero usa de él con medida y excede más en el amor; y con estas dos alas te levanta sobre todo lo terreno y sobre ti misma. Procura deponer luego cualquiera desordenado afecto que te mueva temor excesivo; y deja tu causa al Señor y la suya toma por cosa propia. Teme hasta que seas purificada y limpia de tus culpas e ignorancias; y ama al Señor hasta que seas toda transformada en él y en todo le hagas dueño y árbitro de tus acciones, sin que tú lo seas de ninguna. No fíes de tu propio juicio, ni seas sabia contigo misma6 , porque al dictamen propio le ciegan fácilmente las pasiones y le llevan tras de sí, y él con ellas arrebatan la voluntad; con que se viene a temer lo que no se debía temer y a dilatarse en lo que no le conviene. Asegúrate de suerte que no te dilates con liviano gusto interior; duda y teme hasta que con quietud solícita halles el medio conveniente en todo; y siempre le hallarás si te sujetas a la obediencia de tus prelados y a lo que el Altísimo en ti obrare y te enseñare. Y aunque los efectos sean buenos en el fin que se desea, todos se han de registrar con la obediencia y consejo, porque sin esta dirección suelen salir monstruos y sin provecho. En todo serás atenta a lo más santo y perfecto.

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