LIBRO VIII

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Ricardo Romero. Difusor de la Orden de Inmaculada Concepción y de la causa de beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de "Mística Ciudad de Dios"

LIBRO VIII

CONTIENE LA JORNADA DE MARíA SANTÍSIMA CON SAN JUAN A EFESO; EL GLORIOSO MARTIRIO DE SANTIAGO; LA MUERTE Y CASTIGO DE HERODES; LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO DE DIANA; LA VUELTA DE MARÍA SANTÍSIMA DE ÉFESO A JERUSALÉN; LA INSTRUCCIÓN QUE DIO A LOS EVANGELISTAS; EL ALTÍSIMO ESTADO QUE TUVO SU ALMA PURÍSIMA ANTES DE MORIR; SU FELICÍSIMO TRANSITO, SUBIDA A LOS CIELOS Y CORONACIÓN.

 

 

CAPITULO 1

 

Parte de Jerusalén María santísima con san Juan para Efeso, viene san Pablo de Damasco

a Jerusalén, vuelve a ella Santiago, visita en Efeso a la gran Reina; decláranse los

secretos que en estas viajes sucedieron a todos.

 

365. Volvió María santísima a Jerusalén en manos de serafines desde Zaragoza, dejando mejorada y enriquecida aquella ciudad y reino de España con su presencia, con su protección y promesas, y con el templo que para título y monumento de su sagrado nombre le dejaba edificando Santiago, con asistencia y favor de los santos ángeles. Al punto que la gran Señora del cielo y Reina de los ángeles descendió de la nube o trono en que la traían y pisó el suelo del cenáculo, se postró en él, pegándose con el polvo, para alabar al Muy Alto por los favores y beneficios que con ella, con Santiago y aquellos reinos había obrado su poderosa diestra en aquella milagrosa jornada. Y considerando con su inefable humildad, que en carne mortal se le edificaba templo a su nombre e invocación, de tal manera se aniquiló y deshizo en su estimación en la divina presencia, como si totalmente se le olvidara que era Madre de Dios verdadera, criatura impecable y superior en santidad sobre todos los supremos serafines excediéndoles sin medida. Tanto se humilló y agradeció estos beneficios, romo si fuera un gusanillo y la menor y más pecadora de las criaturas, e hizo juicio que debía levantarse sobre sí misma con esta deuda a nuevos grados de santidad más alta y remontada. Así lo propuso y cumplió llegando su sabiduría y humildad hasta donde no alcanza nuestra capacidad.

365. En estos ejercicios gastó lo más de los cuatro días después que volvió a Jerusalén, y también en pedir con gran fervor por la defensa y aumento de la santa Iglesia. En el ínterin el evangelista san Juan prevenía la jornada y la embarcación para Efeso, y al cuarto día, que era el quinto de enero del año de cuarenta, la dio aviso san Juan cómo era tiempo de partir, porque había embarcación y estaba todo dispuesto para caminar. La gran Maestra de la obediencia sin réplica ni dilación se puso de rodillas y pidió licencia al Señor para salir del cenáculo y de Jerusalén, y luego se fue a despedirse del dueño de la casa y de sus moradores. Bien se deja entender el dolor que a todos tocaría de esta despedida, porque de la conversación dulcísima de la Madre de la gracia y de los favores y bienes que recibían de su liberal mano estaban todos cautivos, presos y rendidos a su amor y veneración, y en un punto quedaban sin consuelo y sin el tesoro riquísimo del cielo donde hallaban tantos bienes. Ofreciéronse todos a seguirla y a acompañarla, pero, como esto no era conveniente, la pidieron con muchas lágrimas acelerase la vuelta y no desamparase del todo aquella casa, de que tenía larga posesión. Agradeció la divina Madre estos ofrecimientos piadosos y caritativos con agradables y humildes demostraciones, y con la esperanza de su vuelta les templó algo su dolor.

367. Pidió luego licencia a san Juan para visitar los Lugares Santos de nuestra Redención y venerar en ellos con culto y adoración al Señor que los consagró con su presencia y preciosa sangre, y en compañía del mismo apóstol hizo estas sagradas estaciones con increíble devoción, lágrimas y reverencia; y san Juan, con suma consolación que recibió de acompañarla, ejercitó actos heroicos de las virtudes. Vio en los Lugares Santos la beatísima Madre a los santos ángeles que en cada uno estaban para su guarda y defensa, y de nuevo les encargó que resistiesen a Lucifer y sus demonios para que no destruyesen ni profanasen con irreverencia aquellos lugares sagrados, como lo deseaban y lo intentarían por mano de los judíos incrédulos. Y para esta defensa advirtió a los santos espíritus que desvaneciesen con santas inspiraciones los malos pensamientos y sugestiones diabólicas con que el dragón infernal procuraba inducir a los judíos y demás mortales para borrar la memoria de Cristo nuestro Señor en aquellos Santos Lugares. Y para todos los siglos futuros les encargó este cuidado, porque la ira de los malignos espíritus duraría para siempre contra los lugares y obras de la redención. Obedecieron los santos ángeles a su Reina y Señora en todo lo que les ordenó.

368. Hecha esta diligencia pidió la bendición a san Juan, puesta de rodillas, para caminar, como lo hacía con su Hijo santísimo1 porque siempre ejercitó con el amado discípulo que le dejó en su lugar las dos virtudes grandiosas de obediencia y humildad. Muchos fieles de los que había en Jerusalén la ofrecieron dinero, joyas y carrozas para el camino hasta el mar y para todo el viaje lo necesario. Pero la prudentísima Señora con humildad y estimación satisfizo a todos sin admitir cosa alguna, y para las jornadas hasta el mar le sirvió un humilde jumentillo en que hizo el camino, como Reina de las virtudes y de los pobres. Acordábase de las jornadas y peregrinaciones que antes había hecho con su Hijo santísimo y con su esposo José; y esta memoria, y el amor divino que la obligaba .le nuevo a peregrinar, despertaban en su columbino corazón tiernos y devotos afectos; y para ser en todo perfectísima, hizo nuevos afectos de resignación en la voluntad divina, de carecer, por su gloria y exaltación de su nombre, de la compañía de Hijo y Esposo en aquella jornada, que en otras había tenido y gozado de tan gran consuelo, y de dejar la quietud del cenáculo, los Lugares Santos y la compañía de muchos y fieles devotos; y alabó al Altísimo porque le daba al discípulo amado para que la acompañase en estas ausencias.

369. Y para mayor alivio y consuelo en la jornada de la gran Reina, se le manifestaron al salir del cenáculo todos sus ángeles en forma corpórea y visible, que la rodearon y cogieron en medio. Y con la escolta de este celestial escuadrón y la compañía humana de solo san Juan, caminó hasta el puerto donde estaba el navío que navegaba a Efeso. Y gastó todo este camino en repetidos y dulces coloquios y cánticos con los espíritus soberanos en alabanza del Altísimo, y alguna vez con san Juan, que cuidadoso y oficioso la servía con admirable reverencia en todo lo que se ofrecía y el dichosísimo apóstol conocía que era menester. Esta solicitud de san Juan agradecía María santísima con increíble humildad, porque las dos virtudes, de gratitud y humildad, hacían en la Reina muy grandes los beneficios que recibía y, aunque se le debían por tantos títulos de obligación y justicia, los reconocía como si fueran favores y muy de gracia.

370. Llegaron al puerto y luego se embarcaron en una nave como otros pasajeros. Entró la gran Reina del mundo en el mar, la primera vez que había llegado a él por este modo. Penetró y vio con suma claridad y comprensión todo aquel vastísimo piélago del mar Mediterráneo y la comunicación que tiene con el Océano. Vio su profundidad y altura, su longitud y latitud las cavernas que tiene y oculta disposición, sus arenas y mineros, flujos y reflujos, sus animales, ballenas, variedad de peces grandes y pequeños, y cuanto en aquella portentosa criatura estaba encerrado. Conoció también cuántas personas en ella se habían anegado y perecido navegando, y se acordó de la verdad que dijo el Eclesiástico2, de que cuentan los peligros del mar aquellos que le navegan, y lo de David3 , que son admirables las elaciones y soberbia de sus hinchadas olas. Y pudo conocer la divina Madre todo esto, así por especial dispensación de su Hijo santísimo, como también porque gozaba en grado muy supremo de los privilegios y gracias de la naturaleza angélica y de otra singular participación de los divinos atributos, a imitación y similitud y semejanza de la humanidad santísima de Cristo nuestro Salvador. Y con estos dones y privilegios, no sólo conocía todas las cosas como ellas son en sí mismas y sin engaño, pero la esfera de su conocimiento era mucho más dilatada para penetrar y comprender más que los ángeles.

371. Y cuando a las potencias y sabiduría de la gran Reina se le propuso aquel dilatado mapa en que reverberaban como en espejo clarísimo la grandeza y omnipotencia del Criador, levantó su espíritu con vuelo ardentísimo hasta llegar al ser de Dios, que tanto resplandece en sus admirables criaturas, y en todas y por todas le dio alabanza, gloria y magnificencia. Y compadeciéndose como piadosa Madre de todos los que se entregan a la indómita fuerza del mar, para navegarle con tanto riesgo de sus vidas, hizo por ellos fervorosísima oración y pidió al Todopoderoso defendiese en aquellos peligros a todos los que en ellos invocasen su intercesión y nombre, pidiendo devotamente su amparo. Concedió luego el Señor esta petición y la dio su palabra de favorecer en los peligros del mar a los que llevasen alguna imagen suya y con afecto llamasen en las tormentas a la estrella del mar María santísima. De esta promesa se entenderá que si los católicos y fieles tienen malos sucesos y perecen en las navegaciones, la causa es porque ignoran este favor de la Reina de los ángeles, o porque merecen por sus pecados no acordarse de ella en las tormentas que allí padecen y no la llaman y piden su favor con verdadera fe y devoción; pues ni la palabra del Señor puede faltar4 , ni la gran Madre se negaría a los necesitados y afligidos en el mar.

372. Sucedió también otra maravilla, y fue que, cuando María santísima vio el mar y sus peces y los demás animales marítimos, les dio a todos su bendición y les mandó que en el modo que les pertenecía reconociesen y alabasen a su Criador. Fue cosa admirable que, obedeciendo todos los pescados del mar a esta palabra de su Señora y Reina, acudieron con increíble velocidad a ponerse delante el navío, sin faltar de ningún género de estos animales de quien no fuese innumerable multitud. Y rodeando todos la nave descubrían las cabezas fuera del agua y con movimientos y meneos extraordinarios y agradables estuvieron grande rato como reconociendo a la Reina y Señora de las criaturas, dándole la obediencia y festejándola y como agradeciéndole que se dignase de haber entrado en el elemento y morada en que ellos vivían. Esta nueva maravilla extrañaron todos los que iban en el navío, como nunca vista. Y porque aquella multitud de peces grandes y pequeños, tan juntos y apiñados impedían algo a la nave para caminar, les motivó más a atender y discurrir, pero no conocieron la causa de la novedad; sólo san Juan la entendió y en mucho rato no pudo contener las lágrimas de alegría devota. Y pasando algún espacio, pidió a la divina Madre que diese su bendición y licencia a los peces para que se fuesen, pues tan prontamente la habían obedecido cuando los convidó a alabar al Altísimo. Hízolo así la dulcísima Madre, y luego se desapareció aquel ejército de pescados, y el mar quedó en leche y muy tranquilo, sereno y lindo, con que prosiguieron el viaje y en pocos días llegaron a desembarcar en Efeso.

373. Salieron a tierra, y en ella y en el mar hizo grandes maravillas la gran Reina, curando enfermos y endemoniados, que llegando a su presencia quedaban libres sin dilación. Y no me detengo a escribir todos estos milagros, porque sería menester muchos libros y más tiempo si hubiera de referir todos los que María santísima iba obrando y los favores del cielo que derramaba en todas partes como instrumento y dispensera de la omnipotencia del Altísimo. Sólo escribo los que son necesarios para la Historia y los que bastan para manifestar algo de lo que no se sabía de las obras y maravillas de nuestra Reina y Señora. En Efeso vivían algunos fieles que desde Jerusalén y Palestina habían venido. Eran pocos; pero en sabiendo la llegada de la Madre de Cristo nuestro Salvador, fueron a visitarla y a ofrecerla sus posadas y haciendas para su servicio. Pero la gran Reina de las virtudes, que ni buscaba ostentación ni comodidades temporales, eligió para su morada la casa de unas mujeres recogidas, retiradas y no ricas, que vivían solas sin compañía de varones. Ellas se la ofrecieron por disposición del Señor con caridad y benevolencia, y reconociendo su habitación, interviniendo en todo los ángeles, señalaron un aposento muy retirado para la Reina y otro para san Juan. Y en esta posada vivieron mientras estuvieron en aquella ciudad de Efeso.

374. Agradeció María santísima este beneficio a las vecinas y dueñas de la casa, y luego se retiró sola a su aposento, y postrada en tierra como acostumbraba para hacer oración adoró al ser inmutable del Altísimo, y ofreciéndose en sacrificio para servirle en aquella ciudad dijo estas palabras: Señor y Dios omnipotente, con la inmensidad de vuestra divinidad y grandeza llenáis todos los cielos y la tierra. Yo, vuestra humilde sierva, deseo hacer en todo vuestra voluntad perfectamente en toda ocasión, lugar y tiempo, en que vuestra providencia divina me pusiere; porque vos sois todo mi bien, mi ser y vida, a vos sólo se encaminan mis deseos y los afectos de mi voluntad. Gobernad, altísimo Señor, todos mis pensamientos, palabras y obras, para que todas sean de vuestro agrado y beneplácito. Conoció la prudentísima Madre que aceptó el Señor esta petición y ofrenda y que respondía a sus deseos con virtud divina que la asistiría y gobernaría siempre.

375. Continuó la oración, pidiendo por la Iglesia santa, y disponiendo lo que deseaba hacer y ayudar desde allí a los fieles. Llamó a los santos ángeles y despachó algunos para que socorriesen a los apóstoles y discípulos, que conoció estaban más afligidos con las persecuciones que por medio de los infieles movía contra ellos el demonio. En aquellos días san Pablo salió huyendo de Damasco por la persecución que allí le hacían los judíos, como él lo refiere en la segunda a los Corintios, cuando le descolgaron por el muro de la ciudad5 . Y para que defendiesen al Apóstol de estos peligros y de los que prevenía Lucifer contra él en la jornada que hacía a Jerusalén, envió la gran Reina ángeles que le asistieron y guardaron, porque la indignación del infierno estaba contra san Pablo más irritada y furiosa que contra los otros apóstoles. Esta jornada es la que el mismo apóstol refiere en la epístola ad Galatas6 , que hizo después de tres años, subiendo a Jerusalén para visitar a san Pedro. Y estos tres años dichos no se han de contar después de la conversión de san Pablo, sino después que volvió de Arabia a Damasco. Y aunque esto se colige del texto de san Pablo, porque en acabando de decir que volvió de Arabia a Damasco añade luego que después de tres años subió a Jerusalén, y si estos tres años se contasen de antes que fuera a Arabia quedaba el texto muy confuso.

376. Pero con mayor claridad se prueba esto, del cómputo que arriba se ha hecho7 desde la muerte de san Esteban y de esta jornada de María santísima a Efeso. Porque san Esteban murió cumplido el año de treinta y cuatro de Cristo, como dije en su lugar, contando los años desde el mismo día del nacimiento; y contándolos del día de la circuncisión, como ahora los computa la santa Iglesia, murió san Esteban los siete días antes de cumplirse el año de treinta y cuatro, que restaban hasta primero de enero. La conversión de san Pablo fue el año de treinta y seis, a los veinte y cinco de enero. Y si tres años después viniera a Jerusalén, hallara allí a María santísima y a san Juan, y él mismo dice8 que no vio en Jerusalén a ninguno de los apóstoles más que a san Pedro y Santiago el Menor, que se llamaba Alfeo; y si estuvieran en Jerusalén la Reina y san Juan, no dejara san Pablo de verlos, y también nombrara a san Juan a lo menos, pero asegura que no le vio. Y la causa fue que san Pablo vino a Jerusalén el año de cuarenta, cumplidos cuatro de su conversión, y poco más de un mes después que María santísima partió a Efeso, entrando ya el quinto año de

la conversión del Apóstol, cuando los otros apóstoles, fuera de los dos que vio, estaban ya fuera de Jerusalén, cada uno en su provincia, predicando el evangelio de Jesucristo.

377. Y conforme a esta cuenta, san Pablo gastó el primer año de su conversión, o la mayor parte de él, en la jornada y predicación de la Arabia, y los tres siguientes en Damasco. Y por esto el evangelista san Lucas en el capítulo 9 de los Hechos apostólicos9 , aunque no cuenta la jornada de san Pablo a Arabia, pero dice que después de muchos días de su conversión trataron los judíos de Damasco cómo le quitarían la vida, entendiendo por estos muchos días los cuatro años que habían pasado. Y luego añade10 que, conocidas las asechanzas de los judíos, le descolgaron los discípulos una noche por el muro de la ciudad y vino a Jerusalén. Y aunque los dos apóstoles que allí estaban y otros nuevos discípulos sabían ya su milagrosa conversión, con todo eso les duraba siempre el temor y recelo de su perseverancia, por haber sido tan declarado enemigo de Cristo nuestro Salvador. Y con este recelo se recataban de san Pablo al principio, hasta que san Bernabé le habló y le llevó a la presencia de san Pedro y Santiago y otros discípulos. Allí se postró Pablo a los pies del Vicario de Cristo nuestro Salvador, y se los besó, pidiéndole con copiosas lágrimas le perdonase como a quien estaba reconocido de sus errores y pecados, que le admitiese en el número de sus súbditos y seguidores de su Maestro, cuyo santo nombre y fe deseaba predicar hasta derramar sangre.

378. De este miedo y recelo que tuvieron san Pedro y Santiago Alfeo de la perseverancia de san Pablo se colige también que cuando vino a Jerusalén no estaba en ella María santísima ni san Juan; porque si se hallaran en la ciudad, primero se presentara a ella que a otro alguno, con que les quitara el temor; y también ellos se informaran de la divina Madre más inmediatamente para saber si podían fiarse de san Pablo, y todo lo previniera la prudentísima Señora, pues era tan oficiosa y atenta al consuelo y acierto de los apóstoles y más de san Pedro. Pero como la gran Señora estaba ya en Efeso, no tuvieron quien los asegurase de la constancia y gracia de san Pablo, hasta que san Pedro la experimentó viéndole rendido a sus pies. Y entonces le admitió con gran júbilo de su alma y de todos los demás discípulos. Dieron todos humildes y fervientes gracias al Señor y ordenaron que san Pablo saliese a predicar en Jerusalén, como de hecho lo hizo con admiración de los judíos que le conocían. Y porque sus palabras eran flechas encendidas que penetraban los corazones de todos cuantos le oían, quedaron asombrados, y en dos días se conmovió toda Jerusalén con la voz que corrió de la venida y novedad de san Pablo, que ya iban conociendo por experiencia.

379. No dormía Lucifer ni sus demonios en esta ocasión, en que para su mayor tormento los despertó más el azote del Todopoderoso, porque al entrar san Pablo en Jerusalén sintieron estos dragones infernales que los atormentaba, oprimía y arruinaba la virtud divina que estaba en el apóstol. Pero como aquella soberbia y malicia nunca se extinguirá mientras eternamente duraren estos enemigos, luego que sintieron contra sí tan violenta fuerza, se irritaron más contra san Pablo en quien la reconocían. Y Lucifer, con increíble saña, convocó a muchas legiones de sus demonios y les exhortó de nuevo que todos se animasen y estrenasen la fuerza de su malicia en aquella demanda para destruir de todo punto a san Pablo, sin dejar piedra que para este fin no moviesen en Jerusalén y en todo el mundo. Y sin dilación ejecutaron los demonios este acuerdo, irritando a Herodes y a los judíos contra el apóstol y tomando ocasión para esto del increíble y ardiente celo con que comenzó a predicar en Jerusalén.

380. Tuvo noticia de todo esto la gran Señora del cielo que estaba en Efeso, porque a más de su admirable ciencia trajeron aviso de todo lo que pasaba con san Pablo los mismos ángeles que envió a su defensa. Y como la beatísima Madre tenía prevenida la turbación de Jerusalén, por la malicia de Herodes y de los judíos, y por otra parte la importancia de conservar la vida de san Pablo para la exaltación del nombre del Altísimo y dilatación del evangelio y conocía el peligro en que estaba en Jerusalén11 , todo esto dio nuevo cuidado a la divina Señora y crecía más por hallarse ausente de Palestina donde pudiera asistir a los apóstoles más de cerca. Pero hízolo desde Efeso con la eficacia de sus continuas oraciones y peticiones, multiplicándolas sin cesar con lágrimas y gemidos y con otras diligencias por ministerio de los santos ángeles. Y para aliviarla en estos cuidados el Señor la respondió un día en la oración, que se haría lo que pedía por Pablo y que le guardaría Su Majestad la vida y la defendería de aquel peligro y asechanzas del demonio. Y sucedió así; porque estando san Pablo un día orando en el templo tuvo un éxtasis admirable y de altísimas iluminaciones e inteligencias, con gran júbilo de su espíritu, y en él le mandó el Señor saliese luego de Jerusalén, porque convenía para salvar su vida del odio de los judíos que no admitirían su doctrina y predicación.

381. Por esta razón no se detuvo san Pablo en Jerusalén más de quince días en esta jornada, como él mismo lo dice en el capítulo 1 ad Galatas12. Y después de algunos años que volvió de Mileto y Efeso a Jerusalén, donde le prendieron, refiere este suceso del éxtasis que tuvo en el templo y del mandato del Señor para que saliese luego de Jerusalén, como se contiene en el capítulo 22 de los Hechos apostólicos13 . De esta visión y orden del Señor dio cuenta san Pablo a san Pedro como cabeza del apostolado y, conferido el peligro en que estaba la vida de Pablo, le despacharon ocultamente a Cesarea y Tarso, para que predicase a los gentiles sin diferencia, como lo hizo. Pero de todas estas maravillas y favores era María santísima el instrumento y medianera, por cuya intercesión las obraba su Hijo santísimo, y de todo tenía luego noticia y daba las gracias en su nombre y de toda la Iglesia.

382. Asegurada ya entonces la vida de san Pablo, tenía la piadosa Madre esperanza de que la divina Providencia favorecería a Jacobo su sobrino, de quien tenía singular cuidado, que siempre estaba en Zaragoza asistido de los cien ángeles que le dio en Granada para su compañía y defensa, como dejo dicho14 . Estos divinos espíritus iban y venían muchas veces a la presencia de María santísima con las peticiones de nuestro apóstol y con otros avisos de nuestra gran Reina, y por este medio tuvo Santiago noticia de la venida de la gran Señora a Efeso. Y cuando tuvo la capilla y pequeño templo del Pilar de Zaragoza en la disposición que convenía, la dejó encomendada al obispo y discípulos que dejaba en aquella ciudad como en otras de España. Hecho esto, después de algunos meses del aparecimiento de la gran Reina, partió Santiago de Zaragoza continuando por diversos lugares su predicación, y llegando a la costa de Cataluña se embarcó para Italia, donde sin detenerse mucho prosiguió el viaje predicando siempre, hasta que se embarcó otra vez para Asia, con ardientes deseos de ver en ella a María santísima, su Señora y amparo.

383. Consiguiólo felicísimamente Santiago, y llegando a Efeso se postró a los pies de la Madre de su Criador derramando copiosas lágrimas de júbilo y veneración. Y con estos vivos afectos la dio humildes gracias por los incomparables favores que por su medio había recibido de la divina diestra en la peregrinación y predicación de España y por haberlo visitado en ella con su real presencia y por todos los beneficios que en estas visitas le había hecho. La divina Madre, como maestra de la humildad, levantó luego del suelo al santo apóstol y le dijo: Señor mío, advertid que sois ungido del Señor, su cristo y su ministro, y yo un humilde gusanillo.–Y con estas palabras se arrodilló la gran Señora y le pidió la bendición a Santiago como a sacerdote del Altísimo. Estuvo algunos días en Efeso en compañía de María santísima y de su hermano san Juan, a quien dio cuenta de todo la que en España le había sucedido; y con la prudentísima Madre tuvo aquellos días altísimos coloquios y conferencias, de los cuales basta referir solos los siguientes:

384. Para despedir a Jacobo le habló María santísima un día y le dijo: Jacobo, hijo mío, éstos serán los últimos y pocos días de vuestra vida. Y ya sabéis cuán de corazón os amo en el Señor, deseando llevaros a lo íntimo de su caridad y amistad eterna, para la cual os crió, redimió y llamó. En lo que os restare de vida, deseo manifestaros este amor y os ofrezco todo lo que con la divina gracia pudiere hacer por vos como verdadera madre.–A este favor tan inefable respondió Jacobo con increíble veneración y dijo: Señora mía y Madre de mi Dios y Redentor, de lo íntimo de mi alma os doy gracias por este nuevo beneficio, digno de sola vuestra caridad sin medida. Pido, Señora mía, que me deis vuestra bendición para ir a padecer martirio por vuestro Hijo y mi verdadero Dios y Señor. Y si fuere voluntad suya y de su gloria, desea mi alma suplicaron que no me desamparéis en el sacrificio de mi vida, sino que os vean mis ojos en aquel tránsito, para que me ofrezcáis por agradable hostia en su divina presencia.

385. A esta petición de Santiago respondió María santísima que la presentaría al Señor, y se la cumpliría si la divina voluntad y dignación lo disponía para su gloria. Y con esta esperanza y otras razones de vida eterna confortó al apóstol y le animó para el martirio que le esperaba, y entre otras palabras le dijo las siguientes: Hijo mío Jacobo, ¿qué tormentos y qué penas parecieran graves para entrar en el eterno gozo del Señor? Todo lo violento es suave y lo más terrible amable y deseable, a quien ha conocido al infinito y sumo Bien, que ha de poseer por un momentáneo dolor15 . Yo os doy, Señor mío, la norabuena de vuestra felicísima suerte y que estéis tan cerca de salir de estas prisiones de la carne mortal, para gozar del Bien infinito como comprensor y ver la alegría de su divino rostro. En esta dicha me lleváis el corazón, porque tan en breve habéis de conseguir lo que desea mi alma, y daréis la oída temporal por la posesión indefectible del eterno descanso. Yo os doy la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para que todas tres personas en unidad de una esencia os asistan en la tribulación y os encaminen en vuestros deseos, y el mío os acompañará en vuestro glorioso martirio.

386. Sobre estas razones añadió la gran Reina otras de admirable sabiduría y de suma consolación para despedir a Santiago y le ordenó que cuando llegase a la vista beatífica alabase a la beatísima Trinidad en nombre de la misma Señora y todas las criaturas y que rogase por la santa Iglesia. Ofrecióla Santiago hacer todo lo que le ordenaba y de nuevo la pidió su favor y protección en la hora de su martirio, y la divina Madre se lo prometió otra vez. En las últimas razones de la despedida dijo Santiago: Señora mía y bendita entre las mujeres, vuestra vida y vuestra intercesión es el apoyo en que la santa Iglesia ahora y en todos los siglos ha de permanecer segura entre las persecuciones y tentaciones de los enemigos del Señor, y vuestra caridad será el instrumento de vuestro legítimo martirio. Acordaos siempre, como dulcísima madre, del reino de España donde se ha plantado la santa Iglesia y fe de vuestro Hijo santísimo y mi Redentor. Recibidle debajo de vuestro especial amparo y conservad en él vuestro sagrado templo y la fe que yo, indigno, he predicado, y dadme vuestra santa bendición.–Ofrecióle María santísima que cumpliría su petición y deseos y dándole la bendición le despidió.

387. Despidióse también Santiago de su hermano san Juan con grandes lágrimas de entrambos, no de tristeza tanto como de júbilo por la dicha del mayor hermano, que había de ser el primero en la felicidad eterna y palma del martirio. Y luego caminó Santiago, sin detenerse, a Jerusalén, donde predicó algunos días antes que muriese, como diré en el capítulo siguiente. Quedó en Efeso la gran Señora del mundo, atenta a todo lo que sucedía a Santiago y a todos los demás apóstoles, sin perderlos de su vista interior y sin intermitir las peticiones y oraciones por ellos y por todos los fieles de la Iglesia. Y con 1a ocasión del martirio que Santiago iba a padecer por el nombre de Cristo, se despertaron en el inflamado corazón de la purísima Madre tantos incendios de amor y deseos de dar su vida por el mismo Señor, que mereció muchas más coronas que el apóstol y más que todos juntos, porque con cada uno padeció muchos martirios de amor, más sensibles para su vastísimo y ardentísimo corazón que los tormentos de navajas y fuego para los cuerpos de los Mártires.

 

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.

 

388. Hija mía, en las advertencias de este capítulo tienes muchas reglas de perfección y de bien obrar. Advierte, pues, que así como Dios es principio y origen de todo el ser y potencias de las criaturas, así también, conforme al orden de la razón, ha de ser el fin de todas ellas; porque si todo lo reciben sin merecerlo, todo lo deben a quien se lo dio de gracia, y si se lo dieron para obrar, todas las obras deben a su Criador y no a sí misma ni a otro alguno. Esta verdad, que yo entendía sin engaño y la confería en mi corazón, me obligaba al ejercicio que tantas veces con admiración has escrito16 y entendido de postrarme en tierra, pegarme con ella y adorar al ser de Dios inmutable con profunda reverencia, veneración y culto. Consideraba cómo había sido criada de la nada y formada de tierra, y en presencia del ser de Dios me aniquilaba, reconociéndole por autor que me daba vida, ser y movimiento 17, y que sin él fuera nada, y todo se lo debía como a único principio y fin de todo lo criado. Con la ponderación de esta verdad me parecía poco todo cuanto hacía y padecía y, aunque no cesaba en obrar bien, siempre anhelaba y suspiraba por hacer y padecer, mas nunca se saciaba mi corazón, porque siempre me hallaba deudora y me consideraba pobre y más obligada. Muy cerca de la razón natural está esta ciencia, y más de la luz de la fe, si los hombres atendieran a ella, pues la deuda es común y manifiesta. Pero entre este general olvido quiero, hija mía, que estés advertida para imitarme en estas obras y ejercicios que te he manifestado, y en especial te advierto que te pegues al polvo y te deshagas más cuando el Altísimo te levantare a los favores y regalos de sus abrazos más estrechos. Este ejemplo tienes patente en mi humildad, cuando recibía algún beneficio singular, como fue mandar el Señor que en la vida mortal se me dedicase templo donde fuese invocada y honrada con veneración y culto; y este favor y otros me humillaron sobre toda ponderación humana. Y si yo hacia esto sobre tantas obras, pondera tú lo que debes hacer cuando contigo es tan liberal el Señor y tu retribución ha sido tan corta.

389. Quiero también, hija mía, que me imites en ser muy circunspecta y de espíritu pobre en satisfacer a tus necesidades sin muchas comodidades, aunque te las ofrezcan tus monjas o los que te quieren bien. Elige siempre en esto o admite lo más pobre, moderado, desechado y humilde; pues de otra manera no puedes imitarme ni seguir mi espíritu, con que despedí sin hacer extremos todas las comodidades, ostentación y abundancia que los fieles me ofrecieron en Jerusalén y en Efeso; para mi jornada y habitación, yo admití lo menos que me bastaba. Y en esta virtud están encerradas muchas que hacen muy dichosa a la criatura, y el mundo engañado y ciego se paga y se arroja a todo lo contrario de esta virtud y verdad.

390. De otro común engaño procura también guardarte con todo cuidado. Esto es, que los hombres, aunque deben conocer que todos los bienes del cuerpo y del alma son propios del Señor, con todo eso de ordinario se los apropian a sí mismos y los tienen tan asidos, que no sólo no los ofrecen de voluntad a su Criador y Señor, pero si alguna vez se los quita lo sienten y lamentan como si fueran injuriados y como si Dios les hiciera algún agravio. Tan desordenadamente suelen amar los padres a los hijos y los hijos a los padres, los maridos a las mujeres y ellas a ellos, y todos a la hacienda, la honra y la salud y otros bienes temporales; y muchas almas los espirituales, que si éstos les faltan no tienen modo en el dolor y sentimiento y, aunque sea imposible recuperar lo que desean, viven inquietos y sin consuelo, pasando del sentimiento sensible al desorden de la razón e injusticia. Con este vicio no sólo condenan las obras de la divina providencia y pierden el gran mérito que alcanzaran ofreciéndolo al Señor y sacrificándole lo que es propio suyo, sino que dan a entender que tendrían por última felicidad poseer y gozar aquellos bienes transitorios que han perdido y que vivirían contentos muchos siglos con sólo aquel bien aparente, caduco y perecedero.

391. Ninguno de los hijos de Adán pudo amar más ni tanto otra cosa visible como yo a mi Hijo santísimo y a mi esposo José; y con ser este amor tan bien ordenado cuando vivía en su compañía, ofrecí al Señor de todo corazón el carecer de su trato y conversación todo el tiempo que sin ella viví en el mundo. Esta conformidad y resignación quiero que imites cuando te faltare alguna cosa de las que en Dios debes amar, que fuera de Su Majestad para ninguna tienes licencia. Sólo han de ser en ti perpetuas las ansias y deseos de ver el sumo bien y de amarle enteramente y para siempre en la patria. Por esta felicidad debes anhelar con lágrimas y suspiros de lo íntimo de tu corazón, por ella debes padecer con alegría todas las

penalidades y aflicciones de la vida mortal. Y en estos afectos has de caminar, de manera que desde hoy tengas vivos deseos de padecer todo cuanto oyeres y entendieres que han padecido los santos para hacerte digna de Dios. Pero advierte que estos deseos de padecer y las aspiraciones y conatos de ver a Dios han de ser de condición que con el afecto del padecer recompenses el dolor que no consigues y le tengas de que no mereces lo que tanto deseas. Y en los vuelos de anhelar a la visión beatífica no se ha de mezclar otro motivo de aliviarte con el gozo de su vista de las penalidades de la vida, porque desear la vista del sumo bien para carecer del trabajo no es amor de Dios, sino de sí mismo y de propia comodidad, que no merece premio en los ojos del Omnipotente, que todo lo penetran y pesan. Pero si tú obrares estas cosas sin engaño y con plenitud de perfección, como fiel sierva y esposa de mi Hijo, deseando verle para amarle y alabarle y para no ofenderle más eternamente, y codiciares todos los trabajos y tribulaciones para sólo este fin, cree y asegúrate que nos obligarás mucho y litigarás al estado de amor que siempre deseas, que para esto somos contigo tan liberales.

 

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CAPITULO 2

 

El glorioso martirio de Santiago, asístele en é1 María santísima y lleva su alma

a los cielos, viene su cuerpo a España, la prisión de san Pedro y

su libertad de la cárcel y los secretos que en todo sucedieron.

 

 

391. Llegó a Jerusalén nuestro gran apóstol Santiago en ocasión que toda aquella ciudad estaba muy turbada contra los discípulos y seguidores de Cristo nuestro Señor. Esta nueva indignación habían fomentado los demonios ocultamente, inficionando más con su venenoso aliento los corazones de los pérfidos judíos, encendiendo en ellos el celo de su ley y la emulación contra la nueva evangélica, con la ocasión de la predicación de san Pablo, que aunque no estuvo en Jerusalén más de quince días, en este breve tiempo obró tanto en él la virtud divina que convirtió a muchos y puso a todos en admiración y asombro. Y aunque los judíos incrédulos se animaron algo con saber que san Pablo había salido de Jerusalén, entró luego Santiago no menos lleno de sabiduría divina y celo del nombre de Cristo Nuestro Redentor, con que se volvieron a inmutar. Y Lucifer, que no ignoraba su venida, solicitaba y aumentaba la indignación de los pontífices, sacerdotes y escribas, para que el nuevo predicador les sirviese de más tósigo que los inquietase y alterase. Entró Santiago predicando fervorosamente el nombre del Crucificado, su misteriosa muerte y resurrección. Y a los primeros días convirtió a la fe algunos judíos; entre éstos fueron señalados un Hermógenes y otro Fileto, entrambos mágicos y hechiceros, que tenían pacto con el demonio Era Hermógenes más docto en la mágica y Fileto era su discípulo, pero de los dos se quisieron valer los judíos contra el apóstol, para que o le convenciesen en disputa o, si esto no conseguían, le quitasen la vida con algún maleficio de sus artes mágicas.

393. Esta maldad maquinaron los demonios por medio de los judíos, como por instrumentos de su iniquidad, porque no podían por sí mismos llegar cerca del apóstol, aterrados de la divina gracia que en él sentían. Pero llegando a la disputa con los dos magos, entró primero Fileto arguyendo a Santiago, para que si no le concluyese entrase después Hermógenes, como maestro y más perito en la ciencia mágica. Propuso Fileto sus argumentos sofísticos y falsos y el sagrado apóstol se los desvaneció como los rayos del sol destierran las tinieblas, y habló con tanta sabiduría y eficacia que Fileto quedó vencido y reducido a la verdadera fe de Cristo, y desde entonces se hizo defensor del apóstol y de su doctrina. Pero temiendo a su maestro Hermógenes, pidió a Santiago le defendiese de él y de sus artes diabólicas, con que le perseguiría para destruirle. Y el santo apóstol dio a Fileto un paño o lienzo que de mano de María santísima había recibido y con aquella reliquia se defendió el nuevo convertido de los maleficios de Herrnógenes por algunos días, hasta que el mismo Hermógenes llegó a la disputa con el apóstol.

394. No pudo Hermógenes excusarse, aunque temía a Santiago, porque estaba empeñado con los judíos para disputar con él y convencerle, y así procuró esforzar sus errores con mayores argumentos que su discípulo Fileto. Pero todo este conato fue en vano contra el poder y la sabiduría del cielo, que en el sagrado apóstol era como una impetuosa corriente. Anegó a Hermógenes y le obligó a confesar la fe de Cristo y sus misterios, como lo había hecho su discípulo Fileto, y entrambos creyeron la santa fe y doctrina que predicaba Jacobo. Los demonios se irritaron contra Hermógenes y con el imperio que sobre él habían tenido le maltrataron por su conversión; y como tuvo noticia que Fileto se había defendido de ellos con la reliquia o lienzo que el santo apóstol le había dado, le pidió también el mismo favor contra los enemigos, y Santiago dio a Hermógenes el báculo que traía en su peregrinación, y con él ahuyentó a los demonios para que no le afligiesen ni llegasen a él.

395. A estas conversiones y a las demás que hizo Santiago en Jerusalén, ayudaron las oraciones, lágrimas y suspiros que la gran Reina del cielo ofrecía desde su oratorio en Efeso, donde, como en otras partes queda dicho1 , conocía por visión todo lo que obraban los apóstoles y fieles de la Iglesia, y de su amado apóstol tenía particular cuidado, por estar más vecino al martirio. Hermógenes y Fileto perseveraron algún tiempo en la fe de Cristo, pero después desfallecieron y la perdieron en el Asia, como consta en la epístola segunda a Timoteo donde el Apóstol le avisa cómo se habían apartado de él Figelo o Fileto y Hermógenes. Y aunque la semilla de la fe nació en aquellos corazones, pero no hizo raíces para resistir a las tentaciones del demonio, a quien largo tiempo habían servido y tratado con familiaridad, y siempre se quedaron en ellos las reliquias malas y perversas raíces de los vicios que volvieron a prevalecer, derribándolos del estado de la fe que habían recibido.

396. Pero cuando los judíos vieron frustrada su vana confianza, por hallarse convencidos y convertidos a Hermógenes y Fileto, concibieron nueva indignación contra el apóstol Santiago y determinaron acabar con él dándole la muerte que le deseaban. Para esto solicitaron con dinero a Demócrito y Lisias, centuriones de la milicia de los romanos, y concertaron con ellos en secreto que prendiesen al apóstol con la gente que tenían a su cuenta y que para disimular la traición fingirían un alboroto o pendencia en uno de los días y lugares que predicase y entonces le entregarían en sus manos. La ejecución de esta maldad quedó a cargo de Abiatar, que era sumo sacerdote en aquel año, y de Josías, otro escriba del mismo espíritu que el sacerdote. Y como lo pensaron, así lo ejecutaron. Porque estando Santiago predicando al pueblo el misterio de la redención humana y probándole con admirable sabiduría y testimonios de las antiguas Escrituras, el auditorio se conmovió a lágrimas de compunción. Y el sumo sacerdote y escriba se encendieron en furor diabólico y, dando la señal a la gente romana, envió el primero a Josías y prendió a Santiago, echándole una soga al cuello, y proclamándole por inquietados de la república y autor de nueva religión contra el imperio romano.

397. Con esta ocasión llegaron Demócrito y Lisias con su gente y prendieron al apóstol y le llevaron a Herodes, hijo de Arquelao, que también estaba prevenido, en lo cauteloso con la astucia de Lucifer y en lo exterior con la malicia y odio de los judíos. Incitado Herodes de todos estos estímulos, había movido contra los discípulos del Señor, a quien aborrecía, la persecución que san Lucas dice en el capítulo 12 de los Hechos apostólicos2 , enviando tropas de soldados para afligirlos y prenderlos, y luego mandó degollar a Santiago, como los judíos se lo pedían. Fue increíble el gozo de nuestro grande apóstol viéndose prender y atar a la semejanza de su Maestro y que se le llegaba el plazo tan deseado de pasar de esta vida mortal a la eterna por medio del martirio, como la Reina del cielo se lo había dicho y prevenido3. Hizo humildes y fervorosos actos de agradecimiento por este beneficio y públicamente confesó de nuevo y protestó la santa fe de Cristo nuestro Señor. Y acordándose de la petición que había hecho en Efeso4 , de que le asistiese en su muerte, la invocó y llamó de lo íntimo de su alma.

398. Oyó María santísima desde su oratorio estas peticiones de su amado apóstol y sobrino, como quien estaba atenta a todo lo que pasaba por él, y con eficaz oración le acompañaba y favorecía. Y estando en ella vio la gran Señora que descendía del cielo gran multitud de ángeles y espíritus supremos de todas las jerarquías; y parte de ellos se encaminó a Jerusalén y rodearon al santo apóstol cuando lo sacaban al lugar del suplicio. Otros ángeles fueron a Efeso donde la Reina estaba, y uno de los supremos la dijo: Emperatriz de las alturas y Señora nuestra, el altísimo Dios y Señor de los ejércitos dice que luego vayáis a Jerusalén para consolar a su gran siervo Jacobo, asistirle en su muerte y correspondáis a sus deseos santos y piadosos.–Este favor admitió María santísima con gran júbilo y agradecimiento, y alabó al Muy Alto por la protección con que defiende y ampara a los que fían en su misericordia infinita y viven debajo de su protección. En el ínterin que pasaba esto, era llevado el apóstol al martirio, y en el camino hizo muchos milagros en todos los enfermos de varias enfermedades y dolencias y en algunos endemoniados, porque a todos los dejó sanos y libres. Y como corrió la voz de que Herodes le mandaba degollar, acudieron muchos necesitados a buscar su remedio antes que les faltase el común medio de su consuelo.

399. Al mismo tiempo los santos ángeles recibieron a su gran Reina y Señora en un trono refulgentísimo, como en otras ocasiones he dichos, y la llevaron a Jerusalén al lugar donde llegaba Santiago para ser justiciado. Puso las rodillas en tierra el santo apóstol para ofrecer a Dios el sacrificio de su vida, y cuando levantó los ojos al cielo vio en el aire y en su presencia a la Reina de los mismos cielos, a quien estaba invocando en su corazón. Viola vestida de divinos resplandores y con grande hermosura, acompañada de la multitud de ángeles que la asistían. Y con este divino espectáculo fue todo inflamado en ardores de nuevo júbilo y caridad, con cuyo ímpetu se movió todo el corazón y potencias de Jacobo. Y quiso dar voces aclamando a María santísima por Madre del mismo Dios y Señora de todas las criaturas, pero uno de los espíritus soberanos le detuvo en aquel fervor y le dijo: Jacobo, siervo de nuestro Criador, tened en vuestro pecho estos preciosos afectos y no manifestéis a los judíos la presencia y favor de nuestra Reina, porque no son dignos ni capaces de entenderlo y antes le cobrarán odio que reverencia. Con este aviso se reprimió el apóstol y en silencio, moviendo los labios, habló a la divina Reina y la dijo:

400. Madre de mi Señor Jesucristo, Señora y amparo mío, consuelo de los afligidos, refugio de los necesitados, dadme, Señora, vuestra bendición tan deseada de mi alma en esta hora. Ofreced por mí a vuestro Hijo y Redentor del inundo el sacrificio de mi vida en holocausto, encendido en el deseo de morir por la gloria de su santo nombre. Sean hoy vuestras manos purísimas y candidísimas el ara de mi sacrificio, para que le reciba aceptable el que por mí se ofreció en la santa cruz. En vuestras manos, y por ellas en las de mi Criador, encomiendo mi espíritu.–Dichas estas palabras y siempre los ojos del santo apóstol levantados a María santísima, que le hablaba al corazón, le degolló el verdugo. Y la gran Señora y Reina del mundo –¡oh admirable dignación!– recibió el alma de su amantísimo apóstol a su lado en el trono donde estaba y así la llevó al cielo empíreo y se la presentó a su Hijo santísimo. Entró María santísima en la corte celestial con esta nueva ofrenda, causando a todos los moradores del cielo nuevo júbilo y gloria accidental, y todos la dieron 1a norabuena con nuevos cánticos y loores. El Altísimo recibió el alma de Jacobo y la colocó en lugar eminente de gloria entre los príncipes de su pueblo, y María santísima, postrada ante el trono de la infinita Majestad, hizo un cántico de alabanza, de hacimiento de gracias por el martirio y triunfo del primer apóstol mártir. No vio en esta ocasión la gran Señora a la divinidad con visión intuitiva, sino con la abstractiva que otras veces he dicho. Pero la beatísima Trinidad la llenó de nuevas bendiciones y favores para sí y para la santa Iglesia, por quien hizo grandes peticiones; bendijéronla también todos los santos y con esto la volvieron los ángeles a su oratorio en Efeso, donde, en el ínterin que sucedió todo esto, estuvo un ángel representando su persona, y en llegando la divina Madre de las virtudes se postró en tierra como acostumbraba6 , dando gracias de nuevo al Altísimo por todo lo referido.

401. Los discípulos de Santiago aquella noche recogieron su santo cuerpo y ocultamente le llevaron al puerto de Jope, donde por disposición divina se embarcaron con él y le trajeron a Galicia en España. Y esta Señora divina les envió un ángel que los guiase y encaminase a donde era la voluntad de Dios que desembarcase. Y aunque ellos no vieron al santo ángel, pero experimentaron el favor, porque los defendió en todo el viaje, y muchas veces milagrosamente. De manera que también debe España a María santísima el tesoro del cuerpo sagrado de Santiago, que posee para su protección y defensa, como en su vida le tuvo para enseñanza y principio de la santa fe que tan arraigada dejó en los corazones de los españoles. Murió Santiago el año del Señor de cuarenta y uno, a veinte y cinco de marzo, cinco años y siete meses después que salió de Jerusalén para venir a predicar a España. Y conforme a este cómputo y los que arriba he declarado7, fue el martirio de Santiago siete años cumplidos después de la muerte de Cristo nuestro Salvador.

402. Y que su martirio fuese por fin de marzo, consta del capítulo 12 de los Hechos apostólicos, donde san Lucas dice8 que por el gusto que tuvieron los judíos de la muerte de Santiago, encarceló Herodes a san Pedro con intento de degollarle como a Santiago en pasando la Pascua, que era la del Cordero y de los Azimos que celebraban los judíos a los catorce de la luna de marzo. De este lugar parece que la prisión de san Pedro fue en esta Pascua o muy cerca de ella, y que la muerte de Santiago había precedido pocos días antes; y aquel año de cuarenta y uno, los catorce de la luna de marzo concurrieron con los últimos días de este mes, según el cómputo solar de los años y meses que nosotros guardamos. Y según esto la muerte de Santiago sucedió a los veinte y cinco, antes de los catorce de la luna, y luego la prisión de san Pedro y la Pascua de los judíos. Pero la Iglesia santa no celebra el martirio de Santiago en su día, porque ocurre con la encarnación y de ordinario con los misterios de la pasión, y se trasladó a veinte y cinco de julio, que fue el día en que se trasladó en España el cuerpo del santo apóstol.

403. Con la muerte de Santiago y con la presteza con que se la dio Herodes, se alentó más la crueldad impiísima de los judíos, pareciéndoles que en la sevicia del inicuo rey tenían puesto instrumento de su venganza contra los seguidores de Cristo nuestro Señor. El mismo juicio hizo Lucifer y sus demonios. Ellos con sugestiones, los judíos con ruegos y lisonjas le persuadieron que mandase prender a san Pedro, como de hecho lo hizo en gracia de los judíos, a quienes deseaba tener contentos por sus fines temporales. Los demonios temían grandemente al Vicario de Cristo por la virtud que contra sí mismos sentían en él, y así apresuraron ocultamente su prisión. Tuvieron en ella a san Pedro muy bien amarrado con cadenas para justiciarle pasada la Pascua. Y aunque el invicto corazón del apóstol estaba sin cuidado y con la misma quietud que si estuviera libre, pero todo el cuerpo de la Iglesia que estaba en Jerusalén le tenía grande, y se afligieron sumamente todos los discípulos y fieles, sabiendo que determinaba Herodes justiciarle sin dilación. Con esta aflicción multiplicaron las oraciones y peticiones al Señor para que guardase a su Vicario y cabeza de la iglesia, con cuya muerte le amenazaba gran ruina y tribulación. Invocaron también el amparo y poderosa intercesión de María santísima, en quien y por quien todos esperaban el remedio.

404. No se le ocultaba este aprieto de la Iglesia a la divina Madre, aunque estaba en Efeso, porque desde allí miraban sus ojos clementísimos todo cuanto pasaba en Jerusalén por la visión clarísima que de todo tenía. Al mismo tiempo acrecentaba la piadosa Madre sus ruegos con suspiros, postraciones y lágrimas de sangre, pidiendo la libertad de san Pedro y la defensa de la santa Iglesia. Esta oración de María santísima penetró los cielos hasta herir el corazón de su Hijo Jesús nuestro Salvador. Y para responderle a ella, descendió Su Majestad en persona al oratorio de su casa, donde estaba postrada en tierra y pegado su virginal rostro con el polvo. Entró el soberano Rey a su presencia y levantándola del suelo la habló con caricia, diciendo: Madre mía, moderad vuestro dolor y decid todo lo que pedís, que os lo concederé y hallaréis gracia en mis ojos para conseguirlo.

405. Con la presencia y caricia del Señor recibió la divina Madre nuevo aliento, consuelo y alegría, porque los trabajos de la Iglesia eran el instrumento de su martirio, y el ver a san Pedro en la cárcel y condenado a muerte la afligió más que se puede ponderar, y la consideración de lo que de esto pudiera suceder a la primitiva Iglesia. Renovó sus peticiones en presencia de Cristo nuestro Redentor y dijo: Señor Dios verdadero e Hijo mío, vos sabéis la tribulación de vuestra santa Iglesia, y sus clamores llegan a vuestros oídos y penetran lo íntimo de mi afligido corazón. A su Pastor y vuestro Vicario quieren quitar la vida, y si vos, Dueño mío, lo permitís ahora, disiparán a vuestra pequeña grey y los lobos infernales triunfarán de vuestro nombre, como lo desean. Ea, Señor mío y mi Dios, y vida de mi alma, para que yo viva, mandad con imperio al mar y a la tormenta y luego sosegarán los vientos y las olas que combaten esta navecilla. Defended a vuestro Vicario y queden confusos vuestros enemigos. Y si fuere vuestra gloria y voluntad, conviértanse las tribulaciones contra mí, que yo padeceré por vuestros hijos y fieles, y pelearé con los enemigos invisibles, ayudándome vuestra diestra por defensa de vuestra Iglesia.

406. Respondió su Hijo santísimo: Madre mía, con la virtud y potestad que de mí habéis recibido quiero que obréis a vuestra voluntad. Haced y deshaced todo lo que a mi Iglesia conviene. Y advertid que contra vos se convertirá todo el furor de los demonios. Agradeció de nuevo este favor la prudentísima Madre, y ofreciéndose a pelear las guerras del Señor por los hijos de la Iglesia, habló de esta manera: Altísimo Señor mío, esperanza y vida de mi alma, preparado está mi corazón y el ánimo de vuestra sierva para trabajar por las almas que costaron vuestra sangre y vida. Y aunque soy polvo inútil, vos sois de infinita sabiduría y poder, y asistiéndome vuestro divino favor no temo al infernal dragón. Y pues en vuestro nombre queréis que yo disponga y obre lo que a vuestra Iglesia conviene, yo mando luego a Lucifer y a todos sus ministros de maldad, que turban a la Iglesia en Jerusalén, desciendan todos al profundo y que allí enmudezcan mientras no les diere permiso vuestra divina providencia para salir a la tierra.–Esta voz de la gran Reina del mundo fue tan eficaz, que al punto que la pronunció en Efeso, cayeron los demonios que estaban en Jerusalén, descendiendo todos a lo profundo de las cavernas eternales, sin poderse resistir a la virtud divina que obraba por medio de María santísima.

407. Conoció Lucifer y sus ministros que aquel azote era de la mano de nuestra Reina, a quien ellos llamaban su enemiga, porque no se atrevían a nombrarla por su nombre, y estuvieron en el infierno confusos y aterrados en esta ocasión, como en otras que dejo dicho9 , hasta que se les permitió levantarse para hacer guerra a la misma Señora, como se declara adelante10 ; y en este tiempo estuvieron consultando de nuevo los medios que para esto pudieran elegir. Conseguido este triunfo contra el demonio para continuarle contra Herodes y los judíos, dijo María santísima a Cristo nuestro Salvador: Ahora, Hijo y Señor mío, si es voluntad vuestra, irá uno de vuestros santos ángeles a sacar de las prisiones a vuestro siervo Pedro.–Aprobó Cristo nuestro Señor la determinación de su Madre Virgen, y por la voluntad de entrambos, como de supremos reyes, fue uno de los espíritus soberanos que allí estaban a poner en libertad al apóstol san Pedro y sacarle de la cárcel de Jerusalén.

408. Ejecutó el ángel este mandato con gran presteza, y llegando a la cárcel halló a san Pedro amarrado con dos cadenas y entre dos soldados que le guardaban, a más de los otros que estaban a la puerta de la cárcel como en cuerpo de guardia. Era esto pasada ya la Pascua y la noche antes que se había de ejecutar la sentencia de muerte a que estaba condenado, pero se hallaba el apóstol tan sin cuidado, que él y las guardas dormían a sueño suelto sin diferencia. Llegó el ángel y fue necesario le diese un golpe a san Pedro para despertarle y, estando casi soñoliento, le dijo el ángel: Levantaos aprisa, ceñíos y calzaos, tomad la capa y seguidme.–Hallóse san Pedro libre de las cadenas, y sin entender lo que le sucedía siguió al ángel, ignorando qué visión era aquella. Y habiéndole sacado por algunas calles, le dijo cómo el Dios omnipotente le había librado de las prisiones por intercesión de su Madre santísima y con esto desapareció el ángel. Y san Pedro volviendo sobre sí, conoció el misterio y el beneficio y dio gracias por él al Señor.

409. Parecióle a san Pedro era bien ponerse en salvo, dando cuenta primero a los discípulos y a Jacobo el Menor, para hacerlo con consejo de todos. Y apresurando el paso se fue a la casa de María, madre de Juan, que también se llama Marcos. Esta era la casa del cenáculo donde estaban juntos y afligidos muchos discípulos. Llamó san Pedro a la puerta y una criada de casa, que se llamaba Rode, bajó a escuchar quién llamaba, y como conociese la voz de san Pedro, dejándosele a la puerta, creyeron que era locura de la

criada, pero ella porfiaba que era Pedro, y como estaban tan desimaginados de su libertad, pensaron si sería su ángel. Entre estas demandas y respuestas se tenía a san Pedro en la calle y él llamaba a la puerta, hasta que le abrieron y conocieron con increíble gozo y alegría de ver libre al santo apóstol y cabeza de la Iglesia de los trabajos de la cárcel y de la muerte. Dioles cuenta de todo el suceso, cómo le había pasado con el ángel, para que avisasen a Jacobo y a los demás hermanos, y todo con gran secreto. Y previniendo que luego Herodes le buscaría con toda diligencia, determinaron que se saliese aquella noche de la casa y se fuese y se ausentase de Jerusalén, para que no volviesen a prenderle. Huyó san Pedro, y Herodes, cuando le echó menos y no le halló, hizo castigar a las guardas y se enfureció contra los discípulos, aunque por su soberbia e impío proceder le atajó Dios los pasos, como diré en el capítulo siguiente, castigándole severamente.

 

Doctrina que me dio la Reina de los ángeles María santísima.

 

410. Hija mía, con la ocasión de los efectos que te ha hecho el singular favor que recibió de mi piedad mi siervo Jacobo en su muerte, quiero ahora declararte un privilegio que me confirmó el Altísimo, cuando llevé el alma de su apóstol a presentársela en el cielo. Y aunque otras veces he declarado algo de este secreto, ahora le entenderás mejor, para que verdaderamente seas mí hija y mí devota. Cuando llevó al cielo la feliz alma de Jacobo, me habló el eterno Padre y me dijo, conociéndolo todos los bienaventurados: Hija y paloma mía, escogida para mi agrado entre todas las criaturas, entiendan mis cortesanos, ángeles y santos, que te doy mi real palabra en exaltación de mi nombre, gloria tuya y beneficio de los mortales, que si en la hora de su muerte te invocaren y llamaren con afecto de corazón, a imitación de mi siervo Jacobo, y solicitaren tu intercesión para conmigo, inclinaré a ellos mi clemencia y los miraré con ojos de piadoso Padre, los defenderé y guardaré de los peligros de aquella última hora, apartaré de su presencia los crueles enemigos que se desvelan en aquel trance porque perezcan las almas, a las cuales daré por ti grandes auxilios para que los resistan y se pongan en mi gracia si de su parte se ayudaren, y tú me presentarás sus almas, y recibirán el premio aventajado de mi liberal mano.

411. Por este privilegio hizo gracias y cántico de alabanzas al Muy Alto toda la Iglesia triunfante, y yo con ella. Y aunque los ángeles tienen por oficio presentar las almas en el tribunal del justo juez cuando salen del cautiverio de la vida mortal, a mí se me concedió este privilegio en más alto modo que los demás que ha concedido el Omnipotente a todas las criaturas, porque yo los tengo con otro título y en grado particular y eminente; y muchas veces uso de estos dones y privilegios, y lo hice con algunos de los apóstoles. Y porque te veo deseosa de saber cómo alcanzarás de mí este favor tan deseable para todas las almas, respondo a tu piadoso afecto, que procures no desmerecerle por ingratitud ni olvido; y en primer lugar le granjearás con la pureza inviolada, que es lo que más deseo de ti y las demás almas, porque el amor grande que debo y tengo a Dios me obliga a desear de todas las criaturas, con íntima caridad y afecto, que todas guarden su ley santa y ninguna pierda su amistad y gracia. Esto es lo que debes anteponer a la vida, y primero morir que pecar contra tu Dios y sumo bien.

412. Luego quiero que me obedezcas, ejecutes mi doctrina y trabajes con todo conato por imitar lo que de mí conoces y escribes, y que no hagas intervalo en el amor, ni olvides un punto el cordial afecto a que te obligó la liberal misericordia del Señor; que seas agradecida a lo que le debes, y a mí, que es más de lo que en la vida mortal puedes alcanzar. Sé fiel en la correspondencia, fervorosa en la devoción, pronta en obrar lo más alto y perfecto; dilata el corazón y no le estreches con pusilanimidad, como el demonio lo pretende de ti; extiende las manos a cosas fuertes y arduas11 , con la confianza que debes en el Señor; no te oprimas ni desfallezcas en las adversidades, ni impidas la voluntad de Dios en ti, ni los altísimos fines de su gloria; ten viva fe y esperanza en los mayores aprietos y tentaciones. Para todo esto te ayudarás del ejemplo de mis siervos Jacobo y Pedro, y del conocimiento y ciencia que te he dado de la seguridad felicísima con que están los que viven debajo de la protección del Altísimo. Con esta confianza y con mi devoción alcanzó Jacobo el singular favor que yo le hice en su martirio y venció inmensos trabajos para llegar a él. Y con esta misma estaba Pedro tan sosegado y quieto en las prisiones, sin perder la serenidad de su interior, y al mismo tiempo mereció que mi Hijo santísimo y yo tuviésemos tanto cuidado de su remedio y libertad. Estos favores desmerecen los mundanos hijos de las tinieblas, porque toda su confianza está puesta en lo visible y en su astucia diabólica y terrena. Levanta tu corazón, hija mía, y sacúdele de estos engaños, aspira a lo más puro y santo, que contigo estará el brazo poderoso que obró en mí tantas maravillas.

 

Publicada on 25 Julio 2009 at 12:12 am Dejar un comentario

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