Presentación


SOR MARIA DE JESUS DE AGREDA

(1602–1665)
 

PRESENTACIÓN

El título de la obra
El título completo de la obra es desmesuradamente largo para el gusto actual; obedece, sin duda, al gusto y al estilo de la época en que escribe la autora; con todo, a nuestro parecer, determina con .mucha precisión el género literario de la obra. He aquí el título completo: “Mística Ciudad de Dios, Milagro de su omnipotencia y Abismo de la gracia.–Historia divina y Vida de la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia.–Dictada y manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María de Jesús, Abadesa indigna de este convento de la Inmaculada Concepción de la villa de Agreda. Para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales.” Un breve análisis de este prolongado título nos descubre las características del género literario de la obra que se nos da bajo él. La obra será, como primera intención, una historia divina y vida de María santísima y no una exposición teológica. Es una narración y no un tratado ni una vulgarización de teología dogmática o espiritual. Esto, sin más, es ya un dato notable, que no hay que perder de vista si se quiere leer a Sor María en su género, aun cuando la autora haya sido calificada de “teóloga franciscana” y su nombre y sus afirmaciones hayan estado en los escritos y en las discusiones de los teólogos. Además, esta historia y vida es una historia divina, una historia de María vista a lo divino; no sólo, pues, en su dimensión biográfica humanísima también y sobre todo en su dimensión divina, o sea, en el plano de las intervenciones histórico–salvíficas de Dios y en el plano de la intimidad personal de María con Dios. No se encierra esta historia y vida en el marco espacio–temporal de una biografía, sino se abre al horizonte meta histórico de una personalidad y de una función que trascienden el espacio y el tiempo y se sitúan en el acontecer salvífico divino y en la vivencia personal y espiritual de María. Pues es la historia y vida de una mujer, excepcional en todos los sentidos, que constituye un caso único y singular y ejerce una función especialísima; es la historia de “la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María Santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia”, títulos que configuran la función y la personalidad de María. Lo que Sor María trata de relatar en esta historia y vida es el acontecer de la constitución y ejercicio de esta función única y especialísima y la respuesta y actitud espiritual en cada momento del ejercicio de esta función en esta mujer singular. Todo el contenido religioso, salvífico y espiritual que la teología descubre en María es biografiado y narrado por Sor María de Jesús. En este sentido, en la obra de Sor María hay mucha teología y mucha doctrina espiritual, sin que su obra sea no obstante ni un tratado teológico ni una exposición “ex professo” de doctrina espiritual. Precisamente lo original de la autora, su género literario propio, es narrar y no precisamente exponer todo el rico contenido teológico–espiritual contenido en María. Ahora bien, este “sujeto” de la historia divina Sor María lo concibe, ateniéndonos al título, como “Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”. Estas expresiones indican la experiencia fundamental de la autora y el enfoque personal de la obra; con ellas nos señala la autora cuál es su punto de vista, cómo ve y siente a María, cuál es el pasmo maravillado desde el cual ella contempla a María y trata de comunicárselo así a sus lectores. Estas expresiones son la síntesis del pensamiento de Sor María sobre la Virgen santísima y el hilo conductor que vibra en toda su narración. A través de toda la obra la autora tratará de hacer ver cómo María es la ciudad mística donde Dios habita, cómo ha sido objeto insuperable de la omnipotencia divina y cómo la maravillosa gracia de María no puede expresarse sino en términos abismales. Dando un paso más en este breve análisis del título, vemos que esta historia divina y vida de la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia” se presenta como “dictada y manifestada” por la misma Señora a la autora. Este es otro hito de su género literario. Sor María escribirá como quien comunica lo que ha entendido o conocido por una manifestación sobrenatural, sintiéndose como un vehículo que transmite unos “sacramentos” y doctrinas recibidas de lo alto y no unas reflexiones personales suyas. Esta manifestación recibida se caracteriza, ateniéndonos siempre al título, por el signo de lo escatológico, “en estos últimos siglos”, y por el signo de lo carismático, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. La obra, pues, se matiza en su género literario por lo escatológico y por lo carismático, destinado a la ilustración y edificación piadosas. En suma, este breve análisis del título mismo de la obra nos descubre ya los rasgos esenciales del género literario de la obra: es una narración de contenido salvífico y espiritual, que se presenta bajo el prisma de un carisma profético. El análisis de la índole del contenido de la obra misma esclarece, como lo vamos a ver, los rasgos de su género literario, indicados ya en el título mismo.
Género narrativo
En efecto, todo el contenido de la obra se presenta en forma narrativa, como el relato de los episodios que constituyen la historia divina y vida de María. Las exposiciones doctrinales no narrativas son pocas y siempre esporádicas, accidentales y como preliminares o explicativas de lo narrado. La narración abarca toda la trayectoria que va desde que María es predestinada en la mente divina para ser Madre de Dios hasta que es asunta definitivamente al cielo, donde sigue intercediendo por nosotros. En esta perspectiva entra toda la historia humano–divina de María. Para elaborar esta narración Sor María ha hecho acopio de los datos que le proporcionan los evangelios y la Sagrada Escritura en general; las tradiciones históricas transmitidas en la Iglesia a través de la liturgia y del arte sagrado, más o menos influenciadas por los evangelios apócrifos; las reconstrucciones literarias de los misterios sagrados hechas por los autores de libros de piedad y meditación, y los datos proporcionados por el conocimiento de la teología, especialmente mariológica. De todos estos datos con los que Sor María teje su narración no da preferencia a los episodios externos, milagreros y maravillosistas, como puede pensar quien se deja impresionar por una lectura superficial de la obra, sino a los episodios internos, íntimos, si podemos expresarnos así. Su atención preferente se centra en los episodios que sirven para perfilar y captar en su profundidad las prerrogativas y la función de María en los planes salvíficos y en los que descubren la hondura de la vida espiritual de María. Así, se detendrá en describir por extenso los favores y dones especiales que le preparan espiritualmente para los acontecimientos más importantes de su vida; los poderes especiales que Dios le otorga por su condición de Madre de Dios, como, por ejemplo, el dominio sobre las criaturas irracionales; las gracias místicas que Dios concede a María, como visiones, arrobamientos, raptos, asunciones al cielo; los episodios de orden preternatural, como son las intervenciones de los demonios, sus luchas y conciliábulos, etc. Junto a todo esta, la experiencia espiritual de María, la vida íntima de su alma –historia divina también en este sentido– ocupa un lugar preferente. Con la particularidad de que Sor María relata los hechos íntimos, las vibraciones espirituales, como reproduciéndolos desde dentro de María, desde su propia vivencia espiritual. A lo largo de la obra son numerosísimos los párrafos puestos en boca de María y redactados en primera persona. La autora, alma experimentada en achaques místicos, interpreta y reconstruye los sentimientos de María en cada momento importante de su vida; la experiencia mística de la propia autora le sirve para hacer una proyección de sus propias experiencias a las que pudo tener María, haciendo una especie de transferencia que le permite reconstruir la historia íntima de María. Es éste, sin duda, uno de los aspectos más originales y más ricos de la obra. En este orden de episodios internos o íntimos se hallan principalmente los “sacramentos ocultos” que son desvelados o revelados a la autora: son privilegios espirituales, dones místicos, asunciones al cielo, poderes espirituales, etc. Los episodios externos, tales como los que gusta contar a los evangelios apócrifos, se dan también en la obra de Sor María, pero son como elandamiaje externo imprescindible y, a veces, casi sólo como una justificación y manifestación de la vida espiritual y de los dones internos de María. Por ejemplo, los poderes que Dios concede a María como Reina del universo se manifiestan en algunas actuaciones milagrosas externas. El relato de esta clase de episodios nunca obedece en Sor María a mera curiosidad histórica que trata de llenar lagunas, sino se basa en la necesidad de dar forma concreta e histórica al contenido teológico–espiritual de la vida de María. El maravillosismo de la obra es de origen sobre todo espiritual y no externo. En cuanto a esto último, tiene la autora cierta sobriedad, al menos según el gusto de la época en que ella escribe, que era maravillosista a ultranza. Y si se comparan las narraciones de la Mística Ciudad de Dios con las de algunos de los evangelios apócrifos, se ve también que la autora es más sobria en los episodios meramente externos. Para expresar el rico contenido espiritual del alma de María, la autora recurre en algunos casos, diríamos, a unos “midrashim” que le permiten dar forma histórico–narrativa a este contenido. Así se deben interpretar seguramente ciertos episodios, por ejemplo, de curaciones, que sirven para poner de manifiesto la caridad de la Virgen y sus poderes de Reina otro tanto habrá que decir, seguramente, de ciertas visiones y ascensiones al cielo que sirven a la autora para dar forma concreta y narrativa al contenido de algunos títulos marianos; son “episodios teológicos” más bien que históricos. En definitiva, utilizando un género literario narrativo Sor María nos describe a la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”.
Género Profético
La Mística Ciudad de Dios no es una obra escrita al dictado, una mera transcripción. Sor María se ha valido para su redacción, además de la luz divina que le ha guiado, “del discurso humano, de otras ciencias que por diferentes caminos ha podido adquirir, de lo que ha oído, visto, leído y comunicado con confesores y prelados”. La Mística Ciudad de Dios recopila innumerables datos y supone una erudición muy notable de conocimientos teológicos, bíblicos, históricos, legendarios, etc. Es evidente que tuvo que informarse para escribir su obra. No es tarea fácil, sin embargo, la de descubrir. las fuentes inmediatas de información de Sor María, en el sentido de dependencia literaria, a la hora de escribir su obra. Esta dificultad se basa en las siguientes razones: Sor María es autodidacta. Fuera de la formación que pudo recibir en su infancia y en la villa de Agreda, no ha pasado por las aulas ni ha seguido cursos académicos de ninguna clase. Su información, por lo que se puede colegir de su género de vida –encerrada en un convento de clausura desde jovencísima– y por lo que ella misma dice de su trato con confesores y prelados, no es principalmente de lecturas, sino de conversaciones; no es libresca, sino oral. La Mística Ciuad de Dios, por su concepción, estructura, ideario, objetivo, estilo y rasgos fundamentales en general, es una obra original y sin parecido notable con cualquiera otra que le aya precedido. Además, esta obra ha nacido de un alma que ha gozado de gracias místicas, al parecer auténticas, y de un carisma profético; lo cual dificulta él deslindar- ya lo hemos apuntado– lo que hay en ella de inspiración sobrenatural y de trabajo y estudio natural. La autora presenta la obra, no como fruto de estudios, ni tan siquiera como fruto de reflexiones o meditaciones piadosas, sino como fruto de la luz que le guía y como obra perteneciente más al Señor y a María que a sí misma. Todo esto –es evidente– hace difícil la tarea de hallar las fuentes de información y de inspiración literaria de la obra. Con todo, hemos intentado hallar estas fuentes de inspiración. Hemos realizado nuestras pesquisas confrontando la Mística Ciudad de Dios con los evangelios apócrifos, con vidas de Cristo y de María, con recopilaciones de relatos apócrifos, con libros de meditaciones de la vida y pasión de Cristo, con libros de revelaciones, etc.; hemos examinado con especial cuidado los libros existentes en el convento de Agreda que por su fecha de edición pudieron estar ya allí en tiempos de la Venerable. Mas nuestras pesquisas no nos han descubierto, en ninguno de los casos, una dependencia literaria próxima. En los relatos que no están basados en los textos canónicos, que son los que principalmente plantean la cuestión, existen, como era de presumir, muchas coincidencias y un acuerdo fundamental en algunos casos con otras obras del género, pero todo ello unido a divergencias, diferencias de detalle, y a veces no tan de detalle; en ningún caso hemos descubierto una coincidencia de tal naturaleza que autorice a hablar de una dependencia literaria próxima. Sor María lo escribe todo, desde luego, con su impronta y su estilo personal propios. Con esto no queremos decir que todos los conocimientos y todos los datos históricos y legendarios que maneja la Venerable hayan brotado en ella por ciencia infusa o como por generación espontánea. También aquí nos es imposible distinguir lo que es fruto de una información sobrenatural, de adoctrinamiento o de ciencia infusa, y lo que es cosecha personal propia de la autora, fruto de su trabajo de información. Creemos que la explicación de la amplísima erudición de datos teológicos, bíblicos e histórico–legendarios, manejados por la autora –aparte de la iluminación divina–, hay que hallarla en la fuente principal de información que tuvo a su disposición: las predicaciones oídas y, especialmente, las largas y frecuentes conversaciones mantenidas con sus confesores y prelados con motivo de la dirección de su alma y de la redacción de la Historia divina. Su información teológica en particular es, sin duda, fruto de estas conversaciones con los confesores, que, como es sabido, eran buenos teólogos. No sabemos si leyó por sí misma tratados de teología. Es posible que sus confesores y maestros se los prestasen. De hecho, en el convento franciscano de San Julián de Agreda, donde residían sus confesores, quiso su último confesor, el P. Andrés de Fuenmayor, que hubiese una variada biblioteca en la que “aprovechasen el tiempo los religiosos de todas clases”. El hecho es, pues, verosímil; aunque nos inclinamos a creer que fue informada de viva voz más que por la lectura de obras teológicas. Sor María puso toda su obra a la censura y Juicio de sus confesores, “sin haber palabra que no la hayan visto y conferido” con ella. Dado este género de información, no es posible consignar una dependencia literaria directa. Por esta razón damos en el siguiente capítulo dé esta introducción un amplio resumen de las ideas teológico–marianas de la autora confrontándolas con los autores de su época. Creemos hacer así un servicio útil para estudios comparativos ulteriores. En cuanto a la información bíblica y el uso de la Sagrada Escritura, tan abundante en la obra, juzgamos que hay que distinguir: la doctrina acerca de los sentidos de la Biblia y las anotaciones histórico–exegéticas sobre los libros sagrados tienen su origen, sin duda, en la misma fuente de información oral que sus conocimientos teológicos; en cambio, el empleo y la interpretación de los textos sagrados es más labor personal suya, aunque sin excluir el adoctrinamiento. Observamos que la autora conoce y domina particularmente, además de todo el Nuevo Testamento, los libros sapienciales, particularísimamente los Salmos y el Cantar de los Cantares, y los libros proféticos. No creemos estar muy lejos de la verdad si afirmamos que los textos que la autora mejor conoce, sin ser los únicos, son los utilizados en su tiempo en el oficio divino en forma de lecturas, salmos, cánticos, responsorios, etc.; esto vale especialmente para la parte de los libros proféticos que ella utiliza. Véase en el siguiente capítulo antes referido de esta introducción una indicación de los principios bíblico–marianos de la autora y alguna otra observación sobre la utilización de la Biblia por la autora. Sor María conoce el latín de la Vulgata, lo traduce con cierta libertad, parafraseándolo y un poco como de memoria, y no parece que se atiene a una versión castellana que tenga delante. Su conocimiento del latín no juzgamos que necesite una explicación sobrenatural. Vive en una época en que la cultura se imparte imbuida en el latín o mientras se enseña esta lengua y en que la mayoría de las obras se escriben en esa lengua; se trata, además, de una religiosa de coro que emplea muchas horas del día y de la noche en alabar a Dios en latín y dotada ella de una penetrante inteligencia y perspicacia y con la posibilidad de continuas consultas. Teniendo en cuenta estas datos, no es extraño que llegase a dominar el latín de la Vulgata lo suficiente para traducirlo por sí misma. También pudo ayudarla Dios en esto, por supuesto. En cuanto a la información de datos no bíblicos de tipo histórico, auténticos, tradicionales, legendarios, apócrifos, de origen pío, etc., juzgamos, asimismo, que hay que hallarla principalmente en lo que hemos dicho: sus conversaciones con los confesores. Nos referimos a datos específicos y un tanto pormenorizados, porque debe tenerse en cuenta que la piedad cristiana popular y básica, las tradiciones y la liturgia misma con algunas festividades de origen apócrifo, han contribuido a formar en cada época un patrimonio común de creencias que son el cauce de la formación y de la vida espiritual del cristiano. Este patrimonio común ha tenido siempre sus adherencias de origen más o menos legítimo. La época de Sor María es notablemente maravillosista en la piedad cristiana y hasta en la misma teología. Este fondo común lo recibió sin duda Sor María como todo hijo de su época. Nos referimos, pues, a un conocimiento mucho más minucioso de estos datos de tipo histórico y pensamos en las informaciones aportadas por sus consejeros y mentores. Habría que añadir aquí verosímilmente la lectura de libros de meditación, de vidas de Cristo, de hagiografías, etc., sin que, sin embargo, podamos eterminar en concreto cuáles fueron, aunque es sabido que este género de literatura era muy del gusto de la apoca. Más en particular, la misma autora alude en contadísimas ocasiones a algunas obras de istoriadores, como el P. Cuaresmio, que aduce en confirmación de algunas de sus afirmaciones histórico–geográficas. Puede tratarse de obras que pusieron a su disposición sus confesores. En todo caso, como ya lo tenemos repetido, la autora narra los hechos, tomados o no directamente de las obras leídas, de una manera personal, sin que pueda notarse una dependencia literaria próxima, Por este motivo, hemos prescindido de poner en el texto de la autora al pie de página las posibles fuentes utilizadas, como fue nuestra intención al comenzar a preparar esta edición, porque no hemos descubierto en ningún caso una dependencia literaria próxima. Lenguaje.
Toda esta narración de contenido histórico, salvífico, espiritual y místico, se encuadra a su vez y se presenta en un género literario profético. Tomamos el término “profético” en su sentido más general, como lo propio de quien habla en nombre de Dios y en su nombre instruye y exhorta. Sor María no escribe en nombre propio, sino en nombre de una voz celestial que le guía, o sea, proféticamente. Esta voz es de Dios, de María Santísima o de los ángeles, especialmente de María. La autora escribe como quien transmite “lo que ha entendido” y “como lo ha entendido” en las “inteligencias” que Dios le da por sí mismo, por María o por los ángeles. Su obra es una historia y vida “dictada y manifestada” por la Señora. Desde la primera página hasta la última de la obra está patente y expresamente afirmada esta actitud de escribir impulsada por una luz sobrenatural. Toda la obra está escrita, pues, en el género literario profético. ¿Queremos decir con esto que todo el contenido profético de la obra es puro género literario? Por supuesto que no. Sor María escribe utilizando el género literario profético, pero no como un mero artificio literario, sino convencida de que transmite efectivamente lo que ha entendido con la luz divina. ¿Qué es lo que Sor María ha entendido con la luz divina? ¿Cabe distinguir lo que es fruto de la influencia divina y lo que es aportación de la autora? ¿Qué pretende decirnos Sor María cuando afirma que la obra le ha sido “dictada y manifestada”? He aquí el problema el; problema que consiste en descifrar el género literario profético en que escribe la autora.  No pretendemos dar una respuesta exhaustiva a estos interrogantes, que, por su misma índole de vivencia íntima personal y de relación de interacción divino–humana, tienen algo de inefable. No buscamos descifrar un enigma de psicología mística. Vamos a hacer, más modestamente, unas observaciones sobre el género literario profético que utiliza la autora, basándonos en lo que ella misma afirma. Comencemos por transcribir el texto más significativo al respecto de la propia autora. Después de describir diversos estados místicos de grado superior o de grado inferior en que recibe las comunicaciones divinas, determina más en concreto cómo recibe la comunicación divina para escribir la obra. He aquí el texto: “En el otro estado más inferior del que he dicho, veo a la Virgen Santísima en sí misma y a los ángeles; entiendo y conozco el modo de enseñarme y hablarme e ilustrarme, que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores. El Señor da esta luz como primera causa, pero de aquella participada, que esta Reina goza con tanta plenitud, la comunica a la parte superior del alma, conociendo yo a Su Alteza y sus prerrogativas y sacramentos del modo que el ángel inferior conoce lo que le comunica el superior… Lo mismo me sucede con los santos príncipes; y así me lo ha mostrado muchas veces el Señor, que la comunicación e ilustración con mi interior es como la tienen ellos entre sí mismos. Y muchas veces me sucede que pasa la iluminación por todos estos arcaduces y conductos: que el Señor da la inteligencia y luz, o el objeto de ella, y la Virgen santísima la declara y los ángeles me dan los términos. Otras veces, y lo más ordinario, lo hace todo el Señor y me enseña la doctrina; otras lo hace la Reina dándolo ella todo y otras los ángeles. Y también suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido; y en esto podría errar, si lo permitiese el Señor, porque soy mujer ignorante y me valgo de lo que he oído; y cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles . A la luz de este texto, y de otros que se podrían aducir, es evidente que la expresión “dictada y .manifestada”, que aparece ya en el título, no significa siempre un dictado al pie de la letra que la autora va transcribiendo, como puede hacerlo una secretaria. Entenderlo así sería ir en contra de lo que la autora misma afirma expresamente: “También suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Al leer la obra se ve que esta dificultad, de no tener los términos precisos y apropiados y de andar buscándolos, es casi habitual, pues a lo largo de la misma se lamenta, casi en todos los capítulos, de que no halla los términos adecuados para expresar toda la grandeza y toda la hermosura de lo que ha entendido. Con esta observación, sin más, queda descartada la interpretación simplista del profetismo de Sor María como de un dictado. Aun en los casos en que “se le dan los términos” para declararse, se trata de un modo de enseñanza y de ilustración “que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores”. Esto lo repite hasta tres veces la autora en el texto transcrito. En otros lugares de la obra vuelve a hablar de esta manera de comunicarse los ángeles, de sus distintos modos y de la posibilidad de extender esta comunicación a algunas criaturas humanas8 Ahora bien, este modo de comunicarse los ángeles entre sí, de superior a inferior, que se hace extensivo a ella, “no parece se ha de entender, según el contexto, de conversaciones sensibles, con pronunciación de palabras determinadas, sino de una iluminación que sugiere los vocablos adecuados… y siempre se ve obligada el alma a realizar esa traducción del lenguaje angélico al de las palabras humanas9. Se trata de una comunicación espiritual que ha de materializarse en términos humanos. Aun en estos casos, de una iluminación muy clara en que “se le dan dos términos”, difícilmente puede hablarse de un dictado que se transcribe. En las experiencias místicas el alma se encuentra siempre en el halo de lo misterioso y lo inefable; es fenómeno común en las almas con experiencias místicas que aun aquello que ven y entienden con claridad no logran expresarlo con la misma claridad al verterlo al lenguaje usual humano, y unas veces encuentran más facilidad y otras veces menos para declararse adecuadamente. La comunicación angélica que llega al alma, como la de un ángel superior a un ángel inferior, se hará en “términos” angélicos, necesitados en todo caso de un doblaje humano. Por otra parte, como lo hemos visto en el texto aducido, Sor María emplea a veces sus propios recursos para declararse: ” los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Asimismo, y en el mismo texto, Sor María confiesa que “cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles”. Por otras afirmaciones de la autora se ve que esta consulta no se limitó a “las materias más arduas y difíciles”, sino que se extendió a toda la obra: “Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana”. Todo esto significa que, junto a lo que se le comunica en las “inteligencias”, hay que poner en la elaboración y redacción de la obra, por confesión de la propia autora, su trabajo personal de hallar los términos y el de las consultas a sus maestros y confesores. Además, a la hora de redactar la obra, conoce en muchos casos la diversidad de opiniones de los autores e historiadores; ella, sin embargo, no trata de componer estas controversias. Su postura, su género literario, no es ése: “Quiero advertir que en muchas cosas de las que voy escribiendo me consta hay diversidad de opiniones entre los santos Padres y autores… y otras dudas en cuya declaración no me detengo, porque no es necesario para mi intento y porque yo escribo sólo aquello que se me va enseñando y dictando, o lo que la obediencia algunas veces me ordena que pregunte para tejer mejor esta divina Historia. Y en las cosas que escribo no convenía introducir disputas, porque desde el principio, como entonces dije, entendí del Señor que quería encribiese toda esta obra sin opiniones, sino con la verdad que la divina luz me enseñaría”. Su género literario no es el de un teólogo o un historiador, sino el de “una mujer ignorante” que se deja guiar por la luz divina, aunque reconoce cierta necesidad de opiniones diversas en teología y en historia12 Ella, como “mujer ignorante”, no recurre a un método teológico o histórico, sino a la luz que le enseña y le guía y trata de “escribir esta Historia sin opiniones o para que no las hubiese con la noticia de la verdad”. Con todo, esta “noticia de la verdad” no excluye su propio método de trabajo personal en la elaboración de su obra, pues, a renglón seguido, señala los criterios de trabajo personal que le guían en la composición de la obra: “Y si lo que escribo va consiguiente y no se opone en cosa alguna al texto sagrado y corresponde a la dignidad de la materia que trato, no puedo darle mayor autoridad a esta Historia y tampoco pedirá más la piedad cristiana”. Utiliza, pues, para la redacción de la obra, unos criterios prácticos de convergencia y consecuencia, de conformidad al texto sagrado y de tratamiento digno de la materia. Y, lo que es más, da a entender que el valor de lo que dice depende de la medida en que ha logrado ajustarse a estos criterios, y esta apreciación la remite a los doctores y maestros: “Y el juzgar si lo que escribo tiene conveniencia con la verdad de la Escritura y con la majestad y grandeza del argumento que trato y si tienen las cosas entre sí mismas conveniente consecuencia y conexión, todo esto lo remito a la doctrina de mis maestros y prelados y al juicio de los sabios y piadosos”. Como se desprende de las observaciones que venimos haciendo, basadas en los textos de la autora, su género literario profético no excluye, sino que incluye un trabajo personal muy intenso de la autora en la concepción, elaboración y redacción de la obra. Ella misma es muy consciente de que, en la redacción de la obra, colabora de su parte con la influencia divina y hasta constituye esto para ella una fuente de preocupación. No hemos hallado esta idea suya expresada en la Mística Ciudad de Dios, pero sí en otra obra suya, Leyes de la esposa, escrita bajo el mismo carisma de la influencia divina, y que juzgamos perfectamente aplicable a nuestro caso. En respuesta a una duda propuesta por la Venerable el Altísimo le responde: “Y el reparo que haces de ordinario cuando escribes, que temes si te ayudas con discurso humano o de otras ciencias que por diversos caminos has podido adquirir, sal de él; y advierte que Jesús no puedes decir sin mi favor, y es fuerza valerte de lo que has oído, visto, leído y comunicado con confesores; porque todo va encaminado a un fin y es que obres lo más perfecto. No quieras inquirir si estos consejos y doctrina es toda revelada; porque yo obro como quiero y unas veces doy la luz y el conocimiento de que soy el autor, otras la recibe el alma por modo y camino superior y se lo oculto, otras se valen las criaturas de lo que han adquirido y oído, porqe no siempre se ha de hacer por milagro y también ha de ayudar el discurso y entendimiento con lo que alcance. Y así, deja tu temor de que se entenderá de ti más de lo que es, ni par sobrenatural lo que es natural; advirtiendo que sólo lleves intención de agradarme y cumplir mi voluntad, la cual te compelerá a hacerlo tanto más cuanto tú lo deseares y negares tu afecto por cumplir con el mío. Y para que aciertes todo lo que aquí escribes, ríndela a la voluntad y censura de tus prelados y confesores y a la de mi Iglesia santa, que está regida por el Espíritu Santo. Y tanto quiero que te rijas por los ministros de mi Evangelio, que son tus maestros, que has de hacer y poner por obra antes lo que ellos te ordenan que lo que a ti te parece es luz divina y sobrenatural; porque en las inteligencias puede haber engaño y yerro y en la obediencia jamás le hubo, ni para ti lo habrá; porque miro yo al rendimiento de la criatura para dar luz a quien la rige y gobierna. Y los continuos temores que tienes de acertar y de que esta mi doctrina sea verdadera, ponla en manos de la obediencia y ella será tu luz y camino; porque quien a los prelados obedece, a mí obedece, porque están en mi lugar y en mi Iglesia. Es ésta una de las verdades infalibles”. El texto que acabamos de transcribir es bien explícito. Sor María abriga sus temores de que en lo que escribe se ayuda de sus conocimientos adquiridos por medios naturales, de que se entenderá de ella más de lo que es, de que se tomará por sobrenatural lo que es natural. La respuesta de Dios no sólo no niega este supuesto, sino que lo afirma; pero ello no tiene importancia, así tiene que ser. En todo caso, dobe dar preferencia al dictamen de sus prelados y confesores sobre lo que a ella le parece luz divina y sobrenatural. Añadamos aún una observación más. El carácter “revelado” de su Historia divina lo presenta a veces la autora como una aprobación subsiguiente por parte del Señor o de María de lo que ha escrito. Tal ocurre en las introducciones a las partes segunda y tercera con respecto a las partes primera y segunda, y en el capítulo final de la obra respecto a toda la Historia”. Todas estas observaciones no obstan, por supuesto, para que la obra haya sido escrita bajo el influjo de una inspiración o de una acción divina especial; ni obstan tampoco para que en la obra se contengan verdaderas revelaciones como las que ha solido el Señor conceder a muchas almas santas. Por lo demás, a estas revelaciones o al conjunto de la obra “dictada y manifestada” la autora misma no pretende dar más valor que el que se da en la Iglesia a las revelaciones privadas, sin arrogarse la autoridad de la revelación pública, y lo remite todo al juicio de la Iglesia”.  Aunque con estas observaciones no pretendemos haber dilucidado totalmente el alcance de obra “revelada” de la Mística Ciudad de Dios, sí juzgamos que aparece suficientemente claro que el género literario profético que utiliza la autora, junto con las indicaciones que ella misma hace, no autorizan a dar a la “revelación” de la obra un carácter absoluto, sino un carácter condicionado a este género, dentro del orden de las comunicaciones místicas y a la labor personal de la autora que trabaja movida por Dios.  Por lo demás, uno de los pocos cambios que conocemos en la segunda redacción de la obra respecto a su primera redacción, como ya se ha hecho notar antes, es precisamente la sustitución del término “revelada”, que aparecía en el título de la primera redacción, por la expresión “dictada y manifestada”; sustitución llevada a cabo sin duda para aminorar la fuerza de la palabra “revelada”. Teniendo en cuenta todo esto, cuando se comparan las afirmaciones siempre matizadas y moderadas que hace la autora misma acerca de que escribe “lo que ha entendido” o “lo que se le ha comunicado”, con las afirmaciones un tanto absolutas y entusiastas de los teólogos inmediatamente posteriores, que llegan a aducir sus afirmaciones doctrinales como “revelaciones”, se saca la impresión de que estos autores entusiastas creyeron hallar en Sor María más de lo que ella quiso afirmar cuando dice apoyarse en esta asistencia divina que le guía. Las mismas controversias acerca de que Sor María “enseña como reveladas las doctrinas escotistas”, dejan ta impresión de que estos teólogos tenían una credulidad maravillosista y milagrera que les llevó a discutir la cuestión de “las revelaciones de la Madre Agreda” en un plano ajeno al que tienen en la autora misma; les faltó a estos autores cierto sentido de sobriedad que, por el contrario, estuvo muy presente en la misma Sor María, pues sus propias experiencias místicas, en las que sabía que podían filtrarse engaños, y su conciencia bien pronunciada de mujer ignorante, le llevaban a desconfiar de sí misma y a no dar demasiada importancia a sus mismas afirmaciones, que siempre quería ver ratificadas y sancionadas por los doctos. Un teólogo actual, desde luego, perfectamente consciente de las cautelas que impone el conocimiento del género literario aun de los textos sagrados, equipado con los conocimientos de crítica histórica y de hermenéutica de textos y muy curado de maravillosismos crédulos, encuentra ingenuas y metodológicamente erróneas estas polémicas y controversias apasionadas. Sencillamente, no se supo captar el género literario de la Mística Ciudad de Dios; en cambio, las numerosísimas almas que han buscado en la obra, no principalmente unos conocimientos teológicos, sino una guía segura y un alimento de su vida espiritual, han sabido captar mejor el sentido genuino de la obra y su género propio. En efecto, el profetismo de Sor María es un carisma de edificación eclesial. Su obra ha sido “dictada y, manifestad en estos últimos siglo para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Estas palabras, un tanto solemnes, indican a las claras la conciencia y el convencimiento de Sor María de que su Historia divina tiene una especial trascendencia para la vida de la Iglesia. Todas las observaciones hechas anteriormente no nos autorizan a minimizar esta conciencia y este convencimiento de la autora. Pero, por otra parte, estas mismas palabras apuntan perfectamente cuál es el verdadero objetivo de la obra y en qué orden de cosas puede la obra tener importancia en la Iglesia. La importancia de la obra no estará en los nuevos conocimientos teológicos que aporte, sino en lo que contribuya a fomentar la piedad cristiana. Este es un aspecto que nos lleva a matizar mejor en qué consiste su género literario profético. Sor María se siente elegida por Dios, aunque indigna por su parte, para transmitir a la Iglesia y al mundo un ,mensaje; y así lo confiesa en innumerables lugares de la obra. Su ,mensaje es de ilustración y de exhortación; su género literario profético es didáctico y monitorio, como ocurre en todo carisma profético. La Mística Ciudad de Dios es una obra moralizadora y edificante. Lo que en definitiva busca e intenta Sor María con sus narraciones, relatadas en actitud profética, es dar a conocer mejor a María Santísima, para que ello redunde en la mejora de las costumbres y en la edificación de los fieles. Su carisma profético lo ha recibido ella “para nueva luz del ,mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”; y esta luz, esta alegría y esta confianza serán efectivas en tanto se llevan a la práctica los deseos de la Señora y Reina del cielo, que son la mejora de las costumbres y el aprovechamiento espiritual. La Mística Ciudad de Dios es un libro de ilustración y exhortación; a eso va dirigida cada una de sus líneas. Más de la cuarta parte de la obra –los párrafos finales de cada capítulo– está destinada expresamente a dar doctrina y exhortación de conducta y aprovechamiento espiritual, que se pone en boca de María. Además la autora, al hilo de las narraciones, utiliza constantemente las ocasiones para dar instrucción y exhortación espiritual. Por lo demás, toda la obra tiene esta finalidad: ante todo, la propia edificación de la autora, que se siente apremiada a poner en sí misma en práctica la doctrina espiritual que recibe; en segundo lugar, la edificación de sus propias religiosas de clausura, a quienes va dirigida muy en particular la doctrina espiritual; y en tercer lugar, aunque por toda la obra, la edificación común de los fieles. Los “sacramentos ocultos” de María que la autora va desvelando son para excitar a una mayor devoción e imitación de María y a la práctica de la doctrina de su Hijo. Entre los episodios de la vida de María que la autora trata larga y minuciosamente están, como ya hemos indicado, los de su vida íntima, espiritual, los que descubren la respuesta espiritual de María a las gracias que recibe, o sea, los que más directamente pueden servir de enseñanza y de edificación espiritual. Sor María está persuadida de que un mejor conocimiento de las excelencias, de las gracias y de la santísima vida de María puede ser un resorte eficacísimo para la piedad cristiana y por eso las relata minuciosamente. Su género literario profético, didáctico y monitorio está caracterizado por esta preocupación de edificación y por eso escribe con términos llanos, asequibles, sencillos; y aun cuando emplea a veces términos teológicos, no utiliza tecnicismos eruditos, como ya lo advertíamos, No juzgamos necesario insistir en este punto. Es evidente en toda la obra. No es un libro de teología, ni una mera historia, ni tan siquiera solamente un “libro de revelaciones”; es un libro de edificación. Añadamos tan sólo que este mensaje de doctrina y exhortación espiritual tiene cierto carácter de urgencia escatológica que está en dependencia del conocimiento de los “sacramentos ocultos”. Este matiz escatológico está indicado en el título, “en estos últimos siglos”, y algunas veces en el texto de la obra. La autora explica las razones de por qué se han ocultado hasta ahora estos misterios. Este matiz escatológico –que, por lo demás, es común en el mensaje aportado por libros de revelaciones, por apariciones marianas que dan origen a santuarios, etc.– no aparece, sin embargo, muy acusado en la autora, como ocurre por el contrario en ciertos autores de su época, como es el caso notable del P. Tenorio. En suma, pues, el género literario de la Mística Ciudad de Dios es el de una narración profético – edificante.
LA DOCTRINA MARIOLOGICA DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS Y LA TEOLOGIA DE SU TIEMPO
Al escribir su Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda no se propone otra cosa que narrar sencillamente, “sin opiniones ni contemplaciones”, “sin disputas”, la vida de la Madre de Dios, “reina y señora nuestra”, “restauradora de la culpa de Eva” y “medianera de la gracia”, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Su primera intención es altamente espiritual: proponer y proponerse un modelo a imitar, un “espejo donde los hombres vean sus ingratitudes”, María Santísima. Se trata de una obra en la que su autora nos narra una Historia Divina comenzada allí en los eternos decretos de Dios y culminada en el cielo, cuando María es proclamada reina del universo. Creemos que su núcleo central como ya lo dejamos anotado, viene a ser la narración del acontecer dé Dios en su “elegida” para preparar en ella a su “ciudad mística”, el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Mística Ciudad de Dios e Historia Divina son los dos títulos que se van conjugando indistintamente, tanto en el lenguaje de la autora como de Felipe IV, Samaniego y los confesores. Incluso parece como que a veces prefieren el de Historia Divina al de Mística Ciudad de Dios. Sería, pues, ilógico, si tenemos en cuenta la intención de Sor María de Jesús, pedirle un tratado de mariología, puntualizado con la exquisitez conceptual que a estos tratados es característica. En este apartado vamos a intentar recoger su inspiración mariana. Queremos determinar así el sentido que la existencia de la Madre de Dios tiene para la autora. Aunque se trate de una “historia divina”, no es un mero contar hechos de la vida de la Virgen; tampoco es una concepción mariológica sistematizada. Con todo, en el marco de la vida de la que es “mística ciudad de Dios,milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”, nos va dando la Venerable una interpretación suya de lo que la figura Madre de Dios significa en la historia de la salvación. Unas veces lo hace expresamente, como cuando interpreta diversos textos de la Sagrada Escritura, o hace digresiones puestas en boca de Dios, de la Virgen o bajo el amparo de su propia pluma; otras veces hay que intuirla entre líneas a partir de los mismos hechos narrados. Para nuestra exposición nos fijaremos en estos elementos doctrinales, prescindiendo de todo lo que sean datos concretos de la vida de la Virgen o elementos de tipo psicológico y místico. Principios y figuras bíblico–marianas Antes de entrar propiamente en la exposición de la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, queremos recoger, a modo de portada, algunos de los principios y figuras bíblico–marianas que son como los indicadores que dirigen la concepción mariológica de la autora. Podíamos convenir con Henri de Lubac en que, piénsese lo que se piense de la Historia de la Virgen, el título de Mística Ciudad de Dios aplicado a María es justo y sugestivo. Si el titulo de Historia Divina nos pone en el contexto de los aconteceres de Dios en torno a la elegida para Madre suya, el de Mística Ciudad puede darnos el resultado de dicha intervención divina Sor María de Jesús no nos ofrece una explicación expresa del título que pone a su obra. Designa a la Virgen con el calificativo de “mística ciudad de Dios” especialmente al exponer el capitulo 21 del Apocalipsis, donde concibe a Jerusalén como el símbolo de la Madre de Dios por ser el centro y el escenario de las maravillas del Altísimo, al mismo tiempo que es la ciudad fortificada con una muralla de doce puertas, para significar el imperio que María tiene sobre la “serpiente”, su virtualidad para comunicar la gracia de Dios a los hombres y la facilidad que éstos poseen para entrar a la salvación por la puerta de María. Es,en efecto, la “mística ciudad” de refugio en la que los hombres pueden encontrar su salvación y apreciar lo que contribuyó a ella en calidad de reina y madre de piedad. María es la “Mística Ciudad de Dios” por ser la “casa y corte” del Rey, en la que será “morador en el mundo”, vivirá con los hombres y se hará su herman. Lo es igualmente porque Dios se recrea en ella comunicándole la magnificencia de sus perfecciones para construir en su figura un signo de la naturaleza humana, en la que se alza como mediadora y dispensadora de esas mismas perfecciones. Es finalmente la “mística ciudad de Dios” por constituir el lugar de las delicias del Creador y ser el tabernáculo de la Santísima Trinidad. Esta “mística ciudad de Dios” es el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Concebida María como “Mística Ciudad de Dios”, en el doble sentido de signo de Dios ante los hombres y signo de los hombres ante Dios, la Venerable viene a encontrar el fundamento de todo cuanto se puede afirmar de la Virgen en la dignidad que le da su destinación a la divina maternidad. Por esta razón es predestinada en el segundo lugar de los decretos divinos ad extra. Y ya en la existencia, Dios la prepara primero la “mima” después con su providencia, ya que su misión requería entrar en una relación directa con la divinidad; será el “milagro de su omnipotencia”. Tanta complacencia encontraba Dios en su “mística ciudad”, que parece como que hubiera entregado a su Hijo para poseer a este “abismo de la gracia”. Otra idea clave que, junto a esta primera, está obrando continuamente en la mente de la Venerable, es la de ser María co–principio de Cristo en la redención de los hombres, puesto que predestinada después de El y con El, en fuerza de la correlación existente entre ambos, participa íntimamente en su misión salvífica. De hecho, en la “plaza de esta ciudad se despachó aquel fíat mili que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho, ni hará jamás”, dando con él al Verbo eterno “cuerpo humano en que padeciese y redimiese a los hombres, para hacerlos pueblo suyo, su tabernáculo y morada”, y consagrándose como su compañera “en la forma que pudo”. Es otro de los puntos de donde arrancan la providencia con que Dios se vuelca en María y la preocupación de ésta por ser fiel a la iniciativa divina y hacerse semejante a su Hijo en dignidad y perfección, ya que con El irá a participar en la obra de la salvación. María es, pues, también la “ciudad mística” de Dios: el ensayo de una vivencia absoluta de la gracia en la naturaleza humana –”abismo de la gracia”– para restablecer en ella la antigua perfección que se había perdido por el pecado. Dios se pasea complacido por esta “ciudad mística”, ya que en ella encuentra plena correspondencia a la iniciativa de su amor. Hay otra gran idea que viene a ser como la línea directriz en torno a la cual se organiza la Mística Ciudad de Dios: Cristo, y con él María, es el centro no sólo de la economía salvífica, sino también de toda la creación. Ambos son los ejemplares en quienes estaban previstos todos los seres y de quienes “se obligaba el Altísimo para no atender –a nuestro modo de hablar– a todo lo que el linaje humano podía desobligarlo” Según estos dos “originales” iba copiando el Señor todo el linaje humano, para que mediante ellos saliera semejante a la divinidad. Rota la línea por el pecado del hombre, Dios envía a su Hijo “pasible y reparador”, para restituir a la creación la hermosura de la gracia y amistad de Dios. Así como era justo que antes de la formación del primer hombre creara Dios todas las demás criaturas para que constituyeran el escenario y el ambiente en que iba a aparecer el Rey de la creación y encontrara en ellas “la mesa gustosísima, abundante y segura del divino conocimiento y amor”; de igual modo antes de llevar a cabo la gran comunicación de Dios ad extra, era justo que el Creador dispusiese todas las cosas y acontecimientos para que Cristo se encontrara con una escena preparada a su llegada a la mortalidad. Con María la preparación de la escena, antes de la encarnación del Verbo, queda terminada 1–2 . Incluso se encuentran ya en ella algunos vestigios de la nueva economía. Era una criatura de tal perfección, que en la “prolija y larga noche” del Antiguo Testamento obligaba, en cierto sentido, a Dios que decretara la encarnación del Verbo. Era ella la que recompensaba y suplía nuestra “ingratitud”, “cortedad” y “grosería”, en cuanto de parte de las puras criaturas era posible. Son múltiples las figuras vétero–testamentarias que a lo largo de la Mística Ciudad de Dios se aplican a María, además de aquellos textos que la autora aplica directamente a la Virgen. María es la Nueva Ester, que ocupa el lugar de Eva, rechazada del reino de Dios a causa de su desobediencia. Es el Arca de la Alianza, que llevó dentro de sí la “piedra angular (1 Cor 3,11) cortada en el monte de la eterna generación (Dan 2,34)” y que tenía por misión “unir a los. dos pueblos: judaico y gentil (Ef 2,20)”. Llevó también en su seno e! maná de la divinidad y de la gracia y la vara de los prodigios. De esta “arca mística” había de difundirse hacia los hombres la fuente de las gracias,. “que es el mismo Dios”. No conoció por otra parte la “corrupción del pecado actual”, ni “la carcoma oculta del original”, antes bien estuvo revestida con el oro de gracias y dones altísimos. Finalmente es el Arca de la Alanza, porque Dios no “podía dejar de hacer propiciatorio de esta mística y verdadera arca”. María es la tenaza de oro (ls 6,6) que arranca del fuego de la divinidad el ascua que ha de purificar el mundo. Es la Virgen que había de dar a luz al Emmanuel, la Hija de Sión y visión de paz, el monte a quien en primer lugar debe venir el Verbo desde la “piedra del desierto” (ls 16,1), es decir, desde el cielo, ya que el cielo sin los hombres puede ser comparado con un desierto. Es igualmente la espiga fértil traída de Egipto y que lleva en sí misma el dorado trigo que había de alimentar a muchos (Lev 23,10)19 .La pequeña nube (3 Re 18,44) que destila una lluvia saludable para refrigerio de los mortales. La puerta cerrada (Ez 4,42) abierta solamente para Dios. Figura de María es la mujer que el Génesis anuncia como quien ha de aplastar la cabeza de la serpiente. La victoria plena sobre la serpiente se da, sin embargo, con la muerte redentora de Cristo, cuando se cumple el oráculo de Habacuc (3,2–5). Es finalmente la zarza mística que ardía sin consumirse, para significar a un misma tiempo la unión de la naturaleza humana y divina en el Verbo sin detrimento de ninguna de las dos y la virginidad perpetua de la madre del Verbo, no solamente en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto al alma, pues aunque tuviera que proceder de Adán según la naturaleza, de ningún modo debía quemarse en su culpa. La autora, además de aplicar estas figuras vétero–testamentarias a María, interpreta también mariológicamente los siguientes textos del Antiguo Testamento: Prov 8,22–31; Prov 31. Deduce de Prov 8 las ideas o decretos que el Altísimo tuvo en su mente antes de crear todos los seres. Y lo refiere literalmente a la persona de Cristo y de María. Ellos eran en Dios los principios activos de todas sus obras y comunicación ad extra: Cristo como principio eficiente de la creación y fin de la misma; María como ejemplar y medio para llegar al fin. Basándose la autora en Prov 31,10ss, ve también en la mujer fuerte una imagen de María, a quien Dios compró para sí y redimió antes de que existieran las demás criaturas, pagando por ella a la naturaleza humana el precio, del Verbo encarnado para poseerla con el Hijo aun cuando los hombres prevaricaran. Ella fue la nave diligente que trajo “el pan divino” para que “se viese y se comunicase y alimentase a los que le tenían lejos. Era la vigilante en la noche de la antigua ley, la que extendía las manos de Dios para que enviara al mundo al Verbo eterno y las manos del Verbo para que distribuyera los dones de sus méritos entre los homres. Colaborando con Cristo en la reparación del género humano, plantó la viña de la Iglesia y la viña del paraíso celestial que Lucifer había devastado28. Por todo esto las criaturas la llamarán bienaventurada y Dios alabará y proclamará sus obras. Finalmente, del capítulo 24 del Eclo deduce Sor María la excelencia y grandeza a la que llegó la Madre de Dios bajo la guía y el magisterio de su propio Hijo. Durante los años de Nazaret fue constituida en verdadera arca del Nuevo Testamento, para que así sirviera de norma y ejemplar a los apóstoles, mártires, doctores y vírgene. Entre las narraciones del Nuevo Testamento son las del “gran signo” aparecido en el cielo (Ap 12) y la del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” (Ap 21) las que más llaman la atención de la autora de la Mística Ciudad de Dios. Quiso Dios manifestarnos con el “gran signo” la excelencia y magnificencia de la naturaleza humana, que a pesar del pecado de los ángeles había de crear a su tiempo. Cristo y María le “obligaban” a ello. Pero quiso significarnos también que había de poner en el mundo un arca de la alianza, signo del futuro Salvador del género humano. María es en esta alianza la “fiadora” de los hombres ante Dios, tanto con respecto a la perfección a ellos destinada como a su redención 30. Vestida del “sol de justicia” y de la “plenitud de gracia”, como con voz potente, les dio a luz al Verbo eterno, voz que después de ser levantado en la cruz se oyó en toda la tierra.  La imagen del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” sirve a la Venerable para darnos una síntesis de su visión de la Madre de Dios. No vamos a entrar en los detalles de la prolija narración agredana, pero sí vamos a dar algunas ideas generales, para que se vea la línea de su pensamiento. Con María hubo un “cielo nuevo” para la divinidad en la naturaleza humana, porque, preservada y libre de la culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática. Dejó, pues, de existir el cielo primero que Dios había creado en Adán y que se manchó e inhabilitó para que el Señor viviese en él. Hubo juntamente un “nuevo cielo” de gloria para la naturaleza humana, ya que, renovado “el empíreo” con la gloria de Cristo y de María y con los méritos de nuestro Salvador, pasaron a ocuparlo los hombres. Toda esta novedad tuvo principio en María, concebida sin el pecado que lo impedía todo. También apareció sobre el mundo una “nueva tierra”, libre de la maldición de la “tierra antigua”. Pues por la “tierra bendita” de María, con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán. En la Madre de Dios comenzaba a resplandecer ya la aurora de la gracia . La imagen de la “nueva Jerusalén” se aplica a las iglesias militante y triunfante, pero “señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema, María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias… y excelencias de las iglesias militante y triunfante”. Llamamos a María Nueva Jerusalén “porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas; porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo, que es la cosa más nueva”. En ella todos los dones y todas las gracias son verdaderamente nuevas, como participadas directamente de la claridad de Dios, pues fue creada no en esta “tierra de pecado”, sino en el cielo y según el ejemplar del Verbo.  Mística Ciudad de Jerusalén, es también María la habitación santa, el tabernáculo de Dios y el medio para que Dios plante su tienda entre los hombres. Estando el “tabernáculo de Dios” con los hombres, el Altísimo enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte y el pecado no existirán más, pues fueron destruidos ya por la suave medicina de la encarnación del Verbo al ofrecernos su sangre y sus méritos estrenados en la que nacía inmaculada. Pudiéramos caer en la tentación de pensar que María de Agreda, embelesada con la figura de la Virgen, se olvidara del significada preciso de la Madre de Dios en la historia de la salvación, al atribuirle todas las cualidades y perfecciones que le vienen a la mente. Por eso creemos conveniente añadir esta frase suya, cuando explica el significado de la piedra de jaspe: “pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino, no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya”36. Es también el significado que la autora ve en la respuesta de Cristo a María en las bodas de Caná: con ella quiso poner de relieve que el origen del milagro dependía únicamente de la voluntad divina.; quiso decirle también que la potestad para realizar milagros le venía de esa naturaleza y no de la naturaleza humana que de ella había recibido; finalmente le advierte que en la determinación de la voluntad divina no tenía parte en absoluto, pues era algo que pertenecía exclusivamente a sólo la divinidad. María, “ciudad ,mística de Dios”, fue, pues, elegida en la eternidad de los designios de Dios como Madre del Verbo encarnado y manifestación de su incomprensible perfección ante los hombres, signo y espejo de la divinidad al mismo tiempo que “fiadora” de la naturaleza humana. Así prefigurada y descrita la ve Sor María de Jesús en la Sagrada Escritura. Los autores del sigla xvII interpretan la Palabra de Dios sirviéndose de diversos sentidos: el literal, místico, espiritual, eminente, acomodado, etcétera. Y casi de cada una de sus expresiones deducían, según estos sentidos, algún significado mariológico. También ellos aplican a la Virgen las figuras bíblicas de la “ciudad de Jerusalén”, “ciudad custodiada” (2 Re 19,34), “ciudad de Dios” (Sal 86,1), “casa o templo de Dios” (Sal 92,5). No hemos encontrado, sin embargo, todavía quien la llame “Mística Ciudad de Dios”. La Venerable concuerda con los autores contemporáneos al concebir el Antiguo Testamento como preparación para el Nuevo 40 . Igual concordancia se percibe con respecto a la opinión de que no convenía que se hiciese pública la fe en la Madre de Dios hasta que estuviera arraigada la fe en Cristo. Es curioso que en la Mística Ciudad de Dios no encontremos una explicación de Lc 1,2, cuando es un texto que sirve a los teólogos contemporáneos para atribuir a la Virgen tal plenitud de gracia, que sobrepasa a la de los ángeles y los santos. Por el contrario, si creemos en el testimonio de Samaniego, parece ser peculiar de Sor María de Jesús la interpretación mariológica de Ap 21 4–3. Nos ha llamado también la atención, al comparar la obra agredana con algunas otras obras de la época, el ambiente más histórico y salvífico que en aquélla se respira. Quizá sea debido precisamente al carácter de Historia Divina con que su autora la concibe. María, signo de la creación.  Dios en su comunicación ad extra procedió, “a nuestro modo de entender”, según un orden de prioridad y posteridad, orden que hay que concebirlo “no de tiempo, mas de naturaleza” 4–4 . Todos los seres son decretados según una gradación de perfección ontológica y conforme a los ejemplares de Cristo y María, para que todos ellos “saliesen también mediante estos dos ejemplares semejantes a Dios”. María de Agreda pertenece al sistema predestinacionista escotista del “summum bonum summe diffusivum” en virtud de una necesidad de orde moral, según la cual le es “mucho más natural hacer dones y gracias que al fuego subir a la esfera, a la piedra bajar al centro y al sol derramar su luz. “Todas las obras ad extra son libres en Dios”, porque su propensión e inclinación a comunicarse está subordinada a su divina voluntad, no obstante le fuera como “debido y forzoso”, y Dios, “a nuestro modo de entender”, no estuviera “quieto ni sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al centro de las criaturas”. “Vio que tan suma bondad era convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso, comunicarse, para obrar según su inclinación comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad”. Y dispuso “el orden que había de haber en lps objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la divinidad y atributos; de suerte que aquel como movimiento del Señor tuviese honesta razón y proporcionados objetos, y que entre ellos se hallase la más hermosa y admirable disposición, armonía y subordinación”.  “La infinidad impetuosa” de Dios exigió en primer lugar una criatura a la que poder comunicarse en el sumo grado posible. La unión hipostática sería esa primera manifestación de Dios ad extra, ya porque “después de haberse entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era conocer y amar a lo que era más inmediato a su divinidad, cual es la unión hipostática”; ya porque “también debía la divinidad sustancialmente comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra, para que la intención y voluntad divina comenzase por el fin más alto sus obras”; ya finalmente porque la armonía y subordinación entre las criaturas había de ser “la más admirable y gloriosa que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener una que fuese cabeza y suprema entre todas y, cuanto fuese posible, inmediata y unida con Dios, y que por ella pasasen todas y llegasen a su divinidad “. El motivo principal de esta comunicación no fue otro que la gloria de Dios derivada de esa ,misma comunicación. La Venerable de Agreda, al igual que otros autores de su época, considera la encarnación como un desposorio de Dios con la naturaleza humana, “juntándose con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol (Ef 5,32), en Cristo y en la Iglesia”. Matrimonio espiritual, que mientras en los demás hombres se consumará en el reino escatológico, en María será llevado “en algún modo” a plenitud, “en el mismo momento en que fue Madre del Reparador”, para que “quedase como por fiadora abonada de que no se les negaría el premio a todos los hijos de Adán, si se disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor”5–3 .Para que este desposorio pudiera tener lugar realmente, era necesaria la existencia de la mujer por quien Cristo había de aparecer en el mundo. Tres son los motivos que según la autora de la Mística Ciudad justifican la existencia de María en el segundo lugar de los decretos divinos. El primero podríamos calificarlo de ontológico, en cuanto que después de la comunicación suma con que Dios se había proyectado a Cristo en línea sustancial y accidental, parecía necesaria también la existencia de una pura criatura que fuese media entre Cristo y los hombres, y recibiera de esté modo la máxima comunicación de Dios “como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y en él a la divinidad’. Aparece en segundo lugar el motivo de la divina maternidad, que en realidad no constituye sino un mismo motivo con el primero, pues fue “ordenada” y “concebida” esta pura criatura en la mente divina “antes que hubiese otro decreto de criar cosa alguna… como y cual pertenecía y convenía a la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de su Hijo santísimo”, encaminándose luego a ella “el ímpetu del río de la divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirla una pura criatura y como convenía a la dignidad de madre”, “porque sin la madre y tal madre, no se podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta temporal generación” . Finalmente, el tercer motivo viene aconstituirlo la necesidad existente en nuestra naturaleza de un ejemplar “de quien pudieran los hombres y los ángeles ser discípulos del amor hermoso”. Dios creó “tan pura, grande, mística y divina criatura más para ser admirada con alabanza de las demás, que para ser descrita de ninguna”. María viene a ocupar, por lo tanto, en la escala de los seres un lugar intermedio entre la unión hipostática y las puras criaturas. Así lo exigían tanto el orden y armonía con que Dios decretó crear el universo, como la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de Cristo. Su existencia se halla abierta a la doble relación de Dios y de la humanidad: toca la “claridad de Dios” y se encuentra entre los descendientes de Adán. Contribuye a “hermanar” estos dos términos en el misterio de la encarnación. Tomando por principio la dignidad de la maternidad divina, la inspiración poético–mística de la autora atribuye a la Virgen una participación en las perfecciones divinas”, el cuarto lugar en la Santísima Trinidad, una especie de afinidad con Dios 6–0, una igualdad de proporción con la dignidad de Cristo 6–1 . Y le da los calificativos de “esfera de la omnipotencia divina”, “complemento de Dios”. templo de la gloria de Cristo”. y otros muchos que pueden verse a lo largo de la Mística Ciudad de Dios. Es, sin embargo, una pura criatura , pertenece a la misma naturaleza de los descendientes de Adán, es el “éjemplar” y “espejo” de los mortales. Después de la previsión del pecado, María aparece en la corriente de comunicación de Dios ad extra de un modo sustitutivo, quedando así mucho más patente su misión de signo y figura de la humanidad . Dios, para que no quedase frustrada su primera voluntad de comunicarse perfectísimamente y del sumo modo posible a las criaturas por la gracia y la gloria, determina “restaurar” y “ejecutar” lo que ellas perdieron, en esta sola criatura, “el alma de sus deseos”, “fruto de sus atributos”, “un prodigio de su poder infinito”, “una obra que es objeto de su omnipotencia” y “muestra de la perfección que disponía para los hombres”, “el fin del dictamen que tuvo en la creación”, “la única imagen y similitud de la divinidad”, “el complemento de su beneplácito y agrado por todas las eternidades”. Desde este momento la figura de María se convierte en un ser intercesor, relacionado íntimamente con la salvación de los hombres. Toda su existencia está ordenada ahora a su maternidad, a ser “el instrumento eficaz” de Dios en su comunicación ad extra, para que por ella y con ella recibieran todas sus obras el complemento que habían perdido por el pecado. El hecho de haber concebido la autora su obra como una Historia Divina, le dio sin duda la posibilidad de exponernos, o por lo menos insinuarnos, una figura de la Virgen en toda la dinámica existencial que ella lleva consigo dentro de la historia de la salvación, aunque esto sólo sea perceptible entre líneas en la mayor parte de los casos. El sentido soteriológico en que toda la narración agredana va envuelta a partir de la ejemplaridad de María, hace que la encarnación se conciba no ya sólo coma “sacramento de fe”, sino como sacramento de amor, en el que la Virgen está de parte de los hombres, ya como la primera redimida, ya como signo de perfección. “Con ella y en ella quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán… En ella se dio principio a la renovación de la humana y terrena naturaleza”. No insistimos más sobre este punto, porque vamos a verlo como una especie de estribillo a lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios, singularmente a partir del momento en que María es constituida como verdadera madre de Dios en el mundo. La autora concibe, pues, la maternidad divina como la corona de la creación. Mediante ella se restaura la antigua perfección que Dios había asignado a los hombres. Cristo y María aparecen en la doctrina agredana no tanto baja un prisma escatológico como ejemplarista–dinámico. En la fidelidad, amor, humildad de la única y singular esposa del Altísimo encontró éste la respuesta perfecta de toda la creación. A ella encauza la Virgen su propia gracia y méritos para entrar en la intimidad de la naturaleza humana como germen de salvación. Todo ello como consecuencia del principio de asociación. María es el signo mediador y ejemplar de la humanidad por ser pura criatura, hermana de los mortales. Según podemos observar, la autora de la Mística Ciudad de Dios sigue fielmente los principios de la escuela escotista respecto a la predestinación de la Madre de Dios. Puestos los fundamentos por Raimundo Lulio “ad .mentem magistri”, los desarrollan Juan Basolio y Francisco Mayronis y llegan a su plenitud máxima en los teólogos del siglo X VII –XVIII “,edad de oro” del escotismo. Para Serrano, el “ordinatissime volens” decreta en el primer signo de su comunicación ad extra la encarnación del Verbo “quia hoc summum bonum et Deo immediatius ac carius ex omnibus operibus ad extra, tum quia est summa Dei communicatio, tum etiain quia ipsi Deo coniungitur in unitate personae, tum denique quia deliciae Dei esse cum filiis hominum”. En el segundo signo aparece la predestinación de María como madre del Verbo y consecuentemente como aquella criatura más próxima a la divinidad por su nobleza y dignidad. María pertenece a la esencia de Cristo “porpter unitatem carnis” y porque juntamente con él es cabeza de los justos. En Carlos del Moral, Dios “summum bonum, summe sui diffusivum” experimentaba una necesidad de orden moral a comunicarse ad extra del sumo modo posible. Esto sólo lo encontró en la unión hipostática. Después de comunicarse a Cristo tanto en la línea sustancial como accidental surge en la idea divina la imagen de la que había de ser madre del Verbo, para entrar así en comunión del sumo modo posible con una pura criatura, elevándola terminative al orden hipostático. Cristo se constituye en fin ejemplar y cabeza de los ángeles y hombres, misión y prerrogativa en la que participa simul María por los méritos de su Hijo. Urrutigoiti refiere la predestinación de la Madre de Dios a su divina maternidad, mediante la cual queda ordenada a la gloria y a su principio: la gracia. De aquí deduce el teólogo zaragozano los principios de su mariología: principio de excelencia y asociación, en cuyas conclusiones coincide no poco con María de Agreda. Diego Murillo, zaragozano también como Urrutigoiti, basa su teoría predestinacionista en la diversa participación de las criaturas en las perfecciones divinas, elaborando un sistema muy semejante al de la Venerable escritora. Por el contrario, nos da la impresión de que la idea agredana de María signo salvífico de la creación flota quizá todavía tímidamente en los autores de la época. En Murillo leemos que el hombre alcanzó su última perfección según la sustancia en la encarnación de Cristo, según la naturaleza en la ascensión, según la personalidad en la asunción de la Virgen, En Vega, que de no ser por la Virgen, Dios no hubiera creado al hombre. Para Portillo, María es la fiadora de la fe de los mortales. Gonzalo Tenorio organiza sin embargo su concepción mariológica en torno a esta idea. Por lo demás, queremos hacer notar que la mayor parte de las expresiones que el fervor mariano dicta a Sor María pueden encontrarse en la extensa obra de Laurentis Chrisogonus Dálmata. María, Ciudad Santa y Pura Hemos visto el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Juntamente con Cristo constituye el centro de toda la providencia salvífica de Dios. Ella es el último paso en la economía del Antiguo Testamento y el “primero” en la del Nuevo, al aparecer en el mundo redimida, llena de gracia y como medio para que el Redentor tomara forma humana. Entramos ahora en el terreno de la realización de los designios de Dios y evolución de los .mismos hasta llegar a aquel fiat mediante el cual se pone fin a los caminos de Dios, hermanado ya con la naturaleza humana. La providencia del Altísimo se cierne ahora sobre la futura madre del Verbo, para ir preparándola al gran acontecimiento de la encarnación. El siglo en que escribe su obra nuestra Venerable participaba ya de una difundida tradición inmaculista. El hecho de la concepción inmaculada de María es fundamentado amplia y firmemente tanto en la Sagrada Escritura como en los santos Padres y se ilustra con argumentos de razón. Todo esto, elaborado y sistematizado por los teólogos, viene a constituir el argumento de “decencia”, a partir de la excelencia personal de Cristo, perfectísimo mediador, y de la dignidad trascendente de la maternidad divina. María de Agreda nos expone este privilegio de la Virgen de un modo narrativo, sencillo, sin entrar en la complicación de las cuestiones escolásticas, aunque haya momentos en que insinúe las conclusiones de las mismas. No olvidemos que escribe una vida de la Virgen, Historia Divina, destinada fundamentalmente a fomentar la piedad de los fieles. Para ella, ser concebida inmaculada, según la sentencia común de su tiempo, no significaba otra cosa que carecer del pecado original y sus consecuencias en el primer momento del existir, es decir, estar llena de gracia. Dios la libró, así como a su Hijo, en el decreto de su predestinación a la divina maternidad de toda contaminación con la descendenciade la serpiente. Esto, que para el Hijo era connatural, para la Madre era solamente participado por singular privilegio. Así es como “halló la gracia que le salió al encuentro y la divinidad que le esperaba en los umbrales de la naturalez. La dignidad de la maternidad divina, derivada del primado absoluto de Cristo, es para nuestra autora la raíz y fundamento que explica este privilegio mariano. Si María fue predestinada juntamente con Cristo ab aeterno, como segundo grado en la manifestación de las perfecciones divinas ad extra, para ser madre de Dios, era como “debido” y “forzoso” que también recibiera la justicia original independientemente de Adán y que fuera creada en el primitivo estado de inocencia. Ella no dependía de la capitalidad de Adán, para lo que a la gracia se refiere, ni entraba en el pacto adamítico. Dependía únicamente de la capitalidad de Cristo y de tal manera que juntamente con Cristo era cabeza del mismo Adán. María santísima es la criatura más próxima ontológica y relativamente a Dios, y de este estado se deriva para ella la suma santidad posible. Carece de pecado, mas no por una repugnancia intrínseca como sucedía en Cristo, sino porque “todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios, y siéndolo para ella, lo fuera también para él”, es decir, por una repugnancia de orden moral. Aparece de nuevo en este punto de la Mística Ciudad de Dios el lado ejemplarista de la figura de María, en relación al estado de justicia original en que fueron creados nuestros primeros padres: puesto que las criaturas “han salido ingratas y rebeldes”, no es conveniente que la voluntad de Dios quede frustrada. Por eso Dios crea una “muestra de la perfección” que disponía para los hombres, restablece “el fin del dictamen” que tuvo en la creación. En María “restaura”, “ejecuta” y “mejora” lo que los hombres perdieron. A ella encauza la corriente de su bondad y la saca de la “ley ordinaria del pecado” para que “no tenga parte en ella la semilla de la serpiente”. Aun cuando con la anterior argumentación concluye ya suficientemente la autora la conveniencia de la concepción inmaculada de María, vamos a transcribir brevemente, a modo de complemento, algunos otros argumentos que ella nos expone. Era justo y debido que la divinidad, bondad infinita, se encubriera en una materia purísima, limpia y nunca manchada por la culpa. Nada puede oponerse a la voluntad divina, poderosa y omnipotente. No era, pues, conveniente a la equidad y providencia de Dios omitir lo más conveniente, perfecto y santo por lo menos conveniente y santo. Era conveniente que la Virgen fuera inmaculada, por cuanto el Verbo que había de encarnarse sería redentor y maestro de los hombres y autor de la perfectísima ley de gracia, donde se establece el mandamiento de honrar a los padres como causas segundas de nuestra existencia. Era justo que dicha ley fuera cumplida en primer lugar por el Verbo divino con su madre, haciéndola digna de una gracia más admirable, santa y excelente que todos los dones creados. Ahora bien, el máximo honor y beneficio para la Virgen entre todas las gracias era el extraerla absolutamente de toda enemistad y adversidad con Dios. Y esto se obtenía liberándola de la incursión en el pecado de origen. El Verbo tendría en la tierra madre sin padre; en el cielo, en cambio, padre sin madre. Mas para que se diera la proporción conveniente entre Dios padre y esta mujer madre, era necesario fuera elevada sobre la naturaleza, de suerte que consiguiera toda la congruencia e igualdad posibles entre Dios y una pura criatura. Ahora bien, esta elevación de proporcionalidad parece reclamar en la madre la concepción inmaculada, para que en ningún .momento pudiera gloriarse el dragón infernal de haber dominado a la mujer a quien Dios obedece como a verdadera madre. Como a la dignidad de madre de Dios conviene el que nunca fuera adversaria de Dios, así a la dignidad de madre del redentor el que nunca compartiera con los enemigos del mismo redentor. Es decir, debiendo Cristo redimir a los hombres con la carne y, sangre que recibe de su madre, hubiera tenido que redimir en primer lugar su misma carne del modo que redime a los demás hombres. Esto naturalmente desdice de tan digno redentor. La Virgen debió, pues, ser inmaculada. Llega, finalmente, la autora al misterio de la concepción inmaculada de María a partir de la antítesis que debía existir entre el demonio y la “mujer”. Unida la Virgen al divino Redentor desde toda la eternidad en un mismo decreto de predestinación, a una con él y por él hostiga a la venenosa serpiente con enemistades eternas y triunfa plenamente de ella aplastándole la cabeza con su pie inmaculado. Aparece ya victoriosa en la misma concepción activa de su cuerpo, destruyendo la fortaleza de la concupiscencia, donde se guarece el “fuerte armado”93. Es más, apenas concebida, le da Dios tal potestad y dominio contra todos los demonios, la defiende y asiste de tal suerte, que a sola la presencia de María los demonios se sienten atormentados. Y, una vez verificada la redención, Dios traspasa el reino, sujeto anteriormente a la potestad del enemigo, a las manos de su madre, constituyéndola en reina y señora de todas las criaturas, dispensadora de todos los bienes celestiales y de todas las gracias, haciéndola sagrado refugio de todos los hombres y consagrándola en absoluta y definitiva enemiga del demonio. Viene a fundamentar esta nueva prerrogativa la concepción inmaculada, pues de otra suerte, no sólo no hubiera existido entre ella y la serpiente aquella enemistad eterna, sino que, al contrario, hubiera estado sometida a ella, lo cual desdice de tan excelsa reina. Por lo demás, también están presentes en la Mística Ciudad de Dios las tradicionales cuestiones de la redención de María mediante los méritos de Cristo derivados de su pasión y muerte y la de la pasibilidad de Cristo y María. La primera cuestión la resuelve mediante la redención preservativa en virtud de los méritos “previstos y aceptados” del Verbo en “esa misma naturaleza y carne”. La pasibilidad de Cristo y María la sitúa la autora después de la previsión del pecado, para que ofreciera a los hombres un ejemplo de santidad y de humildad, al mismo tiempo que un sacrificio aceptable a la divina voluntad. Estas explicaciones vienen, sin embargo, en el curso de la narración sin más detalles que las precisen. A lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios (Historia Divina), María aparece como creada y formada desde un principio en una gracia perfectísima y suprema, como la elegida de Dios, llena del Espíritu Santo, singular en los dones y formada por Dios según una providencia especial, el “archivo de sus misterios y sacramentos”. En ella se estrenaron todos los atributos divinos, “sin que se le negara alguno en lo que ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y superior en grados de gracia incomparables a todo el resto de las criaturas capaces de gracia y de dones”. Como se deduce de la doctrina agredana sobre la predestinación, María constituye un orden que se alza sobre todos los ángeles y criaturas, siendo inferior solamente al de la unión hipostática. Y esto porque el mundo creado exigía una armonía y subordinación perfectas. Su participación en la gracia es por esto mismo superior a la de todos los ángeles y predestinados, cuanto el oficio de señora y reina es superior al de siervo. Estaba asentada in montibus sanctis, pues siendo elegida para el divino ministerio de Madre de Dios, esto exigía en ella una gracia proporcional a su misión, como la filiación divina lo exigía en Cristo. Y si la maternidad divina es la dignidad suprema después de la unión hipostática, así el grado de gracia que a ella corresponde es inferior únicamente al de la humanidad de Cristo, pero inaccesible para cualquier otra pura criatura. “Mayor proporción tuvieron las gracias y dones de María santísima con las de su dilectísimo Hijo, y éstas con las perfecciones divinas, que todas las virtudes y santidad de los santos con la de esta soberana reina de las virtudes”. La Venerable de Agreda, en todo lo que se refiere a la gracia y dones de María, se guía por el siguiente principio: María “bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla, y quiso darla todo lo que pudo, y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a la divinidad”102 . Así vino a ser en el mismo momento de su concepción la “obra” y el “milagro” de la omnipotencia divina, “el abismo de la gracia” y la criatura más inmediata y próxima al Altísimo. Sin embargo, la concepción inmaculada de María no es sino el comienzo de su consagración real a la historia de la salvación. Desde este momento comienza el misterio de la vida de la Virgen. Nos presenta ahora la autora una figura de la Madre de Dios en continua evolución mística, como preparación al f iat que un día había de pronunciar. No entramos en detalles, porque es la parte más prolija de la Mística Ciudad de Dios. Baste con decir que la doctrina agredana nos recuerda en este punto lo que los autores místicos narran acerca de la evolución espiritual y mística de las almas. María trabaja diligentemente por adquirir una “perfección” conveniente. Es la Virgen plenamente fiel a la providencia de Dios sobre ella, en la oscuridad de la fe, ya que ignoraba todavía tanto su ordenación a la divina maternidad del Redentor, como la ausencia de pecado original en que había sido concebida. Es por otra parte la reina verdaderamente maternal, que intercede ante Dios por los hombres, bien mediante su propia naturaleza, pues estando ella entre los hombres, Dios no les podía condenar, bien pidiendo a Dios que no retardara la redención. Purísima entre todas las criaturas, “epílogo de la naturaleza humana y angélica”, en ella se recrea Dios con complacencia por sus perfecciones, por su fidelidad y su pobreza, mediante las que recompensa las imperfecciones de los hombres. Representa a los hombres ante Dios, quien quiere establecer unas relaciones nuevas con ellos110, cuyo signo y comienzo es María inmaculada y llena de gracia. De entre todos los privilegios de la Madre de Dios, es el de su inmaculada concepción el que más vivo estaba sobre el tapete de la atención de los teólogos del siglo XVII. Lo consideraban ya en sí mismo, ya en relación con otras cuestiones, como, por ejemplo, la del débito, predestinación y redención por los méritos de Cristo. Flota ya en el ambiente el problema de su definibilidad y el grado de certeza a que había llegado. Reyes, teólogos y el pueblo cristiano buscaban y esperaban la definición dogmática de dicho privilegio. Quedaba, sin embargo, todavía un cierto espíritu de lucha y controversia. Admitido casi por todos el hecho de la concepción inmaculada de María, pasa ahora la fuerza de la discusión al problema del débito y la redención preservativa. Hacen relación a lo primero las discusiones de Toledo y Alcalá del año 1616. Creemos poder afirmar que los fundamentos en que se apoya la Mística Ciudad de Dios para llegar a la Inmaculada, están en la línea teológica de los autores franciscanos de su tiempo, Basan éstos, en efecto, el citado privilegio mariano en dos principios generalmente: el de la asociación de María con Cristo, bien en su predestinación absoluta, bien en la realización de la redención de los hombres, y el de la dignidad de la divina maternidad. A estos dos argumentos añaden otros, como el de la plenitud de gracia, la virginidad, asunción, mediación universal, etc. Entre ellos se encuentran también los que la Venerable expone. Unicamente el argumento de la armonía que debe existir entre Dios–Padre y María–Madre, así como el referente a la antítesis demonio–María, no los hemos podido encontrar en la misma manera que ella los expone. Las cuestiones del débito y redención preservativa, sólo tanteando podemos encontrarlas en la obra agredana. Téngase siempre presente que aunque la Mística Ciudad de Dios parezca presupone tales o semejantes cuestiones, se mueve siempre en un ambiente muy distinto al que ellas exigen. Los autores de los siglos XVI,XVII,XVIII hablan también con particular detención de la gracia concedida a la Madre de Dios, llegando en su último empeño a atribuirle una gracia “negative summa absolute possibilis” desde el primer momento de su concepción. Idea que sin llegar a la síntesis de unos términos precisos se encuentra también en la Venerable de Agreda. La opinión de que María cooperó a la propia satisfacción es común entre los mariólogos. Ya en el siglo XII, y muy especialmente en el sigloXIV, hablan del uso de razón que Dios concedió a la que iba a ser su madre en el primer momento de su ser, de donde deriva lógicamente la citada opinión. Con el uso de razón le fueron concedidos también los demás dones: hábitos, virtudes, etc. No hemos visto todavía en algún otro autor la distinción que María de Agreda establece entre visión abstractiva y visión intuitiva. Nos parece justo destacar el ejemplarismo que la autora atribuye a la perfección de María, así como el sentido salvifico en que va envuelta la narración agredana. Dios quiso restaurar en su madre, e incluso perfeccionar, la belleza del mundo que los ángeles y los hombres habían manchado. Ella es el signo y ejemplo intercesor de tal voluntad de Dios. María, tabernáculo de Dios Preparada María como Mística Ciudad de Dios, asistimos ahora a lo que era la finalidad de su existencia: introducir a Cristo en el mundo, dar a los hombres un salvador. En este momento trascendental de la humanidad, desempeña realmente el oficio de mediadora y de fiadora. María, madre de Dios, sacramento de la humanidad, queda señalada por este hecho con una relación real y salvífica con Cristo y con su obra. La maternidad, según nuestra autora, queda constituida en el orden físico por estos tres actos principalmente: concebir, engendrar y dar a luz. María concibió verdaderamente, engendró y dio a luz al Verbo de Dios, por lo que se la llama y es madre de Dios. Pero la encarnación de Cristo, además de las cualidades humanas en las que intervino la Virgen directamente, poseyó otra que estaba ajena a su influjo. Fue un parto divino, pura gracia de Dios, pues en María y de María fue el Verbo eterno quien recibió la forma humana. Queda, sin embargo, como verdadera madre de Dios, aunque no de la divinidad, porque el hijo a quien dio a luz es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Para que María pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, tuvo necesariamente que ser elevada, pues “para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre, parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto llegaba a avecindar con el mismo Dios” . Por otra parte, si el hijo participa de las condiciones de la madre por la semejanza de naturaleza, era necesaria también esa elevación, ya que no hubiera podido cooperar con el Espíritu Santo en la generación de Cristo de no poseer alguna semejanza con el Hijo en las condiciones de su naturaleza. Por lo demás, esta elevación en la mente de la autora no es otra cosa que la preparación de orden moral–místico que ya hemos insinuado. Estando ya María en el mundo “no se debía dilatar la redención humana y venida del Unigénito del Padre; pues ya no andaría como de prestado en tabernáculos o casas ajenas, mas viviría de asiento en su templo y casa propia, edificada y enriquecida con sus mismas anticipadas expensas”. La autora nos presenta la divina maternidad de la Virgen, ante todo, como el medio y el camino para la realización de la redención de los hombres. Es el “instrumento eficaz” del propósito salvador de Dios. Por él fue puesto el Verbo en el mundo de forma pasible y redentora. Quiso Dios, al determinar comunicarse a los hombres mediante la encarnación, aparecer en el mundo no de la nada ni de cualquier otra materia, sino de una mujer plenamente consciente, madre virgen y pura, que le vistiera de su propia sustancia con la forma de siervo. Y abandonó Dios los misterios de la encarnación en las manos de la Virgen, a su fe, esperanza y caridad. Y esperaba su consentimiento para, con ella y por ella, dar el complemento a todas sus obras ad extra mediante el Verbo encarnado. Dios, en efecto, admite en sus operaciones ad extra el concurso de las criaturas conservando su libertad y autonomía. “Ponderó esta gran Señora que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de la beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y profecías, el más agradable y acepto sacrificio de cuantos se le habían ofrecido: la redención de todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la gloria de los hombres, y todo lo que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del Padre”; y vistiéndose de fortaleza más que humana, pronunció su fiat, con lo que quedó “hecha cielo, templo y habitación de la Santísima Trinidad, y transformada, elevada y deificada”. Y tanto fue el ardor con que su caridad hervía ante el misterio propuesto, que se desprendieron de su corazón tres gotas de sangre, de las cuales, por virtud del Espíritu Santo, se formó el cuerpo humano de Cristo. Comenzó así nuestra redención con un acto de amor “real y verdadero” de María. Y todas las criaturas sintieron los efectos de la misma. La encarnación del Verbo, al mismo tiempo que la más alta comunicación de Dios ad extra, es la mayor obra y beneficio “que recibió ella y todo el linaje humano”. Pero “con esta maravilla nunca imaginada se puso Dios en tal empeño, que –a nuestro modo de entender- no saliera de él con tanta gloria si no tuviera en la misma naturaleza humana algún fiador, en cuya santidad y agradecimiento se lograra tan raro beneficio con toda plenitud”. Por esto la sabiduría divina ordenó la encarnación del Verbo. “Pero como este Señor era Dios verdadero y Hombre verdadero, todavía parece que la naturaleza humana le quedaba deudora a él mismo, si entre las puras criaturas no tuviera alguna que le pagara esta deuda, todo cuanto de parte de ellas era posible con la divina gracia”. Este papel lo desempeñó María1. Ella con su “perfectísima caridad obligó, en la forma posible, al eterno Padre para que le diese a su Hijo santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María hubiese amado menos, no hubiera disposición en la naturaleza humana para que el Verbo se humanara”. El mérito de María con respecto a la encarnación se reduce, según la mente de la autora, a un mérito de congruo. La relación que nace el día de la encarnación entre Cristo–hijo y María–madre es del todo singular y única: Dios, el ser supremo, y María, la suprema criatura en perfección son los términos de dicha relación. Tanto es así que llega a calificarla la autora como de “complemento” de las relaciones existentes en la Santísima Trinidad. A partir de este momento la vida de la Virgen queda abierta a una doble perspectiva: es madre de Dios y madre del Mesías. Su hijo es el Verbo encarnado para redención de los hombres. De aquí su íntima relación con Cristo y con los hombres. La Mística Ciudad de Dios nos presenta ahora una figura de la Virgen amante en sumo grado. El amor es un elemento pedagógico en las manos de Dios para conducir a su “elegida” a la suma perfección posible en una pura criatura. De este amor nacen en la madre de Cristo su solicitud, reverencia y veneración creyentes ante su hijo–Dios. Amor, ciencia sublime, plenitud de gracia, viva presencia de la divinidad, son los elementos sublimes que hacen de la vida de la Virgen un “cielo intelectual”, el “templo vivo de Dios”, una “peregrina en la tierra y habitante en el cielo”, pero que al mismo tiempo dejan en su ser la angustiosa experiencia de su limitación contrastada con la vivencia de la trascendencia de Dios. Precisamente el reconocimiento de su total dependencia y de su absoluta inferioridad ante su hijo–Cristo llevaba a la Madre de Dios a adoptar una actitud de humildad en grado heroico, complemento de la humildad de los hombres. La humildad era como el sustrato de todas sus acciones, como el ingrediente necesario que hacía todas sus obras según el gusto de Dios, de tal manera que por esta virtud Dios se fijó en ella y la eligió. Como complemento al estado psicológico en que María se encontró después de la encarnación, se fija también la autora en esta situación peculiar, consistente en tener un Hijo que debe obedecer a su Madre y que al mismo tiempo debe ser obedecido por ella. Toda la relación de Cristo a María puede reducirse al amor y a la complacencia. Amor, por ser la madre de quien había recibido el ser humano. Complacencia, porque veía restaurada en ella la plenitud de perfección de que hubieran gozado el mundo y los hombres si no se hubieran apartAdo de su voluntad, porque la consideraba corno fruto suyo único y singular, porque la veía como el resumen de todas las perfecciones, como forma y ejemplar del Redentor. Llevado por este amor y complacencia, Cristo la adorna con dones de gracia, de sabiduría, de gloria, y le manifiesta los afectos y obras del alma del Verbo, en quien veía todas las cosas. María cooperaba solícita y fielmente con todos estos dones que la piedad de su Hijo le ofrecía. Las relaciones maternales de María se completan en esta nueva relación con las demás criaturas. Mediante Cristo tiene con ellas una relación salvífica. Es el “ejemplar de suma santidad y pureza” para los hombres, “espejo y eficaz arancel”, “lucerna para que se alumbren en las tinieblas de su ceguedad”. Es “el instrumento excelso y vivo que nos trae la vida divina”, la “pequeña nube” sobre la que Dios entró en el Egipto de este mundo dándole fecundidad, Es la intercesora de los hombres, de tal manera que “este amor a la salud humana, que concibió María purísima, fue una de las mayores disposiciones que la proporcionaron para concebir el Verbo en sus virginales entrañas” La autora de la Mística Ciudad de Dios llama frecuentemente a María “madre nuestra”: porque nos dio la verdadera vida, Cristo; porque nos lleva a la verdadera vida como puerta de salvación. Su maternidad es el fundamento de su mediación. Y su oficio de mediadora lo ejerce siendo ejemplar de santidad, medio o instrumento de la manifestación de Cristo, siendo medio de intercesión y salvación. Sintetizadas brevemente las ideas que la Mística Ciudad de Dios nos ofrece en torno a la maternidad divina de María, podemos ver cómo su autora se mueve en el ambiente de las cuestiones planteadas en su época. Su exposición no se atiene ciertamente al rigor de los términos científicos, como ya lo hemos dicho otras veces. Escribe una “historia divina” destinada a alimento espiritual de sus lectores. En realidad, lectores suyos han sido en todos los tiempos personas de la más diversa condición y nivel intelectual. Carlos del Moral, por ejemplo, la cita frecuentemente en su obra. María es verdadera y propiamente madre de Dios, porque engendró activamente a Cristo de su propia sustancia, con la cooperación del Espíritu Santo. Se le llama en la obra agredana “instrumento eficaz de la divinidad”. Expresión que la entenderemos rectamente, si tenemos en cuenta el concepto de causalidad moral de María respecto a la encarnación. Para que pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, necesitó una elevación. Pero nada se dice acerca de la naturaleza de tal elevación: si fue intrínseca o extrínseca. Como, sin embargo, parece reducirse a una preparación de arden espiritual, de modo que se encontrara digna ante el acontecimiento en que iba a tomar parte activa, parece ser que se trate de una elevación extrínseca. La maternidad divina eleva y santifica a María. Tampoco se dice nada acerca de la santificación formal y de la esencia de tal santificación. Igualmente nada sabemos acerca del constitutivo esencial de la divina maternidad. Se entretiene, por el contrario, ampliamente nuestra autora en la descripción de las relaciones entre Madre e Hijo y viceversa. Afirma igualmente con insistencia que la maternidad divina constituye el fundamento de todos los privilegios de María, así como que tal hecho es el supremo don que Dios puede conceder a una pura criatura. Se trata de un don de orden moral, no físico. Un don que lleva consigo el privilegio de participar, en cierto sentido, de la naturaleza divina. Finalmente su maternidad divina nos da la posibilidad de llamarle también nosotros madre nuestra, reina y mediadora de la creación en general y de los hombres especialmente. Se complace también la autora en proponernos a la Virgen en su calidad de ejemplar vivo de las perfecciones del Altísimo y de la perfección que todas las criaturas habían perdido por el pecado, pero que, a través de este acto mediador de la Madre de Dios, habrían de conseguir de nuevo. Ideas que corresponden perfectamente a la misión que la Mística Ciudad de Dios atribuye a María en cuanto a la salvación del género humano. María, coadjutora del Redentor Hemos visto el lugar que ocupa María en la economía de la salvación. Estudiamos ahora cómo se realiza y qué valor tiene su existencia en constituye el momento histórico de su consagración a la voluntad salvífica de Dios. La autora de la lo que se refiere a la redención de los hombres. María es verdadera Madre de Dios. Su fíat a la encarnación Mística Ciudad considera un doble aspecto en el acto redentor: el restablecimiento del orden cósmico y la compensación de la ofensa, cuyo efecto es la gloria del Eterno Padre y la exaltación de su Hijo, el Señor. Al pecar el hombre, toda la creación experimentó la angustia del desorden y la ausencia de Dios; y el hombre, rey de la creación, perdiendo la amistad de su Señor, perdió también la amistad de las criaturas y resultó ser esclavo del demonio. Esto, que pudo hacerlo por sí mismo, no lo podrá restaurar, sin embargo, por sus propias fuerzas, ya que siendo Dios el ofendio, su honor exige que la compensación provenga de una persona igual en dignidad a la suya. Tuvo que ser Cristo quien restaurara el orden cósmico y compensara la ofensa hecha a Dios. Elegida María para Madre del Salvador, participa de algún modo en el misterio del mismo. Es más, siendo juntamente con Cristo el medio de la comunicación de Dios ad extra y restaurado ya en su persona el antiguo orden conculcado por el pecado del hombre, debemos atribuirle también el oficio de mediadora, ejemplar y signo sustitutivo de la naturaleza humana en la redención. “Sólo en Cristo, que es nuestra cabeza la virtud y causa adecuada de la general redención.” Cualquiera de las acciones de Cristo era por sí misma de un valor infinito, suficiente para redimir a los hombres superabundantemente. Concedió Dios, sin embargo, a la que fue su Madre el privilegio de compadecer con Cristo y ser su cooperadora en el rescate de los hombres. Tal cooperación no era ncesaria. Era una pura gracia que “Su Majestad” otorgaba a su “elegida”.  Al igual que otros autores de su época, funda la Venerable la cooperación mariana a la redención en la elección de María para Madre de Dios. Predestinada desde toda la eternidad como término correlativo de la predestinación de Cristo, por su maternidad participa en la suerte de su Hijo, que después de la previsión del pecado se convierte en signo de redención “para que más se manifestase y conociese amor infinito con los hombres y a equidad y justicia se le diese debida satisfacción”. En nada se lo impedía que entrara también entre los redimidos. La redención particular de que fue objeto constituye un óptimo motivo de conveniencia para que entrara como cooperadora a la redención y fundación de la Iglesia. Pues, redimida con redención preservativa, convenía que cuando Cristo mereciera la gracia “históricamente” se estrenaran sus primicias en María y quedara así “realmente” redimida antes que todas las más criaturas. Ya hemos advertido en diversas ocasiones que la concepción mariológica agredana se desarrolla en sus lineas madres bajo un signo ejemplarista. Podemos ver en esto otro de los motivos que concurrieron en Dios, según la Venerable autora, para elegir a la Virgen por compañera del Redentor. Finalmente existe una última razón que viene a confirmar esta conveniencia de la que tratamos. Hablamos del paralelismo existente entre Eva–María. De la unidad de principio para el mal entre Adán y Eva se deriva la unidad de principio para el bien entre Cristo y María. Un motivo de menor importancia teológica es el de que convenía a la exaltación de la virtud divina que el demonio fuera vencido por una pura criatura, y mujer, ya que antes había conducido él al género humano a la ruina mediante una mujer. Elegida María como cooperadora de Cristo en el misterio de la redención, Dios requería su consentimiento como lo había requerido para la encarnación. Es “el retorno” de ser Madre de Dios. En el fiat a la encarnación “la más pura y mística” de las criaturas representaba a toda la humanidad caída y suplicante, dado que Dios nada obra en la naturaleza humana sin el consentimiento y aceptación de los hombres. La redención es gracia de Dios, pero no se comunica a los hombres sin su adhesión y cooperación. En el consentimiento que María presta a la pasión, la Mística Ciudad de Dios se desenvuelve más pobremente. No se trata sino de un acto de mera educación filial, mezclado con elementos transferenciales de la personalidad de la autora. María de Agreda se representa las relaciones entre Cristo y María como una relación filial–maternal humanamente perfecta, a la que indudablemente le da el valor soteriológico de unidad y coprincipio salvífico, cada uno desde la situación y actitud que le era propia. Uno de los aspectos de la vida de la Virgen en que más se recrea la exaltación mariana de la Venerable es el de su semejanza con Cristo. Concibe toda la vida de la Madre de Dios bajo esta proyección dinámica, distinguiendo en ella algo así como dos etapas: primero es Dios quien trata de crearse una pura criatura capaz de recibirle en su seno, de manera que correspondiera con suma dignidad a la suma excelencia del Hijo que había de alimentar. Luego es Cristo quien para llevar a cabo el misterio de la Redención con la proporción debida se dedicó durante toda su vida oculta a prepararse una fiel “cooperadora y coadjutora”. Son varias las razones por las que justifica la Mística Ciudad su afirmación, además de la razón de conveniencia que debía existir entre la dignidad de Madre e Hijo. Cristo pretendía formar una discípula que fuese la “primogénita de la nueva ley de gracia, la estampa adecuada de su idea y la materia dispuesta, donde como en cera blanda se imprimiese el sello de su doctrina y santidad para que Hijo y Madre fuesen las dos tablas verdaderas de la nueva ley que venía a enseñar al mundo”. Convenía igualmente que María fuese aquella pura criatura en la que se encontraran en su plenitud todos los efectos de la redención. Ella había de ser el ejemplar y medida de la perfección de la Iglesia en la nueva ley de gracia. María había de “estrenar y recibir las primicias de la gracia” asistiendo al Redentor “en sus trabajos y hasta la muerte de cruz, siguiéndole con ánimo aparejado, grande, constante, invencible y dilatado”. Convenía que tuviera una perfección equivalente a su misión para que “fuese la escritura pública donde se escribiese todo cuanto Dios había de obrar por la redención humana y quedase como obligado a cumplirlo, tomándola por coadjutora, y no se impidiese ntas misericordias para el linaje humano”. Todo esto se ordenaba “a mover la voluntad y las potencias de la misma Señora, para que obrase y cooperase con la propia voluntad de su Hijo santísimo y mediante ella con la divina, y por este modo había una similitud inefable entre Cristo y María Santísimos, y Ella concurría como coadjutora de la fábrica de la ley evangélica y de la Iglesia santa”. Antes de entrar a estudiar cómo se lleva a cabo el misterio del rescate de los hombres y con qué características, querernos recordar el eslabón más significativo de la dinámica interna en que se desarrolla la situación redentora de la Virgen. Nos estamos refiriendo al problema de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, apoyo de la cooperación de ambos a la redención “como único principio”. Creemos que no es ésta una cuestión como para dedicarle más líneas. Baste con haberla apuntado. Lo único que de ella nos interesa para nuestro propósito es que María coopera con Cristo a la redención a modo de único principio en la forma posible a una pura criatura. Y esto por la unidad que existía entre ambos. La Mística Ciudad de Dios cataloga la acción salvífica de Cristo en estos tres actos principalmente: la intercesión ante el Padre, promulgación de la Nueva Ley, el sufrimiento. Por ellos queda compensada la ofensa y restaurado el orden cósmico. María coopera a estos tres actos, según convenía a su situación y actitud soteriológica. Uno de los calificativos que en la obra agredana hoy resulta molesto a nuestra mentalidad ecuménica es el de “única mediadora de los mortales”. Sin embargo, lo que a simple vista puede provocar una reacción instintiva de signo negativo, cuando lo examinamos de cerca y en su contexto propio pierde sus aristas punzantes para convertirse en una expresión corriente y normal. Después de lo expuesto a través de estas páginas no creemos sea difícil comprender la expresión agredana en su legítimo sentido. María es la “mediadora única”, “porque en todo el resto del linaje humano no había quien le pudiese obligar tanto como haber de tener tal Madre”, porque “por estar ella en el mundo olvidó el Señor –a nuestro modo de entender– los pecados de todos los mortales”, y “si María santísima no interviniera entre los hombres y Cristo, no llegara el mundo a tener la doctrina evangélica ni mereciera recibirla”. Cristo “pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima… fue mediadora en cuanto era posible a pura criatura”184. Así es como “la Madre de gracia había de ser la puerta y medianera para los que se aprovechasen de la pasión y redención humana”. Los autores agredistas que hemos estudiado clasifican la doctrina de la Mística Ciudad sobre la mediación redentora de María en los tres actos señalados por Francisco Suárez: el mérito de congruo con respecto a la encarnación, su impetración por la salud de los hombres, la concepción de Cristo–Redentor. A éstos se suman en la Historia Divina otros actos de signo también mediador. Tales como la oblación que María hizo de sí misma y de su Hijo, el sufrimiento de María en toda la pasión de Cristo, el ser receptora de los méritos del Salvador en nombre de la humanjdad y de la Iglesia, su misma existencia. Uno de los aspectos más expresamente recalcados por la Venerable a lo largo de toda su obra es el de la intercesión de la “mujer fuerte”, que en la noche de la antigua ley aparece ya como luz suplicante para que Dios diese “la intacta Sunamitis Abisag, que era su inaccesible divinidad, a la naturaleza humana, su propia hermana”. Ya desde su inmaculada concepción las “puertas de esta ciudad mística de María santísima” estaban abiertas a la intercesión, comenzando así su oficio de mediadora, abogada y reparador188. Es el “propiciatorio donde el Señor tenía el asiento y tribunal de las misericordias”. Asociada desde toda la eternidad a Cristo para que, según su condición, constituyera con él un “único principio” de redención, María sufre con él y a él está unida de un modo redentor. Entre Madre e Hijo existe una cierta unidad de carne y sangre, que fructifica en una semejanza integral entre ambos. Tres son los modos como “la fiadora” de los mortales coopera al rescate del mundo: renuncia a los derechos que cómo madre tenía sobre el Hijo que Dios le había dado, entregándoselo y entregándose a sí misma con él. le asiste en la predicación de la nueva ley evangélica; sufre con él la pasión y, en algún modo, la misma muerte de cruz. En las tres actos encontramos la constante de un dolor físico y moral, porque la pasión y muerte del Redentor, y con él el de su cooperadora, había de ser el signo de una caridad inextinguible, un ejemplo para los hombres, el fin de las antiguas figuras y sacrificios de animales. Es en este momento de la cooperación dolorosa de María al rescate de los hombres cuando vuelve a aparecer especialmente la fina psicología femenina de la autora de la Mística Ciudad de Dios proyectándola sobre la Virgen y ofreciéndonos de ella una figura plenamente materna en los dos aspectos: humano y místico–soteriológico. El dolor tanto físico como moral de la Madre de Dios arranca conjuntamente de los afectos maternos con que se veía ligada hacia su Hijo (afectos que al mismo tiempo constituían para Cristo una especie de evasión psicológica), arrancan también de la semejanza existente y aún por adquirir entre ambos, de la comunidad de ideal redentor entre ambos, del principio de cooperación a la redención a modo de “único principio”, consecuencia de la unidad de carne y sangre existente entre el Redentor y su cooperadora. Al morir el Redentor, y ofrecer a Dios Padre la creación sometida ya a sí, María permanece “sola” en el mundo, como desempeñando de nuevo la misión que le había sido propia en la historia de la salvación, antes de la encarnación del Verbo. En la cima del Calvario, María asiste a la muerte de Cristo como representante de la Iglesia, en cuyo nombre recibe la redención. La recibe y le son aplicados los frutos de la misma. Su concepción inmaculada y la confirmación en gracia con impecabilidad actual le daban ya una cierta capacidad para fungir este oficio. Además, como lo hemos visto anteriormente, el día de la encarnación se celebraron en ella las bodas entre Dios y la Iglesia, y, en la Iglesia, con la naturaleza humana, con lo cual adquirió ya el carácter de signo mediador de nuestra redención. En ella se inauguraban los méritos previstos de Cristo. Por otra parte, la Virgen aparece en el mundo como el esbozo de la Iglesia: “en ella –a nuestro modo de entender– se ensayó Cristo Redentor del mundo para fabricar la Iglesia Santa; y anticipadamente la depositó toda en su Madre purísima para que ella gozase de los tesoros la primera con superabundancia; y gozándose, obrase, amase, creyese, esperase y agradeciese por todos los demás mortales, y llorase sus pecados, para que no por ellos se impidiese el corriente de tantas ,misericordias para el linaje humano”. Fundada ya la Iglesia, la representa realmente bajo la cruz. “Sola María era entonces toda la Iglesia; y ella sola creía, amaba, esperaba, veneraba y adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo el linaje humano. Y de esta manera recompensaba, cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y faltas de fe de los miembros místicos de la Iglesia”. Y como todo lo que el Padre tenía lo encomendó en las manos de su Hijo, así, lo que el Hijo poseía lo pasó, a la hora de su muerte, a las manos de su Madre. Pues así como había sido cooperadora del Redentor, así también debía ser la “testamentaria” y “universal heredera” de su voluntad y tesoros, y el medio de su ejecución,alzándose en la “nueva Iglesia evangélica”, “como sustituta de su Hijo Santísimo” María, pues, al pie de la cruz viene a ser, por su fidelidad y humildad, el signo y vértice de la humanidad redimida. Recibió los méritos de Cristo. Por ella pasaron a la Iglesia. Por la Iglesia, a la humanidad. Así es como también ella compró el campo en el que plantó ” la viña de la Iglesia, que Cristo, su artífice, había fundado”, porque la Iglesia “fue parto de María santísima, no sólo porque parió al mismo Cristo, sino también porque con sus méritos y diligencias parió a la misma Iglesia debajo de esta santidad y rectitud, y la crio el tiempo que vivió ella en el mundo, cooperando con Cristo en las obras de la redención”. Su actividad materna depende, sin embargo, de Cristo, “en quien y para quien” “engendra y cría” “la común santidad del espíritu de la Iglesia” Al mismo tiempo que es madre, María es, según la Mística Ciudad, hija y miembro de la Iglesia, como redimida por la sangre de Cristo. En la Iglesia vivió peregrina hacia la patria. De ella y en ella percibió el influjo de la vida de Cristo. Los hombres son sus hermanos. Por ellos intercede con amor fraterno al Padre y coopera como primera redimida a su redención. A María se le llama frecuentemente en la Historia Divina “Madre de la Iglesia” y “Madre de los hombres”. Madre, por su cooperación “maternal” a la fundación de la misma en calidad de hermana mayor de los hombres por su excelencia y perfección. Quizá sea éste uno de los puntos más significativos de la obra agredana. María es la “fiadora”, el “ejemplar”, el signo, la figura de la humanidad, especialmente en el momento cumbre de la redención. Coopera a la salud de los mortales en calidad de receptora de los méritos de Cristo bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. La cooperación mariana a la redención parece ser una de las doctrinas que en el siglo de María de Agreda se proponen todavía como “nuevas y desusadas”. Luis de Miranda acusa igualmente en 1621 la incertidumbre de una verdad no estabilizada al proponer a María como predestinada para que ayudase a Cristo como “coadjutora” en la obra de reparación y redención del género humano. Dentro de la cooperación mediata a la redención señalan los autores del siglo XVII no sólo el hecho de que María fuese la madre del Dios Redentor, que, como dijimos, constituye para ellos el fundamento de la cooperación mariana a la redención, sino también el doble carácter de su consentimiento libre y consciente a la encarnación, fundamento suficiente ya en la estima de los Padres para llamarle de algún modo causa de nuestra salvación. Se detienen asimismo en el principio de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, como raíz del ser corredentor de la Madre de Dios. Entre los autores contemporáneos o inmediatamente posteriores a María de Agreda existe también una tendencia general a considerar la intercesión de la Virgen en favor del género humano como uno de los fundamentos para atribuirle el título de cooperadora a la redención. Vulpes llega a afirmar que cada vez que era asunta al cielo se le manifestaban los designios de Dios sobre cada uno de los miembros de la Iglesia para que intercediera por ellos. En Murillo, María no se ofrece a sí misma, ofrece el sufrimiento de Cristo e intercede para que Dios lo considere. “Todos la llaman comúnmente mediadora de la redención, y esos títulos no se la deben dar sólo por haber sido intercesora, que también los Patriarcas”. María fue, según los SS. PP., “redentora” y “reparadora”, y en el mismo sentido, “mediadora por redención”, sin que se pueda decir por eso que nos redimió con su muerte igual que Cristo, sino que cooperó a nuestra salvación mereciendo de congruo la encarnación y la salud orando, pidiendo concibiendo a Cristo, ofreciendo su vida y la de su Hijo, sufriendo con él. Aluden igualmente dichos autores al “martirio” a que fue sometida la Virgen inmaculada en la pasión de su Hijo. Por él coopera, en la medida que le era propia, a la redención del género humano. El valor redentor del mismo lo ponen generalmente tanto en la unidad existente entre Madre e Hijo en las dolores, como en la comunidad de voluntades. Durante la pasión, la vida de la Virgen es paralela a la de Cristo. Y una de las cuestiones que plantean algunos de los mencionados autores en relación al sufrimiento de la Madre de Dios es la del “espasmo” de la misma, resolviéndola afirmativamente Quaresmio y otros autores, después de definir el “espasmo” como animi deliquium. Ponen también de relieve la oblación que María hizo al eterno Padre de su Hijo. Era algo suyo propio, pero conociendo la voluntad del Altísimo lo ofrece a la pasión. Este acto de voluntad mariana nos mereció en algún modo la redención y le dio mayor dignidad. De aquí concluyen que la salvación eterna se la debamos, no sólo a Cristo, sino también a María. Como antes lo hemos advertido ya, quizá sea la relación de María a la Iglesia uno de los puntos más significativos de la obra agredana. En el momento cumbre de la redención, ella coopera a la salud de los hombres en calidad de receptora de los méritos de Cristo, bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. María, Reina y Señora nuestra. La Mística Ciudad de Dios nos presenta a la Virgen después de la pasión de Cristo como muerta también y sepultada con su propio Hijo: es ahora la Virgen del silencio y de la soledad, y en el silencio y soledad vive aquellos tres días esperando la resurrección, alabando a Dios como cooperadora y madre del triunfador del pecado. Durante este tiempo desaparece de la mente de la agredana la idea de María signo de la Iglesia, para reaparecer de nuevo con más fuerza después de la resurrección de Cristo y sobre todo después de su ascensión a los cielo. Es la madre fiel y humana que acompaña a su Hijo en la angustia y efectos de la muerte hasta que resucita victorioso. La resurrección de Cristomarca el comienzo de una nueva etapa, la definitiva, en la existencia de María. Parecía justo que la que había sido compañera fiel del Redentor en la pasión lo fuera también en la gloria de su resurrección. Desde el instante de su inmaculada concepción, “había salido como río caudaloso del océano de la divinidad, donde en los eternos siglos fue ideada”. En el contacto con el Señor resucitado, la corriente fiel de su vida llega al remanso final. Creemos conveniente señalar aquí, por su significado, una visión que se dice tuvo la Virgen pocos días antes de la ascensión. En esta visión María es asunta al ciel y situada en un trono junto a las tres divinas Personas. El Padre eterno le encomienda la Iglesia fundada por el redentor. El Espíritu Santo, como a esposa amada sobre todas las demás criaturas, le comunica su sabiduría y gracia para que se depositen en su corazón los misterios, obras y doctrina, y lo que el Verbo humanado ha hecho en el mundo. Le habló también el Hijo, y volviendo ya al Padre, la deja en el mundo en su lugar, la encarga el cuidado de la Iglesia y la encomienda a sus hijos y sus hermanos como el Padre se los había encargado a El. En este momento es investida ante todos los ángeles y santos con el título de “reina de todo lo criado en el cielo y en la tierra”, “protectora de la Iglesia”, “señora de las criaturas”, “madre de piedad”, “intercesora por los fieles”, “abogada de los pecadores”, “madre del amor hermoso y de la santa esperanza’ y la poderosa para inclinar nuestra voluntad a la clemencia y misericorlia”. En ella quedan depositados los tesoros de la gracia y su corazón será como las tablas en las que queda escrita la nueva ley de gracia. Es el resumen de los misterios que Dios ha obrado en favor de los hombres, la, obra más perfecta de sus manos, a la que se comunica y en la que descansa la plenitud de su voluntad. Recibe finalmente una nueva participación en el ser, atributos y perfecciones de su Hijo para que así pueda ejercer su ministerio de madre y maestra de la Iglesia en lugar de Cristo. La Venerable presenta a María en esta última parte de su obra como la pura criatura que ha alcanzado la plenitud de perfección. Viva imagen de su Hijo, goza de un estado semejante al de la visión beatífica, de modo que aunque comparada con Cristo parecía viadora, comparada con el resto de los mortales parecía realmente comprensora y bienaventurada. Posee ya habitualmente la visión abstractiva de la divinidad. Recibe un nuevo modo de conocer, pues en vez de las especies sensitivas le infunde Dios otras más puras y sutiles. “La actividad de María santísima era semejante a la del mismo Dios, que es un acto purísima que obra con el mismo ser, sin que pueda cesar en sus operaciones infinitas… Toda ella parecía una operación infatigable y continua”. En ella se combinaban perfectamente la vida activa con la contemplativa. Finalmente, “era espectáculo nuevo y admirable para los ángeles, la obra perfecta de Dios, en quien no encontraba ningún impedimento, antes bien, el asentimiento pleno de su voluntad. Por ello aparece ante nosotros como el ejemplar y signo que encierra en sí misma todos los misterios que Dios había de obrar para redimir al género humano. Desde este “lugar solitario” María vuela a la Iglesia para comunicar a sus hermanos los tesoros de que ella está llena. Toda este parte de la Mística Ciudad está llena de apariciones de Cristo a su Madre y de asunciones de María al cielo. Tanto es así que la autora cree conveniente justificarse. Estamos dentro de una Historia Divina, dentro de una evolución mística, cuyo término es una “ciudad mística de Dios”. Uno de los signos de este proceso al que aludimos podemos verla en la situación de “conflicto” o “contradicción” que María experimentaba entre su voluntad y tendencia hacia Dios, a quien anhelaba poseer en la visión intuitiva, y su amor hacia la Iglesia que la retenía entre los hombres, conflicto que iba creciendo a medida que se acercaba su vida al final. Para completar esta descripción del estado en que María se encuentra al término de sus días, añadiremos otro hecho de importancia en la Mística Ciudad de Dios, por el que aparece claro el sentido de signo de la Madre de Dios como reina y señora de las criaturas, madre y maestra de la Iglesia. Se trata de la victoria final y definitiva sobre las potestades de los demonios. María es tentada. En este momento aplasta realmente la cabeza de la serpiente. Con las victorias de Cristo y María, el reino de Dios, que es la Iglesia, queda más firmemente establecido. Ella nos merece la fe y su difusión, nos merece el cúmulo de misericordias y dones adquiridos con la muerte del Hijo de Dios, pues los hombres, pecadores, no podían merecerlos. En esta circunstancia María da a luz a la iglesia que Cristo había fundado, como representante de la naturaleza humana, ora a Dios por los hombres y obtiene con sus méritos y perfecciones que no retire de ella su rostro. Frente al ambiente maravilloso en que se desenvuelve generalmente la obra agredana aparecen de cuando en cuando en sus páginas puntualizaciones que ponen las cosas en su lugar. Una de ellas la tenemos también en este momento en que María ha llegado a ocupar existencialmente el puesto que Dios la había asignado en su predestinación absoluta. Junto al “abismo de la gracia” es también la hija de este mundo que alaba a la tierra, al cielo, a los astros y a todos los elementos de este mundo y les da las gracias por el influjo benéfico que de ellos ha recibido. Creada en la tierra y de la tierra, de la tierra y por la tierra debía subir al Creado. Llegó por fin el día en que debía entrar en la bienaventuranza del Altísimo a través de la mortalidad. María no había sido incluida en la ley de los hijos de Adán, no participaba de las consecuencias del pecado y la muerte nada tenía que ver con ella. Quiso, sin embargo, llegar a la inmortalidad mediante la muerte corporal: para imitar a su Hijo, para imitar a sus hermanos e hijos, para que los hombres la consideraran de su misma naturaleza y vieran en ella un ejemplo; finalmente, para que la misma muerte fuera para ella fuente de méritos y gloria. Por todas estas causas María murió realmente, vencida por la tensión de su amor a Dios. A su muerte toda la creación se llenó de tristeza. Y antes de partir de esta vida encomendó la Iglesia a los apóstoles para que la amasen y defendiesen. Al tercer día de su muerte, María fue despertada de su sepulcro y asunta al cielo en cuerpo y alma para que estuviera eternamente a la derecha de su Hijo. Era la coronación de todos los privilegios que antes había recibido. María resucitó porque la carne de Cristo es carne de María, en la que él había resucitado. Resucitó también porque había participarlo con él en las obras de la redención. La resurrección de la Madre de Dios la compara la autora a una nueva generación. María engendró a Cristo semejante a sí misma en cuanto hombre pasible. Cristo la resucita y la hace semejante a sí mismo, coronándola con toda la gloria que una pura criatura podía recibir. Llena, pues, de toda la gloria posible en una pura criatura, entra en el cielo, donde es recibida por las Personas de la santísima Trinidad en un abrazo indisoluble, para que allí donde estaba la suma santidad por esencia estuviera también la suma santidad por participación. Al lector que desde nuestra mentalidad se acerca a la Mística Ciudad de Dios, una de las cosas que le llaman la atención es la frecuencia con que María es asunta al cielo durante su vida, ya antes de que Cristo realizara la redención y abriera las puertas del cielo. La autora es consciente de las dificultades que esta opinión plantea y, prudente, teme la novedad de este privilegio mariano, aunque no ve ningún inconveniente por parte del magisterio eclesiástico para atribuir este milagro al poder divino. Fueron la humildad y la caridad las puertas que la abrieron la posibilidad de ser exaltada al trono de Dios, para que allí fuera la consejera de la sabiduría divina en el gobierno de a Iglesia, Ser exaltada al trono de la Trinidad no quiere decir otra cosa que ser hecha partícipe, en razón de su condición de pura criatura, de las funciones divinas del señor, rey, juez, etc Su reino y dominio se extiende a todo aquello que abarca y comprende el reino de su Hijo, aunque de modo diferente, por participación. Predestinada María desde toda la eternidad para ser Madre de Dios y adornada en la tierra con la suma perfección posible en una pura criatura, ofreció a Dios con su fidelidad la plenitud del amor de que había sido objeto. En este momento de su vida recibe el premio, siendo constituida señora y reina de todas las criaturas. Antes no podía gozar plenamente de esta cualidad, ya que su vida fiel estaba en camino hacia la consumación. Para que pudiera ejercer convenientemente su oficio, Dios la encomendó todos sus dones y gracias, de manera que todos ellos fueran concedidos a los hombres por su mediación. La voluntad de María fue hecha una con la voluntad de Dios, de tal manera que lo que caía bajo el mandato de Dios caía también bajo el de su Madre, reina y señora nuestra. Mediadora en su predestinación absoluta, mediadora también en la tierra como hija de Sión para que no se retardara la redención, continúa siéndolo ahora en el cielo intercediendo por los hombres, sus hijos y hermanos. La autora de la Mística Ciudad de Dios nos ha expuesto a través de toda su obra una figura de la Virgen siempre fiel a su oficio de madre integral. Los autores del siglo XVII distinguen tres momentos en la escatología mariana: la muerte y resurrección de María, su asunción al cielo y el oficio de mediadora como reina y señora de todo lo creado. El hecho de la muerte lo justifican, bien diciendo que poseía una naturaleza mortal, porque aunque participó de la justicia original no poseyó el estado e tal jujusticia bien afirmando que aunque gozaba del privilegio de la inmortalidad cedió a sus derechos. Murió realmente para que los hombres no la tomasen por una diosa, para que apareciera su conformidad con Cristo o para que la muerte le sirviera de fuente de nuevos méritos, para que fuera ejemplar y abogada nuestra y las grandes riquezas de su satisfacción aurnentaran los tesoros de la Iglesia. onvienen todos los autores en que su muerte fue efecto de su amor vehementísimo. Su cuerpo no conoció la corrupción: la carne de Cristo era carne de María, preservada del pecado original, siempre virgen. Era además justo que el tabernáculo de Dios fuera colocado allí donde estaba Cristo. Por todas estas razones resucitó y fue asunta al cielo. En la asunción, María fue glorificada con la suma gloria posible a una pura criatura, como correspondía a la dignidad de su divina maternidad, a sus propios méritos y humildad o a la liberalidad de Dios. Hablan también todos los autores del trono de la Virgen y de la jerarquía singular que ella ocupa entre las puras criaturas. Ya en el cielo es constituida reina y señora, madre y mediadora de todo el universo. Y desde allí puede ejercer eficazmente su ministerio mediador, pues elevada al orden hipostático por su divina maternidad, ve en el Verbo las necesidades de todos los miembros de la Iglesia. Su mediación se extiende a todo el universo. La doctrina de la Mística Ciudad de Dios también en este punto es concorde con la de los autores contemporáneos, en cuyas obras pueden leerse incluso muchos de los detalles narrados en la Historia Divina. A modo de ilustración, y para que se vea cómo González Mateo encauza el privilegio agredano de las asunciones temporales de María, vamos a ofrecer aquí su argumentación. González Mateo es un agredista, pero es también un teólogo. Es esta última cualidad la que aquí nos interesa. Considera la doctrina de que María fue asunta al cielo antes de la ascensión de Cristo como indudable, y cita en su favor a Carlos del Moral. Se basa para ello en los principios generales de que la Madre de Dios no estaba sometida a las leyes comunes y que lo que se da en los santos no puede faltar en María. Afirma, por otra parte, que es una sentencia común entre los Padres y teólogos que María vio intuitivamente la esencia divina antes de la pasión de Cristo, bien fuera en la encarnación o en el nacimiento de Cristo. Y argumenta a continuación: es un don mucho más grande, según todos los teólogos, el que un hombre vea a Dios intuitivamente en el estado de viador, que el que sea llevado al cielo en cuerpo y alma, porque la visión intuitiva de Dios es el elemento formal de la bienaventuranza y el cielo empíreo no es sino el elemento material, el lugar destinado por Dios para manifestar se intuitivamente a los elegidos. Además, según los teólogos, la pena del pecado tiende primariamente a la privación perpetua de la visión y fruición de la divina esencia. Secundariamente, a la exclusión perpetua del lugar destinado a los bienaventurados. María se vio libre de todo pecado, tanto original como actual. En consecuencia, la ley que cerraba el cielo a los que habían pecado no era aplicable en el caso de la Madre de Dios. Este privilegio no deroga el primado de Cristo en la ascensión, ya que la excelencia y primado de Cristo en este aspecto consiste en que él fuera el príncipe de la gloria y primogénito de toda criatura, de tal manera que nadie entrase a la fruición de la visión beatífica, sino por sus méritos y dependientementede ellos. El es además el que primero entró en el cielo permanentemente. De aquí podemos deducir al menos una conclusión. Y es que por más extraño que nos parezca el citado privilegio mariano, hay teólogos que se plantean la cuestión seriamente y que incluso la ven como “indudable”.

DOCTRINA ESPIRITUAL DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS

Como un apéndice que completa lo expuesto anteriormente sobre el género literario y la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, ofrecemos unas breves indicaciones sobre la doctrina espiritual contenida en la obra. Comencemos puntualizando el sentido del término “espiritual”, que de suyo es sumamente ambiguo. Nosotros lo tomamos aquí en el sentido que tiene esta palabra en la denominación técnica “teología espiritual”. Queremos, pues, referirnos a la doctrina ascético–mística que se contiene en esta célebre obra. Recordemos brevemente algunas observaciones ya hechas. La Mística Ciudad de Dios es fundamentalmente un libro de edificación. Enseña cómo debe comportarse el alma en el camino de la perfección cristiana y religiosa. La fuente de donde saca las enseñanzas es el espejo de la vida de María. La incitación a la virtud, y aun a lo sumo y perfecto de la virtud, es en esta obra constante. Cada capítulo tiene, además, un apartado, “Doctrina de la Reina del Cielo”, en que se expone una enseñanza concreta o comportamiento práctico que guarda relación con el pasaje de la historia de la Virgen que se ha expuesto en el cuerpo del capítulo. Esta doctrina de la Virgen tiene la particularidad de que se presenta como dada por María a la autora para su uso particular, y muchas veces, en efecto, se refiere a las circunstancias concretas de a vida de la Venerable; así, por ejemplo, le enseña cómo debe comportarse con sus súbditas, pues era abadesa de un monasterio de clausura, etc. Pero, aun fuera del apartado titulado “Doctrina de la Reina del Cielo”, casi constantemente se habla de la práctica de la perfección. Hay también en la obra exposiciones sistemáticas de las virtudes. No vamos a exponer aquí dicha doctrina. Por lo demás, no presenta originalidad particular, fuera de la insistencia en la imitación de María, en quien se halla el modelo más acabado de toda virtud posible a pura criatura. Nos vamos a fijar especialmente en la doctrina referente a estados místicos, que muchas veces se expone en la obra, y más que se expone, se adivina como subyacente a la misma. Dicho con otras palabras: sin que los estados místicos sean objeto de exposición directa, toda la obra estará como inmersa en un mundo o ambiente que los supone. La Madre Angeles Sorazu, que se formó ampliamente en la escuela de la Mística Ciudad de Dios, nos dice en su Autobiografía que a ella siempre le gustaron mucho y le hicieron mucho bien los libros de la “teología cristiana y divina”; en cambio, sentía cierto desvío o prevención hacia los de “teología mística”. Con esta terminología un tanto original, “teología cristiano–divina” por oposición a “teología mística”, quiere decir algo que a sus ojos es importante, a saber, que para alimentar nuestra vida espiritual e impulsar nuestra archa hacia Dios los libros preferidos son los que centran nuestra atención refleja en Dios, en Jesús, en María, etcétera, los que nos ayudan a adherirnos a ellos y a salir de nosotros mismos. Por el contrario, abriga sus reservas sobre los libros que con sus análisis de estados, gracias místicas, modos de oración, grados, etc., fomentan una actitud de mirada refleja del alma sobre sí, con los inconvenientes y peligros de desviación que esto implica. Desde luego, la Madre Angeles Sorazu incluye a la Mística Ciudad de Dios entre los liros de la “teología cristiana y divina”; o sea, entre los libros que por su tema constituyen el alimento sano y sustancial del alma, que es la exposición del misterio cristiano revelado por Dios. Esto es, en efecto, la sustancia de la Mística Ciudad de Dios, explíquense como se quieran las numerosas alusiones que hay en ella a visiones y revelaciones. No obstante, en esta obra encontramos también mucho de ciencia mística, en parte expuesto y en parte, y más aún, supuesto. Por la dificultad de incluir doctrina explícita de estas cosas en la obra, la autora misma nos remite a otra obra suya: Leyes de la Esposa, ápices de su casto amor.  Cuando se lee con alguna atención la Historia Divina y Vida de la Virgen, tal como la Venerable nos la cuenta, se advierten en seguida múltiples indicios de un curioso fenómeno: Sor María hace como una transferencia o traspaso de experiencias místicas propias a la vida de la santísima Virgen. La Venerable fue un alma de vida mística excepcional. Poseía conocimientos de los estados místicos por haberlos vivido y experimentado, y también por doctrina aprendida de lecturas y del trato con sus directores. Y así ocurre que cuando describe la vida de la santísima Virgen le atribuye muchos de estos estados que ella misma ha pasado y que le parece natural o verosímil que la santísima Virgen los tuviera. Aparte de esto, existen en la obra curiosas indicaciones sobre estados psicológico–místicos de la propia autora. Aquí nos vamos a limitar a lo que ella dice de la vida de la Virgen en cuanto le atribuye estados místicos y una conducta práctica en relación con los mismos. Nuestras indicaciones, dada la extensión de la obra y la abundancia del tema, forzosamente han de ser fragmentarias y las vamos a limitar a los primeros libros, pues con esto tendremos lo suficiente para el objetivo que nos hemos propuesto. En el capítulo 16 del libro, al hablar de los dones y gracias que se le dieron a la Virgen en su Concepción, afirma que se le concedió ver a Dios “abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al entendimiento criado”. Sobre cómo fue esta visión abstractiva que gozó la Virgen ya en el seno materno hay más pormenores en el capítulo. Posteriormente, la expresión “visión abstractiva de la divinidad” aparece profusamente repetida en la obra, atribuyéndola a la Virgen en diversos episodios y momentos de su vida. Como ya insinuamos anteriormente, con esta terminología la Venerable designa la contemplación infusa o experiencia mística esencial. Al nacer la Virgen es elevada al cielo y se le concede un momento de visión intuitiva. Esta visión intuitiva es propia de los bienaventurados, y sólo en casos contados dice que se concedió a la Virgen: en el nacimiento, a los tres años al ser llevada al templo, en el momento de la encarnación, en el nacimiento de Jesús, etc. En cambio, la visión abstractiva, que es compatible con el estado de viador, se le atribuye con mucha frecuencia. En el capítulo 23 del libro I nos habla del trato de la Virgen con los ángeles, afirma que ésta fue una de sus principales ocupaciones cuando fue viadora, detalla lo que aprendía de ellos, etc. En infinidad de lugares de la obra se habla de relaciones de la Virgen con los ángeles. También en este particular parece que la Venerable hace una transferencia de sus propias experiencias, pues en su propia vida mística el trato con los ángeles ocupó un puesto de primera importancia. En el libro II nos cuenta cómo María, al cumplir los tres años, es llevada al templo para ser allí educada en un colegio de niñas bajo una maestra, que no fue otra que Ana la profetisa. Con este motivo presenta a la Virgen como dechado de la vida religiosa y expone los bienes, ventajas y finalidad de este estado. Con palabras puestas en labios de María nos dice que el estado religioso es “ordenado por el Altísimo para que en él se conserve la doctrina de la perfección cristiana y perfecta imitación de la vida santísima de mi Hijo”. Es notable la coincidencia con las expresiones del Vaticano II: “Este mismo estado imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo para cumplir la voluntad del Padre y propuso a los discípulos que le seguían”. En el capítulo cuarto del libro II, y también en otros lugares, nos dirá que el sueño no le impedía a María la altísima contemplación. No son afirmaciones gratuitas, sino abonadas por experiencias que sin duda ella conoce. De capital importancia para nuestro asunto es el capítulo 14 del libro II, en que de propósito y con detención nos habla de la vida mística de María. Aunque ella no emplea el término mística en este sentido, sino que abarca todo este complejo de estados, gracias y fenómenos bajo la denominación genérica de “visiones y revelaciones”. Expone las ventajas y peligros de este camino que sigue Dios con algunas almas, no con todas, y a continuación detalla uno por uno los cinco géneros de visiones que tuvo María, a saber: primero, visión clara de la divina esencia, en momentos contados; segundo, visión abstractiva de la divinidad, o contemplación infusa, aunque ella no conoce este término; tercero, visiones y revelaciones intelectuales; cuarto, visiones imaginarias; quinto, visiones, divinas corpóreas. Sobre todas ellas se extiende con alguna amplitud y detalle. La doctrina práctica que la Virgen le da en relación con estas gracias es la necesidad de someterlo todo al juicio y censura de los directores, el atender a los efectos para discernir sin engaño y el no buscar los gustos del mundo ni aun en cosas lícitas; ésta es la ciencia que enseñan las visitas del Altísimo. En el capítulo 15 del mismo libro II vuelve a su tema favorito del trato de la Virgen con los ángeles, cómo era, qué aprendía de ellos, etc. Los ángeles eran para la Virgen espejos en que reverberaba la imagen de Dios. Señala dos maneras de conocer a los ángeles: una de visión inmediata y otra intelectual por especies infusas, al modo de la visión abstractiva de la divinidad. En el capítulo 17 toca otro tema típico de los místicos experimentales: el de las ausencias de Dios. Y en el capítulo 19 nos informa que la niña María, que estaba de colegiala en el templo, padeció ausencia de Dios por diez años. En el capítulo 20 nos dice cómo terminó aquella ausencia de Dios con una visión abstractiva de la divinidad; de ella le quedaron a María especies con las que luego se elevaba maravillosamente. Todos estos datos son sin duda transposición de estados y fenómenos similares que ella conoce por propia experiencia, excepto, claro está, la visión beatífica y las visiones puramente corporales que tampoco debió de tener. Cuando el Señor manifestó a la Virgen su voluntad de que tomara el estado de casada, dice la Venerable que ésta fue una de las mayores pruebas para su fe, pues tenía hecho voto de castidad. Por fin contrae matrimonio con José, que tenía el mismo voto. Con esta ocasión nos habla del estado de matrimonio y asienta la afirmación de que es engaño culpar al estado de no ser perfectos, pues Dios nunca falta. Por fin termina el libro II presentando a María como prototipo de la mujer fuerte, de que nos habla la Biblia. En el libro III nos presenta la vida de María después de su matrimonio con José en Nazaret. No ignoraba María –nos dice en el capítulo primero– los efectos que la mano de Dios hacía con los que trataba: muchos con sólo verla o hablarla se convertían, salían de pecado, etc. También aquí seguramente hay transposición de experiencias vividas por ella misma. A lo largo de nueve días escalonados va preparando Dios a la Virgen para la Encarnación: la preparación consiste en visiones abstractivas y en diversos dones y potestades con que se le adorna. Pero cuando el arcángel san Gabriel viene a anunciarle el misterio, Dios la deja en el ser y estado común de las virtudes, a fin de que este misterio se obre como sacramento de fe. En este estado común confiere con el ángel. También en el episodio de la pérdida del Niño a los doce años nos dirá que Dios dejó a la Virgen “aquellos tres días en el estado común que solía tener cuando carecía de los particulares favores y casi en el estado ordinario de la gracia; porque fuera de la vista y habla de los santos ángeles suspendió otros regalos y beneficios que frecuentemente comunicaba a su alma santísima”. El momento de la Encarnación es otro de los momentos en que, según la Venerable, se concedió a María la visión beatífica. Atinadamente observa, con todo, la cronista de la Virgen, que sería un error creer que ésta vivió siempre en delicias espirituales; antes al contrario, a imitación de su Hijo vivió gozando y adecien dosimultáneamente. Siempre tenía presente la Pasión de su Hijo, de modo que durante treinta y tres años continuados estuvo celebrando la vigilia tan larga de nuestra redención. En el capítulo 13 explica las dotes de los bienaventurados y participación que tuvo de ellas la Virgen. Con esta ocasión afirma que de la visión intuitiva y de las muchas abstractivas que tuvo, aunque todas de paso, le quedaban en su entendimiento especies claras con las que gozaba de una noticia y luz de la divinidad; y cuando se le escondía el Señor usaba de sola la fe infusa. Los divinos efectos, dice en el mismo capítulo. Se les comunican a unos por el modo común de la gracia y a otros por orden más sobrenatural y milagroso. En el capítulo siguiente nos habla de deliquios que la Virgen padecía, causados por la fuerza y violencia del amor: “Y así sucedía que con la herida penetrante de esta dulcísima flecha llegaba al extremo de la vida. Sin duda, la autora piensa en el fenómeno místico llamado heridas de amor. En muchos otros lugares de la obra nos habla en términos parecidos. El episodio de la visitación de María a su prima Isabel está contado muy largamente en la obra. María está informada de las cosas de su parienta por el ángel. Conoce que es voluntad del cielo que vaya a visitarla; pide para ello licencia a su esposo, pero sin manifestarle la orden del cielo. Este detalle de la conducta de María, que guardaba secreto de las cosas que sabía por camino sobrenatural, será insistentemente subrayado por nuestra autora, deduciendo de todo ello la enseñanza de que el alma debe ocultar los favores sobrenaturales que recibe, no manifestándolos más que al que gobierna su vida interior26. Isabel, en el tiempo que estuvo María en su casa, algunas veces pudo ver a ésta en oración, arrebatada y levantada del suelo y toda ella llena de divinos resplandores y hermosura. Hablando de los beneficios que María hizo estando en casa de Isabel, le atribuye el don de penetrar el secreto del corazón y conocer el estado de la conciencia. En el capítulo, María presenta a Dios en la oración un deseo de su prima Isabel, pero otro deseo de ésta no se lo presenta, porque sabe que no es voluntad de Dios. En el capítulo 25 se nos habla de cómo María preveía el dolor que iba a recibir José al advertir su preñado; y con todo, no le habló palabra de ello. La razón de este silencio es que no tenía orden de hablar de esto, aunque tampoco tenía orden de callarlo. Cuando empezaron las perplejidades de José, todo lo que pasaba por su corazón le era manifiesto a María; sin embargo, ella callaba. La lección de todo esto es que se debe guardar secreto de los favores de Dios, excepto con el que gobierna el alma. También José vio muchas veces a María en éxtasis, elevada de la tierra y llena de refulgentísima luz. De los actos fervorosos le redundaba a la Virgen algún ardor preternatura. Cuando salió el decreto de César para ir a empadronarse, María estaba ya sabedora de que su Hijo nacería en Belén como peregrino y pobre; pero nada dijo a José, porque sin orden del Señor no declaraba su secreto. El nacimiento de Jesús es otro de los momentos en que a María se le concede la visión intuitiva. El Niño, al nacer, dice a su Madre: “Asimílate a mí. Este será uno de los grandes temas de la Mística Ciudad de Dios: María es la discípula por antonomasia de Jesús, su perfecta imitadora, la que se asimiló su espíritu y fue predestinada por Dios para ser la copia viva y más perfecta posible del Hijo de Dios hecho hombre. Según la Venerable, María ignoraba si debía circuncidar al Niño. Preguntarlo por vía sobrenatural al Señor no le parecía prudente, pero al fin hubo de hacerlo. Luego, cuando habla con José del asunto, nada le dice de la respuesta que ha recibido por vía sobrenatural. La enseñanza es que no se debe con vana curiosidad investigar y preguntar por caminos sobrenaturales, tanto más cuanto que muchas veces es el demonio el que responde, transfigurado en ángel de luz.Tanto en este capítulo como en general en toda la obra, la Venerable insiste mucho en la reverencia y respeto al Ser divino de que debe estar penetrada la criatura en su trato con él, sin pasar a familiaridades y “parvuleces” que olvidan la distancia que media entre la criatura y el Ser infinito. En el capítulo 15 nos dice que María sabía que iban a venir los Reyes a adorar al Niño, pero tampoco se lo dice a José, hasta que dos celestiales mensajeros se lo notifican. En este mismo capítulo y en otros muchos nos advierte la Venerable de cómo María conocía las operaciones interiores del alma de su Hijo, que oraba al eterno Padre por el linaje humano. Esta fue, en estos primeros años de la vida del Niño, la escuela en que aprendió María, asimilando y reproduciendo los mismos sentimientos de su Hijo. En el capítulo 16 se nos habla de los Reyes Magos y se nos dan detalles acerca de su virtud y honradez: “Eran a más de esto hombres rectos, verdaderos y de gran justicia en el gobierno de sus estados; que como no eran tan dilatados como los reinos de estos tiempos, los gobernaban con facilidad por sí mismos. Aquí hay tal vez una velada alusión a un mal conocido de la España de su tiempo, gobernada más por validos que por el propio rey. Repetidas veces se lo reprochó la Venerable al abúlico Felipe IV. En el capítulo 17 presenta a los Magos proponiendo dudas y preguntas a María. A todas contestaba ella confiriendo con el Infante en su interior: “Confería con el Infante en su interior todo lo que había de responder”. En el capítulo 18 nos informa de nuevo acerca de este favor que gozaba continuamente, viendo con claridad el alma Santísima de su Hijo y todas sus operaciones, para imitarlas. Teníala presente como un espejo clarísimo y purísimo en que se miraba y remiraba. Así llegó a ser la única y señalada discípula en quien se estampó al vivo su doctrina. Cuando María va al templo a presentar al Niño tiene allí una visión intelectual. Después se quedan por nueve días en Jerusalén para visitar el templo diariamente, pero en el quinto día, en el curso de una visión abstractiva, manifiesta Dios a la Virgen que tienen que ir con el Niño a Egipto. No obstante, María no dice nada de ello a José, hasta que éste es informado en sueños por un ángel. Mientras la sagrada familia camina a Egipto, vuelve a hablarnos de la mutua compenetración de almas que había entre Madre e Hijo: lloraba el Niño a veces, y María sabía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en esta pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre. Madre e Hijo –dice en el capítulo siguiente, contando la travesía del desierto camino de Egipto– “se hablaban con el interior y se respondían”. Aun cuando durante la travesía del desierto Dios les proveía de alimento milagrosamente, pero no lo hacía hasta que llegara la necesidad al extremo. Y una vez que están en poblado, cesa la ayuda de los ángeles, y entonces tienen que recurrir a la limosna, hasta hallar trabajo. María en Egipto dedica todo el día a las labores de manos pero sin faltar un punto a la contemplación. Las horas que durante él día solía dedicar a especiales ejercicios las trasladó a la noche, a fin de trabajar más durante el día. El Niño le dice a la Madre: “Y porque aquí no tenéis las Escrituras sagradas, cuya lección os era de consuelo, leeréis en mi ciencia la doctrina de la vida eterna. María era el águia real que podía mirar al sol de la inefable luz de hito en hito. Cumplía con el fin para que el Verbo divino tomó carne. Cuando dormía el Niño, la Madre veía “desvelada la parte superior del alma santísima de su Hijo en obras tan heroicas de viador y juntamente comprensor. La lección práctica de estos episodios de Egipto es que “cuando por medios humanos se puede granjear debidamente, no se han de esperar milagros”. En el alma de Jesús conoció la Virgen lo que sucedió en Belén con los niños inocentes. Deseaba saber qué había sido del Bautista, pera no se atrevió a preguntar a su Hijo este suceso por la reverencia y prudencia con que le trataba en estas revelaciones. Mas Jesús responde al piadoso y compasivo deseo, declarándoselo. Cuando ya el Niño Jesús ha crecido algo y empieza a andar por sí mismo, estando aún en Egipto, dice a la Madre: “En vos quiero que se ejecute y estampe la alta perfección que he deseado para las almas”. A la Madre le eran manifiestas, vuelve a decirnos la autora, las operaciones interiores del alma santísima de su dulcísimo Hijo60. La Virgen no tenía siempre visiones de la divinidad, pero siempre tuvo de la humanidad y alma santísima de su Hijo y de todas sus obras. En Egipto celebró María el aniversario de los misterios de la Encarnación y del Nacimiento, y esta costumbre conservó toda la vida. La lección práctica de esto es renovar la memoria de los beneficios recibidos: “Este recuerdo causará en tu corazón efectos dulces de amor y fuertes para trabajar con diligencia”. En el alma de su Hijo conoció también María la voluntad del Padre para regresar de Egipto a tierra de Israel, pero nada dijo de ello a José, hasta que el ángel se lo ordenó en sueños a éste. Al anunciarnos el contenido del libro V la Venerable asienta otra vez el mismo gran pensamiento que tantas veces hemos visto repetido en las líneas anteriores: “Contiene la perfección con que María santísima copiaba e imitaba las operaciones del alma de su Hijo amantísimo”. Esta fue su ocupación durante los veintitrés años de Nazaret; se deducen en esta cuenta los tres de la vida pública y los siete de Egipto. A fin de que llegara a ser discípula más perfecta, tanto Dios como el propio Hijo prueban a María con ausencias66. Esta ausencia se prolongó durante treinta días. La razón de toda esta conducta de Dios con María es que la Trinidad señaló y destinó a María por primogénita y primera discípula del Verbo humanado para que formase en ella como el padrón y ejemplar por donde se habían de copiar todos los santos Apóstoles, Mártires, Doctores, Confesores, Vírgenes, y los demás justos de la nueva Iglesia68. Del remanente de su sabiduría y gracia, como de un mar inmenso, redundó todo cuanto recibieron y recibirán los demás santos, hasta el fin del mundo. Fuerza es ya detenerse en el examen de la obra. Las indicaciones que anteceden son más que suficientes para darse cuenta de la índole espiritual de ella y para advertir el lugar que en la misma tienen los estados místicos. La autora es un alma que ha pasado por estos estados; algo y más que algo sabe sobre cómo debe comportarse la persona ante tales gracias. Y todo esto, como habrá podido observarse, lo ha vertido en su vida de la Virgen. También nos es posible observar en estas páginas las ideas de la autora sobre algunos puntos controvertidos hoy en teología mística. Así, por ejemplo, las gracias místicas parecen ser consideradas por ella como algo extraorinario y milagroso, aparte del orden común; algo que de suyo no es necesario para la perfección, aunque sean una ayuda poderosa para ésta. Se habrá notado también la insistencia con que inculca el secreto que debe guardarse respecto a las gracias recibidas; pero este secreto tiene una excepción: el director, a quien el alma debe someter todo. El camino de pobreza y humildad, que el Hijo de Dios humanado venía a recorrer para que fuera nuestro camino de salvación, fue asimilado y practicado en primer lugar y en eminentísimo grado por su Madre; este pensamiento capital es una de las ideas directrices de la Mística Ciudad de Dios. La pobreza y la humildad, como la sustancia y resumen del camino de Cristo, aparece en muchos lugares de los misterios de la infancia. Precisamente, según la Venerable, esto fue lo que despistó a Lucifer. Siendo él soberbio, no le cabía en la cabeza que el Mesías escogiese el camino de la pobreza y humildad, y por esto no se acabó de convencer que Jesús fuese el Mesías hasta después que éste murió en la cruz. También el principio de que no se debe esperar milagros cuando se puede granjear la cosa por medios naturales está expresa y repetidamente formulado en la obra, como se ha visto. Dígase lo mismo de la doctrina de que no se debe inquirir curiosamente cosas por vía sobrenatural, el peligro que existe de engañarse en las respuestas, de que éstas sean del demonio, etc. Un punto que machaconamente repite, sobre todo en el apartado titulado “Doctrina de la Reina del cielo”, es la necesidad de que el alma muera o renuncie a lo deleitable y sensible, al amor desordenado de las cosas criadas, como condición indispensable para darse a Dios. Al alma se le plantea inevitablemente la alternativa: o el amor de Dios o el amor del mundo. Es preciso escoger. Morir al uno a fin de vivir para el otro. Por todo ello, salta a la vista que la obra, en su doctrina espiritual, es firmemente sólida y concordante en todo con la tradición de mejor cuño.
 
Ricardo Romero: Difusor de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de “Mística Ciudad de Dios.  www.mensajeromariano.wordpress.com
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